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El hombre lápiz

31 May

La literatura tiene muy poco a nada de utilitario, y esto ha llevado al fracaso a muchas corrientes de pensadores bastante sensatos que se decidieron a abordarla. Una muy típica y bien discutida es la de los escritorespolitizados,itinerantes o simplemente partisanos. Pocos escritos con fines sociales así de inmediatos han logrado alcanzar un grado de reconocimiento.

Ahora el reconocimiento no podría ser menos ambiguo porque aquellos que juzgan la literatura rara vez lo tienen muy claro. Su negocio es juzgar los textos, pero como toda agenda política, reciben críticas en las observaciones inmediatas y no en la medida de que su historia personal los cimenta. Los críticos corren el peligro de pasar demasiado tiempo labrando una fama y demasiado poco criticando, de volver la acción misma de la crítica un proceso utilitario en vez de uno autónomo.

Menciono el utilitarismo porque es parte de la farsa que confecciona la literatura, de su mito fundador. La idea de que hay más en un texto que la sola experiencia de un hombre (el lector), sino que puede tirarse de ella una trascendencia. Es un meollo religioso. La política también tira su justificación moral de alguna noción de valores trascendentes, es la existencia del hombre finalmente que transforma el utilitarismo en un sentido, en una justificación. Es como comprar libros porque están baratos, más que porque los vayamos a leer. Otro tipo de utilitarismo sería comprar libros porque vamos a leerlos, ya sea por una necesidad inmediata como la escuela o por una afición bien comprobada que estos nos remiten. La verdadera literatura no puede tener su causa o explicación en uno u otro de estos fenómenos mercantiles, ni es objeto de una manipulación externa que la valoriza (el precio del mercado), ni de una sistela que la coloque en lo inmediato. La literatura no es un ya, fortuito, no es una solución ni una respuesta a ninguna pregunta.

Helas, ¿por qué pintar una literatura tan inescrutable que no podamos relacionarla con la vida? El argumento de la literatura (por qué la literatura) no tiene sentido si se aleja del todo de nuestra existencia inmediata. No necesitamos prestarle un valor más allá de lo inmediato para tenerla. Pero en sí este es el asunto: no necesitamos los textos, hay gente que se pasa muy bien de la literatura por toda su vida y tienen vidas estéticas estimulantes por otras expresiones artísticas, por el viaje, el deporte o simplemente el diálogo interpersonal. El arte como función es el arte como defunción, al momento de materializarlo o de conceptualizarlo completamente se vuelve letra muerta.

El arte es un proceso productivo, pero es muy sencillo volverlo una forma estéril. La literatura estimula el pensamiento y la reflexión, pero también nos ayuda a descubrir que demasiado pensamiento o reflexión deshumaniza la existencia. Sirve para todo y su contrario, característica de las cosas que simplemente son y uno se empeña en sojuzgar.  ¿Para qué queremos un arte útil? ¿Necesitamos hallar poemas impresos en nuestra vajilla? Claramente tememos perderlo. Y aquí marco la diferencia entre la naturaleza abstracta y semitrascendente que le prestamos al arte y aquella del utilitario: si nos primamos el fin en vez de los medios nunca encontraremos casualmente al arte. Puede ser un medio para muchas cosas pero siempre será una pirueta innecesaria. La necesidad única que tiene es la de la manifestación de la pirueta, que sisentela, y eso es todo. La existencia banal de todos los días no puede pedir prestado el arte pues de todas maneras lo desvirtúa. No hay arte cotidiano, ni siquiera para el artista. Por esto los “escritores profesionales” son una paradoja extraña, existen en un sitio donde no se puede estar realmente, sostenible tan solo porque el trabajo también es una paradoja en sí misma para las sociedades occidentales, y tiene su dósis de innecesario y falso.

En los tiempos de crisis el arte se revitaliza, se reinventa. Este es un ciclo recurrente que los historiosos confirmarán. La crisis es un evento donde la acción pierde su estado productivo, donde reivindica nada y hace muestras de impotencia. Se confunde esto con cierta poesía que pinta a sus autores como dioses finalmente incapaces de nada cambiar. Es una acción del incapaz, como una erupción de un mundo donde no se puede permanecer quieto en el mismo lugar, a fuerza de intentarlo. En tiempos de crisis, cuando todos quieren salvarse pero no hay forma, el arte recupera su estatura trascendente, también lo hacen así la religión y la felicidad. Cosa extraña, es también cuando la acción convencional peca de inútil y las convenciones de inhumanas. ¿El arte y la felicidad no serían pues parásitos de nuestro mal?

Propio o prestado

21 May

Cuando estaba más animado en este tema general de la palabra oral y mis podcasts me sucedió un problema técnico que me mandó a seguir con otros planes tradicionales, valdría decir que es interesante como el error inmediato y lo inesperado se asemeja a la palabra hablada mientras que en la escritura hablamos de un plan, de una presentación y un artificio.

Es curioso precisamente porque evaluamos al orador en la medida de lo contrario, la ejecución perfecta de un texto es el trabajo de un actor, pero la improvisación, la verbosidad inmediata y la respuesta nos parecen las más genuinas muestras de inteligencia. Lo improvisado, lo accidental, no se planea. Nos habla de un subconsiente que es poderoso y cuya influencia no pocas veces nos parece magia.

La inteligencia, sin embargo, no consiste en el dominio de las palabras y la fácil secuencia elaborada de ideas. Todo esto contribuye pero difícilmente se trata de una medida del alma genuina. Es fácil aceptar esta descalificación general, pero de todos modos se conserva cierta veneración al buen hablador, porque hablar bien es una fuente constante de dos cosas que no pueden faltarle al ente moderno: exterioridad y envidia.

Pienso en un género altamente artificial que supone la palabra: el debate político. De entrada, suponiendo que uno admite que lo política vale algo -para fines del argumento-, debería reconecerse sin dificultad una primacía de las ideas. No es importante tanto la personalidad sino un proyecto conceptual. Pero cuando hablamos de comunicación la diferencia no existe, y los políticos son comunicadores. Esto no se puede discutir, actualmente la utilidad social del político presupone la representación: una suerte de personificación de los intereses de las personas que el político representa. Si no es mejor para defender y argumentar sobre los deseos de los cuidadanos que le han confiado su misión, el político no es nada. Entonces por fuerza la importancia de la representación y la forma es básica en el debate, presupone una correcta concepción de la función política. Por supuesto, en el caso concerniente a las elecciónes directas el debate no es de ningún modo una discusión.

¿Por qué la maestría del habla parece inclinarse al empleo de fórmulas y se asemeja a la expresión escrita que tanto presumen los literatos? Pues la falta de variación, la eternidad, un discurso que tiene un impacto perfecto, eso solo viene de la palabra como objeto, del texto pues. Mientras que la estética del texto busca la fugacidad, intenta, como poesía, recuperar el valor que marca el momento, la fugacidad que solo viene de una reacción genuina y no preparada. ¿No he mencionado antes que no soy de los que espera ser sorprendido? Sin embargo admito que la poesía tiene belleza porque se reproduce de una manera performativa, no por hallarse en estado de letra muerta. Una situación que permitiría la cohabitación de estos valores es bastante sencilla y se reproduce en la más sencilla estética: buscamos los valores que complementan naturalmente nuestro arte, lo diferente, lo que falta, es una fuerza de belleza. Así el discurso querrá ser texto y el texto palabra, ambas búsquedas se admitirían legítimas.

Una contradicción directa de estos valores no desmantelaría del todo nuestro argumento, hay muchos elementos en que la palabra viva o muerta puede suponerse idéntica, no hay una negación absoluta entre ambas y su aproximación puede también prestarles nuevas evaluaciones estéticas. Yo digo que un discurso puede ser bello por sus pausas y cómo suena, del mismo modo un texto solo puede alcanzar esto por una suerte de imitación, sea tipográfica o enunciada. Al acercarnos a otro objeto consideramos de nuevo una escala de valores ajena. Se me ocurre por ejemplo la belleza de la mujer africana, cuyas facciones tienen formas variadas y no se nos figuran tan definidas como las de regiones más “blancas”. Si uno aproxima la fisionomía de una negra a la fisionomía blanca, uno empieza a valorarla en una escala de parecidos y no “por lo que es”, entiéndase, “por la experiencia que le es propia”. Llamaremos sistela, la experiencia que le es propia a cualquier objeto, por el simple hecho de ser tal. Cualquier otra experiencia por fuerza le viene de un sentir de lo exterior, de una consecuencia.

Establecido esto, tal vez no haya sistelas puras, pero nuestro objetivo aún no consiste en probar una existencia, sino sencillamente -por lo pronto-, ganar una palabra. Ya luego podemos preocuparnos por lo demás que en apariencia estamos discutiendo.

Debout

26 Mar

El ateísmo es un concepto radical. No tratamos pues, con la permisiva sensación de vacío frente a la muerte, la desesperanza o el filosófico deslate, sino una fuente intelectuar por la que fluye la convicción, una suerte de enunciaciones abstractas que tienen más sentido para un creyente que las palabras que las constituyen. Todo aparato de destrucción metódica pertenece a la categoría de lo iconoclasta, de reconocer una figura virtual como un objeto trascendente para proceder a destruirlo.

¿Podría haber ateísmo sin religión? Creo que sí, del mismo modo en que el budismo no requiere la religión Shinto para ser concebida, la noción ideológica detrás del verdadero ateísmo no es una simple negación de cualesquier y todas las divinidades, sino una problemática relación con el universo. No se es ateo ante ninguna divinidad, ni ante la sociedad, ni siquiera ante sí mismo, pero se abstrae un agente impersonal al que se le dedica un espacio en blanco de suma significación: es significativa la ausencia de dios, la revalorización de la consecuencia y las fuerzas naturales como motores del universo viviente y muerto. Se necesita el pensamiento y la razón para concebir el ateísmo, pues no se trata simplemente de un abandono o una ausencia, sino de una construcción formal de las ideas. Es y será siempre rádical, pues así sucede con la transformación de las ideas en hechos trágicos y reales.

Lo mismo puede decirse del pensamiento apolítico. No presupone la simple tibieza de los poco convencidos, o de la distracción, sino que propone una profunda hostilidad y un desacato de las leyes que la política propone. No consiste, como ya expliqué, de la simple desvalorización metódica de toda idea política -las ideologías radicales suelen tratar de falsas otras ideologías-, sino que integra un cuerpo formal de ideas consistentes y rebuscadas que pretenden explicar un funcionamiento social. Finalmente hay pocos hombres más interesados en la política que el apolítico, pues este se ha dado a la tarea de examinar y descartar todas las corrientes políticas para justificar el orden de sus ideas. En este sentido, no hay nadie más enamorado de su gobierno que un anarquista, no porque requiera del gobierno para existir, sino porque su proposición de superación de un ente gubernamental presupone el empleo de un gobierno preexistente. Pues, justifica y desarrolla la expande las ideas políticas, pero las posiciona en otra dirección. No es muy diferente a la destrucción del catolicismo por las primeras esferas protestantes, como en el caso del ateísmo parecemos entrar en un círculo que presupone la causa y consecuencia como elementos motores principales de la idea.

¿Quiénes son pues los verdaderos desertores de la política y la religión? ¿las legiones de abtensionistas y musulmanes no practicantes? ¿los políticos profesionales que cambian de partido como de calcetines? Diría primero que nada, los incapaces de hablar y de hacer política. He explicado antes que la periferia se encuentra en un estado privilegiado donde no solo se está privado del discurso, sino que se haya enfrente de la muy real circunstancia de que esa imposibilidad de hablar sea parte de su propia definición. Uno no aprende de los indígenas saqueando sus tumbas y metiendo momias en los museos, el gesto mismo ha destruído todo valor indígena que la tumba podía representar. Del mismo modo, no se invita o no se puede invitar a los niños a escribir cuentos y dictar lecciones en la universidad, pues tan solo al dar formato a la palabra de un niño para introducirlo al circuito universitario ya se ha despreciado la validez de su infancia y devaluado todo discurso suyo. Aquellos que no tienen política o religión, pueden entablar actos que podemos catalogar de rituales o de partisanos sin que esto tenga efecto en su comportamiento o en su forma de pensar. El obrero es un ejemplo magnífico. No se deja de ser un trabajador al momento de participar en una marcha, de discutir con un sidicalista o de dormir al lado de su mujer. No se deja de ser un obrero ni siquiera al ser despedido. Pero si uno integra el sindicato y se inclina por la palabra pública deja inmediatamente de ser obrero y se vuelve sindicalista. Porque por excelencia el trabajador sisintelea en la fábrica, es un ente cuya acción precede a cualquier instrumentalización y producción de discurso en su pos.

Como resulta evidente, se trata de la mayor parte del mundo. Podría catalogarse en la ignorancia de una masa de personas mudas y sin opinion, los tibios de este mundo. ¿No son también por fuerza los excluídos y menos comprendidos? ¿aquellos que la política y la religión -o si uno permite humanismos, los hombres– más debieran intentar salvar?

¿Sí? ¿no? Tiene razón, no.

Agridulce

5 Feb

Le contaba a Cécile que de mi experiencia en Argentina no podía decir tantas cosas, que de cierto modo mis observaciones tenían un aire algo viciado e igualmente incomprensible: viví allá en un tiempo cotidiano y no en el tiempo extraordinario de las acciones. De ahí que cualquier capacidad de maravillarme por el espíritu seguramente incomprensible de esa ciudad, me resulte algo trunco, una voluntad que al apenas sugerirse se fatiga y resulta en un tedio. Entiendo aquello que no entiendo, siempre que no lo ponga en palabras.

Saboreo el mate y pienso en tocar guitarra un rato, dos actividades que nos son comunes a mí y a no se cuantos argentinos. Yo las tomo como propias y no tienen sentido compartido hasta que me descubro recordando, masticando la experiencia, ahondando mi espíritu sobre significados y propagandas mentales. Creo y relaciono determinada música y el sabor de la yerba con Buenos Aires, pero efectivamente los apropié. La reflexión sobre cómo una metrópolis irrumpe en mí por unos minutos del día es de una magnificencia metafísica, pero por el momento no la resiento. ¿No me habrá marcado? ¿soy un ente así de despreciable que trato con condescendencia a otros?

Para descubrir el sentir de un pueblo -discutía con Cécile-, uno no puede basarse en la discusión del inmediato, al menos no en el sentido literal. Por aquellos años, cuando escuchaba sobre el kirchnerismo, o el aluvión zoológico, o el billete genocida de cien pesos o la incómoda presencia de Piglia, encontraba rastros vagos de un cotidiano. Es decir, aquí en Francia la gente tiene su política, sus demonios y su mítico temor al desempleo y la miseria; serán acaso menos factores reales que imaginarios, pero su discusión diaria, su obsesiva repetición, es tan real como podría ser la situción presentándose. En el sentido literal, estas lecciones de seudohistoria no me han vuelto un conocedor del país, no me permiten siquiera remitir a una experiencia en que empatize con mis semejantes ante un posible tiempo latinoamericano en que los pueblos decidan finalmente sus caminos propios. No es que lo niegue, crea o me parezca sensato/absurdo, simplemente los hombres y su presente -como decía Hegel- no pueden evaluarse con relaciones racionales. Ese tiempo inmediato e incluso las repercusiones inmediatas del pasado me dicen cosas insignificantes, todas en su concreto contexto. Hay que ensoñarse más, ver arquetipos, entender el temor y la fé como un gesto trascendental. Y hoy me encuentro indispuesto a aquello, cosa que apremiaba más entonces y que ahora dejo de lado, muy sobre todo por no tener argentinos a los alrededores. En fin, el sentido se degrada cuando es sensorial, a fuerza de irse a lo insensible.

Decía: Imposible reestructurar la sabiduría de un pueblo por lo que los oí decir, tuve allá en BsAs, apenas unas cuantas discusiones trascendentales, y agradezco sobre todo a Ana Montes por esas atenciones. Si debo tratar de reconstruir este sentir debo inclinarme por aquello que a fuerza de ser evidente o notorio se nos figura invisible o ausente: una cotidianidad precisa, un gesto implícito en la narración. Un ejemplo bueno: el mate. Toda costumbre particular a un pueblo se enfrenta con la homogeneidad del mercado de consumo, es un gesto económicamente titánico, y se enfrentan en ello criminales propios y extranjeros hasta llegar al inevitable acuerdo. El esfuerzo nos interesa más que el valor monetario, una costumbre local gana tanto más su dimensión como diferencia, su interés como gesto en sí mismo, después de una transformación así. Beber mate me recuerda instantáneamente cosas buenas del espíritu que viví en Argentina. Una tranquilidad, una atmósfera relajada en un tiempo con barrios aislados en sus esferas propias. El barrio. En eso pienso, eso me dice la ciudad.

Y a falta de otra cosa, algo malo. No hay nada más aislado y más racista que una ciudad. Es el espacio donde creemos ejercer una experiencia absoluta, donde se tiene lo que se necesita en un ciclo que se nos presenta cerrado. Yo decía, lo que en cierto sentido es una broma, que los argentinos son racistas. No pueden ser de otra forma porque uno es racista mientras no se muestra capaz de interactuar con alguien radicalmente distinto a él. Una intolerancia que además no tiene por qué llevar inmediatamente al odio, sino a algo más parecido al miedo, la confusión. ¿Pero no es cierto que esto podría decirse de cualquier ciudad donde hay pocos inmigrantes? ¿y no es Buenos Aires una ciudad de inmigrantes, no tienen barrios coreanos y chinos por allá? Claro, debo estar errando. Trato no de describir una posición mental abstracta, no es un enfrentamiento ideológico paternalista venido de la pertenencia de una persona a un lugar. Es simplemente ese primer momento, de la incomprensión, que me hallé buen número de veces. Dura, un inexplicable instante, muchas veces. Pero es lo que yo tengo que decir, lo inexplicable por mi propia experiencia. Como si esperasen algo de nosotros, tal vez distinto.

Algo que ver con no ser del barrio, tal vez.

De la literatura, obviamente

11 Dic

Voy a abordar un tema del discurso religioso que en toda evidencia envía ciertos ecos a la literatura y a su historia. El punto del comentario es simplemente permitir dichas reflexiones, tratar de transponer el discurso que voy a discutir con aquello del ámbito de las letras. Usted probablemente puede lograrlo sin mi ayuda.

Esta polémica remite a una de mis partes predilectas del antiguo testamento, que coinciden con el momento en que Moises obtiene las tablas de la Ley y se dirige a entregarlas a su pueblo. Aaron, que era el sacerdote principal de la tribu, a erigido un becerro de oro para que la gente le entregue sus sacrificios: recordemos que el sacrificio ritual es la manera en que los pueblos pagan por sus pecados, por lo que presumimos que los israelitas buscan entrar en penitencia y se reconocen como pecadores. Moises regresa, regaña a su pueblo, destroza el libro y establece el predominio del decalogo.

Aunque primordial y fundamentalmente los israelitas se encuentran en el monoteísmo, este acto de violencia efectuado por Moises no es el celo del profeta contra otro dios. En este tiempo es casi seguro que el judaísmo fuese una religión de fertilidad, entre las cuales la figura del toro era central y casi siempre se le ligaba a una divinidad mayor. El Cristianismo tomará prestada también la noción de resurrección que se encuentra con frecuencia en estas mismas religiones taurinas. Entiéndase pues, que el becerro dorado puede ser Yavhe, solo que explícitamente se prohibe la creación y adoración de ídolos dentro de la ley semita. Aquí tenemos pues un episodio grande del problema de la representación, de los iconodulas y los iconoclastas.

Ahora, la razón por la que la ley judía prohibía los ídolos tiene poco de metafísica y resulta bastante banal. Si la estatua se considera un objeto sagrado, es su posesión y su distribución -el cómo se permite que se le ofrezcan sacrificios, el dónde- un elemento importante de la práctica religiosa. Aquel que posee los ídolos acapara el poder religioso y por lo tanto le roba a la casta rabínica el poder que le corresponde. No se trata simplemente de un poder político sino también de una influencia económica. Los sacerdotes judíos tuvieron en su tiempo muchas discusiones sobre la manera en que debían ejercer sus actividades públicas, al grado que parte de esas discusiones, al ser contadas en el Torah y la Biblia, nos resultan incomprensibles. No era pues cuestión de permitir a un sacerdote cualesquiera clamar el derecho de bendecir o patrocinar a determinado escultor para que este tuviera los beneficios netos de una práctica sagrada. Hay una busqueda de centralismo y control en la universalidad que la doctrina en cuestión, en la época del Gran Templo, su visita es mandatoria y no puede ser remplazado por un templo distinto y ajeno. Los semitas de la Meca efectuarán una práctica parecida.

Esto tampoco quiere decir que el control de los ídolos puedan reducirse a una madera física, definitivamente el control de los sitios de culto tiene un poder intangible que aún hoy día perturba incluso a los más poderosos. Si Osama Bin Laden no tiene tumba, se debe en parte a que un templo tangible a su persona remitiría a una práctica peligrosa para un cierto gobierno dominante. El sitio sagrado y el ídolo, son valores espacio-temporales que permiten a una cierta ideología o una experiencia sobrevivir a través de la historia, incontrolada y salvaje -por lo tanto convertible, Bin Laden fácilmente se volvería la bandera de movimientos que están enteramente distanciados de aquellos que el guerrillero representara en vida-. Cuando el ídolo en cuestión representa una amenaza para el orden, debe ser suprimido, debe dejar de existir y presentarse simplemente como un ideal. Su realidad es ofensiva y peligrosa, pues se mantiene en el tiempo y altera la memoria.

No en todas las religiones monoteístas triunfa abismalmente lo iconoclasta. Esta problemática forma parte de dos divisiones importantes de las iglesias cristianas, una en Constantinopla y otra con los protestantes. La presencia de los íconos -ya no ídolos, sino una mezcla casi arbitraria entre objetos santos y las ideas que representan- va a ser de nuevo un vaivén de conflictos políticos y económicos entre clases privilegiadas. Los íconodulas van a entender el poder de estos símbolos y los utilizarán como una herramienta de influencia, haciendo algo que la religión pagana -griega, romana, egipcia- ya ha practicado: absorber los dioses y valores del enemigo, confundiéndolos con los tuyos. La invasión europea sobre el territorio mesoamericano incluye un interesante colorido en que se confunden prácticas nuevas y antiguas. Los lugares en vez de ser simplemente destruídos -se hallará que la supresión física de una población no se logra absoluta y sigue practicándose siglos después- han sido renombrados, reinventados y recubiertos. Se les ha convertido, pues precisamente esa suerte de conversión es a lo que tiende un ídolo cuando se ha despreciado su materia concreta. Pero esta práctica no satisface el dominio absoluto de quienes búscan el control, el sincretismo vital es demasiado cambiante para ser suprimido si no es absorbido y ahogado por un feróz combate en su contra desde que nace.

De otra forma, la multiplicidad casi es inherente. El cristianismo de distintas partes del mundo se figura tan diferente a otras que podrían pensarse distintas religiones. Y esto no es casual.

De los ciudadanos

27 Ago

En ciertos círculos se ha dado a la costumbre de politizar casi todas las áreas de la actividad humana, entiéndase por politizar, generar y admitir principalmente un discurso politizado, o la acción politizante. Si estoy utilizando la forma verbal para referirme al fenómeno político, se debe a que las cosas no son políticas al origen, sino que uno las vuelve políticas. La política sería un modo de interactuar por la realidad o incluso de concebirla. Mas probablemente caeríamos en un error al suponer que existe solo un modo político de encontrarse con las cosas.

Yendo por el camino etimológico que suele fascinar a los escritores, encontraríamos que política viene de polis, o sea ciudad. La ciudad no es otra cosa sino la acumulación de gente, o bien precisamente, una suerte de organización espontánea entre las personas que se proponen ocupar un determinado espacio -arbitrario- que después será conocido como ciudad. Precisamente, los nacimientos y las muertes de las ciudades son difíciles de discernir.

En todo caso, los hombres tienen política porque el intercambio dentro de la ciudad es discernible. Los intercambios de una colmena, pese a ser infinitamente concretos, se nos figuran demasiado abstractos. El discurso ciudadano es casi lo opuesto, en apariencia se propone sencillo y claro, mas falla en englobar todo el sentido que los objetos reales suelen tener. La cosa se complica considerablemente cuando se busca referir a realidades fuera de la polis.

Aquí tal vez resultaría útil introducir el concepto de gentes. Por gentes no entenderemos una generalización aparente de las personas concretas, que vendría a funcionar bajo los ejes de la identidad adulta, donde ni siquiera gentes sería un conjunto de adultos, sino una abstracción genérica sin rostro, la espectativa social que se tiene de una o varias poblaciones. El discurso político sería una suerte de argumentación que sometiera a todo el universo a este concepto de gentes.

Podemos entender vagamente este concepto de gentes como una aplicación práctica de lo que convencionalmente se entiende como humanidad. Se trata de hilar generalidades: a los hombres les gusta limitar el esfuerzo y nulificar el dolor, a los hombres les gusta evitar el estrés moral. Naturalmente, la definición final del concepto no existe, es simplemente un espejo convencional de nuestra sociedad, y en este sentido solo vale decir que la política presume conocer dicha imagen y actuar por su recreación. Y por supuesto, supone que lograr ese fin es bueno. Uno de los problemas más graves que propone el sistema politizante es que se considera moralmente superior, y que un activista político puede clamar que un individuo inactivo* se halla en estado de error.

Sin embargo puede llegarse a la conclusión tal vez controversial, de que el discurso politizante actualmente es una fuerza inmoral. Fomentaría, entre otras cosas, la falsa idea de un punto de vista objetivo que englobara todas las actividades humanas. También, su utilización regular en varios niveles de la vida social, limita y perjudica a aquellos que no se hallen en condiciones de practicarlo. Ya hemos discutido que no se puede esperar que todos logren producir un discurso literario, un error igual de arbitrario es esperar que traten de discutir política.

*- Curiosamente, entre activo e inactivo encontramos una conotación de positivo y negativo, nos encontramos en una sociedad que deplora la inacción y al mismo tiempo la fomenta. Esta es apenas una de las incontables contradicciones que nos propone el estado social del hombre, y como el lenguaje no puede ser tratado de manera “objetiva” para dar cuenta de esas realidades.

Politizar un objeto es hacer que dicho objeto trate de “la gente”, es un modo de abstracción bastante primario e intrínsicamente humanista que basa todo su peso en las decisiones más o menos divinas de cierto grupo de política. Como la acción política es una suerte de apariencia, ni siquiera se necesita una carácter genuinamente convencional para generar un discurso político, simplemente se requiere que el discurso parezca convencional. Muchos grupos ideológicos hoy día marginalizados siguen generando discurso político sin peso, muchos grupos de poder marginalizados por su riqueza siguen generando discursos impopulares con poder infinito. En la práctica, el discurso político es una herramienta genial de marginalización, o lo que es similar, de enajenación.

Quien busque transformar esta argumentación sobre la política en un discurso político, solo logrará confirmar mi tésis inicial de que volver todo objeto político se nos ha lentamente vuelto un vicio. A mi parecer, limitar un objeto por la creación artificial de una dimensión política para este, no puede ser un método que resuelva los problemas sociales. Menos solucionará los problemas multiples e ignorados que nuestro discurso mismo nos propone.

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