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Debout

26 Mar

El ateísmo es un concepto radical. No tratamos pues, con la permisiva sensación de vacío frente a la muerte, la desesperanza o el filosófico deslate, sino una fuente intelectuar por la que fluye la convicción, una suerte de enunciaciones abstractas que tienen más sentido para un creyente que las palabras que las constituyen. Todo aparato de destrucción metódica pertenece a la categoría de lo iconoclasta, de reconocer una figura virtual como un objeto trascendente para proceder a destruirlo.

¿Podría haber ateísmo sin religión? Creo que sí, del mismo modo en que el budismo no requiere la religión Shinto para ser concebida, la noción ideológica detrás del verdadero ateísmo no es una simple negación de cualesquier y todas las divinidades, sino una problemática relación con el universo. No se es ateo ante ninguna divinidad, ni ante la sociedad, ni siquiera ante sí mismo, pero se abstrae un agente impersonal al que se le dedica un espacio en blanco de suma significación: es significativa la ausencia de dios, la revalorización de la consecuencia y las fuerzas naturales como motores del universo viviente y muerto. Se necesita el pensamiento y la razón para concebir el ateísmo, pues no se trata simplemente de un abandono o una ausencia, sino de una construcción formal de las ideas. Es y será siempre rádical, pues así sucede con la transformación de las ideas en hechos trágicos y reales.

Lo mismo puede decirse del pensamiento apolítico. No presupone la simple tibieza de los poco convencidos, o de la distracción, sino que propone una profunda hostilidad y un desacato de las leyes que la política propone. No consiste, como ya expliqué, de la simple desvalorización metódica de toda idea política -las ideologías radicales suelen tratar de falsas otras ideologías-, sino que integra un cuerpo formal de ideas consistentes y rebuscadas que pretenden explicar un funcionamiento social. Finalmente hay pocos hombres más interesados en la política que el apolítico, pues este se ha dado a la tarea de examinar y descartar todas las corrientes políticas para justificar el orden de sus ideas. En este sentido, no hay nadie más enamorado de su gobierno que un anarquista, no porque requiera del gobierno para existir, sino porque su proposición de superación de un ente gubernamental presupone el empleo de un gobierno preexistente. Pues, justifica y desarrolla la expande las ideas políticas, pero las posiciona en otra dirección. No es muy diferente a la destrucción del catolicismo por las primeras esferas protestantes, como en el caso del ateísmo parecemos entrar en un círculo que presupone la causa y consecuencia como elementos motores principales de la idea.

¿Quiénes son pues los verdaderos desertores de la política y la religión? ¿las legiones de abtensionistas y musulmanes no practicantes? ¿los políticos profesionales que cambian de partido como de calcetines? Diría primero que nada, los incapaces de hablar y de hacer política. He explicado antes que la periferia se encuentra en un estado privilegiado donde no solo se está privado del discurso, sino que se haya enfrente de la muy real circunstancia de que esa imposibilidad de hablar sea parte de su propia definición. Uno no aprende de los indígenas saqueando sus tumbas y metiendo momias en los museos, el gesto mismo ha destruído todo valor indígena que la tumba podía representar. Del mismo modo, no se invita o no se puede invitar a los niños a escribir cuentos y dictar lecciones en la universidad, pues tan solo al dar formato a la palabra de un niño para introducirlo al circuito universitario ya se ha despreciado la validez de su infancia y devaluado todo discurso suyo. Aquellos que no tienen política o religión, pueden entablar actos que podemos catalogar de rituales o de partisanos sin que esto tenga efecto en su comportamiento o en su forma de pensar. El obrero es un ejemplo magnífico. No se deja de ser un trabajador al momento de participar en una marcha, de discutir con un sidicalista o de dormir al lado de su mujer. No se deja de ser un obrero ni siquiera al ser despedido. Pero si uno integra el sindicato y se inclina por la palabra pública deja inmediatamente de ser obrero y se vuelve sindicalista. Porque por excelencia el trabajador sisintelea en la fábrica, es un ente cuya acción precede a cualquier instrumentalización y producción de discurso en su pos.

Como resulta evidente, se trata de la mayor parte del mundo. Podría catalogarse en la ignorancia de una masa de personas mudas y sin opinion, los tibios de este mundo. ¿No son también por fuerza los excluídos y menos comprendidos? ¿aquellos que la política y la religión -o si uno permite humanismos, los hombres– más debieran intentar salvar?

¿Sí? ¿no? Tiene razón, no.

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Rulfo llano

6 Ene

Si mi confesor me dijese que debo rezar seis padres nuestros, y durante esta penitencia me inspiro en la oración para escribir el texto más genial de todos los tiempos, esto no hará que el padre nuestro sea un excelente texto literario. Tampoco implica que sea un texto deplorable, pero mi ejemplo solo señala la insensatez de cierta recrudecencia entre la genealogía literaria que busca establecer poderosos precursores para justificar una literatura más joven que ha crecido admirándolo. Todo para decir que la obra de Juan Rulfo está destinada al seguro olvido, salvo por sus legiones obstinadas que la exhumen como un objeto de estudio academicista.

Podemos tal vez culpar al duro paso de la historia. Imagino que el adolecente mexicano, más versado en el manga, la ropa de marca y los celulares, no responde ni puede identificarse a la realidad escrita por este autor. Probablemente ni siquiera sepan lo que las palabras páramo o llano significan. Y mis desertores arguyirán que esta penosa ausencia de cultura es una decadencia y no implica de modo alguno que la obra de Rulfo adolezca. Ahora, incluso en la época de Rulfo la sociedad era iletrada y la ausencia de cultura moneda de intercambio, pero otro tipo de distancia se ha establecido. Pocos pueden nombrar diez pueblos de menos de 2000 habitantes -sin que sea una cartografía imaginariad de puros nombres-, y que sería más fácil hallar en muchos casos, el nombre de diez actrices pornográficas. Este argumento que nos puede parecer pobre, mas marca ya una distancia real entre la supuesta inmortalidad del prócer y las lecturas que se harán sobre él.

