Tag Archives: religion

Debout

26 Mar

El ateísmo es un concepto radical. No tratamos pues, con la permisiva sensación de vacío frente a la muerte, la desesperanza o el filosófico deslate, sino una fuente intelectuar por la que fluye la convicción, una suerte de enunciaciones abstractas que tienen más sentido para un creyente que las palabras que las constituyen. Todo aparato de destrucción metódica pertenece a la categoría de lo iconoclasta, de reconocer una figura virtual como un objeto trascendente para proceder a destruirlo.

¿Podría haber ateísmo sin religión? Creo que sí, del mismo modo en que el budismo no requiere la religión Shinto para ser concebida, la noción ideológica detrás del verdadero ateísmo no es una simple negación de cualesquier y todas las divinidades, sino una problemática relación con el universo. No se es ateo ante ninguna divinidad, ni ante la sociedad, ni siquiera ante sí mismo, pero se abstrae un agente impersonal al que se le dedica un espacio en blanco de suma significación: es significativa la ausencia de dios, la revalorización de la consecuencia y las fuerzas naturales como motores del universo viviente y muerto. Se necesita el pensamiento y la razón para concebir el ateísmo, pues no se trata simplemente de un abandono o una ausencia, sino de una construcción formal de las ideas. Es y será siempre rádical, pues así sucede con la transformación de las ideas en hechos trágicos y reales.

Lo mismo puede decirse del pensamiento apolítico. No presupone la simple tibieza de los poco convencidos, o de la distracción, sino que propone una profunda hostilidad y un desacato de las leyes que la política propone. No consiste, como ya expliqué, de la simple desvalorización metódica de toda idea política -las ideologías radicales suelen tratar de falsas otras ideologías-, sino que integra un cuerpo formal de ideas consistentes y rebuscadas que pretenden explicar un funcionamiento social. Finalmente hay pocos hombres más interesados en la política que el apolítico, pues este se ha dado a la tarea de examinar y descartar todas las corrientes políticas para justificar el orden de sus ideas. En este sentido, no hay nadie más enamorado de su gobierno que un anarquista, no porque requiera del gobierno para existir, sino porque su proposición de superación de un ente gubernamental presupone el empleo de un gobierno preexistente. Pues, justifica y desarrolla la expande las ideas políticas, pero las posiciona en otra dirección. No es muy diferente a la destrucción del catolicismo por las primeras esferas protestantes, como en el caso del ateísmo parecemos entrar en un círculo que presupone la causa y consecuencia como elementos motores principales de la idea.

¿Quiénes son pues los verdaderos desertores de la política y la religión? ¿las legiones de abtensionistas y musulmanes no practicantes? ¿los políticos profesionales que cambian de partido como de calcetines? Diría primero que nada, los incapaces de hablar y de hacer política. He explicado antes que la periferia se encuentra en un estado privilegiado donde no solo se está privado del discurso, sino que se haya enfrente de la muy real circunstancia de que esa imposibilidad de hablar sea parte de su propia definición. Uno no aprende de los indígenas saqueando sus tumbas y metiendo momias en los museos, el gesto mismo ha destruído todo valor indígena que la tumba podía representar. Del mismo modo, no se invita o no se puede invitar a los niños a escribir cuentos y dictar lecciones en la universidad, pues tan solo al dar formato a la palabra de un niño para introducirlo al circuito universitario ya se ha despreciado la validez de su infancia y devaluado todo discurso suyo. Aquellos que no tienen política o religión, pueden entablar actos que podemos catalogar de rituales o de partisanos sin que esto tenga efecto en su comportamiento o en su forma de pensar. El obrero es un ejemplo magnífico. No se deja de ser un trabajador al momento de participar en una marcha, de discutir con un sidicalista o de dormir al lado de su mujer. No se deja de ser un obrero ni siquiera al ser despedido. Pero si uno integra el sindicato y se inclina por la palabra pública deja inmediatamente de ser obrero y se vuelve sindicalista. Porque por excelencia el trabajador sisintelea en la fábrica, es un ente cuya acción precede a cualquier instrumentalización y producción de discurso en su pos.

