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Propio o prestado

21 May

Cuando estaba más animado en este tema general de la palabra oral y mis podcasts me sucedió un problema técnico que me mandó a seguir con otros planes tradicionales, valdría decir que es interesante como el error inmediato y lo inesperado se asemeja a la palabra hablada mientras que en la escritura hablamos de un plan, de una presentación y un artificio.

Es curioso precisamente porque evaluamos al orador en la medida de lo contrario, la ejecución perfecta de un texto es el trabajo de un actor, pero la improvisación, la verbosidad inmediata y la respuesta nos parecen las más genuinas muestras de inteligencia. Lo improvisado, lo accidental, no se planea. Nos habla de un subconsiente que es poderoso y cuya influencia no pocas veces nos parece magia.

La inteligencia, sin embargo, no consiste en el dominio de las palabras y la fácil secuencia elaborada de ideas. Todo esto contribuye pero difícilmente se trata de una medida del alma genuina. Es fácil aceptar esta descalificación general, pero de todos modos se conserva cierta veneración al buen hablador, porque hablar bien es una fuente constante de dos cosas que no pueden faltarle al ente moderno: exterioridad y envidia.

Pienso en un género altamente artificial que supone la palabra: el debate político. De entrada, suponiendo que uno admite que lo política vale algo -para fines del argumento-, debería reconecerse sin dificultad una primacía de las ideas. No es importante tanto la personalidad sino un proyecto conceptual. Pero cuando hablamos de comunicación la diferencia no existe, y los políticos son comunicadores. Esto no se puede discutir, actualmente la utilidad social del político presupone la representación: una suerte de personificación de los intereses de las personas que el político representa. Si no es mejor para defender y argumentar sobre los deseos de los cuidadanos que le han confiado su misión, el político no es nada. Entonces por fuerza la importancia de la representación y la forma es básica en el debate, presupone una correcta concepción de la función política. Por supuesto, en el caso concerniente a las elecciónes directas el debate no es de ningún modo una discusión.

¿Por qué la maestría del habla parece inclinarse al empleo de fórmulas y se asemeja a la expresión escrita que tanto presumen los literatos? Pues la falta de variación, la eternidad, un discurso que tiene un impacto perfecto, eso solo viene de la palabra como objeto, del texto pues. Mientras que la estética del texto busca la fugacidad, intenta, como poesía, recuperar el valor que marca el momento, la fugacidad que solo viene de una reacción genuina y no preparada. ¿No he mencionado antes que no soy de los que espera ser sorprendido? Sin embargo admito que la poesía tiene belleza porque se reproduce de una manera performativa, no por hallarse en estado de letra muerta. Una situación que permitiría la cohabitación de estos valores es bastante sencilla y se reproduce en la más sencilla estética: buscamos los valores que complementan naturalmente nuestro arte, lo diferente, lo que falta, es una fuerza de belleza. Así el discurso querrá ser texto y el texto palabra, ambas búsquedas se admitirían legítimas.

Una contradicción directa de estos valores no desmantelaría del todo nuestro argumento, hay muchos elementos en que la palabra viva o muerta puede suponerse idéntica, no hay una negación absoluta entre ambas y su aproximación puede también prestarles nuevas evaluaciones estéticas. Yo digo que un discurso puede ser bello por sus pausas y cómo suena, del mismo modo un texto solo puede alcanzar esto por una suerte de imitación, sea tipográfica o enunciada. Al acercarnos a otro objeto consideramos de nuevo una escala de valores ajena. Se me ocurre por ejemplo la belleza de la mujer africana, cuyas facciones tienen formas variadas y no se nos figuran tan definidas como las de regiones más “blancas”. Si uno aproxima la fisionomía de una negra a la fisionomía blanca, uno empieza a valorarla en una escala de parecidos y no “por lo que es”, entiéndase, “por la experiencia que le es propia”. Llamaremos sistela, la experiencia que le es propia a cualquier objeto, por el simple hecho de ser tal. Cualquier otra experiencia por fuerza le viene de un sentir de lo exterior, de una consecuencia.

Establecido esto, tal vez no haya sistelas puras, pero nuestro objetivo aún no consiste en probar una existencia, sino sencillamente -por lo pronto-, ganar una palabra. Ya luego podemos preocuparnos por lo demás que en apariencia estamos discutiendo.

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** y noto la contradicción entre utilidad y poesía

4 Abr

Una confesión que puede sonar infantil: siempre me sorprendieron los poetas que se lanzan a la poesía como si se tratase de una acción política revolucionaria. Seguramente se dirá: que fácil de sorprender es este bloguero. No es falso (aunque tomo lo de bloguero como una ofensa, porque sí, porque si quiero puedo tomar bello como una ofensa y a sus eruditas reflexiones no les incumbe). Me gusta pensar que la facilidad de sorpresa suele ser una virtud, pues al menos vuelve la vida más feliz por ser más inesperada.

Ahora que lo pienso hay personas que pudieran tener miedo de lo inesperado, como de las acciones revolucionarias o para quienes ser bloguero es una razón inmensa de orgullo. Nunca he dicho que estoy aquí para darles la razón a todos, me gusta pensar que los tomo en consideración. Mejor responder a la pregunta: ¿qué hay de sorprendente en esta poesía seudo-cívica? Es breve de explicar, por eso recurro a otro desvío.

