Tag Archives: lector

El hombre lápiz

31 May

La literatura tiene muy poco a nada de utilitario, y esto ha llevado al fracaso a muchas corrientes de pensadores bastante sensatos que se decidieron a abordarla. Una muy típica y bien discutida es la de los escritorespolitizados,itinerantes o simplemente partisanos. Pocos escritos con fines sociales así de inmediatos han logrado alcanzar un grado de reconocimiento.

Ahora el reconocimiento no podría ser menos ambiguo porque aquellos que juzgan la literatura rara vez lo tienen muy claro. Su negocio es juzgar los textos, pero como toda agenda política, reciben críticas en las observaciones inmediatas y no en la medida de que su historia personal los cimenta. Los críticos corren el peligro de pasar demasiado tiempo labrando una fama y demasiado poco criticando, de volver la acción misma de la crítica un proceso utilitario en vez de uno autónomo.

Menciono el utilitarismo porque es parte de la farsa que confecciona la literatura, de su mito fundador. La idea de que hay más en un texto que la sola experiencia de un hombre (el lector), sino que puede tirarse de ella una trascendencia. Es un meollo religioso. La política también tira su justificación moral de alguna noción de valores trascendentes, es la existencia del hombre finalmente que transforma el utilitarismo en un sentido, en una justificación. Es como comprar libros porque están baratos, más que porque los vayamos a leer. Otro tipo de utilitarismo sería comprar libros porque vamos a leerlos, ya sea por una necesidad inmediata como la escuela o por una afición bien comprobada que estos nos remiten. La verdadera literatura no puede tener su causa o explicación en uno u otro de estos fenómenos mercantiles, ni es objeto de una manipulación externa que la valoriza (el precio del mercado), ni de una sistela que la coloque en lo inmediato. La literatura no es un ya, fortuito, no es una solución ni una respuesta a ninguna pregunta.

Helas, ¿por qué pintar una literatura tan inescrutable que no podamos relacionarla con la vida? El argumento de la literatura (por qué la literatura) no tiene sentido si se aleja del todo de nuestra existencia inmediata. No necesitamos prestarle un valor más allá de lo inmediato para tenerla. Pero en sí este es el asunto: no necesitamos los textos, hay gente que se pasa muy bien de la literatura por toda su vida y tienen vidas estéticas estimulantes por otras expresiones artísticas, por el viaje, el deporte o simplemente el diálogo interpersonal. El arte como función es el arte como defunción, al momento de materializarlo o de conceptualizarlo completamente se vuelve letra muerta.

El arte es un proceso productivo, pero es muy sencillo volverlo una forma estéril. La literatura estimula el pensamiento y la reflexión, pero también nos ayuda a descubrir que demasiado pensamiento o reflexión deshumaniza la existencia. Sirve para todo y su contrario, característica de las cosas que simplemente son y uno se empeña en sojuzgar.  ¿Para qué queremos un arte útil? ¿Necesitamos hallar poemas impresos en nuestra vajilla? Claramente tememos perderlo. Y aquí marco la diferencia entre la naturaleza abstracta y semitrascendente que le prestamos al arte y aquella del utilitario: si nos primamos el fin en vez de los medios nunca encontraremos casualmente al arte. Puede ser un medio para muchas cosas pero siempre será una pirueta innecesaria. La necesidad única que tiene es la de la manifestación de la pirueta, que sisentela, y eso es todo. La existencia banal de todos los días no puede pedir prestado el arte pues de todas maneras lo desvirtúa. No hay arte cotidiano, ni siquiera para el artista. Por esto los “escritores profesionales” son una paradoja extraña, existen en un sitio donde no se puede estar realmente, sostenible tan solo porque el trabajo también es una paradoja en sí misma para las sociedades occidentales, y tiene su dósis de innecesario y falso.

En los tiempos de crisis el arte se revitaliza, se reinventa. Este es un ciclo recurrente que los historiosos confirmarán. La crisis es un evento donde la acción pierde su estado productivo, donde reivindica nada y hace muestras de impotencia. Se confunde esto con cierta poesía que pinta a sus autores como dioses finalmente incapaces de nada cambiar. Es una acción del incapaz, como una erupción de un mundo donde no se puede permanecer quieto en el mismo lugar, a fuerza de intentarlo. En tiempos de crisis, cuando todos quieren salvarse pero no hay forma, el arte recupera su estatura trascendente, también lo hacen así la religión y la felicidad. Cosa extraña, es también cuando la acción convencional peca de inútil y las convenciones de inhumanas. ¿El arte y la felicidad no serían pues parásitos de nuestro mal?