Como resulta evidente, se trata de la mayor parte del mundo. Podría catalogarse en la ignorancia de una masa de personas mudas y sin opinion, los tibios de este mundo. ¿No son también por fuerza los excluídos y menos comprendidos? ¿aquellos que la política y la religión -o si uno permite humanismos, los hombres– más debieran intentar salvar?

¿Sí? ¿no? Tiene razón, no.

Saber morir

1 Feb

No todos le temen a la muerte.

La aclaración puede ser necesaria porque en cierto modo de pensar ateo-materialista, que se nos sugiere dominante, la muerte se presenta bastante terrible. Tal vez simplemente porque la muerte no es material. O mejor aún, vamos a suponer que las personas sienten terror a ella porque tiene consecuencias o causas materiales. Entonces no se teme realmente a la muerte. pero finalmente se teme a tantas cosas y tantas implicaciones que uno podría bien temerle a la vida, y a uno se le figura que la muerte tiene una identificación clara por esta… Igual me desvío. El propósito principal: no todos le temen a la muerte.

Evitemos el ejercicio dialéctico que sugeriría que no temer a la muerte es buscarla, o amarla. El odio de la muerte, que es distinto al miedo, sugeriría las mismas implicaciones. En realidad lo más abundante estadísticamente -y me divierte la burlona manera de hablar de estadística, como si… ¿en serio?- debe ser a quien le sea indiferente. Como el Hip Hop, hay gente que lo ama, que lo deteste, que no le importa y por supuesto, quienes realmente no lo conocen y no pueden opinar. Discutiblemente la muerte caería en este último espacio.

Se puede temer algo que no se conoce, de entrada es la reacción común que presume el miedo. Más que por ser muerte, se le teme por desconocida, y si aceptamos así, reusando las implicaciones que mencionamos ya, la muerte está desvirtuada. La indiferncia es mucho más sensible: definitivamente lo que desconocemos nos es indiferente, y esta es una seguridad que todos podemos pedir. Si uno no se obsesiona en la muerte, en buscarla y en pensarla, la indiferencia se sobre entiende. Debo pensar que si mi primer propósito -no todos le temen a la muerte- es provocador, el pensamiento debe exigirse en nuestra cultura o nuestra natura.

Creo en tal exigencia, entiendo que se me ha exigido la cuenta personal de qué puedo pensar de la muerte. Y no puedo decir que mi razón fuera personal ni sensible, sino acaso reconocible, social, vivida. Pero las conclusiones que existen son divergentes, muchas espiritualidades y lasitudes las fomentan. No hay que sorprenderse de hallar entre ellas muchas que se centran en su carácter inevitable: si se muere siempre, no se puede pensar en morir siempre. Nuestra raza exige acaso más que otras la cooperación en la creación de un mundo futuro, en la idea de legar. Pero fuera de eso, morir es reposarse en la fatiga que es la vida. No tiene nada siquiera de extraño.

Entiendo que no se puede ser suicida sin tener algún miedo a la muerte. El que se mata tiene bien conciencia que uno no requiere que los órganos dejen de funcionar para que la vida termine, efectivamente traslada este gesto inevitable a una cotidianidad que vuelve la acción del suicidio redundante. Claro, supongo cierta lucidez y no sencillamente la materia del terror que sigue instintivamente una meta que acaso no pueden explicarse aquellos que cometen el gesto. El no temer a la muerte es un pensamiento fundamentalmente escéptico y el suicidio es un salto de fé, un gesto de confianza ciega.

¿Cómo puedo clamar que la quietud frente a la muerte es un reflejo tibio cuando es digerido y fomentado por tantas religiones y creencias? Arguyo de entrada, que la práctica de una fe es indistinta al sentir profundo que las acciones, comunes o atroces, dejan en nuestro espíritu. Una religion también puede ortodoxamente enseñar gestos escépticos a sus practicantes, nada lo impide. Incluso diría que la ortodoxia es por fuerza un escépticismo a las demás formas de pensar, es una voluntad de ignorancia que podemos tal vez identificar como aquella que actúa ante la muerte. Hay un pensamiento religioso que venera a la muerte, y su manera de rezar es el miedo. Un materialista no está obligado a creer, es simplemente una parte ideológica que su civilización le lega, en lo íntimo y en la verdad puede hacer lo que le plazca. Como no temer.