Igualmente podríamos interrogarnos sobre las presuntas cualidades que enviarían a Rulfo a la permanencia de ser un clásico. Una significativa es que la generación del Boom lo ha evocado como una de sus inspiraciones sin jamás implicar una dependencia completa en su obra, y alejándose de sus conceptos y estilos con toda libertad. Ha sido un modelo que han evitado como una plaga, acaso porque a ellos tampoco lograron inspirarse en él del todo. Incluso el mexicano citadino no puede leer el Llano en Llamas sin transportarse a otro sitio por un arte fantástica, le es ajeno y extraño, más que las tragedias de apartamento y los cuentos folclóricos cocidos que novelistas posteriores publicaron. Y esta identificación poco importaría si no se tratase de una obra fundamentalmente vivida. Rulfo no es de ninguna manera un prosista mediocre, pero los hay muchos iguales o mejores con quienes el tiempo ha sido menos piadoso. El gesto es político. Otros escritores latinoamericanos de la marginalidad ya han sufrido el desengaño de los tiempos después de haber sido aplaudidos en Europa, Asturias y Arguedas fueron devaluados hasta lo fundamental, y gracias a ello recobraron la dimensión original que sus obras -imperfectas como son- alcanzan por mérito propio. Para justipreciar a Rulfo se requiere que su obra caiga de gracia de una manera total y deje de pretenderse que es bastión de los prosistas que han de producirse en el siglo actual. Esto no es así, tanto es evidente.

Pensando esta entrada me interrogué sobre quién podría haber denunciado ya la fantasmagoría sobre Rulfo entre los escritores actuales. De inmediato supuse (haga el ejercicio usted mismo y su conclusión probablemente sea la mía) que Cesar Aira sería de dicha opinion. Dicho y hecho: Aira no titubea en juzgar a Rulfo de mediocre. No desarrolla más este argumento, argumentando que es una opinión personal, mas probablemente tenga que ver más con una lucidez de su parte, de saber que justificar un ataque es injustificable y que al final del día el autor debe ensalsar a otros autores y abstenerse de derribarlos. En fin, nada nos impide usarlo como material de reflexión.

Algunos méritos que favorecen la permanencia de Rulfo: su obra es de formato corto y los lectores modernos son impacientes. Para su desgracia el estilo innecesariamente oscuro de Pedro Páramo, así como la impopularidad genérica de las antologías de cuentos trabajan en su contra. Como material histórico-pedagógico este libro continuará una larga serie de lecturas obligadas, pues la genealogía quiere que no haya espacio sin su respectivo autor, y a Rulfo se le tiene por una época. El texto no suscitará las relecturas necesarias que hacen la devoción de esos libros considerados verdaderamente clásicos, sino que será visto como un mero trámite, acaso porque la fama de gran autor continuará buen tiempo después de que la obra haya perdido su importancia -acaso ya está perdida-.

En fin, podría ser peor. Rulfo podría haber escrito siete libros más y terminar por ahogarse con la misma recrudecencia en el olvido, sin el favor piadoso que tienen los devotos lectores por las obras fugaces y apantallantes. En el contexto, un libro más o menos válido no está mal.

Orejas cortadas

31 Dic

Decir que Makbara es un libro perfecto probablemente solo le granjearía enemigos. Contiene sin embargo esa aura de perfección que solo consiguen los libros multifacéticos y estímulantes, que nos disuaden de inmediato que son obras únicas. Acaso esta unicidad ya los aleja del concepto de perfección que muchos críticos tienen.

Makbara tiene una prosa minimalista y libre, llena de oralidad, contiene también una fuerte propulsión de imágenes que desmienten la noción de que la descripción es un arte muerto. El texto no escatima en amenizar su producto, sino que más bien se permite exagerar las visiones, las analogías y las líneas. No se busca por este medio simplemente inflar el texto o extender las escenas, sino precisamente, romper la unicidad temporal que las obras narrativas suelen prestar a la noción misma de escena, lograr por medio de la decoración. ¿Cómo puede tratarse pues de una decoración? Lo llamo así por no decir simplemente que estamos tratando de una prosa poética, pues en realidad hay tantas maneras de hacer prosas poéticas como de decir una misma frase. Goytisolo no está precisamente formando su prosa por medio de valores poéticos, uno diría casi que el sistema está invertido y que la imágen nace antes y la narración simplemente la confirma y la completa.

Se entenderá que al decir que el texto es minimalista no me refiero a su riqueza verbal, en realidad se trata de el uso de la puntuación, de la temporalidad reducida entre párrafos y de la falta de diálogos o marcas de diálogo. Esto es un gesto mucho menos experimental de lo que podría parecer, pues si hay algo revolucionario en la proposición de esta obra es más bien su contenido. La forma imita lo oral, pero también rompe las marcas visuales predictivas que se nos han vuelto la puntuación y la distribución en la página. Esto permite acentuar que no en pocas ocasiones el texto trata de llegarnos de la manera más directa posible y de forma rauda, por ejemplo lanzando frases de una sola palabra para cimentar dicho sentido. Economía. Precisamente es extraño pensar que un texto que se encuentra tanto en la reducción aprecie la enumeración, los adornos y los desvíos integrados en su contenido. El español, que se presta con fácilidad a las frases largas o cortas, admite bien esta extraña convivencia de sentido y forma, que termina por formar un estilo bastante peculiar. Esta unión sólida de obra y estilo también podría permitir jugar con una concepción de Makbara como obra perfecta.