Séptimo mandamiento

27 Ene

Leyendo por ahí me topé con un comentario sobre la artesanía del cuento, uno sobre economía literaria, uno que admitiría el estilista. Sencillo concepto: no describir objetos sin importancia, no insistir en la limpieza de la mesa, que seguirá limpia la próxima vez que se lea, como acumulando palabras y perdiendo el tiempo del lector. Yo soy un gran repetidor, también es un vicio de estilista. De algún modo he llegado hasta donde estamos sin publicar por completo el decálogo de Quiroga, así que atraigo uno de sus argumentos para referir al asunto:

“Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trataste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.”

Wow, yo tenía ganas de perder el tiempo con una frase muy sencilla pero aparentemente Quiroga escribió una guía para kamizazes cuentistas o estaba hablando solo. ¿Seguir con mi plan original o desarmar la misteriosa maraña que Quiroga ha armado?

Naturalmente, seguir a Quiroga.

Lo raro de esta frase no es tanto la interpretación sino la caricatural manera en que las frases introducen elementos nuevos. Empezamos hablando de personajes y decimos apenas después “su camino trazado” ¿no? Luego no te distraigas “viendo tú” -se entiende el escritor- y luego invade el poder ver de ellos los personajes. Parece que una dicotomía personaje/escritor trabajará nuestro reglamento. Luego “no abuses del lector”, eh, está bien ¿no? Lector y escritor no son conceptos realmente tan lejanos como el lenguaje convencional nos podría hacer pensar. “Un cuento es una nov-” ¿estamos entrando de lleno en la definición de géneros literarios? Creí que trabajábamos una dificultad estilística mínima y ahora me hallo con un desbordamiento secuencial de nuevos conceptos, de complejidad creciente, para algo que además yo no relacionaría de entrada al primer concepto evocado “personaje”. ¿Esta construcción es de veras extraña o la escalada se halla en mi mente? En fin, no importa, nuestras posibilidades inmediatas exigen elección:

1) o Quiroga tiene tal dominio de la forma corta que está presumiendo y estratificando el pensamiento con su estilo

2) o Quiroga está lanzando ideas a lo loco y en evidencia no nos es posible ponernos a leer su mente

Va sin decir que trataremos el problema suponiendo que Quiroga sabe de lo que habla… Por comodidad. La frase final ilustra acaso su voluntad, contaremos con su palabra como dogma excepto que no; tratamos pues con la ficción.

Los elementos narrativos de la frase juegan parte del asunto “lleva a tus personajes de la mano” y sobre todo “no te distraigas”. Es interesante pedir que uno no se distraiga cuando uno juega a citar la estructura de la novela por puro goce. La idea de llevar a los personajes de la mano no es discordante, Quiroga los admite en caracter fundador del cuento y argumenta que uno debe trabajar a su nivel, no escapar de ellos. En eso la mención de la novela puede obtener cierto sentido, en que en ella la exploración de los personajes suele darse en extensión. Más mémorables son los personajes en la novela que en el cuento. Quiroga en realidad no parece favorecer a la novela, la diferencia entre géneros le parece tan accesoria como la distancia entre personaje/escritor. Escribir “tu cuento será novela sin ripios” no resuelve el asunto de cómo escribir una novela.

Tal vez el caracter personal de Quiroga le exija el vocabulario visual empleado. Insiste en que el atributo del escritor es la vista, él puede ver más allá del personaje, él es quien debe discernir la verdad -me gustaría pensar que Quiroga usa la palabra ligada con su vocablo “ver”-. Toda esta construcción es de apariencia, el cuento no es una novela, debe asimilarse a esta. No estamos con el personaje, nos ponemos a su nivel. El cuentista trabaja la economía del texto, y sería una traición describir este trabajo desde un punto de vista objetivo, como decir “rasura los elementos superfluos” que es probablemente lo que yo, como atrofiado de la teoría literaria, diría. El asunto es guardar en todo momento la ilusión. “Aunque no lo sea”, ese es précisamente su punto. No es un énfasis que persigue el estilo biblico, la necesidad de una ilusión proporcionada a la mentira se incluye en el raro texto de Quiroga.