Y la costumbre de no temer, de saberse amenazado constantemente por una sombra de irrealidad y de miseria, acaso es también una manera de destilar estas fantasías mórbidas. No es moderno este valor.

De la literatura, obviamente

11 Dic

Voy a abordar un tema del discurso religioso que en toda evidencia envía ciertos ecos a la literatura y a su historia. El punto del comentario es simplemente permitir dichas reflexiones, tratar de transponer el discurso que voy a discutir con aquello del ámbito de las letras. Usted probablemente puede lograrlo sin mi ayuda.

Esta polémica remite a una de mis partes predilectas del antiguo testamento, que coinciden con el momento en que Moises obtiene las tablas de la Ley y se dirige a entregarlas a su pueblo. Aaron, que era el sacerdote principal de la tribu, a erigido un becerro de oro para que la gente le entregue sus sacrificios: recordemos que el sacrificio ritual es la manera en que los pueblos pagan por sus pecados, por lo que presumimos que los israelitas buscan entrar en penitencia y se reconocen como pecadores. Moises regresa, regaña a su pueblo, destroza el libro y establece el predominio del decalogo.

Aunque primordial y fundamentalmente los israelitas se encuentran en el monoteísmo, este acto de violencia efectuado por Moises no es el celo del profeta contra otro dios. En este tiempo es casi seguro que el judaísmo fuese una religión de fertilidad, entre las cuales la figura del toro era central y casi siempre se le ligaba a una divinidad mayor. El Cristianismo tomará prestada también la noción de resurrección que se encuentra con frecuencia en estas mismas religiones taurinas. Entiéndase pues, que el becerro dorado puede ser Yavhe, solo que explícitamente se prohibe la creación y adoración de ídolos dentro de la ley semita. Aquí tenemos pues un episodio grande del problema de la representación, de los iconodulas y los iconoclastas.

Ahora, la razón por la que la ley judía prohibía los ídolos tiene poco de metafísica y resulta bastante banal. Si la estatua se considera un objeto sagrado, es su posesión y su distribución -el cómo se permite que se le ofrezcan sacrificios, el dónde- un elemento importante de la práctica religiosa. Aquel que posee los ídolos acapara el poder religioso y por lo tanto le roba a la casta rabínica el poder que le corresponde. No se trata simplemente de un poder político sino también de una influencia económica. Los sacerdotes judíos tuvieron en su tiempo muchas discusiones sobre la manera en que debían ejercer sus actividades públicas, al grado que parte de esas discusiones, al ser contadas en el Torah y la Biblia, nos resultan incomprensibles. No era pues cuestión de permitir a un sacerdote cualesquiera clamar el derecho de bendecir o patrocinar a determinado escultor para que este tuviera los beneficios netos de una práctica sagrada. Hay una busqueda de centralismo y control en la universalidad que la doctrina en cuestión, en la época del Gran Templo, su visita es mandatoria y no puede ser remplazado por un templo distinto y ajeno. Los semitas de la Meca efectuarán una práctica parecida.

Esto tampoco quiere decir que el control de los ídolos puedan reducirse a una madera física, definitivamente el control de los sitios de culto tiene un poder intangible que aún hoy día perturba incluso a los más poderosos. Si Osama Bin Laden no tiene tumba, se debe en parte a que un templo tangible a su persona remitiría a una práctica peligrosa para un cierto gobierno dominante. El sitio sagrado y el ídolo, son valores espacio-temporales que permiten a una cierta ideología o una experiencia sobrevivir a través de la historia, incontrolada y salvaje -por lo tanto convertible, Bin Laden fácilmente se volvería la bandera de movimientos que están enteramente distanciados de aquellos que el guerrillero representara en vida-. Cuando el ídolo en cuestión representa una amenaza para el orden, debe ser suprimido, debe dejar de existir y presentarse simplemente como un ideal. Su realidad es ofensiva y peligrosa, pues se mantiene en el tiempo y altera la memoria.

