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Ruido de fondo

15 Abr

Estoy viendo Titanic en la televisión, que supongo tiene que ver con el hecho de que están lanzando una versión en 3D para el cine. Ya con esta línea podemos desvariar suficientemente para rellenas esta entrada, primeramente aventurando juegos con la palabra 3D y su extraño uso al referirse a las imágenes de cine o televisión, podríamos luego inclinarnos por una valoración estética de la 3D y hacer un argumento enteramente extraño sobre los valores de la imagen y de la ilusión de realidad; naturalmente, ello derivaría en la revelación de otra evidencia: la sorpresa que representa la imagen compuesta por medio de nuestros órganos sensoriales, encontrada siempre con la concepción que nos hacemos de la misma. Quiero pensar naturalmente que se podría deliberar con la misma facilidad el uso del símbolo 3 de este nombre, o la liberalidad de la inicial empleada en el sufijo, que mejor dicho elaboraría una palabra compuesta, muy rápidamente expresada, y luego tendríamos quizás una reflexión sobre el símbolo, que podría volverse uno amalgamando apenas la tinta, conectando al estilo manuscrito -o por medios más artificiosos- las señales distintas que identificamos al conformar esta palabra -extendiendo por la misma acción el gesto “palabra” a una complejidad que puede sobrepasar algunas definiciones que pecan por su sencillez-. Y esto, lo evitaremos por el momento, habrá un poco de legitimidad que pueda tirarse de dichas discusiones, pero son más coloridas y efímeras que verdaderamente seductoras.

Podemos igualmente abordar uno de los muchos temas que se prestan a la televisión, y es que no me es tampoco cotidiano chutarme películas que no me gustan en un aparato que para empezar no utilizo mucho. Hay televisión en mi casa porque muchas personas se deshacen de sus aparatos en mudanzas, cambios de tecnología o simples caprichos. Ayuda también que los abonos de teléfono vengan con señal televisiva incluída. En fin, esta tendencia de poner un filme cualesquiera, o como dicte la programación*

*- Que sería otro punto legítimo de contención, tratar de resolver esa interrogante de por qué Titanic, y por qué entonces, y cuál es la respuesta de la televisión frente a la oferta cinematográfica, ese tipo de cosas que nos pueden llevar a todo un juego genérico o geopolítico dependiendo de cómo nos coloquemos, desde que admitimos la televisión como medio que es a la vez masivo y de comunicación, suponiendo además que hace dinero, sin llegar a abordar al patrocinador eventual de la peli que estaba por azar -para mí- en el aparato, que finalmente he olvidado y solo me quedará algo de subconsciente -si bien en Francia se interrumpe mucho menos con comerciales que en América cuando se proyectan películas**.

**- Lo que me recuerda viendo cadenas venezolanas la extraña manera de promocionar el gobierno por medio de la publicidad, no tratando de mezclarme políticamente en asuntos que fácilmente derivan de estos detalles, sino realmente remito a la evaluación estética, un poco extraña y tendenciosa -algo documental- de estos pasajes televisados, pues si no me equivoco hay algo de metatextual en la platitud derivada de los pocos recursos de la comunicación estatal, algo a lo que la vistosidad de la publicidad privada nos ha quitado la costumbre. Es parecido a comparar la letra de una mala canción pop y la lista al dorso de la caja de un farmacéutico.

, estado en el que se reduce la comunicación a un simple ruido de fondo, que sirve una función extraña en una sociedad tan alienada que el silencio produce un determinado estrés, o yo diría, que nos reduce -poniéndose sicologueros- a un estado de infancia en el que oir el ruido de quien sea -nuestra madre, a la distancia, por allá- es consolador. Ya estamos entonces en un estado de consiencia, medio despiertos, en lo que podría considerarse un trance, y entonces nos deslizamos por lo que sería una relectura de manera forzosamente renovada, aunque a nosotros nos parezca todo lo contrario y se nos pase como si nada. No creo que hablar del simple ruido sea necesariamente a nuestra ventaja, habría tal vez que explorar una tercera opción.

Titanic. No he reseñado, ni creo nunca verdaderamente reseñar una obra de este estilo. No me gusta -por algo será ¿no?-, tal vez porque cuando logra ser conmovedora me da pena. Es un tipo de sensación que de alguna forma opongo moralmente a la piedad, y tal vez lo asimilo a la lástima o mejor dicho a una emoción falsa, a aquella que solo se produce hacia las entidades ficticias, que uno resiente hacia ellas y les dirige, como reconocimiento de que en su irrealidad no pueden ofenderse de dicha imposición. Una ficción podría producirnos emociones reales, pero me parece que las emociones que solo provienen de la ficción se asemejan más a la mentira, al artificio, o mejor dicho a la lectura forzosamente genérica de un objeto, a la reducción y masticación de dicho objeto para que quepa en la cajita que es la conmoderación, o cómo se diga, pero no alcanza el estado de genuina compasión pues es un juego. Y deciá que genéricamente Titanic podría ser una comedia romántica, pero que no de realmente risa -no que la mayoría de estas te tiren al suelo torcido por las carcajadas-, con una narración dispar y fantasiosa, en atributos técnicos que en una obra adjetivada igual podrían pasar por experimentales e interesantes pero que en esta iteración son más bien pobres. No que la comedia romántica sea un género indigno, o menor, o que haga de Titanic un mal film -sería un feo prejuicio para la peli, el género comedia romántica e incluso para la continuidad generalizada de la calidad fílmica que no está definida por mis propios gustos, pues no descarto la calidad del film, solo me aburre-. Pero no sé, igual y esto tampoco es muy interesante. Igual y no discutimos mejor de nada.

La de las siete

13 Dic

Aún antes de conocer a Ana Montes el melodrama ya formaba parte de mi vida. Podría decirse que es una historia de familia, y tal vez incluye el lapso más extenso durante el que me he dedicado a observar la televisión. Mi abuela, que no era una mujer romántica -y se notaba-, sintonizaba no pocas veces su telenovela de las siete, y yo, como buen hijo que era, miraba dócilmente esas curiosas historias. Ya después se me quedaría alguna costumbre de mirar otras novelas de cuando en cuando.

Por motivos que se escapan a mi propósito, hay gente que puede ver el melodrama en tanto que literatura como algo provocador. Tal vez la única verdadera queja que se puede sancionar es aquella de la forma: hablamos de un medio visual de duración variable, la mayoría de la literatura en la vieja escuela no se sujeta a dicha limitante. Pero en el sentido amplio, el arte escrito se encuentra ahí, tal como en el teatro como en el cine, y podemos también reconocer su vocación artística, su juego de modelos genéricos y su dimensión arquetípica, como inspiraciones evidentes de una voluntad estética. Supongo que algunos intelectualuchos profieren guardar su distancia por la forma, ¿no serán despreciados por sus congéneres si se inclinan por la expresión popular?

El camino del académico que suele estar minado de falsas genealogías, podría sugerir que la telenovela es un descendiente del teatro de variedades en cuanto a su dimensión popular. No se sostiene, por supuesto, en la forma narrativa y en el tema, pero los elementos están allí: la chica bonita, la caricatura político/social, la mirada de la clase popular sobre las otras -engañosamente simple pero analítica, no es el autor que emplea su método de reflexión para encontrar causas en los fenómenos sociales, sino el espectador que somete al creador a un código por el que la misma reflexión comunica-; se trata de los temas populares por excelencia, fuertes en tendencias irónicas y de humor que pueden hallarse forzosamente en la mejor literatura. El vínculo con el teatro de variedades tal vez sería más explícito por su “desaparición”, el auge de este entretenimiento sucede cuando la televisión y la radio no están al alcance de las masas populares, y comienza a declinar su popularidad cuando otros medios permiten comunicar un mensaje similar. Mucho de este teatro se va a desagregar y formar parte de los diferentes programas de entretenimiento -concursos, comedia- que no se limitan directamente a la telenovela como tal. Igual siento que la sucesión espiritual se mantiene.

