Tag Archives: identidad

Pas propre

19 Jun

Si uno creció en los mismos años que yo, la idea de la propiedad privada le estará anclada en el fondo del alma. Ya decían en la revolución francesa ¿no? Libertad, Igualdad, Fraternidad y Propiedad. Uno tiene lo que tiene ¿no? Este principio inalienable parece violentar un montón de bellos proyectos humanos, y sin embargo es algo fundamental en los animales territoriales que somos, en fin…

Usarlo en la literatura se me hace atróz, normalmente refiero a la poesía primero porque finalmente tenemos un primado de la lírica ante la narración, es la más literaria de las literaturas. Nuestras mejores narraciones no carecen de valor poético, así que uso esta arbitrariedad para justificarme ¿no? -¿necesito justificarme?-.  Por esto mismo digo que en la poesía no tiene sentido la propiedad, porque las palabras aunque muy íntimas y todo, jamás serán del poeta. No hay poeta. El que lee la poesía, en voz alta o para sí, se transmuta en la figura poética, en el verdadero ente divino que los que consacraron esta actividad concebían. La palabra de otro te vuelve el otro, la palabra de nadie te magnifica a un vacío inhumano/sobre humano. Trucos de lenguaje, el nadie que es más que cualquiera aunque no más que todos. ¿Raro? Sí, ¿propicio a la posesión? Solo si se trata de la demoniaca o la divina, aquella donde uno es de alguien y no tiene cosas propias.

Ahora, usted me escucha y si por inocencia se inclina a creerme ciegamente -no lo recomiendo, entre mis votos de pobreza intelectual se encuentra la necesidad de mentir, el engaño y la procastinación-, me preparo a completar mi posición. A usted se le hace que un texto le pertenece a alguien, no le faltará la noción fantasma de la propiedad intelectual, un valor legal que brindamos a los culturadores para que mueran menos de hambre. Es parte del discurso y el recurso legal, que tiene su poesía según algunos, pero que hoy no reivindicaremos. ¿Es una verdadera propiedad? ¿se supone que las ideas y las palabras pertenecen a alguien? Nos hallamos sobre todo en la convivencia y la convención, nada trascendente que ver, ni necesariamente cierto. Yo robo los libros de Paulo Coehlo, pero no su ingenio*. La protección legal está ahí para no generar abusos y mentiras que puedan ternir la imagen del susodicho o susodichos. Para que alguien sin mérito no plagie los títulos válidos de un artista más dedicado.

Entonces le decía que no hay verdad efectiva en esta propiedad poética, pero que hay un perjuicio para aquel que “se apropia” de las palabras de otro, se considera una literatura inferior, cuando no un plagio deshonesto. Y tenemos géneros como los ensayos y otros que viven de transformar la palabra, pero no de imitarla, nuestra experiencia adulta nos exige la fantasmagórica originalidad para no caer en las limitaciones interpersonales. Si usted admite que leer un libro más o menos copiado tiene algo de fraudulento es porque nació hace pocas generaciones y esta idea de propiedad privada ya se ha plantado en su mente. No esta listo para hacer revoluciones más agresivamente concebidas que la francesa, se halla usted en el historicismo puro, es un hombre de su tiempo.

No me voy a meter en debates legales sobre el internet, pues finalmente todo esto es un asunto de convencionalidad y de saber vivir entre congéneres, y no pretende la verdad. A mí me gusta pretender la verdad aunque sea a través de la mentira, y revindico el valor profundamente poético y necesario de la imitación y el plagio. No voy a llamarlo con un nombre de mas virtud, el plagio es una palabra que comunica a mi parecer la idea necesaria.

Quiero hacer una antología con poemas míos y de otros, mitad y mitad si se puede, finalmente hablará mucho más de mi poética personal que cualquier ejemplo que contenga solo frases propias. La poesía se constituye de palabras ajenas, la propiedad en ella es impostura. Claro, esto no se puede vender, pero no veo una multitud de vates que escriban por la plata (para eso es la novela, como diría Bolaño). Siento que la pequeña transgresión es todo menos inútil, pero me temo que imponga una dificultad de comprensión: ¿falsa intertextualidad? ¿deben entenderse afinidades de un texto a otro? ¿sería tan confuso como proferir poemas en diversos idiomas y alienar por fuerza un lector? No es ciertamente mi primera preocupación, mas la mencione en caso de que mi divagación le sugiera a alguien un proyecto genuino. Me encantaría leer un poemario así, libre de la identidad y llena de la personalidad.

Vaya ahora que lo pienso estoy abogando por algo más individualista que lo que ya existe. Borrar al otro.

A veces soy atróz.

*- ¿Debe leer demasiado en la personalidad que he elegido como ejemplo? ¿no puede suponerme inocente? Que lector tan malicioso es usted.

Pasar inventando

27 Dic

Todas las literaturas son invenciones. Mas si la escritura no contuviera al menos una realidad no sería vista con tanta religiosa devoción por tantas personas toda la historia. La invención sucede -lo sabemos- en un mundo donde todo está inventado, o mejor dicho, uno donde las impresiones parecen siempre nuevas pese a sufrir de un agotamiento atemporal. Una literatura es legítima no por cómo es recordada sino olvidada. Por esto mismo, incluso antes de abordar la primer página la obra ya comienza a ejercer sobre nosotros su frágil hechizo, el que nos permite admitir en ella una verdad o descartarla de antemano y por completo. Si antes de la lectura esta disposición nos abandona o nos fatiga, la literatura es un artificio menos cierto. Mucho antes de que nos importe cómo fue escrita, la literatura latinoamericana ya actúa en nosotros.