No en todas las religiones monoteístas triunfa abismalmente lo iconoclasta. Esta problemática forma parte de dos divisiones importantes de las iglesias cristianas, una en Constantinopla y otra con los protestantes. La presencia de los íconos -ya no ídolos, sino una mezcla casi arbitraria entre objetos santos y las ideas que representan- va a ser de nuevo un vaivén de conflictos políticos y económicos entre clases privilegiadas. Los íconodulas van a entender el poder de estos símbolos y los utilizarán como una herramienta de influencia, haciendo algo que la religión pagana -griega, romana, egipcia- ya ha practicado: absorber los dioses y valores del enemigo, confundiéndolos con los tuyos. La invasión europea sobre el territorio mesoamericano incluye un interesante colorido en que se confunden prácticas nuevas y antiguas. Los lugares en vez de ser simplemente destruídos -se hallará que la supresión física de una población no se logra absoluta y sigue practicándose siglos después- han sido renombrados, reinventados y recubiertos. Se les ha convertido, pues precisamente esa suerte de conversión es a lo que tiende un ídolo cuando se ha despreciado su materia concreta. Pero esta práctica no satisface el dominio absoluto de quienes búscan el control, el sincretismo vital es demasiado cambiante para ser suprimido si no es absorbido y ahogado por un feróz combate en su contra desde que nace.

De otra forma, la multiplicidad casi es inherente. El cristianismo de distintas partes del mundo se figura tan diferente a otras que podrían pensarse distintas religiones. Y esto no es casual.

Rica carne deja hueso

16 Nov

La cocina es la primera de las ciencias. Y bueno, entrados en gastos podemos admitirlo también: la más hermosa.

Se presenta acaso como la prueba de un pensamiento que supere la razón artículada, pues el gesto culinario se efectúa por medio de un objeto que le es propio y tiene sentido: el método. Hablamos frecuentemente de la tradición oral, de la manera en que la historia humana sobrevivió varios miles de años. Podemos hablar igualmente de la tradición de las recetas.

Una condición biológica, como puede haber cualquier número, hace que el hombre no pueda consumir todo tipo de alimentos. Algunas serpientes utilizan su propio veneno para hacer lo devorado más sencillo a digerir, otros animales sostienen en sus cuerpos colonias de bacterias, otros comen podrido. El hombre utilizando sus propios recursos biológicos hizo de las herramientas una cultura. Efectivamente extendiendo su universo, estas combinaciones y circunstancias le permitieron comenzar una manera de vida nueva, basada en la experiencia y lo experimentable. Y como toda buena ciencia, puede encontrar su lugar en los actos de todos los días.

Resulta más sencillo si no justificable, igualar a la practica culinaria a una ciencia humana. Existe un valor estético, una ética y la búsqueda de función. En la ciencia del sabor encontramos la parte subjetiva que viene de la experiencia humano, por esto habríamos tal vez de aproximarla a la sicología. Y sin embargo, el problema de su subjetividad no está limitado a la noción de sabor, también se introduce en la noción ética de la comida. Dos valores éticos del sistema: la nutrición y la presencia. Recordemos para futuras referencias este problema de la presencia, que ahora voy a desarrollar.

La noción de una presencia nos sugiere que no se puede cocinar sino con los elementos que se encuentran presentes. La abundancia o escacez de un ingrediente en una dieta, en un plato. Afecta forzosamente la nutrición y obviamente, se trata de justificar la presencia también por que nos permita sobrevivir -y no esclusivamente por ser rico-. Y esta mezcla de proporciones que es interna en la receta y el almacen van a crear todo un modo de pensar, lo que podemos llamar economía sedentaria. Son fundamentalmente nociones en la cocina que son también inevitables, y se postulan desde incluso el gesto anterior a comer. Entendemos que la cocina va a transformarse conforme la cultura humana se desarrolle -entendamos este valor de cultura como la experiencia transmisible que no está resumida en el código genético y que comprende los conocimientos adquiridos, sea las tradiciones y las costumbres pero también (a modo análogo) la tecnología y la ciencia-. La idea de presencia se ha alterado drásticamente desde el advenimiento del capitalismo, ahora el territorio que se habita y los productos locales son puestos más de lado -como lo fue puesto el ecosistema cuando la caza fue desplazada saliendo a la creación del sedentarismo-. La cocina también funda, por medio de la exigencia de la ganadería, lo que vendría a ser la religión como fuente de divinidad y de fiesta. Pero el alimento siempre será demasiado de todos los días para ser por si mismo algo que domine la razón.