Los elementos diversos que se introducen en la frase tal vez buscan sugerir al lector que no debe caer en la ilusión y al mismo tiempo evidenciar que en la variedad se encuentra el dote de un cuentista verdadero. Las cosas “pueden aparecer porque sí”, la práctica aquí lo sugiere. El texto se me vuelve entonces, un poco más inaccesible mas lo compensa por el sugerido rigor. Incluso en el análisis literario, volcarse a la ilusión nos garantiza un resultado más feliz que el machacaje de términos que académicos con más tiempo libre podrían emplear. Que los guarde Dios con salud.

 

Fácilito

8 Sep

Parece que tengo problemas para empatizar con los que gustan del libro fácil. Esto, de algún modo, es un problema horrible, pues hace de mí un elitista literario implícito. Suficiente es saber que mi escritura es enredada.

Frente a un problema de este tipo, donde se tiene a las personas por distintas a uno, por incomprensibles, vale la pena retroceder unos pasos y cuestionarse. Sé bien que la literatura a título personal no es de gran importancia. Descreo de autores, eruditos o academias simplemente porque exacerban una individualidad artística que apenas cabe mencionar. Espero y deseo que el lector de al lado tenga una experiencia distinta a la mía, y en caso de que sea posible que goce más. A veces, cuando siento que leer ya no es un gozo, recuerdo la fortuna que otros tienen.

Se me tachará tal vez de inconsistente o hipócrita, por intuir en mi persona un menoscabo tan flagrante. Mas sabemos que justificarse siempre, buscar la palabra exacta y la autoridad moral, es pura retórica. Creo que mi testimonio debe ser cuestionable, porque pretenderlo universal me haría no menos inconsistente ni menos hipócrita. Voy a cometer errores a perjuicio de otros, desgraciadamente así suele ser, pero en su momento espero por lo menos reconocer mi falla.

No me preocupa pues, que tachen mi práctica de traidora a mi ideal, francamente, no creo tampoco que los ideales sean zona de respeto inamovible. Como con los años he de cambiar, hay buena oportunidad de que el sentimiento viceral de menosprecio que se me crea al hablar de la complejidad literaria desaparezca, o que llegue el día en que yo mismo pierda la paciencia ante las experimentaciones y me vuelva un ebrio de lo clásico.

Lo que me inquieta es la empatía. Tener empatía es probablemente lo más importante que hay. Al menos en el contexto de nuestra sociedad, el que entiende la compasión, hacia él o hacia los otros, está un paso adelante de sus congéneres. Es sobrehumano. Entre los menoscabos del lenguaje está su ausencia, que es en cierto modo, algo que cae directo en nuestro tema. La crítica literaria no encontrará su principal figura en el que se contenta en criticar la complejidad y sancionarla, sino que aceptará a quien la diseque y logre hacer de ella un objeto más sensible. El discurso de cierto modo, se degenera en una abstracción de sí mismo, y se vuelve más propio a los oradores/escribanos, que al hombre más común. Porque ser un hombre común, o sea, no ser un ahogado en los detalles de las letras, es casi completamente mejor. El arte pertenece a la gente, en un grado que es inevitable. Lo oscuro llega siempre a su olvido.

Si uno no tiene empatía, le quita el lugar a aquellos que no pueden integrarse al profesional discurso. No quiero decir el discurso de un profesional, quiero decir un discurso que se imprime en su propia discursividad, uno redundante en ese sentido. Los que no hablen como críticos parecieran callar, pese a ser siempre parte fundamental de los que cuentan. Si no los puedo entender, estoy tan atascado en el lenguaje como cualquier otro, no alcanzo a resentir su posición como algo indecible, o mejor dicho, algo indeseadecible.

Mi dilema se centra en que la lectura “fácil” o sencillamente “no compleja”, se me figura como una predisposición por parte del lector, cosa que es difícil de aceptar para mí. En mi tiempo personal, el lector deseado es aquel que llega a un texto listo para todo, como si el género no existiese, tan dispuesto a construir -si no más-, que el autor mismo. Estar predispuesto se me figura como una traba directa a este propósito, un error a priori.

