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¿Algo civilizado?

17 Feb

Dijimos que formalmente se le pueden reputar a Quo Vadis numerosas carencias técnicas que nos meten a distancia con el texto hoy día. Tales divergencias estéticas son a veces la confirmación de un cambio de oficio, entiéndase, de un verdadero distanciamiento entre la narrativa de la novela del XIX y la del siglo anterior. La exigencia técnica del maestro escritor, así como del lector que consume obras, que ambiciona de cierto modo que estas tengan una eficacia y optimización de recursos, el escritor de poca-palabra y mucho-efecto. La obra nos resulta a veces tendida, si bien no cae en verbosismos la tensión es mantenida de manera dispar, y no pocas veces algunas disertaciones sobre la cultura o la situación pueden descomprimir la trama, al punto de resultar confuso al lector moderno. Pero admitiré que a cierto grado pueden tratarse de descuidos y torpezas del autor, que achacaría sobre todo a la inesperada volición que el tema exige a quien ha debido documentarse en él extensamente y debe tratar de enfrentar la claridad a la estética. En fin, no es una obra de proeza técnica, sino que examinará sus propósitos en la trama y la óptica de esta.

Tampoco creo que inclinarse por la narración facilite la comprensión del texto. He escuchado hasta el cansancio personas que evalúan que detrás de una gran novela debe haber una buena historia, pero en realidad la narración no pocas veces es presa de los diversos gustos y las momentáneas impresiones que la estética personal de cada autor supone. Rara vez importa la trama en el primer sentido, pero la ejecución reinventa la importancia de dicha trama hasta transformarla en un símbolo, en una proposición estimulante, o por lo menos un arquetipo. Quo Vadis conforma una trama predecible, y romántica hasta la falta, si se trata de resumir. Mas el trasfondo ético y filosófico del relato son elementos tangibles, como podría encontrarse en las obras de Pío Baroja o León Tolstoi. ¿A dónde lleva reflexión de Quo Vadis? Tal vez aquí podamos encontrar la primera evaluación mayor respecto a la historia: Se trata de un testimonio de decadencia y de atemporalidad, un conflicto entre dos elementos que se imaginan eternos -el Imperio Romano, la religión cristiana-, en una suerte de relevo que sufre de una cierta inevitabilidad histórica. Y es que se sabe la suerte final del imperio y el advenimiento de la religión vaticana, pero no asumimos de inmediato la naturalidad con que tal proposición podría haberle parecido a una persona en medio del tiempo de la transición. Hoy, más o menos, estamos en otros tiempos apocalípticos, ¿nos sorprendería encontrar la proposición de un futuro distinto como un agente inevitable de cambio? Parte del idealismo inescapable que el critianismo encuentra en la obra proviene de este elemento determinado: la fatalidad ha derribado al Imperio, pero la eternidad de Roma sigue firme en la realidad, la novela de Sienkiewicz hace prueba de esa misma continuidad inmortal y validez perpetua. Sin una imagen ideal tanto de Roma como del cristianismo, la incoherencia de estos propósitos imposibles y coincidentes resultaría inexpresable.

Algo debe sufrir la obra del desprecio que le granjearán los ateos, o mejor dicho, los anti-religiosos. El cristianismo se presenta en una luz que pareciera confirmar su divinidad, ¿cómo admitir tal afirmación sin considerarlo una falta sentimental por parte del autor, o una confesión de fé? Sus detractores serán prontos a confirmar un sin fin de conflictos futuros y contemporáneos que rompen el caracter idílico de esta confesión. Y sin embargo, parte del sentido que debemos comprender se halla en la diferencia y no en nuestra pretendida continuidad. Habría que imaginar, que si en alguna óptica la religión cristiana ha podido brillar por sus valores éticos es bajo el martirio, en un tiempo histórico donde su mayor mancha es el pacifismo probablemente se caería en una discusión de moralidad relativa que no conviene exactamente a la dimensión moral que históricamente, para la obra, tiene algún sentido. De hecho dentro del texto este cristianismo perseguido se presenta como inexplicable, y al ponerlo en duda o criticarlo, el lector solo confirmaría dicha expresión. Yo solo señalo que precisamente Roma y el cristianismo funcionan en estas imágenes de objetos que pensamos conocer, pero que dentro de Quo Vadis son notablemenet distintos a aquellos que nos granjea nuestra experiencia. Por momentos nos sentimos más próximos de la moral cristiana que de los romanos, otras veces veremos que la sensibilidad pragmática de los paganos se nos aproximará más. La conclusión evidente es que ni unos ni otros pertenecen a nuestro mismo tiempo, logramos despegarnos de la literatura que mira el ombligo de nuestra sociedad y reconocemos en nosotros mismos formas de pensar enfrentadas, en las cuales la alteridad es admitible y provocadora.

