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El conflicto no es malo

11 Jun

Esta semana salgo a Paris para una acción administrativa, si algún lector curioso se halla por ahí en estas fechas, puede mandarme un mensaje mañana para poder vernos y discutir ¿no? ¿Qué tiene de malo? Pero si ustedes son de los distraídos y se dicen algo como “pero usted de todos modos apenas postea en este blog”… Pues, supongo que es ahora que pierdo la sutilidad y les explico qué está pasando ultimamente.

Recordemos uno de los problemas del artificio: la inteligibilidad. Podemos doblar los códigos de lectura pero luego se rompen, la secuencia, el lenguaje, los neologismos… El lector necesita ponerse al día con estas nuevas reglas que acaso suceden al momento mismo que leen. ¿Nunca han llegado a un texto y sentido que algo les falta? Bueno, eso es lo que busco aquí, en parte. Y que no les moleste, que sean mis lectores, los de sangre fría, que llegan a un texto no esperando nada y esperándolo todo. Si ustedes son así, y prestan atención al detalle habrán notado una reciente adición a la presentación de la página.

(Dejo que en este momento la busquen)

Cortazar empieza Rayuela con una propuesta, con el “manual de uso” del libro. La entrada que están leyendo también es una suerte de manual de uso. Explicaré el por qué y el cómo, de lo que hace que el concepto que empleo funcione y al mismo tiempo falle miserablemente, y que sencillamente vuelven el acceso a este blog practicamente imposible.

Como dirían mis amigos de la facultad, I’m a jerk.

Entonces, les recuerdo que hace unas entradas dije que empezaría a borrar mi blog, porque el sistema que busco tiene que ver con la temporalidad y la caducidad del discurso escrito. Esto lo descubrí buscando en Yahoo -en una época pre-Google-, cuando buscando determinado poema o frase, llegaba a una página que el triste servidor de Geocities había evacuado. Entendemos que conforme los servidores se vuelven progresivamente más baratos se vuelve menos fastidioso mantenerlos funcionando. Pero la verdad es que todos desaparecerán, lo que se escribe en internet no se queda, tiene fecha de caducidad escrita. Esta lección la expandí hacia mi blog, aceptando que su final estaba escrito en su principio aunque la voluntad de WordPress fuera conservarlo. Mi paso poco sutil y a veces exagerado fue sencillamente borrar.

Por supuesto, borrar por borrar es una práctica extraña, no una cuya estética pueda interesarnos. Opté entonces por el reemplazo, en escribir sobre viejas entradas. ¿Elegante? ¿triste? Ni idea, a ustedes de juzgar. Supongo que el efecto es sencillamente desafiar un poco el sistema cronístico que de todas maneras nos parece evidente al usar internet, que el pasado ha permanecido y no puede cambiar activamente. Y si acepto que usted puede llegar a mi blog sin leer las entradas en orden, espero también que pueda por accidente describir una novedad que para usted no tenga nada de nuevo. Una construcción temporal del todo extraña.

Esta es la primera de las Eras de este blog, las que pueden seguir de manera más o menos fiel, en la categoría de “Era”. Hallarán ahí los que han leído todo el archivo, sus respectivas novedades, como una segunda línea de nuevas entradas que se van añadiendo a esas que ya se consideran nuevas y aparecen en la página de entrada. Puedo considerarlos por este medio advertidos: Las Eras cambian la manera en que este blog debe leerse. Tenemos una sola Era -por lo pronto-.

No se enfurezca si el juego le parece ridículo, recuerde que también Arguedas expresó su disgusto a la entrada de Cortázar. Considero que este blog es innecesario, y por lo tanto puede e incluso debe transformarse. Luego añado una página para que futuros lectores tengan la oportunidad de verificarla y entiendan como leer esta era, tan solo para que el movimiento no sea alienante para los recién llegados. No espero que haya un orden en este blog: ni índice, ni instrucciones. Ya he planeado esto también en otras medidas que luego comentaré, cosas que digo y ya presupongo sin que crea que requieran explicación. Porque el tiempo, aquí, no existe.

Espero que la nueva convención les convenga.

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Rulfo llano

6 Ene

Si mi confesor me dijese que debo rezar seis padres nuestros, y durante esta penitencia me inspiro en la oración para escribir el texto más genial de todos los tiempos, esto no hará que el padre nuestro sea un excelente texto literario. Tampoco implica que sea un texto deplorable, pero mi ejemplo solo señala la insensatez de cierta recrudecencia entre la genealogía literaria que busca establecer poderosos precursores para justificar una literatura más joven que ha crecido admirándolo. Todo para decir que la obra de Juan Rulfo está destinada al seguro olvido, salvo por sus legiones obstinadas que la exhumen como un objeto de estudio academicista.