Existe un tema que asimilaremos al extranjerismo y que nos permite concluir que la obra es mucho más que un simple ejercicio de estilo, que la rareza que confrontamos no es otra cosa que la misma extrañeza que el texto nos pone de frente: el encuentro de una sociedad que consume incluso el texto, frente a un discurso que calificaríamos rápidamente de arcaisante y tradicional, pero que igualmente se intuye revolucionario y lógico. La idea de periferia es brutal y a la vez incomprensible, se ilustra en sus múltiples dimensiones obsesivas, incluyendo la visión del turista, del académico y de los medios masivos. Si hay una falta posible en esta obra solo puede venir de abordar un tema tan gigante y universal por medio de herramientas que nos son -a los que hablamos español- culturalmente fundamentales: el humor, la imaginación. El mundo en Makbara podría concebirse como una pintura grotesca del mundo occidental frente a una imagen enigmática del extranjero africano, que no deja de tener algo de incomprensible frente a su familiaridad. Lo africano tiene una influencia innegable en España*, y este acercamiento no es sino la expresión de esa necesidad de comunicar algo que forma parte del mundo cotidiano, pero que se desgarra en el occidentalismo no pocas veces buscado, por ser socialmente aceptable. Aquí seguimos en los muchos aciertos del texto, lo cuestionable más bien, sería que la caricatura del occidental puede resultar zocarrona a veces, o ya agotada en otras -me recuerda también a los cuentos de Zepulveda por este tono popular de sátira que se mantiene en ambos casos-, logrando en parte la pérdida de la originalidad hipnótica que el texto logra por medio de su tono tan particular y atinado. No estoy diciendo tampoco que la pretensión de originalidad o que el borramiento del humor sean estrategias deseables para “arreglar” este texto, simplemente se me sugieren como los sitios donde el balance matemático que logra el autor resultan menos evidentes.

*- Lo africano tiene una influencia innegable, también, en Latinoamerica.

Todos estos aciertos no harán que el texto pase como magnífico a los ojos del lector cualquiera, ninguna cantidad de trabajo logra gustar a todos. Entiendo, no obstante, que es fácil reconocer las muchas virtudes de este texto y que sugiera, como lo ha hecho para mí, el interés futuro en la obra de Goytisolo,  que es sin duda uno de los maestros de la prosa en español.

Pasar inventando

27 Dic

Todas las literaturas son invenciones. Mas si la escritura no contuviera al menos una realidad no sería vista con tanta religiosa devoción por tantas personas toda la historia. La invención sucede -lo sabemos- en un mundo donde todo está inventado, o mejor dicho, uno donde las impresiones parecen siempre nuevas pese a sufrir de un agotamiento atemporal. Una literatura es legítima no por cómo es recordada sino olvidada. Por esto mismo, incluso antes de abordar la primer página la obra ya comienza a ejercer sobre nosotros su frágil hechizo, el que nos permite admitir en ella una verdad o descartarla de antemano y por completo. Si antes de la lectura esta disposición nos abandona o nos fatiga, la literatura es un artificio menos cierto. Mucho antes de que nos importe cómo fue escrita, la literatura latinoamericana ya actúa en nosotros.

Se debe, necesariamente, admitir que quiere decir algo. Ser latinoamericana, la literatura. Por ejemplo, para encontrar la literatura femenina encantadora necesitamos la convicción de que una mujer y un hombre escriben y existen como entidades diferentes, por lo tanto, la idea de abordar a una mujer que escribe como hombre, o uno que escribe como fémina, no deja de sentirse aberrante. Sin estas condiciones, la literatura femenina no podría tenerse por algo cierto, aunque incluso en los convencidos no deje de calificarse esta observación como una conjetura o una convicción.

Pues finalmente, ¿no hay tantas mujeres como maneras de escribir? ¿entenderemos que la literatura femenina es el punto común entre todo lo que ellas enuncian o la esencia debe superar esa torpe división? Parece que mientras más escapa a las imitaciones más amplia y más cierta se vuelve esta cualidad de ser una literatura genuina. La literatura latinoamericana comparte todas estas condiciones de legitimidad, con el fin de no ser simplemente el espectro dejado por la-literatura-que-no-es-latinoamericana.

Entonces la literatura en quechua, en inglés o por twitter no es menos latinoamericana. Aquella de los agresores y los dictadores no es tampoco distinta en esencia a la de los oprimidos y los santos. El fenómeno no puede suprimirse para contemplarlo en una agenda política con bandos claramente definidos, y por lo mismo, no puede simplemente responder a una necesidad geográfica de territorio. Lo que no quiere decir que el cuerpo no existe, simplemente la nación no se encuentra ahí. Doy un ejemplo: América no existía antes de la llegada de los españoles, pues nadie podía dar cuentas del continente en términos de una unidad. No por eso el territorio existía de manera menos real. Por lo mismo debe admitirse que la literatura regional es poderosamente latinoamericana, sin que remita a simples alcances nacionalistas. Tampoco la agenda historicista del autor puede tomarse en cuenta: el más fantástico y menos político de los autores puede ser más latinoamericano que el más aguerrido denunciador. Y no me parece tampoco que decir “más latinoamericano” lleve consigo un sinsentido.

Es bastante seguro que sin un idioma como en español, en el centro de nuestros textos, no pudiésemos clamar unidad alguna entre este mundo vario. Hay muchas literaturas latinoamericanas que no tocan ni de lejos el español, las lenguas indígenas, el inglés o el portugués pueden ser sus vehículos. Entiendo que esto las vuelve acaso más profundamente latinoamericanas pues tienen que ganarse a pulso algo que muchos damos por sentado. Y es que el idioma es un gran favor ante la espectativa de encontrarse. El idioma es un lugar, pero no es en sí mismo el sitio en el que nos regocijaremos, tan solo es un punto de entrada, como la lectura misma es un aspecto que permite abordar esta dimensión. Ser latinoamericano se puede presentar como una feliz -o triste- fatalidad, pero uno puede perderla muy voluntariamente. Se puede abandonar igualmente, el uso verdadero del idioma -muchos indígenas lo han logrado-. Físicamente podemos desplazarnos a sitios cuyos aspectos recónditos y poblaciones enigmáticas oculten la peculiaridad que cualquier herencia pueda tener. Pero cada una de esas operaciones puede llegar en la óptica inversa: latinoamericano uno puede volverse. Es cuestión de ensayo, de voluntad y sobre todo, de convicción.

¿Tiene la literatura latinoamericana la convicción de volverse tal o es víctima de un destino que le ha sido impuesto? No pienso que una sola de estas respuestas sea satisfactoria. Muchos elementos me parecen aún problemáticos: la juventud, los afro-descendientes, los árabes, la Colonia, los inmigrantes, la infinitamente rica cultura popular actual… ¿no son todas estas cosas que pertenecen en lo más profundo al dicho continente? Aquellos que velan por la continuidad de este lugar que es la literatura no pueden sino escribir con atención en ello, con los mejores términos.

Solo desde que se cree que esta literatura vasta -acaso infinita- merece un lugar, y debe prescidir al menos la lectura de nuestros textos, la historia de la literatura empieza a existir. En esa periferia, en esa diferencia.

Sobre la violencia

18 Sep

Hace rato que tengo entre los dientes ganas de hablar de la violencia. Cabe decir que no es por mi impopular opinion, ni ninguna serie de consecuencias que espere, que me he detenido, sino por una simple tibieza en las ganas, un natural titubeo. Entiendo que la violencia, pese a su brutalidad, es un tema bastante polémico y lleno de sutilezas. Vale aclarar el principio base de cualquier diálogo: cuando se tiene una opinión fija e inamovible del objeto no hay verdadero diálogo. Si usted cree saber todo de la violencia, se entiende que no estamos discutiendo.

Por lo mismo, para discutir la violencia se necesita estar abierto a ella, se necesita considerarla, lo que no está de moda. No quiero decir que usted sea necesariamente pacifista o un alma que no hiere una mosca, trato de sugerir que la sociedad ha tratado de desechar la violencia como si no se hallase ahí, cual si fuese improbable. Esto no es del todo cierto, mas mi advertencia se dirigía principalmente a esta consideración.

Si uno se niega a aceptar la violencia entonces no puede hablarla, esto puede resultar algo macabro. Empecé a considerar este tema la última vez que leí a Bolaño, quien no evita las heridas escabrosas. Para Bolaño la violencia es como el tremendo impacto entre dos autos, en la primera instancia -el hombre normal-, uno evita mirar el choque tan solo entiende que se va a producir. En el estupor somnoliento del instante, puede pasar que no se logre evitar esa imagen, y para quién no esta preparado, se vuelve indescriptible y fuente de nueva violencia interior. Luego tenemos toda una categoría de magistrados del dolor, cuya exigencia profesional es hallarse delante de los sucesos estrepitosos y mirarlos hasta su triste desenlace, pero cual si un torero, el magistrado se despega al último momento, como evitando de manera flexible las consecuencias de la violencia que enfrenta. Una manera de evitar tal suceso es la insensibilidad -la trataremos más adelante-. En Bolaño esta categoría suele ser reservada a figuras públicas como policías, periodistas y otros detectives. Luego están quienes presencian en impacto y encaran la violencia. Esto merece un apartado porque Bolaño hace cierto trabajo en la palabra para clarificar precisamente nuestro punto -la discusión de la violencia-.

Existe por un lado, el que engendra la violencia. Tal vez cuando pensamos en un choque entre dos autos se nos ocurre primeramente la idea de accidente, pero para mí el impacto es premeditado. El ejemplo no es baladí: la violencia que el atacante ejerce sobre su semejante de cierta manera se refleja en un daño a sí mismo, una cicatriz de la cual quizás no se salva. Bolaño admite el daño mutuo aunque no lo empuje la piedad, sabe que esta desgracia compartida va a fundamentar su visión del testigo. Quien sufre la violencia -llamarle víctima sería desatinado- va a hallarse para nosotros en un espacio de cesura para quien fabrica el discurso, en el meollo del problema está la desaparición de la violencia, por medio del borrar a quien la sufre. 2666 va a sugerir que el objeto de la violencia era tal incluso antes de que la violencia se ejerza, las personas precarias y las poblaciones periféricas que ya están alejadas de nuestro discurso social son personas privilegiadas de esta desaparición. Si mi comentario tiene algún tino, las macabras listas de la dictadura serían una manera privilegiada de optar por la desaparición de alguien que antes no era precario, encasillándolo en una categoría de perseguido y paria. Vale decir que Bolaño problematiza -en lo discutido- la violencia como construcción social, como método.

Luego alza la pregunta legítima sobre cómo contrarrestar el silencio impuesto por la sociedad respecto a la violencia. Evoca al artista como figura providencial que mira el terrible choque de principio a fin, y le da voz. Alguien, finalmente, debe dar suficiente continuidad al dolor para que se reconozca y entonces pueda corregirse. Bolaño no le da descanso a este propósito tan poco convencional y nada inocente, entiende que la reproducción de la violencia la reengendra necesariamente, discutiendo una y otra vez las relaciones entre arte y daño, cual si la problemática fuera fundamental -para el propósito de Bolaño lo era-. El reencuentro con esta violencia enmáscarada tiene cierto potencial de novedad y a su vez transforma al artista en un recipiente de la violencia. Aunque suene un poco cínico, Bolaño entiende que la violencia está en un lugar periférico del discurso social y del discurso literario, y que por lo tanto es parte de la riqueza que el arte puede explotar. De vez en cuando, el caso es extremo, como en Estrella Distante.

Este es uno de los puntos en los que no estoy precisamente de acuerdo con Bolaño, y que valdría la pena recombinar y elucidar en alguna otra ocasión, mas definitivamente el argumento tiene algo de cierto y es elegante. Pero cuando el propósito se vuelve la inclusión de la violencia, temo que como anuncié desde el principio, la batalle esté perdida de antemano.

La niña pintada

5 Jul

…dilema, este es un problema que tienen todas las definiciones. Es algo futil tratar de discutir un objeto usando distintas definiciones, ahora que acabo de ilustrar alguna característica de lo que a mi parecer es lo femenino, no puedo pretender reductoramente que daré cuenta concreta del objeto real y experimentado al que la palabra refiere. Trataré sinembargo, de mostrar como lo discutivo se aproxima intuitivamente a la feminidad que encontraremos en nuestra vida.

Mi visión de lo femenino, siguiendo el molde de la edad adulta, presupone un propósito formal, un devenir que se ancla en la cultura.La importancia de ser adulto se encuentra en la practicidad, en el mundo cultural y visible. Más que nada lo adulto debe lograr un efecto de ilusión. En este tratamiento que se requiere para lograr una apariencia encontramos la esencia femenina.

Trataré un ejemplo convencional, el de la niña que se maquilla. El empleo del maquillaje, altamente femenino, parece transponerse a la niña como una especie de deber futuro, como asumir de antemano la transformación de la feminidad. Pero el maquillaje no es propio del infante, más de un padre lo deplora. Aquí podemos ilustrar como se acompaña la analogía entre lo femenino y la edad adulta, la niña está excluída del circuito de lo que se define femenino mas en su empeño ayuda a encontrar las características de la esencia mujer. Lo que no quiere decir que el rol infante no posea también una dimensión que remita al sexo, un niño y una niña son entes básicamente independientes. Si vemos el objeto desde nuestra sociedad actual -capitalista/consumista-,vamos a hallar que los bienes de consumo que se producen para la niña tienen alguna estética. Tenemos pues, una diferencia fundamental entre lo femenino y lo adulto, y es que se admite la parcialidad de lo primero en lo que remite al discurso, mientras que el adulto se pretende universal. Existen productos femeninos porque la categoría feminitendiente existe. Se admite que la mujer no es propiamente un adulto.

Esta absurdidad puede encontrarse en un fenómeno masivo del siglo pasado: La inclusión de la mujer a la esfera laboral. La práctica de que la mujer se “masculinice” para formar parte del circuito del trabajo enfatiza la competencia entre el mundo femenino y la sociedad moderna. En el universo del trabajo, el adulto es un individuo privilegiado que debe borrar sus funciones para volverse esencialmente nada más que un adulto. Se nos sugiere con fuerza que la feminidad también debe perderse. Las actividades que se quieren “propias a la mujer” se han constituído como partes centrales de la lucha por la igualdad de los sexos, en una paradoxal actividad que busca contrarrestar la homogeneidad del trabajo -un tipo de igualdad-, por la puntualidad del discurso de derecho. Solo que el adulto es una ilusión, una materia que se empeña simplemente en detener los problemas a la puerta del trabajo, no de solucionarlos. No se puede alterar fundamentalmente la relación de los sexos sin desartícular la identidad del individuo adulto en la sociedad. El adulto afrenta las otras prácticas humanas.

Entonces decimos que lo femenino remite a algo similar a lo adulto pero carente de verdadera universalidad. Aquí uso la palabra universal como una pretensión que pretende valía al interior de una cultura, contrario a aquella que busca valer en todas las culturas*. Al tratarse de algo que supera la simple vida orgánica y que se define por la impresión, sabemos que su distancia con la niña no puede venir de la edad. Voy a sugerir, como suena bastante intuitivo, que lo femenino tiene cierta relación con la sexualidad personal, y que existiendo en una sociedad donde el sexo infantil es suprimido con fanática devoción, la noción no puede emplearse en una niña. Sin embargo insisto en que la noción no es biológica, no se trata verdaderamente de la edad que una niña pueda poseer, la persona física en su feminidad depende más bien de la aparienica. Una niña puede admitirse femenina si parece más bien adulta y se ignora su edad, una adulta puede luchar por ser femenina si aparenta situaciones distintas al canon estético fijo -sea por vejez o complexión, por ejemplo-.

Pero como la feminidad es un perpetuo devenir y además no se presenta como normal en contraste con el canon adulto, siempre existe la feminidad en potencia. No se requiere ser femenino, basta con tomar medidas para poder aproximarse a ello. Entonces, el lado femenino existe en cierto modo, solo que la noción de lado no es personal, sino más bien geométrica. Uno se encuentra de lado, en una periferia de la verdadera feminidad. Es imposible tener un lado femenino, pues lo femenino no se tiene, sino que se busca. Lo que, si uno se pone a pensarlo, no nos ha dejado un pelo más cerca de entender qué es femenino finalmente.

 

Entre los individuos como…

5 Jun

Derrida nos señala que Hobbes comete una interesante afrenta en lo que corresponde a la soberanía: No se puede efectuar un contrato con Dios, ni tampoco con las bestias. Ya el buen Jacques va a problematizar la ausencia de respuesta asumida de los animales, y sobre la ficticia ausencia de Dios en la propuesta de Hobbes*.

Voy a partir de la reflexión de Derrida acaso para encontrarme con él en otro seminario. Entiendo primeramente, que la soberanía alza un problema de doble estándar fundamental: Dios no responde porque es muy superior, y la bestia porque es muy baja; el Rey supera excepcionalmente la ley -por lo alto- como -por lo bajo- el criminal. Ambos, Dios y la bestia, han recibido el don del silencio.

Se debe entender, por lo tanto, que el individuo que existe dentro de un reino soberano, reside en el universo de la palabra. Forma parte del contrato y se presupone bajo sus respectivas leyes. Hay excepciones que, como las bestias, burlan esta responsabilidad por lo baje -el loco, el homo sacer-. Cruzaremos ahora nuestra reflexión con un artículo de Benedict Anderson, llamado Imagined Communities.

*- No que Hobbes pretendiera borrar la sacralidad del gobierno, esto no es sino una interpretación, un a posteriori, una lectura. Porque la visión parcial en la que el pensamiento religioso es negativo, debe venir por fuerza de nuestro laico presente.

Anderson va a hablarnos del país, de la invención de una comunidad imaginaria en la que: Todos los hombres se suponen pero no pueden conocerse. Esta es su definición de nación como concepto moderno, que ejemplifica y a su vez problematiza la noción de nacionalismo que aún prevalece en muchos estados actuales. La idea de un estado nación que se consolida, ya no por su predilección frente a Dios, sino por su verdadera identidad dentro de un espacio predefinido, puede considerarse una validación fantasma. No hay humanos concretos en las naciones, solo ciudadanos -sometidos a la ley, asumidos por sus compatriotas-.

Conservemos pues la noción de que Dios y los animales están excluídos por su incapacidad de “responder”, Hobbes caracteriza estas incomprensiones como elementos distintos, Dios que no puede sino escucharse por un cuerpo -alguien-, y el animal que es incapaz de discurso o comprensión. Esto es falto naturalmente, pero es su razonamiento.

La idea de soberanía nos recuerda que se supone la presencia de la ley, de un estado protector que presta determinadas garantías a los individuos, en un proceso que a su vez somete a cada persona al yugo de la ley. Excepto, por supuesto, que la ley se enuncia por medio de un discurso nacional. El ciudadano, asume que las leyes existen, pero no las conoce. Cuando se le expone a un proceso legal, el individuo promedio se transforma en una entidad vulnerable, indefendible y muda, que no puede asumir el lenguaje de la ley, no puede responder. Cuando estamos en un proceso -pienso sin duda a la escena final de Joseph K-, nos transformamos en animales, perdemos la capacidad de discurso que nos supone agentes válidos para ejecutar un contrato con los demás hombres. Rebasamos la legalidad por abajo.

Hobbes-por-Derrida explica que el miedo es la única manera de inclinar a la protección, y la única manera de mantener la ley contra el crimen. El criminal debe ser víctima de un miedo por la ley, un miedo que no proviene simplemente del castigo, sino de la opacidad de la ley misma. Un criminal es un ente supuesto, un cualesquiera, no un hombre que ha negociado su lugar en la sociedad. Se le somete, considerándolo un animal, como un animal. Su transgresión se puede ilustrar política, simplemente suponer que en su autoridad existe el desafío de la soberanía -un pacto directo con Dios-.

Anderson nos explica que la noción de frontera no tenía sentido para las civilizaciones feudales. Cuando hablábamos de periferia, los espacios controlados por cada soberano estaban libremente definidos y poseían alguna elasticidad. La idea de nación, va a definir una frontera, dentro de la cual se dictará el mismo tipo de poder, y tratará de crearse una identidad discursiva nacional. El derecho moderno, parte de los estados que parecen contornos, de un espacio físico en que la ley actúa, lo que llamamos jurisdicción, el lugar de la ley. Como los ciudadanos de la nación son anónimos, también su relación con la legalidad se mantiene anónima, hasta el momento en que se transforman en criminales. La determinación de una frontera física y legal, no ha saldado la verdadera distancia cultural, social e ideológica que causaba de antemano, la flexibilidad en las fronteras. Tenemos una legalidad que viene desde el centro, que pinta fronteras, las cuales en lugar de incluir, definen lo que hoy día se puede considerar como periferia, lo que es potencialmente criminal -y que no lo es aún, por su anonimidad-.

El ciudadano pues, solo es capaz de responder a la ley, solo existe como ciudadano en el momento que enuncia una respuesta a la legalidad que el contrato presupuesto levanta sobre él. Solo que la respuesta no existe jurídicamente, salvo cuando el individuo se ha vuelto un criminal -en términos de Hobbes-: O porque ha transgredido por la ley y se le obliga a responder por sus  actos, o porque ha descubierto un contrato con Dios, y quiere doblegar la ley existente desde el sistema. El primer tipo de respuesta queda mudo por ser periférico, el segundo, no se propicia por la ignorancia.

Del decir atenuado…

21 May

Pienso en el eufemismo, en su fácilidad para sembrar descontento y en su extraña renuencia contagiosa. Se trata de un decir-correcto, que se nos ha vuelto cada día más presente y absurdo, algo que difícilmente se vislumbra como una solución a los problemas, y que pese a su uso sigue siendo incomprendido.

Descubriremos rápidamente cuantos desazones se pueden ocultar tras un cambio “adecuado” de palabras, se me ocurre por ejemplo “persona de color”, para decir negro; se me ocurre gente humilde, para decir pobre; de buena familia, para decir rico. Hablamos del descanso eterno para decir muerte. ¿Qué tienen en común los temas tratados? La incomodidad, la presencia/ausencia discursiva que tienen en nuestras vidas, su irracionalidad sin solución.

Y es que son cosas que no queremos decir. Argumenté hace poco que el racismo se calla bastante porque causa fascinación: En secreto los hombres son racistas, mas esta inclinación les apena. Entonces en la esencia misma del racismo, en ese intentar no discutir alrespecto, encontraremos una fuente probable de eufemismos, para quitar la fraqueza que le quede a cualquier discurso. Hablar del racismo sin decir racismo: Tratar de borrarlo.

Discutía el otro día sobre las tendencias hipócritas que tiene la gente en público. Hay que considerar que la hipocresía es algo que entendemos como un discurso, como un ente rico en sentido: No se puede ser hipócrita sin la voluntad de serlo. Claro, desde el punto de vista del que habla, la hipocresía no es sino una manera de saldar la demanda social, aquello que es correcto, el discurso correcto. El eufemismo pues, se presupone parte de la esfera de lo público, parte de un modelo social basado fuertemente en la imágen, en el cual los hombres mienten. Porque el eufemismo es fundamentalmente -también, como la literatura-, una mentira.

El primer reflejo de un buen moralista podría tratarse sencillamente de abolir el eufemismo, de enunciar tan solo en lengua franca. No descansa en paz, está muerto. Esta reflexión nos hace ingresar en una especie de culto de la verdad, un desgarre que en su falta de artificio -imágen, un eufemismo es imágen-, corre el riesgo de ser tomado más en serio. Y sería peor, entonces, decifrar la mentira que contiene, porque todos los enunciados presuponen parcialmente una mentira.

He hablado de la periferia ampliamente, y he dicho que el proceso de asimilación de esta periferia, debe comenzar por identificar los objetos que nuestra precariedad contiene. Lo periférico suele ser común, en realidad no se puede no-ser racista, sin convivir con pueblos y culturas ajenas. Lo periférico se encuentra en la mirada de conflicto privilegiada en la que el conflicto no se evita, no se esconde. Contrario a la versión moralista que juzga negativo el eufemismo, yo opino que se trata de una manera de encarar la precariedad, no de resolverla, su pretensión no va más allá de un arreglo estético creado por el lenguaje, mas es, de algún modo, un arreglo. La literatura también busca arreglar lo periférico, incluirlo, por medio de un discurso que se quiere mucho más complicado y que, en oposición al eufemismo en sí, no está constituído por lugares comunes. El eufemismo es casi un insulto, una burla, mas el humor suele ocultar un terror intrínsico en nuestro ser, lo que hace del eufemismo una cierta manera de aceptar e incluir el temor. En nuestro caso, por supuesto, eso no basta. Pero al hallar el eufemismo hallaremos incluída la periferia.

Hay muchos eufemismos de la muerte y del sexo, del cuerpo como objeto biológico, de la vida personal de la mujer. Han sido cosas que evitamos como plagas, durante tantos años, y en que los eufemismos resonaban como plegarias, perpetuamente repetidas, y ya borradas de sentido. Existe un mismo, en eufemismo, un objeto que se descubre y se propone, al menos por la broma del discurso, reintegrar a sí mismo. Es evidente que la palabra -también la palabra artística o la literaria-, no es sino un paso para la incorporación de estos objetos. No es castigando el lenguaje que dirigiremos nuestras vidas.

Por cierto que se puede polemizar sobre en qué consiste un eufemismo, porque sencillamente, “estar muerto” tiene cierta inexactitud verbal: El verbo ser y estar no coinciden precisamente con el evento de la muerte. Hay definiciones también, que tienen aires de eufemismo, como diríamos del complejo de Edipo, cuya referencia mitoliteraria nos debe sonar, lanzada en el vacío, como una reverenda pavada. Tengamos consciencia de cuánto el sicoanálisis freudiano se desarrolló en un medio social, con pretensiones científicas, y coercionado por la sociedad en que nació, cuánto se le exigió originalmente, escribir en eufemismos. Porque el enfrentamiento consigo mismo también es una periferia, la noción de espiritualidad, de miedo personal, complejo o individuación; todo eso merece nuestro eufémico terror. Mostramos nuestro respeto y miedo por medio de las palabras.

El eufemismo es el título del horror.

Libertad bajo palabra

10 May

Con la comunicación en masa, la humanidad fue dándose cuenta el poder que viene de manejar un discurso. Esto ha logrado que de algún modo, tengamos -algunas sociedades citadinas- terror a la palabra misma.

Para probar que no exagero, me referiré a los propósitos racistas. Creo sinceramente que determinados sitios tienen un pavor viceral al referir racial. Muchos discutirán que por ejemplo, en Estados Unidos, la historia tétrica de un pasado reciente aún asoma su rostro -Alemania podrá decir tanto-. Mas en la época de las justificaciones, nos sobran razonamientos piadosos que justifiquen todo, estas medidas absurdas no me interesan, quiero realmente pensar en el miedo. Por ejemplo: Una razón de temer es el horror a lo desconocido, y se me ocurre de algún modo, que tememos también a las palabras que no entendemos.

El racismo en toda evidencia no es una sola cosa, incluso si generalizamos en clasificar actitudes y juicios como racistas pese a ser enteramente diferentes (dígamos racismo positivo o negativo, por adjetivar de forma gratuita); lo que no evita que la persona promedio, no se interrogue jamás de los tipos de racismos que existen, ni que dude en usar la palabra. Tal vez lo que si tienen claro es que el racismo es malo, y por eso no hay que entenderlo, hay que despreciarlo. El racista también es diferente, y no queremos entenderlo, pues siempre debe estar aparte.

Excepto que el racista no está aparte, si fuera el caso, no hablaríamos de él -la periferia se construye excluyendo al marginal de su discurso-, el problema del racismo es que aún hoy, es capaz de fascinar a las personas, lo que no puede pertenecer al discurso oficial, pero es una verdad de facto. Muchos lugares son racistas porque ni siquiera contienen varias culturas ni etnias. Hay bastantes indicios que apoyan la noción de un racismo como una reacción natural al hallarse frente a alguien que luce diferente, una reacción cultural también -pues naturaleza y cultura están más cerca de lo que la sociedad nos dice-, pero el tema no es discutible pues aceptar el racismo, dialécticamente, nos parece cercano a pensarlo moral.

Y bueno, esto es simplemente porque adeptos a la justificación, nos parece natural transformar cualquier razonamiento en una excusa. Discutir una palabra es arriesgarse a que nos venza, entregar la palabra a otro es una debilidad, sobre todo el racismo no debe hablarse. Tal vez a nadie se le haya ocurrido que el silencio también puede ser racista. La lección de la literatura, si hay alguna, es que cuenta lo que se calla como si se dijera, en las Mil y Una Noches no se mencionan a los camellos, pues son parte de la vida cotidiana y el texto trata de coleccionar maravillas. A veces me parezca que todo el tabú de abordar las palabras es el miedo a descubrir en nosotros mismos un racista -o cualquier otro epiteto villano-, que no deseamos aceptar.

El experto sociólogo tal vez ilustre algo que parece oponerse a mi propósito argumental, ha de tal vez mencionar, como solo los grupos más radicales desean abordar los temas turbios, como el fascismo hizo sin duda el siglo pasado. Un método efectivo de justificar el miedo que he aludido anteriormente, el de la tentación de liberar esa parte instintiva de recelo que se tiene contra los otros -sean mujeres, niños, criminales-. El temor a las palabras, no es sino el temor a uno mismo, porque las palabras destruyen el objeto al que nos referimos, y nos dejan en cara a nosotros mismos al momento de proferirlas. Es una razón legítima para detestar el habla, que nos meta en cara a nuestra propia carencia.

Señalo la evidencia de que una palabra no carga por sí misma, un sentido que deba sorprendernos o atemorizarlos, son simples elecciones de discurso que la sociedad adopta. Ser fascista, en Italia no suena atróz, ser socialista en Estados Unidos es extremismo. Y si bien podemos seguir poniéndonos historicistas al respecto -que se vuelve más o menos, explicar el orígen mitológico de las palabras que usamos, como si fueran dioses pues las entendemos igual de intuitiva y vagamente, nos son igual de distantes y presentes a la vez-, cuando en realidad la visión es un poco más animal. Sicologista si a uno le gusta ese otro adjetivo. La palabra no tiene en nosotros un efecto neutro, ni nada siquiera cercano a uniforme, es un montón de experiencias arrastradas, de incomprensiones y de sentimientos censurados.

La palabra también es una muestra de impotencia hacia nosotros y los demás, como hay quienes tratan de callar lo que temen, hay quienes tratan de decirlo. Esto segundo funciona como una catarsis, porque acepta finalmente, cosas que siempre callamos por costubre o fuerza -educación-. Si otro término tabú, o absurdo y transformable, tuviera de veras sentido, me parece que podríamos ajustarle este. Me refiero por supuesto al concepto de “libertad de expresión”.

Sin título

3 May

La paradoja del discurso, no solo consiste en que la veracidad del mismo es insuficiente para sostenerlo y que requiera de una legitimidad externa, también por razones absurdas, él mismo supone aún en nuestros días, cierta autoridad y valía.

No quiero pasarme mucho tiempo citando antecedentes, pero ya en los tiempos de Platón se interrogaba la autoridad que el discurso escrito tenía para fines didácticos. Los antiguos consideraban que la palabra escrita era una extensión de la memoria, y a su vez, una herramienta insuficiente para el aprendizaje. Aún hoy, puede debatirse el lugar de los libros de texto en la educación -y no hablo solo de una revolución de medios e internet, sino verdaderamente la efectividad de la palabra escrita contra la enseñanza presencial-, mas lo que nos interesa se haya precisamente en otra evidencia sacada de este ejemplo. Y es que los antiguos no pensaban como nosotros.

Explicaba que de cierto modo, la autoridad de la palabra escrita se acercaba a una realidad hace determinado tiempo. Los medios de producción de los textos no siempre han estado igualmente repartidos, y escribir muchas veces coincidía con personas que detenían alguna autoridad. Esto aún es una versión bastante embrional de lo que sucedió más tarde, que haría crecer la valía del texto frente a la palabra oral en la sociedad que Europa fue desarrollando. Creo que el drama comienza con la ciencia.

Sabemos que el auge de la llamada “Ilustración”, se llevó a cabo a través de un renovado interés en la cultura antigua, en la ciencia y civilización desarrolladas en Grecia y Roma. Estos eventos de cierto modo, redescubren una noción de historia y lo que se volverá más tarde las ciencias formales. Se crea la división fantasma entre Historia y Prehistoria, dos divisiones temporales cuya distancia es precisamente, la ausencia de prueba escrita para corroborar los eventos que en ellas transcurren. Entonces se comprende -o se inventa- que el texto es una manera de recuperar el pasado. Extiende nuestra memoria a tiempos imemoriales y de cierta manera, redefine la realidad.

Hay que entender por lo menos dos cosas sobre la Historia, la primera, que los hombres que no tenían escritura no eran menos complejos y profundos que los que vinieron luego y la segunda, el como emplear textos termina por formular la Historia por medio de un discurso, que forzosamente tiene fallos, omisiones y puntos de vista. Hemos abordado la idea de un discurso de lo marginal, en lo que refiere a tomar parte de nuestros orígenes y nuestro discurso, el hombre prehistórico, el que no escribe, es uno de los grandes enajenados que aún ronda nuestros tiempos.

Suelo tomar el ejemplo de la filosofía, pues su materia dialéctica se presta a una interpretación rauda y efectiva. Sabemos que los filósofos griegos no eran fanáticos de la escritura y que sin embargo es esta la que los conservó hasta nuestros días. Al leer cualquier filósofo, no nos encontramos frente a un hombre que ha formulado por primera vez una concepción del mundo, nos encontramos tan solo ante uno que optó por el engorroso trabajo de ponerlo en papel. Sin embargo damos “autoría” de tales pensamientos a quienes los difunden, no a quienes originalmente los formulan. Porque de cierta manera, el gusto por la originalidad y el culto al nombre transforman partes de nuestra tradición escrita en una payasa competencia de ideas ya formuladas y propiedades necias. Todo es ilusión histórica, todo es falso valor en lo escrito.

Por el gusto de completud, señalo como al tiempo que los medios fueron acercando la escritura a la mano de cada individuo, la figura del autor fue deformada para imitar cierto principio de legitimidad. Las cosas no ganan valor solo por estar escritas, tienen que tener un autor reconocido y de importancia para realmente ser tomadas en cuenta. Señalo no sin malicia que este culto a la personalidad se ha ido desvaneciendo lentamente de los círculos científicos y que ha permanecido tan solo en dominios llenos de presunción como el artista y el millonario. Y es que la palabra no vale nada por sí misma, ni siquiera como testimonio o peso de valor.

Un ejemplo que también podríamos aplicar es el de este blog. Siendo el desconocido que soy, el medio barato en que lo produzco y la falta de pretendida originalidad a la que adscribo, podemos argumentar que se trata de un conjunto de textos sin ninguna valía real. He tal vez, jugado un poco con una variable que escapa al discurso histórico convencional y que remite a la experiencia de un individuo cualesquiera en su quehacer de intercambio cotidiano sobre sus pensamientos leves o graves. Visto desde este punto de vista, creo que hay manera de entrever que en internet, y enfrente de nuestros monitores podemos hallar un nuevo tipo de hombre prehistórico, cuyo discurso acaso es tan fugaz e irrepetible como aquel de tantos entes sin nombre que nos han precedido.

Si mi dictamen fuera acertado, iríamos dirigidos a una triste periferia.

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