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El conflicto no es malo

11 Jun

Esta semana salgo a Paris para una acción administrativa, si algún lector curioso se halla por ahí en estas fechas, puede mandarme un mensaje mañana para poder vernos y discutir ¿no? ¿Qué tiene de malo? Pero si ustedes son de los distraídos y se dicen algo como “pero usted de todos modos apenas postea en este blog”… Pues, supongo que es ahora que pierdo la sutilidad y les explico qué está pasando ultimamente.

Recordemos uno de los problemas del artificio: la inteligibilidad. Podemos doblar los códigos de lectura pero luego se rompen, la secuencia, el lenguaje, los neologismos… El lector necesita ponerse al día con estas nuevas reglas que acaso suceden al momento mismo que leen. ¿Nunca han llegado a un texto y sentido que algo les falta? Bueno, eso es lo que busco aquí, en parte. Y que no les moleste, que sean mis lectores, los de sangre fría, que llegan a un texto no esperando nada y esperándolo todo. Si ustedes son así, y prestan atención al detalle habrán notado una reciente adición a la presentación de la página.

(Dejo que en este momento la busquen)

Cortazar empieza Rayuela con una propuesta, con el “manual de uso” del libro. La entrada que están leyendo también es una suerte de manual de uso. Explicaré el por qué y el cómo, de lo que hace que el concepto que empleo funcione y al mismo tiempo falle miserablemente, y que sencillamente vuelven el acceso a este blog practicamente imposible.

Como dirían mis amigos de la facultad, I’m a jerk.

Entonces, les recuerdo que hace unas entradas dije que empezaría a borrar mi blog, porque el sistema que busco tiene que ver con la temporalidad y la caducidad del discurso escrito. Esto lo descubrí buscando en Yahoo -en una época pre-Google-, cuando buscando determinado poema o frase, llegaba a una página que el triste servidor de Geocities había evacuado. Entendemos que conforme los servidores se vuelven progresivamente más baratos se vuelve menos fastidioso mantenerlos funcionando. Pero la verdad es que todos desaparecerán, lo que se escribe en internet no se queda, tiene fecha de caducidad escrita. Esta lección la expandí hacia mi blog, aceptando que su final estaba escrito en su principio aunque la voluntad de WordPress fuera conservarlo. Mi paso poco sutil y a veces exagerado fue sencillamente borrar.

Por supuesto, borrar por borrar es una práctica extraña, no una cuya estética pueda interesarnos. Opté entonces por el reemplazo, en escribir sobre viejas entradas. ¿Elegante? ¿triste? Ni idea, a ustedes de juzgar. Supongo que el efecto es sencillamente desafiar un poco el sistema cronístico que de todas maneras nos parece evidente al usar internet, que el pasado ha permanecido y no puede cambiar activamente. Y si acepto que usted puede llegar a mi blog sin leer las entradas en orden, espero también que pueda por accidente describir una novedad que para usted no tenga nada de nuevo. Una construcción temporal del todo extraña.

Esta es la primera de las Eras de este blog, las que pueden seguir de manera más o menos fiel, en la categoría de “Era”. Hallarán ahí los que han leído todo el archivo, sus respectivas novedades, como una segunda línea de nuevas entradas que se van añadiendo a esas que ya se consideran nuevas y aparecen en la página de entrada. Puedo considerarlos por este medio advertidos: Las Eras cambian la manera en que este blog debe leerse. Tenemos una sola Era -por lo pronto-.

No se enfurezca si el juego le parece ridículo, recuerde que también Arguedas expresó su disgusto a la entrada de Cortázar. Considero que este blog es innecesario, y por lo tanto puede e incluso debe transformarse. Luego añado una página para que futuros lectores tengan la oportunidad de verificarla y entiendan como leer esta era, tan solo para que el movimiento no sea alienante para los recién llegados. No espero que haya un orden en este blog: ni índice, ni instrucciones. Ya he planeado esto también en otras medidas que luego comentaré, cosas que digo y ya presupongo sin que crea que requieran explicación. Porque el tiempo, aquí, no existe.

Espero que la nueva convención les convenga.

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Errata

1 May

Nadie respondió a la entrada de ayer, pero no soy tan inocente como para creer que iba suceder lo contrario después de casi un año de desarreglos en mi presencia virtual… Y sin embargo hoy estamos en medio de la agencia del cambio, primero declarado por el metatexto de hoy, que me tomaré la molestia de explicar no tanto porque me parezca ingenioso, sino porque en su naturaleza no debe resultar evidente.

El juego del tiempo es el primero de este blog, lo inmediato, la ventilación, un objeto que toma su odor cuando uno se pone en su presencia, como el cadaver de un gato dentro de una caja, entonces se verifica su putridez, aquella que puede haber disimulado la ausencia, la esencia. Encerrado en su tiempo, el texto es otro, responde a sus innecesarias reglas, al complejo arte de completarse por lo no dicho. Este blog se quiere improvisado, hasta ahora, para ser más del tiempo e imitar su materia. En este sentido se parece al discurso hablado.