Podemos tal vez culpar al duro paso de la historia. Imagino que el adolecente mexicano, más versado en el manga, la ropa de marca y los celulares, no responde ni puede identificarse a la realidad escrita por este autor. Probablemente ni siquiera sepan lo que las palabras páramo o llano significan. Y mis desertores arguyirán que esta penosa ausencia de cultura es una decadencia y no implica de modo alguno que la obra de Rulfo adolezca. Ahora, incluso en la época de Rulfo la sociedad era iletrada y la ausencia de cultura moneda de intercambio, pero otro tipo de distancia se ha establecido. Pocos pueden nombrar diez pueblos de menos de 2000 habitantes -sin que sea una cartografía imaginariad de puros nombres-, y que sería más fácil hallar en muchos casos, el nombre de diez actrices pornográficas. Este argumento que nos puede parecer pobre, mas marca ya una distancia real entre la supuesta inmortalidad del prócer y las lecturas que se harán sobre él.

Igualmente podríamos interrogarnos sobre las presuntas cualidades que enviarían a Rulfo a la permanencia de ser un clásico. Una significativa es que la generación del Boom lo ha evocado como una de sus inspiraciones sin jamás implicar una dependencia completa en su obra, y alejándose de sus conceptos y estilos con toda libertad. Ha sido un modelo que han evitado como una plaga, acaso porque a ellos tampoco lograron inspirarse en él del todo. Incluso el mexicano citadino no puede leer el Llano en Llamas sin transportarse a otro sitio por un arte fantástica, le es ajeno y extraño, más que las tragedias de apartamento y los cuentos folclóricos cocidos que novelistas posteriores publicaron. Y esta identificación poco importaría si no se tratase de una obra fundamentalmente vivida. Rulfo no es de ninguna manera un prosista mediocre, pero los hay muchos iguales o mejores con quienes el tiempo ha sido menos piadoso. El gesto es político. Otros escritores latinoamericanos de la marginalidad ya han sufrido el desengaño de los tiempos después de haber sido aplaudidos en Europa, Asturias y Arguedas fueron devaluados hasta lo fundamental, y gracias a ello recobraron la dimensión original que sus obras -imperfectas como son- alcanzan por mérito propio. Para justipreciar a Rulfo se requiere que su obra caiga de gracia de una manera total y deje de pretenderse que es bastión de los prosistas que han de producirse en el siglo actual. Esto no es así, tanto es evidente.

Pensando esta entrada me interrogué sobre quién podría haber denunciado ya la fantasmagoría sobre Rulfo entre los escritores actuales. De inmediato supuse (haga el ejercicio usted mismo y su conclusión probablemente sea la mía) que Cesar Aira sería de dicha opinion. Dicho y hecho: Aira no titubea en juzgar a Rulfo de mediocre. No desarrolla más este argumento, argumentando que es una opinión personal, mas probablemente tenga que ver más con una lucidez de su parte, de saber que justificar un ataque es injustificable y que al final del día el autor debe ensalsar a otros autores y abstenerse de derribarlos. En fin, nada nos impide usarlo como material de reflexión.

Algunos méritos que favorecen la permanencia de Rulfo: su obra es de formato corto y los lectores modernos son impacientes. Para su desgracia el estilo innecesariamente oscuro de Pedro Páramo, así como la impopularidad genérica de las antologías de cuentos trabajan en su contra. Como material histórico-pedagógico este libro continuará una larga serie de lecturas obligadas, pues la genealogía quiere que no haya espacio sin su respectivo autor, y a Rulfo se le tiene por una época. El texto no suscitará las relecturas necesarias que hacen la devoción de esos libros considerados verdaderamente clásicos, sino que será visto como un mero trámite, acaso porque la fama de gran autor continuará buen tiempo después de que la obra haya perdido su importancia -acaso ya está perdida-.

En fin, podría ser peor. Rulfo podría haber escrito siete libros más y terminar por ahogarse con la misma recrudecencia en el olvido, sin el favor piadoso que tienen los devotos lectores por las obras fugaces y apantallantes. En el contexto, un libro más o menos válido no está mal.

Diccionario judío

19 Oct

Nada menos que en una revista literaria, me encontré con la reciente publicación de un diccionario enciclopédico del judaísmo, con una reseña indicando sus incógnitas -¿cuándo se es judío?-, sus personalidades y sus controversias. El artículo, más o menos promocional, me pareció curioso, y por lo mismo lo hallé estimulante para el pensamiento -hacer algo con la curiosidad aparte de tenerla-. Me interrogué sobre la necesidad de dicha publicación, y tras unos minutos de reflexión la encontré sencillamente brillante. Y luego pensé en wikipedia.

