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Y esto

22 Oct

Los truismos suelen ser frases de aplicación dudosa, cuyo empleo en la vida cotidiana se ve más o menos olvidado por la comodidad o el abandono. No diría que la situación es tal por causa de su relación de verdad, no pocas veces evidente, sino sencillamente por la abundancia de fórmulas de lenguaje cuya aplicación cotidiana no es fácil de hallar en un sentido riguroso. Encontraremos un sinúmero de frases con sentido que no vale la pena decir, pues el lenguaje no es pocas veces complemento de la realidad. Y tal vez por estos excesos en las palabras existe la literatura, pues donde hay una obra literaria hay un abuso de la palabra. (Trate de contar una novela en voz alta y pronto lo notará)

El idioma es tal, que una cosa puede tener sentido y no necesitar ser dicha, al grado de llegar a la redundancia del truísmo donde se puede conseguir una verdad y que no valga nada. Dijimos que además de argumentar lo cierto es necesario cierta legitimidad, mas no completamos al decir que se requiere cierto estilo, entiéndase, la evasión voluntaria de determinadas fórmulas de lenguaje que resultarían vestigiales, excesivas o engañosas. La expresión clara dista bastante de la expresión claramente artística, aunque muchos estilos de comunicación propongan la economía de la palabra.

Hemos hablado de la economía de palabra y el extrañamiento, dos de las siete -u ocho- fuerzas fundamentales de la escritura, y señalamos incluso la aparente oposición que proponen. Decir con la menor cantidad de palabras y reparar en lo evidente, dos acciones que reinventan y ponen en entredicho la naturalidad de un discurso, que lo vuelven más artisanal y más artificioso. En realidad su competencia no describe ni justifica la capacidad del lenguaje de “decir de más”, de formular ad infinitum frases y palabras que no tengan utilidad ninguna. Y hablo bien de utilidad, del paradigma forma/sentido que se ha discutido tercamente desde que la lengua existe. Lo artístico puede aducirse a un ejercicio de la voluntad -pensemos en Schopenhauer-, donde se pueden comenter “errores y excesos” mientras estos sirvan a una expresión de la voluntad. El lenguaje aún, como fórmula comunicativa, aunque sea a un nivel implícito más que explícito, aunque comunique tan solo el hecho inadulterado de la belleza. Estamos en oposición directa con la noción de un lenguaje vacío que está hecho de lado porque su expresión tiene sentido involuntario, inhospitalario para lo cotidiano o trascendental, vacío de sentido porque su sentido es evidente. Lo evidente no se puede buscar y la poesía es búsqueda.

El truismo entonces, es para el literato una suerte de riesgo magnífico, una apuesta precisamente a lo que constituye para su expresión una derrota. Creo que lo conocido se puede aceptar en la palabra viva, en el contexto en donde todo parece fugaz y en peligro, en el que confirmar la existencia contínua resulta en un instantáneo alivio. En la lectura, que es eterna, no puede sino redundar, y en el mejor de los casos causar un extrañamiento que podremos encadrar como una voluntad, y sentir un alivio en cuanto a él pues no es un sinsentido, no pretende cierta divinidad original que tiene el lenguaje que no es de nadie, que ni es personal porque nadie lo dice, pero que nuestras reglas gramaticales lo permiten, como un fantasma de nosotros mismos, como el otro al que tanto se teme.

Por supuesto, no todas estas frases son truismos en el sentido estricto de la palabra, pero sí son frases cuya existencia depende directamente de la verdad, de un estado de existencia supuesto y permisivo. Decimos que un paralelogramo inventó la angustia, la frase es “legal”, pero no le pertenece estrictamente a nadie. Accidentalmente o por voluntad, la oración como tal existe y puede ser porque la lengua la tolera a un cierto grado limpio de expresión. Basta poner una negación -porque la definición es un áspero ejercicio de distinguir y mutilar, de extraer un objeto de su entorno para disecarlo-, para tener algo que es cierto para ser cierto: un paralelogramo no inventó la angustia. ¿Y qué?

En realidad, el arte de estos sinsentidos, así mismo que de los truismos a valor completo, es entrar en la gama de la trasgresión. Entablar con el lenguaje un proyecto, un artificio, que recupere la falsedad asesinada por las estrictas definiciones, en el afán de comprender. Si las definiciones no permiten el entendimiennto, su verdad no sirve estrictamente a nada, son del diccionario -son de nadie-. Porque en cierto modo el paralelogramo si puede inventar la angustia, porque no es un rectángulo estable, una figura consoladora, hogareña y sólida. Es como un refugio construído a la espera del frío invernal. Y la forma, el paralelogramo, si antecede al hombre concreto, como el lenguaje también lo antecedería. ¿No es ese orden extraño, el de la forma y los abstractos del que se obtiene y justifica la angustia?

Claro que no, o al menos, probablemente no. Pero es mejor incluso que un ¿y qué?

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Infierno

18 Jul

Primeramente me permito aclarar que no he dejado de manera formal o informal la intención de continuar con este blog, ya que mencioné hace tiempo -y sobre aviso el engaño es menor- que mis semanas deparan cierta irregularidad de trabajo. Estas irregularidades seguirán esta semana sucesiva, pero en toda verosimilitud mi presencia en el blog será mayor -si bien en foros o en el resto de la blogósfera he de estar algo ausente-.

Ahora, de entrada al tema de hoy: El paraíso. Creo que la ascepción de la palabra no carece de alguna inclinación a lo religioso o sublime, quiero pensar que puede ignorarse la parte legal. Porque el paraíso, si bien entiendo, es cuestión de curiosos debates y deducciones que muestran a la ignorancia ilimitada que con él justificamos. Discutir el paraíso va a ser una competencia de quién tiene la definición más grande: Una verdadera pena.

Pero entonces habría que admitir que el paraíso es un objeto de discurso, que en nuestros sentidos solo existe en la definición. No tenemos propiamente un paraíso, más bien lo construímos. El lenguaje, como todo el resto de nuestras experiencias, se tranforma insensiblemente. Entonces en cierto sentido, vamos constituyendo un paraíso a fuerza de experiencias, a fuerza de pequeños momentos en que aprendemos a querer cosas que acaso ignorábamos.

Aunque esto es falso. Reducir la experiencia sublime del paraíso a una argumentación meramente temporal es un proceder errado por más de un motivo. Los paraísos religiosos acumularon esta noción de eternidad para servirse precisamente de un método sensible, que intenta no definir, ni justificar, es una descripción trunca. Entender el paraíso no se presiente una meta argumental o racional, supone más bien la dirección sensible, aquella que sí puede dar cuenta de lo sublime. De tal forma que la aparente contradicción impuesta por la eternidad -la idea de que cualquier paraíso terminaría por aburrirnos-, no debe interpretarse como un objeto verbal argumentable, sino en la sensación que dicha analogía sabe ejercer para confortarnos y motivarnos.

Desde el punto de vista retórico el artificio no puede ser más mundano. Si creemos que la libertad es un valor sublime es que vamos a asesinar pueblos para ganar una vaga medida de libertad, y por ende, debe ser algo tan bueno que justifique una acción atróz. Si el paraíso es superlativo no es por naturaleza propia, sino un modo de hacernos desear conseguirlo, y no existe superlativo más típico que lo eterno y trascendente. No es fundamental que el paraíso sea eterno, pero dicha eternidad nos lo vuelve accesible, nos hace vivirlo sin que estemos en él.

Luego hay que reconocer al paraíso como un objeto vivido o vivible, tal noción, me parece, juega contra varias definiciones que del objeto se hacen. El dilema es que uno no conjetura en verdad cuando supone sensaciones que no se han tenido, este tipo de discurso es caricatural. Para que el lenguaje reconozca un paraíso experimentable, tendría que estar ya en nuestra experiencia, ser una suerte de paraíso perdido. Digo bien, perdido pues el mundo, tan sufrible y poco divino como nos parece, rara vez se figura paradisiaco.

O bien, si es posible discutir un paraíso verdadero -lo que estamos tratando de hacer-, habría que suponerlo existente, acaso escaso. Un lugar que tal vez precisamente por su escacez* se nos presente valioso, acaso un sitio que construímos solo en ciertos escasos momentos en que relajamos nuestro aparato de vivir, y nos inclinamos por sentir cosas tanto fuera y dentro de nosotros que de otra forma solo están. Tal vez el paraíso está realmente en la memoria y es algo que a la vez sentimos y creamos.

Finalmente, podemos concebir un paraíso que sencillamente fuera incapaz de compartirse, que fuese tan nuestro que las palabras no lograran efectivamente comunicarlo, que existiera para ser vivido. En ello vislumbramos un elemento que suele hallarse en los paraísos y nos parece adecuado para lo expuesto hasta ahora: La fe. El paraíso existe cuando se cree en él -y hasta ese momento, puede ser simplemente un lugar bonito-.

*- Muy contrario a la noción de eternidad, pero no es raro, el lenguaje frecuentemente transforma un sentido en su antónimo por simple trabajo de ironía -el ejemplo que se me ocurre es francés, la palabra terrible quiere decir excelente-.  Por otro lado, desde un punto de vista filosófico contraponer lo eterno a lo instantáneo remite a teorías que no son tan remotas, dado que nosotros no vivimos ningún momento en toda su intensidad, y que en el recuerdo lo transformamos, vivir un momento completamente no es una expresión menos fantástica que la eternidad misma, por lo que algún teólogo ha igualado el paraíso con la experiencia concreta, instantánea y eterna de la vida.

