Signos supensivos

28 Nov

Como hemos mencionado antes, el género es una expectativa. Por lo tanto -diríamos-, no puede ser original a fuerza de ser -en parte- una repetición. Todo esto es aproximativo. Cuando un género es desconocido, uno puede referirse a otro género que se sabe, que se ha experimentado. El cuento es una anécdota escrita, estilizada, ficcional; una novela es un largo cuento o una solución de cuentos -los cuentos siendo anécdotas ya son una combinación de micro-historias-. Las anécdotas son similares a la vida, y por extensión las fabricamos sin necesitar una referencia genérica rígida o intelectual “nos sale natural”. En cierto modo el género no es un génesis pero genera, porque la limitación y la variante son fundamentos de todo el arte, que tal vez otro día mencionemos más a fondo (si conviene).

Entonces pese a tratarse de una actividad que podría pensarse lectora (la espectativa) nos viene de tan antes de la conciencia, en un sitio previo a saber leer, que no podemos hacer gran cosa sino habituarnos a su a posteriori. Mucho podemos tratar de justificar nuestra incoherencia e ignorancia al ser primeros espectadores de todo, tener gustos malos o pobres es solo natural. Y esto en parte está bien porque la espectativa no es productora si la consideramos fuera del círculo de lo real, si no podemos aceptar -por decir- un texto malo de un género bueno, o un género que no sea tan bueno pero que disfrutemos. La alta literatura, aún si uno es ortodoxo y cree que la calidad es objetiva, no condena otras expresiones. Porque si las condenara no podría generarse a sí misma, pues no es la cima de la experiencia narrativa/lírica/analítica sino la consecuencia.

La escritura también se encuentra definida de un modo genérico con respecto a las demás expresiones -o para extendernos arbitrariamente, a las cosas, reales o imaginarias-. Aún cuando divida y condene -cuando digo “esto no es una novela”-, mi ejercicio está relacionando objetos. Por lo general tenemos la concepción de género -lo que se entiende de él- y el objeto real que siempre es distinto a él, pero a veces es tolerable la manera en que se relacionan. En gustos se rompen géneros. Pero los géneros siempre se rompen.

Decimos que la espectativa es una parte grande del juego del arte porque si bien lo forma, no lo condena ni lo eleva en su verdadera naturaleza artística. El curioso busca ser sorprendido por el arte, busca que su espectativa sea defraudada de una manera moderada, no quiere saber exactamente que va pasar, pero no quiere hallarse frente un objeto desconocido al que no pueda sojuzgar. Aproximarse a un objeto con la espectativa equivocada puede arruinar el placer que tiramos de él.

(Las relaciones interpersonales tal vez reflejan esta visión comunicativa inter-objetual mejor que el arte mismo, entiendo que el conocimiento popular arguye que no puede existir amistad entre hombre y mujeres explicando que la espectativa de una relación de caracter sentimental/sexual ahoga la posibilidad de una paridad verdadera*. Recordemos que socialmente se nos colocan determinados roles sociales y que en respuesta de estos “géneros humanos” adoptaremos una actitud determinadatendiente.)

Y esta es una de las siete u ocho fuerzas que un buen narrador puede usar para enriquecer su obra. Debe relacionarse con el género y jugar con la espectativa del lector. Los textos de suspenso funcionan precisamente bajo reglas que delimitan la manera en que se le permite al espectador aproximarse a la obra, su imaginación está receptiva a un cambio constante de régimen, a una tensión esperada. Los relatos, a fuerza de estar construídos de materia diversa, siempre contienen cierta arbitrariedad, siempre se crean de la nada y rompen lo que creemos. Un autor que tiene a su lector en una tensión constante no abandona este juego de transformaciones que deben por medio del limitar-y-variar atraer y distraer la lectura, a modo de prestar una experiencia absorbente.

*- Solo que si uno se coloca en el plano estrictamente igual ninguna amistad podría cumplirse, todas responderían a la inmensa confusión de transformar un desconocido en un propio, lo cual desafía las espectativas, o mejor dicho, prueban que activa o no, la espectativa no es una tarea de lectura que sucede a cada instante. No leemos cuando los objetos son insensibles, entonces suelen sorprendernos.

Tal vez menos técnico pero igualmente válido como recurso es el género que nos permite entablar un código con el espectador de manera que no se sienta defraudado por nuestros ataques arbitrarios a la forma canónica y que acepte voluntario los efectos que le proponemos. Para citar un ejemplo casual, la poesía se sostiene en términos de consesiones logradas entre un espectador convencido y un autor que lo arrastra lejos de la superficie. Por medio de este hundimiento, el lector llega a un punto de lasitud, o si se quiere insensibilidad, que contraria a la tensión buscada en el suspenso, se constituye para deslizarse por el objeto en cuestión buscando no un placer de género, sino uno singularizante. Lo que no hay que llamar erróneamente personalizado, que sería una extensión errada.

Seguimos el tema mañana.

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