Cuando se trata de la voz, de las palabras en el viento, entramos a un espacio en el cual la escritura no existe. Si la escritura es algo real, y existe, lo simplemente enunciado no. Esto no quiere decir que no sea real, los desertores de la ficción han exagerado las dimensiones de la irrealidad, la han denigrado pero sobre todo la han olvidado. No existe el discurso en directo porque solo es recuerdo de si mismo -ninguna idea se enuncia de momento, de golpe-, o se tiene en el espacio de la intención, antes de que el torpe ejercicio de la acción lo proyecte hacia lo real. Lo dicho no se dice, solo es dicho. Pero ser es momentaneo, no hay una homogeneidad que quede, toda identidad cambia.

Ahora si la palabra al viento es una cosa y la escrita otra -no se discute ni se permuta, no se busca la polémica entre las dos-, admitimos que su enfrentamiento es de perseverancia. Entre lo que existe y lo que no logrará jamás existir. Esta es la metatextualidad, un juego de existencias, la pretensión de una existencia en sí misma, del discurso que se da cuenta de que es discurso, pero en un estado absoluto de impotencia, de dicho, de irreactivo.

El metatexto aquí es la fatalidad de la desaparición, estamos ante una entrada que dejó de existir en el sentido propio, que gracias a la caducidad infinita de nuestras mejores máquinas, se funde con la nada en los archivos de memoria de algo que no puede estar muerto porque vivo nunca estuvo. Es una necesidad que el texto recobre esta capacidad de morir, porque en ella se juega su valor genuino. Tenemos pues la espontaneidad y luego tenemos el olvido. Vamos directo a la segunda fase de nuestro blog, y forzosamente a la que más tememos: la muerte.

Excepto que no podemos probablemente tener a la muerte porque es una ficción, quiero decir, es también un dicho. No hay muertes, solo hay lo muerto, y lo muerto es por definición lo que no está, lo olvidado, lo finito. Decimos que un verbo es perfectivo cuando se ha logrado todo, ninguna palabra y ninguna vida es perfectiva. No somos verbos, nunca, jamás, somos historias.

Yo juego con la mano abierta, como los encantadores frente al truco o la magia verdadera, que es de todas formas engaño -creer que no hay magia-, estamos en esta incógnita y la declaración. Voy a borrar metódicamente las entradas de este blog. En el método de esta tarea está la clave, no para producir ni reproducir -esta es la vida-, sino para olvidar, para cambiar -esto es lo dicho-. No guardaré, declaro como prueba de fidelidad -que a final de cuentas es finita-, recuerdo de aquello, ni archivo. Si otro lo hace por mí. Que Dios se apiade de su alma ¿no?

Recuperamos así la palabra, para siempre, o por un rato, apenas, indecisos. No es sino el segundo paso de la serie infinita que hace de la palabra lo que es, del metatexto texto, de los muertos vivos, y de las decisiones actos. Y el error. Siempre, primero, el errar.

Del goce de leer

25 Ene

http://arrowni.podbean.com/mf/web/4dyhk/Elgocedeleer.mp3

Todavía no he decidido la duración estándar que voy a usar en mis podcasts, pero supongo que vale la mención de que pueden comentar para sugerir cambios. Y sí, mi gato estaba haciendo destrozos mientras grabé esto y puse el micrófono muy cerca de mi respiración. Pero como no tengo guión para estas entradas me temo que vamos a ser tolerantes con un mínimo de ruido ambiental, c’est la vie mes amis, c’est la vie.

La próxima, acaso seré más flojo al prepararla y tendré ambientación músical y toda la cosa, nunca se sabe…

¡Qué oso!

10 Ene

Vamos a relajarnos, porque parece que en este auto-declarado blog humorístico la crítica llega a un nivel de presión crítico. Y eso que intento sencillamente improvisar, no me imagino el nefasto resultado que tendrían mis elubricaciones si actualmente las planeara. Dios nos libre. Entonces, si están buscando reflexiones estimulantes, puede que hoy no logremos ese fin, pero en mi defensa, no creo que todo lo que escribo aquí sea así de estimulante. Tampoco quiero que el blog sea exclusivamente entretenimiento, pues usted sabe, hay lugares más entretenidos en la web… Y luego, por lo pronto no hay riesgo de matar de risa…

En fin, decía que vamos a hablar de una experiencia personal, voy a hablar de mi aprendizaje del ruso (estoy pensando en el ruso, mi ganapan me lo exige). Ahora, esto puede ser complicado porque según entiendo no todo el mundo ha aprendido ruso, y en español, no creo que se ponga de moda proximamente. Pero confío que esto tendrá más sentido en el futuro cuando se vuelva común que todo el mundo sea trilingüe por lo menos, sin contar a los nativos de dos idiomas, guaraní, catalán o sea… Por lo demás es muy entretenido aprender idiomas nuevos y al menos mientras he aprendido en grupo siempre me ha sido justo y placentero. Si uno es hispano-parlante, el ruso tiene intimidancia, porque no usa el alfabeto latino *gasp* ¿Rs al revez? ¡Dios santo!

Claro, ese alfabeto se aprende en dos días, cuando Derly y Anton comenzaron a estudiar ruso no llegaron muy lejos, pero probablemente recuerden el alfabeto. Se podría escribir español en cirílico sin dificultad alguna -si a uno le gustan esos malabares altermundialistas, que en la literatura serían dificultosos, molestantes y ridículamente buenos-. Pero esta extrañeza esconde acaso la dificultad que conlleva aprender un idioma que no tiene el mismo orígen que el de uno, que las palabras son otra cosa. Cambio de palabra, cambio de sentido.