La conclusión, que a usted le debe resultar igual de evidente, es que me equivoco. Por medio de esta glorificación de lo que pienso que es un lector ideal, estoy ignorando una característica fundamental de lo que es un lector preciso. No por su tiempo histórico y sus géneros -pues esos son inevitables-, sino por la incomprensión de esta facilidad. Cuando hablamos de los dos pintores griegos, uno imitaba la naturaleza, y ambos buscaban ser muy discretos. La complejidad puede ser infinitamente invisible, puede constituirse de tal forma que esperarla es parte de lo que permite su profundidad.

E incluso ahora, creo que el punto se me ha escapado. Lo aprenderé, tal vez, cuando el tiempo me permita una reflexión más profunda, o que intercambie opiniones con otra persona física. Acaso usted lo sabe ya, y puede permitirse darme esa información.

Estadísticos descubrimientos

25 Abr

El arte no es una competencia, aunque a causa de la legitimidad parezca tal.

Y es que la actitud indiferente de los lectores que se jactan de no leer libros malos, no se inclina al florecer de todo libro que es impreso. Y es que la voluntad creadora de cada autor, no quiere ser regida por los canónes de su tiempo. No obstante, pareciera que al discutir si un autor es “mejor” que otro, cometieramos al mismo tiempo una blasfemia, y un juicio necesario para ver el arte con un dejo de valía.

El mundo de lo estético es un terreno amplio. Creo que la ilusión de que a uno “le queda mucho por leer” no puede ser sino una vanidad creada en parte, por las reglas del canon vigente. En realidad la mayor parte del tiempo nos falta todo por leer. De hecho ya haber leído algo, es victoria suficiente.

Y es que leer, ser espectador, ser receptor, es una actividad artística que requiere criterios estéticos acaso más fundamentales que las del puro creador. La creatividad productora rige mientras la vida del autor continúa, mientras que las lecturas se continuarán, si se es agraciado, mucho tiempo después de este evento. Aunque en realidad, la lectura es un verdadero añadido al mito de una obra, se nos ha vuelto -en el mundo individualista donde las obras compartidas son la excepción y no la regla- la manera fundamental de trabajar junto a un autor.

La legitimidad problematiza la literatura pues arriesga la permanencia de cualquier texto, cualquier poner al alcance un discurso y por limitación implícita, su exposición a nuevas lecturas. Vale romperse la cabeza un poco en estos discursos de legitimidad, una vez más, por internet. Nuestra época es la primera en generar una sobresaturación de información, reduciendo en cierto grado la importancia de la novedad. Y es que hay tanta novedad, que el ser original apenas se vuelve perceptible, pues tiene limitada influencia.

Tal vez nos encontramos frente a un problema que es más bien, espejismo. Pues aunque perdure la sobre saturación de información, nuestro conocimiento y tacto en cierta medida recrea el dilema que existía cuando nuestro problema era la penuría de datos. Para estar al día de las novedades literarias, los sistemas en realidad no han cambiado. La comunicación se magnifica, pero las lecturas se pierden en la masa. Incluso entre los lectores más dedicados, rara vez se efectúan grandes descubrimientos -problemas de legitimidad- y rara vez se tiene a la mano la información de esas obras desconocidas -problema de penuría-. Hemos cambiado nuestra manera de comunicar, aunque en lo que al arte concierne, nuestra capacidad de leer no haya aumentado un décimo.

Pensemos en el periodismo que también se ha desartículado en parte frente a los medios tecnológicos recientes. La mayor parte de las grandes firmas de comunicación, obtienen su conocimiento de las mismas premisas, y a partir de estas hacen algún ajuste en sensibilidad para cierta franja lectora. Mientras tanto, el periodismo de investigación, el clásico, no ha ganado sino algún consuelo en la velocidad de documentación en línea, que no siempre es confiable. El trabajo de buscar la primera información sigue siendo tan penoso como siempre ha sido. Para revolucionar verdaderamente nuestros sistemas de comunicación, culturales, o sociales, o científicos, debe poder existir un mejor fundamento a la base, esto quiere decir, un acceso superior a la información primera desde aquel que trabaja con el objeto “desconocido”. Si uno considera el panorama actúal, la mejora vigente es la tecnología portatil.