Porque nuestros valores más modernos y razonables no la conforman, esta obra estimula nuestro propio escépticismo ante la sociedad que conformamos. Solo cuando se estima y se ensalza a dos sociedades distintas con similar esfuerzo es concebible la alteridad entre sus valores ¿podemos atacar este idealismo por lograr lo igualitario?

Tres breves historias de la literatura latinoamericana

20 Dic

Esta entrada es una introducción a las tres composiciones siguientes, que pueden ser interpretadas como un mismo texto o usadas para fines individuales a como le parezca mejor al lector. Trata, como el título lo dicta, de la literatura latinoamericana pero principalmente de tres nociones de historia que refieren a esta, cada una central en las ventilaciones subsecuentes. Naturalmente, esta introducción explica -no justifica- las opiniones expresadas a continuación, a suerte de prólogo o de prólogo de prólogos.

El tema: la literatura. El adjetivo: latinoamericano. El problema: la(s) historia(s). Y el disgusto que representa el discurso historiquero del académico, de antemano descartado como una genealogía ficticia entre elementos azarosos que no explican por sí mismos cosa alguna. Queremos tratar historias narradas, de las cuales podamos tirar una lección consistente. No queremos adornar la historia o empuñarla con un objetivo concreto, aunque este fuere la obsesión por la verdad. Por lo mismo, no pretendo la totalidad, sino todo lo contrario: acepto y espero que la parcialidad resulte más sugiriente. No hay pues Historia con mayúscula. Ese tipo de solemnidad no nos interesa.

Ahora, de las muchas historias parciales que podría tratar he decidido explicar y contraponer tres versiones. Mi estudio incluirá una suerte de enunciació de hechos y no ahondaré particularmente en cada uno, primeramente para terminar, luego porque si estoy mintiendo no importa. Esto es algo que quiero que tenga en mente: lo importante no es el estado de verdad de mi discurso, sino la posibilidad que a usted le preste de extraer alguna reflexión de valor. Acaso los textos parciales y contradictorios permiten una reflexió más profunda. Contradecir y reflejar, finalmente, guardan significados próximos. Las tres historias a las que remito tampoco se fundamentan en un concepto de historia literaria o historia a secas como uno puede encontrar en los libros de texto*, admitirán distintas relaciones que uno puede conferir al pasado y a su relación con futuro o presente, también admitirán de ser necesario, que el tiempo no existe.

Es necesario aclarar que antes de comenzar este blog, ya había concebido una de las reflexiones -la zocarronamente titulada “el fin de la literatura latinoamericana”-, pero no me había convencido a modo de ejemplo aislado, ni por el rigor que he empeñado en su reflexión. La segunda ha sido la que me convenció de avanzarme a este pequeño proyecto, pues se me ha figurado una lección urgente, una que pronto dejará de tener sentido si no la enuncio con la tonalidad correcta: remite a un universo cíclico donde el tiempo histórico tiende a repetirse, para ejemplificarlo no escatimo en emplear alguna experiencia personal. La tercera fase seguramente resultará cómoda para los que se han acostumbrado a mi modo de reflexión, no vale la pena anticiparla debido a esto: temo que resulte predicible.

*- Graciosa manera de llamar los libros escolares, pues finalmente un libro de texto puede estar constituído de esquemas y dibujos, como un libro de humor hecho de texto. La expresión “de texto” acaso sugiere un genitivo de orígen, como para hacernos pensar que es la capacidad de hacer textos la que nos ha condenado al aprendizaje textual. Degenerado el pensamiento por medio de la palabra.

Esta serie de ventilaciones persigue un objetivo muy sencillo pero también insensato: busca agotar todo lo que tengo que decir sobre la literatura latinoamericana como tal. No me parece que un tema de esta magnitud, tan falsificable y redundante pueda reducirse a poco más de dos mil palabras. Espero lograr por lo menos que las entradas que siguen expliquen mi reticencia a lanzarme de nuevo en este tema como si pudiera hacer sentido de él.

La pregunta que espero lograr evocar dentro del lector que se acerque a estos textos es ¿qué queda después de la literatura latinoamericana? De cierto modo, este es el eje de mi discusión y mi interés. ¿Por qué hablamos de un después? ¿se trata de una superación o simplemente de un fatídico movimiento histórico?

Son preguntas mal hechas, que contienen su respuesta. Intentemos el ejercicio inverso: voy a proponerles tres respuestas y veamos a qué pregunta podemos aludir.

Sin título

3 May

La paradoja del discurso, no solo consiste en que la veracidad del mismo es insuficiente para sostenerlo y que requiera de una legitimidad externa, también por razones absurdas, él mismo supone aún en nuestros días, cierta autoridad y valía.