Cuando me refiero a una acción política reenvío, o busco reenviar -o me reenvío- al imaginario de la acción medio clandestina y secreta, que supone algo de suversivo, una especie de encuentro de personas ya citadas que comparten un secreto penoso u horrible que es necesario ocultar de la persona bienhechora común y corriente que paga sus impuestos*. Esto es gracioso porque en la poesía hay siempre algo de religioso y de autoritario, el uso adecuado de la palabra presupone el inadecuado, las poesías no son diálogos sino monólogos, imposiciones y violencias verbales que tienen de bello precisamente lo que tienen de violento: no ejercemos la poesía en el afán de controlar o de sostener, sino de edificar, y edificar algo fugaz que olvidaremos probablemente al abordar el verso siguiente. Ahí esta la belleza, el poder que no se ejerce, que en varias religiones monoteístas puede aún asociarse con cierta divinidad. Y claro, estos poetas citadinos -¿hay de otros?- no desearían otra cosa que estar lejos del orbe de lo religioso y lo político, al contrario, su acción y su revuelo proviene precisamente de una voluntad de humanización de la palabra de la poesía, casi siempre un humanismo manchado de estética o una elevación de lo mundano que lo vuelve algo divinicioso o politicante. Puede que sea una torpeza, hay algo en el propósito de torpe o de imitador, pero intenta explicar algo que de todas maneras es un no-a-lugar y que tiene que ver con el motivo por el cual estas reuniones -que suelen ser banales, casi rayando en la inutilidad**- llegan a sorprenderme.

*- Suponiendo que el lector venga de uno de esos países donde tales personas existen.

Y es que si a ejemplos genéricos nos remitimos, probablemente no haya una palabra menos satisfactoria que el discurso político. Precisamente de ahí que requiramos hacer una fuerte distinción entre la acción política, que ella misma intenta por torpes medios encarnar una fuerza ideológica o conceptual, y el discurso político semánticamente inválido, retóricamente redundante y especialmente olvidado hasta el punto de la invalidación. Estamos en el momento de la palabra inválida, en el espacio en que la reunión acaso cuenta más de lo que en ella se dice, en que la comunión se vuelve un gesto, otra vez, recobrando un valor a lo mejor no espirituoso pero si metafísico, rejugando los elementos de un cierto gusto hasta desarraigarlo de la categoría de hobismo. Darle a la poesía valor en un estado de palabra desgastada, montar un pequeño coup de theatre, para resignificar nuestras seguridades y autosugestiones. La poesía es verdaderamente una manera de transformar el mundo, ella misma nace de una transformación, de un cambiadero de sílabas y gruñidos que entran en la plena conciencia de su propia impotencia ante la explicación del mundo. El objetivo del gesto esclarecedor y en evidencia inútil que es la reunión entre poetas, viene de un momento de lucidez. Ahí está, la palabra, hecha carne, en su sinsentido, buscando sentido, sintiendo. Un espacio donde la convicción toma una forma por patética que sea un ritual.

Estamos en el hecho estético y amoral, vaciado de su sentido, a lo mejor otras reuniones de poetas se apegan más al gesto comprometido del humanista, pero yo casi lo he leído como cultura por la cultura. Hay que multiplicar la poesía, en un contexto que no tiene nada de evidente, en una especie de intimación y gusto con la poesía que tiene algo de perverso la imposición de esta lírica a los otros. El hecho estético y amoral, la literatura como tauromaquia. Tiene forzosamente algo de incomprensible, algo de irónico, algo que facilita el desprecio y la burla.

La reunión misma carece de la belleza que tal vez esperaría uno del gesto simbólico, supongo que caemos de nuevo en las carencias del lenguaje, donde puede fácilmente hallarse cualesquier tarea más espectacular que la práctica de la palabra. La poetanza, esta reunión para la poesía, es primero ortodoxa manera de dar ambiente y recitar poemas antes de ser una fiesta. De hecho, si una reunión es poetanza y fiesta, pierde todo lo que es de poetanza, pues sin la palabra en el centro, no hay nada, no queda poesía. Es así, un amorío exigente y fascinante, sacrificado y gratuito,**. ¿No es finalmente motivo suficiente de sorpresa?

Moneda de poeta

3 Feb

Cuando pasa que leo poesía latinoamericana de principios del siglo pasado -y vaya que no es todos los días-, me sorprende un poco la extraña dimensión social que ella sugiere. Valga comentar que no soy un crítico lo bastante historicisma para deleitarme en las ambiciones populares, nacionales u otras que muchas de estas obras sugieren, pero que sí me interroga, que no puedo evitar en cierto momento verme interrogado por ella, y es en parte lo que hace que esta literatura funcione (puesto en palabras de un compañero: leer Marti te da ganas de hacer la revolución latinoamericana).

En estos tiempos uno pensaría que la novela y la poesía servían legítimamente como un ejercicio de identidad, como una suerte de comunicación que elucidaba para mucha gente los problemas que ellos vivían en lo inmediato. Es una proposición ridícula. Pero este reconocimiento, que hemos identificado antes como una suerte de sabiduría popular, es un sentimiento verdadero, digamos que esta literatura tiene legítimamente una dimensión social, pues quienes la producían finalmente creían en ello. Y esta creencia misma resulta menos plausible bajo la situación actual, donde es irreconocible hasta donde llega la dimensión promocional de una obra artística cualesquiera, cuando se confunde la legítima denuncia con los múltiples ejercicios de propaganda que hallamos en los medios masivos. Una poesía, una literatura que fueron sufriendo, con el paso de un solo siglo, de una transformación convencional grotesca. Antes habían tristes géneros, pero eran propios. Luego al quitarse la venda y dejar de mirar esta literatura con inocencia, el autor la desacraliza y esta dimensión de catársis expresada ni siquiera llega al papel. Acaso el escritor no podría reconocerla si la leyera.

He dicho un número de veces que la música es el arte masivo, aquel que confirma el saber tanto técnico como espiritual del público. Por esto me sorprende de la poesía pretender un valor de esta dimensión, porque se asemeja a la música, y definitivamente su tino es más probable entre las multitudes que el de la fatigada prosa. En una cuyuntura personal pasamos de una poesía genuina a una prosa genérica y todo se pierde. La poesía no ha muerto, su dimensión popular es ausente. Los refranes y los dichos eran aún la moneda corriente cuando era jóven, y su presencia puede comprobarse por ejemplo en el trabajo de Roberto Gómez Bolaño en Chespirito. Es el regreso de cierta palabra a la capa popular. No podríamos esperar que se asemejara a las discordancias intelectuales que los poetas más intrincados llegaron a representar.

