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Agridulce

5 Feb

Le contaba a Cécile que de mi experiencia en Argentina no podía decir tantas cosas, que de cierto modo mis observaciones tenían un aire algo viciado e igualmente incomprensible: viví allá en un tiempo cotidiano y no en el tiempo extraordinario de las acciones. De ahí que cualquier capacidad de maravillarme por el espíritu seguramente incomprensible de esa ciudad, me resulte algo trunco, una voluntad que al apenas sugerirse se fatiga y resulta en un tedio. Entiendo aquello que no entiendo, siempre que no lo ponga en palabras.

Saboreo el mate y pienso en tocar guitarra un rato, dos actividades que nos son comunes a mí y a no se cuantos argentinos. Yo las tomo como propias y no tienen sentido compartido hasta que me descubro recordando, masticando la experiencia, ahondando mi espíritu sobre significados y propagandas mentales. Creo y relaciono determinada música y el sabor de la yerba con Buenos Aires, pero efectivamente los apropié. La reflexión sobre cómo una metrópolis irrumpe en mí por unos minutos del día es de una magnificencia metafísica, pero por el momento no la resiento. ¿No me habrá marcado? ¿soy un ente así de despreciable que trato con condescendencia a otros?

Para descubrir el sentir de un pueblo -discutía con Cécile-, uno no puede basarse en la discusión del inmediato, al menos no en el sentido literal. Por aquellos años, cuando escuchaba sobre el kirchnerismo, o el aluvión zoológico, o el billete genocida de cien pesos o la incómoda presencia de Piglia, encontraba rastros vagos de un cotidiano. Es decir, aquí en Francia la gente tiene su política, sus demonios y su mítico temor al desempleo y la miseria; serán acaso menos factores reales que imaginarios, pero su discusión diaria, su obsesiva repetición, es tan real como podría ser la situción presentándose. En el sentido literal, estas lecciones de seudohistoria no me han vuelto un conocedor del país, no me permiten siquiera remitir a una experiencia en que empatize con mis semejantes ante un posible tiempo latinoamericano en que los pueblos decidan finalmente sus caminos propios. No es que lo niegue, crea o me parezca sensato/absurdo, simplemente los hombres y su presente -como decía Hegel- no pueden evaluarse con relaciones racionales. Ese tiempo inmediato e incluso las repercusiones inmediatas del pasado me dicen cosas insignificantes, todas en su concreto contexto. Hay que ensoñarse más, ver arquetipos, entender el temor y la fé como un gesto trascendental. Y hoy me encuentro indispuesto a aquello, cosa que apremiaba más entonces y que ahora dejo de lado, muy sobre todo por no tener argentinos a los alrededores. En fin, el sentido se degrada cuando es sensorial, a fuerza de irse a lo insensible.

Decía: Imposible reestructurar la sabiduría de un pueblo por lo que los oí decir, tuve allá en BsAs, apenas unas cuantas discusiones trascendentales, y agradezco sobre todo a Ana Montes por esas atenciones. Si debo tratar de reconstruir este sentir debo inclinarme por aquello que a fuerza de ser evidente o notorio se nos figura invisible o ausente: una cotidianidad precisa, un gesto implícito en la narración. Un ejemplo bueno: el mate. Toda costumbre particular a un pueblo se enfrenta con la homogeneidad del mercado de consumo, es un gesto económicamente titánico, y se enfrentan en ello criminales propios y extranjeros hasta llegar al inevitable acuerdo. El esfuerzo nos interesa más que el valor monetario, una costumbre local gana tanto más su dimensión como diferencia, su interés como gesto en sí mismo, después de una transformación así. Beber mate me recuerda instantáneamente cosas buenas del espíritu que viví en Argentina. Una tranquilidad, una atmósfera relajada en un tiempo con barrios aislados en sus esferas propias. El barrio. En eso pienso, eso me dice la ciudad.