¿Qué cambia exactamente con el uso de tweeter o facebook? De entrada, nuestra herramienta de difusión “no depende” de una infraestructura importante, la velocidad de publicación es envidiable y gracias al soporte humano requerido para filtrar la información, la censura resulta más o menos tardía. Claro, Facebook puede censurarte, pero carece de los medios necesarios para efectuar dicha censura instantáneamente. No obstante, al hablar de velocidad, uno encara la realidad que nos imposibilita a digerir la primera información, organizarla, comunicarla efectivamente y ligarla con sus respectivos antecedentes. Hasta cierto grado las computadoras pueden ayudar en este respecto, pero hacen poco al discutir sobre elementos verdaderamente nuevos. Un programa suficientemente inteligente, puede surfear un archivo para publicar noticas recientes sobre Bolaño, no puede hallar nada si hablamos de un perfecto desconocido.

La capacidad material de subir información a internet se ha incrementado drásticamente, en todos los ámbitos, y la cultura se favorece bastante de estos medios. Muchos sitios promueven cantidad de contenido propuesto y capturado por los usuarios, mas persiste el problema de que no se tienen ojos para verificar todos los hallazgos, y que estos ojos a veces buscan tan solo elementos superficiales (cosas censurables, suprimir). Nosotros necesitamos lo contrario, necesitamos una vigilia que promueva la información propuesta por los medios “ilegítimos” y cuya función sea promover, reproducir y valorizar. Es un trabajo que por definición no lo puede hacer uno solo, se necesita un compromiso de una comunidad entera para seguirlo.

No puedo evitar pensar en el sistema de vigilia por internet puesto en funcionamiento en Inglaterra. Ya saben, aquel donde se paga a los ciudadanos por vigilar cierta cámara de video al día para denunciar activamente los crímenes que dichas imágenes captan, incrementando la “seguridad”. Seguimos proponiendo sistemas comunitarios que avalan y multiplican la censura, aunque se escuden en preservar la ley. ¿No deberíamos ya tener comunidades del género que impulsen la libertad?

Presumo que no ganarían tanta plata.

Siento que a mis observaciones…

26 Mar

Siento que a mis observaciones de ayer rodeando el asunto referente a la falta de humildad del lector, pueden añadirse algunas precisiones.

La mejor manera de abordar el tema es una advertencia preventiva: Muchas palabras y conceptos que empleamos comunmente están cargados de conotaciones positivas y negativas, debido a su función social. La arrogancia y la humildad, además de quererse opuestos, se evalúan “buenos” o “malos”. Es contradictorio y engañoso tratar de sacar un concepto fuera de sus consideraciones sociales, pero un mínimo de voluntad de no categorizar dichas actitudes con prejuicios existentes, permitirá que la discusión tenga un mayor efecto. Evitaré todo intento de lanzar definiciones que solo siembran malentendidos y confusión, nos remitiremos al conocimiento convencional.

Discutí anteriormente que cualquier conocimiento literario permite una oportunidad de compartir con los demás opiniones controversiales. Pensemos que existe y es válida la sana controversia, ciertas instituciones como el periodismo y la política podrían -teóricamente- emplearla bien. He justificado la controversia clamando que la convención es arbitraria. Creo que la estética puede justificarse y no es falsa. Creo también que es abundante.

Argumenté que exigimos de cualquier “crítico literario”, un mínimo de credibilidad para lanzar sus gustos. Esta es un arma que actualmente ahoga y doblega a la crítica. La legitimidad es precisamente lo que sesga los clásicos de las obras, que en calidad y sentido, son igual de buenas o mejores. La literatura pierde más años legitimándose que produciéndose. Es evidente que la calidad de la reflexión es más importante que la fuente que la produce, excepto en el caso de la simple convención. Existen dos críticos arquetípicos que fallan en discutir suficiente las obras que existen: La academia y el escritor.

La justificación de un escritor para legitimar sus opiniones es evidente aunque cuestionable. Un literato puede ser un teórico absurdo e inconsistente, pero siempre esgrimir el argumento de que la calidad de su obra respalda su cuestionamiento. El artesano de la palabra suele ser un crítico creativo y entregado, su teoría se persigue en las propias obras, salvo en asombrosas inconsistencias -a veces estas dicen más del autor que su discurso mismo-. Pero por definición este tipo de crítico se la pasa más bien produciendo obras que ha su vez deben ser leídas, lo que es su función más pertinente y principal. Si la crítica depende solo de los escritores, la producción literaria “primaria” queda un poco defraudada. Luego están las academias.