La pregunta del arte

13 Abr

Esta (qué es el arte) me parece una de las cosas más terribles e inevitables que uno se plantea forzosamente en la vida ociosa de la ciudad. Si uno tiene tiempo de ocio, como al ser estudiante o conocer nuevas personas, la encara seguro alguna vez. O soy yo quien tiene pinta de artificioso y la gente la levanta en pos a mí con malicia. Sea. Mi primo la lanzó hace poco tiempo y le saqué no-sé-qué como respuesta. Intento de nuevo el ejercicio.

Toda pregunta supone e indica su respuesta, la del arte presume dos cosas horribles: el arte existe y requiere definición. Yo la descarto ya por esto: no hay mucho a donde hacerse. Pero somos hijos de la ficción y no hace mal de pronto hallarse en ella distraído. Yo sé que no requiero la respuesta y que es vana, mas no me cuesta nada darla. Ser generoso con su tiempo, además, es la vanidad más noble. Me parece que el asunto es esto:

“Existir no es mérito para nadie, excepto para el arte”

Por supuesto, partimos de la noción de que todo existe (incluso el arte, ¿por qué no?*), y que la vida en sí no tiene mérito (es un ejemplo). Admitimos la lucha por la supervivencia y la continuidad, mas el arte mismo sufre de caducidades y modas, no está tampoco exento de un final absoluto. Tan absoluto como puede ser un final, porque si el tiempo no existe (como decíamos antes) entonces todo es a la vez y el arte siempre está de moda. Y pareciera aún más ridículo el mérito de existir, pero el arte solo tiene eso.

Ahora… ¿Es un mérito de su creador o uno del arte? Cabría hacer la diferencia, si esta existe. Dado que el arte es una acción, una ruptura, presume que su modelo creador tiene toda las cualidades necesarias para llevarla a cabo. Si no hay tiempo en el arte siempre hay continuidad y podemos, sin mucho esfuerzo atribuirle características de todo tipo. En el arte hay recepción, aquel ojo que permite una existencia continua y confirmada del objeto. Pero no debemos limitar el arte a este existencialismo inmediato, ¿qué es el arte además de creación si uno admite su existencia?

Si se toma como una creación, por un lado se crea y por otro se existe. Naturaleza contra nurtura ¿no? Admitimos que la puesta el escena de una obra de teatro no sea su escritura, que el momento en que cualquier arte existe no viene de un solo creador. Porque el arte es el que inventa la identidad de su autor, que a fuerza de tiempos y descontentos siempre será una y múltiples. La existencia del arte es lo que justifica su propia creación y la realiza, al punto de confundirnos. Crear solo tiene sentido en la existencia, el arte sostiene la creación y en ella realiza su valor. Pudiese ser que el arte nos satisface porque representa nuestra misma capacidad de crear, y nuestro gratuito goce en ella es el goce del arte. Nunca hemos creado objetos o ideas con el simple fin de que esto sea práctico, sino todo lo contrario: el juego y la imaginación son antes que nada placeres de nuestro organismo, ese placer era necesario para que una raza como la nuestra se inclinara hacia la creación, y lo que eventualmente se volvería la ciencia.

Si el arte existe y es gozado, no es por otra cosa que para reflejar nuestra propia ansia de creación. No todas las ideas son placenteras, y mucho de lo ficticio solo acarrea dolor y sufrimiento; el arte es un recordatorio perpetuo de un mito prehistórico: el parto índoloro, la fecundidad que salva. Y pensamos acaso por estas conclusiones que el arte es un fenómeno estrictamente humano, porque solo podemos verlo como un goce personal, que incluso al paso de los años se ha tachado de convencional. Son nuestros símbolos y traducciones de la creación, pero nada más sencillo que admitir que una entidad no humana podría prescindir de los nuestros, y procurarse un arte distinto. En esta concepción del arte, estamos muy cerca del juego, pero el juego es ante todo la acción, la actividad. Por algún motivo misterioso, el juego parece destinado a desaparecer mientras que el arte piensa en lo eterno. Llego a pensar con frecuencia que son lo mismo y la división es vana.

Como el arte tiene por solo mérito existir, a veces sería sensato admitir que ciertas vidas son arte, que la simple y estéril oposición del hombre a ciertas cosas las vuelve heroicas y elevadas. Tengo el mérito de existir en cierto momento histórico, bajo ciertos perjuicios y errores, en medio de toda la muerte. Si entiendo esto como debe ser, se halla que la relación entre poesía y divinidad tiene algo de bastante sensato, pues en la divinidad se halla la creación y en el poeta -por necesidad, encontramos al héroe. Los artes son extensas mitologías abstractas de nuestros accidentes más bellos. Existen. Como la sorpresa.

