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Literealidad

23 Ene

(Esto lo escribí a la carrera ayer y no sé por qué no su publicó, mala suerte)

*- Oximoron.

Hay que reconocer el estrepitoso ingenio de los productores de televisión que han permitido a sus emisiones transformar la manera de concebir nuestro universo. Y es que voluntariamente aceptaremos que los pensadores y los artesanos alteren nuestras percepciones, pero nos parece fortuito y barato que otro tipo de persona más entrada en nuestro sistema consumista pueda obrar los mismos milagros. Habría simplemente que reconocer que cualquier esfuerzo que dedica cantidades descomunales de dinero a un propósito, termina por tener mayor capacidad de transformación que otro del todo precario.

Yo pienso sin embargo que el productor de televisión es aún demasiado respetuoso, debe osar aquello que ningún intelectual que se respete presume desde la más tierna educación: la barrera insaldable entre lo popular, masivo y vendible, respecto al arte con ambiciones más elevadas. Y me parece simplemente que los intelectuales no lo han logrado también en parte por la falta de recursos mencionada. En fin, sugiero pues, que hagamos de los escritores los próximos protagonistas de la telerealidad.

Aunque la música y la danza se han instalado en el entretenimiento la literatura tiene malestar en inflamar a las multitudes. La danza ni siquiera tiene una convocatoria tan millonaria como música o cine, pero sabemos que se encuentra en toda persona y permite unir a la más grande variedad de celebridades o individuos dudosos que forman el arquetipo de la telerealidad. ¿No es la ciencia del reality show exhibir obscenamente montruos y vicios comunes? Hay dos tipos de personaje: el que nos hace reir y del que nos burlamos porque es completamente inadecuado y pomposo. Creo que es arduo hallar gente más ridícula e incómoda que los escritores, pues queremos suponer que son profundos e importantes pero como los hombres políticos o los actores son simplemente personas. ¿Los amaríamos y veneraríamos si no fueran irracionales e inconsistentes? Aquí la pretensión del academista o el intelectual trata de pretender que el mito del autor es algo justificable con la razón, pero en el corazón sabemos que meter a Coehlo y a Bellatín en una misma casa donde deben enfrentarse tiene un toque de ingenio.

¡Los escritores se antagonizan y se humillan sin que uno haga nada! ¿por qué no alimentar el morbo y al mismo tiempo vender más libros encerrándolos como hurones sexualmente frustrados en una pavada intelectual que los estimule? No sé si las editoriales se han dado cuenta de este potencial, que es mucho mejor que los anónimos y olvidables premios de novela que sacan cada año, trimestre o temporada, dependiendo de gustos o presupuestos. Además se encuentra en el acerbo cultural de la literatura, el enfrentamiento vano de personalidades, de antagonismos y estilos incomparables que se agreden los unos a los otros. Lope de Vega contra Góngora, José María Arguedas contra Julio Cortázar, César Aira y Carlos Fuentes contra Mario Bellatín y Ricardo Pigila. ¡Cuánto potencial desperdiciado! Pero en fin, seguramente las televisoras preferirían tener estrellas literarias conocidas*, las cuales no necesitan tanta promoción pues se enriquecen de manera demesurada con sus diversas publicaciones, cada una potencialmente mejor que la anterior. Respetar el tema principal de la telerealidad nos sugeriría tener escritores más o menos desconocidos en la competencia, a lo mejor uno que solo haya escrito una novela y esté trabajando en la segunda o algo así.

Y podríamos hacerlo con pequeñas misiones estilo taller de escritura, les dejan de tarea a los estimados autores de escribir un tema, un soneto, una novela histórica, un libro de vampiros, y luego se leen públicamente sus obras, para lo cual los televidentes hablan por teléfono**, y elígen quién tiene derecho a continuar su carrera literaria. No puedo imaginar un solo defecto a este sistema, me parece que podemos fundar los cimientos de una Era de Oro literaria que finalmente abandone las pretensiones anticuadas de que el arte elevado y la ganancia son cosas que deben separarse. Ya no es así, ahora lo que necesitamos es que cada autor que se respete aparezca en una publicidad probando el excelente sabor de los yogur light de Danone y agradeciendo conmovido a los televidentes que le permitan acercarse a su sueño de ganar finalmente el Nobel.