Y es que la cocina antecede al capitalismo, a la economía y al lenguaje mismo. Es una ciencia, pero distinta a todas porque su subjetividad no se encuentra en un ejercicio de la palabra mal empleado ni del punto de vista. En lo culinario encontraremos la figura del método, de la acumulación de ejercicios temporales, secuenciales o simultáneos, que logren una consecuencia variable pero predecible, positiva al menos para nuestros fines experimentales. El método no solo antecede a la inteligencia artículada, sino que probablemente es uno de los elementos que ayudaron a crearla. Podemos contar historias porque pudimos contar recetas. Inversamente, todas nuestras ciencias buscan encontrar recetas de algún tipo, buscan reducir al universo al libro definitivo de la búsqueda suculenta. Como en la cocina, nuestra percepción del conocimiento no está en la perfección de nuestros modelos -que ya es gastarse en lenguaje, alejarse de nuestra concepción científica fundadora-, sino en el sazón que pueden llegar a tener. Este empeño de perseverancia y flexibilidad que se dedica a obtener los resultados. Esa es la perfección. La verdadera. Existe. Si uno trata de encontrar lo perfecto en los ejercicios argumentales se topa de inmediato con un aglomerado espejismo insustancial. La sustancia, lo gustoso, es el sabor.

Finalmente, el sazón va a revelarnos otra realidad genética de nuestras ciencias: su percepción de necesidad. A veces ensombrecida, esta concepción no es fácilmente reducible como suele ser en nuestra comida, al hambre. Valdría señalar que la nutrición y el hambre están relacionadas y no son la misma cosa, que el placer es otro factor necesario en la existencia, y que la manera de consumir hoy día está ligada a modelos ecologicos o económicos. Podemos buscar funciones, necesidades complejas -y no necesariamente falsas- para nuestras enseñanzas. El mundo vivo es finalmente uno de versatilidad, donde una sola cosa sirve a muchas. Cada ciencia tiene en su orígen al menos una necesidad bien concreta, y esto sobrepasa y antecede el discurso que proponen. Igual que la cocina, el ejercicio de estos métodos e inteligencia, es evidentemente biológico, o como los que se ponen a subjetivizar la ciencia tratan de explicar: síquico.

La ciencia sería, pese a los pensadores pretensiosos, algo de carne y hueso.

Todo se vale

9 Oct

A veces se descubre en el arte una cuyuntura generalizada de gustos y géneros, un sistema de aceptación bien definido que va a denunciar lo que es correcto. Se señala en estos casos, algún elemento moralizante como la presencia de una religión que domina, o del juicio políticamente correcto, ambos tipificados como ejemplo de la falta de reflexión y el retardatismo. Valdría la pena interrogarse precisamente si dichos juicios no esconden acaso un temor mayor a otra cosa. No lo exploraremos hoy.

Lo que vine a decir, es que fuera de estos prejuicios, el arte se halla en una aceptación genearalizada y sin dirección. Hemos oído todos de los artistas revolucionarios y polémicos, mas hoy día no son precisamente un elemento de moda. Nos queda poca polémica como sociedad, y es triste de varias maneras. Por un lado, la polémica así como la moral han sido históricamente temas literarios de gran importancia, no por las vaguedades metafísicas que generan, sino por la opresión tan real que un código moral tiene sobre un lector. Los valores personales se experimentan, no simplemente se saben. Tampoco tendremos la polémica como elemento generador, pues cuando todo se acepta, entonces poco se saca de los valores temáticos que pudieron alimentar muchas literaturas antiguas. El que intenta hacer polémica se nos figura el hombre que discute exclusivamente de un fait divers del periódico de la mañana, ¿no funciona el universo como es? ¿no solucionaremos cada problema?