Yo entretengo varios idiomas simultáneamente de manera casual, o como dice Cécile, empiezo la frase en español y la termino en inglés/francés. Acá me retengo, en el blog, primeramente porque entra en la logística del blog en español -contra el inglés ¿les conté por qué la elección?-, luego, porque la herramienta basta ampliamente para mis fines, finalmente, porque obligando la entrada de este idioma del nivel más elevado a más casual, lo transformo y reinvento con codiciosa flexibilidad. Azar: considero un gusto el español. Y en un concepto seudo-religiosa y semi-de-afecto, la libertad de deformárlo es mi afirmación de comodidad, de suelo propio, de agencia. No es afín a la mayor ortodoxia y luego… Bleh, no esta exento de muchos extranjerismos y préstamos, no es muy grave a mi parecer, si bien inflinge confusión. No es más fácil leerme al hablar casualmente, discutiría que es más difícil -buena excusa para unna forzada seriedad-

Entonces… El ruso. Espérenme, el agua del mate está fría. Frío des Vosges. El ruso tiene un origen de las palabras distinto al latín, lo que hace para coincidencias distintas y confusiones permanentes. Uno debe aprender todo el vocabulario, de cero. Ni las preposiciones se parecen -para esto también el uso preposicioso es menor-. Y esto es el verdadero primer desafío, uno que no es lógico sino estructural. Uno desconoce la geografía del idioma pues no la ha recorrido. Y el idioma es una geografía -del tiempo, del espacio-, lo que es parte del gusto -para mí- de practicarlo. Llego a la conclusión de que amo las palabras porque representaron en mí algún descubrimiento. A los doce decidí que no viviría en mi lugar de nacimiento, que viajar era un deber quasi-moral -la oportunidad de viajar implicaba el deber, el concepto de presencia de dicha oportunidad se emplea para mí en toda la metafísica del heroísmo y de cierto modo, toda la ética-. Haga de cuenta, yo aprendía una palabra y trataba de entender por qué la palabra era así, cuál era su historia. Si por ejemplo homosexual venía de “mismo-sexo”. Esto le daba todo un sentido secreto e imaginario a las palabras, me permitía contemplarlas desde una dimensión lírica/narrativa/emotiva. Es un poco romántico admitiblemente, poco que ver con la visión evolucionista que determinadas lingüísticas nos sugieren, pero para mí era un primer viaje hacia algún sitio: el pasado de una palabra. Lo demás, es presente.

Y me tengo que gastar esta anécdota palabrística del ruso por inexacta que resulte -tengo varias, las citaré algotra vez-, ya que medio viene al tema. Se trata del oso. El oso, ya se sabe, es cómo un símbolo nacional de rusia. Entonces, de acuerdo con el orígen de la palabra “ursus” y sus variantes germánicas, llegaban más o menos a una conclusión total sobre la bestia, el significado era algo así como “asesino de hombres”, o bestia demoniaca. A veces la palabra original oso derivaba de una divinidad maligna, la carnacidad de la bestia puesta en escena. Y por su lado, la palabra rusa (“miedev”, o algo así), quiere decir “comedor de miel”. Bastante más tierno, como reflejando la dimensión afectiva que la bestia tiene con esta población.

Nos vemos luego.

No a lugar

25 Dic

Habemos de admitir que si hay alguna literatura latinoamericana por fuerza habrá otras que no lo son. Esto puede llevarnos al delirio de concebir listas llenas de propiedades que funden y expliquen lo que es de esta literatura, o incluso que jueguen a pensar que Latinoamerica es una cosa y que puede ser explicada por los textos que produce. Tratando de concebir un concepto amplio, he pensado que la literatura latinoamericana responde a todo el corpus de todo lo escrito en un conjunto de países, tan poco representativo y extranjero como pueda presuponer tal limitante. ¿Y la literatura de los exiliados? Esa tal vez nos pone un problema particular, pues en el fondo es también extranjera.

A veces pienso que la riqueza de cualquier literatura particular está en su sentido único. Si queremos expanderla y universalizarla, cometemos el error de devaluar sus conceptos principales, su credo más profundo. La periferia funciona particularmente bien cuando tiene conciencia de la condición que la hace distinta, y aunque a algunos les duela la confesión, Latinoamérica es antes que todo, periferia. Pero cada periferia tiene un lugar propio de enunciación, o en el caso de las complejas sociedades de distintos paíse, muchísimos sitios. Construir un absoluto que englobe tantas particularidades y realidades con colores distintos es azaroso. Es un desgarrador deseo de comunidad, y una fuerza en la que se lucha por conservar una cierta esencia latinoamericana. No tiene sentido pensar que esta literatura sea una cosa, pero sensorialmente nos parece que debe serlo. Esta similitud de facto, esta evidencia, fundamenta la voluntad de construir una literatura juntos. Y sin esta convicción mucho se pierde.