No quiero pasarme mucho tiempo citando antecedentes, pero ya en los tiempos de Platón se interrogaba la autoridad que el discurso escrito tenía para fines didácticos. Los antiguos consideraban que la palabra escrita era una extensión de la memoria, y a su vez, una herramienta insuficiente para el aprendizaje. Aún hoy, puede debatirse el lugar de los libros de texto en la educación -y no hablo solo de una revolución de medios e internet, sino verdaderamente la efectividad de la palabra escrita contra la enseñanza presencial-, mas lo que nos interesa se haya precisamente en otra evidencia sacada de este ejemplo. Y es que los antiguos no pensaban como nosotros.

Explicaba que de cierto modo, la autoridad de la palabra escrita se acercaba a una realidad hace determinado tiempo. Los medios de producción de los textos no siempre han estado igualmente repartidos, y escribir muchas veces coincidía con personas que detenían alguna autoridad. Esto aún es una versión bastante embrional de lo que sucedió más tarde, que haría crecer la valía del texto frente a la palabra oral en la sociedad que Europa fue desarrollando. Creo que el drama comienza con la ciencia.

Sabemos que el auge de la llamada “Ilustración”, se llevó a cabo a través de un renovado interés en la cultura antigua, en la ciencia y civilización desarrolladas en Grecia y Roma. Estos eventos de cierto modo, redescubren una noción de historia y lo que se volverá más tarde las ciencias formales. Se crea la división fantasma entre Historia y Prehistoria, dos divisiones temporales cuya distancia es precisamente, la ausencia de prueba escrita para corroborar los eventos que en ellas transcurren. Entonces se comprende -o se inventa- que el texto es una manera de recuperar el pasado. Extiende nuestra memoria a tiempos imemoriales y de cierta manera, redefine la realidad.

Hay que entender por lo menos dos cosas sobre la Historia, la primera, que los hombres que no tenían escritura no eran menos complejos y profundos que los que vinieron luego y la segunda, el como emplear textos termina por formular la Historia por medio de un discurso, que forzosamente tiene fallos, omisiones y puntos de vista. Hemos abordado la idea de un discurso de lo marginal, en lo que refiere a tomar parte de nuestros orígenes y nuestro discurso, el hombre prehistórico, el que no escribe, es uno de los grandes enajenados que aún ronda nuestros tiempos.

Suelo tomar el ejemplo de la filosofía, pues su materia dialéctica se presta a una interpretación rauda y efectiva. Sabemos que los filósofos griegos no eran fanáticos de la escritura y que sin embargo es esta la que los conservó hasta nuestros días. Al leer cualquier filósofo, no nos encontramos frente a un hombre que ha formulado por primera vez una concepción del mundo, nos encontramos tan solo ante uno que optó por el engorroso trabajo de ponerlo en papel. Sin embargo damos “autoría” de tales pensamientos a quienes los difunden, no a quienes originalmente los formulan. Porque de cierta manera, el gusto por la originalidad y el culto al nombre transforman partes de nuestra tradición escrita en una payasa competencia de ideas ya formuladas y propiedades necias. Todo es ilusión histórica, todo es falso valor en lo escrito.

Por el gusto de completud, señalo como al tiempo que los medios fueron acercando la escritura a la mano de cada individuo, la figura del autor fue deformada para imitar cierto principio de legitimidad. Las cosas no ganan valor solo por estar escritas, tienen que tener un autor reconocido y de importancia para realmente ser tomadas en cuenta. Señalo no sin malicia que este culto a la personalidad se ha ido desvaneciendo lentamente de los círculos científicos y que ha permanecido tan solo en dominios llenos de presunción como el artista y el millonario. Y es que la palabra no vale nada por sí misma, ni siquiera como testimonio o peso de valor.

Un ejemplo que también podríamos aplicar es el de este blog. Siendo el desconocido que soy, el medio barato en que lo produzco y la falta de pretendida originalidad a la que adscribo, podemos argumentar que se trata de un conjunto de textos sin ninguna valía real. He tal vez, jugado un poco con una variable que escapa al discurso histórico convencional y que remite a la experiencia de un individuo cualesquiera en su quehacer de intercambio cotidiano sobre sus pensamientos leves o graves. Visto desde este punto de vista, creo que hay manera de entrever que en internet, y enfrente de nuestros monitores podemos hallar un nuevo tipo de hombre prehistórico, cuyo discurso acaso es tan fugaz e irrepetible como aquel de tantos entes sin nombre que nos han precedido.

Si mi dictamen fuera acertado, iríamos dirigidos a una triste periferia.

Hay un par de maneras bastante…

28 Abr

¿Quién fue el último genio de la literatura?

Hay un par de maneras bastante pedantes de tomar mal esto pregunta (sin cambiar fundamentalmente la pregunta, quiero decir), y pueden ilustrar que nos molesta en el asunto. La primera se ofende por el “fue”, más o menos supone que descreemos, o no nos importa, la vigencia del genio literario que “es”. De alguna manera juega con la noción de que “nadie es profeta en su tierra” (ni en su tiempo), mientras más reciente es un personaje, más difícil es juzgar su genio ¿no?