Y a falta de otra cosa, algo malo. No hay nada más aislado y más racista que una ciudad. Es el espacio donde creemos ejercer una experiencia absoluta, donde se tiene lo que se necesita en un ciclo que se nos presenta cerrado. Yo decía, lo que en cierto sentido es una broma, que los argentinos son racistas. No pueden ser de otra forma porque uno es racista mientras no se muestra capaz de interactuar con alguien radicalmente distinto a él. Una intolerancia que además no tiene por qué llevar inmediatamente al odio, sino a algo más parecido al miedo, la confusión. ¿Pero no es cierto que esto podría decirse de cualquier ciudad donde hay pocos inmigrantes? ¿y no es Buenos Aires una ciudad de inmigrantes, no tienen barrios coreanos y chinos por allá? Claro, debo estar errando. Trato no de describir una posición mental abstracta, no es un enfrentamiento ideológico paternalista venido de la pertenencia de una persona a un lugar. Es simplemente ese primer momento, de la incomprensión, que me hallé buen número de veces. Dura, un inexplicable instante, muchas veces. Pero es lo que yo tengo que decir, lo inexplicable por mi propia experiencia. Como si esperasen algo de nosotros, tal vez distinto.

Algo que ver con no ser del barrio, tal vez.

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N** S**t****

16 Dic

Cuando me sucede que estoy en una gran ciudad, tomo prestada la nostalgia de muchos escritores y poetas citadinos, que si han vivido en esos sitios por largos periodos de tiempo. Y es que de cierto modo esa nostalgia es lo que mejor se me comunica, como un espacio figurado en que puedo fácilmente creer sin ponerlo mucho en duda. Pero por supuesto, el tiempo a arrastrado y desfigurado los espacios de dichos textos dejando solamente el cuerpo histórico -el sitio-, el espacio físico del texto y la nostalgia.

Porque lo propio de la ciudad es írsenos perdiendo, resbalarse entre nuestros dedos cual si fuese arena, y viendo como se pierde a nuestros ojos inevitable como la vida. Y de ahí la imagen de la ciudad como ente viviente: no hay entidad orgánica que no muera muchas veces, reinventada por la necesidad de cada instante.

Pensaba subiendo por los infinitos laberintos de un metro y empujando las pesadas portezuelas para abandonar el circuito, que no están hechas para alguien de edad. Y luego que pienso que es al revez, que los viejos no están más hechos para esos trotes, que sencillamente el espacio se les va borrando. En eso consiste la vida del cuerpo y lo que se conoce como supervivencia del más apto: la habilidad de conservar un espacio. De hacer que el tiempo se parezca al espacio.

La literatura es supervivencia y representa o puede representar un mismo espacio físico. La analogía funciona a varios niveles: el texto puede ser el cuerpo, con sus funciones de lenguaje, su sentido íntimo, su intraductibilidad, su época. Puede estar no solo en la estructura sino también en lo narrado, puede también sobrevivir por la lectura frecuente y devota de más de un lector. El espacio físico perdido, sería la transformación de la ciudad: el lugar de asentamiento existe, pero la vida citadina se vuelve simplemente un vil despojo.

Podemos decir sin duda que los textos envejecen, aunque el juicio de su muerte y desaparición sea más extraño y alarmante, también es mucho menos atractivo. Simplemente la vida orgánica presenta la misma forma: la muerte nos parece de una graveza alarmante de entrada, porque se ejerce cual violencia, pero el verdadero temor que remite al cuerpo no es otro que la vejez -no menos irreversible-. Y entre los dos males: la senectud y la muerte, no pocos elegirían la segunda.

Hablando de recuperar espacios literarios este es un punto de entrada que no deja de pasar por académico: cuando un texto envejece y logra una suerte de indecifrabilidad, la atención e interés del lector suelen no ser suficientes. Por esto muchos textos se descartan de antemano. Aquí se hace su tarea el conocedor, aquel que dedica tiempo y esfuerzo a minuscias propias de tal o cual literatura. Es una barrera prácticamente insaldable cuya explotación raya en límite de la divulgación.

Por lo general soy un obstinado en la defensa de todas las literaturas que puedan venir de la periferia, pero aquí soy muy escéptico. De cuando en cuando habra un George Foreman que con una cantidad decente de trabajo logrará traspasar esta línea de la vejez textual, pero por lo general uno no es capaz de superar las deficiencias orgánicas. Lo peor de este escépticismo es que transforma cierto tipo de literatura secundaria y crítica en una suerte de antropología cuyo valor estético se hallaría prácticamente perdido para el mundo. Producimos tanto arte que se derrocha, cae al suelo y se hecha a perder.