Literaturas que dudan

6 Abr

Las discusiones fatigadas son topos de toda aclaración literaria, y al mismo tiempo, la mejor prueba de sus límites. Es normal que todo joven tenga la curiosidad de aproximarlos alguna vez, y por supuesto no he sido la excepción.

A veces me pregunto la validez que nos intriga detrás de estos argumentos redundantes. No creo que nadie sospeche que se tratan de razones prácticas. Saber un tema agotado acaso solo atrae a nuestro ego que sueña con ser el hombre que finalmente lo solucione, por inútil y redundante que este pensamiento haya sido en todos los que lo han intentado. Yo he sido ese arrogante y perdido mi tiempo hundido en temas sin sentido.

La pregunta de la literatura (¿qué es la literatura?),  me parece ineludible en un blog literario. No me parece menos vacía y estúpida. Comencemos con un par de hechos evidentes: La concepción de literatura viene de la experiencia sensorial de la lectura y la racional de organizar nuestra experiencia de una u otra manera. Esto quiere decir que la literatura es un a posteriori, que su definición trata de hallarse para acoplarse a la realidad, y no debe caer en el vicio contrario -de encasillar la lectura en lo que nosotros digamos que la literatura es-. Nada evita que partamos de una noción correcta y luego la mutilemos por la limpieza de un término. La definición siempre tiene algo de destructiva, pues roba los demás valores de un vocablo por la ilusión de claridad. Así que, lanzarme a definir la literatura iría contra todo principio dialogal donde se le permite a la realidad o a un tercero, replicar contra nuestra opinión. No definiré la literatura. Hoy.

¿Por qué lo haría más tarde? Es una de las funciones dialogales y retóricas que me gusta utilizar: Mentir. Nada más fácil que lanzar una bobada para que el inteligente lector trate de intuir en qué consiste mi error. La reflexión opuesta puede tener su útilidad: Tratemos de pensar en para qué sirve interrogarse sobre lo que es la literatura.

La razón por defecto es la legitimidad: Yo quiero probar que hago literatura, o que hago más literatura o mejor que alguien más. Demolamos la literatura para probar que nos pertenece ¿qué es lo peor que podría pasar? La misma reflexión se aplica a cualquier principio destructivo que quiera disecar un arte para entenderla y superar su calidad. Ya he mencionado que existen fórmulas literarias para seducir y manipular al lector, es válido interrogarse si su multiplicación y conocimiento ha mejorado el nivel de nuestros libros. Arduo va a ser negar que conocer la literatura mejora su producción y su lectura. Y es imposible conocerla si no sabemos lo que es ¿no?

Aquí enfrentamos la noción equivocada de que el conocimiento irracional es la única manera de abordar y solucionar un problema. Partimos de un cierto conocimiento experimental de la literatura, hay verdades trabajando que sin duda la experiencia confirma. Entonces no necesitamos definiciones para mejorar nuestro arte, solo la experiencia, la práctica. Como si la práctica hiciera al maestro, absurdo ¿no?

Ese conocimiento base nos sugiere otra manera de acercarnos a nuestro problema de “saber”. Lo que hemos visto de los libros nos da una pista sobre lo que los libros no son. Una manera evidente de enriquecer la literatura es tratar de lograr cambiar ese estado de imposibilidad, expandiendo la frontera de lo que concebimos como literatura. La estrategia no es innédita, se han tratado de romper reglas desde que el escrito existe. No solo se trata, por supuesto de obtener espacio para las letras, sino de usar bien ese espacio. Exploremos lo que se ha hecho para entender el propósito.

Apollinaire en su oficio de poeta, ganó cierta notoriedad con sus famosos caligramas. El concepto es simple: Reconocer la existencia espacial y estética del texto, algo más presente en la poesía que en la prosa. Hago un texto, y el texto no se organiza de izquierda a derecha, sino que forma un dibujo. Dígamos que el poema trata de un pescado y que organizadas las palabras imitan su forma. El efecto es sin duda estético, mas no universal. No hay manera evidente de utilizar el caligrama extensamente, de forma que el texto se enriquezca. Tomemos un texto que existe: ¿Se puede organizar Rayuela para que su texto imite a una Rayuela? y si fuese posible, ¿el texto sería más rico por ello?

Dando cara al caligrama, comprendemos que su posición se sitúa “fuera de la literatura”. Para emplearlo con eficacia, hay que diseñar códigos que la literatura actual no reconoce y que de existir, expanderían lo que el arte trata. Curiosa noción. Pareciera que nuestra no-definición de literatura es capaz de crecer. ¿Es mejor un arte que incluya o que excluya?

Lanzo un argumento que tal vez valga explorar: No pensemos en estar fuera o dentro de la literatura, sino en el estado transitorio, en la frontera, la periferia. Dicha ensoñación revelará también, de algún modo, otro conocimiento válido.

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