** y noto la contradicción entre utilidad y poesía

4 Abr

Una confesión que puede sonar infantil: siempre me sorprendieron los poetas que se lanzan a la poesía como si se tratase de una acción política revolucionaria. Seguramente se dirá: que fácil de sorprender es este bloguero. No es falso (aunque tomo lo de bloguero como una ofensa, porque sí, porque si quiero puedo tomar bello como una ofensa y a sus eruditas reflexiones no les incumbe). Me gusta pensar que la facilidad de sorpresa suele ser una virtud, pues al menos vuelve la vida más feliz por ser más inesperada.

Ahora que lo pienso hay personas que pudieran tener miedo de lo inesperado, como de las acciones revolucionarias o para quienes ser bloguero es una razón inmensa de orgullo. Nunca he dicho que estoy aquí para darles la razón a todos, me gusta pensar que los tomo en consideración. Mejor responder a la pregunta: ¿qué hay de sorprendente en esta poesía seudo-cívica? Es breve de explicar, por eso recurro a otro desvío.

Cuando me refiero a una acción política reenvío, o busco reenviar -o me reenvío- al imaginario de la acción medio clandestina y secreta, que supone algo de suversivo, una especie de encuentro de personas ya citadas que comparten un secreto penoso u horrible que es necesario ocultar de la persona bienhechora común y corriente que paga sus impuestos*. Esto es gracioso porque en la poesía hay siempre algo de religioso y de autoritario, el uso adecuado de la palabra presupone el inadecuado, las poesías no son diálogos sino monólogos, imposiciones y violencias verbales que tienen de bello precisamente lo que tienen de violento: no ejercemos la poesía en el afán de controlar o de sostener, sino de edificar, y edificar algo fugaz que olvidaremos probablemente al abordar el verso siguiente. Ahí esta la belleza, el poder que no se ejerce, que en varias religiones monoteístas puede aún asociarse con cierta divinidad. Y claro, estos poetas citadinos -¿hay de otros?- no desearían otra cosa que estar lejos del orbe de lo religioso y lo político, al contrario, su acción y su revuelo proviene precisamente de una voluntad de humanización de la palabra de la poesía, casi siempre un humanismo manchado de estética o una elevación de lo mundano que lo vuelve algo divinicioso o politicante. Puede que sea una torpeza, hay algo en el propósito de torpe o de imitador, pero intenta explicar algo que de todas maneras es un no-a-lugar y que tiene que ver con el motivo por el cual estas reuniones -que suelen ser banales, casi rayando en la inutilidad**- llegan a sorprenderme.

*- Suponiendo que el lector venga de uno de esos países donde tales personas existen.

Y es que si a ejemplos genéricos nos remitimos, probablemente no haya una palabra menos satisfactoria que el discurso político. Precisamente de ahí que requiramos hacer una fuerte distinción entre la acción política, que ella misma intenta por torpes medios encarnar una fuerza ideológica o conceptual, y el discurso político semánticamente inválido, retóricamente redundante y especialmente olvidado hasta el punto de la invalidación. Estamos en el momento de la palabra inválida, en el espacio en que la reunión acaso cuenta más de lo que en ella se dice, en que la comunión se vuelve un gesto, otra vez, recobrando un valor a lo mejor no espirituoso pero si metafísico, rejugando los elementos de un cierto gusto hasta desarraigarlo de la categoría de hobismo. Darle a la poesía valor en un estado de palabra desgastada, montar un pequeño coup de theatre, para resignificar nuestras seguridades y autosugestiones. La poesía es verdaderamente una manera de transformar el mundo, ella misma nace de una transformación, de un cambiadero de sílabas y gruñidos que entran en la plena conciencia de su propia impotencia ante la explicación del mundo. El objetivo del gesto esclarecedor y en evidencia inútil que es la reunión entre poetas, viene de un momento de lucidez. Ahí está, la palabra, hecha carne, en su sinsentido, buscando sentido, sintiendo. Un espacio donde la convicción toma una forma por patética que sea un ritual.

Estamos en el hecho estético y amoral, vaciado de su sentido, a lo mejor otras reuniones de poetas se apegan más al gesto comprometido del humanista, pero yo casi lo he leído como cultura por la cultura. Hay que multiplicar la poesía, en un contexto que no tiene nada de evidente, en una especie de intimación y gusto con la poesía que tiene algo de perverso la imposición de esta lírica a los otros. El hecho estético y amoral, la literatura como tauromaquia. Tiene forzosamente algo de incomprensible, algo de irónico, algo que facilita el desprecio y la burla.

La reunión misma carece de la belleza que tal vez esperaría uno del gesto simbólico, supongo que caemos de nuevo en las carencias del lenguaje, donde puede fácilmente hallarse cualesquier tarea más espectacular que la práctica de la palabra. La poetanza, esta reunión para la poesía, es primero ortodoxa manera de dar ambiente y recitar poemas antes de ser una fiesta. De hecho, si una reunión es poetanza y fiesta, pierde todo lo que es de poetanza, pues sin la palabra en el centro, no hay nada, no queda poesía. Es así, un amorío exigente y fascinante, sacrificado y gratuito,**. ¿No es finalmente motivo suficiente de sorpresa?

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