Entre la música y la poesía existe el género popular por excelencia que se redescubrió durante este siglo. O mejor dicho, las disqueras lo redescubrieron, el rap. Entendemos que es una forma de expresión que antecede y funda el canto, así como también la poesía, es un estado intermedio entre la palabra con sentido y el puro ritmo. Sin duda también representa lo que esa poesía social, acaso tan imaginada entonces como ahora, presumía ser. Es solo esperable que el éxito del hip hop en las capas populares sea inédito, y que desafíe las nociones intelectualosas del academista de domingo. ¿Cuántos habrá que piensan que el rap es un primer sentido en lugar de una parodia? la ironía es una expresión popular muy arraigada, y la representación de la riqueza de una manera paradoxal es un topos. No soy un experto en hip hop -ni en ningún tipo de música, si en eso estamos-, pero no me es contrario reconocer la inherente riqueza y el valor infinitamente justificado que mantiene este género en el gusto de tanta gente. Es un tipo de arte a parte entera. Un puente entre el principio de este siglo y del pasado, de un arte que confusamente se expresa y se consume como un producto, y una expresión inocente, barata, primaria.

Nos parece arduo consumir poesía, y tal es la razón por la que no es despreciada por tantos como suele ser el rap. Es la diferencia. Por eso que también se venda más fácilmente la imagen de un poeta miserable. Una inocencia barata que sobrevivió sin alterarse casi un siglo.

Signos supensivos

28 Nov

Como hemos mencionado antes, el género es una expectativa. Por lo tanto -diríamos-, no puede ser original a fuerza de ser -en parte- una repetición. Todo esto es aproximativo. Cuando un género es desconocido, uno puede referirse a otro género que se sabe, que se ha experimentado. El cuento es una anécdota escrita, estilizada, ficcional; una novela es un largo cuento o una solución de cuentos -los cuentos siendo anécdotas ya son una combinación de micro-historias-. Las anécdotas son similares a la vida, y por extensión las fabricamos sin necesitar una referencia genérica rígida o intelectual “nos sale natural”. En cierto modo el género no es un génesis pero genera, porque la limitación y la variante son fundamentos de todo el arte, que tal vez otro día mencionemos más a fondo (si conviene).

Entonces pese a tratarse de una actividad que podría pensarse lectora (la espectativa) nos viene de tan antes de la conciencia, en un sitio previo a saber leer, que no podemos hacer gran cosa sino habituarnos a su a posteriori. Mucho podemos tratar de justificar nuestra incoherencia e ignorancia al ser primeros espectadores de todo, tener gustos malos o pobres es solo natural. Y esto en parte está bien porque la espectativa no es productora si la consideramos fuera del círculo de lo real, si no podemos aceptar -por decir- un texto malo de un género bueno, o un género que no sea tan bueno pero que disfrutemos. La alta literatura, aún si uno es ortodoxo y cree que la calidad es objetiva, no condena otras expresiones. Porque si las condenara no podría generarse a sí misma, pues no es la cima de la experiencia narrativa/lírica/analítica sino la consecuencia.

La escritura también se encuentra definida de un modo genérico con respecto a las demás expresiones -o para extendernos arbitrariamente, a las cosas, reales o imaginarias-. Aún cuando divida y condene -cuando digo “esto no es una novela”-, mi ejercicio está relacionando objetos. Por lo general tenemos la concepción de género -lo que se entiende de él- y el objeto real que siempre es distinto a él, pero a veces es tolerable la manera en que se relacionan. En gustos se rompen géneros. Pero los géneros siempre se rompen.

Decimos que la espectativa es una parte grande del juego del arte porque si bien lo forma, no lo condena ni lo eleva en su verdadera naturaleza artística. El curioso busca ser sorprendido por el arte, busca que su espectativa sea defraudada de una manera moderada, no quiere saber exactamente que va pasar, pero no quiere hallarse frente un objeto desconocido al que no pueda sojuzgar. Aproximarse a un objeto con la espectativa equivocada puede arruinar el placer que tiramos de él.

(Las relaciones interpersonales tal vez reflejan esta visión comunicativa inter-objetual mejor que el arte mismo, entiendo que el conocimiento popular arguye que no puede existir amistad entre hombre y mujeres explicando que la espectativa de una relación de caracter sentimental/sexual ahoga la posibilidad de una paridad verdadera*. Recordemos que socialmente se nos colocan determinados roles sociales y que en respuesta de estos “géneros humanos” adoptaremos una actitud determinadatendiente.)

Y esta es una de las siete u ocho fuerzas que un buen narrador puede usar para enriquecer su obra. Debe relacionarse con el género y jugar con la espectativa del lector. Los textos de suspenso funcionan precisamente bajo reglas que delimitan la manera en que se le permite al espectador aproximarse a la obra, su imaginación está receptiva a un cambio constante de régimen, a una tensión esperada. Los relatos, a fuerza de estar construídos de materia diversa, siempre contienen cierta arbitrariedad, siempre se crean de la nada y rompen lo que creemos. Un autor que tiene a su lector en una tensión constante no abandona este juego de transformaciones que deben por medio del limitar-y-variar atraer y distraer la lectura, a modo de prestar una experiencia absorbente.

*- Solo que si uno se coloca en el plano estrictamente igual ninguna amistad podría cumplirse, todas responderían a la inmensa confusión de transformar un desconocido en un propio, lo cual desafía las espectativas, o mejor dicho, prueban que activa o no, la espectativa no es una tarea de lectura que sucede a cada instante. No leemos cuando los objetos son insensibles, entonces suelen sorprendernos.