Ahora, por esto no quiero decir que se nos ha agotado el trabajo con la marginalidad, simplemente que la polémica en sí misma es una droga suave que funciona por un tiempo y cuyo efecto va degradandose conforme se usa. Los autores alguna vez polémicos como Houellebecq son aceptados a tal grado que se les premia con el Goncourt, y es el premio quien se equivocaba por no premiarlos antes. Están, como cualquier otro texto, en el circuito de ventas literario, pues lo chocante, como el sexo y la violencia, se considera un argumento de ventas. Y de allí mismo decimos, que la labor del arte deja de lado esta parte de la marginalidad y de lo oculto, porque el punto de señalar la perferie se pierde cuando se asimila a la sociedad en tanto que simple objeto de consumo. Se requiere la labor crítica.

Excepto, naturalmente, que la crítica es por mucho la herramienta que predica a convencidos. Puedo escribir cinco ensayos sobre Stendhal para explicar su buen trabajo textual y su caracterización, pero se sabe que Stendhal es una figura emblemática de la literatura y allí no hay pierde. En la arena mediática, es distinto. Los autores contemporáneos no son discutidos con asidiuidad y cuando la crítica sucede, se entabla tímida y precabida, pues implica riesgos no solo económicos sino de prestigio. ¿Qué pasa si uno se equivoca al juzgar groseramente a un autor nuevo? Perderá su título como profeta de las artes venideras, se irán sus credenciales imaginarias. Estoy haciendo eco a varios escritores al decir que cada vez menos escritores efectúan una verdadera labor crítica, que sea no sólo de análisis de texto sino que intenten trabajar un nuevo ángulo de una problemática, que hagan una polémica verdadera. Porque en cierto momento el lector poco aguzado se ha convencido de que el fondo funda la literatura, que hablar simplemente del objeto conllevará la reflexión. El fondo está equivocadamente glorificado como lo está un hecho de actualidad, como un estrepitoso accidente aéreo que tiene muertos pero del que no se produce nada más.

Oliver dijo no sin tino hace poco “Se cae un niño a un pozo y se analizan los pozos, se caen los bancos y se analizan los bancos, se corrompe la policía y se analiza la policía, es fácil ser gobierno, ¿no?”.

El arte se encuentra en un circuito de pensamiento demasiado abierto, si tal cosa existe. Yo diría casi al punto de que el pensamiento se ha abandonado, que legítimamente la crítica se considera de más. Haga usted el arte más repulsivo que pueda conseguir y encontrará quien levante la bandera de vuestra causa sin titubeos. Lejos de los juicios demagogicos y morales, todo se permite, no hay barreras que delimiten lo que puede gustar. Nos reencontramos de nuevo con Bolaño y su mirada crítica de lo violencia, del arte que imita a una vida que todo se permite, sin barreras que se derrumban a base de poder. Se trata de un circuito donde alguien siempre podrá decir bien de cualquier atrocidad.

Más valor requiere entablar una crítica negativa, tratar de por una vez, incluir elementos antitéticos en una proposición de un autor, aunque en esto parezca que nos juzgamos el prestigio y que proponemos un ataque. Los literatos siempre han sido un grupo marginal, que me parece flexible al cambio y la adaptación, la polémica genérica es un objeto de venta para las masas, y la crítica de halagos una mera manera de gastar papel o bytes. La crítica negativa se usa simplemente para entrar cierta polémica que se sugiera a este sistema de aceptación implícito, a esta devaluación del arte que pasa los devaluadores del arte.

Pero quedarse solo ahí no basta.

Sujetando el clima

5 Ago

Escuché en las noticias que cada vez más gente se abona a la información meteorológica. Hay un pequeño servicio para el celular, donde a uno lo informa de si llueve o no, si nieva o no. El incremento de este mercado al principio me sorprendió y luego caí en cuenta de que no habría de sorprenderme. Ignoremos la comodidad prestada al alcance del teléfono portatil -portador de polémicas a merito propio-, pensemos más bien en lo que dicha comodidad puede significar.

Porque podemos decir que saber el clima sirve para nada o muy pocos. No creo que el aumento sea por una emigración masiva a las zonas rurales donde la vida se juega por sequías o heladas. Pienso más bien en el control. Un control conjetural e inexistente. Pienso en la conjetura y entiendo que en esas presuposiciones se juega el valor oculto de todo nuestro lenguaje, el valor o el problema. Trabajamos sobre supuestos, y aparentemente, la gente está dispuesta a pagar por los supuestos de otras personas.