Imagino que a estas alturas todo el mundo tiene suficiente pensamiento crítico para cuestionar el funcionamiento y la práctica que se han desencadenado con la enciclopedia de internet, en este caso echar fuego a la controversia no se me figura importante, mas he de admitir que los puntos son válidos. Se teme, por ejemplo, la homogeneización de las fuentes de información, particularmente la inválida reflexión de que el conocimiento es uno, y que la wikipedia representa una visión válida de algo –aunque fuese la cultura dicha, occidental-. Nosotros sabemos que cada cultura es excepción y por lo tanto las reglas puestas por wikipedia ni nos van ni nos vienen.

Una enciclopedia propone porypor definición una visión consolidada del catálogo de objetos que contiene. Se requiere un mínimo de legitimidad, de fuentes, de conocimiento dicho histórico. Ninguna enciclopedia, por lo mismo, busca ser exhaustiva; el saber probado y reprobado es de una suerte que escapa siempre al discurso y en cierto momento, lo legítimo deja de tener no solo validez sino sentido. El enciclopedista por extrapolación es una suerte de Adan moderno, que trata de reencontrarle nombres a las cosas que ya son, y por esos nombres contener la cosa misma en un fenómeno seudo-mágico. La enciclopedia es una suerte de posesión y de dominio, su discurso, cuando no riguroso porypor definición, tiene siempre tintes de poder.

La tecnología de esta enciclopedia/diccionario del judaísmo, no es ni nueva ni tampoco profundamente artística, pero con la vacuidad que sufre la información de hoy día por el fenómeno de internet, acaso su relevancia se ha incrementado por ende. Un dato cualquiera es nada en el abismo que es internet, su sentido está comprometido con su fuente y su lugar de enunciación. Con la cuestión del anonimato uno no sabe, simplemente, de dónde vienen las cosas, incluso este blog pudiera ser una sucesión de plagios, si no lo abordase con un género que expusiera por su gratuidad y abundancia, una continuidad evidente. Las enciclopedias clásicas, eran para bien o para mal, tarea de individuos bien definidos anclados para bien o para mal, en un modelo discursivo bien limitado. Nuestra obra judía no hace sino incrementar aún cuan particular es el contenido, cuan irreparablemente límitado es con respecto al tsunami de información que la actualidad nos presenta. Y ya lo decía Gide, de lo particular a lo general, solo dentro de un cuadro debidamente limitado, la información misma recobra su gravedad y su sentido. Solo en contexto el azar importa.

Todo ejercicio de poder tiene su lado arbitrario, así también las enciclopedias, la pretensión de universalidad solo las vuelve objetos extraños y nebulosos que no sirven bien a los proyectos inventivos. Borges regresa asiduamente a su Enciclopedia Britannica no buscando simplemente méritos y referencias, sino menoscabos y anécdotas. La enciclopedia -sugiere Borges-, es a la manera de la teología, una excelente fuente de ficción; un género del todo depurado por su seriedad y su temática, que no son menos arbitrarias que el tipo de discurso que emplean. Habría que producir enciclopedias marginales, pues solo aquellas reconocen y reproducen los objetos con la misma voluntad recreadora que lo hace la literatura. Admitiblemente, podrían perder parte de su absurda ficcionalidad, pero su capacidad referencial y contextual las volvería ejercicios interesantísimos del punto de vista estético y sensible.

Imagine por ejemplo que todas mis definiciones -o ausencia de estas- se aglomeraran en una suerte de enciclopedia del presente blog, llamémosle índice si uno requiere tales precisiones. Esto ya sería una ficción enorme, desde que partiría del principio de la contradicción, y podría ser una lectura entretenida. La búsqueda de totalidad o la retórica del embrollo que sufren las literaturas secundarias del estilo son encantadoras, como ya hemos notado -los ejemplos pueden verse en 2666 o en Rayuela. Vislumbre en esta práctica una válidez literaria de la enciclopedia y el diccionario, que acaso es la única que le queda a cualquier ejemplar de este género, hoy que la información no vale el bit donde se guarda.

El arte, si se quiere, está en las pequeñas controversias que el mediador trata de evitar, y que en nosotros son reconocidas como prueba del caos humano que representa la visión del mundo. No lo achaco a la pura subjetividad, sino a la voluntad primaria que tenemos de hacer de los discursos algo más increíble que las cosas que los producen. Existen también valores que exaltan la imaginación de tal objeto, como la fatiga y el error. La belleza del hombre mismo detrás de la palabra, que es finalmente, la belleza de la palabra.

Del recurso al error

16 Sep

A veces voy leyendo un libro con la sorpresa constante de ver cuan malo puede llegar a ser. No sé si esto se discuta mucho en la literatura, pero los libros fallidos son muchísimos y descubren a cada paso maneras nuevas de ser tan malos. Esto suele volverlos, de cierto modo, divertidos.