Tal vez menos técnico pero igualmente válido como recurso es el género que nos permite entablar un código con el espectador de manera que no se sienta defraudado por nuestros ataques arbitrarios a la forma canónica y que acepte voluntario los efectos que le proponemos. Para citar un ejemplo casual, la poesía se sostiene en términos de consesiones logradas entre un espectador convencido y un autor que lo arrastra lejos de la superficie. Por medio de este hundimiento, el lector llega a un punto de lasitud, o si se quiere insensibilidad, que contraria a la tensión buscada en el suspenso, se constituye para deslizarse por el objeto en cuestión buscando no un placer de género, sino uno singularizante. Lo que no hay que llamar erróneamente personalizado, que sería una extensión errada.

Seguimos el tema mañana.

Ars poetica felini

13 Nov

Mi gato me conoce como a un poema. Incluso, si un día, por alguna desventura inimaginable, el hombre se volviera incapaz de cualquier poesía, seguiría, mi gato, mirándome del mismo modo, en este anti-prosístico proceso entre el conocer y el reconocer.

Y es que en ese casi desdén distraído, en ese mirar pasajero en que se nos dice, el gato no puede reconocerse a sí mismo en el espejo, que finalmente tiene todo de lógico y consecuente pues las superficies reflejantes no huelen a gato, ni producen el calor de un gato, ni suenan como un gato, y más extraño sería imaginarse que hay alguna identidad que en ello puede reconocerse. Así de atinado es un poema. Quien construyera ensoñaciones pensando que un significado puede atribuirse a un objeto poético, se encuentra frente un espejo y solo puede ver lo que ha creado, y no lo que es evidente: que la identidad no puede existir pues es toda abstracta, y que en realidad, el gato del espejo no es un gato.

No que no exista para mi gato -al menos para el mío- una noción de identidad, no lo culpo de ser incapaz de reconocer. Ha sabido perfectamente quién es su madre y quiénes son sus dueños, se mantiene en proximidad mía o sobre mí en la medida que lo dicta su deseo. Del mismo modo me contraría o me obedece, pero estas oposiciones no provienen -todo el tiempo-, de la distracción abstraída que lo lleva a olvidar lo que es una presencia y otra, sino sencillamente el aceptar la subjetividad de su orden, de la existencia física del gato que al hombre puede darle ilusiones de libertad, si ha de seguir sus pulsiones internas o doblegarse ante la potencia del recuerdo, premio o castigo, igualmente físico y viceral que un estímulo corporal en ese tiempo. Extraño pero al mismo tiempo reconocible, integrado a sí mismo, formando parte de alguna cosa que el hombre podría suponer identidad, división.

Pero he notado que al tiempo que mi gato se sensibilizó a mi olor, a mi imposible y gigantesca complexión, que francamente pareciera por momentos volver a su estado indefinido, a una suerte de despersonalización de mi cuerpo como un espacio muerto, o por lo menos arborífico, algo que puede ser insensiblemente trepado con dispuestas garras y brincos agazapados. Esto sí, por un lado lo aprendido no está aprendido en el mismo sentido que yo -que el yo imaginario que he creado, como el dibujito de la familia de palitos y bolitas al lado de una caja casucha con indefinibles ventanas, ese de la primaria o del kinder-garden que se proponía como dibujo y que las películas han vuelto el lugar predestinado a comunicar las tendencias sicóticas del infante- lo he aprendido, pero no se trata de una simple sección del concepto, sino una implícita expansión. Ahora el gato, no sin cierta inteligencia, tiene una actitud distinta no solo hacia mí -y a mi olor reconocible aunque variable, con las texturas cambiantes de la vestimenta y su posición-, sino a los entes que se me asemejan, una tolerancia a sus intimidantes actitudes arbitrarias, de gestos que no expresan claramente voluntades de juego o cariño, de sensaciones desconocidas amontonadas en aquellos gigantes que lógicamente deberían presentar una amenaza consecuente a un cuerpo razonablemente menos desproporcionado.

Y esto me parece genuinamente poético, salir de un estado que se encuentra más en la (di)sección que en el hallar los objetos realmente. Un poema de lleva a otros poemas, y ese pasaje se requiere necesario para amaestrarse bajo el signo de la palabra, no pensar precisamente en la palabra como presición, como presión, sino en su existencia diforme y expansiva, en lo que solo puede hallarse en el intercambio cotidiano del gato con su dueño, de la experimentación física que nos comunica por medio de una realidad más allá de la abstracción. Mi gato sería poeta antes que yo, por necesidad, por facilidad, porque la poesía es fácil en muchos niveles, y hoy día no tenemos la capacidad de lidiar con lo fácil. La palabra se nos figura complicación, herramienta para desdecir en vez de decir, de análisis antes que de digestión.

No puedo presumir, en realidad, que comprendo a Aventura, porque no es verdad. Y la comprensión no ahoga ni contamina nuestra relación ni hace el vínculo que él ha forjado -acaso más que yo- y que se encuentra comprobado entre nosotros. Y no tendría sentido si Aventura no estuviera aquí, con sus extrañantes costumbres y tampoco si yo no aceptara que en su estado de gato, aventura está presente como gato, si pensara que debiera ser pensado y dominado por ese pensamiento en vez de por sus ausencias, distracciones y ejercicios. Gestos y movimientos felinos.

Un saber hacer, que cuando estoy distraído, me parece lo de un genuino artisano.

Sin título

17 Oct

Se dio el extraño caso de fui a ver una película reciente, y por consecuencia regresé con varias meditaciones sobre el cine. Es algo más o menos sintomático en mi modo de vida, cualquier azar y salida de lo cotidiano me provee de una relflexión automática -no pocas veces vacía de interés-. Uno diría que el salir de la rutina se asemeja a redescubrir el mundo. Pero estoy divagando, volvamos al primer punto del a cuestión.