Y digo que no me extraña pues meses antes las mismas noticias avalaban el ascenso de las religiones sectarias, gurús y otros trabajadores de lo invisible. Característico de lo invisible es ser especulable. Lo concreto, ilusoriamente nos parece común, si bien podemos quererlo aparente, presupuesto, desvanecedor -no nos desviemos-. La dimensión resolutora de los que ejercen la tradición mística -pretendida o por convicción-, se extiende a problemas mucho más elaborados y más o menos igual de ficticios que el clima del mañana. Se quiere también adivinar el futuro y resolver literalmente, todos los problemas. ¿No es esto la naturaleza del control? ¿una suerte de síntoma sobre cuan asustados viven los hombres a caer en el caos?

Ahora, no es precisamente lo mismo. Un creyente lo tiene todo a la mano, incluso lo que no está; el meteorólogo se juega a las probabilidades y su propósito es casi siempre banal: No quiero mojarme, quiero preparar una fiesta etc. Y si uno se pone a pensar, no tiene mucho sentido. O sea, si creyera ciegamente en el control, si dicha voluntad se hallase en mis inclinaciones, me parecería natural querer controlarlo todo. O tal vez precisamente temería tener el control y por eso se lo doy a la figura seudo-religiosa; en fin, nos entendemos, la elección no puede ser arbitraria. Estos dos obsesivos son diferentes.

Porque precisamente, la manera de enfrentar el futuro de uno y otro, dista de la identidad. Unos de cierto modo desconfían y temen al futuro, mientras que los otros se maravillan. Quienes más temen, consideran al futuro un mínimo manejable, en el detalle; pues al minimizarlo de este modo, se vuelte tanto menos agresivo. Los que se místifican por el futuro, van a quererlo enorme, sin proporción, justo como la justicia misma. Y una convicción nos parece escéptica y otra creyente, cuando ambas simplemente son especulativas.

Muchas veces he llegado a una posición de inquietud al encarar una posibilidad respecto a este fenómeno que discutimos -el control-, al reconocerlo de algún modo, estético. Pienso que tanto quienes temen y quienes gozan la especulación, encuentran en ambas actividades una suerte de belleza. Tener el atino de escuchar una profecía bien lograda genera el placer de un matemático que resuelve un problema. El control, para ciertas personas es bonito. Y por esto creyentes y escépticos gozarían tener razón, simplemente por gusto al placer. La convicción de la verdad dentro del mundo invisible y meteorológico no tiene más relevancia que una consecuencia argumental. Si especulamos es que queremos sentirnos bien, con nosotros mismos. De ahí la economía. No bastan los bienes, se requiere forzosamente que los bienes nos hagan bien.

Deploro esta pasión por el control, adolece a mi parecer de una posición tímida, de cierta implicación espectadora con lo que respecta al futuro y lo deseado. Porque en este asunto, no es uno el que tiene el control, uno siente el control simultáneamente mientras es controlado. La evidencia es que no se construye a sí mismo como una víctima de las circunstancias, como el objeto de la acción de otros, del mundo, de un objeto impersonal. Y esto se le puede criticar a la sicología -que produjo esta teoría del control-, tanta victimización de los hombres por sus traumas, manipulables como títeres por el oleaje del destino.

No puedo probablemente pensar, que tantas ensoñaciones puedan pensarse objetivas y considerarse ciencia. No es tampoco, se entiende, la estética que profeso.

Infierno

18 Jul

Primeramente me permito aclarar que no he dejado de manera formal o informal la intención de continuar con este blog, ya que mencioné hace tiempo -y sobre aviso el engaño es menor- que mis semanas deparan cierta irregularidad de trabajo. Estas irregularidades seguirán esta semana sucesiva, pero en toda verosimilitud mi presencia en el blog será mayor -si bien en foros o en el resto de la blogósfera he de estar algo ausente-.