Entre los aciertos remarcables de Rayuela (presumo que hay por lo menos dos), se encuentra su sentido del humor, y lo recuerdo precisamente ahora, por los catálogos que son dictados entre los “extras” que se cuentan en los fragmentos del libro. Incidentalmente hace poco, en otra obra monumental que es en español, me encontré otro relato sobre el libro nefasto que incluía el origen de algún pueblo andino. Las circunstancias muestran, con ayuda de los narradores, que más que tratarse de malos libros, estos textos contienen en sí mismos un delirio, una aberrante contradicción interna que solo puede resultar ridícula para cualquiera que dislumbre en ellas algún texto serio. Se juega con la espectativa, algo que es de la vida y del arte -tal vez de alguno antes que del otro-, pero el humor mismo es la mirada.

Un argumento muy esgrimido por los literatos amateur es aquello de que el arte es subjetivo. Por un montón de razones, deploro dicha constatación, menos por su vigencia que por su razonamiento. Diciendo que algo es subjetivo, se puede justificar más o menos cualquier cosa, valdría decir “el arte es subjetivo y por ello no habemos nunca de hablar de ello” o igualmente -dicho por el mismo tipo quince minutos después- “el arte es subjetivo, por eso debemos hablarlo”. El punto es que sobre los libros malos uno puede sentido inclinado a hacerse el estúpido y decir que no hay libros ni buenos ni malos, que todo es relativo porque -repitan conmigo- el arte es subjetivo. Eso es ser un babas, se esté equivocado o no.

Hoy yo voy a ser ese babas.

Como el arte es subjetivo, decir bueno o malo, no es decir mucho. Stendhal y Michaux son buenos y no se parecen. Para decir que, del mismo modo que existen diferentes calidades y cantidades de ciertas buenas literaturas, podemos reconocer en las malas, variedades autónomas y vivientes de error. Una de nuestras discusiones fundamentales es el error, creo que porque puede ser voluntario. Lo que solo muestra precisamente cuan extraño puede ser errar si se le puede tener por algo que se disfruta y algo voluntario, si ambas cosas llegan a conjugarse ¿dónde está el error?

En fin, ese no es precisamente nuestro interés, por lo pronto nos basta con saber que decir simplemente bueno o malo no es un valor descriptivo. Lo que en mi opinión no quiere decir que las cosas no sean buenas, ni sean malas, esta observación precisamente no es descriptiva porque se encuentra en la etapa sensorial de la experiencia: es más fácil decir “no me gusta” que explicar el por qué. Pero precisamente, saber que lo malo no debe ser reducido simplemente a su circunstancial fracaso ha logrado que se vuelva para más de una escritor, una fuente de inspiración genuina. No se trata de evitar el error sino más bien de corregirlo, un éxito y un fracaso pueden ser simplemente circunstanciales.

Los principios literarios que podríamos llamar básicos -que hemos aclarado como siete u ocho sin fatigarnos en nombrarlos-, funcionan como los principios morales: respetables en la generalidad pero engañosos en lo concreto. La experiencia lo confirma: Los errores típicos e intrincados son alimento para la literatura y esta se enriquece de ellos. Una lectura puede posicionarse estratégicamente para hacer algo bueno de el error. Por contrariante que pueda parecer.

No sería arduo imaginar la tarea contraria: hacer de todo éxito literario, de toda genialidad estilística y de cualquier belleza, una tarea de un azar indiferente que al destartalarse pruebe ser mundana. Shakespeare puede ser simplemente un compendio de tramas y predestinaciones en rima, pues el hecho de que la versificación y el desarrollo temático sea una fuerza en Shakespeare, implica de inmediato sus menoscabos. Todo escritor es primordialmente exitoso en la medida que rodea o mejor dicho que corrige sus achaques. Solo que un error también puede ser un éxito ¿no? Y sin embargo las cosas son buenas.

Mi reflexión no busca ilustrar simplemente lo parcial que la idea del bien y del mal, así como el error, pueden ser cuando uno los toma como medida; creo que es necesario señalar el recurso al error como una verdadera estrategia literaria, y no solo eso, sino además como un punto de producción de nuevas lecturas.

Un error que se repite no es necesariamente un error. Lo mismo vale para el éxito.

El olvido está vacío de…

1 May

Del mismo modo en que se releva cuan inevitable es el comienzo de cualquier libro, podemos intuir la fatalidad de su final. La simplicidad del razonamiento es necesaria para poder hacer el paso siguiente que concierne al avance de la literatura: Cómo destruir un final.

Uno de los primeros trucos a los que un cuentista se remite es la desarticulación cronológica de los eventos tratados, el recurso más evidente, por ser también cotidiano es el del recuerdo. Los artefactos creados por el hombre buscaban inicialmente extender sus cualidades físicas, vemos pues como el telescopio extiende la vista y la palanca aumenta la fuerza, el libro inicialmente es una extensión de la memoria. Hay bastante que decir sobre el caracter terminado y de “pasado” que presupone la escritura de un libro, mas no nos inclinaremos esta ocasión por desdoblar aquello y tendremos en mente el simple hecho de que el pasado tiene un lugar de privilegio en el libro. Por ende el futuro también.

Digo también por ende, pues si el objeto narrado se encuentra en el pasado, y se está actualizando en nuestra época -que parece ser por fuerza, posterior al momento de la narración o la escritura-, entonces siempre hay una relación congruente con el futuro. Cuando un narrador interpela al lector, se remite a un momento “casi presente”, y no es extrañe que se busque incluso hablar de un futuro que tampoco ha alcanzado -ni alcanzará- el lector. (Mucha ciencia ficción ha sembrado raíces en este tiempo ficticio)

Se entiende pues que los paseos hacia el pasado y al futuro son recursos literarios bastante usuales, que solo lograron por su caracter “temporal” agrietar el molde de lo que conocemos como el final de la narración. Ya nos resulta redundante decir que el final cronológico de una historia no necesariamente coincide con el de un libro, mas es importante saber como llegamos aquí. Ya establecimos una distancia entre objeto que cuenta -libro- y objeto contado -la narración-, lo que permite desde este breve experimento, desartícular la férrea relación entre libro e historia. Y es que nada nos fuerza a que la construcción del libro coincida con el tiempo de narración.

Pese a su aparente indiferencia al tema que estamos tratando, un valor fundamental del por qué la coincidencia de libro y narración es abundante, es la economía de escritura. Podemos construir un desorden o un orden diferente, pero si el lector salta sin preparación a nuestro propósito puede fracasar su comprensión. Entonces tenemos la opción de perder el tiempo explicando nuestra(s) estrategia(s) de progresión, y por lo tanto, sacrificando cantidad de elegancia. Otra crítica sencilla que se puede hacer al propósito de un libro independiente de la narración, es que no tiene sentido en sí mismo. En realidad la narración fragmentada si posee un impacto que le es bastante característico y hoy en día se le considera válida, pero esta forma de pensar no exime al libro independiente de alguna crítica.

Tradicionalmente el libro propone dos entradas posibles, por cada uno de sus forros, siguiendo el orden de lectura que como hemos explicado ya antes, es obligatorio y convencional. Si existe tanta tragedia en cuanto a la limitación de los principios y los finales es que se trata de uno de los objetos inseparables de la literatura, es una de sus reales limitaciones. Voy a tratar un par de ejemplos con un libro de cuentos, porque siendo un formato tan clásico, problematiza el asunto que queremos abordar.

Un libro de cuentos tiene varios principios y finales -en general, uno por cada relato tratado-, se entiende por convención que los cuentos son entidades separadas -o más o menos separadas-, y que el orden en que se leen es indistinto. En este sentido, es curioso confirmar que el lector promedio suele abordar los cuentos en el órden que el libro los presenta, haya o no voluntad de orden en ese sentido por parte de editores o escritores. A veces el orden existe y es arbitrario -puede ser, por autor o por año de publicación-, lo que tampoco disuade al lector promedio de leer en “desorden”. El simple hecho de leer en desorden hace que un libro de cuentos sea un libro independiente de su propia narración, pues permite varios fines -nunca simultáneos-.

Se me ocurre un experimento malicioso: Colocar en el libro de cuentos uno que durante su desarrollo, devele las sorpresas que cada cuento del libro depara. Entonces, el orden arbitrario de lectura, cambiaría realmente la manera de percibir la narración para evitar encontrarse con el libro “llave”. El defecto del razonamiento es evidente, la convención del libro de cuentos no es la lectura al azar o en “desorden” -no es práctica para reconocer qué se ha leído o no-, lo que forzaría a un buen cuerpo de lectores, amañados por una sola manera de agarrar sus libros, a siempre efectuar el mismo desvelante truco. Corrompemos luego la economía, como hizo Cortázar al abrir Rayuela: Teniendo que explicarle al lector que puede leer como siempre ha podido leer, y nunca lo ha hecho.

No me gusta la adolescencia

22 Abr

Porque en serio ¿de qué adolece? O sea, ya de por sí la idea de una etapa intermedia bien definida entre la edad adulta y la infancia es una novedad indeseable y rastrera, pero además estamos tratando con una palabra peyorativa desde el origen. Mis masoquistas, ¿cuándo adolecer se considera algo bueno? Según entiendo, sugerir que uno va a ser un adolescente por diez años -o piadoseamente morir-, me parece una grosería no muy sutil.

Tal vez es una analogía política. Vamos a referirnos a un grupo de seudo-ciudadanos que sufrirán prejuicios laborales y serán vistos como inferiores intelectuales por años a venir. Aunque en ese caso los obreros deberían llamarse también adolescentes. Mi opinion personal es que si por lo menos adolescente tuviera el sentido de “trabajador” estaríamos en la analogía directa y la palabra amortiguaría su miseria. No obstante, aún sin pensar en el desatino del concepto, también la palabra misma es una merma.

Adolescencia. Como adosar, pegar algo encima de otra cosa, como una sugerencia tardía en una carpeta, una olvido, algo de segunda mano.  No tiene la levedad de “dolencia”, sino que en esencia, se nos estira grosera. Tiene una s seguida de una c como si el tipografo no se hubiera decidido a poner una sola letra y hubiera rellenado. Sce paresce a las haches de Cortáar, pero sin chiste -algo de adolescente tenía Cortázar ¿no?-. La persona que la tiene se reduce a un adolorido, pues sea varón o hembra lo hacemos simplemente adolescente. Que nos valga la distancia infinita entre sexos esos años ¿no? Francamente, esta idea de la carne que duele se me figura una intervención dental, a lo mejor por la salida de las vestigiales -y también desatinadamente nombradas- muelas del juicio. No por desviarnos del triste tema, pero no veo cómo esos dientes remiten al juicio, porque parece ser que la edad esta, se define por el dolor. El adolescente parece que desciende, que es less, que está ausente. Que es pues, tan solo gente.

Mas corta es la pubertad, y atinadamente por recorrer solo hasta la parte púbica del organismo. Es la libertad del púbis, o por lo menos, del pelo que a este corresponde. La edad en que se abre la puerta del pub. Al puberto se le salen los ojos del pubis, quiere anclarse en algún puerto. Lo voyeurista le llega así que el puber va a poder ver. La pubescencia es básicamente con lo que se forman los pub, nos recuerda tal vez al pus, y francamente no es bella palabra, parece que obligamos a pub y a escencia a pegarse contra su voluntad -perdimos la libertad que nos daba pubertad-. Otros vocablos, como núbil, nos recuerdan que el gesto no es vil, o que generamos bilis nueva, o que como las nubes vamos a cambiar de forma y parecernos a las fantasías de la gente. La nubilidad sería la habilidad de nublarse pensando en otra cosa. No se confunda con la vileza ni la novedad, el tipo ya estuvo con nosotros unos buenos diez años.

Luego está la mocedad y ser un mozo. Contrario al adolescente, el mozo se parece al gozo, y jugando con esta edad de amores quiere encontrar una her que lo encuentre hermoso, y la chica reconocerse toda su femineidad y volverse hermosa. Ha ganado efectivamente, mas edad. La dulzura como da ceda, la generosidad de aquel “dad”, hallo a esta palabra más bien buena. Ayuda también que las mocedades -gracias música-, se puedan hacer objetos de “cosas juveniles”, mientras que las adolescencias son muchos auch, las nubilidades parecen catálogo y las pubertades, son peludas. Para colmo de dicha, si uno se porta bien, el buen mozo es guapo.

Otra opción se nos presenta en juventud. Sin duda venturosa, jubilosa y llena de rectitud. El joven es jovial, dice ven a la risa, con ese sonidito gutural del cambio de voz. No es tan feliz juvenil, que nos dice que de jubilo nil, y parece como redil de chicos, o una invitación de que vengas menos agraciada. Malo que insista en que el joven y la joven sean iguales, quieren mezclarse pero no se parecen. El jovencito invita a salir a la jovencita.

El inglés, que a veces posee inspiraciones en geniales onomatopeyas y monosílabos estrictos, procede con la nada inspirada palabra compuesta teenager. Supongo que cualquier truco funciona para evitar adolescent, que el francés al menos disimula con jeunes que suena vagamente a juego y se asemeja -aunque ya de lejos-, a jaune, amarillo que nos recuerda a pollo. En efecto, las lenguas no tratan con cariño a esta edad compuesta que parece haber sido inventada literalmente para adolecer, triste destino.

Recomiendo pues, mantenerse alejado lo más posible de este penoso término despectivo y que se incline por el trato con mozos y se hable de juventud, no tanto de dolores internos y juiciosas muelas.

Particularidad bananera

31 Mar

Al invocar el kiwi en mi entrada anterior, es legítimo interrogarse igualmente por la banana. Amarilla, suave, dulce y un poco fálica ¿no? Viene en encantadores racimos que se nos figuran como la abundancia. El árbol bananero y la república bananera invaden nuestro imaginario. ¿No hemos entonces truncado posibilidades tomando en concreto al kiwi?

Pero ya dijimos que cualquier inicio, por estar escrito, ya limita y dirije la espectativa de un texto. Todo escrito es una concesión a lo particular, pues el universo no se construye a fuerza de palabras (ya decía Chesterton, hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal pero el hombrecree,  que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y chillidos.). El texto debe servirse de una lupa de aumento para interceptar cualquier pensamiento mayor, si quiere un amplio efecto: Es la sensibilidad del lector y la vida del hombre. Así se discute el universo.

No obstante, la lucha entre lo particular y lo universal no puede reducirse a simples principios inevitables. Como el alma humana presenta conflictos distintos, por fuerza hay que aproximarlos de formas distintas. Un texto es un genuino ataque a la sensibilidad, buscando el méximo efecto, el cuál pasará muchas veces por extrañas sutilezas.

Se me ocurre hacer una referencia a Gide y su propósito de “llegar a lo universal aprofundizando en lo particular”. Se trata de una estrategia de batalla, un método que puede oponerse a muchos otros, pero que es credo de sinúmero de escritores realistas que pueden sentirse implicados. Y es que hay algo de amplio y encompasador en la experiencia particular, pues remite a experiencias concretas y vividas (discutiblemente lo universal ejerce una seducción menos total). Pero lo profundo debe tratarse de algún modo, la regla transparente debe responder a una lectura concreta. Hablemos pues de un truco en lo particular.

El viaje heterotópico es un proceso más sencillo de lo que suena. Consiste en dar un nombre nuevo u omitir dicho nombre, para referir a un sitio (sea una región, una ciudad o un país), que sinembargo resulta fácilmente reconocible a los ojos del lector. Tomemos Macondo, que es un ejemplo célebre. Este sitio ficticio refiere a todos los pueblos latinoaméricanos que siguen el proceso idéntico, de invasión gringa, guerra civil y dictadura. Tomando un nombre ficticio uno lo vuelve múltiple, cuando usando algo concreto pensaría en la crónica histórica (que exista o no un pueblo Macondo, no altera el efecto genérico impuesto por García Marquez pues no hay correspondencias mayores que remitan a un solo pueblo, a un real Macondo). Particularizando abordamos un campo mayor.

El proceso contrario puede buscar el mismo motivo de manera en apariencia legítima. Se me ocurre que dar muchos nombres a un solo sitio es una manera de hacerlo universal. Me parece que esta estrategia es de cierta forma abordada por Cortazar en 62 Modelo para armar, donde se desborran las barreras espaciales de las ciudades en ellas mismas, y al citar un discurso sobre la ciudad, son estas y son todas, y los nombres refieren a la misma ciudad (aunque el pasaje no se sienta cósmico). La dificultad salta a la luz: Se debe comunicar esta idea al lector con elegancia y eficacia, presenta un bloqueo en la comprensión que nos remite a la economía lingüistica. Se requiere una explicación para transgredir la sencilla idea de que varios lugares son un lugar. Hallo dulce que el lector reproduzca con la particularización de un nombre ficticio, un proceso inverso a lo particular. La lente de la experiencia es prodigiosa. Experimental y complicado como suena, este propósito brilla por su belleza, pero fracasaría en el sentido económico.

Merecerá alguna discusión futura la economía lingüistica, pues en la literatura actual es poco menos que insaldable. En palabras simples se trata de buscar la mayor expresión con la mínima cantidad de palabras. Nuestro ejemplo ya citado es perfecto para esclarecer el propósito: Una palabra (Macondo) comunica lo que muchas palabras (Paris, Londres, Buenos Aires). Cuando Shlovski formula que el extrañamiento es el proceso fundante del arte, su competencia con la economía salta a la luz entre las primeras objeciones. Se admite que ambas direcciones, aún logrando ideas similares, producen sensaciones radicalmente distintas (sin llegar a ser contrarias); esta diferencia de evocación nos permite concebirlas sin confrontación. En realidad, aunque se opusieran fundamentalmente, la literatura es suficientemente rica para contener elementos opuestos. Pensemos en dos principios fundamentales: Economía y extrañamiento.
No se elige metódicamente ni uno ni otro, bajo la premisa de que no puede existir una sola forma de escribir o leer. Es válido particularizar, como la banana o el kiwi, Paris o Macondo. Un método es todos los métodos, pues o todos son válidos, o no lo son. Ya de por sí es triste el propósito universal de los trazos y los gruñidos para además sumar rígidas reglas de escritura. Hacer reglas y romperlas es algo propio del lenguaje, porque es nuestro.

Si uno se interesa un mínimo…

28 Mar

Si uno se interesa un mínimo en el lenguaje, encontrará casi inmediatamente la prominencia de los animales como palabras. Cacatúa, cotorro, perico, guacamaya. Encontramos exóticos y variados vocablos que remiten a apenas una minúscula rama de la taxonomía zoológica, que sin duda recuerdan varias culturas y lenguajes. Tome usted un nombre de animal cualesquiera. Este nombre ya es un referente a una raza de animales, pero a su vez existe una denominación científica latinizada que refiere al mismo objeto. Ahora recuerde hechos como que labrador es ambos una profesión y una raza de perros, encontrará tal vez con sorpresa que razas como los cánidos tienen aún más palabras para designar sus pequeñas variedades.

Esta abundancia no tiene la gratuitidad de los arcaísmos que los diccionarios académicos acumulan, bien señalados por Cortazar como una suerte de cementerio. Las palabras que se vínculan con los seres vivientes tienen mucho más impacto y ocupan realmente un lugar en el acervo imaginario del lenguaje mismo. Un ejemplo excelente es cómo Plinio nos legó el mito de que la avestruz esconde su cabeza en la tierra, por medio de una metáfora. Ya que mencioné a Cortazar, aprovecho para recordar que en Rayuela se utiliza una ambigüedad entre un apellído (Ovejero) y la raza canina homónima, bajo la forma explicada el párrafo anterior.

Pienso en un animal de inmensa belleza como es el loro. Los hombres no podían sino ver en él un valioso objeto, como una flor o una piedra preciosa. ¿No es de por sí increíble la capacidad de volar? No podía sino adjudicarse reconocimiento a la sensibilidad que lo asemejara a un espíritu selvático.  Esta belleza de los loros probablemente existe para ellos, que se requieran y se añoren unos a otros, un regalo y un don como es a veces nuestra inteligencia. Curioso como es el mundo, ser bellos les granjeó persecución y caza por nuestros ancestros, cuando no para apoderarse de su plumaje, para privarlos de la libertad. Se preguntaría uno que clase de ventaja evolutiva sería al fin, la belleza.

Una cosa que también puede mistificar es la capacidad de imitación de esta interesante raza. Historias de terror y verdaderos encantos seguro fueron propiciados por la voz de estas aves. Un hombre en el bosque escuchando voces es un terror sencillo de encontrar. ¿Cómo se habrá sentido aquel que capturara a un loro sin conocer este don, para luego escucharlo hablar? Un sobresalto genuino en el espíritu. Uno se llega verdaderamente a interrogar, dentro de uno mismo, cuando se ve reflejado en otros animales. Otra fantasía es concebible: El loro, ignorante de su acción, imita las palabras de un familiar difunto recientemente, y repite sus lecciones o su voluntad como una voz de ultratumba. No es raro que la reflexión en estas aves suene a juegos y es que cuando niños les prestabamos mucho más valor al encanto que saben ejercer en nosotros.

El loro es megafauna, o sea, su estrategia para sobrevivir era reproducirse lentamente y vivir muchos años. Algunas razas viven cerca de 60. Esta misma competencia los ha vuelto animales de compañía, y los ha excluído de cualquier ganadería que con ellos se ha buscado aparte del tráfico. Hay preguntas genuinas que nos podemos hacer sobre que representa ser un animal para nuestro mundo hoy en día, para el mundo de los hombres, intermundialistas, capitalistas y citadinos. En el mundo paradisíaco que nos ofrece la riqueza y el poder, ¿siquiera hay lugar para las bestias?

Yo por mi parte, sé que no puede haber paraíso sin loros. No los comeremos, y al domesticarlos o en un zoológico los privaremos penosamente de su libertad (al menos eso sienten a veces los muchachos sensibles). Pero aunque estos loros no muriesen, es verosímil que destruyamos su habitat natural, haciéndoles impropia la vida salvaje. Nuestro mundo literalmente les roba su forma de vida y su lugar, y sin proponerles nada.

Expliqué desde el inicio que mucha de nuestra relación con los animales se vive por el arte y la palabra. Una problemática literaria ante cualquier restitución que hagamos a los animales, es que en el idioma escrito solo podemos vernos a nosotros. Nadie en su juicio diría que Rayuela es una metáfora de la reproducción de los cánidos. Sí se diría, que un poema protagonizado por un tigre trataría de la libertad o la naturaleza, de abstracciones y no de verdaderos tigres. Una verdad agria es que nuestra lectura ha hecho de los animales de la literatura simples animales literarios. Simples ficciones. No discuto si se puede o no, usar la escritura para concientizar o mejorar la existencia animal, o nuestra relación con los congéneres inhumanos; yo discuto simplemente el lugar de la bestia en el lenguaje. ¿Qué gran loro nos ha legado la literatura? ¿Ser la típica mascota de un pirata? Sin duda sus muchos dones les merecen algo mejor.

El problema del humanismo parece ser que se puede elegir con toda levedad quién es humano y quién no. Viejos, niños y animales; háganse a un lado.

Acaso alguna poesía salvará a los loros del olvido, y la evolución habrá sido sabia en darles su providencial belleza.

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