Contrario al caso del individuo literato, la licencia de la academia procede de una tradición histórica y en cierto grado de una ortodoxia. Es por fuerza menos ligera y menos genial: el discurso académico responde muchas veces a voluntades científicas y de documentación que no son siempre sorteadas logradamente. Por supuesto, construída por grupos heterogéneos que no pocas veces compiten entre sí, nada garantiza la calidad sostenida de una academia. Dejemos de lado los tristes intereses monetarios y agendas políticas que representan; las academias rara vez dirigen la crítica con la libertad y sencillez que un taller literario lo hace. Una ventaja genuina de estos grupos seudo-intelectuales es la búsqueda de continuidad con pensamientos anteriores, y de cierta manera, forman una comunidad que pocas veces los escritores solitarios logran. Esta última característica nos interesa en el contexto principal que hemos discutido: La comunicación masiva hoy al alcance de muchos.

Un grupo extenso de lectores, educado y sincero casi por principio -no se gana nada mintiendo por internet-, es muy buen germen de discusión. Más que otros admiradores del arte, el adepto a la lectura suele ser una persona de cultura, respetuosa y abierta a lo nuevo. Hay sus excepciones, pero la lectura suele desarrollar un “yo” pasivo, que se presta a la escucha sensible. Sufre este tercer tipo de crítico, de una inútil humildad. Sin objeto o grupo que de por válido su ejemplo, rara vez propone controversias en la esfera pública, ni realmente objeta contra los juicios a veces brutales que los otros se permiten. No nos sirve esa humildad, la arrogancia da más frutos.

A un escritor, uno de veras no le exige la humildad. Nuestra comunicación con él, siendo ante todo textual, sale fuera de la mayoría de las convenciones sociales que existen. No esperamos leer un “buenos días lector”, antes de cada texto a leer. Una generalidad así, fuese la que fuese, no merecería existir. El lector que comparte su opinión, pasa a ser a su vez literato, y no puede gastar economías en simples convenciones. Porque será leído por lectores, que a su vez son verdaderas personas abiertas a juzgar un texto por su calidad, no por las vestiduras rasgadas en el proceso. Son la mejor audiencia cautiva, los buenos lectores. Eso nos legitimiza.

Por supuesto que todo vicio puede defenderse retóricamente, cualquier error justificarse. El objeto está, más bien, en si uno es grosero y arrogante sencillamente por serlo, o lo brutal viene de alguna honestidad. Quién es humilde, pese a que internet presta anonimidad, va por buen camino en ser sincero. Piense solo usted, que el paso consecuente del respeto, es creer en el respeto que recibiremos. Yo no le pediría que mienta, para eso, ya tenemos profesionales.

Tardío a la vista

21 Mar

No voy a negarles que me gustan las posiciones ambiguas y contradictorias, presiento en ellas una riqueza que la ortodoxia suele rechazar, y las veo como algo más cercano a la realidad. Si abordo esta evidencia, es porque hace algunas entradas dije que la literatura es hermosa cuando se discute, y con un ritmo diario, paradójicamente yo no he hablado prácticamente nada de ella. Poco he abordado de libros y autores.

Predecible sería una defensa que menospreciara cualquier libro o cualquier autor. Ya también hemos explícitado que ambos se doblegan ante las lecturas y sus trasfondos; casi arbitrarios, son solo una lectura más. Mas debemos admitir que los títulos y los autores son una lengua franca en el panorama literario de hoy, es más claro -y más preciso- decir Cien años de soledad que “alguna obra de realismo mágico”. Además parece ser que ese libro fue escrito por una sola persona.

Lo que sucede en realidad es que soy un lector tardío. Dicho estigma no parece próximo a abandonarme, y define por mucho mi posición ante la discusión literaria. Es muy probable que si ustedes nombraran un libro o autor, yo sea incapaz de dar opiniones precisas. Y no sería por la inmensidad de la literatura ni los ríos literarios que el último siglo se ha esforzado en lanzar sobre nosotros. Simplemente no he leído mucho para alguien con una afición tan marcada como la mía por las letras. No me jacto de las páginas que he leído.