Viviendo en Buenos Aires tuve la experiencia de recobrar algo perdido de mi identidad. En ese momento, la digestión de mi exilio voluntario en Francia había exigido que reconociera algo de lo que había perdido. Me sentí de nuevo latinoamericano habiendo abandonado la particularidad nacional que mi nacimiento podía suponer. No podía reivindicar solamente una nación por razones en las que no vale la pena ahondar, pero me parecía digno recobrar esta identidad común que me parecía entonces, latía en todos los latinoamericanos indistintamente. O no en todos, pero yo en el extranjero, sintiéndome extranjero a recordatorios frecuentes, no podía sino encontrar en esa visión cierto consuelo. Ahora, extranjero entre gente que hablaba mi idioma, agrupado de nuevo entre nombres de países que nunca viví, podría haberme interrogado si formaba parte de aquello, aún entonces, y si el perder dicha identidad vendría después, o si era una especie de luto que ya se anunciaba en mi deseo incandescente de formar parte de ello. La última flama que brilla antes de consumirse. El fin de mi literatura latinoamericana.

Uno nunca deja del todo el lugar donde nació, pero es igual de cierto que uno no pertenece en nada al mismo lugar después de un prolongado exilio. No pocas veces me he burlado de ciertos escritores que distantes de sus países de origen siguen portando el título de escritor nacional. No faltan los críticos que deploren esa posición. Y es algo válido. Vargas Llosa no es un escritor peruano, Roberto Bolaño no es un escritor chileno. Se les cede por consecuencia al menos el poder integrarse al pantéon de escritores latinoamericanos, pues en esos términos no pierden del todo sus derechos. Pero del mismo modo, es enteramente justo llamarlos europeos. Y enteramente injusto usar ambos términos, en otro sentido. No tiene razón geográfica de ser, tampoco es que la literatura de un continente vaya a empobrecerse por no rescatar un par de nombres entre otros.

Una literatura se escribe en el tiempo. Es un sitio geográfico, que puede, si se quiere, coincidir con abstracciones como latinoamerica. No es extraño que a dos tiempos distintos, un mismo autor deje de ser americano, deje de ser hombre, deje de ser él mismo. La identidad es fatalmente discontínua, y sufrimos con frecuencia muertes varias. Yo he sufrido ya durante el año el luto de esta identidad, de la ilusión de la que aún me agarraba, de pertenecer a algo. Tal vez no lo he perdido del todo, pero ya siento cómo la perderé. Y conociéndome, al momento que esté muerta, no me ha de importar mucho más. Igual será triste que no pueda escribir como si fuera de allá. O que pueda, pero sea un vil artificio. ¿Debí burlarme tan rápido?

Y entiendo por este medio que si existe una literatura que encuentra su sitio, otras vienen fatalmente de aquellos que se sangran en muchos lugares. Formo parte de esta variedad, y tal vez se requiera en un futuro que la literatura de nosotros no tenga ese estigma de inadecuación. Sí tengo un lugar y sí tengo una literatura. El resto son adjetivos, y por oficio sé muy bien cuánto crédito hay que darles.

Inter(ludio)net

25 Nov

Como antecedentes puedo presentar mi discurso sobre el Manual de Internet y una de mis entradas de la legitimidad. Sencillamente si es cuestión de justificar mi decisión de cambiar al menos en apariencia, la función de esta plataforma internet.

Ahora pues, no es como si hubiera una idea rigurosa a la que me estuviera aferrando al construir estos escritos, simplemente he tratado de mantener una atmósfera estimulante para la discusión, la mía con ustedes, de realizarse, y en todo caso, la mía con mí mismo. Pero casi por fuerza entrar a un círculo intrínsicamente social -por contados que sean ustedes, mis generosos lectores- exige alguna responsabilidad hacia el exterior. No me gustan tampoco los ejercicios masturbatorios que se disfrazan de análisis para entrar en sí mismos, en fin, he considerado dar algo…

Esto es algo que puede mantenerse en un nivel estrictamente teórico pues mis preocupaciones en este blog no han sido precisamente utilitarias. Y no sé si deberían serlo, tomando en cuenta el alcance que tengo y mi propia renuencia a posicionarme en el nivel de autoridad o de poder, que… Bueno, prefiero que usted decida si sigue leyendo o no, pero la acción bien concreta que quiero seguir -que puede quedarse en buenas intenciones-, requiere una cierta exigencia. Todo para decir que pienso reseñar e-books.

Pero por supuesto, la idea es reseñar libros que llegan directamente al formato en línea, sin que sean antes que nada hechos de mercado. Esto puede ser una idea aparatosa pues descalifica un montón de sistemas de e-book que permiten alguna ganancia, sea esta marginal u oscura, así como presentar una manifesta oposición a cualesquier tipo de editorial. No busca antagonizar editoriales, pero ante todo no busco volverme una ni reemplazarlas. Creo que si algún día me lanzo en el territorio de la edición tengo que hacer algunos experimentos y ver las cosas en cara, por lo que son y no por el mercado que representan -o incluso que pueden representar-. Seguro no valgo mierdas como editor pero esta experiencia no necesariamente queda descartada, y la lectura de estos textos publicados en línea puede prestarse valiosa para encarar un cuerpo de textos menos “filtrado”, y abordar el problema que viene por ello.

El juego aquí es tratar de no efectuar todos los pasos evidentes de una reseña literaria. No se trata de hacer promoción a los trabajos que busco, y mucho menos de buscarlos para darles promoción. No persigo tampoco el descubrimiento de nuevos talentos y libros que puedan lograr alguna fama, si bien es lo que deseo con mayor sinceridad. Sería inocente de mi parte emprender este experimento de una manera absolutamente convencional y esperar ser sorprendido por los resultados. Para mí el mundo del e-book es desconocido, y me propongo descubrirlo en la práctica. Por medio de esta reseña, tal vez pueda reconstituir el camino y que usted después de mí ponga las experiencias a mejor uso, tenga un mejor juicio -uno más suyo- frente a lo desconocido.

No se tratará de un formato de bentilaciones necesariamente, aunque sería lo óptimo. Las lecturas requieren un mínimo de anticipación y no tengo garantía de que ningún libro que halle me inspirará algún comentario. Hay un balance muy sútil y desagradable entre hacer una reseña o un análisis y escribir activamente al lado del libro, en este caso no puedo garantizar que encontraré gemas, o que tendré ganas siquiera de mencionarlas. Mas no es mi intención quedar en la buena intención, eso es lo molesto de la declaración pública, que frecuentemente es politizada en una suerte de compromiso, o mejor dicho en una responsabilidad. Ni me interesa esa legitimidad ni pretendo dar respuestas a aquellos que se interrogan todo del e-book o que quieren aventarse ellos mismos a esa travesía. Solo confirmo el hecho de que hay continuidad entre mis propósitos y lo que sigue, es la consecuencia lógica de una posición intelectual, moral o como se diga. Es la práctica de algunas teorías que hemos hablado.

Espero por este medio, por lo menos probarlas falaciosas. Pero en el fondo de mí, espero leer versos buenos, interesantes relatos y sorprenderme aunque sea de manera superficial. Así podré pensar en los que vuelven la literatura un asunto de control de calidad, en el producto “bruto” que no existe y del que acaso el e-book es un mal representante. Y finalmente -tal vez de ahí parte toda mi iniciativa- tener el amor propio para darle un justo título a un texto sin necesidad de cotar su contenido en papel.

Incluído este blog o lo que sea que llegue a publicarse virtualmente.

 

Migraciones imaginables

23 Sep

Sobre la mudanza tengo una anécdota personal que me parece bastante paradoxal y me permito el capricho de compartirla. Comprende varios elementos: mi padre, los sueños, una discusión metafísica. Entiendo que los tres, resultan prácticamente evidentes cada vez que escribo en este blog, mas la redundancia a veces es comprensible repetición.

En ciertas ocasiones sufro de trastornos nocturnos. Casi siempre se trata de una opresión en el pecho, terrible y sedante, cuyo resultado no suele ser mi muerte. El segundo, acaso más horroroso, me toca personalmente en el nervio de mi imaginación. Consta de un estado de entre sueño en que las imágenes pasean frente a mis ojos y yo las percibo en cuanto cambian, seguramente usted padecerá la misma experiencia.

Mi primer encuentro con el fenómeno me sobresaltó. La imagen proyectada en mis párpados me era detestable fuese lo que fuese, imprimía, o mejor dicho expresaba, un temor, una inquietud. Luego, a modo de un terrible milagro, se transformaba en forma logrando un idéntico malestar pese a recrearse por completo. La mente jugaba acaso a dictarse a sí misma un diccionario de miedos.

La repetición no me inclinó por el aprecio de dichas apariciones, mas permitió la digestión de su terror a nivel conceptual. Me presumo seguro en mi propio espíritu y entiendo que el subconsciente nunca busca destruirme (un hombre más atormentado podría, justificado, elegir otro camino), lo que me empujó a desafiar la brutalidad formal que la mente programaba. De ahí que me obligué a la exposición continua de dichos horrores uno tras otro, hasta que su novedad desapareció y pude apreciarlos tan solo en sus rasgos abstractos y no en la aterradora sensación que me granjeaban. Así pues, vi las formas de mi alma.

Vale decir que no fueron observadas en ningún verdadero sentido, más bien diría que alcanzaba a percibirlas. Eran extrañas. Como impresiones que eran tenían profundo detalle y eran cómodamente contradictorias, o al menos arbitrarias. Una planta podía ser una mujer, y luego un cuadro podía ser plástico y animales. La cosa es que la sensación desaparecía y sobrevenía otra, cuya figura resultaba tan presente que efectivamente borraba a la otra. Y obligarse a conservar aquella causaba perder la sucesiva. Demasiada conciencia me inclinaba a despertar, y este es el fin de los sueños. Concebí que con un sistema correcto, la escritura automática podría recrearlos mientras pasaban (nunca llevé acabo esta experiencia).

Explicando esto a mi padre (quien aclaro, tiene mis respetos como pensador y poeta, más allá del título familiar que le confiero), él hizo una improbable observación que me parece, confirma mi evaluación sobre sus reflexiones. Dijo que al viajar y mudarse vuelve a la mente un objeto predispuesto a generar sueños más variables y frecuentes. Que la vida común y corriente endormece el músculo soñador. Vale observar que las implicaciones serían un tanto extrañas.

Si los sueños se fatigan ante la cotidianeidad, entonces son un llover sobre mojado. No hay revuelta posible en el espíritu, a fuerza de descuidos caemos en la inercia. Aunque si uno es móvil, osado y aventurero, tenemos toda la inclinación a continuar por engrandecer nuestras visiones. La inquietud se mantiene a sí misma y proyecta otro tipo de inercia, los sueños persiguen por fuerza algotros sueños.