Viendo The Artist, constaté primeramente algo muy extraño: que me gusta el cine cinéfilo. Poniéndome a pensarlo me dije, no tiene razón de ser, apenas veo películas y fuera de un desatinado propósito de ver cine hace dos años y medio, nunca lo he colocado en modo alguno como prioridad. Mas entre el cine que he llegado a ver, se encuentran no pocas gemas cinematográficas que cayeron en mi regazo a fuerza de recomendaciones y clases de cine. Cabe decir que a Cécile le pasa más o menos igual, y tiene también dichos gustos. Entonces, lo raro es que, siendo yo absolutamente casual en mi gusto cinematográfico, tenga gustos de educado. Sí, he tomado clases de cine, pero eso no quiere decir mucho.

El caso me intriga de igual manera para con Cécile que ha estudiado menos cine que yo y a quien le disgustan más visiblemente los intelectualismos que yo me cargo. Entiendo que hay personas que infieren por mi modo de hablar que considero el arte como un trabajo de reflexión y la lectura como una experiencia docta. Eso es simplemente mentira, creo que mucho de lo bueno es popular e irreflexivo, pero ante todo simple. No hablo simplemente de la elegancia, hablo de las expresiones humanas vanales, que gracias a su abundancia expresan más completamente lo que somos y lo que queremos ser. No sé si esto sonara menos intelectualizado, pero si fallé, tomense el lujo de creerme bajo palabra.

El objeto de mi gusto, no radica en una voluntad erudita. En el caso del cine no se puede justificar por conocimientos o prácticas que yo sea otra cosa que un superficial amateur. ¿Por qué tragar deliciosamente visiones sobre filmes antiguos, sobre el cine gringo de los 40 o sobre el cine mudo? Voy a conjeturar que como es el caso con Cécile se debe a que creo en la búsqueda estética de la imagen. No es porque una película sea buena, ni bestseller, ni independiente que una búsqueda estética no se puede proponer. Pero en dicho caso valdría la pena preguntarse si un cine menos inclinado a la erudición no es también, un ejercicio de belleza válido, y la inclinación mencionada es arbitraria.

Aquí vale la pena a lo mejor inventar un concepto de cinéfilo. El cine de aficionado no se muestra sino por la voluntad propia de designar una cierta tradición estética al reconocerla poseedora de una belleza particular. Sería como reconocer versos perfectos en una antología y lanzarlas durante otra obra completamente distinta. Por supuesto, el cine es aún más compacto pues una imagen es muchas cosas a la vez, y estos recordatorios voluntarios de una imagen existente, no hacen sino confirmarlo. ¿Puede ser bueno el cine de aficionado? Entiendo que sí, los recordatorios del pasado no son frases muertas sino un objeto que se revitaliza con la lectura. Una imagen también es la obra.

Hasta este momento creo que sostuve un razonamiento más o menos aceptable, mas luego reconocí la limitación. A veces abordo el cine como si se tratase de una extensión del fenómeno poético, pues me digo al fin, que su validez se juega en el poder de la imágen como tal y no simplemente en limitarla como un dispositivo de comunicación, que el cine no es sobre todo contar películas. Pero caigo rápidamente en cuenta de que la poesía como objeto no es una forma que me quede del todo clara, a final de cuentas no es la expresión genuina y clara de una imágen (el gesto, que es la unidad del cine mudo), que es poética por ser genuina, ni tampoco la ambigüedad de significaciones (el cine surrealista) que sustenta la evaluación lírica del objeto visto. No puedo dar cuenta de la sensibilidad mejor con palabras que con imágenes, los métodos y las escuelas se prueban insuficientes. Un cinéfilo pues, no está presente para explicar el funcionamiento de la obra sintetizada que reproduce en su trabajo, sino para reconocerlo. En el reconocimiento está el recuerdo, y en ello la experiencia de cierta felicidad.

Por esto mismo el reconocimiento de este tipo de cine por sí mismo, dice poco. Acaso decir mucho sería un error más aberrante. Yo supongo ahora que el tino de esos filmes que agrupo bajo el título de cine de aficionado y que me han encantado, son valiosos para mí por voluntades diversas y cambiantes. Es dolorosamente evidente que el arte no nos gusta por una sola cosa. De ahí lo desconcertante.

Los picotazos de Hobbes

23 Ago

No soy de la poesía abstracta.

Como siempre en este blog, ustedes pueden estar en desacuerdo conmigo, no espero ni deseo tener un remedo de autoridad en sus lecturas ni el manejo de su tiempo libre -sugerirles la asiduidad a este blog me parece ya presunción-. Ahora, de cierto modo se podría pretender como falsa humildad, quiero decir, cualquier escritor que se pretenda elegido entre la masa infinita de textos de nuestros tiempos, no puede sino tener un oculto deseo de atención, una inflación egocéntrica de dimensiones ridículas. Me encantaría que la lectura le fuera útil, pero presumir dicha utilidad es innecesariamente fatigante y no es la tarea del autor. En fin, decía que es un disgusto personal y que puede leerse así en todo lo largo.

Yo asumo estas preferencias -transitorias o no-, y no las considero particularmente trascendentes. Me han gustado las muchachas de pelo negro y luego, de cierto modo, se me ha pasado. No supongo metódicamente que a esto corresponde un problema inherente en dicha distribución de melanina. La poesía abstracta nunca me ha gustado, mas no es imposible que algún día pudiera gustarme. En fin, no son aspectos problemáticos de una personalidad que salten a relucir, simplemente son, y ya está. Solo que conocerse a sí mismo puede ser útil, en esa óptica me gustaría saber qué es tan desagradable de esta poesía abstracta.

Primeramente tenemos el dilema terminológico, ¿a qué me refiero con poesía abstracta? No me refiero ciertamente a la confusión causada por poemas voluntariamente difusos como podría ser el caso del adjetivo usado en términos de la “pintura abstracta”. Ese tipo de abstracción me divierte, precisamente porque flexiona la rígida materia de los géneros y permite (re)descubrir ingenios y figuras nuevas. Lo que yo deploraría sería casi opuesto: El uso de la abstracción en sentido propio dentro de un poema, un juego de definiciones.

Vamos a intentar unos desatinados versos:

 

Después de picotearnos varios besos

comenzamos el leviatán de Hobbes

 

Ahora, en caso que lo pregunten, la atrocidad del poema es voluntaria (faltaba más). Obviamente la referencia a los picotazos -clarísima referencia a la animalidad-, debe recordarnos los libros de filosofía política de Hobbes y ponernos frente a su concepto de Leviatán, explicado en el libro del mismo nombre. Traducción del poema: Primero los besitos y luego el yugo mutuo.

El concepto de un poema que requiera y que tenga una traducción, ya nos habla de una cierta pobreza estética, pero aquí ni siquiera es lo más grave. Es algo malo privar del goze de un escrito a la gente que no haya leído a Hobbes. No presumo conocer todos los proyectos de lectura, pero pensaré que no se requiere a los filósofos ingleses para ser o sentirse poeta. Si uno reflexiona un poco, la referencia ni siquiera depende de una lectura profunda de la obra filosófica, simplemente evoca -y medio mal- un concepto central, como si por analogía entendiésemos que Hobbes refiere a un solo objeto, y que es aquel que se lleva en el poema. Esto presenta incluso un problema de comprensión, pues podría referirse a otra cosa que aquella que el problema “necesita traducir” y esas interpretaciones no tienen sentido. Las referencias literarias de este estilo me parecen igual de malas.

Esto no quiere decir que no participe de cierta estética escritural que expresa cierto romantismo por medio de los títulos o nombres de autores, Neruda, Borges y otros tantos han enunciado  algunos versos válidos por este medio. Solo que existen maneras academistas, referenciadoras, bibliotecólogas y notapiedepagínicas que fallan en lograr cualquier emotividad, y fruncen más bien el ceño. Y no dejan por eso de ser, goces de iniciado, como una especie de guiño de ojo ñoño que busca la complicidad de otros lisiados de la lírica. ¡Funciona!

No es -obviamente- la falta de conocimiento que me molesta en esta actitud, sino simplemente la relación indirecta que esta referencialidad tiene con el lenguaje poético. Una poesía es aquello donde el lenguaje sirve por sí mismo, la referencialidad externa de nivel puramente conceptual es fatigante y contraria a ese propósito. Además, no deja de tratarse de una suerte de historicismo. Los conceptos de Hobbes no son únicos de la mente del filósofo, sino que él ha sido aquel que los ha expresado y dejado una huella cultural. No creo que volver a Hobbes un concepto se aproxime siquiera el propósito de la poesía.

He descubierto recientemente que tengo poca paciencia a esta poesía, tal vez en parte porque se toma en serio. He visto poemas platónicos que me han parecido ciertamente interesantes, aunque por regla general, la necesidad de nombrar a Platón en ellos pase desapercibida.

El argumento teológico

19 Ago

Ahora les voy a presentar un fragmento de la entrevista que el señor Laroche me hizo para un magazine literario de por acá, para mi fue una sorpresa por varias razones, primeramente porque no veo a quién le pueda importar mi opinión en cualesquier cosa, siendo yo una entidad menor en el panteón de los desdichados escritores novicios; la segunda siendo la autoconfesión del señor Laroche -muy ameno por cierto-, sobre que probablemente no sería publicada proximamente, o tal vez nunca, pues su iniciativa de verme era más para tener “un respaldo”, en caso de que faltasen escritores para futuras publicaciones. Ignoraba que se practicaran entrevistas por la nada de este estilo, y aunque no tenía por qué rehusarme, pedí como condición que me facilitase una copia de la misma porque soy un poco maniático de ese modo con mis presentaciones públicas.

Luego, teniendo la entrevista en mano, fui a descubrir que su publicación integral era impracticable –Lire apenas dedica a este tipo de entrevistas unas seis hojas-, especialmente por el modo divagatorio que empleamos durante esta sesión, hablando con bastante libertad y de todo un poco. Acaso por esto me pidieron también la posibilidad de parafrasear ciertos comentarios para ajustar las respuestas a una longitud más cohesiva y cortar aquí o allá, el trabajo de un escritor pues. Y es también por estas posibles correcciones que decidí a avanzar esta pregunta y esta respuesta, que no pienso que sean publicadas en su integralidad por cuestiones de longitud que resultarán evidentes. Aunque cabe mencionar que tuve que seccionarla también porque en cierto momento me pongo a hablar sobre un poema de Maiakovski donde se habla de la invención del pavorreal, lo cual me recordó místicamente a mi blog y partí hacia muchas direcciones que para variar no vienen ni al caso.

Aquí vamos:

“Laroche: ¿Cuáles es son sus poetas predilectos?

Yo: Vaya pregunta, es un argumento un poco metafísico. Un buen enciclopedista haría la lista, muy probablemente, de criterios geográficos, alfabéticos u otros para que sus elecciones fueran coherentes. ¿Puedo responder por un modelo teológico?

Laroche: Adelante. ¿Cuál es su modelo teológico?*

Yo: Verá, existe este personaje más o menos filósofo, creo que estoy tomando prestado de algún escritor pero no conozco la referencia -si se enteran háganme saber-, pero el hombre en cuestión se halla respondiendo una pregunta igual de inverosímil que la que usted me plantea: ¿a quién prefiere usted? ¿a Yavhé, a Cristo o a Alláh?

Laroche: ¿Así es mi pregunta?

Yo: Un poco, sí. Obviamente es un contexto un poco extraño porque el personaje vacila entre estas religiones por que tiene un fondo diverso o ajeno a ellas, pero ha vivido expuesto a las tres durante su vida -me acordé de un personaje de Daniel Katz que habla con un padre y un rabino para tratar de elegir su religión mientras estaba completamente borracho-. En fin, decía que en estas circunstancias, él no tenía una respuesta evidente pero tampoco le molestaba ninguna, hay que entender, la pregunta era injusta y la respuesta tenía que ser injusta. […]

Laroche: ¿Entonces mi pregunta es injusta?

Yo: Déjeme explicar. El filósofo improvisado responde “creo en el que existe”, y bajo la misma lógica contundente, formulo la misma respuesta respecto a mis poetas favoritos: creo en los que existen.

Laroche: ¿Cuál sería la teología del argumento?

Yo: Aquel que tiene fe, experimenta a Dios sin tener que asignarle un nombre, la teología y la religión que se alínean a esa fuerza sobrenatural son aparte, como sería la crítica literaria o el órden poético que uno puede proferir. Las religiones se prestan pues, a dar mayor conocimiento respecto a Dios de aquel que el creyente tiene desde el principio, y por lo tanto una religión que aleja a la persona de Dios, no es una verdadera religión. Un poeta verdadero es aquel que nos acerca a la poesía.

Laroche: ¿Y todas las religiones tienen que ver con Dios?

Yo: Bueno, ahí estamos jugando otra vez con la terminología, porque si Dios o la poesía existen como tales en realidad no cambia nada en nuestro argumento, la cosa que existe es el sentir lo espiritual y lo que uno hace con eso -como por ejemplo volverse loco y renegar a Dios, matárlo-, eso ya es el asunto de uno. Es enteramente válido hacer con ese sentir una cosa que no se vive como un teísmo, como podemos hacer pintura o jogging usando nuestro sentimiento estético que va de la poesía. Ese es precisamente el asunto, hay poesía pero no hay reglas para la poesía.

Laroche: ¿Finalmente quiénes son estos poetas que usted admira?

Yo: Ya lo dejé tan claro como puede ser, son los que existen, ¿qué es más fácil que separar una cosa que existe de otra que no es nada? Estoy seguro que para usted salta a la evidencia cuando lee algo -aunque sea un panfleto o una revista en el baño- y se puede decir con seguridad “esto es poesía”. ¿Para que ir a buscar en los otros algo que uno encuentra tan al alcance en uno?”

Luego de un par de réplicas creo que abandonó la pregunta, mas he de admitir desde el principio que todo mi juego era bastante deshonesto.

*- Los franceses tienen una relación curiosa con la religión y la fe, es como tener una metralleta y haber leído el manual, pero nunca haberlo disparado, por eso es un poco desleal de mi parte abordar cualquier idea teológica de este estilo. No sé por qué lo hice, un reflejo de niño malo, una rebeldía menor.

 

Sobre A***i*** N**a***

21 Jul

No compro muchos libros. Hay muchas sensaciones inmediatas que me guían en esta renuencia, al grado que hallaré difícil explicarla mientras avanzo en esta entrada. Naturalmente, ni quién se interese en mi sensación, intentaré simplemente enunciarla para que usted presuma una generalización que pueda aplicar con mayor libertad que las fuerzas que me manipulan, aunque en dicha generalización quede yo como un imbécil.

Primeramente, con el lugar de la biblioteca que brevemente he discutido, el conocimiento de un autor no se liga directamente con la compra. Esto es a la vez bueno y malo. Un punto fundamental de la lectura crítica es aproximarse a obras que no se encuentran dentro de los circuitos académicos usuales. Lo que pasa es que tampoco la librería es un sitio ameno para los descubrimientos, pues el acceso limitado a las obras. O tal vez, yo lo siento así, nunca he pasado tiempo en una librería para asumirlo un verdadero ambiente, siento hacia ella lo que tal vez sentía hacia la biblioteca ya hace tanto.

Y es que se me figura a una prisión. Cuando discuti el asunto con Jaime M Quantz expliqué precisamente cómo esto venía por la incapacidad de liberar todos esos libros sometidos, tantos tomos que solo mostraban mi incapacidad de leerlos. Aunque también el libro mismo se me figura una suerte de prisión, de la cual ni siquiera la lectura es capaz de liberar. Termina seguramente, cuando el libro es destruído y de cierta suerte, olvidado.

Jaime no compartía exactamente esta analogía, no le parecía tampoco, que fuese -la librería-, una suerte de cementerio. Era como un lugar donde visitar amigos. De mi parte -cosa que tal vez no supe explicar, o tal vez desvié distraído el tema-, esta complicidad con el autor estaba también presente, solo que me parecía intuir un favor implícito a ellos o quizás a mí, liberando aquellas obras. Incluso fuera del circuito autor-lector, este escenario lleno de tomos le daba mal a mi consciencia.

Para mi mérito, en ese circuito carceral inventado, no presuponía las nociones peyorativas que la prisión generaba, sino simplemente el encierro y el catálogo de estos criminales del discurso. Un diccionario o una enciclopedia, son de manera análoga prisiones. Excepto que no existe prisión sin el concepto de libertad o por lo menos de fuga, sin algún método de liberarse. Para mí esto es el olvido. Los diccionarios, que suelen ser colecciones de arcaísmos, tienden a transformar en objetos los cadáveres del lenguaje, mas por sus limitaciones físicas el catálogo no es exhaustivo, y no creo que lo debiera ser. Aborrezco en cierto modo dicho completismo científicista.

Entiendo que en la biblioteca se podría aplicar mi extraña repulsión por la librería. El pago de la fianza no es total, y el domicilio en dicho edificio es arbitrariamente largo. La tienda libera una vez y para siempre, al menos, en cierto punto de vista.

Yo más bien entiendo, que siendo el arte solo libre al momento de ejecutarse,  en cierta acción performativa que viene de la lectura, el libro escapa de sí mismo, y toda inclinación que lo acerque a este fin, es un ejemplo de libertad. Siendo así, me parecería que el libro en la biblioteca, está menos aislado que aquel que uno compra o que permanece en el anaquel. Ciertamente la difusión en una biblioteca no es metódica, mas se basa en cierta esperanza de futuras lecturas. La acción de comprar un libro y proceder a leerlo una sola vez se consideraría más bien un trámite, un intercambio de jaulas.

El libro comprado, en mi visión de las cosas, exige dos compromisos aceptables para permitir un mínimo de libertad: La relectura comprometida y el préstamo o regalo filial. Si el libro, en nuestras manos, se mueve a lectores subsecuentes, si alguien los hereda o los hojea bajo nuestra vigilia, guardamos con ellos el compromiso que es nuestra responsabilidad. El escritor que comparte una historia o un poema de su confección, hace el mismo favor a ese arquetipo mental.

Entonces para mí, comprar un libro es una acción posterior a la lectura, una afirmación de un gusto en el tiempo, una preferencia no solo azarosa, sino en parte consecuente. Mi biblioteca ideal, la mía, se iría vaciando poco a poco, liberando aquellos libros que no habré de releer nunca más, hasta que el día de mi muerte, pueda confirmar la partida de todos esos hijos míos, esos amigos a quienes no someto a mi mismo fatal destino. Quedarse sin libros, se me figura un ideal.

A lo mejor me pasa que como decía Jaime son mis amigos, y como decía yo, hay una cárcel, y esta amistad que me tiene compañía, me hace pensar que yo también soy prisionero y que ellos me visitan hasta el día que también he de ser libre.

Color según Ponge

9 Jul

(La iniciativa poética difícilmente intenta tener la razón, tal vez discutiría que quiere “una razón”, mas incluso entonces se siente superpuesta, como las calcamonias encima de la ropa. Lo que no vuelve a la poesía un sinsentido, ni tampoco la vuelve falsa. El poema entiende que su origen está en la realidad, mas no pretende acercarse a ella para ser real. Ello, entiende Ponge, sería un método contraproducente.

Entre muchos de los poetas a los que podemos referir, es Francis Ponge el que decide abordar sin pena la poesía de los objetos. Digo bien poesía de objetos, entiéndase, una que busca pertenecerles. El propósito es fundamental porque los objetos son más que los hombres y la exigencia cuantitativa los haría presentes siempre en la palabra. Para el hombre, cualquier palabra es del hombre ya Ponge lo interrogaron confusos de esa aparente ausencia.

Leo las conferencias de Ponge y descubro un discurso que me sorprende por su modo de reflexionar, no por tratar de un pensamiento intrincado, sino precisamente por la elegancia en el mejor sentido: En hacer parecer natural la actividad de pensar -nuestra sociedad quiere que el pensamiento sea valioso por cuan intrincado pueda ser-. La reflexión de Ponge no es poética, pero es de poeta. Llena de pequeñas alegrías, de invitaciones a pasear sus jardines libremente.

Siento pues, que los menoscabos y logros que salen a reducir en el seminario de Ponge, provienen precisamente de su carácter de poeta. Es confuso, pues siento que he leído pocas reflexiones de verdaderos poetas. No puedo explicar prosaicamente lo que quiero decir, es una suerte de convicción que me dice que la acción poética es fundamentalmente una fórmula de sentir más que de expresar. La buena poesía se situaría pues, antes de la buena literatura. Y si tengo esta convicción es por la lectura de prosas como esa de Michaux y ahora, de Ponge. No comento seguido en ello, pues es difícil de describir esta prosa que viene de poeta -que no hay que confundir con prosa poética-.

Es de mencionar que el propósito de Ponge se inscribe en una lucha mas o menos reciente que la literatura ha embarcado para recuperar una cosa que la sociedad moderna ha ido perdiendo: El espacio físico. Aunque a esta misión se suscriben Bellatín, Simon y otros, la tarea ha probado ser enorme y diversa. Se trata de varias maneras de enfrentar al universo, que se opone a una exclusiva que se limita a la abstracción platónica. Entonces recordamos que pese a todo, el arte literario es el reino de la abstracción, que dominar los objetos y los cuerpos que carecen de un lenguaje como el nuestro, suele ser violento.

El poeta que escribe ante todo no busca la forma retórica del ensayo, en cierto modo no dice sino lo que le parece y se guía por la construcción de esta intuición que lo guía. No seremos convencidos de que el autor piensa o sabe algo concreto, mas veremos en su texto que como nosotros sospecha una realidad, y acaso la intuímos en sus palabras. Creo que precisamente en la prosa de este estilo descubrimos con facilidad imágenes que no parecen ser perseguidas con la insistencia del artífice, sino producidas espontáneamente por un hombre cuya manera de ver el mundo permite coloridas analogías.

Precisamente hace una que quiero compartir, con respecto al color. Ponge dice que el color viene de algo que el objeto excluye, lo verde por ejemplo, tiene su tono por rechazar la luz verde, por reflejarla en vez de absorberla. A esto lo llama una imperfección, mas sería genuino preguntarse qué es imperfecto: El objeto, o la percepción que impone una propiedad a un objeto que rechaza la misma. Esta especie de mirada transformada hacia el color me parece una intuición legítima sobre el lenguaje. Al hablar, damos los objetos a quien no pertenecen. Ponge no hace énfasis en dicha analogía, acaso no planeándola como tal, sino incluyéndola intuitivamente en su método de poesía. Un positivo haría un esfuerzo para dar evidencia de cualquier imagen que trata, proponiéndola como no arbitraria. Si Ponge no hace esto, es porque su propósito reivindica el objeto y no el símbolo, la palabra en tanto que cosa y no como significado.

Creo que dicha inocencia o malicia extrema, es también del poeta.)

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