De otro tanto, las genealogías atraen a dos sucesores más bien sensatos del género televisivo, estos dos más narrativos y acaso más aceptados entre los círculos de intelectuales y artistas: la radionovela, la novela de kiosco. La primera, exacerbada no pocas veces por su estimulación imaginativa, por su presencia menos violenta que la producida por la tele, por su presentación episódica y breve que la hacía un espectáculo inmediato al que se podía acceder antes que internet. La radio es el primer sitio de los microformatos, allá pueden hallar a los primeros tweets que no eran sino mensajes enviados por los radioescuchas los unos por los otros en comunidades ya entonces virtuales -de ahí el tino que tweet refiera a un fenómeno sonoro-. Por otro lado, la novela de kiosco es un género literario hecho y derecho, que acaso más que el radiofónico se inclina por situaciones típicas y recurrentes, al punto de ser un cliché. Estoy pensando en las novelas románticas o de aventuras que forma parte seria del acerbo literario, solo hace unas semanas recuerdo haber leído el Error de César Aira, donde este modelo genérico no deja de ser mencionado -y recordemos a Puig, que también hace mención-.

No logran, sin embargo, exactamente el mismo efecto de la novela, partiendo desde el principio que el espectador final es bastante distinto. Y es que el formato televisivo hace que la respuesta al melodrama sea mucho mayor, se encuentra en la boca de las personas y existe una inversión personal en el tiempo que es a la vez sorprendente y del todo casual. La telenovela es un entretenimiento, porque su registro es de un nivel sencillo de manejar y maleable. El espectador no debe terminar atontado como a veces sucede con las novelas muy literarias, no debe pensar -aunque sea el caso- que la historia que le cuentan se halla fuera de sus capacidades de creación y reproducción. Debe ser capaz de entenderla, reproducirla, querer que sea de otro modo, y disfrutar los cambios en la historia y las variantes como si fueran hechos por sí mismo. Vaya, la relación entre la historia y el espectador es facilitada, debe sentirse próxima y estimular una fascinación natural, que no dependa de un exceso de verbosidad que vuelva a la expresión demasiado abstracta y teórica para tener empatía.

Y esto, me parece, se logra con más éxito que en casi todo arte popular, el espectador no se siente desarmado frente al melodrama, puede hablar alrespecto y tener su propia aproximación a la novela sin desear ni pretender ser un experto. La facilidad, la apariencia de la facilidad. Algo que prueba que contar historias complicadas no es necesariamente complicado.

Nada nuevo

10 Jun

Voy a hablar de un género televisivo que refiere a otro género televisivo aunque sea tan solo para ejemplificar la especialización de ambos. Ya deben conocer la televisión, no debo hacer mayor presentaciones sobre sus formatos, si puedo definir un poco los conceptos empleados tan solo para aclarar nuestra discusión y el problema que sugiere.

Ya he hablado del noticiero y dos de sus cualidades características: La actualidad y el lenguaje declarativo. No soy audiencia frecuente de estas emisiones, mas las conozco suficiente para asegurar que poseen un lenguaje bastante preciso detrás del cual se esconde un concepto de comunicación. Un estudiante de periodismo podrá confirmar mi argumentación: hay una idea de síntesis y un lenguaje plano.

La idea de la actualidad no nos resulta tan fundamental para el análisis que quiero anunciar, pero vale tomar en cuenta la falsa “inmediatez” de la información tratada. Salvo las emisiones “en directo” -y aún estas suelen seguir un guión o un patrón básico- toda información está procesada, por lo que se puede decir sin miedo a atentar a la verdad, que no hay tal cosa como una noticia subjetiva. Se pueden tener noticias que suenen subjetivas, y ese es precisamente el uso del lenguaje empleado por el noticiero.

Ahora, el problema de las fuentes propone por sí mismo una discusión importante que debemos abordar en otro momento, lo que nos interesa es la dirección contraria, el elemento que se encuentra después del hecho periodístico y que paradójicamente se ha vuelto un formato televisivo por merito propio: La digestión de la información.

No soy un seguidor ferviente de canal alguno, no digamos de aquellos correspondientes a las naciones de cada lector presente, sin embargo he confirmado personalmente, que por lo menos dos países tienen bastante éxito en este tipo de emisiones misceláneas que disecan la información noticiosa. Usaré mis dos ejemplos como ejemplo: Le petit journal en Francia y 678 en Argentina.