Y me molesta también pensar que se trata de un pensamiento esencialista que descarta de todo al objeto por el que se siente nostalgia y busca simplemente la nostalgia misma. Porque la nostalgia es una abstracción, y pese a todo la experiencia de un texto o una ciudad es una opresión física, algo corporal. Además de la dificultad de transmitir un envejecimiento que no se ha vivido: no he pasado por los sitios antiguos y solo puedo imaginarlos a través del autor que me guía por sus calluelas, sin embargo puedo constatar esa desaparición de primera mano, como reconocer del mismo modo que un texto me ha dejado de funcionar.

Debo reconocer que en cierto modo la nostalgia que siento en estas ciudades, debe ser propia. Que el recuerdo de los textos es como la visita, que en cierto modo reproduzco para casearme en mi misma nostalgia. Así pues debería parecer todo, una extraña apariencia. Eso es lo que nos queda de lugares tan masivos e incuantificables: un gran masa de experiencia.

Selva citadina

22 Ago

Pienso que nunca lo perdemos todo, que si fuera así la vanidad nos duraría poco tiempo. Imagino la cara del individuo vacío, acaso seguidor del nirvana, que busca un hueco y piensa “en el hueco no puede haber nada”, siendo que el hueco es algo, acaso algo más inmenso que las fébriles emociones con las que nos contentamos, o será simplemente que sin reducir nuestro contenido a un simple objeto decible somos habitados por todos los demás, esos que nos sobran, o mejor dicho de los cuales sobramos, y que se nos figuran perdidos.

Y en este juego de preguntarse qué es la cosa que puede estar perdida, si es uno o si es lo que uno tenía, se nos pasan penosamente los días. En sí perderse requiere la inclinación a buscarse, de otro modo el sitio no importa, en este sentido los nirvanosos del deseo, vacíos de este no han perdido nada -pues no lo buscan-. No perder nada es como no jugar nada, a veces, a veces simplemente se reconoce en ello el instante perpetuamente encontrado. Porque lo evidente no se puede buscar, y cuando la búsqueda no existe más -cuando nada está perdido- entonces decimos que todo es evidente, y que somos.

Después se me figura que somos muchos los que perdemos, o los que nos perdemos adrede. Veo las asfixiantes calles de París como un laberinto citadino, uno hecho para que como ratones se aproxime a la marcha, en este lugar no pienso, no me doy el lujo de desviar mi experiencia de la contemplación más pasiva posible, me permito el extravío pues entonces obra acaso el tipo de descubrimiento más raro: ese de encontrarse, de realizar en lo evidente aquello que pensábamos oculto, y así con los objetos que perdemos, al verlos ahí, inmediatos, estamos en una renovación de la existencia, en una (re)creación. El extravío se opone al aburrimiento.

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Qué es lo que uno siente no es una pregunta legítima. Todo argumento presupone un contra-argumento y así nuestras expresiones de desasosiego entretienen nuestra mente para no mirar hacia el vacío -lo extraviado que no debe buscarse-. Uno simplemente siente, no hay un qué, no hay una formulación superior que le permita a uno hacer sentido de las sensaciones, estas simplemente existen en nuestro ser, nos existen, nos son.

Me equivoco acaso al acusar las explicaciones de un modo absolutamente categórico, de desvariarlas, hacerlas ignorantes, mera convención. Tiene determinado sentido la búsqueda de palabras, la elocución como acción, del objeto verbal que regresa a la realidad, que invoca a la realidad del mismo modo que cierto panecito memotécnico, estamos lejos del sistema conceptual de símbolo y sentido, todo es sentimiento/sentido/sensación. Y el decir es también sentir, porque carga con el valor emotivo que solemos llamar poesía, aunque la poesía -se sabe- sea una compuesta de palabras comunes y corrientes. No hemos necesitado nunca palabras mágicas para sentir, pero igual las creamos.

A veces pienso que todo es un asunto de magia, una hechicería que censuro categóricamente por motivos religiosos y morales. O tal vez por miedo ¿no?

