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5 Dic

Si amas a Dios, amas el desórden fundamental de su obra

 

Del mismo modo, si gustan de mí (por imagen y semejanza) tolerarán o apreciarán en diversas medidas mi dispersión. Y entonces, estamos aquí, en el artículado desórden de mis expresiones, en este obligado preámbula al problema que ocasionalmente (aquí), nos atañe. Un trozo de letras.

El asunto en general, para mí es uno, y como están frente a mi texto para ustedes es doble. Ahora lo haremos triple. De aquí el interés de la introducción ¿no? Proponer la dimensión adecuada para resolver un problema. Ojo: es usted quien lo resuelve, nadie más, yo soy testigo.

La verdad, en el fondo, no deseo que usted piense, requiero que escriba. La concepción con la que las ventilaciones son propuestas se cimenta en un concepto de veracidad dialogal, solo es válida hasta que la réplica del lector se propone. Jugamos con la temporalidad porque de otra forma los conceptos serían lineales y las argumentaciones entre lector y escritor de cierto modo respondarían a la misma predictibilidad. Descreo bastante del valor de novedad, yo quiero recuperar algo consistente de todos estos propósitos, una realidad dispersa que responda por lo menos a lo que yo puedo nombrar como mis Conceptos. Y tienen que ser dispersos, casi no ser, porque tengo la convicción de que así son los mejores conceptos, los de verdad.

Piense al respecto, escriba al respecto. No tiene que ser hoy ni mañana, puedo estar muerto ya, hágase el favor a usted mismo de entrar en este triple esfuerzo que hace de su asunto, el que le atañe (¿nos atañe?) un objeto que sea más que papel. En fin, saque algo de aquí, y no lo saque para guardarlo en su cabeza, literalmente dele algún apartado en el mundo, confirme por lo menos su existencia (no la del Concepto, sino la suya, lector, demuestre que es)

Ahora a trabajar.

 

Si bien cualquier regla contiene su negación, he desechado de antemano dos actitudes en la reflexión: no puedo justificarme y no puedo dejar de justificarme. Lo primero es un pecado de la arrogancia y lo segundo es un gesto de honestidad para con ustedes. El escritor no es un mago que guarda sus secretos para sí, su discurso es evidente, superficial. Pregunte y yo le responderé con lo mejor de mi carácter, no estoy escribiendo en público para pretender que mi conocimiento está privatizado, esto me parece sería un error de tacto.

Y me doy cuenta entonces que la honestidad se busca, no puedo permitirme una arbitrariedad. Me las permito todas, mas dejar vivir una es inválido. Entonces debo decorticar esta sinceridad que me es propia, tratar de, si no desentrañar una razón de mi verdad, por lo menos inventarla, fabricarla, falsificarla. Yo quiero eso: verdades falsas. La mentira es una tarea de gran monta, siempre y cuando uno no se la permita para todo, sino para una sola cosa.

Por consecuencia ilustraré un disgusto y en esto formularé tres opiniones, tres realidades falsificadas que pueden dar cuenta de una verdad probablemente irracional. Voy a inventarme una personalidad específicamente para la novela, para juzgar, anular y distraer mi disgusto extremo hacia el género novelezco. Condensaré esta repugnancia visceral, este aburrimiento sincero, en tres ensayos, y se los propondré a continuación. Bueno, a continuación a sabiendas de las reglas establecidas. Igual me parece que todavía se las estoy dejando fácil.

Entonces, la novela, en tres capítulos, tres maneras de reprocharle a la novela ser lo que es, tres maneras que además podemos tachar parcial o totalmente de inválidas, que puedo o no compartir. Si tratara de ser transparente erraría en el lado de la falsa humildad, en realidad tampoco es un camino decente. Para ser visible -se sabe-, no basta ser visible, sino además hay que ser opaco, tiene que haber una materia que podamos agredir para verdaderamente confiar a nuestra vista. El escritor no es ilusionista.

En cierto modo, los amo, y necesito darles y que me den lo mejor de ustedes. Por eso, no una vez, ni dos, sino tres.

 

Propósito para el año que viene: que la mitad de mi obra sea la introducción al resto de mi obra. Toda proporción guardada.

Tomándose algunas libertades

20 Ago

Unas breves que creo necesario mencionar antes de adentrarnos en “el asunto”: primero, que vuelvo de mis vacaciones donde incurrí en el goce que conocemos como el silencio, pensé en el blog mas me apenaba un poco llenarlo en internet, en un camping y sin electricidad -me apenaba sobre todo porque dadas esas condiciones era imposible, y efectuar la imposibilidad es razón normal de vergüenza, como las diviciones entre 0-; segundo, que por razones que no explicaré ahora y acaso quedarán sin explicación para siempre, me debo una reducción de la producción de este blog, de por sí baja estas semanas -las anteriores a mi breve ausencia quiero decir-. Aclararé que lo referente a esta recurrencia menor son voluntades y puede darse el caso de que incurra en violar esta promesa de ser menos promíscuo con las entradas de este blog, mas la atención para mis más fieles lectores me parece por lo menos sana, si no necesaria.

Ahora una nota sobre el asunto de hoy: me pasa más seguido de lo que se requiere, que las personas me interrogan sobre el tema de la libertad. Se sabe que las discusiones terminológicas son literalmente de lo más literariamente estéril que existen, solo que en realidad es lo que traigo entre los ojos esta tarde y me parece poco sincero obviar el tema y dejarlo pasar. ¿Por qué las discusiones de lo libre vienen tan seguido en mis intercambios? Pues porque soy un sincero protector y admirador de la alteridad, como bien se sabe, y muchas veces esta alteridad es comprendida por los demás como una “opción” a lo que existe hoy día, que para mis interlocutores directos es lo Occidental. Por lo mismo, esta entrada puede ser bien vista como la primera que nos dirije en pos de discutir ese tedioso tema que es lo Occidental, que me siento moralmente forzado a discutir en este blog, porque sería asqueroso pedirle a una persona que pague por un ensayo alrespecto, o siquiera imprimirlo sobre árboles decentes. A entender que el género occidental no es de mi gusto, empezando porque es amplio. Pero igual, esta ocasión podemos decir que estoy en un prefacio respecto a esto, que predestinaremos en una ocasión futura a servir de referencia sobre lo libre.

Para decir que la Libertad es un concepto que la “occidentalidad” se ha ido apropiando más o menos a fuerzas. Debemos entender que ser libre es como suelen ser la mayoría de las ideas: algo turbio y sin mucha sustancia, por esto mismo la libertad vista desde cierto punto de vista es central. Y si tomo la dicha occidentalidad es sobre todo porque expandir los conceptos de Libertad a todo lo que pueden abarcar es inútil y fatigante, tanto la filosofía trascendente de la libertad como su empleo jurídico me parecen en nuestros fines -que son un poco literarios-, poco productivas y fatigosas. La libertad como objeto cultural, o sea, como aquello que se valora secretamente y sin comprenderlo de todo dentro de la sociedad que describimos en la literatura, es una cosa a entenderse y no es vana. Yo siento que soy libre, ¿qué es ese sentimiento exactamente? ¿cómo es algo muy occidental y por qué esta sociedad sentiría más/diferente un valor tal dentro de su seno que cualesquier otra sociedad? Este tipo de preguntas me parecen más o menos legítimas y trataré de responderlas.

No se puede pensar en la Libertad sin fijarse en el Futuro, me gustaría referir a las distintas nociones del tiempo que Octavio Paz refiere en el Arco y la Lira para referir a la Modernidad. Lo moderno necesita del futuro para existir, de un futuro para el que vivimos como si fuese un hecho, y solo en concepciones del mundo en que el futuro se presente como algo de gran valía podemos hablar de Libertad. Ahora, supongamos que usted ya compró lo que la Modernidad le está vendiendo, ¿cómo se puede comprender el Futuro sin la previsión? No es que los animales carezcan de futuro, mas su capacidad de anticipar sus necesidades es notoriamente menor que la del hombre, al grado que si una fuerza externa y poderosa dispone -como la naturaleza o el hombre-, una raza animal puede ser erradicada sin que pueda a ello oponerse. El hombre propiamente moderno ya contempla diariamente su erradicación terrible y posible, no solo personal sino cultural, el genocidio y la destrucción mundial para él, no son más teorías insensatas sino amenazas reales. Solo porque puede fijarlas en el futuro como un hecho real, en el límite de lo posible.

La obsesión con la posibilidad y la probabilidad están relacionadas con la libertad, y para que las cosas sean posibles se requiere un mínimo circunstancial, vaya pues, la posibilidad de la vida. Por ende, la Libertad va de mano con la saciedad, o para ponerlo de un modo más grosero, con la necesidad. Sin Necesidad no hay Libertad, solo soy libre mientras puedo saciar mis necesidades, si no puedo contemplar necesidades en mi futuro y presumirlas saciadas, mi libertad deja de existir; del mismo modo, solo soy libre en la medida en que tengo necesidades, si no requiero nada, no tengo necesidad de contemplar el futuro, y por ende no soy libre tampoco. Solo porque somos mortales tenemos futuro y libertad, por lo que la trascendencia transgrede un poco nuestra sed de libertad, creemos mejor en la libertad absoluta que es más un delirio de omnipotencia que un verdadero valor cultural, y poco tiene que ver con lo que se nos inculca.

El consumismo, cuando produce necesidades artificiales se halla en el colmo de la libertad, pues más necesidades a saciar se nos figura como más futuro y por ende, más libertad. Proposiciones óptimas en el entorno dicho occidental, donde la necesidad ya no se considera vital ni biológica, sino adquirida e inculcada. Hemos dicho pues liberté, y como esto nos faltan otros tres aspectos.

Pasar inventando

27 Dic

Todas las literaturas son invenciones. Mas si la escritura no contuviera al menos una realidad no sería vista con tanta religiosa devoción por tantas personas toda la historia. La invención sucede -lo sabemos- en un mundo donde todo está inventado, o mejor dicho, uno donde las impresiones parecen siempre nuevas pese a sufrir de un agotamiento atemporal. Una literatura es legítima no por cómo es recordada sino olvidada. Por esto mismo, incluso antes de abordar la primer página la obra ya comienza a ejercer sobre nosotros su frágil hechizo, el que nos permite admitir en ella una verdad o descartarla de antemano y por completo. Si antes de la lectura esta disposición nos abandona o nos fatiga, la literatura es un artificio menos cierto. Mucho antes de que nos importe cómo fue escrita, la literatura latinoamericana ya actúa en nosotros.

Se debe, necesariamente, admitir que quiere decir algo. Ser latinoamericana, la literatura. Por ejemplo, para encontrar la literatura femenina encantadora necesitamos la convicción de que una mujer y un hombre escriben y existen como entidades diferentes, por lo tanto, la idea de abordar a una mujer que escribe como hombre, o uno que escribe como fémina, no deja de sentirse aberrante. Sin estas condiciones, la literatura femenina no podría tenerse por algo cierto, aunque incluso en los convencidos no deje de calificarse esta observación como una conjetura o una convicción.

Pues finalmente, ¿no hay tantas mujeres como maneras de escribir? ¿entenderemos que la literatura femenina es el punto común entre todo lo que ellas enuncian o la esencia debe superar esa torpe división? Parece que mientras más escapa a las imitaciones más amplia y más cierta se vuelve esta cualidad de ser una literatura genuina. La literatura latinoamericana comparte todas estas condiciones de legitimidad, con el fin de no ser simplemente el espectro dejado por la-literatura-que-no-es-latinoamericana.

Entonces la literatura en quechua, en inglés o por twitter no es menos latinoamericana. Aquella de los agresores y los dictadores no es tampoco distinta en esencia a la de los oprimidos y los santos. El fenómeno no puede suprimirse para contemplarlo en una agenda política con bandos claramente definidos, y por lo mismo, no puede simplemente responder a una necesidad geográfica de territorio. Lo que no quiere decir que el cuerpo no existe, simplemente la nación no se encuentra ahí. Doy un ejemplo: América no existía antes de la llegada de los españoles, pues nadie podía dar cuentas del continente en términos de una unidad. No por eso el territorio existía de manera menos real. Por lo mismo debe admitirse que la literatura regional es poderosamente latinoamericana, sin que remita a simples alcances nacionalistas. Tampoco la agenda historicista del autor puede tomarse en cuenta: el más fantástico y menos político de los autores puede ser más latinoamericano que el más aguerrido denunciador. Y no me parece tampoco que decir “más latinoamericano” lleve consigo un sinsentido.

Es bastante seguro que sin un idioma como en español, en el centro de nuestros textos, no pudiésemos clamar unidad alguna entre este mundo vario. Hay muchas literaturas latinoamericanas que no tocan ni de lejos el español, las lenguas indígenas, el inglés o el portugués pueden ser sus vehículos. Entiendo que esto las vuelve acaso más profundamente latinoamericanas pues tienen que ganarse a pulso algo que muchos damos por sentado. Y es que el idioma es un gran favor ante la espectativa de encontrarse. El idioma es un lugar, pero no es en sí mismo el sitio en el que nos regocijaremos, tan solo es un punto de entrada, como la lectura misma es un aspecto que permite abordar esta dimensión. Ser latinoamericano se puede presentar como una feliz -o triste- fatalidad, pero uno puede perderla muy voluntariamente. Se puede abandonar igualmente, el uso verdadero del idioma -muchos indígenas lo han logrado-. Físicamente podemos desplazarnos a sitios cuyos aspectos recónditos y poblaciones enigmáticas oculten la peculiaridad que cualquier herencia pueda tener. Pero cada una de esas operaciones puede llegar en la óptica inversa: latinoamericano uno puede volverse. Es cuestión de ensayo, de voluntad y sobre todo, de convicción.

¿Tiene la literatura latinoamericana la convicción de volverse tal o es víctima de un destino que le ha sido impuesto? No pienso que una sola de estas respuestas sea satisfactoria. Muchos elementos me parecen aún problemáticos: la juventud, los afro-descendientes, los árabes, la Colonia, los inmigrantes, la infinitamente rica cultura popular actual… ¿no son todas estas cosas que pertenecen en lo más profundo al dicho continente? Aquellos que velan por la continuidad de este lugar que es la literatura no pueden sino escribir con atención en ello, con los mejores términos.

Solo desde que se cree que esta literatura vasta -acaso infinita- merece un lugar, y debe prescidir al menos la lectura de nuestros textos, la historia de la literatura empieza a existir. En esa periferia, en esa diferencia.

No a lugar

25 Dic

Habemos de admitir que si hay alguna literatura latinoamericana por fuerza habrá otras que no lo son. Esto puede llevarnos al delirio de concebir listas llenas de propiedades que funden y expliquen lo que es de esta literatura, o incluso que jueguen a pensar que Latinoamerica es una cosa y que puede ser explicada por los textos que produce. Tratando de concebir un concepto amplio, he pensado que la literatura latinoamericana responde a todo el corpus de todo lo escrito en un conjunto de países, tan poco representativo y extranjero como pueda presuponer tal limitante. ¿Y la literatura de los exiliados? Esa tal vez nos pone un problema particular, pues en el fondo es también extranjera.

A veces pienso que la riqueza de cualquier literatura particular está en su sentido único. Si queremos expanderla y universalizarla, cometemos el error de devaluar sus conceptos principales, su credo más profundo. La periferia funciona particularmente bien cuando tiene conciencia de la condición que la hace distinta, y aunque a algunos les duela la confesión, Latinoamérica es antes que todo, periferia. Pero cada periferia tiene un lugar propio de enunciación, o en el caso de las complejas sociedades de distintos paíse, muchísimos sitios. Construir un absoluto que englobe tantas particularidades y realidades con colores distintos es azaroso. Es un desgarrador deseo de comunidad, y una fuerza en la que se lucha por conservar una cierta esencia latinoamericana. No tiene sentido pensar que esta literatura sea una cosa, pero sensorialmente nos parece que debe serlo. Esta similitud de facto, esta evidencia, fundamenta la voluntad de construir una literatura juntos. Y sin esta convicción mucho se pierde.

Viviendo en Buenos Aires tuve la experiencia de recobrar algo perdido de mi identidad. En ese momento, la digestión de mi exilio voluntario en Francia había exigido que reconociera algo de lo que había perdido. Me sentí de nuevo latinoamericano habiendo abandonado la particularidad nacional que mi nacimiento podía suponer. No podía reivindicar solamente una nación por razones en las que no vale la pena ahondar, pero me parecía digno recobrar esta identidad común que me parecía entonces, latía en todos los latinoamericanos indistintamente. O no en todos, pero yo en el extranjero, sintiéndome extranjero a recordatorios frecuentes, no podía sino encontrar en esa visión cierto consuelo. Ahora, extranjero entre gente que hablaba mi idioma, agrupado de nuevo entre nombres de países que nunca viví, podría haberme interrogado si formaba parte de aquello, aún entonces, y si el perder dicha identidad vendría después, o si era una especie de luto que ya se anunciaba en mi deseo incandescente de formar parte de ello. La última flama que brilla antes de consumirse. El fin de mi literatura latinoamericana.

Uno nunca deja del todo el lugar donde nació, pero es igual de cierto que uno no pertenece en nada al mismo lugar después de un prolongado exilio. No pocas veces me he burlado de ciertos escritores que distantes de sus países de origen siguen portando el título de escritor nacional. No faltan los críticos que deploren esa posición. Y es algo válido. Vargas Llosa no es un escritor peruano, Roberto Bolaño no es un escritor chileno. Se les cede por consecuencia al menos el poder integrarse al pantéon de escritores latinoamericanos, pues en esos términos no pierden del todo sus derechos. Pero del mismo modo, es enteramente justo llamarlos europeos. Y enteramente injusto usar ambos términos, en otro sentido. No tiene razón geográfica de ser, tampoco es que la literatura de un continente vaya a empobrecerse por no rescatar un par de nombres entre otros.

Una literatura se escribe en el tiempo. Es un sitio geográfico, que puede, si se quiere, coincidir con abstracciones como latinoamerica. No es extraño que a dos tiempos distintos, un mismo autor deje de ser americano, deje de ser hombre, deje de ser él mismo. La identidad es fatalmente discontínua, y sufrimos con frecuencia muertes varias. Yo he sufrido ya durante el año el luto de esta identidad, de la ilusión de la que aún me agarraba, de pertenecer a algo. Tal vez no lo he perdido del todo, pero ya siento cómo la perderé. Y conociéndome, al momento que esté muerta, no me ha de importar mucho más. Igual será triste que no pueda escribir como si fuera de allá. O que pueda, pero sea un vil artificio. ¿Debí burlarme tan rápido?

Y entiendo por este medio que si existe una literatura que encuentra su sitio, otras vienen fatalmente de aquellos que se sangran en muchos lugares. Formo parte de esta variedad, y tal vez se requiera en un futuro que la literatura de nosotros no tenga ese estigma de inadecuación. Sí tengo un lugar y sí tengo una literatura. El resto son adjetivos, y por oficio sé muy bien cuánto crédito hay que darles.

El fin de la literatura latinoamericana

22 Dic

Aunque cronológicamente existen muchos escritores que anteriores al movimiento, el Moderismo latinoamericano trae la novedad de querer inventar alguna literatura. La idea original es colocar a la lengua española como productora digna de “literatura universal”, como referencia cultural en otros países, entiéndase, grande a los ojos de Europa. El movimiento, luchando dos campañas a la vez (una americana, otra ibérica), toma prestadas estrategias poéticas que se han usado principalmente en el francés, pero la influencia inglesa es evidente.

Detrás de esta meta ambiciosa -o contradictoria, si uno considera los índices de analfabetismo de ciertos países-, se encuentra un gran rasgo de imitación. Darío y Jímenez quieren lograr el éxito que Dostoievski y Tolstoi dieron a la literatura rusa. La idea de universalismo literario concebida de este modo consiste en dos cosas: ser reconocido en europa occidental y no ser de esta europa. Y a esto adjudicamos también un modo de lectura: el escritor establecido debe ser asimilado al corpus literario de los países “iluminados” y no ser llevado a estos como una simple curiosidad o un azar. Para existir la literatura latinoamericana debe ser como la europea, sin serlo. Y es que por regla general no tiene sentido sobre-europar a los europeos, la imitación suele ser remedo pálido, si se pudiera, probablemente los modernistas lo hubieran intentado -acaso lo hicieron-.

Como es natural, un movimiento tan totalizante como el modernismo suele generar una reacción contraria también grande. Mientras se crece “hacia afuera” también se trata de desarrollar una literatura hacia adentro, empieza una producción general de novelas nacionales por todo el continente. Aparece la Novela Latinoamericana. En este momento sucede un cambio entre un movimiento que empezó como poesía y termina por adaptarse a la prosa. Esto pasó exactamente del mismo modo en Rusia, que como mencioné antes, va a ser nuestro mejor referente. Una parte importante de las novelas nacionales fracasará por su exceso de romanticismos o por su trivialidad estética. Pero esta apuesta de crear una identidad nacional por medio del texto les granjeará una breve inmortalidad, serán consideradas de ahí en delante como novelas emblemas de sus respectivos países. Novelas a veces consideradas clásicos latinoamericanos, aunque no por su calidad, y mucho menos por completar el sueño modernista de una literatura universal. Casi diría que mucha de esta fama se debe a una voluntad política de progresismo. Retengamos el hecho de que serán textos referentes para las generaciones futuras.

Suceden las vanguardias cuya fugacidad refleja el problema identitario heredado por la generación anterior. Otros escritores tienen éxito donde los regionalismos de principio de siglo fallaron y conciben una literatura de la marginalidad, que actualmente funciona. Escritores excepcionales y verdaderamente universales, que podemos tachar incluso de genios, logran grandes obras y reconocimiento durante estas épocas. Pero el paisaje intelectual durante las guerras europeas resulta difícil de divisar, el sueño europeo de los literatos iberoamericanos queda por ello trunco. Tomemos en cuenta también estos éxitos poco frecuentes, y aquellos que fueron logro de una periferia bien concebida.

Entonces llega el llamado Boom literario. Un grupo mesiánico de autores citadinos va a apostar por una estrategia editorial, y presentar su literatura como un frente unido de literatos que representa al continente -varios viven en Europa-. Y vale mencionar que lograrán el objetivo propuesto por Darío: vender en Europa, ser leídos y escribir como occidentales, sugerir que la gran literatura puede escribirse en español. Que somos referencia cultural.

El éxito sugerido es también una reescritura histórica. Este grupo de profesionales va a declararse como huérfano de las generaciones literarias anteriores, como un milagro ex-nihilo, o si se toma literalmente mi sugerencia mesiánica, como obra del Espíritu Santo. Harán los siguientes ajustes: las conocidas -y malas- literaturas nacionales, eran clásicas pero bastamente inferiores, no se pone en duda que el Boom las ha superado; los escritores periféricos son un grupo de marginales sin talento: el Boom apuesta por el desprestigio -a Asturias se le negará su lugar como padre del Realismo Mágico, a Arguedas se le derribará-; las literaturas intermedias, menos logradas, serán tomadas como una suerte de media, como para notar que hay una progresión directa de calidad que llega a su climax con el Boom; y finalmente los genios -aquellos que rivalizan o superan cómodamente al Boom y que lograron la fama sin tanto marketing- serán tachados de casos aislados, de rarezas fenomenales y no representativas de latinoamerica. No se admitirá, por supuesto, que los reales genios son siempre escazos, pues tal afirmación correría el riesgo de desprestigiar la genialidad del Boom. También se niega la proximidad fatal entre la literatura ibérica y la americana, que irán juntas por casi cada paso -de este hecho aún existen desertores-.

Podemos ver pues, que esta historia latinoamericana cruza desde el modernismo hasta el llamado Boom, y tiene sus ojos en Europa. La promesa que el Boom cumple es la misma que se propuso Darío. Se cierra el círculo.

Tres breves historias de la literatura latinoamericana

20 Dic

Esta entrada es una introducción a las tres composiciones siguientes, que pueden ser interpretadas como un mismo texto o usadas para fines individuales a como le parezca mejor al lector. Trata, como el título lo dicta, de la literatura latinoamericana pero principalmente de tres nociones de historia que refieren a esta, cada una central en las ventilaciones subsecuentes. Naturalmente, esta introducción explica -no justifica- las opiniones expresadas a continuación, a suerte de prólogo o de prólogo de prólogos.

El tema: la literatura. El adjetivo: latinoamericano. El problema: la(s) historia(s). Y el disgusto que representa el discurso historiquero del académico, de antemano descartado como una genealogía ficticia entre elementos azarosos que no explican por sí mismos cosa alguna. Queremos tratar historias narradas, de las cuales podamos tirar una lección consistente. No queremos adornar la historia o empuñarla con un objetivo concreto, aunque este fuere la obsesión por la verdad. Por lo mismo, no pretendo la totalidad, sino todo lo contrario: acepto y espero que la parcialidad resulte más sugiriente. No hay pues Historia con mayúscula. Ese tipo de solemnidad no nos interesa.

Ahora, de las muchas historias parciales que podría tratar he decidido explicar y contraponer tres versiones. Mi estudio incluirá una suerte de enunciació de hechos y no ahondaré particularmente en cada uno, primeramente para terminar, luego porque si estoy mintiendo no importa. Esto es algo que quiero que tenga en mente: lo importante no es el estado de verdad de mi discurso, sino la posibilidad que a usted le preste de extraer alguna reflexión de valor. Acaso los textos parciales y contradictorios permiten una reflexió más profunda. Contradecir y reflejar, finalmente, guardan significados próximos. Las tres historias a las que remito tampoco se fundamentan en un concepto de historia literaria o historia a secas como uno puede encontrar en los libros de texto*, admitirán distintas relaciones que uno puede conferir al pasado y a su relación con futuro o presente, también admitirán de ser necesario, que el tiempo no existe.

Es necesario aclarar que antes de comenzar este blog, ya había concebido una de las reflexiones -la zocarronamente titulada “el fin de la literatura latinoamericana”-, pero no me había convencido a modo de ejemplo aislado, ni por el rigor que he empeñado en su reflexión. La segunda ha sido la que me convenció de avanzarme a este pequeño proyecto, pues se me ha figurado una lección urgente, una que pronto dejará de tener sentido si no la enuncio con la tonalidad correcta: remite a un universo cíclico donde el tiempo histórico tiende a repetirse, para ejemplificarlo no escatimo en emplear alguna experiencia personal. La tercera fase seguramente resultará cómoda para los que se han acostumbrado a mi modo de reflexión, no vale la pena anticiparla debido a esto: temo que resulte predicible.

*- Graciosa manera de llamar los libros escolares, pues finalmente un libro de texto puede estar constituído de esquemas y dibujos, como un libro de humor hecho de texto. La expresión “de texto” acaso sugiere un genitivo de orígen, como para hacernos pensar que es la capacidad de hacer textos la que nos ha condenado al aprendizaje textual. Degenerado el pensamiento por medio de la palabra.

Esta serie de ventilaciones persigue un objetivo muy sencillo pero también insensato: busca agotar todo lo que tengo que decir sobre la literatura latinoamericana como tal. No me parece que un tema de esta magnitud, tan falsificable y redundante pueda reducirse a poco más de dos mil palabras. Espero lograr por lo menos que las entradas que siguen expliquen mi reticencia a lanzarme de nuevo en este tema como si pudiera hacer sentido de él.

La pregunta que espero lograr evocar dentro del lector que se acerque a estos textos es ¿qué queda después de la literatura latinoamericana? De cierto modo, este es el eje de mi discusión y mi interés. ¿Por qué hablamos de un después? ¿se trata de una superación o simplemente de un fatídico movimiento histórico?

Son preguntas mal hechas, que contienen su respuesta. Intentemos el ejercicio inverso: voy a proponerles tres respuestas y veamos a qué pregunta podemos aludir.

Color según Ponge

9 Jul

(La iniciativa poética difícilmente intenta tener la razón, tal vez discutiría que quiere “una razón”, mas incluso entonces se siente superpuesta, como las calcamonias encima de la ropa. Lo que no vuelve a la poesía un sinsentido, ni tampoco la vuelve falsa. El poema entiende que su origen está en la realidad, mas no pretende acercarse a ella para ser real. Ello, entiende Ponge, sería un método contraproducente.

Entre muchos de los poetas a los que podemos referir, es Francis Ponge el que decide abordar sin pena la poesía de los objetos. Digo bien poesía de objetos, entiéndase, una que busca pertenecerles. El propósito es fundamental porque los objetos son más que los hombres y la exigencia cuantitativa los haría presentes siempre en la palabra. Para el hombre, cualquier palabra es del hombre ya Ponge lo interrogaron confusos de esa aparente ausencia.

Leo las conferencias de Ponge y descubro un discurso que me sorprende por su modo de reflexionar, no por tratar de un pensamiento intrincado, sino precisamente por la elegancia en el mejor sentido: En hacer parecer natural la actividad de pensar -nuestra sociedad quiere que el pensamiento sea valioso por cuan intrincado pueda ser-. La reflexión de Ponge no es poética, pero es de poeta. Llena de pequeñas alegrías, de invitaciones a pasear sus jardines libremente.

Siento pues, que los menoscabos y logros que salen a reducir en el seminario de Ponge, provienen precisamente de su carácter de poeta. Es confuso, pues siento que he leído pocas reflexiones de verdaderos poetas. No puedo explicar prosaicamente lo que quiero decir, es una suerte de convicción que me dice que la acción poética es fundamentalmente una fórmula de sentir más que de expresar. La buena poesía se situaría pues, antes de la buena literatura. Y si tengo esta convicción es por la lectura de prosas como esa de Michaux y ahora, de Ponge. No comento seguido en ello, pues es difícil de describir esta prosa que viene de poeta -que no hay que confundir con prosa poética-.

Es de mencionar que el propósito de Ponge se inscribe en una lucha mas o menos reciente que la literatura ha embarcado para recuperar una cosa que la sociedad moderna ha ido perdiendo: El espacio físico. Aunque a esta misión se suscriben Bellatín, Simon y otros, la tarea ha probado ser enorme y diversa. Se trata de varias maneras de enfrentar al universo, que se opone a una exclusiva que se limita a la abstracción platónica. Entonces recordamos que pese a todo, el arte literario es el reino de la abstracción, que dominar los objetos y los cuerpos que carecen de un lenguaje como el nuestro, suele ser violento.

El poeta que escribe ante todo no busca la forma retórica del ensayo, en cierto modo no dice sino lo que le parece y se guía por la construcción de esta intuición que lo guía. No seremos convencidos de que el autor piensa o sabe algo concreto, mas veremos en su texto que como nosotros sospecha una realidad, y acaso la intuímos en sus palabras. Creo que precisamente en la prosa de este estilo descubrimos con facilidad imágenes que no parecen ser perseguidas con la insistencia del artífice, sino producidas espontáneamente por un hombre cuya manera de ver el mundo permite coloridas analogías.

Precisamente hace una que quiero compartir, con respecto al color. Ponge dice que el color viene de algo que el objeto excluye, lo verde por ejemplo, tiene su tono por rechazar la luz verde, por reflejarla en vez de absorberla. A esto lo llama una imperfección, mas sería genuino preguntarse qué es imperfecto: El objeto, o la percepción que impone una propiedad a un objeto que rechaza la misma. Esta especie de mirada transformada hacia el color me parece una intuición legítima sobre el lenguaje. Al hablar, damos los objetos a quien no pertenecen. Ponge no hace énfasis en dicha analogía, acaso no planeándola como tal, sino incluyéndola intuitivamente en su método de poesía. Un positivo haría un esfuerzo para dar evidencia de cualquier imagen que trata, proponiéndola como no arbitraria. Si Ponge no hace esto, es porque su propósito reivindica el objeto y no el símbolo, la palabra en tanto que cosa y no como significado.

Creo que dicha inocencia o malicia extrema, es también del poeta.)

La niña pintada

5 Jul

…dilema, este es un problema que tienen todas las definiciones. Es algo futil tratar de discutir un objeto usando distintas definiciones, ahora que acabo de ilustrar alguna característica de lo que a mi parecer es lo femenino, no puedo pretender reductoramente que daré cuenta concreta del objeto real y experimentado al que la palabra refiere. Trataré sinembargo, de mostrar como lo discutivo se aproxima intuitivamente a la feminidad que encontraremos en nuestra vida.

Mi visión de lo femenino, siguiendo el molde de la edad adulta, presupone un propósito formal, un devenir que se ancla en la cultura.La importancia de ser adulto se encuentra en la practicidad, en el mundo cultural y visible. Más que nada lo adulto debe lograr un efecto de ilusión. En este tratamiento que se requiere para lograr una apariencia encontramos la esencia femenina.

Trataré un ejemplo convencional, el de la niña que se maquilla. El empleo del maquillaje, altamente femenino, parece transponerse a la niña como una especie de deber futuro, como asumir de antemano la transformación de la feminidad. Pero el maquillaje no es propio del infante, más de un padre lo deplora. Aquí podemos ilustrar como se acompaña la analogía entre lo femenino y la edad adulta, la niña está excluída del circuito de lo que se define femenino mas en su empeño ayuda a encontrar las características de la esencia mujer. Lo que no quiere decir que el rol infante no posea también una dimensión que remita al sexo, un niño y una niña son entes básicamente independientes. Si vemos el objeto desde nuestra sociedad actual -capitalista/consumista-,vamos a hallar que los bienes de consumo que se producen para la niña tienen alguna estética. Tenemos pues, una diferencia fundamental entre lo femenino y lo adulto, y es que se admite la parcialidad de lo primero en lo que remite al discurso, mientras que el adulto se pretende universal. Existen productos femeninos porque la categoría feminitendiente existe. Se admite que la mujer no es propiamente un adulto.

Esta absurdidad puede encontrarse en un fenómeno masivo del siglo pasado: La inclusión de la mujer a la esfera laboral. La práctica de que la mujer se “masculinice” para formar parte del circuito del trabajo enfatiza la competencia entre el mundo femenino y la sociedad moderna. En el universo del trabajo, el adulto es un individuo privilegiado que debe borrar sus funciones para volverse esencialmente nada más que un adulto. Se nos sugiere con fuerza que la feminidad también debe perderse. Las actividades que se quieren “propias a la mujer” se han constituído como partes centrales de la lucha por la igualdad de los sexos, en una paradoxal actividad que busca contrarrestar la homogeneidad del trabajo -un tipo de igualdad-, por la puntualidad del discurso de derecho. Solo que el adulto es una ilusión, una materia que se empeña simplemente en detener los problemas a la puerta del trabajo, no de solucionarlos. No se puede alterar fundamentalmente la relación de los sexos sin desartícular la identidad del individuo adulto en la sociedad. El adulto afrenta las otras prácticas humanas.

Entonces decimos que lo femenino remite a algo similar a lo adulto pero carente de verdadera universalidad. Aquí uso la palabra universal como una pretensión que pretende valía al interior de una cultura, contrario a aquella que busca valer en todas las culturas*. Al tratarse de algo que supera la simple vida orgánica y que se define por la impresión, sabemos que su distancia con la niña no puede venir de la edad. Voy a sugerir, como suena bastante intuitivo, que lo femenino tiene cierta relación con la sexualidad personal, y que existiendo en una sociedad donde el sexo infantil es suprimido con fanática devoción, la noción no puede emplearse en una niña. Sin embargo insisto en que la noción no es biológica, no se trata verdaderamente de la edad que una niña pueda poseer, la persona física en su feminidad depende más bien de la aparienica. Una niña puede admitirse femenina si parece más bien adulta y se ignora su edad, una adulta puede luchar por ser femenina si aparenta situaciones distintas al canon estético fijo -sea por vejez o complexión, por ejemplo-.

Pero como la feminidad es un perpetuo devenir y además no se presenta como normal en contraste con el canon adulto, siempre existe la feminidad en potencia. No se requiere ser femenino, basta con tomar medidas para poder aproximarse a ello. Entonces, el lado femenino existe en cierto modo, solo que la noción de lado no es personal, sino más bien geométrica. Uno se encuentra de lado, en una periferia de la verdadera feminidad. Es imposible tener un lado femenino, pues lo femenino no se tiene, sino que se busca. Lo que, si uno se pone a pensarlo, no nos ha dejado un pelo más cerca de entender qué es femenino finalmente.

 

Femme

5 Jul

Es interesante notar a veces las implicaciones que algunas frases que usamos. El ejercicio*, efectuado de un modo correcto, es una guía del pensamiento, pues incluso el lenguaje, tan dado a limitar nuestras ideas, puede saber multiplicarlas.

Yo pensaba en esta frase hecha que utilizamos, la que refiere al “lado femenino”, que ya de por sí se nos vuelve turbia lanzando la noción de feminidad. Soy un abogado de las frases que causan problemas, de la noción de que la limpieza en el lenguaje es una afrenta para el lenguaje, y que nuestro peor error ha sido pensar que se puede decir algo objetivamente. Estoy, naturalmente, mintiendo, pero es parte del funcionamiento de este blog. Por otro lado hay palabras que llevan su dominio más allá del mero sentido y que llegan a construir en ellas sistemas complejos de significado que actualmente atemorizan a quien las menciona. A mi parecer, también estas palabras intimidadoras, las que no deben ser dicha, son mas parte del problema que de la solución. No requerimos vacas sagradas**.

Y si menciono esto, es que lo femenino forma parte de estas palabras terribles.

Porque en una cultura del humanismo se desea que lo femenino remita a lo humano, he de pensar que el vocablo remitirá a la mujer, en vez de la hembra animal o a un género de discurso. Ser femenino es asimilar la figura cultural y arquetípica de la mujer, lo cual poner problemas en tantos términos que ni siquiera da risa. Ahora, hablamos antes del racismo***,explicando cómo las palabras dogma pretenden darse por entendidas, cuando en realidad solo se trata de un método para evitar la interrogación. La experiencia de un lenguaje que no entendemos, o que entendemos sin poder argumentarlo razonablemente, nos desequilibra. Entonces, tenemos este objeto abstracto que todos saben que es pero nadie puede decir qué, ¿en tal caso podemos decir que es real?

**-Soy de la opinion de que lo sagrado hace más falta en la vida del hombre de lo que la modernidad le da crédito, mas no doy la espalda a los múltiples problema que proceden del dogma. Hay una parte de lo sacro que proviene de la voluntad de inspiración y explicitación de los objetos del mundo, en ello logramos entender las cosas como más que palabras o experiencias olvidables, este volver a poner en juego un determinado número de lugares e instantes es sumamente valioso. La parte del dogma en lo sacro es en realidad algo que nunca hemos abandonado y que más o menos convive con nuestras constumbres diariamente. No es el dogma que quiero ganar en el argumento lanzado.

De entrada se sabe que la feminidad no es universal. Ser una mujer parece ser un estado que se expresa por mucho más que tan solo abordar el estado de “ser hembra”, ser femenina precisa exactamente enriquecer el animal mujer con una cama de decoraciones o ausencias que la transformen en el “ente social-humano mujer” -siguiendo la detestable tradición que separa el estado humano y el animal. Ahora, si la feminidad consiste no en la dimensión de distinción alcanzada, sino en la constatación de dicha búsqueda, entonces estamos más cerca de la universalidad, mas nos alejamos de lo estrictamente femenino. No es arduo notar que el varón, dominante en la mayoría de las sociedades que aún hoy sobreviven, también ha gozado de un montón de ritos que lo vuelven varonil. Ha oposición entre lo femenino y lo masculino, solo que no es una anulación de facto como si se tratase de la negación matemática, es tan solo un modelo cultural.

Hago un escalón para lograr entender la feminidad en su contexto social, refiriendo al objeto ya largamente desarrollado que definimos como la edad adulta. La adultez escapa a la definición biológica, es una función cultural. Se entiende que el adulto es el varón ampliamente adaptado a su ambiente social, en el mismo sentido, la entidad asimilada y femenina cumple la misma función. Podríamos decir, pues, que lo femenino es aquella hembra plenamente aceptada por el canon social que busca representar -como el adulto trabajador busca ser representante de la modernidad-, de esta manera permitimos igualmente que la burka y el vestido de noche convivan en ese espacio que podemos proponer femenino.

*-Se trata de un ejemplo de lo subjetivo actuando, encontrarse con la palabra y buscar en ella algo que no exude de su literalidad se extiende hacia su literaturidad. El ejercicio es una lectura.

Aunque este trato utilitario no va a resolver nuestro…

Stendhal y Derrida

6 Jun

Por mas que sé perfectamente que en vez de Stendhal esta entrada pretende tratar a Maquiavelo, mi cerebro fue tantas veces a Beyle que resolví colocarlo acá en este título, y es que no me sorprende esta relación con Italia, tan superficial como evidente que me lleva a pensar a estos dos -no hablo de Derrida-, donde mismo.

Y bueno, el seminario: Señalo de antemano que en este tercer seminario detendré mis atenciones inmediatas por mi reciente descubrimiento -tan afortunado como fortuito-, de que vence al propósito de mi blog extender demasiado un solo tema. Esto justificado, por supuesto, con que tuve que devolver a Derrida a la biblioteca. Dejemos esto último entre nosotros ¿quiere?

Trataré de un párrafo del tercer seminario sobre la bestia y el soberano, donde precisamente, Derrida no se equivoca confundiendo a Maquiavelo con Stendhal. El soberano, debe poder actuar como el león defenderse del lobo, pero debe también debe poder ser el zorro. La discusión, tan zoológica como se presta, se resume -en el contexto del príncipe-, a una medida de las fuerzas y la sutileza, de un punto medio entre la total bestialidad y la total humanidad -ese zorro, en una comparación con el hombre que se encuentra asuente, donde el homínido se sobre entiende pues siempre, en cualquiera de nuestros discursos, está sobre entendido-. Derrida va a analizar este estatuto particular que se sugiere para el zorro -léalo-, yo no iré por esa dirección.

Antes ya dijimos que el propósito de Derrida es construir una especie de zoantroteología, es decir, establecer la relación entre el sistema poder -dado por lo divino-, hombre y bestia. Aquí hemos jugado conceptos como la ley y el crímen, especialmente en lo referente al discurso. Derrida no analiza, o se abstiene por la duración del tercer seminario, una referencia que podemos entrar en el discurso mítico, que ya contiene a la bestia, al hombre y al Dios, más presentes acaso que la fabulación que el buen francés señala varias veces (la raison de plus fort est toujours la meilleure). La fábula sugiere una ley moral, una normativa social; el mito analógicamente la personifica.

La omisión es comprensible, Derrida habrá sencillamente supuesto que las sociedades precartesianas no asumen una división concreta entre soberanía y religión, y que en esta dualidad funcional no hay verdadero problema a develar. La sugerencia de Jacques es remitir a la actualidad de la soberanía, para lo cual no valdría la pena regresar a un pasado mitológico. ¿De donde supongo yo todas estas referencias al mito? Precisamente a lo que se obra en el párrafo de Maquiavelo: La transformación. No hablo de una Metamorfósis en el sentido de Ovidio, como una especie de momento mítico en sí, sino este cambio violento casi-mágico que es propio del sistema fantástico y dentro del cual no tiene ninguna especificidad sorprendente. La transformación obrada por Maquiavelo -por medio de la palabra, de la imagen-, se asemeja a la figura del trickster, de la figura malévola que tiene la capacidad de tomar formas animales alternativamente. El principe maquiavélico obra de la misma manera que esta figura del malévolo clásico, del que engaña, porque transformarse es en sí mismo una manera de engañar, de asumir esta identidad de anansi, que hace medianamente el bien y trae muchas veces el mal.

Maquiavelo pues, con su ejemplo, arrastra al soberano a la figura de lo sobrenatural, pues no es una bestia, pero se vuelve una. En el folclor, esta característica acompaña frecuentemente a la divinidad, y a su vez, como sugiere Derrida, dicha transformación permite que el soberano asuma esta forma excepcional, que supera todas las leyes que regirían su forma humana. Este proceso mágico, mas sobre todo de lenguaje, se contiene en toda la figuración fraguada por la palabra, en una lógica que viene de un discurso y en el cual la bestia es objeto siempre del discurso y se objetifica. Vico Gambatista dice que cuando el hombre genera la ciencia racional, gana un conocimiento de lenguaje del objeto tratado, mas cuando carece de este, construye al objeto tratado en sí mismo y de este modo, perceptiblemente, se acerca más a él. El soberano reproduce pues, a la bestia -y al criminal- en un concepto de figura como lenguaje, solo que al aproximarse a ellos racionalmente -por un proceso de lenguaje, una secuencia de definiciones-, no se transforma verdaderamente en ellos, sino dice transformarse; suprimiendo con ello, la verdad de la bestia por la que es representado.

Solo un hombre puede volverse zorro para volverse dios, el lenguaje y nuestra literatura lo confirma y lo sugiere. Construir sobre el lenguaje -evaluar por el lenguaje- ya suprime, tan solo por ser a aquellos que carecen de razón -palabra-, a fuerza de no ser fuerza -transporte real- la razón. Si un lado literalmente no puede tener razón, ¿cómo se le defiende?

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