La segunda pregunta naturalmente juega con esa misma noción atróz que liga al genio con el tiempo, ¿quién fue el último genio? No en el sentido del más reciente, sino el de finalidad, presentando la convicción de que el genio literario es algo pasado y sin vigencia. Pese a que evidentemente me encuentro jugando con los términos, no tiene nada de osado argumentar que el genio literario ya no existe: Acaso nunca existió.

Porque de hecho, pese a vivir en un estado de individualismo rampante, la noción de un hombre genial que nos supere, parece no ser más la moda de nuestro siglo. La corporación de algún modo lo ha borrado,  y el poder -creativo e intelectual- se queda sin rostro.  No es tampoco como si por método ligaramos a cada artista competente a cierta ideología, multinacional o concepto político, pero no negaremos que el concepto tiene alguna vigengia. Puede que desconozcamos el sponsor de tal o cual creador simplemente porque en el fondo desconocemos también al artista.

Tomemos nuestra pregunta con un valor algo más propio, ¿cuándo consideramos a alguien un genio verdadero? Yo por ejemplo, no estoy seguro de que podamos decir que Pigila, sea a valor propio, un genio. Naturalmente no lo excluyo de un circulo de escritores inteligentes y trabajadores -aunque sobre todo, exigentes-, solo que al hablar de genios tratamos con un elemento que se supone excluyente. Ni siquiera entre los grandes literatos de toda la historia podríamos considerar a todos genios.

El argumento puede sonar arbitrario y malicioso, pues claro, si hay un valor mayor que historicismos o mitos personales, las obras parece ser un buen candidato. Y concuerdo con el razonamiento aunque cuestiono la conclusión. Si bien solo a través la obra podemos comentar un éxito literario, no es el éxito de esta, que conlleva la genialidad de su respectivo creador. Porque la obra es un producto autónomo y terminado, mientras que el individuo es infinito tanto en su multiplicidad como en su limitación. Quiero decir que adscribo a la teoría de que no se puede juzgar a un hombre por sus obras pues pueden ser peores o mejores. No voy a citar hoy varios casos para seguir discutiendo sobre el genio, voy a más bien concentrarme en uno que puede validar mis argumentaciones.

Uno de los genios literarios cuya obra no ha sido agraciada con la posteridad, es Edgar Allan Poe. Por supuesto, lanzando improperios me corregirán diciendo que la obra de Poe es inmortal, a lo que yo asentiré con una sonrisa y no poco desdén. No es la permanencia de Poe que discuto, sino que la noción de que la obra de Poe es meritoria de elogios encima de tantas otras. En realidad si uno la recorre, carece algo de chispa y es bastante seca. Lo que no evita que su influencia haya sido importante ni que se le considere padre de dos géneros literarios modernos.

Entonces me dirán que reivindico criterios historicistas, lo que no es cierto, solo señalo que vista desde dentro, la obra de Poe no se sostiene frente a “los grandes”. Se sostiene en una medida aceptable para nuestra estética, pero sería falso decir que esta calidad que lo inmortaliza. Si me hago el ingenuo y pretendo que no sé, lo único que me atrae de este gringo es que hace cuentos de miedo, menos malos que la mayoría de los recientes. Hay economía y dirección en Poe, que son dos de las razones menos estéticas del arte literario.

Ahora, quiero reivindicar realmente la figura del genio. Aunque requiere creatividad, fundar dos géneros (terror y detectives), no es muestra necesaria de lo que yo llamaría un genio. Es un comienzo excelente, pero es mejor crear y a la vez dominar los géneros propuestos. Recordemos finalmente que un texto solo “prueba” que uno ha sido el primero que ha escrito una idea, no el primero que la formuló, por lo tanto, la novedad como fórmula historicista del talento es engañosa. Podemos enunciar la grandeza de Poe en relación a estas dos creaciones, mas no en términos de su novedad. Nuestro gringo no creó dos géneros cualesquieras, ambos, por su estructura, son evidencia de la manera de pensar del tiempo en que Poe logró vivir. Los detectives y el terror, nos hablan de la sociedad alienada donde cualquier vecino se convierte en un criminal potencial, en un miedo que nos asecha. Poe utilizó su sensibilidad para trasponer las ideas de su tiempo en su obra, y este es el valor histórico (no la novedad), que podemos reivindicar.

Poe y su influencia son acaso más grandes que el contenido de su obra, lo que por sí mismo, lo acerca de manera peligrosa a la estatura de genio.

Si escriben otramente

14 Abr

Cada día me levanto preguntándome: ¿cuántos libros suecos voy a leer hoy? A decir verdad la pregunta varía un poco, pienso en letras somalís, vietnamitas o costarricences; pienso en toda evidencia que no leeré todas las literaturas, mas por suerte nadie exige tal hazaña. No puedo negar ser de los que siente que se le exige a los escritores, ser buenos lectores. Por lo menos debo interrogarme por las letras suecas.