Esta lectura tiene algo de terrible aunque también de lógico. Es contraintuitivo pensar que si la conciencia de uno se resigna a un cotidiano, el subconsciente y la musa respondan al mismo estímulo. El argumento tiene su falsedad. Me parece de más tino encontrar en esto otro orden, una lectura que si se quiere, resulta todavía más obvia: El que sueña con frecuencia tiene sus inquietudes, y respondiendo a estas mismas, se inclina al viaje. La misma paz del sedentario, se expresa en sus dos facetas: lo escondido y lo visible.

Lo que no hace la deducción de mi padre un producto desechable, es una experiencia de lo real, una deducción poética. Su sentido no busca simplemente la definición de un objeto, sino su superación por medio de la multiplicidad. Que el viaje implique la riqueza es la expresión de una abundancia que en su momento es real, sin buscar ser regla. El sueño mismo es esto.

Aquellas perturbantes visiones que he tenido no son, verdaderamente, entes terribles. Veo en ellas la belleza que viene de la mezcla, la coexistencia del terror con lo común, de lo sensible y lo imposible. La intuición es un sueño, y no requiere consistencia argumental.

Si puedo pensar algo que no puedo decir, entonces siento (cerré los ojos y ví la figura de varios pájaros, pero no eran 2, ni 3, ni 4 y sin embargo eran menos de seis y más de uno, la inexpresividad de dicha imagen es una prueba de existencia) y puedo por consecuencia interpretar, leer. La interpretación de sueños fue la primera literatura. El texto y el argumento fueron creados después para satisfacer el ego.

Y curiosamente, hay quien ha mencionado una importante correspondencia entre el leer, y el viajar.

Los picotazos de Hobbes

23 Ago

No soy de la poesía abstracta.

Como siempre en este blog, ustedes pueden estar en desacuerdo conmigo, no espero ni deseo tener un remedo de autoridad en sus lecturas ni el manejo de su tiempo libre -sugerirles la asiduidad a este blog me parece ya presunción-. Ahora, de cierto modo se podría pretender como falsa humildad, quiero decir, cualquier escritor que se pretenda elegido entre la masa infinita de textos de nuestros tiempos, no puede sino tener un oculto deseo de atención, una inflación egocéntrica de dimensiones ridículas. Me encantaría que la lectura le fuera útil, pero presumir dicha utilidad es innecesariamente fatigante y no es la tarea del autor. En fin, decía que es un disgusto personal y que puede leerse así en todo lo largo.

Yo asumo estas preferencias -transitorias o no-, y no las considero particularmente trascendentes. Me han gustado las muchachas de pelo negro y luego, de cierto modo, se me ha pasado. No supongo metódicamente que a esto corresponde un problema inherente en dicha distribución de melanina. La poesía abstracta nunca me ha gustado, mas no es imposible que algún día pudiera gustarme. En fin, no son aspectos problemáticos de una personalidad que salten a relucir, simplemente son, y ya está. Solo que conocerse a sí mismo puede ser útil, en esa óptica me gustaría saber qué es tan desagradable de esta poesía abstracta.

Primeramente tenemos el dilema terminológico, ¿a qué me refiero con poesía abstracta? No me refiero ciertamente a la confusión causada por poemas voluntariamente difusos como podría ser el caso del adjetivo usado en términos de la “pintura abstracta”. Ese tipo de abstracción me divierte, precisamente porque flexiona la rígida materia de los géneros y permite (re)descubrir ingenios y figuras nuevas. Lo que yo deploraría sería casi opuesto: El uso de la abstracción en sentido propio dentro de un poema, un juego de definiciones.

Vamos a intentar unos desatinados versos:

 

Después de picotearnos varios besos

comenzamos el leviatán de Hobbes

 

Ahora, en caso que lo pregunten, la atrocidad del poema es voluntaria (faltaba más). Obviamente la referencia a los picotazos -clarísima referencia a la animalidad-, debe recordarnos los libros de filosofía política de Hobbes y ponernos frente a su concepto de Leviatán, explicado en el libro del mismo nombre. Traducción del poema: Primero los besitos y luego el yugo mutuo.

El concepto de un poema que requiera y que tenga una traducción, ya nos habla de una cierta pobreza estética, pero aquí ni siquiera es lo más grave. Es algo malo privar del goze de un escrito a la gente que no haya leído a Hobbes. No presumo conocer todos los proyectos de lectura, pero pensaré que no se requiere a los filósofos ingleses para ser o sentirse poeta. Si uno reflexiona un poco, la referencia ni siquiera depende de una lectura profunda de la obra filosófica, simplemente evoca -y medio mal- un concepto central, como si por analogía entendiésemos que Hobbes refiere a un solo objeto, y que es aquel que se lleva en el poema. Esto presenta incluso un problema de comprensión, pues podría referirse a otra cosa que aquella que el problema “necesita traducir” y esas interpretaciones no tienen sentido. Las referencias literarias de este estilo me parecen igual de malas.

Esto no quiere decir que no participe de cierta estética escritural que expresa cierto romantismo por medio de los títulos o nombres de autores, Neruda, Borges y otros tantos han enunciado  algunos versos válidos por este medio. Solo que existen maneras academistas, referenciadoras, bibliotecólogas y notapiedepagínicas que fallan en lograr cualquier emotividad, y fruncen más bien el ceño. Y no dejan por eso de ser, goces de iniciado, como una especie de guiño de ojo ñoño que busca la complicidad de otros lisiados de la lírica. ¡Funciona!

No es -obviamente- la falta de conocimiento que me molesta en esta actitud, sino simplemente la relación indirecta que esta referencialidad tiene con el lenguaje poético. Una poesía es aquello donde el lenguaje sirve por sí mismo, la referencialidad externa de nivel puramente conceptual es fatigante y contraria a ese propósito. Además, no deja de tratarse de una suerte de historicismo. Los conceptos de Hobbes no son únicos de la mente del filósofo, sino que él ha sido aquel que los ha expresado y dejado una huella cultural. No creo que volver a Hobbes un concepto se aproxime siquiera el propósito de la poesía.

He descubierto recientemente que tengo poca paciencia a esta poesía, tal vez en parte porque se toma en serio. He visto poemas platónicos que me han parecido ciertamente interesantes, aunque por regla general, la necesidad de nombrar a Platón en ellos pase desapercibida.

Sobre A***i*** N**a***

21 Jul

No compro muchos libros. Hay muchas sensaciones inmediatas que me guían en esta renuencia, al grado que hallaré difícil explicarla mientras avanzo en esta entrada. Naturalmente, ni quién se interese en mi sensación, intentaré simplemente enunciarla para que usted presuma una generalización que pueda aplicar con mayor libertad que las fuerzas que me manipulan, aunque en dicha generalización quede yo como un imbécil.

Primeramente, con el lugar de la biblioteca que brevemente he discutido, el conocimiento de un autor no se liga directamente con la compra. Esto es a la vez bueno y malo. Un punto fundamental de la lectura crítica es aproximarse a obras que no se encuentran dentro de los circuitos académicos usuales. Lo que pasa es que tampoco la librería es un sitio ameno para los descubrimientos, pues el acceso limitado a las obras. O tal vez, yo lo siento así, nunca he pasado tiempo en una librería para asumirlo un verdadero ambiente, siento hacia ella lo que tal vez sentía hacia la biblioteca ya hace tanto.

Y es que se me figura a una prisión. Cuando discuti el asunto con Jaime M Quantz expliqué precisamente cómo esto venía por la incapacidad de liberar todos esos libros sometidos, tantos tomos que solo mostraban mi incapacidad de leerlos. Aunque también el libro mismo se me figura una suerte de prisión, de la cual ni siquiera la lectura es capaz de liberar. Termina seguramente, cuando el libro es destruído y de cierta suerte, olvidado.

Jaime no compartía exactamente esta analogía, no le parecía tampoco, que fuese -la librería-, una suerte de cementerio. Era como un lugar donde visitar amigos. De mi parte -cosa que tal vez no supe explicar, o tal vez desvié distraído el tema-, esta complicidad con el autor estaba también presente, solo que me parecía intuir un favor implícito a ellos o quizás a mí, liberando aquellas obras. Incluso fuera del circuito autor-lector, este escenario lleno de tomos le daba mal a mi consciencia.

Para mi mérito, en ese circuito carceral inventado, no presuponía las nociones peyorativas que la prisión generaba, sino simplemente el encierro y el catálogo de estos criminales del discurso. Un diccionario o una enciclopedia, son de manera análoga prisiones. Excepto que no existe prisión sin el concepto de libertad o por lo menos de fuga, sin algún método de liberarse. Para mí esto es el olvido. Los diccionarios, que suelen ser colecciones de arcaísmos, tienden a transformar en objetos los cadáveres del lenguaje, mas por sus limitaciones físicas el catálogo no es exhaustivo, y no creo que lo debiera ser. Aborrezco en cierto modo dicho completismo científicista.

Entiendo que en la biblioteca se podría aplicar mi extraña repulsión por la librería. El pago de la fianza no es total, y el domicilio en dicho edificio es arbitrariamente largo. La tienda libera una vez y para siempre, al menos, en cierto punto de vista.

Yo más bien entiendo, que siendo el arte solo libre al momento de ejecutarse,  en cierta acción performativa que viene de la lectura, el libro escapa de sí mismo, y toda inclinación que lo acerque a este fin, es un ejemplo de libertad. Siendo así, me parecería que el libro en la biblioteca, está menos aislado que aquel que uno compra o que permanece en el anaquel. Ciertamente la difusión en una biblioteca no es metódica, mas se basa en cierta esperanza de futuras lecturas. La acción de comprar un libro y proceder a leerlo una sola vez se consideraría más bien un trámite, un intercambio de jaulas.

El libro comprado, en mi visión de las cosas, exige dos compromisos aceptables para permitir un mínimo de libertad: La relectura comprometida y el préstamo o regalo filial. Si el libro, en nuestras manos, se mueve a lectores subsecuentes, si alguien los hereda o los hojea bajo nuestra vigilia, guardamos con ellos el compromiso que es nuestra responsabilidad. El escritor que comparte una historia o un poema de su confección, hace el mismo favor a ese arquetipo mental.

Entonces para mí, comprar un libro es una acción posterior a la lectura, una afirmación de un gusto en el tiempo, una preferencia no solo azarosa, sino en parte consecuente. Mi biblioteca ideal, la mía, se iría vaciando poco a poco, liberando aquellos libros que no habré de releer nunca más, hasta que el día de mi muerte, pueda confirmar la partida de todos esos hijos míos, esos amigos a quienes no someto a mi mismo fatal destino. Quedarse sin libros, se me figura un ideal.

A lo mejor me pasa que como decía Jaime son mis amigos, y como decía yo, hay una cárcel, y esta amistad que me tiene compañía, me hace pensar que yo también soy prisionero y que ellos me visitan hasta el día que también he de ser libre.

La biblioteca

21 Jun

Gran apologista que soy de tantas cosas gratuitas, siendo igual afecto a instituciones azarosas y extrañas como suele ser la biblioteca. Antes que nada una precisión de orden comparatista/morfológica: En inglés la palabra biblioteca se dice library, mientras que la librería tiene el instintivo nombre de bookstore, esta divergencia curiosa -un falso amigo, como diría un traductor-, es cuanto más curiosa por usar una palabra como library, que remite a nuestra palabra libro, que en inglés tiene otra fuente morfológica bastante distinta. Una biblioteca abarcaría estrictamente un concepto más amplio que una library, pues biblia -como en la sagrada escritura- remite simplemente a “cosa escrita”, y hay en sentido estricto, cosas escritas que no son libros. En fin, era nadamás una probadita del sabor de ciertas palabras caprichosas, hablemos de la institución que por el momento nos atañe de manera más concreta.

Primeramente, una triste historia personal: No hice muchas bibliotecas en mi juventud. Culpemos a las carencias culturales mías y de mi entorno, o sencillamente a un desconocimiento generalizado de todo el universo bibliotecario, pero mi encuentro con la institución a la que me refiero fue tan tardío como mi llegada a Francia. Acá es donde aprendí a leer seriamente, bajo la guía de ese monumental edifico al que yo debía parecer tan extraño como me era a mí. Distinta a otras que conocería más tarde, esta biblioteca permitía pasearse entre los estantes de libros, explorando y percibiendo con intuición ese orden mantenido por códigos numéricos y letras, entre autores, épocas y temas. Esto ya me mistificaba antes de buscar la practicidad del buscador informático, pues la presencia física de dichos tomos invitaba a recorderlos como una geografía, con la arbitrariedad de los paseos casuales bajo el sol, en sitios donde la calma aprende a reinar.

Sin el préstamo me hubiera vuelto partisano de este edificio, mas hubiera tomado tiempo. Curiosa esta actividad de poseer un libro tan solo un tiempo, de cierta forma imponerse un plazo de lectura aunque fuese imposible, bajo el servicio de la biblioteca misma. Entiendo que pueda parecer molesto, no obstante, esencializa bastante lo que realmente importa en la lectura, lo que uno tiene al alcance por ella y en ella. ¿Cómo es esto? Pues bien, almacenado al lado nuestro, un tomo cualesquiera puede parecernos como una información al alcance, de cierto modo, un archivo de conocimiento que podemos extraer. La biblioteca incrementa radicalmente el volúmen de información a la mano, de un modo que puede competir con el mismo internet, y por ello mismo revela la limitación de esta información “en potencia”. No me sirve estar inscrito en una biblioteca si no me apresto a leer, no me sirve comprar libros para coleccionarlos. Incluso al atravesar una primera lectura superficial, puede que un tomo buscado regrese a su estado de potencia y borre su rostro de nuestra experiencia, podemos sencillamente, perder ese conocimiento y regresarlo al estado esencial. Una lección que he sentido en este respecto, es el tan solo comprar libros que me sienta obligado a referir multiples ocasiones, que verdaderamente me ilustren a la larga. No es que me prohiba la compra de libros, es que por primera vez la interrogo.

Esta posibilidad de recibir y prestar además me refleja algo presente en la caridad, en mi propia biblioteca, en el empleo de los propios libros. ¿Vale la pena acumular textos sin compartirlos con nadie? Creo que los libros digitales tan difundidos hoy día -al punto de intimidar las editoriales-, tan solo nos revelan el casi infinito potencial del préstamo. Un libro compartido por la red es un préstamo, el medio solo es un recurso para tener al alcance textos que uno decide alcanzar no por convicción, sino por simple curiosidad o ánimo de algo nuevo. Si uno tuviese escrúpulos, compartiría enérgicamente los libros que tiene, incluídos los de formatos digitales. Porque finalmente es un acto en el que se gana mucho, en el que se redescubre no solo la obra sino la práctica de la lectura y de su misma difusión. Las bibliotecas estuvieron ahí antes y espero bien que allí continúen.

He desarrollado esta convicción precisa, que tal vez suene opuesta a la ideología del consumo, en la cuál es imposible que escritor alguno haya producido sus obras poseyendo todos los libros que ha leído. Me parece una imposibilidad entrar a un círculo de lectores sin recomendaciones y transformando la lectura en una función ligada siempre a la economía. No tengo una hostilidad fija acontra el mercado de la palabra, mas tengo un afecto enorme a las bibliotecas, que siento muy sinceramente, serán las primeras fundadoras de cualquier literatura que sea capaz de escribir.

No es falso decir que en ellas aprendí a leer.

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