**- Llamada a 50 centavos de euro el minuto.

Como soy un hombre infinitamente generoso, acepto que esta idea sea explotada sin remoneración económica para su servidor, pues el bienestar de mi arte querido es prioritario para mí, aunque me cueste la oportunidad de una vida opulenta y llena de comodidades. No rechazaría, una invitación a participar a tan ilustre evento cultural cuyo cáracter revolucionario es innegable, pero si esto falla, me conformaré con sintonizar asiduamente las emisiones para educarme sobre la literatura moderna, con el gusto honesto de un couch potato.

Ars poetica felini

13 Nov

Mi gato me conoce como a un poema. Incluso, si un día, por alguna desventura inimaginable, el hombre se volviera incapaz de cualquier poesía, seguiría, mi gato, mirándome del mismo modo, en este anti-prosístico proceso entre el conocer y el reconocer.

Y es que en ese casi desdén distraído, en ese mirar pasajero en que se nos dice, el gato no puede reconocerse a sí mismo en el espejo, que finalmente tiene todo de lógico y consecuente pues las superficies reflejantes no huelen a gato, ni producen el calor de un gato, ni suenan como un gato, y más extraño sería imaginarse que hay alguna identidad que en ello puede reconocerse. Así de atinado es un poema. Quien construyera ensoñaciones pensando que un significado puede atribuirse a un objeto poético, se encuentra frente un espejo y solo puede ver lo que ha creado, y no lo que es evidente: que la identidad no puede existir pues es toda abstracta, y que en realidad, el gato del espejo no es un gato.

No que no exista para mi gato -al menos para el mío- una noción de identidad, no lo culpo de ser incapaz de reconocer. Ha sabido perfectamente quién es su madre y quiénes son sus dueños, se mantiene en proximidad mía o sobre mí en la medida que lo dicta su deseo. Del mismo modo me contraría o me obedece, pero estas oposiciones no provienen -todo el tiempo-, de la distracción abstraída que lo lleva a olvidar lo que es una presencia y otra, sino sencillamente el aceptar la subjetividad de su orden, de la existencia física del gato que al hombre puede darle ilusiones de libertad, si ha de seguir sus pulsiones internas o doblegarse ante la potencia del recuerdo, premio o castigo, igualmente físico y viceral que un estímulo corporal en ese tiempo. Extraño pero al mismo tiempo reconocible, integrado a sí mismo, formando parte de alguna cosa que el hombre podría suponer identidad, división.

Pero he notado que al tiempo que mi gato se sensibilizó a mi olor, a mi imposible y gigantesca complexión, que francamente pareciera por momentos volver a su estado indefinido, a una suerte de despersonalización de mi cuerpo como un espacio muerto, o por lo menos arborífico, algo que puede ser insensiblemente trepado con dispuestas garras y brincos agazapados. Esto sí, por un lado lo aprendido no está aprendido en el mismo sentido que yo -que el yo imaginario que he creado, como el dibujito de la familia de palitos y bolitas al lado de una caja casucha con indefinibles ventanas, ese de la primaria o del kinder-garden que se proponía como dibujo y que las películas han vuelto el lugar predestinado a comunicar las tendencias sicóticas del infante- lo he aprendido, pero no se trata de una simple sección del concepto, sino una implícita expansión. Ahora el gato, no sin cierta inteligencia, tiene una actitud distinta no solo hacia mí -y a mi olor reconocible aunque variable, con las texturas cambiantes de la vestimenta y su posición-, sino a los entes que se me asemejan, una tolerancia a sus intimidantes actitudes arbitrarias, de gestos que no expresan claramente voluntades de juego o cariño, de sensaciones desconocidas amontonadas en aquellos gigantes que lógicamente deberían presentar una amenaza consecuente a un cuerpo razonablemente menos desproporcionado.

Y esto me parece genuinamente poético, salir de un estado que se encuentra más en la (di)sección que en el hallar los objetos realmente. Un poema de lleva a otros poemas, y ese pasaje se requiere necesario para amaestrarse bajo el signo de la palabra, no pensar precisamente en la palabra como presición, como presión, sino en su existencia diforme y expansiva, en lo que solo puede hallarse en el intercambio cotidiano del gato con su dueño, de la experimentación física que nos comunica por medio de una realidad más allá de la abstracción. Mi gato sería poeta antes que yo, por necesidad, por facilidad, porque la poesía es fácil en muchos niveles, y hoy día no tenemos la capacidad de lidiar con lo fácil. La palabra se nos figura complicación, herramienta para desdecir en vez de decir, de análisis antes que de digestión.

No puedo presumir, en realidad, que comprendo a Aventura, porque no es verdad. Y la comprensión no ahoga ni contamina nuestra relación ni hace el vínculo que él ha forjado -acaso más que yo- y que se encuentra comprobado entre nosotros. Y no tendría sentido si Aventura no estuviera aquí, con sus extrañantes costumbres y tampoco si yo no aceptara que en su estado de gato, aventura está presente como gato, si pensara que debiera ser pensado y dominado por ese pensamiento en vez de por sus ausencias, distracciones y ejercicios. Gestos y movimientos felinos.

Un saber hacer, que cuando estoy distraído, me parece lo de un genuino artisano.

Polémica

31 Ago

Los avances científicos y nuestra búsqueda constante del conocimiento tiene sus puntos flacos, que pueden encontrarse al medirnos directamente con los hombres grandes de las viejas sociedades. Esta reducción crítica ha dado por sentado que ciertos tabúes sociales no deben ser perseguidos, pues la moral debe invadir el ámbito de la ciencia, pues la ética persigue al poder. La dificultad se presenta al reconocer que los moralistas son personas fundamentalmente conservadoras y que uno de los roles que presenta el avance científico es especular el avance del pensamiento abstracto de nuestra raza. Que un hombre pueda aparearse con un orangután puede parecernos atróz, mas eso no lo vuelve falso.

Hemos pues, decidido dejar por las buenas ciertas reflexiones que en alguna época eran válidas interrogantes, y nuestra visión cultural termina por defraudar. Me parece que la tradición humana merece un poco más de afecto de nuestra parte, y no tan solo robar un par de estatuas por la deuda griega ni robarles filósofos para no decir que nuestros estados son constantinos. Quiero pues, proponer un esfuerzo por solucionar las interrogantes que importan, esas que en el pasado lograron angustiar el pensamiento humano y que por motivos que algún paranoico tacharía de conspiracionistas, no deseamos responder pese a tener la capacidad. ¡Utilicemos el conocimiento serio y superior que la ciencia nos granjea para liberar las almas de nuestros antepasados!

La figura de Alejandro el Grande presenta una de estas increíbles polémicas. Su figura histórica -investigada con fascinación por nuestros eruditos historiadores- merece nuestra atención por su difusión de la cultura griega en el norte de África y su sorprendente hilo de victorias consecutivas en lo referente a la guerra. Además es una figura bachiana entre las más relevantes de la cultura antigua, y fue estudiante bajo Aristóteles -entonces joven-, lo que hace de su leyenda una de las más ancladas en el mito de la cultura occidental, representa una totalidad de un espacio histórico dentro de los planes de civilización que terminan por fundar nuestra suerte presente. Muchos han querido ligar esta causalidad, pero pocos se han inclinado en usar nuestro conocimiento para resolver la interrogante que consumió al propio Alejandro hasta el final de sus días. Trataré de aligerar nuestra conciencia colectiva al tratar de responder a los deseos de este hombre ilustre.

¿Fue Alejandro el Grande un dios?

Esta proposición es interesante primeramente porque pone al discurso histórico en una cierta perspectiva metatextual: Alejandro quiere ser un dios o un héroe mítico, y a su vez ha leído la Iliada y busca ser Aquiles. Es como Don Quijote cuando lee el Quijote, como si entendiera que en el discurso poético se ciernen las hazañas de los grandes hombres, y que la poesía tiene algo de divino. Tal noción podría inclinarnos a pensar que Alejandro solo fue un hombre, ¿qué clase de dios busca transformarse en uno a través del esfuerzo?

Aunque por otro lado, el heroísmo de Alejandro se exacerba porque falló. Victorioso sin medida en el campo de batalla, no logra que la posteridad lo lleve a los altares. En esta medida, ser el mejor de los hombres no era lo suficiente, debía volverse un símbolo de la fuerza como lo fue el toro ancestral Yaveh, o la serpiente emplumada de los mayas -cuyo calendario ha logrado hasta el año próximo, cierta divinización-. No obstante al conquistar Egipto, sucede una transformación importante, pues esta civilización reconoce al gobernador como una verdadera divinidad que gobierna a su vez la tierra.

Desde este punto de vista, Alejandro logra la posición transitoria de dios, y ama tanto más a Egipto por reconocerle este mérito de su nacimiento, que quiere que le edifiquen una pirámide y descanse en aquel valle del Nilo con los demás inmortales. Sin embargo sus soldados lo defraudan y abandonan su cuerpo en la campaña, el fracaso de llegar a su justo estatus se repite en la muerte.

Alejandro tiene que abandonar Grecia para ser reconocido, pues como diría Jesús más tarde -otra divinidad humanizada- no se puede ser profeta en su tierra. Creo que la invencibilidad en el campo de lo física y el fracaso rotundo en ser reconocido como el dios que pudo ser, añaden bastantes elementos a la capacidad mítica de Alejandro. Dirán que su posteridad también flaquea porque no vivió para mantener su gigantezco imperio, que tampoco dirigió con avidez. Alejandro, creo yo, ha logrado algo que las figuras míticas y las divinidades deben lograr: extender su figura por varios lugares de la antigüedad, y personificar en ellos diversos elementos heroicos, ¡la iglesia ortodoxa lo ha canonizado! ¿no es esto signo tradicional de una transformación de un símbolo pagano a uno cristiano? ¿esta inclusión no puede verse como la permisividad ante la corrida de toros y los ritos de fertilización transformados en fiestas religiosas?

Creo que entre el aval del cristianismo y las hazañas desgarradas así como el error de su muerte final -¿no es una depresión en una borrachera una muerte hérculea en muchos sentidos?-, su presencia en sociedades distintas, la fascinación con su efigie y sus calamidades, su capacidad de error, lo validan como la medida heroica que lo volverían un dios héroe antiguo. Me parece que la sociología avalaría su caso como una divinidad antigua, pues esto es lo que logra constituirlas etnológicamente. Una sociedad antigua, bajo sus criterios, lo reconocería. La nuestra, con este objetivo conocimiento, también debe hacerlo.

Propongo pues, comenzar el culto de Alejandro, pues para luego es tarde.

El argumento teológico

19 Ago

Ahora les voy a presentar un fragmento de la entrevista que el señor Laroche me hizo para un magazine literario de por acá, para mi fue una sorpresa por varias razones, primeramente porque no veo a quién le pueda importar mi opinión en cualesquier cosa, siendo yo una entidad menor en el panteón de los desdichados escritores novicios; la segunda siendo la autoconfesión del señor Laroche -muy ameno por cierto-, sobre que probablemente no sería publicada proximamente, o tal vez nunca, pues su iniciativa de verme era más para tener “un respaldo”, en caso de que faltasen escritores para futuras publicaciones. Ignoraba que se practicaran entrevistas por la nada de este estilo, y aunque no tenía por qué rehusarme, pedí como condición que me facilitase una copia de la misma porque soy un poco maniático de ese modo con mis presentaciones públicas.

Luego, teniendo la entrevista en mano, fui a descubrir que su publicación integral era impracticable –Lire apenas dedica a este tipo de entrevistas unas seis hojas-, especialmente por el modo divagatorio que empleamos durante esta sesión, hablando con bastante libertad y de todo un poco. Acaso por esto me pidieron también la posibilidad de parafrasear ciertos comentarios para ajustar las respuestas a una longitud más cohesiva y cortar aquí o allá, el trabajo de un escritor pues. Y es también por estas posibles correcciones que decidí a avanzar esta pregunta y esta respuesta, que no pienso que sean publicadas en su integralidad por cuestiones de longitud que resultarán evidentes. Aunque cabe mencionar que tuve que seccionarla también porque en cierto momento me pongo a hablar sobre un poema de Maiakovski donde se habla de la invención del pavorreal, lo cual me recordó místicamente a mi blog y partí hacia muchas direcciones que para variar no vienen ni al caso.

Aquí vamos:

“Laroche: ¿Cuáles es son sus poetas predilectos?

Yo: Vaya pregunta, es un argumento un poco metafísico. Un buen enciclopedista haría la lista, muy probablemente, de criterios geográficos, alfabéticos u otros para que sus elecciones fueran coherentes. ¿Puedo responder por un modelo teológico?

Laroche: Adelante. ¿Cuál es su modelo teológico?*

Yo: Verá, existe este personaje más o menos filósofo, creo que estoy tomando prestado de algún escritor pero no conozco la referencia -si se enteran háganme saber-, pero el hombre en cuestión se halla respondiendo una pregunta igual de inverosímil que la que usted me plantea: ¿a quién prefiere usted? ¿a Yavhé, a Cristo o a Alláh?

Laroche: ¿Así es mi pregunta?

Yo: Un poco, sí. Obviamente es un contexto un poco extraño porque el personaje vacila entre estas religiones por que tiene un fondo diverso o ajeno a ellas, pero ha vivido expuesto a las tres durante su vida -me acordé de un personaje de Daniel Katz que habla con un padre y un rabino para tratar de elegir su religión mientras estaba completamente borracho-. En fin, decía que en estas circunstancias, él no tenía una respuesta evidente pero tampoco le molestaba ninguna, hay que entender, la pregunta era injusta y la respuesta tenía que ser injusta. […]

Laroche: ¿Entonces mi pregunta es injusta?

Yo: Déjeme explicar. El filósofo improvisado responde “creo en el que existe”, y bajo la misma lógica contundente, formulo la misma respuesta respecto a mis poetas favoritos: creo en los que existen.

Laroche: ¿Cuál sería la teología del argumento?

Yo: Aquel que tiene fe, experimenta a Dios sin tener que asignarle un nombre, la teología y la religión que se alínean a esa fuerza sobrenatural son aparte, como sería la crítica literaria o el órden poético que uno puede proferir. Las religiones se prestan pues, a dar mayor conocimiento respecto a Dios de aquel que el creyente tiene desde el principio, y por lo tanto una religión que aleja a la persona de Dios, no es una verdadera religión. Un poeta verdadero es aquel que nos acerca a la poesía.

Laroche: ¿Y todas las religiones tienen que ver con Dios?

Yo: Bueno, ahí estamos jugando otra vez con la terminología, porque si Dios o la poesía existen como tales en realidad no cambia nada en nuestro argumento, la cosa que existe es el sentir lo espiritual y lo que uno hace con eso -como por ejemplo volverse loco y renegar a Dios, matárlo-, eso ya es el asunto de uno. Es enteramente válido hacer con ese sentir una cosa que no se vive como un teísmo, como podemos hacer pintura o jogging usando nuestro sentimiento estético que va de la poesía. Ese es precisamente el asunto, hay poesía pero no hay reglas para la poesía.

Laroche: ¿Finalmente quiénes son estos poetas que usted admira?

Yo: Ya lo dejé tan claro como puede ser, son los que existen, ¿qué es más fácil que separar una cosa que existe de otra que no es nada? Estoy seguro que para usted salta a la evidencia cuando lee algo -aunque sea un panfleto o una revista en el baño- y se puede decir con seguridad “esto es poesía”. ¿Para que ir a buscar en los otros algo que uno encuentra tan al alcance en uno?”

Luego de un par de réplicas creo que abandonó la pregunta, mas he de admitir desde el principio que todo mi juego era bastante deshonesto.

*- Los franceses tienen una relación curiosa con la religión y la fe, es como tener una metralleta y haber leído el manual, pero nunca haberlo disparado, por eso es un poco desleal de mi parte abordar cualquier idea teológica de este estilo. No sé por qué lo hice, un reflejo de niño malo, una rebeldía menor.

 

exclusivo

8 Jun

Se sabe que el premio literario a nadie le importa. Si no puede ni seducirnos en su excepción, de veras es triste.

Pavadas, pues.

En términos modernos: La literatura es una “subcultura”, se liga a un modo de vida abstracto y cerrado, no distinto a las conversaciones que se pueden oir en las revisterías de manga o las tiendas de cartas Magic. Es un mundo cerrado, de gente que se quería ganar una identidad y lograr algo serio con una actitud más lúdica que pragmática dentro de su visión muy personal y nuclear del mundo. Si la literatura se cierra, se vuelve la discusión de dos compadritos en un lugar recluso, sobre Bolaño o este otro que me ha gustado tanto y es…

Entiendo pues, que si hay cierta ilusión de prestigio en los cuartos cerrados que suelen esconder la literatura, no es tanto que el escritor y sus congéneres sean unos inadaptados sociales cuyo amor propio sería gravemente ofendido si se les compara con algo más popular -aunque haya de estos autores fáciles de ofender por todas partes-; no es un fenómeno sicológico, ni puramente social, sino que encaramos una carencia cultural que se viene arrastrando hace ya unos siglos.

Por otro lado, ¿qué tipo de difusión ganaría un cantante como Dylan o un exitoso director al recibir un premio literario? La respuesta distará poco de “absolutamente nada”. Y esto no es porque el cine o la canción sean entidades superiores en el sentido estético, y que la literatura sea una forma menor del arte, sin seriedad alguna. El fenómeno es de industria. La editorial moderna tiene más o menos la pertinencia en el presente que tienen los dinosaurios en la superficie del sol. A nadie le importa el premio literario más que al escritor, y casi nomás le importa por un sentido económico.

Me temo bastante que la amplitud geográfica no esté directamente relacionada con nuestros prejuicios y que actualmente nos encontremos frente a un fenómeno puramente cultural. Los jueces internacionales no son mejores, ni peores que los demás, mas sugieren una amplia audiencia que servirá a la difusión -tan necesaria y dolorosa-, de un artista que busca expanderse en las fronteras. Suponemos desde el principio, ciertos factores dominantes inmediatos que vienen de la industria y del poder económico: El premio es un negocio, simple y sencillamente.

¿Por qué entonces tenemos convenciones menos prestigiosas que otras? Mientras que ganar un premio literario que limita a los candidatos de un solo país parece cómodamente inferior a uno internacional; el premio de poetas cuadrados se siente desvirtuado si en algún momento es Bob Dylan quien lo gana. Hay cierta analogía si se piensa, ¿por qué un criterio tiene aquel complejo de inferioridad mientras que el otro se crece?

Ya menos caricatural el mi reflexión inicial del prestigio: Un autor reconocido por otros autores en categoría de autor, suena de cierta manera especializada y minusciosa, un reconocimiento de importancia a causa de un determinado “rigor”. Suponemos que el rigor es bueno, aunque se sepa arbitrario y no tenga que ver directamente con el arte, necesitamos una forma fácil de calificar para justificarnos y a justificar a los que piensan como nosotros: Se requiere una convención.

Primer chascarrillo que me viene a fuerza: El músico y el cineasta ya tiene toda ventaja en la vida social, todo tipo de genuino reconocimiento, dinero y mujeres; ¿por qué el escritor no iba sencillamente actuar por verde envidia? Francamente no podría criticarlo. Si a García Marquez se jugara la carrera en medirse con los Beatles, comprendemos bien que se le pueda ver mal parado.

Sin embargo, podemos hallar algo turbio en el propósito cuando no se pone en juego el estado de arte, cuando la controversia precisamente se nos figura intrartística (pienso por ejemplo, la ausencia de la literatura infantil dentro del comité del Nobel, como la redacción de guíones o canciones con verdadero reconocimiento literario*). No es que se ignore o desmerite la calidad de las obras o sus creadores, simplemente se decide excluirlas de los círculos literarios formales. ¿Por qué?

Mi máxima le puede parecer menos evidente que lo que me parece a mí, lo cuál es aceptable. ¿Es el grito de un panadero literatura? Hacemos algún extracto selectivo de lenguaje para poder decir que trabajamos en un estado de arte, la idea misma de la selección sugiere la exclusividad.

*- Y digo bien literario, no artístico, pues se debe admitir un trabajo al nivel de la palabra en otros tipos de arte, un dominio que además, difiere necesariamente de la palabra “pura”.

La literatura no se enriquece al volverla un club cada vez más exclusivo.

Real

24 May

(Encontré durante uno de mis paseos al Jardin des plantes a uno de estos pavo reales que vagan por el lugar, con sus breves cuellos de ídilico color, y su extraño porte que uno diría humano*. Irrumpe con violencia en mi lectura de Canto General, pues casi por fuerza, el poema escrito está suspendido en el tiempo esperando, mientras el poema animal no espera ni emite pausas. Suele tener este efecto en mí, el jardín. Su sensorialidad se sobrepone a la ya rutinaria mirada que lanzo a los textos, que los persigue, como si nada hubiera más que ellos.

El ave demuestra lo contrario -iba decir el pájaro, cosa que un pavo real no es**-, impone su orgánica presencia sobre el orden de mi artificial costumbre, entiendo que el espectáculo de su vitalidad es más vigente y su acción me merece tanto afecto y atención como el tiempo me lo permita. Redundante reconocer cuán hermoso es un pavo real, especialmente ahora, extendiendo sus plumas

Estos pavo reales no son aquel que vi

majestuosamente. Como si se tratase de una interacción que tuviera conmigo, o con el necio animal anónimo que menea las hojas en un árbol cercano.

*- Cabría mejor decir, que el porte humano parece pavo real. No olvidemos que por genealogía las aves descienden de aquellos que patentaron el caminar en dos patas con el éxito mundial: Los dinosaurios. Nosotros, más o menos exitosos, tenemos el mismo don. Podría ser un eco de la historia o de la vida.

Su actitud debe responder a algún capricho fastuoso que soy incapaz de percibir, entiendo que se colocan así para impresionar a sus hembras y a sus rivales, que ganan dimensiones para transformarse en un multiforme ente de muchos ojos, cuyo volumen puede sorprendernos. He de pensar que para nosotros, animales exteriores, en efecto se nos figuró una especie de deidad avasalladora, con una soberanía que se figura incluso en su nombre español -pavo real-.

Pienso de nuevo en el capricho de la adaptación, en lo increíble que es el pavo real, y en la sonaja que suena al mover sus plumas. Me doy cuenta que ya estoy impresionado por sus dimensiones, pues semejante a un perro mediano, supera a aquella de los patos y gallos, a quienes tengo por estándar en el género de bípedos emplumados.

***- Si es una interacción, si está dominandome discursivamente. Se ha vuelto arte, me ha obligado a contemplarlo, me ha impuesto si dialecto animal en el que algunas posiciones -correr tras él, pretender que los dos no estamos ahí, fingir indiferencia-, son siempre naturales. Y yo le respondo sin resolverme a enunciar palabra, hasta que de nuevo comienzo con Neruda, pensando que le cuento a este bípedo el conflicto del comunismo cuyo final pienso saber, ahora con décadas de por medio.

He visto a otro, o a este muchacho, paséandose sin reverencia, comiendo botones de oro, como si el jardín le presentara una vida cómoda que a su raza le sentara tan bien. Entiendo que de cierta manera es como un eden, este sitio sin predación en cuyas cerradas puertas solo cruza el ocasional niño con su hostilidad. El diálogo del niño y el animal, más sincero que el que entablo yo con él*** -pese a mis esfuerzos, aunque yo también me pretenda niño para parecerme al pequeño, o al pavo real, para encontrarme en esa extraña naturaleza-, donde uno persigue al otro, o lo mira con extrañeza. Donde la vida, que es de todos los días, se les figura extraña y a la vez común.

**- Que a final de cuentas un pavo real no sea ninguna palabra, no hace mella en mi sensación. Si he querido decirle pájaro, es porque la palabra, estdrújula y gutural como es, extrañamente española en su estética y forma -al menos los franceses no la pronuncian-, se me figura una palabra hermosa, y este animal es hermoso. Pienso precisamente, que en todo es hermoso, incluso en su encarnizada búsqueda por comida, su hostilidad a la domesticación y a los turistas, su indiferencia total al recoger las migajas que le tiran. Veo que él, contrario a los gansos que viven un poco más lejos, no se cree domesticado, él tan solo aprovecha los dones que el universo le brindan, con esa pasividad aparente que tengo yo mismo al mirar al pavo real, y levantar la mirada de esa página confundido, donde Neruda trataba en vano de escribir la revolución, la que yo mismo enunciaba fingiendo voces que a mí me eran extranjeras.

Finalmente, absorbiendo todo lo que puedo del animal, me retiro a seguir con mis divagaciones intelectuales, he visto un gallo pasando, y me ha encantado también. Y lo que no dije, esa bella voz del pavo real, que a su vez me maravilla y…)

Las nueve de la una

18 Abr

Muchas personas me han pedido con frecuencia, consejos para escribir*, trato de considerar tales proposiciones como una voluntad sincera de: A) Alabar mi ego diciendo que de alguna forma mi manera de escribir es deseable, y B) ahorrarse algunos pesos en talleres literarios. O tal vez la gente se hace tratar mal en los talleres, o tienen tendencias violentas que pueden controlar mejor cuando interpelan un rostro desconocido por internet.

*- La introducción es retórica, nadie me ha pedido consejos para escribir.

Yo por mi parte, les explico que incluso los libros de primaria tienen sugerencias sobre la escritura, porque aparentemente queremos que los niños escriban, literature style**. He de entender que mis interlocutores (ficticios),  desconfían de tales consejos escudándose en la pobre calidad artística que los libros escolares suelen tener. En el mismo género, la gente no habría de ir a la universidad***.

**- Ante la inclemente presunción de que si el infante logra ser reconocido por sus textos, esto de alguna forma no lo volverá un paria en la vida. Porque sabemos que los grandes literatos son conocidos por las fortunas amasadas por su gran calidad artística****.

Otros autores han dedicado su tiempo a los talleres precisamente con el fin de compartir la práctica literaria ¿no? Escatimar unos pesos o violentarse por un taller u otras cosas es un poco mesquino. Cabe notar que un escritor puede ser muy bueno escribiendo y muy malo enseñando como escribir, o incluso criticando. Por suerte no es mi caso, yo soy genial.

***- Evidentemente en la facultad se abandonan todas las pretensiones sobre enseñar a alguien escribir, el rostro morocho y serio del sexagenario profesor debería ser signo suficiente para expresar “M’ijo, si yo tuviera las llaves de los altares literarios, ¿crees que estaría entre estas cuatro paredes blancas*****?”

Entonces creo que para justificarme, puedo lanzar algún conceptos realmente prácticos sobre escribir. Porque si no sonaré más pedante de lo que soy (y es mucho). Pensemos pues, ¿qué tipo de consejo podría proveer? Naturalmente, hice lo más evidente que cualquiera hubiera hecho: remitirme a un libro de primaria.

****- Casi podría decir que la relación entre calidad de escritos y dinero amasado tiene una relación inversamente proporcional. Y es que tal vez hay una implicación lógica entre trabajar por el amor al arte y ganar menos dinero que los que buscan simplemente riqueza. El artista comprometido en realidad trata de hacerle un favor a su lector, trata de provocarlo y de ser voluntariamente más “problemático”, para él. Los autores comerciales buscan prestarle beneficios sirviéndolos en una bandeja de plata.

La recomendación es tan horrible como a prueba de fallos: Escriba irreflexivamente, la práctica hace al maestro, discuta de todo: Política, ciencia, strippers, evolucionismo, superioridad racial… Nunca deje de escribir, la ausencia de producción de textos es la única seguridad que se tiene de que nada bueno será escrito. Francamente es de los mejores consejos que se pueden dar* (regresamos a un solo asterisco, estaban empezando a ocupar demasiado espacio en la pantalla), aunque no de verdaderas indicaciones sobre a dónde se quiere llegar. Un consejo igual de válido es leer mucho y de cierta manera “imitar”, así, con algún talento por lo menos se puede ganar plata.

*****- Esta es una referencia a un manicomio, estoy perfectamente consiente que por lo general la pulcritud de las paredes escolares -hablando especialmente de las facultades de letras-, no suelen reinventar la blancura.

Para acotar un poco nuestra solución “de primaria”**, recomiendo tomar prestados algunos conceptos de escritura poética que facilitarán la tarea de escribir. Sip, sé que la mayoría de los curiosos que tratan de escribir no son necesariamente lectores de poesía. No obstante, las reglas de los poemas, cuando uno realmente reflexiona sobre ellas, te ponen más en la pista de una mejora escritural. Una noción por ejemplo, es no tratar de ser demostrativo, no caer simplemente en la voluntad de explicar***. No describa demasiado, no sea intensamente prosaico si no se requiere. Por lo menos ser poético, se ve bonito, ser prosaico se ve dominguero. Entonces, trate de comenzar por ahí y si no le funciona, diga que lo leyó en el blog de Vargas Llosa.

*- En cuanto a utilidad real, el consejo tiene el valor equivalente a decir “intente mejorar”. La verdad es que mejorando cualquiera se vuelve bueno.

Considere desdoblar la idea de hablar de cualquier cosa y hablar de cualquier modo. Tengo entendido que a la gente le interesan ciertos autores porque escriben de manera creativa e irreverente. Una noción sencilla es que no trate de escribir como nadie en particular, sino que trate de escribir “como nadie ha hecho”. Esto no siempre deriva en el pensamiento de la forma poética y lo experimental, puede tratarse por ejemplo, el futbol como una historia de amor. De ahí se tira algún interés.

**- Es voluntaria la similitud entre “de primaria” y deprimente. Mi juventud fue un solitaria.

Trate luego de incrementar la dificultad y forma de estas pequeñas trasformaciones, use elementos de sus textos como tal vez no se esperaría verlos en otro sitio, si explica, explique de tal forma que el texto tenga mejor carácter, sea más rico e interesante. O no escriba. Porque la verdad es que la escuela primaria no debería decirnos que leer es bueno.

***- No sea tímido usted, si le entienden que bueno, si no, ni modo.

Seguro fue un plan de un ministro de la cultura que quería vender libros.