El tiempo, el espacio y los idiomas, son barreras que vuelven efectivamente imposible la lectura de cada cosa. Me parecería absurdo -y aliterario-, tratar de leer cada libro que se publica hoy día, aunque fuese plantado en una sola biblioteca en el mundo, enfrente de mi casa. El drama no es pues, la ausencia de cada obra, sino la de todas las obras.

Hemos tratado esta semana varios “problemas” que nos propone el idioma, quiero dar una proporción correcta a esta dimensión de distancia que la palabra misma avanza. Si fuera sueco, los países vecinos hablarían finlandés y noruego, la tradición literaria local remitiría a espacios delimitados por cierta visión nacional, y sus imágenes no me harían pensar la misma universalidad. De cierta manera, exponerme a visinos ajenas que no validan mis conocimientos locales engendraría miradas contradictorias. Fui un hombre incomodado por el exceso de regionalismo y el culto a cierta forma nacional, también fui alguien que creció con un idioma extendido en varios países, siempre tuve un extranjero en quién apoyarme. Perdí acaso, en este intercambio, la consiencia de que cada cultura es una particularidad, y que la similitud de idiomas solo oculta diferencias mucho más fundamentales. Si bien me acerqué de alguna forma a un mundo exterior, la imagen de un arte universal seguía siendo descompuesta. Al aprender el inglés la imagen no se arregló.

Si creemos en la genealogía literaria -hay válidas razones que inclinan a ignorarla-, es importante que un americano interrogue su tradición. Escuché maravillas del Quijote al educarme, como hubiera oído también de Shakespeare de ser gringo, aunque estos dos personajes se extiendan en fama y dimensión en los continentes, no haría sino identificarme con su reconocimiento. Nadie me interrogó artísticamente sobre leyendas incas, o escultura azteca, textos mayas o de los pueblos nómadas, porque entre tiempo e idioma -pasando por culturales prejuicios-, esas ensoñaciones se me han vuelto distantes y inasibles. ¿Cómo se sentirán pues las colonias francesas?

¿Cómo se sentiría un literato congolés al remitir a la historia antigua del territorio donde a crecido? Conciliará tal vez su pertenencia a ese pasado y la exigencia de una “tradición” literaria, incluso podrá ponerlos a luchar. Los países del cáucaso en la periferia del arte, con letras e historias que me son ajenas, a más distancia acaso que yo mismo pues no tienen a Darío, a Bolaño o a Unamuno para prestarles cachitos de mundo. Esto es fundador y predispone, el universo como un mundo abierto, hostil o devorador.

También interesarse en esto es literatura. La primacía gringa, la colonización europea, la hermandad americana, la historia oriental, la gran alma rusa, el regionalismo español, la invasión soviética, el futuro japonés. Son tanto historias como maneras de pensar, son identidades que alteran nuestras acciones, incluso la acción de escribir. Observar desde dentro o de la periferia genera distintos escritos, pensar el español como un objeto marginado o universal, por sí mismo cambiaría nuestra manera de vernos.

Soy un extranjero y añoro la facilidad de mostrar mis poemas y textos, la condescendencia entre hispano hablantes, esa rara interacción al viajar en américa sin perder la lengua y seguir siendo extranjero. Un italiano está separado de todas partes, un sueco escribe por fuerza con menos cómplices del arte. Puedo dar cuenta de las lecturas que he hecho aunque sean francesas o inglesas, pero en los raros días que compro libros, me pregunto a quién podré prestarlos y cómo compartirlos. Es feliz compartir objetos del arte, mas el idioma hace que no correspondan a toda nuestra familia, o nuestro mundo. Amo el español y no lo comparto. Ya de por sí me siento bobo al no leer libros traducidos, por poder leer en lengua original. No por el texto del que me privo, porque a diario me primo de sinúmero de libros, no es por cada uno de esos libros, sino por todos.

Los libros suecos los leeré acaso siempre traducidos, y con ellos vendrá una irreflexión feliz al tomarlos de cualquier estante. ¿Por qué no los encuentro en esos estantes? ¿por qué ignoro a los autores o las obras importantes de esta literatura? Veo libros ingléses, franceses e incluso españoles, algún buen italiano y luego… Caigo de nuevo en la escacez que siempre pienso al preguntarme si leeré algún libro sueco hoy.

La literatura, pese a sus reimpresiones y volúmenes de ventas, no es una competencia. No quiero que los libros polacos nos dominen, ni canonizar la tradición de Zambia. Creo firmemente que leer curioso, es síntoma de desear la mejor lectura, creer escéptico que uno no escribe otramente si lee como todo el mundo. Lo importante es recorrer la distancia, aceptando con ánimo parejo la derrota o las palmas.

Libertad bajo palabra

27 Mar

El poder no es lo que solía ser.

Porque si el poder no permanece entonces uno está obligado a cuestionar su alcance. Tiempo, espacio, simples juegos y variantes. Pensemos en el gobierno, en el ensueño de gobernar en un cierto número de años, bajo el sistema de intercambio que le impide a uno u otro dominar. Sin dominio no hay poder, sin permanencia menos. No es pues, lo que solía ser, el poder.

Afortunadamente, no es al literato a quien incumben dichas carencias nuevas. Ya la letra y la acción se separaron, son literalmente historia. Tanto hace de la división temática entre poder/arte/religión, que nos resignamos a pensar a un pobre escritor miserable, maldito poeta, barato novelista. Y fácilmente podríamos eclipsar el acto de discurso cual poder.

El discurso es un arma que sencilla borra y suprime al otro. Cuando sugerimos un “tú”, un “usted”, ya sabemos que el interlocutor nos cuenta y el resto, los “ellos” los “él”, no participan del decir. Son actos de magia gramaticales, violencias gratuitas -¿gratificantes?-. Y en cada afirmación, todas las otras afirmaciones no suceden, en nuestro discurso se supone una acción de cierta exigencia para con los otros. Si alzamos la voz existe el afán de contar, de matemáticamente medir, de forzar a alguien a participar del troz de experiencia que la enunciación supone. Porque al tener sentido estamos cambiando la circulación, el gesto presdigitador del que arrastra cauces hacia su propio lago. Y quedarnos en ese poder verbal es admitir en parte que nos estancamos. Abusar del poder de hablar, es desvalijar al otro con inmenso poder.

La palabra es arma de destrucción, crea poco y suprime bastante. Para que los civilizados -bello decir- lo prefieran a la guerra es que su suprema violencia es tanto más satisfactoria. De los puños uno puede defenderse, pero la razón supone a cualquier otro inválido e impracticable. Lo volvemos en alguien que si vence no convence. Es un arma ruin y desequilibrada, equivalente a disparar con una escopeta para seccionar las uñas que nos sobran. Esta es la tarea del dicho “diálogo social” que se entabla con cualquier desvalido. El desvalido es desdiscursivo, incapaz de blandir el arma final, siempre lanzándose a oídos sordos.

Tareas de sicología: ensoñarse pensando que el autor tiene algo que decir. Discutía con una compañera de escuela que hay algo atróz en caer en la literatura y justificarlo. Recurrir a lo que bien podría tenerse como omnipotencia, por una razón cualesquiera, por la vanidad del testimonio. Llego a pensar que el martirio es la única manera seria de ser testigo, pues uno se suprime como objeto de justicia y sin objeto, la justicia puede ser impartida por otro y no por uno. El valor no es lo que se comunica, sino este trayecto de uno a otro, que opera a fuerza cuando uno muere y deja de abusar de sí y de los demás.

Pero decía, un mínimo conocimiento de los letras trae el reconocimiento de que escribir no puede ser necesidad. La desproporción que supone cualquier acto de palabra desarma toda idea de naturaleza y de balance en ella. Estamos en el terreno de lo demasiado y no se puede, por definición, requerir tal cosa. La literatura gana su legitimidad en ser exceso, si no, es deforme testimonio -¿válido tal vez si el martirio existe?-. ¿Por qué volvemos al martirio? Es un espejo del poder, desata los límites de la supresión, borrar con la facilidad del poder y subestimar la posibilidad de que algo reste. Testigo sin testimonio, zonas que invalidan un sueño de poder de un autor cualquiera, y natural por fuerza.

Ahora pienso en Harry Potter. Decíamos, si es tan increíblemente violento y tan innecesario escribir, ¿cómo explicar que no nos haya ya arruinado? Es una cuestión de magia, como bien dice Rowling en uno de sus libros: Si uno puede hacer todo, ¿por qué no está cualquier problema ya solucionado? Simplemente porque los otros también lo pueden todo.  En el estado donde cualquiera puede hablar y escribir, sin un método verdadero para escuchar, un mundo sin literaturas ni mentiras se encamina en el interior de cada sociedad. Algo que convencionalmente dicen -algunos-, se llamaría la realidad. Esto es otro género de mentira, que si se dice suficiente parece que basta y sobra para lo demás.

Sepa usted pues la fórmula, que tal vez le llegue a salvar la vida en su momento: el poder es lo que dura, si no, su dimensión está vencida. Solo lo que mucho y por mucho sigue, puede verdaderamente. A esto debe temerle, si lo encuentra. Y si usted lo es, cambie. Durar es por fuerza transformación, la ilusión es del lenguaje. Un consejo simplemente.

La historia de dos ciudades

20 Mar

Tengo la nostalgia de la ciudad, y no solo desde que vivo en el campo. La nostalgia la tengo desde siempre y se debe, se quiere, por la ciudad misma. Cuando suelo escribir de Paris pienso innevitablemente en esa nostalgia, de algo que no estamos viviendo en ese instante -una experiencia muy parisina-, de los edificios que se alzan y permanecen como árboles muertos, y los recuerdos, muchos ajenos, de los sitios que visito.

La ciudad como cementerio y como literatura. No he fatigado imágenes ni sentimientos en lo que la urbanidad respecta, entiendo que no soy el primero ni seré el último y que en la ciudad encuentro mi límite. Un hombre que no ha vivido la civilización está en otra manera de vivir que es incomprensible para nosotros, por extensión el escritor es un vicioso ente de ciudad, como las palomas de basurero que se alojan en las fábricas abandonadas. ¿Qué extraigo de esto? La falta de dioses del asfalto, o mejor dicho, el exceso de estos. Nadie vive la misma ciudad que otro, por lo tanto nuestros mitos tan varios no pertenecen a nosotros. Acaso una asociación de intelectos nunca ha estado más lejana en universos tan distintos que corresponden a la misma ciudad. O acaso la amistad que no tiene tiempo ni urbanidad tampoco tiene protocolos definidos por espacio y tiempo.

Y pienso en la amistad, que quizás es la manera franca en que uno se relaciona con las ciudades. Una complicidad con altas y bajas, mundana, a veces caprichosa. ¿Por qué la amistad no es el tema mayor de toda literatura? Tal vez porque es evidente, debido a que uno puede ser desdichado en amor y volverse una enciclopedia, pero no podría tirar una página digna si no creyera en la amistad. ¿Qué es un lector sino un habitante de nuestra urbe? ¿un cómplice de nuestras intimidades?

Caminar por ciudades es uno de mis hobbies más placenteros. Si uno se acerca al mar, a cualquier mar, divisa al mismo dios intemporal que ha acompañado a todos los hombres costeños. Si uno está en una ciudad, en cualesquiera, siempre ve la misma amalgama de mortales. Como el oceano es intemporal, las ciudades están fraguadas de muerte, podrían ser esqueletos y no sería menos evidente. Llevan las marcas de vidas invisibles, y en esto también se parecen a la literatura. ¿Por qué la ciudad de nuevo? ¿por qué la ciudad siempre? Me acuerdo que Panesi argumentaba la invención de la literatura como hija del capitalismo, una proposición en principio burguesa y con valores que serían los de esta clase. ¿No es igual de cierto que sería hija de la ciudad? Que la literatura en su concepto vigente no es otra cosa que la urbanidad nueva. Baudelaire hace suSpleen,Poe no duda en inventar el policial que tiene su fundación en la relación urbana de distancia interpersonal, de aislamiento de cada uno. Tal vez estoy yendo muy lejos y confundo literatura con narrativa. Económicamente es la columna vertebral de la literatura, solo que no sabría convencerme de que en su centro, debería considerar la economía una función mayor del sistema. Estamos suponiendo precisamente, que la urbanidad es el modelo que obligó a la burguesía a transformar sus concepciones económicas, básicamente presumiendo que la sociedad no es un sistema tanto de clases monetarias sino uno que depende de su comunicación. El neoliberalismo capitalista es antes que nada un fenómeno de discurso: la facilidad de replicar no solo objetos de manera masiva, sino de informar prácticamente a tiempo zero. No es de nuevo tanto flujos de dinero y de poder, sino la dinámica de estos, su diálogo, su intercambio. Lo que es en la ciudad sus metros, sus avenidas y sus centros sociales.

Por mucho la ciudad produce más historias de las que podemos describir, y  para los intercambios de internet no podemos decir menos. La ciudad comienza la transformción prodigiosa de un sin fin de información sin sentido, porque el sentido presupone una evaluación exterior, un observador que no puede ser sino divino dentro del sistema. Informaciones que no son de razón e inteligencia, sino que son de la inercia misma que las guía, que van hacia todo sitio sin arte ni enseña. Que sobreviven pues. La ciudad antes de ser una manera exitosa en que se organiza una sociedad es una sucia y putrefacta forma de supervivencia donde todo se vale. La miseria de la urbe no es miseria. Hay en ella un artificio.

La literatura solo alcanza a ser su nostalgia, porque no hay manos suficientes que la produzcan. No hay cartografos que reediten un mapa vigente de todo lo que vive, tenemos tan solo la calca original, que no deja de ser una ficción de su propio género.

Y hay ciudades que son tan grandes que dan vértigo. Y hay personas que no podrían desearlas de otro modo.

Del siglo y del blog

19 Mar

Hice antes el anuncio de que algunas explicaciones sobre este blog habían de ser dadas. Es momento de proponer algunas respuestas.

Tengo una historia de interés literario un poco intempestiva y diforme, alguna vez renegué cualquier uso bello de la palabra, fuera poesía o prosa, y cualquier manera de estudiar ambos procesos. Ya ven ahora, estoy convertido en un intelectualillo de mierda de esos que rondan las aulas turbias de la UBA -me refiero a Puan-, tomándose un café. (Mi declaración, espero, no ofenderá a nadie)

La verdad es que una carrera como escritor no se me figuró siempre como un ideal fijo y deseable, pero en algún momento lo abordé con seriedad y desatino, poniéndome a redactar antes de saber qué. Y bueno, el proceso continúa, una voluntad extraña me magnetiza a esto de las letras y la verdad, tengo un plan elaborado pero destinado a fallar del cual este blog es parte. Soy muy dado a fustigarme con planes elaborados y necios, pero no me pesa bastante el olvidarlos. Y es por eso que me tienen aquí, en internet, aquí, de nuevo en Francia.

Quiero escribir. Un primer conflicto fue, primero leer mucho del siglo pasado, documentarme en viejos autores e historias no del todo vigentes con la literatura de hoy. Se puede hacer un argumento de que el escritor de antes era mejor -ciertamente el oficio era distinto-, pero no se puede hacer nada para que yo exista “antes”. Soy un escritor reciente, aún verde, si se quiere; y mi vigencia depende de como encararé realidades que me serán presentadas y acaso nadie se ha enfrentado nunca. Tengo una visión de la escritura: Quiero iluminar y abrir paso para los que vienen, que mi referencia rompa alguna barrera, como un bebé al nacer, quiero darle vida a algo incluso cuando a mi obra la coman las polillas. Y no se puede ser un innovador si se vive en el siglo pasado.

No discutiré de historia literaria. Discutamos el presente y la sombra de una forma amenazante y prometedora para toda actividad humana: Internet. Si bien descreo de los siglos como unidad medidora del avance humano, doy cierto crédito a clasificaciones generales que no se fundan en error. El siglo XIX fue el siglo de la literatura y de la ciencia, por un lado el hombre comenzó a dominar los materiales y ser capaz de construir una vida que respondiera al ritmo artificial de su trabajo, la escritura por su lado comenzó a debatir sobre las maneras de pensar y polemizar los avances que el mundo proveía. Un gran hallazgo literario de ese siglo: La prensa (era válida aún entonces la visión de ésta como un “cuarto poder”). El Siglo XX: El siglo de las ideologías, la omnipresencia del materialismo dialéctico, los conflictos de clases sociales, el racismo, el fascismo, las super potencias y el fin del mundo; todos estos fenómenos de pensamiento ofuscaron el valor que la ciencia había ganado en el sentido de “avance humano”, la interrogante que se comenzó a postular es hacia donde va el susodicho “progreso” -Octavio Paz lo discute hasta el hartazgo en los Hijos del Limo y en otras tantas obras donde incurre en definir la esencia de la modernidad-. Ya sabrá usted, informado lector, que la ciencia se atasca porque el poder económico de las naciones no se decide a comprometerse con avances no “privatizables” de sus investigaciones, en Europa cada vez hay menos investigación, casi toda proporcionada por farmacéuticos o informáticos que limitan la ciencia a la victoria de una practicidad inmediata.

Queda el siglo XXI. Mi primera apuesta para este siglo -en el cual mi vida profesional se desarrollará-, es que se tratará del siglo de la Comunicación. El discurso más que nunca será decorticado, enviado y reproducido; tal progreso -que el final del siglo XX ya ha comenzado a fomentar-, termina por tomar las fibras de la lengua y la literatura, acaso para darle algún rol en la cuantiosa discusión. No espero que este aspecto “comunicacional”, domine más que la primera mitad del siglo que nos concierne, pero nunca se sabe que avances o atrasos propondrá la historia -que solo avanza y en el peor de los casos se “retrasa”-. Ya vemos como la discusión dominante en varios países es el uso irresponsable de los medios de comunicación, de los monopolios informáticos, de que no hay manera alguna de que el periodismo sea el “cuarto poder”. El periodismo y el deporte, como tales -su concepción inicial hace un siglo o dos-, ya no existen. Es probable que la literatura siga esa misma muerte.

No puedo pues, sino tratar de entender en la medida de mis conocimientos y virtudes, cómo la marea de la información y de la historia terminará por develar sus acontecimientos. Solo es seguro que la apuesta es el experimento, que un escritor de hoy día no puede tratar de estar en contacto con su época si no hace un mínimo esfuerzo de entender cómo internet y el discurso están transformando nuestra historia. Mi primera tentativa -seria- de abordar este conflicto, es tratar de concebir un blog, una presencia interrogante en línea, que estire sus tentáculos y trate de capturar hilos sueltos, y acaso destruirlos o contaminarme, como las ciudades que Verhaeren vislumbró alguna vez.

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