Y aunque me transformé desde mis comienzos en un lector voráz, entendí años más tarde que leía incorrectamente para llegar al fin de escribir. Propongo una falaciosa analogía: Un escritor lee como escritor, no puede, por lo tanto, leer como lector. La falacia evidente es considerar a los lectores como entes pasivos, meros receptáculos de la lectura (como el no menos desatinado título que Cortazar les dio “lectores hembra”). La verdad es que un escritor debe leer como escritor, y escribir como lector. O algo así ¿no? Bueno, la verdad no depende de las palabras que usamos, pero entonces…

Entonces quedamos en que he leído poco y he leído mal. Esto ni siquiera es peyorativo, la mayoría de los lectores y no pocos escritores comparten esta situación conmigo. No es, en sí, la cantidad de lecturas que uno efectúa sino (válgame el uso de frases cliché), la calidad. La mejor manera de garantizar una lectura de calidad, es la relectura y se me ha vuelto un vicio sano desde que el argumento me convenció. Lo que solo ha hecho que siga sin haber leído muchos autores y literaturas.

En cierto espacio, o tiempo (si existe el tiempo), uno termina por admitir que la lectura debe solo perseguir nuestra voluntad precisa y no esforzarse en tapar hoyos. Hoyos que además no existen. No hay en la literatura 10 “clásicos” que si dejaran de existir, empobrecieran la lectura tanto que dejara de valer la pena. El número podría ser más grande, podrían ser 100.  La lista de lecturas “universales” no es, en realidad, un ejercicio de compartir con alguien las lecturas que hemos amado o disfrutado. Es exactamente lo que he hecho en este blog, evadir la discusión concreta y flotar en la discusión general. Y finalmente, eso también es un goce literario, porque cualquier discusión que trate de esencializar la literatura, es por fuerza, también, literatura.

El ejercicio de hacer listas es un placer culpable. Me divierte por ejemplo, listar libros que disfruté, sin mucho pensar en la trascendencia permanente de estos. Se me ocurren otras listas mas graciosas, digamos, una de diez libros que me gustaría no haber leído para poder disfrutar mejor otra lectura. “Si no hubiera leído Crimen y Castigo, hubiera disfrutado el Padre Goriot”, “si no hubiera leído H.G. Wells, ¡qué bueno sería Julio Verne!” “aunque no leyera José María Arguedas, Alcides Arguedas me seguiría pareciendo más bien soso”, etc. etc.

Que perdiera el afán de leer libros clásicos me dio luz verde para lanzarme a exploraciones inesperadas y placenteras. Leí Claude Simon, con su estilo intrincado plagado de ocurrencias y poesías, mas no habiendo precisado el deber de acabar su obra, reencontrarlo me es un gusto. No salto sobre un libro que obtengo. Aquí me espera un buen estante lleno de relecturas, libros nuevos sin leer que esperan su ritmo y su tiempo para sorprenderme, ¿tenía este? ¿en serio? y luego los presto, los recomiendo, los comparto y los olvido. Es bello el objeto del libro, a veces se me olvida alguno que debía devolver a la biblioteca. Y es que entre tanta meditación literaria, tanta lectura voráz e ignorancia, se me reveló algo inherente en mi naturaleza: Soy desordenado. Mi lectura se alimenta y disfruta el desorden, un mínimo de caos me tiene muy feliz.

Lo que he aprendido de la lectura no fue por leer muchos libros; fue porque entre tantos viajecitos, me encontré con el gusto que siempre he tenido y lo reconocí. Lo reconocí en los rostros de otros, como en los autores, como en las historias, como en usted. Como servirse de algún espejo.

Partido inutil

16 Mar

Cuando uno es joven por fuerza se encuentra con debates que han sido ya agotados de antemano. Tanto se ha dicho en estas sempiternas discusiones que nuestras voces y opiniones no resuenan con fuerza, dentro de sus vacíos en apariencia intemporales. Uno de estos temas es, por excelencia, la relación entre lo escrito y la realidad. No podría en cien entradas de este blog, agotar las cientos de falacias que rodean este debate. También aseguro y afirmo que el debate continúa hoy día, tomando nuevas formas que hacen eco a las antiguas. Por tomar alguno comenzaré a hablar del mito del autor. Según la tradición popular las historias no tienen autor, o mejor dicho no tienen uno solo. Los cuentos, que tal vez existen antes que nosotros, son redescubiertos con los aportes de diversos hombres de letras. La ficción del autor se cimenta con el mecenazgo y las campañas de los nobles por combatir la pobreza y el aburrimiento. Ser un escritor no era un estatus profesional, sino un pasatiempo, la libertad de retomar y deformar mitos existentes seguía siendo prácticamente total, pero la versión definitiva, pertenecía contradictoriamente al autor. Después de estos inicios la idea de un texto y un autor se nos ha vuelto indisociable. Por la acción del furioso realismo, se quiso tener a un texto y a un autor por verdaderos objetos en el mundo. Balzac era un gordo, la Comedie Humaine un montón de letras y hojas. La ficción por otro lado, quería que el autor y el texto, ellos mismos no fueran sido ideas: Balzac es todas las operaciones creativas y experiencias que dan como resultado la Comedie Humaine, la Comedie Humaine es todas las lecturas posibles que se pueden atribuir en algún grado semi-sensato, al texto. Pero bueno, la división radical entre real y ficticio ha sido más una voluntad moral o sicológica que una herramienta para el gusto y entendimiento generalizado de los libros. Que me gustan mucho. Usted se dirá que las visiones ficticias de Balzac y la Comedie Humaine se escuchan como argumentos mucho más pertinentes y disuasivos que sus contrapartes realistas. El problema es que son ficciones, son engaños lógicos que uno concibe para facilitar una idea difícil de describir. Nosotros inventamos esos conceptos para tratar de buscarlos en la realidad, pero no existen.  Una ficción no existente, como de costumbre, es más hermosa que la realidad. La diferenciación es un método concreto del cual el hombre saca una utilidad. Dividimos una mesa de su entorno para poder evitarla, moverla o reproducirla abstractamente. Diferenciamos la realidad de la ficción por razones evidentes e igualmente prácticas, Madame Bovary y Don Quijote son abstracciones de esa practicidad. Pero como hemos ilustrado, no siempre hay utilidad en estas divisiones; poner la realidad y la ficción en lados diferentes de la literatura, no cumple ningún fin, de hecho, trunca nuestra comprehensión. La diferencia entre ficción y realidad, sea cierta o falsa, no reproduce sino un debate estéril. No voy a alegar si tengo razón en este juicio porque no importa la razón que pueda yo tener. No obstante creo que al menos les debo un vago ejemplo -me remito sin embargo, a decir que no aclarará gran cosa-. Tuvimos a los formalistas, tipos que decían que había que ver al texto -las manchitas impresas- en vez de tratar de ver otras cosas -por ejemplo, su autor-. Con el desarrollo de la sicología y una buena dósis de culto a la personalidad, se comenzó a considerar que si el texto es como es, se debe indisociablemente a que un tipo lo escribió. Un tipo que nació en cierto tiempo, de cierta manera. Si Cervantes no hubiera escrito el Quijote, otro texto similar hubiera sido escrito por alguien más en aquel momento histórico. No importaría tanto pues la persona del autor, sino el momento de la escritura -un momento mítico, pregnante, de coordenadas historicistas-. Luego la sociedad mercantil empezó a postular un nuevo dilema: La audiencia. No es que Balzac escribiera porque se le rascaba un huevo, escribía a alguien. Y cuando se pone la pregunta abiertamente, siempre que se escribe hay un lector -aunque el lector sea el propio autor-, y es inescapable. Este lector es receptor único de la lectura, mientras que puede haber más de un escritor, más de un productor. (Por el lector ser único, quiere comunicar lo que ha leído). Nadie escribe solo por comunicar, hay un lector implícito en cualquier texto. Incluso para la escritura más depurada el lector es inescapable. Y el lector no está ni en Balzac, ni en las letras solas, ni en la función autor, ni es tan volador como un conjunto matemático de decodificaciones que se puedan hacer a un texto. El lector siempre es usted. Habrá notado que de mi lado, usted puede ser cualquiera o nadie. Así de futil es a veces la discusión de la crítica literaria. A usted -el único real en esta discusión- le toca decidir si mi persona, como autor, es más bien como el ficticio o como el real. Yo espero que usted concuerde conmigo, en que no importa gran cosa. Y es que toda esta discusión no importa gran cosa. ¿Para qué escribir cosas que no importan?

A %d blogueros les gusta esto: