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El equipo del siglo

27 Oct

Montherlant inventó el deporte en sus Olympiques, al principio del siglo pasado. Es, incidentalmente, una curiosa adición a los temas literarios, el de escribir la práctica deportiva con ambiciones propiamente estéticas. No se escribe tanto sobre el deporte, pero más curioso es notar que la alta literatura rara vez incluye esta práctica.

Se me ocurre la maliciosa oposición que suele hallarse en los géneros populares, donde el deportista y el intelectual son entidades distintas y antagónicas. Si el origen de este antagonismo es platónico, o si proviene de la poca aptitud física de Roussau en sus caminatas, no nos importa. Hasta donde entiendo, cualquier fabricación artificiosa erudita o popular, no podría sino explicarse como una envidia o una ignorancia de parte del fabricador de hallazgos -el intelectual-. Porque el deportista es por excelencia un cuerpo mudo: produce acciones en movimiento, no discursos sobre sí mismo.

Lo que no es vano, es el reconocimiento del elemento popular que hemos constatado. El deporte nace con la llegada del entretenimiento masivo, con la práctica física como camino providencial para que el pobre se separa de su clase, para integrarse a un grupo de semi-dioses nuevos, de héroes. Luego viene el cine, por supuesto, que establece sus propias deidades…

Esto explica tal vez por qué es en una época modernista que el deporte es inventado, en aquella que todavía concibe un avance en la sociedad bajo los conceptos artificiales de progreso y de crecimiento. Un materialismo, un futurismo… Pero en fin, Montherlant no es un moderno, se puede decir en todo sentido que es todo lo contrario, es un anti-moderno, un arcaísta, una amante de los llamados antiguos, griegos y romanos… ¿Cómo se conjuga este fenómeno moderno -el deporte- en un autor que agrede este mismo concepto?

Y es que entiendo que Montherlant reconoce en el fenómeno popular el espacio de reunión carnavalesco que puede describirse como sitio de comunión. Es el regreso a la religión, a la fiesta pagana, un sitio donde el individuo consigue recuperar su calidad de hombre en sentido completo: cuerpo, espiritu y potencial, sometido a la misma volición. El respeto de Montherlant por el deporte y la tauromaquia es esto, un gesto que desde los modernos parece un regreso, pero que no es sino una resignificación. Por su trayectoria creativa y ética, Montherlant se transmuta en un bachiano impenitente. Muchos hicieron más ruido, mas pocos lo vivieron con tal naturalidad.

El deporte es para Montherlant este gesto de volición -no digo voluntad porque no es algo que responda al alma, sino al conjunto de las fuerzas personales que incluyen el cuerpo, la juventud y el azar-, en toda su validez por ser gratuito pero humanamente necesario. Es respuesta. De allí su belleza y su invitación a participar. Les Olympiques no logra transmitir esa cualidad en tanto que obra artística, con su estilo y su forma no transmite la totalidad de ese poder vital que motiva a Henri y que se deja reconocer, en el conjunto de su obra bi(bli)ográfica. Me parece que se participa como una crónica, como un gesto que constata este descubrimiento en su momento histórico, entre lo que podría pensarse arcaísmo o altermodernismo.

Ahora, tal vez merezca alguna aclaración esta invención suya, este concepto de deporte en el sentido competitivo y fraternal, que exalte la juventud y que exprese la salud. El juego es más viejo que el hombre, pero el deporte no es juego. El deporte es en cierto sentido como el mercado burgués o el estado nación, se trata de una invención conceptual relativamente tardía, el empleo de cosas que existieron anteriormente en un concepto casi feudal -se me ocurre la caza, las justas caballerescas, los concursos literarios- y que luego se organizaron bajo la mirada del humanismo moderno.

Ya lo dije, por un lado está el avance social, por el otro tenemos esta representatividad. En un combate cualesquiera se puede tener un favorito, pero las guerras son las que visten emblemas, uniformes e himnos. El deporte es un rito moderno, gratuito y sin sentido, gesto de fuerza y movimiento. Distinto del arte personal y de la pretención individual, es un fenómeno de sociedad, popular, o usando términos marxistas, de clase.

Habrá buenos argumentos para presentarlo como una propaganda, entiendo que en la época en que la radio y el periódico eran los medios masivos, los entretenimientos requerían poseer formatos propios fácilmente traducibles para poder ejercer una educación nacional -en aquella época- o enajenante -si se toma el mercado, otra vez, historicismo marxista-. Un deporte tiene reglas y responde a un modelo genérico, es concebido como un objeto vendible. Vale mencionar que Orwell y Huxley incluyeron alguna inflexión de estas ideas en sus conocidas dystopias.

Montherlant inventa el deporte por prestarle un discurso propio, porque ningún discurso puede replicar un objeto “real” como el deporte. Tiene una especificidad que nos permite enunciar una de las condenas que hoy en día son muy sonadas en los medios literarios y que lanzo simplemente por su bella audición: El deporte como tal, ha dejado de existir.

Y con esto terminamos esta entrada.

Del año del pavo

12 Jun

La cultura latinoamericana es de viejas costumbres.

Esto no quiere realmente, decir nada. Podría aplicarlo a iberoamérica*, o extenderlo a un montón de naciones, que por error o por fortuna realmente desconozco. Vale decirlo, desconozco también la totalidad del continente, por más elegías totales que lea alrespecto o ideas de hermandad/filiación que cualquier sociedad quiera prestarme -o la mezcla, la extraña confusión que el europeo suele tener de las naciones, cual si fueran intercambiables o difusas, sin fronteras, geografía, espacio, gobierno**…

Determinantemente hablamos de un concepto conservador, no en el sentido que la política quiere prestar, sino en una especie de anhelo continuatorio que remite a nuestro mismo rostro. Típico del latino es fraguar una genealogía que le entregue el valioso cáliz del pasado, la copa cedrosa de dulce nectar. Una historia pues, queremos una historia (no con mayúscula, no la disciplina casi-científica -o cientificista- del discurso que involucra un pasado e ilustres nhombres, enfrentamientos y sangres derramadas cual si sacrificaramos al dios del pasado nuestras propias entrañas), una evidente mentira que nos justifique, un elaborado engaño.

Por eso, más que otra cosa, este grupo de naciones tan arbitrariamente formadas se presta a la ecuanimidad y a la ignorancia: Es como un grupo de estudiantes esperando calificación, quiere legitimarse como un mal texto enviado repetidamente a varios editores, quiere llegar a ser***. Y en ese frenético construirse, la sociedad olvida que ya es y que conforme a las reglas arbitrarias del tiempo humano, no puede evitar seguir siendo.

*- En detriment de Brasil, país que desconozco con humildad y posee características que se me figuran auténtica y peligrosamente originales -en esa extraña mezcla de culturas afroameuropeas, este enriquecimiento mutuo que no sugiere un “progreso”, sino precisamente, el florecimiento que viene de lo variado, de las diferencias que relacionan al hombre con otros hombres de maneras que el ciego moderno no puede imaginarse, confundiendo modernismo con su análogo post.

Nos queda, necesaria pero insuficiente, la ambición. Es uno de esos objetos que por si solos no logra nada, mas al momento de cambiar facilita todas las trasiciones y los pasos -érroneos, me presto a decir-. Y es que vemos con tanta maldad la ambición que nos resulta extraño ese que se avanza y se siente justificado por palabra u obra, ese que no teme afirmar -sería raro, en otras sociedades, no plantarse frente al resto, aunque fuese un teatro/mentira/ficción-. Si un niño se disfraza, entonces se le enrarece en vez de descubrírsele. La costumbre de la máscara tiene un proceso ritual, la mentira en un modo de vida más que un método. ¿De dónde tanta ficción? Tal vez de nuestra invención. Antes que nada hay que encontrar un orígen que sabemos ha de ser mentira, pues queremos ser vástagos de algo y bastardos de nada, aunque se nos vaya en esto la vida -y ser nosotros-. Et qui est en faute? Est-ce nous?

**- En esto podemos estar de acuerdo, no tenemos gobierno. O más bien, no tenemos gobierno humano, nuestra relación con el poder no es la que tienen seres humanos entre ellos, sino una especie de impersonal intercambio al que no puede medirse con los criterios usuales de la costumbre. El poder nos es tan distante o tan opresivo como un dios antiguo, nos disgusta y nos fascina como las malas fábulas.

En este repudio a la novedad y gusto por el artificio, nos aparece extraña la disyuntiva de vivir en un constante desprecio del arte. No un desprecio vaya, una incomprensión. La sociedad no se aleja del arte por simple gusto, no confía en él pues se le presenta como un escape de la ruda vida, como una alternativa peligrosa e inútil, o por lo menos improbable para sus propias soledades. Que el arte parezca ofrecer nada cuando se siente tener poco, nos aturde sin duda. Creer que construir la imagen de un arte sea válido cuando no se tiene el propio rostro…

***- Esta no es una elección de vida, sino un trabajo propio a la literatura, Deleuze considera que la escritura se juega en un constante  tratar de ser, una distancia transformadora sobre el propio ser hacia otro, donde el ser mismo es dado por el discurso dominante que aceptamos de antemano -y que sin reflexión a veces nos volvemos-.

Tal vez por eso se dio primero a la tarea -hablo del arte-, de concebir precisamente un espejo, no de crear la obra, no de buscar la construcción, sino de pintar el absoluto del rostro del latinoaméricano en esta típica novela americana del 19, este especie de mapa/panorama aún mal calibrado, que a mi parecer, atravesó todo un siglo de desajustes y transformaciones más o menos innecesarias, para llevarnos a lo que hoy podría considerarse *gasp* aún la post-modernidad.

Del siglo y del blog

19 Mar

Hice antes el anuncio de que algunas explicaciones sobre este blog habían de ser dadas. Es momento de proponer algunas respuestas.

Tengo una historia de interés literario un poco intempestiva y diforme, alguna vez renegué cualquier uso bello de la palabra, fuera poesía o prosa, y cualquier manera de estudiar ambos procesos. Ya ven ahora, estoy convertido en un intelectualillo de mierda de esos que rondan las aulas turbias de la UBA -me refiero a Puan-, tomándose un café. (Mi declaración, espero, no ofenderá a nadie)

La verdad es que una carrera como escritor no se me figuró siempre como un ideal fijo y deseable, pero en algún momento lo abordé con seriedad y desatino, poniéndome a redactar antes de saber qué. Y bueno, el proceso continúa, una voluntad extraña me magnetiza a esto de las letras y la verdad, tengo un plan elaborado pero destinado a fallar del cual este blog es parte. Soy muy dado a fustigarme con planes elaborados y necios, pero no me pesa bastante el olvidarlos. Y es por eso que me tienen aquí, en internet, aquí, de nuevo en Francia.

Quiero escribir. Un primer conflicto fue, primero leer mucho del siglo pasado, documentarme en viejos autores e historias no del todo vigentes con la literatura de hoy. Se puede hacer un argumento de que el escritor de antes era mejor -ciertamente el oficio era distinto-, pero no se puede hacer nada para que yo exista “antes”. Soy un escritor reciente, aún verde, si se quiere; y mi vigencia depende de como encararé realidades que me serán presentadas y acaso nadie se ha enfrentado nunca. Tengo una visión de la escritura: Quiero iluminar y abrir paso para los que vienen, que mi referencia rompa alguna barrera, como un bebé al nacer, quiero darle vida a algo incluso cuando a mi obra la coman las polillas. Y no se puede ser un innovador si se vive en el siglo pasado.

No discutiré de historia literaria. Discutamos el presente y la sombra de una forma amenazante y prometedora para toda actividad humana: Internet. Si bien descreo de los siglos como unidad medidora del avance humano, doy cierto crédito a clasificaciones generales que no se fundan en error. El siglo XIX fue el siglo de la literatura y de la ciencia, por un lado el hombre comenzó a dominar los materiales y ser capaz de construir una vida que respondiera al ritmo artificial de su trabajo, la escritura por su lado comenzó a debatir sobre las maneras de pensar y polemizar los avances que el mundo proveía. Un gran hallazgo literario de ese siglo: La prensa (era válida aún entonces la visión de ésta como un “cuarto poder”). El Siglo XX: El siglo de las ideologías, la omnipresencia del materialismo dialéctico, los conflictos de clases sociales, el racismo, el fascismo, las super potencias y el fin del mundo; todos estos fenómenos de pensamiento ofuscaron el valor que la ciencia había ganado en el sentido de “avance humano”, la interrogante que se comenzó a postular es hacia donde va el susodicho “progreso” -Octavio Paz lo discute hasta el hartazgo en los Hijos del Limo y en otras tantas obras donde incurre en definir la esencia de la modernidad-. Ya sabrá usted, informado lector, que la ciencia se atasca porque el poder económico de las naciones no se decide a comprometerse con avances no “privatizables” de sus investigaciones, en Europa cada vez hay menos investigación, casi toda proporcionada por farmacéuticos o informáticos que limitan la ciencia a la victoria de una practicidad inmediata.

Queda el siglo XXI. Mi primera apuesta para este siglo -en el cual mi vida profesional se desarrollará-, es que se tratará del siglo de la Comunicación. El discurso más que nunca será decorticado, enviado y reproducido; tal progreso -que el final del siglo XX ya ha comenzado a fomentar-, termina por tomar las fibras de la lengua y la literatura, acaso para darle algún rol en la cuantiosa discusión. No espero que este aspecto “comunicacional”, domine más que la primera mitad del siglo que nos concierne, pero nunca se sabe que avances o atrasos propondrá la historia -que solo avanza y en el peor de los casos se “retrasa”-. Ya vemos como la discusión dominante en varios países es el uso irresponsable de los medios de comunicación, de los monopolios informáticos, de que no hay manera alguna de que el periodismo sea el “cuarto poder”. El periodismo y el deporte, como tales -su concepción inicial hace un siglo o dos-, ya no existen. Es probable que la literatura siga esa misma muerte.

No puedo pues, sino tratar de entender en la medida de mis conocimientos y virtudes, cómo la marea de la información y de la historia terminará por develar sus acontecimientos. Solo es seguro que la apuesta es el experimento, que un escritor de hoy día no puede tratar de estar en contacto con su época si no hace un mínimo esfuerzo de entender cómo internet y el discurso están transformando nuestra historia. Mi primera tentativa -seria- de abordar este conflicto, es tratar de concebir un blog, una presencia interrogante en línea, que estire sus tentáculos y trate de capturar hilos sueltos, y acaso destruirlos o contaminarme, como las ciudades que Verhaeren vislumbró alguna vez.

Tela de juicio

13 Mar

La entrada antepasada la dediqué a reformular una historia ya clásica que corresponde a la tradición griega y aborda el tema siempre controvertido de la pintura. Mi reescritura, como cualquier otra, expone y desarrolla elementos distintos a la original, cuya existencia concreta -con su idioma, su contexto y modismos- me es desconocida. Estoy utilizando aquella historia como ejemplo y me he permitido, para este fin esclarecedor, volverla otra historia. Algo puedo comentar de ella.

No resulta del todo actual el paradigma pictural que Zoji y Parjasio representan, como ligados a dos tipos de artistas que existen y pueden perseguirse por la historia. El pintor griego era antes que nada un imitador, de la naturaleza. De aquí que la maestría de Zoji se logra formando un objeto natural (las uvas) que engaña a la naturaleza misma (el ave).  Su rival hace una réplica modelando un objeto que existe (caminando antes de correr, nuestro narrador no medita sobre pintores de objetos inexistentes o imposibles, aquello saldría del arte griego de la época), pero uno fabricado por el hombre y que engaña al hombre. Desarrollemos este punto.

Parjasio pinta una cortina. La maestría del artista supera al ojo de otro conocedor, aunque se tratase de una réplica inferior -el ave teniendo tal vez mejor vista-, ha engañado a aquel que puede juzgar el concurso. Otra artificialidad del cuadro es jugar con la espectativa del espectador que busca un “detrás” de la cortina, sabiendo que función sirve normalmente la cortina, conociendo el contexto de los pintores y el concurso. Hay mucho de truculento en el ejemplo de Parjasio, uno podría discutir que Zoji podría en ciertos casos superarle. Ya hemos dicho que un cuadro que parece oculto es también como pintar acerca de la actividad de pintar, de las cortinas que cubren las pinturas, de la espectativa de ver. El truco y el ingenio de Parjasio nos son mostrados a sabiendas como embustes que pueden verse como “menos fieles a lo real”.

Indaguemos exactamente por qué Parjasio, que se aleja de una visión del arte en que la imitación es la maestría, es mostrado como el ganador y pintor superior. Es válida la duda, técnicamente una cortina -que no vemos-, podría ser menos viva, con menos color y maestría de la tela que una pintura de fruta.  Voy a proponer dos hipótesis como soluciones a esta exigencia.

El objeto de Parjasio no es menos perfecto pues ha engañado al sentido humano, pero a su vez no ha sido solo cuestión de forma sino ingenio, ha manifestado en su obra una verdad que le corresponde a la pintura; es en efecto, como ya he dicho, un juego de la espectativa, un truco que puede sonar barato, pero tiene algo de iluminado. La dedicación pasiva a imitar la naturaleza solo puede comprometer al arte hasta un cierto nivel, para que el artista se glorifique en su propio ingenio y con sus propios medios, se requiere, forzosamente, pasar por algún truco.

Me inclino a pensar esta reflexión falsa por el simple hecho de que “apesta al siglo 20”, quiero decir, se funda sobre valores modernos que han hecho que las obras de arte reflexionen sobre si mismas, de su manera de producción y que se valore altamente la elegancia y el atino de estos reflejos. No, los griegos antiguos no premiaban estos intelectualismos; sería más verosímil pensar que el ser humano es superior a todos los animales y simplemente engañar al hombre será una prueba superior de valor. Eso suena a reflexión antigua.  (El aguzado lector nota que los elementos que mencioné existen en la lectura, y que esta multiplica y enriquece el texto existente aunque sea sobre una base falsa; maliciosamente dirigida, mi lectura buscaba sonar a blog literario)

Mi segunda hipótesis es tal vez más original: No nos importa la calidad y fidelidad que un hombre tenga frente a un animal, ni si los elementos fascinan al hombre (algo escondido) o a la bestia (lo evidente).  Nos importa que de cierta forma el resultado del concurso está arreglado, al menos en el sentido de que no hay juez neutro que lo otorgue. Zoji declara al vencedor. ¿Lo declara en bases honestas? Podría ser que el pintor, al verse engañado y por no pasar como bruto, cediese la victoria para guardar apariencias. Pero este Zoji suena mesquino, y el buen griego no nos ha hecho nada para tachar de necio su caracter. Más bien pensemos en este rival dentro de su calidad de artista, pensemos que se trata de alguien que puede apreciar los juegos y los artificios que Parjasio ha hecho pintando un objeto no convencional. Es un juicio de artista.

¿Un transeunte ateniense apreciaría la belleza de la cortina que Parjasio muestra más que la fruta de Zoji? Si se trata estrictamente de un terreno neutral, ¿la discusión estética tomaría giros intelectuales como lo hacen nuestras divagaciones? Difícilmente. El reconocimiento de un artista entre los artistas parece prevalecer con más importancia, el cuadro de Parjasio puede pensarse, si se necesita caracterizarlo, como una pintura para pintores. Y sería propio de la mentalidad griega, pensar que tal vez el hombre no es superior al animal, pero un artista si es superior a un simple mortal.

Tal vez esta arrogancia haga pensar también al arte moderno.

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