Ahora, de entrada al tema de hoy: El paraíso. Creo que la ascepción de la palabra no carece de alguna inclinación a lo religioso o sublime, quiero pensar que puede ignorarse la parte legal. Porque el paraíso, si bien entiendo, es cuestión de curiosos debates y deducciones que muestran a la ignorancia ilimitada que con él justificamos. Discutir el paraíso va a ser una competencia de quién tiene la definición más grande: Una verdadera pena.

Pero entonces habría que admitir que el paraíso es un objeto de discurso, que en nuestros sentidos solo existe en la definición. No tenemos propiamente un paraíso, más bien lo construímos. El lenguaje, como todo el resto de nuestras experiencias, se tranforma insensiblemente. Entonces en cierto sentido, vamos constituyendo un paraíso a fuerza de experiencias, a fuerza de pequeños momentos en que aprendemos a querer cosas que acaso ignorábamos.

Aunque esto es falso. Reducir la experiencia sublime del paraíso a una argumentación meramente temporal es un proceder errado por más de un motivo. Los paraísos religiosos acumularon esta noción de eternidad para servirse precisamente de un método sensible, que intenta no definir, ni justificar, es una descripción trunca. Entender el paraíso no se presiente una meta argumental o racional, supone más bien la dirección sensible, aquella que sí puede dar cuenta de lo sublime. De tal forma que la aparente contradicción impuesta por la eternidad -la idea de que cualquier paraíso terminaría por aburrirnos-, no debe interpretarse como un objeto verbal argumentable, sino en la sensación que dicha analogía sabe ejercer para confortarnos y motivarnos.

Desde el punto de vista retórico el artificio no puede ser más mundano. Si creemos que la libertad es un valor sublime es que vamos a asesinar pueblos para ganar una vaga medida de libertad, y por ende, debe ser algo tan bueno que justifique una acción atróz. Si el paraíso es superlativo no es por naturaleza propia, sino un modo de hacernos desear conseguirlo, y no existe superlativo más típico que lo eterno y trascendente. No es fundamental que el paraíso sea eterno, pero dicha eternidad nos lo vuelve accesible, nos hace vivirlo sin que estemos en él.

Luego hay que reconocer al paraíso como un objeto vivido o vivible, tal noción, me parece, juega contra varias definiciones que del objeto se hacen. El dilema es que uno no conjetura en verdad cuando supone sensaciones que no se han tenido, este tipo de discurso es caricatural. Para que el lenguaje reconozca un paraíso experimentable, tendría que estar ya en nuestra experiencia, ser una suerte de paraíso perdido. Digo bien, perdido pues el mundo, tan sufrible y poco divino como nos parece, rara vez se figura paradisiaco.

O bien, si es posible discutir un paraíso verdadero -lo que estamos tratando de hacer-, habría que suponerlo existente, acaso escaso. Un lugar que tal vez precisamente por su escacez* se nos presente valioso, acaso un sitio que construímos solo en ciertos escasos momentos en que relajamos nuestro aparato de vivir, y nos inclinamos por sentir cosas tanto fuera y dentro de nosotros que de otra forma solo están. Tal vez el paraíso está realmente en la memoria y es algo que a la vez sentimos y creamos.

Finalmente, podemos concebir un paraíso que sencillamente fuera incapaz de compartirse, que fuese tan nuestro que las palabras no lograran efectivamente comunicarlo, que existiera para ser vivido. En ello vislumbramos un elemento que suele hallarse en los paraísos y nos parece adecuado para lo expuesto hasta ahora: La fe. El paraíso existe cuando se cree en él -y hasta ese momento, puede ser simplemente un lugar bonito-.

*- Muy contrario a la noción de eternidad, pero no es raro, el lenguaje frecuentemente transforma un sentido en su antónimo por simple trabajo de ironía -el ejemplo que se me ocurre es francés, la palabra terrible quiere decir excelente-.  Por otro lado, desde un punto de vista filosófico contraponer lo eterno a lo instantáneo remite a teorías que no son tan remotas, dado que nosotros no vivimos ningún momento en toda su intensidad, y que en el recuerdo lo transformamos, vivir un momento completamente no es una expresión menos fantástica que la eternidad misma, por lo que algún teólogo ha igualado el paraíso con la experiencia concreta, instantánea y eterna de la vida.

A %d blogueros les gusta esto: