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Desencadenado

22 Ene

La última película de Tarantino es una película defectuosa.

El concepto mismo de defecto es bastante importante para nuestra concepción del arte, no es, me parece, ajeno de todo al principio de perfección que hoy día conoce tantos desertores por ser desengaño de ilusiones -literalmente- sin fin. Al decir defecto quiero hablar de algo efectivamente malo, no de la piedad virtual que se le concede a lo parcial, estoy hablando de una desfiguración, un problema estético. El argumento de que las películas de Tarantino siempre tienen defectos es válido, sin embargo no contiene la reflexión que busco defender.

Me ha gustado Django Unchained, contiene a mi parecer exactamente lo que se espera de una película del autor en cuestión, con uno o dos detalles históricos -por llamarlos de algún modo-, que se añaden a la consagrada fórmula. Tarantino es un cinéfilo que revisita sus propias obras favoritas, hallarlo en un western es algo esperado y al mismo tiempo tenso. Porque apropiarse de un género tan multifascético y tan cercano a la cultura del autor es engañoso, todo es western en los westerns y a la vez nada lo es. Parte del dilema podría venir tal vez de un desengaño en pos de tal expectativa, mas creo que hay argumentos de otro género que podemos sostener.

Mi crítica mayor, la que casi me ofende al punto de motivar esta entrada, es el ritmo de la película. Es un ritmo que se pierde por momentos, variando entre escénas excelentes y momentos genéricos en el sentido más vago de la palabra. A la mitad del film hay un abismo de exposición ininterrumpida, y la historia carece de una buena chute. Hay un delirio de exceso y de venganza en las escenas de violencia de Tarantino, es un placer primeramente estético, cuenta bastante la coreografía, el órden del diálogo, la tensión propia a la escena. Por lo general el estilo característico de este director se manifiesta en explotar este sistema de manera muy inteligente, hallamos dos bastante buenas incluso en este film. La confrontación entre el personaje de Di Caprio y de Cristoph Waltz es excelente.

Pero de en un movimiento poco característico de su parte, Tarantino economiza la tensión en un número de escenas. Primero presenta la tortura sufrida por Django y su mujer de la parte de los hermanos criminales, luego los confronta y aniquila. En este momento, el espectador ya sabe exactamente que es lo que va a suceder, toda duda levantada al conocer la naturaleza de la relación entre los personajes. Porque Tarantino escribe un entretenimiento popular, y en realidad uno conoce más o menos siempre lo que sucederá, pero la ausencia de detalles presenta un fondo de tensión que sencillamente mejora las escenas. Cuando los personajes de de Samuel L. Jackson y el de Di Caprio se entrevistan en privado, uno desconoce exactamente la relación entre ambos, y esto es parte del placer de ver las cosas evidentes desencadenarse.

Excepcionalmente, la película también carece de personajes femeninos de monta. Tarantino históricamente es del género a prestar roles importantes a las mujeres aunque el contexto histórico no los facilite, viene de sus raíces de artista popular. En Django los personajes femeninos son típicos y son casi una comodidad en una historia que se sirve del argumento de “salvar a la chica”. Y Tarantino tiene un gusto por las historias relativamente simples, pero compensa estas carencias por lo general en el uso de elipses que economizan espacio narrativo y presentan oportunidades de exposición menos simplistas. Aquí uno se interroga si el director no ha llegado a depender de esas elipses para completar un estilo narrativo que de otra forma se halla trunco.

El verdadero climax de la película sucede varias escenas antes del final en el que Django se enfrenta a muchos sirvientes de la estancia en una bien coreografiado y largo tiroteo. El estilo de Tarantino en muchas ocasiones se contenta de la violencia casi instantánea y confusa, de los típicos stand off donde se pone en duda el resultado final del enfrentamiento. Por lo general la tensión de estos conflictos se magnifica con una discusión anterior durante la que uno espera -previsiblemente- que todo explote. Son excepcionales escenas como este tiroteo que verdaderamente están sacadas de una película de acción, que tienen un homenaje a dicha estética en su exceso, en su duración literal. Las hay en otros filmes del director, esta está bien realizada. El asunto es que los tiroteos consecuentes quedan tan pequeños contra este que podrían condensarse en un epílogo, son innecesarios del punto de vista narrativo, nada pasa, Django los mata a todos -sabemos que lo hará, mas se espera que pase algo-. Justo antes de acabar con la estirpe de sus enemigos y arrasar con sus últimos antagonistas Django pasa por una casa llena de personajes menores y simplemente los masacra, sin diálogo, sin resistencia. Es una violencia gratuita que pudieramos haber aceptado en retrospectiva, complementando otra cosa y no como una simple fuente de cameos o en el afán de completud. Cambia el ritmo habitual del director, pero lo cambia para mal.

Ahora tal vez entienden por qué mi argumento respecto a esta película son sus defectos, no se trata de una mala película, es sencillamente que erra en el lado de la pereza, de cosas que se han logrado tantas veces antes que ya hoy día ni cuestionamos el orígen de su magia, y cuya presencia no solo se justifica sino se exige. Muchas veces la narración es economía, y los defectos aquí compilados solo muestran como una falta de esta puede verse como una dificultad, o incluso una pereza.

Por suerte soy de los afortunados que pueden haber disfrutado el film por sus cameos azarosos, la presencia de los Tamblyn definitivamente me dio gusto como espectador nicho al su presencia podía dirigirse. Acaso por esto quisiera poder decir que no hallé mayor defecto en este film, y que nada en su constitución me molestó. Seguro mis quejas vienen de un respeto casi sintomático al director que me agrada lo suficiente como para que parte de mi lo considere encima de estas mundanas perezas.

Quien quite y el señor nomás se está haciendo viejo o intenta otra cosa, ambas cosas me parecen dignas razones para decepcionar y errar sin desvirtuar al susodicho.

Critica emocional

12 Sep

Cuando uno se mete a analizar toma prestadas herramientas que no son propias al pensamiento crítico. Podría admitirse que hay una genealogía de las ideas y de las estéticas que no se presta a justificar que cualquier diferencia que pueda atribuirse a un arte se considere un elemento crítico. Y bueno, entrando en distinciones y genealogías en realidad uno no sale, pero me parece que la distinción es un paso adecuado para aclarar la posición del arte popular en medio de lo que el análisis considera.

Una definición que he usado de vez en cuando es que el arte popular es aquel que no requiere sostenerse frente a la crítica. La idea está sacada de un razonamiento del-huevo-y-de-la-gallina, porque no es el arte popular quien es incapaz de ajustarse a la crítica, sino que la crítica se inventó para desestimar el arte popular. Lo popular es casi intuitivamente, lo no intelectual, lo que si se sostiene, debe pasar por unas intuiciones y sensaciones que van ajenas al razonamiento excesivo y a las justificaciones argumentativas. Se puede argumentar por qué nos gusta lo popular, pero será un a posteriori, lo que en realidad nos gusta es algo experimentado e indecible.

Cualquier expresión popular puede estar bañadas de elementos propicios a la crítica, pues de hecho, ser popular no es una naturaleza que excluya la obra de arte genuina y de alto valor. Si hay algún valor estético que se maneje en academias y discusiones filológicas que verdaderamente se pueda oponer a lo popular será seguramente lo experimental. El experimento es aquello que rehuye a los géneros como la sombra se escapa de la luz, y lo popular en general abraza y desarrolla sus características genéricas para volverse accesible a un lector/espectador mínimamente educado. El culto a la novedad ha hecho que se desprecie mucho esta naturaleza genérica, pero si todo está hecho de antemano, resulta una queja vacía.

Y decía: hay cosas que la crítica toma prestada y no son del razonador sino del sentimental. La parte de la crítica que podemos aplicar prestamente al juzgar a un entretenimiento popular no es verdaderamente lo propio del pensamiento crítico, sino una estructura ajena que tomamos prestados para evaluar ciertos juicios y formular nuevas categorías. Muchos pensamientos han sido anteriores a la crítica moderna, y su uso debe ser entendido como un préstamo del nuevo crítico y no como un ejercicio estéril fuera de la práctica de este. Por ejemplo, el análisis narrativo no tiene nada que pedir a la crítica: la narración ha estado allí más o menos siempre, sin enredarnos en el pensamiento elevado.

Recordaremos además el gesto de Esquilo, que introdujo un segundo actor. Explico la referencia casi-mítica: el teatro antiguo constaba de un actor que representaba una pieza y todos los personajes de esta, Esquilo mete en escena un segundo actor para representar varios roles. Aquí nace el teatro moderno para los griegos. Lo que nos interesa a nosotros es la proximidad del arte narrativo por excelencia -contar cuentos-, y el arte teatral propiamente dicho. Una actuación cualquiera es un gesto de narración, y por lo tanto al efectuar una crítica cinematográfica que se focalice sobre los actores o los ritmos de narración, no estamos utilizando gestos propios del pensamiento crítico, sino antiguas tradiciones prehistóricas de toda civilización humana. Actuar es narrar simplemente, la mayoría de la comunicación humana, según dicen algunos antropólogos, no pasa por la palabra sino los gestos, silencios y demás expresiones que la presencia directa permite y que la esterilidad de un texto es incapaz de comunicar en sí misma. Narrar y actuar preceden al tiempo crítico, son de una genialidad convencional y popular, los teatros de variedades muchas veces requirieron los actores más versátiles y dotados, mientras que las películas alternativas pueden conformarse con actores menos dotados -compensarán, se supone, con elementos de tipos distintos pertenecientes a una estética de la tradición fílmica u otros-.

Ligar la narración y el actor -en tanto que personaje-, con el arte popular no podría ser una tarea más sencilla. Ambas características reconocen géneros ampliamente establecidos, personajes como la enamorada, el villano o el viejo sabio, narraciones como el amor prohibido, la misión del héroe o el misterio que se debe resolver. Estas herramientas, que no son propias a la crítica resultan propias y adecuadas para juzgar la valía del arte popular, y pueden aplicarse a este. Hay que mediar entre ellas el humor, que tergiversa también las corrientes estéticas, pues una belleza graciosa y una que se toma demasiado en serio son de una diferencia rotunda.

Nos vemos en otra ocasión.

La ruina de Woody

7 Ago

Vengo saliendo de la proyección de una película de Woody Allen y me burbujean algunos comentarios. No sé exactamente que tipo de novedad o mérito puede tener su servidor para discutir no solo de cine, sino también de un director que tengo tan abandonado como este señor, lo más cierto es que por este lado o por otro, mi opinión no le interesa, lector. Me obligo siempre a añadir alguna reflexión que puede ser de valor para los distraídos o los solitarios, como les vaya conveniendo.

Primeramente, señalar que este comentario es algo metatextual, Woody Allen se ha prestado a varios escenarios, aparentemente con cierta afición a las ciudades europeas más eminentes de la cultura popular. Tenemos una en Barcelona, otra en Paris y recientemente, también en Roma. Me avocaré a esta última que es la que de cierto modo me ha gustado, aunque haré un par de paralelos con Midnight in Paris, en parte para señalar aciertos y desencuentros entre ambas obras. Chútense de perdido la romana si quieren entender un pelo de lo que estoy por argumentar.

No he agotado el catálogo de películas de Allen, pero lo poco que he visto no me ha gustado. Vamos aclarando esto. Las he disfrutado y convengo que son piezas mayoritariamente de entretenimiento, en esto ya variando la calidad de cómo están logradas. Triunfan un poco por el lado irreverente y caen más bien cierta simpleza narrativa. Si uno ve suficientes películas, al principio de cada escena sabe exactamente que va a pasar al final. Woody es popular hasta la médula, en este sentido. Me parece sin embargo que en la mayoría de los casos la irreverencia no convence al ingenio, y siendo francos si hay un atractivo en ver a este director en lugar de a muchos otros de los que dirigen comedias románticas, es para alcanzar ciertos momentos de ilusión cinematográfica. En esos donde la película se reconoce como una pieza fundamental, cuando descubrimos una historia que hemos conocido siempre. The Bop Decameron me ha parecido atinada en este sentido, por respetar vagamente el sentido del decameron.

Gracias a que modula varias historias simultáneas, la narrativa sencilla y conocida del cine popular clásico gana cierto dinamismo. No es vano que mucho del cine moderno se dedique a contar “varias historias”, este tipo de narración ha probado ser entretenida desde que los cuentistas la comenzaron a prodigar en la prehistoria. La calidad de las partes es diversa, y la que nos concierne es la actuada por Alec Baldwin que concierne a un hombre que recuerda un amor de juventud.

Bueno, no, esto comienza de un modo muchísimo más literario. El hombre comienza a vagar por Roma, o la ciudad eterna, como apropiadamente le dicen en el film mismo, llena de ruinas, y nos va a contar la historia pues, de un amor ruina. Esto es el asunto y la columna vertebral de la película aunque el tiempo de film se pase en las otras. Se encuentra en la esquina de un cruce donde vivió hace tiempo con un joven, que lo reconoce y lo interpela. Intuímos en este momento que se trata de él mismo en su juventud -aunque la escena lo borra y progresivamente esto se hace más evidente, en realidad desde que se encuentran los personajes salta a evidencia algún parentezco-. Como envueltos en un destino que ambos quisieran evitarse, terminan por compartir juntos lo que en apariencia serán los días consiguientes. El viejo más sabio presencia y comienza la fatídica relación. Hasta aquí lo que nos importa del contexto.

Esta idea de una coincidencia temporal me recordó un poco a la escena de viaje en el tiempo de Midnight in Paris (el plano es diagonal, como un cruce), probablemente es una referencia fílmica que ignoro, aunque a mí me recordó a Borges y yo, un poco por la insegura interacción de los personajes al principio. Digno de la referencia borgiana, todo se vuelve un juego metatextual, donde el viejo mayor presencia, predice y explica la forma en que el joven se va enamorando. Pero para el espectador, está describiendo la “puesta en escena”, del enamoramiento, refiriendo a diálogos y apariencias, deshilando el recuerdo precisamente en su ficcionalidad. Entonces vemos a Woody Allen burlándose de los clichés, de que un personaje para lucir erudito solo tiene que hacer una frase en referencia a tal o cual poeta, que una breve mención pasa por un intelectualismo trunco, un juego de seducción del intelecto genuino. Recuerdo al mismo Woody Allen mostrado a Paris lleno de escritores famosos de Estados Unidos, tirados generosamente como referencias sin gran profundidad -la obra de los autores se mantiene ausente de estos encuentros, como si se tratase de superficiales referencias cuales las tratadas en Bop-. Es verdaderamente el maestro analizando su método, un momento de sinceridad que me parece, consigue hacer que el filme esté mejor logrado.

¿Habría que decir que Woody es una ruina del que fue? No concibo comentar esto sin algún pensamiento de fondo, así que lo dejaré en el aire. Disfruté sin duda la visita.

 

Ruido de fondo

15 Abr

Estoy viendo Titanic en la televisión, que supongo tiene que ver con el hecho de que están lanzando una versión en 3D para el cine. Ya con esta línea podemos desvariar suficientemente para rellenas esta entrada, primeramente aventurando juegos con la palabra 3D y su extraño uso al referirse a las imágenes de cine o televisión, podríamos luego inclinarnos por una valoración estética de la 3D y hacer un argumento enteramente extraño sobre los valores de la imagen y de la ilusión de realidad; naturalmente, ello derivaría en la revelación de otra evidencia: la sorpresa que representa la imagen compuesta por medio de nuestros órganos sensoriales, encontrada siempre con la concepción que nos hacemos de la misma. Quiero pensar naturalmente que se podría deliberar con la misma facilidad el uso del símbolo 3 de este nombre, o la liberalidad de la inicial empleada en el sufijo, que mejor dicho elaboraría una palabra compuesta, muy rápidamente expresada, y luego tendríamos quizás una reflexión sobre el símbolo, que podría volverse uno amalgamando apenas la tinta, conectando al estilo manuscrito -o por medios más artificiosos- las señales distintas que identificamos al conformar esta palabra -extendiendo por la misma acción el gesto “palabra” a una complejidad que puede sobrepasar algunas definiciones que pecan por su sencillez-. Y esto, lo evitaremos por el momento, habrá un poco de legitimidad que pueda tirarse de dichas discusiones, pero son más coloridas y efímeras que verdaderamente seductoras.

Podemos igualmente abordar uno de los muchos temas que se prestan a la televisión, y es que no me es tampoco cotidiano chutarme películas que no me gustan en un aparato que para empezar no utilizo mucho. Hay televisión en mi casa porque muchas personas se deshacen de sus aparatos en mudanzas, cambios de tecnología o simples caprichos. Ayuda también que los abonos de teléfono vengan con señal televisiva incluída. En fin, esta tendencia de poner un filme cualesquiera, o como dicte la programación*

*- Que sería otro punto legítimo de contención, tratar de resolver esa interrogante de por qué Titanic, y por qué entonces, y cuál es la respuesta de la televisión frente a la oferta cinematográfica, ese tipo de cosas que nos pueden llevar a todo un juego genérico o geopolítico dependiendo de cómo nos coloquemos, desde que admitimos la televisión como medio que es a la vez masivo y de comunicación, suponiendo además que hace dinero, sin llegar a abordar al patrocinador eventual de la peli que estaba por azar -para mí- en el aparato, que finalmente he olvidado y solo me quedará algo de subconsciente -si bien en Francia se interrumpe mucho menos con comerciales que en América cuando se proyectan películas**.

**- Lo que me recuerda viendo cadenas venezolanas la extraña manera de promocionar el gobierno por medio de la publicidad, no tratando de mezclarme políticamente en asuntos que fácilmente derivan de estos detalles, sino realmente remito a la evaluación estética, un poco extraña y tendenciosa -algo documental- de estos pasajes televisados, pues si no me equivoco hay algo de metatextual en la platitud derivada de los pocos recursos de la comunicación estatal, algo a lo que la vistosidad de la publicidad privada nos ha quitado la costumbre. Es parecido a comparar la letra de una mala canción pop y la lista al dorso de la caja de un farmacéutico.

, estado en el que se reduce la comunicación a un simple ruido de fondo, que sirve una función extraña en una sociedad tan alienada que el silencio produce un determinado estrés, o yo diría, que nos reduce -poniéndose sicologueros- a un estado de infancia en el que oir el ruido de quien sea -nuestra madre, a la distancia, por allá- es consolador. Ya estamos entonces en un estado de consiencia, medio despiertos, en lo que podría considerarse un trance, y entonces nos deslizamos por lo que sería una relectura de manera forzosamente renovada, aunque a nosotros nos parezca todo lo contrario y se nos pase como si nada. No creo que hablar del simple ruido sea necesariamente a nuestra ventaja, habría tal vez que explorar una tercera opción.

Titanic. No he reseñado, ni creo nunca verdaderamente reseñar una obra de este estilo. No me gusta -por algo será ¿no?-, tal vez porque cuando logra ser conmovedora me da pena. Es un tipo de sensación que de alguna forma opongo moralmente a la piedad, y tal vez lo asimilo a la lástima o mejor dicho a una emoción falsa, a aquella que solo se produce hacia las entidades ficticias, que uno resiente hacia ellas y les dirige, como reconocimiento de que en su irrealidad no pueden ofenderse de dicha imposición. Una ficción podría producirnos emociones reales, pero me parece que las emociones que solo provienen de la ficción se asemejan más a la mentira, al artificio, o mejor dicho a la lectura forzosamente genérica de un objeto, a la reducción y masticación de dicho objeto para que quepa en la cajita que es la conmoderación, o cómo se diga, pero no alcanza el estado de genuina compasión pues es un juego. Y deciá que genéricamente Titanic podría ser una comedia romántica, pero que no de realmente risa -no que la mayoría de estas te tiren al suelo torcido por las carcajadas-, con una narración dispar y fantasiosa, en atributos técnicos que en una obra adjetivada igual podrían pasar por experimentales e interesantes pero que en esta iteración son más bien pobres. No que la comedia romántica sea un género indigno, o menor, o que haga de Titanic un mal film -sería un feo prejuicio para la peli, el género comedia romántica e incluso para la continuidad generalizada de la calidad fílmica que no está definida por mis propios gustos, pues no descarto la calidad del film, solo me aburre-. Pero no sé, igual y esto tampoco es muy interesante. Igual y no discutimos mejor de nada.

Porno gratuito

16 Mar

Por primera vez en no se cuanto tiempo me hilé varios días consecutivos sin siquiera mirar el blog. ¿Podría decir que se me olvidó? Más o menos, estuve pensando en que publicaría hoy, pero ya para entonces un buen momento de silencio había pasado. Supongo que he estado distraído.

En fin hoy vamos a hablar de la pornografía. Más o menos en todo caso, porque como muchos otros géneros artísticos es difícil precisar si hay una o muchísimas pornografías. Aclaro, en caso de que alguno de los lectores sea pudorosamente menor de edad, que no habrá elocuentes imágenes ni censurables videos en la entrada presente, simplemente vamos a discutir del/los porno. ¿Por qué? Pues estamos en internet, uno debería sorprenderse cuando la pornografía está ausente del todo en internet, vaya vaya.

Una buena introducción quizás sería recordar la paradoja de la invención del deporte, la idea de que Montherlant inventa el deporte, y que este dejó de existir como tal. Es difícil para mí -que he llegado tan tarde en la repartición de dones y ascendencias-, hablar de una primera línea de pornografía, pero ya lo decía algún personaje de Bolaño, hace tiempo que las perversiones están todas inventadas, la gran novedad fue grabarlas. Aunque si orígenes vamos, dibujar/fotografiar sería anterior.

No es sorpresa para nadie que internet sea una herramienta perfecta para difundir la pornografía, tal vez la sorpresa mayor sería confirmar que la está destruyendo. Como suele suceder con los objetos masivos, la unificación y la limitación genérica está desafiando constantemente al género pornográfico a superarse a sí mismo, al pudor y a la sexualidad puesta en escena con cada vez más extravagantes novedades. La omnipresencia de la sexualidad solo hace que el efecto de la desnudez y la obscenidad se vuelvan cotidianas y pierdan su impacto. Cada día se requiere menos la pornografía, o diciéndolo de otro modo, cada día lo pornográfico se escapa de estos géneros en particular al mundo cotidiano. La vida imita al arte. El sexo toma sus lecciones del porno.

Volviendo al internet: la comunicación que hemos desarrollado por medio de la tecnología responde a las primeras inclinaciones sensoriales que son propias al hombre. Busque por internet y encontrará privilegiadas imágenes y palabras, luche bastante más y tal vez encuentre un catálogo decente de sonidos, mientras que pedir sabor, olor o tacto resulta absurdo como método de archivar y ordenar la información. Del mismo modo, es ridículo sopesar la pornografía en la medida que los usuarios y practicantes de esta pueden gozar la relación sexual puesta en escena y promovida, porque la sensación física del placer y la sicológica del erotismo son mucho menos sencillas de encontrar en nuestro arcoiris sensorial. Caemos en cuenta de la evidencia de que el porno está para ser visto, que es algo que busca un impacto visual y tergiversa la práctica sexual en sí misma. Recuerdo haber escuchado que la eyaculación extravaginal se ha vuelto más utilizada, siendo la razón evidente una identificación visual y un impacto estético por medio del ojo y no aquel de la sensación.

Ahora, erraría si pretendiera que el porno está de un lado y el erotismo del otro, supongo que dependerá de la definición de pornografía que uno emplee, pero en general se pretende parte del desarrollo sicológico que permite el erotismo, fuera por supuesto del género gonzo. Como mencioné antes, la presión pública en un mundo lleno de sexo-vuelto-barato ha entablado una dificultad exasperante respecto a cómo se pretende construir el erotismo, creo que esta difícultad es compartida con el género de terror, que también tiene que buscar fórmulas esenciales para tener éxito en asustar, ante un público que es más y más incrédulo. No pienso que en este sentido el porno requiera una medida de realidad, sino todo lo contrario, se halla no tanto en la búsqueda de una sensorialidad estética inmediata que comunique la sexualidad exudante de los cuerpos que se entrecogen, sino busca la ficcionalidad absoluta de la puesta en escena que propone. Como detalle genérico habría de decirse que un porno sin cortes de escenas, no es porno. Curiosamente, en esto la pornografía se parece mucho a la historieta.

Bueno, he visto que abordé muchas características del tema en cuestión muy someramente, supongo que ameritará alguna mención más detallada en otro instante, pues si no se pone a hablar uno sobre el canon estético de artificialidad, los pechos gigantes, los miembros inverosímiles o un fontanero que llega a una casa cualesquiera, no ha tratado uno el porno en sus dimensiones adecuadas. Pero como expliqué desde el inicio, el tema es enorme y desgraciadamente es fácil agotar las palabras para tratarlo, cuando todas las realidades populares y formulaicas entran en nuestra periferia porque les negamos la más mínima validez analítica y no admitimos su formulación.

Medir y estetizar el porno pareciera más obsceno que la pornografía misma.

Gala

25 Feb

Tengo una lógica que ya explicaré -aunque para el atento resultará muy claro- por la cual no adscribo a escribir sobre eventos de actualidad en el presente diario. Hoy de cierto modo hago una excepción pues para responder a una voluntad de ventilar lo que tengo en la cabeza, lo inmediato, me hallo frente a la estimulación de un evento más o menos público, más o menos ligado a una fecha. Tampoco se vería muy natural evitar y circundar el evento en particular al que refiero para universalizar, evitaré pues las torpezas: se trata de una premiación de cine francesa, los césares.

He hablado previamente de los premios literarios, pero trataré la materia de modo diferente. Se pretende una evaluación y una adjetivación cuando se encadenan premios académicos, se exigen categorías y reglas formales, divisiones en forma y fondo. La pretensión de universalidad debe resultarnos inexplicable, pero supongo que en un principio de sinceridad, los respectivos jueces hacen un esfuerzo de objetividad para expresar lo mejor que les parece, sus propios gustos. A veces piensan representar los gustos de los otros, que es lo mismo, en ambos casos, la voluntad es lo aplaudible, pues el esfuerzo casi siempre resulta futil.

Las premiaciones cinematográficas son a su vez, un espectáculo. El caracter popular del cine es ineludible, las analogías con la realeza y el glamur no pueden ser más tangibles. La denominada farándula es también una ficción, lo que es solo adecuado desde un punto de vista metatextual. Por tal motivo vemos como ciertos géneros de discurso se sangran inevitables a estos espectáculos, el más prominente es el de la lista, pero podríamos también entregarle un valor de enciclopedia.

Se puede jugar bingo con las premiaciones de cine, se tiene en la horizontal a los nominados y en la vertical a las nominaciones, uno acomoda sus favoritos y trata de hacer líneas, formas, o simplemente de acumular puntos. Sería más gracioso si hubiera medallas de oro, plata y bronze, pero estos elitismos en una empresa tan subjetiva solo parecerían engendrar desacuerdos. Además parece que se engendran muchas envidias en estos eventos millonarios, y las enemistades aunque tratadas con gracia, a veces salen a relucir en su valor grotesco. Pero en fin, no expliquemos tanto esta ficción, regresemos al género de la lista. Se anotan adicionalmente en esta secuencia, los ganadores y nominados de ocasiones anteriores, así como los múltiples ganadores, y las competencias numéricas entre los más nomidados y los más ganados. Al ver esta especificación numérica nuestro ejercicio ya revela sus cuarteaduras desde el punto de vista crítico. Estar nominado a muchos premios se presenta como un galardón dudoso, en efecto, se puede proseguir a perder todos, pero adicionalmente el número de los galardones en sí presenta lo incomparable. Dejando de lado los premios incompatibles -mejor guion adaptado/original-, cualitativamente los elementos no tienen comparación: tener mejor músico o mejores actores son complementos al mismo fin, pero uno no se define por lo otro en lo más mínimo, y ambos se consideran por razones enteramente distintas. Se admite incluso enfrentamientos entre los actores por sus géneros -actriz, comediante, etc.-, siendo permisivos en lo que consiste primeramente la calidad en cada uno de ellos. ¿Por qué no un premio del mejor actor en general en competencia directa de hombres y mujeres? Nada, que yo sepa, lo prohibe conceptualmente. Pero por supuesto, se opondría a la noción de la premiación cinematográfico como evento consumible: mientras más películas y actores formen parte del evento, más promoción y fomento del arte será efectuado por su medio. Entiéndase, necesitamos estas relaciones dispares por fines de promoción, queremos admitir tantas películas como nos sea posible, tratando de mantener un mínimo de seriedad en nuestro propósito estético. Y en esta admisión liberal de particularidades, lo numeral de esta lista pierde todo su sentido. Ganar 10 premios entre 12 es mucho más impactante que ganar 14 entre 20, simple matemática.

Independientemente del estado de la promoción o del valor crítico que un galardón así pueda tener, lo más interesante que nos propone este espectáculo tan curioso es el reconocimiento de los premios “menores”. El trabajo que representa crear consiencia de que un film es un trabajo de un equipo que requiere toda una gama de talentos distintos, no es poco. Basta ver los créditos de cualquier film rodar, las letras impersonales y prácticamente formulaicas responden a esta dimensión invisible de la creación, algo que necesariamente tiene que relucir en la entrega de premios a pesar de que carezca de un efecto espectacular. Sin trabajadores del cine las películas serían todas otras, como todo tipo de trabajador, su presencia es una importante periferia.

Es muy difícil a mi parecer, relacionar este tipo de premios con los estrictamente literarios, me parece que las voluntades y los temas apenas logran emparentarse en lo más intangible, mientras quel a materia estética y moral que contienen se define por sus diferencias. En todo caso, por ellos es más ardua evaluar lo que es “distinto” en la literatura. Distinto, aunque a algunos pueda aburrir.

 

Ver vida

11 Feb

(Con cariño a los actores de carrera, vivos o muertos)

Alguna vez dije que el cine nos ha cambiado la manera de mirar, pues distintivamente ha generado planos que el simple ojo humano no puede reproducir. Decimos que las herramientas extienden nuestros sentidos y que la memoria misma es una manera de interactuar con el universo. Toda extensión de los sentidos modificaría sin duda nuestro imaginario, de ahí que muchas sensaciones que se nos han reservado fueran ajenas o raras para una persona de otras épocas.

Un ejemplo bastante sencillo que sucedió entre la conversación de una cena: el testimonio. Tenemos que entre todo lo comunicado a través de una obra cualesquiera se filtra una cantidad involuntaria de información que va ilustrando ciertos cambios en la historia de una vida. El ejemplo literario es sin duda la obra de un autor cuya secuencia vital e intelectual puede perseguirse a través de sus lecturas, un ejemplo claro es Tolstoi -otro que me parece digno de mención y que es latinoamericano sería José María Arguedas-. Además de los volúmenes que tienen un contenido eminentemente autobiográfico, podemos notar la sensibilidad y el interés detrás de cada texto, no pocas veces identificaremos también la fatiga. Borges la cita en alguna de sus obras, arguye que la vejez inclina a los autores consumados a recurrir a las formas breves, limitación que del mismo modo puede atribuirse a un escritor ciego. En sí las carencias espirituales y las físicas suelen acompañarse, más acaso en el caso de las artes cuya aplicación es física más que en cualquier otro.

La figura del autor tiene algo de privilegiado en este universo de envejecimientos, pues no solo se trata de la figura identificable y corporal que solemos atribuir a la obra fílmica, sino que además presenta en un sentido muy literal la transformación personal de un hombre a través del tiempo. Sean o no la mayoría, un gran número de autores de profesión han enunciado carreras que nos permiten presenciarlos en distintas edades, con la extraña transformación y decadencia que los años suelen achacar en el cuerpo humano. Por supuesto, los discretos saltos entre cada película y la facilidad con la que podemos hallar una edad u otra intercambiando el órden de las ficciones pueden ser lugares comunes hoy día. Pero entre más intrincado volvemos la fantasía de esta extrañeza con más facilidad ponemos una pantalla de imaginario que no nos permite hallar una virtud innegable dentro de estos viajes temporales. Tal vez el impacto llegaría a nosotros solo si viésemos cada película el año de su salida y tratásemos de recordar la impresión que el protagonista nos causó en su momento determinado, o emplear una distancia análoga a la sugerida con una cantidad amplia de años de diferencia, podría intentar seguir la trayectoria de Charles Chaplin con la misma distancia temporal entre cada una de sus obras e intentar redescubrir en esa novedad mi propia impresión, un ritmo vital que entienda.

Es excepcional esta posición en que podemos presenciar la vida biológica de una persona en frente de la pantalla, conforme los años actúan con ellos y aprendemos a no reconocerlos. Si uno conjuga además a ciertos actores que han comenzado sus carreras desde sus años más pequeños, entramos en una dimensión de familiaridad visual que acaso sería posible ver tan solo para con nuestros hijos o nuestros hermanos. Y un fenómeno que podría tan solo ser tratado de detalle ilustra que nuestra manera de digerir el universo ya ha cambiado, que la noción de la distancia y la reproductibilidad no se asemeja a lo que generaciones anteriores a la nuestra pudieron concebir en los mismos objetos.

Puede ser también una cuestión de detalle, pero el internet ya ha obrado ciertas magias similares en nuestra memoria, nuestra mirada e incluso nuestra intimidad. Vale la pena interrogar de vez en cuando lo que uno sabe, y no lo que cree que sabe.

Felices los que creen sin haber visto

8 Feb

He tenido una semana especialmente productiva en cuanto lecturas, lo cual es relativamente extraño ¿no? Al menos lo ha sido para mí y la indisposición arbirtaria de estas lecturas me toma un poco desprevenido. ¿Cambiaría mis aficiones si tuviera la oportunidad por arte de magia? No lo creo, el cerebro tiene demasiadas relaciones para imponerse radicalmente una simple actividad, ya es suficientemente problemático tener un trabajo…

Mis lecturas han sido variadas, algo de Tezuka, de (Terry) Moore, Quiriny, Monterroso y Sepulveda. Además del ritmo de lectura tan prodigioso también ha sido mucho de mi gusto, a sabiendas además, pues aunque no he leído extensivamente a ninguno, me sospechaba todas estas afinidades de antemano. Lo que toca el tema incansable de la prelectura: saber que una obra te gustará antes de leerla.

Esto me pasa razonablemente seguido, por ejemplo, con Strangers in Paradise sabía que me embarcaba en una lectura partisana. Solo conocía superficialmente el estilo de Terry Moore, y de una distancia razonable sus temas, pero sabía que garantizaban mi interés. Y esto, no sabiendo nada, ni nombres de personajes, ni historia, ni habiendo leyendo fatigosos análisis, simplemente una hojeada o un comentario al pasar. Requiere la confianza en los comentarios de los otros, determinados lectores son tan leales a nuestras afinidades como podemos llegar a serlo nosotros mismos.

No puedo poner más énfasis en cuan importante es conocer la literatura sin haberla leído, poder hablar e intercambiar sobre textos que uno no ha experimentado de primera mano.  Porque nunca leerá alguien todo, pero sin conocimientos se halla en un espacio ciego. Además, gracias a que el lenguaje es un objeto estructurado podemos abstraer fácilmente una obra, no es del todo arduo. No toda manera es legítima para leer un texto, por consecuencia, tampoco cualquier tipo de “lectura ajena” es convincente. Haga confianza a los demás, confirme que no buscan sabotearlo e intercambie con ellos. Me gusta que me recomenden libros aunque nunca los vaya a leer, es enriquecedor y enseña mucho de la literatura.

Del mismo modo que no debe alterarnos el creer sin conocer, no debemos temer a que preferamos algo que no conocemos. Somos animales capaces de predecir, sabemos lo que nos agrada con más facilidad de lo desconocido, unos simples trazos bastan para abstraer nuestro gusto. En Strangers, sabía que la óptica femenina era algo de lo mío, de esas cosas que precio bastante en un modo personal, me gustaba el arte como lo había visto y tenía mucho de lo que yo mismo había intentado avanzar en mis propuestas -nunca publicadas- de historieta. Son cosas muy sencillas y muy naturales en realidad, pero por eso mismo soy parcial para con ellas. El niño tiene este tipo de genialidad, de saber qué cosas le pueden gustar de inmediato y rechazar tajantemente las que no. Por supuesto, él no se espera la transformación, pues aún no se ha resignado, pero la descubre con frecuencia y se reinventa. La invención requiere la proyección, por eso también somos capaces de ver una obra que apenas hemos rozado: es lo mismo que hacemos nosotros cuando escribimos, un texto se nos vuelve la proyección que ideamos de inicio. Como el niño, también cambia.

Cambiando de tema (para terminar), oí que un cineasta mexicano -Carlos Reygadas- dijo que el cine no es para narrar, y que esperar que le cuenten a uno historias al ver películas “no es el cine”. Naturalmente estoy de acuerdo. Por otro lado luego dice que para el que quiera historias, están los libros,  lo tomo como una ofensa: ¿por qué? La literatura tampoco es para contar historias, ni hacer poemas, si uno quiere que le cuenten un cuento, se va con un cuentista, no comete el mismo error de juzgar otro arte como el propio es mal juzgado. Supongo que es un argumento lanzado en el calor de la discusión, o que la gente no lee mucho en México, pero me dan ganas de corregirlo, ¿por qué? Pues porque puedo.

Sin ver la película de este muchacho, me digo que tiene todo el potencial de agradarme.

Sin título

17 Oct

Se dio el extraño caso de fui a ver una película reciente, y por consecuencia regresé con varias meditaciones sobre el cine. Es algo más o menos sintomático en mi modo de vida, cualquier azar y salida de lo cotidiano me provee de una relflexión automática -no pocas veces vacía de interés-. Uno diría que el salir de la rutina se asemeja a redescubrir el mundo. Pero estoy divagando, volvamos al primer punto del a cuestión.

Viendo The Artist, constaté primeramente algo muy extraño: que me gusta el cine cinéfilo. Poniéndome a pensarlo me dije, no tiene razón de ser, apenas veo películas y fuera de un desatinado propósito de ver cine hace dos años y medio, nunca lo he colocado en modo alguno como prioridad. Mas entre el cine que he llegado a ver, se encuentran no pocas gemas cinematográficas que cayeron en mi regazo a fuerza de recomendaciones y clases de cine. Cabe decir que a Cécile le pasa más o menos igual, y tiene también dichos gustos. Entonces, lo raro es que, siendo yo absolutamente casual en mi gusto cinematográfico, tenga gustos de educado. Sí, he tomado clases de cine, pero eso no quiere decir mucho.

El caso me intriga de igual manera para con Cécile que ha estudiado menos cine que yo y a quien le disgustan más visiblemente los intelectualismos que yo me cargo. Entiendo que hay personas que infieren por mi modo de hablar que considero el arte como un trabajo de reflexión y la lectura como una experiencia docta. Eso es simplemente mentira, creo que mucho de lo bueno es popular e irreflexivo, pero ante todo simple. No hablo simplemente de la elegancia, hablo de las expresiones humanas vanales, que gracias a su abundancia expresan más completamente lo que somos y lo que queremos ser. No sé si esto sonara menos intelectualizado, pero si fallé, tomense el lujo de creerme bajo palabra.

El objeto de mi gusto, no radica en una voluntad erudita. En el caso del cine no se puede justificar por conocimientos o prácticas que yo sea otra cosa que un superficial amateur. ¿Por qué tragar deliciosamente visiones sobre filmes antiguos, sobre el cine gringo de los 40 o sobre el cine mudo? Voy a conjeturar que como es el caso con Cécile se debe a que creo en la búsqueda estética de la imagen. No es porque una película sea buena, ni bestseller, ni independiente que una búsqueda estética no se puede proponer. Pero en dicho caso valdría la pena preguntarse si un cine menos inclinado a la erudición no es también, un ejercicio de belleza válido, y la inclinación mencionada es arbitraria.

Aquí vale la pena a lo mejor inventar un concepto de cinéfilo. El cine de aficionado no se muestra sino por la voluntad propia de designar una cierta tradición estética al reconocerla poseedora de una belleza particular. Sería como reconocer versos perfectos en una antología y lanzarlas durante otra obra completamente distinta. Por supuesto, el cine es aún más compacto pues una imagen es muchas cosas a la vez, y estos recordatorios voluntarios de una imagen existente, no hacen sino confirmarlo. ¿Puede ser bueno el cine de aficionado? Entiendo que sí, los recordatorios del pasado no son frases muertas sino un objeto que se revitaliza con la lectura. Una imagen también es la obra.

Hasta este momento creo que sostuve un razonamiento más o menos aceptable, mas luego reconocí la limitación. A veces abordo el cine como si se tratase de una extensión del fenómeno poético, pues me digo al fin, que su validez se juega en el poder de la imágen como tal y no simplemente en limitarla como un dispositivo de comunicación, que el cine no es sobre todo contar películas. Pero caigo rápidamente en cuenta de que la poesía como objeto no es una forma que me quede del todo clara, a final de cuentas no es la expresión genuina y clara de una imágen (el gesto, que es la unidad del cine mudo), que es poética por ser genuina, ni tampoco la ambigüedad de significaciones (el cine surrealista) que sustenta la evaluación lírica del objeto visto. No puedo dar cuenta de la sensibilidad mejor con palabras que con imágenes, los métodos y las escuelas se prueban insuficientes. Un cinéfilo pues, no está presente para explicar el funcionamiento de la obra sintetizada que reproduce en su trabajo, sino para reconocerlo. En el reconocimiento está el recuerdo, y en ello la experiencia de cierta felicidad.

Por esto mismo el reconocimiento de este tipo de cine por sí mismo, dice poco. Acaso decir mucho sería un error más aberrante. Yo supongo ahora que el tino de esos filmes que agrupo bajo el título de cine de aficionado y que me han encantado, son valiosos para mí por voluntades diversas y cambiantes. Es dolorosamente evidente que el arte no nos gusta por una sola cosa. De ahí lo desconcertante.

La literatura y sus precursores

26 Sep

Me quedaba pendiente decir que los generos literarios son importantes porque de ellos nace la lectura. No todas las lecturas -no hay que confundirse-, pues para concebir tales arbitrariedades no bastaría contar con todos los generos literarios, sino además con todos los géneros vitales. Hablamos de la lectura como una manera de mirar, una consideración: todos los artes producen lecturas.

En el caso de la pintura creo que se puede ser más explícito. El cubismo puede ser considerado como una forma de mirar, no ver los objetos como lucen, sino como son. Encontrar el objeto escondido que está finalmente en el mismo objeto. La consideración no es extravagante si uno considera que nuestro cerebro reproduce esa misma tarea a cada momento: Cécile sabe que tiene las uñas pintadas sin verlas, pues las ha pintado previamente. Esto funciona a nivel subconsciente: Cécile no se muerde las uñas si se puso barniz coloreado, pero si el barniz es transparente puede morderlas, pues aunque no las vea, no las ve pintadas. El impresionismo también es simplemente volver a mirar, pues si sus imágenes se componen solo por manchas fragmentarias de luz, es porque las imágenes efectivamente son así. Estas maneras de mirar son enteramente legítimas, pero en el arte no son irreflexivas.

La literatura, basada en abstracciones semánticas, es una manera de mirar en sentido figurado, o sea, de cierto punto de vista es un punto de vista. El objeto a considerar no sería la vista sino el discurso, lo cual es amplio si consideramos que es tan natural concebir argumentalmente el mundo, como hacerlo con la vista. Podemos decir que el hombre, más que un animal visual es un animal imaginatendiente. Que nuestra interacción con el universo en la imagenación. Y como los medios tecnológicos y materiales apenas permitieron el cine el siglo pasado, la escritura es preminentemente la manera de aproximarse a esas lecturas.

Ahora, si el cine no terminó por enterrar a la literatura, no es solo por las limitaciones materiales, sino además porque la literatura ya es un género. Uno puede sospechar pues, que es posible leer la vida a través de la literatura, igual con otros objetos ficticios -ver la literatura comparada-. Pero por supuesto, los géneros literarios son también maneras de leer, son limitadas comprensiones.

Ponemos el ejemplo de las comedias de Lope de Vega. Decimos que la comedia de por sí es un género, pero leyendo la cuantiosa obra de Lope, uno puede encontrar cuales de entre sus 400 obras son las más “lopezcas”. El género de Lope es el grado común entre sus obras, otras reglas seguiría su poesía. ¿No podemos juzgar que las obras de teatro que hizo Cervantes son también novelas lopezcas? Sabemos que son contemporáneos, y que sus influencias son similares, podemos tratar de evaluar a uno con respecto al otro. Por supuesto, caeremos en la conclusión de que muchas obras de Cervantes son menos lopezcas que las de Lope. Entonces tenemos un género.

Para que lo sepan, esto pasó en la vida real, Lope fue tan exitoso que la gente que leía las obras de Cervantes, no las hubiera juzgado “suficientemente lopezcas”, del mismo modo que el teatro tardío de Lope no fue visto “suficientemente calderoniano”, por seguir en los ejemplos de lo clásico español. Una obra literaria produce lecturas y (re)produce géneros. Por eso siempre volvemos al género aunque pretendamos haberlo superado: el lector inevitable, regresa a la lectura.

Otro ejemplo sería (¿de Piglia? entre la mudanza no tengo el tiempo ni el gusto de verificar la fuente) el género de detectives. Se sugiere leer a Shakespeare como una obra de detectives y no como una tragedia, ¿quién es el sospechoso en la obra de Macbeth? ¿quién saca ventaja del crimen? No el asesino ciertamente. Si uno puede releer una tragedia como policial, o un policial como tragedia, es que ambos han producido lecturas que aún siguen con nosotros y son moneda de intercambio en las ideas. Kafka creó a sus precursores, porque ahora podemos leer varios textos usando a Kafka como una llave, como un método. Considerando a Kafka.

Entonces cuando se discuta de la contaminación de los géneros, o la degeneración de estos, uno debe recordar que son nuestras guías de acceso al saber, al sentir. La literatura siempre ha sido marginal, en parte porque no es inmediatamente accesible. Para volver a un ejemplo del cine, mucho de lo que pertenece a la película experimental puede considerarse como otra entrada de acceso a la experiencia casual del espectador, ya no como una simple reproducción de las fórmulas existentes, sino como una renovación, ver el cine como una legítima novedad. Algunas de estas películas por fuerza dificultan su acceso a cualquier público.

El género es pues, experiencia, memoria, es el conocimiento que antecede y funda la lectura. El vocablo no es génesis por ser un principio, sino por ser un orígen del conocimiento. Uno no elíge el género que utiliza al escribir/leer: ese nos elige a nosotros.

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