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No debería responderles nada aunque me pregunten. No tengo lecciones ni garantías que dar, yo mismo suelo ver con determinada tristeza las palabras con las que mi pensar se describe, no soy sino una ecuación de longitud, alguien de periferia y distancia. Esta reducción, idiota como pueda parecer, me atormenta con recurrencia.

Mi padre decía que el universo es uno, y uno lo explica de muchas maneras, o mejor dicho, inventamos objetos que no existen para dar cuentas del universo y luego creemos que son el universo. Justificamos siempre cosas que no tienen sentido, que son insensibles, contra-intuitivas. La justicia es contra-intuitiva, la corporación y la convención también. Mi padre insistía frecuentemente que cargaramos con la felicidad, en caso de que algún día se ocupara. Esta es una cuestión de distancia otra vez, lo que tengo cerca, lo dichoso, lo próximo -yo, mi padre-, y pienso que acaso esta sola variable me importa mucho, porque si hablaramos de nuevo de poesía estaríamos empecinados en una cuestión de métrica.

Por supuesto, la métrica ha tenido demasiados crueles detractores, es un objeto en sí mismo hermoso. Acaso soy simplemente una víctima de mis anhelos estéticos, amo lo que es bueno porque es bello, la felicidad es bella así que la resiento. Hay también algo de geométrico en la estética, pues finalmente la simetría y la harmonía trabajan con la distancia. No creo que podamos dar cuenta de la realidad de una manera bella, y a lo mejor por eso ya la descarto. Pero la idea de explicar el universo es hermosa y acaso nunca la abandonaré, acaso por eso lo que nunca hemos tenido también se figura sencillamente como un objeto perdido, y así con todo, pues lo que hacemos al final del día es buscar palabras justas que expliquen el universo.

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¿Qué tengo que ver probablemente con Paris?

Particularidad bananera

31 Mar

Al invocar el kiwi en mi entrada anterior, es legítimo interrogarse igualmente por la banana. Amarilla, suave, dulce y un poco fálica ¿no? Viene en encantadores racimos que se nos figuran como la abundancia. El árbol bananero y la república bananera invaden nuestro imaginario. ¿No hemos entonces truncado posibilidades tomando en concreto al kiwi?

Pero ya dijimos que cualquier inicio, por estar escrito, ya limita y dirije la espectativa de un texto. Todo escrito es una concesión a lo particular, pues el universo no se construye a fuerza de palabras (ya decía Chesterton, hay en el alma tintes más desconcertantes, más innumerables y más anónimos que los colores de una selva otoñal pero el hombrecree,  que esos tintes, en todas sus fusiones y conversiones, son representables con precisión por un mecanismo arbitrario de gruñidos y chillidos.). El texto debe servirse de una lupa de aumento para interceptar cualquier pensamiento mayor, si quiere un amplio efecto: Es la sensibilidad del lector y la vida del hombre. Así se discute el universo.

No obstante, la lucha entre lo particular y lo universal no puede reducirse a simples principios inevitables. Como el alma humana presenta conflictos distintos, por fuerza hay que aproximarlos de formas distintas. Un texto es un genuino ataque a la sensibilidad, buscando el méximo efecto, el cuál pasará muchas veces por extrañas sutilezas.

Se me ocurre hacer una referencia a Gide y su propósito de “llegar a lo universal aprofundizando en lo particular”. Se trata de una estrategia de batalla, un método que puede oponerse a muchos otros, pero que es credo de sinúmero de escritores realistas que pueden sentirse implicados. Y es que hay algo de amplio y encompasador en la experiencia particular, pues remite a experiencias concretas y vividas (discutiblemente lo universal ejerce una seducción menos total). Pero lo profundo debe tratarse de algún modo, la regla transparente debe responder a una lectura concreta. Hablemos pues de un truco en lo particular.

El viaje heterotópico es un proceso más sencillo de lo que suena. Consiste en dar un nombre nuevo u omitir dicho nombre, para referir a un sitio (sea una región, una ciudad o un país), que sinembargo resulta fácilmente reconocible a los ojos del lector. Tomemos Macondo, que es un ejemplo célebre. Este sitio ficticio refiere a todos los pueblos latinoaméricanos que siguen el proceso idéntico, de invasión gringa, guerra civil y dictadura. Tomando un nombre ficticio uno lo vuelve múltiple, cuando usando algo concreto pensaría en la crónica histórica (que exista o no un pueblo Macondo, no altera el efecto genérico impuesto por García Marquez pues no hay correspondencias mayores que remitan a un solo pueblo, a un real Macondo). Particularizando abordamos un campo mayor.