El género consiste en transformar el formato del noticiero en un mensaje más adecuado para el entretenimiento. La selección de información, el recorte de videos y la edición por encima de estos suele formar parte de sus estrategias. Existe también una tradición que releva del teatro de variedades, que es la parodia por medio de la música y el empleo de un lenguaje más sencillo. El comentarista du petit journal tiene un tono de animador, se entiende por su discurso que la seriedad pretendida de un noticiero debe perderse. Vale, los noticieros tienen también sus partes cuyo fin es entretener, mas el género al que me refiero los aborda en la seriedad con el fin de parodiar dicha seriedad. Debe entenderse que obra un análisis de discurso que releva la absurdidad de la palabra como se trata en un noticiera y muestra los vicios sociales que los mismos medios fomentan. Se entiende pues, que el medio periodístico debe mirarse a sí mismo para relevar su absurdidad, hablamos entonces de un formato esencialmente crítico.

Lo curioso, o lo que a mí me parece curioso, es el éxito que estas emisiones pueden llegar a tener, pues tranquilamente pueden rivalizar con la propia audiencia del verdadero noticiero. Funcionan ambos discursos como complemento uno del otro, pero la comunicación que logran toca niveles discursivos diferentes. La obra que critica al noticiero termina por lograr verse más veráz, y meter en entredicho la noticia original, pues tiene una última palabra en el discurso. El noticiero regular no puede, naturalmente, dirigir una crítica a la emisión que lo discute, pues a su vez esa discusión lo legítimiza -como presencia en la audiencia, como referencia cultural- y la respuesta en cuestión no corresponde al formato periodístico. El noticiero está subjugado en manejar la novedad y no puede responder a un discurso que lo critica, pues no es un formato de debate, ya esto por sí mismo muestra los límites del mismo noticiero para discutir la realidad y precisamente la artificialidad de su formato.

Un ejemplo paródico se concibe cuando un grupo de periodistas espera la salidad de un acusado para ir a su juicio durante horas y horas consecutivas desde la madrugada -para estar en directo-, ¿se debería pagar a la gente por estas actitudes? ¿exactamente cómo importa esta noticia y a qué responde esta presencia física en un lugar sin relevancia? Sin quererlo rozamos también el problema de las fuentes, pues a la evidencia se remite que el discurso periodístico no puede fabricarse a sí mismo, pero que constantemente lo intenta.

El ejemplo de 678 no puede separarse de un panorama político, la crítica en evidencia responde a una agenda bien presente en la mente de sus auditores. No nos interesa sino relevar que pese a ello, la visión crítica sigue multiplicando la presunta objetividad del noticiero y poniendo su juego en entredicho. Esta acción, aunque se oponga directamente a la institución periodística en cuestión, legitimiza y a la vez desarrolla -generando cierta originalidad- la información que ataca. Un grupo de poder elige de que hablar, y en eso se mantiene el discurso.

Esta tecnología de información tiene buena aceptación, introduce al discurso crítico y como mencioné, no es por naturaleza hostil a los grupos de poder. No me sorprenderá para nada que se multiplique.

El amor en la pradera

19 Abr

No suscribo particularmente a la idea de una literatura utilitaria, aunque no deberiamos llevarlo al grado de que mi blog no sirva absolutamente para nada.

Eso terminaría, creo, por volverse cansado.

En fin, un asunto que nos interesa en esta ocasión, al hablar de lo utilitario es precisamente con los géneros populares: tan solo podemos obtener algunas confirmaciones evidentes de ellos por medio del análisis, entre las cuales hallaremos frecuentemente generalidades. Las generalidades son generadoras y por fuerza genéricas, ningún producto más obvio por parte del arte popular que se apega fielmente a los moldes que enuncia su sociedad determinada. Ya tenemos todo tipo de razones para descreer de las generalidades, suelen para empezar ser falsas, y luego no lo suficientemente específicas para que podamos nutrir nuestra sensibilidad de sus mentiras. Paradójicamente, uno trata de entrar a las generalidades por una razón pragmática: el ahorro de energía. Ver arte popular es ahorrar energía en reenunciar los códigos genéricos, es tanto comodidad como generalidad.

Y de vez en cuando, por motivos en los que no voy a ahondar porque no le incumbe, el entretenimiento popular me presta algún material de comentario en este blog. Trataré de mantenerlo pragmático, sin dejar de poner en evidencia lo consistente y extraño que es ver este mensaje dentro de un género tan popular. En este caso trataré la telerealidad.

¿Qué debe saber uno de la telerealidad antes de analizarla de un modo más o menos crítico? Dos cosas principalmente: está montada para hacer dinero y roba sus moldes de otras telerealidades que, por lo general, han sido exitosas en el extranjero. El problema de la traducción entonces se presenta muy temprano, no en el sentido estricto del cambio de lenguaje sino en la adaptación generalizada de maneras y espectativas dentro de una sociedad y otra. Básicamente el mismo concepto de emisión es completamente distinto de una versión a otra de la misma telerealidad. Entramos a un espacio que hoy está especialmente habitado por el marketing.

Breve paréntesis: a un escritor se le pide hacer marketing, una asquerosa propuesta editorial. No entremos en detalles, justificar una obra como un plan de mercado es exactamente a donde vamos, un tipo de crítica que se me figura atróz en la literatura pero que solo tiene sentido en el arte popular. Nada más utilitario.

Decía pues, que la cuestión del marketing de una telerealidad va acompañada de cierta lucidez en adaptar un concepto de un lugar a otro, no solo en la ejecución de la tradición del país y su cultura, sino además en la óptica que desempeña. Veo, por ejemplo, esta emisión que hace de celestina para gente que vive en el campo. El mensaje de “arreglar” parejas está muy lejos de la sociedad dicha occidental, pero los servicios de arregla-citas se vuelven cada día más comunes -y los clientes de estos, aparentemente más ineptos-. El elemento del amor es un edulcorante que en todo momento se inclina a mostrar sus fracturas, la telerealidad busca simplemente implantar la situación “plausible” de un “gran amor”, y el menor escépticismo del espectador va contra el juego. Aquí todo normal, no mucho más que reportar. Creo que la cuestión interesante va del lado de la relación campo-ciudad, de llevarle a un individuo con una explotación en el campo una persona, casi siempre citadina, con quien compartir su tiempo.

El contexto sociocultural resulta evidente: una persona en el campo, que se ha ido vaciando casi en todo el mundo, reitera la soledad que sufrirían los explotadores de la tierra, y se les llevaría pues, lo que sobra en las ciudades: gente sola. Este esqueleto es lo que se busca adaptar, pero después de estas evidencias llegamos a una conjugación que se transforma un poco en la adaptación. Me imagino una versión gringa de esta telerealidad en donde se magnifique lo grotesco: ver personas de ciudad ante la labor rural en la que son totalmente incapaces, hacerlos pasar el ridículo por divertir, aunque se admita que el espectador él mismo desconozca el campo. Muchas emisiones de telerealidad buscan esta distancia entre el que es visto y el espectador, donde el puesto en escena se ridiculiza o se expone a una circunstancia en donde no tiene control, y que rápidamente todos se figuran su destino excepto él. Una pieza de teatro clásica, patética.

Se me figura también la versión francesa en donde se juega otro elemento: el deseo de ir al campo, abandonar la vida citadina simplemente para hallarse en otro sitio. Los franceses tienen este espíritu un poco decadente en su sociedad, al grado en que desean abandonarla, y las ideas anacrónicas como un campo magnífico les suenan atractivas. Además la voluntad sincera de la sociedad -un poco a cuesta de sus individuos-, insiste en que el campo francés debe sobrevivir. Es una ruralidad vigente que forma parte del imaginario inmediato de los espectadores. Esto los seduce de antemano a favor de la emisión.

La relación campo y ciudad pareciera también adolecer de la mismo dualidad algo falsa de lo pragmático y lo que no. En realidad es mucho menos ficticio/real, de lo que se enuncia. De no ser el caso nuestro mejor punto de comparación no sería la ficción abierta.

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