El proceso contrario puede buscar el mismo motivo de manera en apariencia legítima. Se me ocurre que dar muchos nombres a un solo sitio es una manera de hacerlo universal. Me parece que esta estrategia es de cierta forma abordada por Cortazar en 62 Modelo para armar, donde se desborran las barreras espaciales de las ciudades en ellas mismas, y al citar un discurso sobre la ciudad, son estas y son todas, y los nombres refieren a la misma ciudad (aunque el pasaje no se sienta cósmico). La dificultad salta a la luz: Se debe comunicar esta idea al lector con elegancia y eficacia, presenta un bloqueo en la comprensión que nos remite a la economía lingüistica. Se requiere una explicación para transgredir la sencilla idea de que varios lugares son un lugar. Hallo dulce que el lector reproduzca con la particularización de un nombre ficticio, un proceso inverso a lo particular. La lente de la experiencia es prodigiosa. Experimental y complicado como suena, este propósito brilla por su belleza, pero fracasaría en el sentido económico.

Merecerá alguna discusión futura la economía lingüistica, pues en la literatura actual es poco menos que insaldable. En palabras simples se trata de buscar la mayor expresión con la mínima cantidad de palabras. Nuestro ejemplo ya citado es perfecto para esclarecer el propósito: Una palabra (Macondo) comunica lo que muchas palabras (Paris, Londres, Buenos Aires). Cuando Shlovski formula que el extrañamiento es el proceso fundante del arte, su competencia con la economía salta a la luz entre las primeras objeciones. Se admite que ambas direcciones, aún logrando ideas similares, producen sensaciones radicalmente distintas (sin llegar a ser contrarias); esta diferencia de evocación nos permite concebirlas sin confrontación. En realidad, aunque se opusieran fundamentalmente, la literatura es suficientemente rica para contener elementos opuestos. Pensemos en dos principios fundamentales: Economía y extrañamiento.
No se elige metódicamente ni uno ni otro, bajo la premisa de que no puede existir una sola forma de escribir o leer. Es válido particularizar, como la banana o el kiwi, Paris o Macondo. Un método es todos los métodos, pues o todos son válidos, o no lo son. Ya de por sí es triste el propósito universal de los trazos y los gruñidos para además sumar rígidas reglas de escritura. Hacer reglas y romperlas es algo propio del lenguaje, porque es nuestro.

Si uno se interesa un mínimo…

28 Mar

Si uno se interesa un mínimo en el lenguaje, encontrará casi inmediatamente la prominencia de los animales como palabras. Cacatúa, cotorro, perico, guacamaya. Encontramos exóticos y variados vocablos que remiten a apenas una minúscula rama de la taxonomía zoológica, que sin duda recuerdan varias culturas y lenguajes. Tome usted un nombre de animal cualesquiera. Este nombre ya es un referente a una raza de animales, pero a su vez existe una denominación científica latinizada que refiere al mismo objeto. Ahora recuerde hechos como que labrador es ambos una profesión y una raza de perros, encontrará tal vez con sorpresa que razas como los cánidos tienen aún más palabras para designar sus pequeñas variedades.

Esta abundancia no tiene la gratuitidad de los arcaísmos que los diccionarios académicos acumulan, bien señalados por Cortazar como una suerte de cementerio. Las palabras que se vínculan con los seres vivientes tienen mucho más impacto y ocupan realmente un lugar en el acervo imaginario del lenguaje mismo. Un ejemplo excelente es cómo Plinio nos legó el mito de que la avestruz esconde su cabeza en la tierra, por medio de una metáfora. Ya que mencioné a Cortazar, aprovecho para recordar que en Rayuela se utiliza una ambigüedad entre un apellído (Ovejero) y la raza canina homónima, bajo la forma explicada el párrafo anterior.

Pienso en un animal de inmensa belleza como es el loro. Los hombres no podían sino ver en él un valioso objeto, como una flor o una piedra preciosa. ¿No es de por sí increíble la capacidad de volar? No podía sino adjudicarse reconocimiento a la sensibilidad que lo asemejara a un espíritu selvático.  Esta belleza de los loros probablemente existe para ellos, que se requieran y se añoren unos a otros, un regalo y un don como es a veces nuestra inteligencia. Curioso como es el mundo, ser bellos les granjeó persecución y caza por nuestros ancestros, cuando no para apoderarse de su plumaje, para privarlos de la libertad. Se preguntaría uno que clase de ventaja evolutiva sería al fin, la belleza.

Una cosa que también puede mistificar es la capacidad de imitación de esta interesante raza. Historias de terror y verdaderos encantos seguro fueron propiciados por la voz de estas aves. Un hombre en el bosque escuchando voces es un terror sencillo de encontrar. ¿Cómo se habrá sentido aquel que capturara a un loro sin conocer este don, para luego escucharlo hablar? Un sobresalto genuino en el espíritu. Uno se llega verdaderamente a interrogar, dentro de uno mismo, cuando se ve reflejado en otros animales. Otra fantasía es concebible: El loro, ignorante de su acción, imita las palabras de un familiar difunto recientemente, y repite sus lecciones o su voluntad como una voz de ultratumba. No es raro que la reflexión en estas aves suene a juegos y es que cuando niños les prestabamos mucho más valor al encanto que saben ejercer en nosotros.

El loro es megafauna, o sea, su estrategia para sobrevivir era reproducirse lentamente y vivir muchos años. Algunas razas viven cerca de 60. Esta misma competencia los ha vuelto animales de compañía, y los ha excluído de cualquier ganadería que con ellos se ha buscado aparte del tráfico. Hay preguntas genuinas que nos podemos hacer sobre que representa ser un animal para nuestro mundo hoy en día, para el mundo de los hombres, intermundialistas, capitalistas y citadinos. En el mundo paradisíaco que nos ofrece la riqueza y el poder, ¿siquiera hay lugar para las bestias?

Yo por mi parte, sé que no puede haber paraíso sin loros. No los comeremos, y al domesticarlos o en un zoológico los privaremos penosamente de su libertad (al menos eso sienten a veces los muchachos sensibles). Pero aunque estos loros no muriesen, es verosímil que destruyamos su habitat natural, haciéndoles impropia la vida salvaje. Nuestro mundo literalmente les roba su forma de vida y su lugar, y sin proponerles nada.

Expliqué desde el inicio que mucha de nuestra relación con los animales se vive por el arte y la palabra. Una problemática literaria ante cualquier restitución que hagamos a los animales, es que en el idioma escrito solo podemos vernos a nosotros. Nadie en su juicio diría que Rayuela es una metáfora de la reproducción de los cánidos. Sí se diría, que un poema protagonizado por un tigre trataría de la libertad o la naturaleza, de abstracciones y no de verdaderos tigres. Una verdad agria es que nuestra lectura ha hecho de los animales de la literatura simples animales literarios. Simples ficciones. No discuto si se puede o no, usar la escritura para concientizar o mejorar la existencia animal, o nuestra relación con los congéneres inhumanos; yo discuto simplemente el lugar de la bestia en el lenguaje. ¿Qué gran loro nos ha legado la literatura? ¿Ser la típica mascota de un pirata? Sin duda sus muchos dones les merecen algo mejor.

El problema del humanismo parece ser que se puede elegir con toda levedad quién es humano y quién no. Viejos, niños y animales; háganse a un lado.

Acaso alguna poesía salvará a los loros del olvido, y la evolución habrá sido sabia en darles su providencial belleza.

La historia de dos ciudades

20 Mar

Tengo la nostalgia de la ciudad, y no solo desde que vivo en el campo. La nostalgia la tengo desde siempre y se debe, se quiere, por la ciudad misma. Cuando suelo escribir de Paris pienso innevitablemente en esa nostalgia, de algo que no estamos viviendo en ese instante -una experiencia muy parisina-, de los edificios que se alzan y permanecen como árboles muertos, y los recuerdos, muchos ajenos, de los sitios que visito.

La ciudad como cementerio y como literatura. No he fatigado imágenes ni sentimientos en lo que la urbanidad respecta, entiendo que no soy el primero ni seré el último y que en la ciudad encuentro mi límite. Un hombre que no ha vivido la civilización está en otra manera de vivir que es incomprensible para nosotros, por extensión el escritor es un vicioso ente de ciudad, como las palomas de basurero que se alojan en las fábricas abandonadas. ¿Qué extraigo de esto? La falta de dioses del asfalto, o mejor dicho, el exceso de estos. Nadie vive la misma ciudad que otro, por lo tanto nuestros mitos tan varios no pertenecen a nosotros. Acaso una asociación de intelectos nunca ha estado más lejana en universos tan distintos que corresponden a la misma ciudad. O acaso la amistad que no tiene tiempo ni urbanidad tampoco tiene protocolos definidos por espacio y tiempo.

Y pienso en la amistad, que quizás es la manera franca en que uno se relaciona con las ciudades. Una complicidad con altas y bajas, mundana, a veces caprichosa. ¿Por qué la amistad no es el tema mayor de toda literatura? Tal vez porque es evidente, debido a que uno puede ser desdichado en amor y volverse una enciclopedia, pero no podría tirar una página digna si no creyera en la amistad. ¿Qué es un lector sino un habitante de nuestra urbe? ¿un cómplice de nuestras intimidades?

Caminar por ciudades es uno de mis hobbies más placenteros. Si uno se acerca al mar, a cualquier mar, divisa al mismo dios intemporal que ha acompañado a todos los hombres costeños. Si uno está en una ciudad, en cualesquiera, siempre ve la misma amalgama de mortales. Como el oceano es intemporal, las ciudades están fraguadas de muerte, podrían ser esqueletos y no sería menos evidente. Llevan las marcas de vidas invisibles, y en esto también se parecen a la literatura. ¿Por qué la ciudad de nuevo? ¿por qué la ciudad siempre? Me acuerdo que Panesi argumentaba la invención de la literatura como hija del capitalismo, una proposición en principio burguesa y con valores que serían los de esta clase. ¿No es igual de cierto que sería hija de la ciudad? Que la literatura en su concepto vigente no es otra cosa que la urbanidad nueva. Baudelaire hace suSpleen,Poe no duda en inventar el policial que tiene su fundación en la relación urbana de distancia interpersonal, de aislamiento de cada uno. Tal vez estoy yendo muy lejos y confundo literatura con narrativa. Económicamente es la columna vertebral de la literatura, solo que no sabría convencerme de que en su centro, debería considerar la economía una función mayor del sistema. Estamos suponiendo precisamente, que la urbanidad es el modelo que obligó a la burguesía a transformar sus concepciones económicas, básicamente presumiendo que la sociedad no es un sistema tanto de clases monetarias sino uno que depende de su comunicación. El neoliberalismo capitalista es antes que nada un fenómeno de discurso: la facilidad de replicar no solo objetos de manera masiva, sino de informar prácticamente a tiempo zero. No es de nuevo tanto flujos de dinero y de poder, sino la dinámica de estos, su diálogo, su intercambio. Lo que es en la ciudad sus metros, sus avenidas y sus centros sociales.

Por mucho la ciudad produce más historias de las que podemos describir, y  para los intercambios de internet no podemos decir menos. La ciudad comienza la transformción prodigiosa de un sin fin de información sin sentido, porque el sentido presupone una evaluación exterior, un observador que no puede ser sino divino dentro del sistema. Informaciones que no son de razón e inteligencia, sino que son de la inercia misma que las guía, que van hacia todo sitio sin arte ni enseña. Que sobreviven pues. La ciudad antes de ser una manera exitosa en que se organiza una sociedad es una sucia y putrefacta forma de supervivencia donde todo se vale. La miseria de la urbe no es miseria. Hay en ella un artificio.

La literatura solo alcanza a ser su nostalgia, porque no hay manos suficientes que la produzcan. No hay cartografos que reediten un mapa vigente de todo lo que vive, tenemos tan solo la calca original, que no deja de ser una ficción de su propio género.

Y hay ciudades que son tan grandes que dan vértigo. Y hay personas que no podrían desearlas de otro modo.

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