Se debe, necesariamente, admitir que quiere decir algo. Ser latinoamericana, la literatura. Por ejemplo, para encontrar la literatura femenina encantadora necesitamos la convicción de que una mujer y un hombre escriben y existen como entidades diferentes, por lo tanto, la idea de abordar a una mujer que escribe como hombre, o uno que escribe como fémina, no deja de sentirse aberrante. Sin estas condiciones, la literatura femenina no podría tenerse por algo cierto, aunque incluso en los convencidos no deje de calificarse esta observación como una conjetura o una convicción.

Pues finalmente, ¿no hay tantas mujeres como maneras de escribir? ¿entenderemos que la literatura femenina es el punto común entre todo lo que ellas enuncian o la esencia debe superar esa torpe división? Parece que mientras más escapa a las imitaciones más amplia y más cierta se vuelve esta cualidad de ser una literatura genuina. La literatura latinoamericana comparte todas estas condiciones de legitimidad, con el fin de no ser simplemente el espectro dejado por la-literatura-que-no-es-latinoamericana.

Entonces la literatura en quechua, en inglés o por twitter no es menos latinoamericana. Aquella de los agresores y los dictadores no es tampoco distinta en esencia a la de los oprimidos y los santos. El fenómeno no puede suprimirse para contemplarlo en una agenda política con bandos claramente definidos, y por lo mismo, no puede simplemente responder a una necesidad geográfica de territorio. Lo que no quiere decir que el cuerpo no existe, simplemente la nación no se encuentra ahí. Doy un ejemplo: América no existía antes de la llegada de los españoles, pues nadie podía dar cuentas del continente en términos de una unidad. No por eso el territorio existía de manera menos real. Por lo mismo debe admitirse que la literatura regional es poderosamente latinoamericana, sin que remita a simples alcances nacionalistas. Tampoco la agenda historicista del autor puede tomarse en cuenta: el más fantástico y menos político de los autores puede ser más latinoamericano que el más aguerrido denunciador. Y no me parece tampoco que decir “más latinoamericano” lleve consigo un sinsentido.

Es bastante seguro que sin un idioma como en español, en el centro de nuestros textos, no pudiésemos clamar unidad alguna entre este mundo vario. Hay muchas literaturas latinoamericanas que no tocan ni de lejos el español, las lenguas indígenas, el inglés o el portugués pueden ser sus vehículos. Entiendo que esto las vuelve acaso más profundamente latinoamericanas pues tienen que ganarse a pulso algo que muchos damos por sentado. Y es que el idioma es un gran favor ante la espectativa de encontrarse. El idioma es un lugar, pero no es en sí mismo el sitio en el que nos regocijaremos, tan solo es un punto de entrada, como la lectura misma es un aspecto que permite abordar esta dimensión. Ser latinoamericano se puede presentar como una feliz -o triste- fatalidad, pero uno puede perderla muy voluntariamente. Se puede abandonar igualmente, el uso verdadero del idioma -muchos indígenas lo han logrado-. Físicamente podemos desplazarnos a sitios cuyos aspectos recónditos y poblaciones enigmáticas oculten la peculiaridad que cualquier herencia pueda tener. Pero cada una de esas operaciones puede llegar en la óptica inversa: latinoamericano uno puede volverse. Es cuestión de ensayo, de voluntad y sobre todo, de convicción.

¿Tiene la literatura latinoamericana la convicción de volverse tal o es víctima de un destino que le ha sido impuesto? No pienso que una sola de estas respuestas sea satisfactoria. Muchos elementos me parecen aún problemáticos: la juventud, los afro-descendientes, los árabes, la Colonia, los inmigrantes, la infinitamente rica cultura popular actual… ¿no son todas estas cosas que pertenecen en lo más profundo al dicho continente? Aquellos que velan por la continuidad de este lugar que es la literatura no pueden sino escribir con atención en ello, con los mejores términos.

Solo desde que se cree que esta literatura vasta -acaso infinita- merece un lugar, y debe prescidir al menos la lectura de nuestros textos, la historia de la literatura empieza a existir. En esa periferia, en esa diferencia.

No a lugar

25 Dic

Habemos de admitir que si hay alguna literatura latinoamericana por fuerza habrá otras que no lo son. Esto puede llevarnos al delirio de concebir listas llenas de propiedades que funden y expliquen lo que es de esta literatura, o incluso que jueguen a pensar que Latinoamerica es una cosa y que puede ser explicada por los textos que produce. Tratando de concebir un concepto amplio, he pensado que la literatura latinoamericana responde a todo el corpus de todo lo escrito en un conjunto de países, tan poco representativo y extranjero como pueda presuponer tal limitante. ¿Y la literatura de los exiliados? Esa tal vez nos pone un problema particular, pues en el fondo es también extranjera.

A veces pienso que la riqueza de cualquier literatura particular está en su sentido único. Si queremos expanderla y universalizarla, cometemos el error de devaluar sus conceptos principales, su credo más profundo. La periferia funciona particularmente bien cuando tiene conciencia de la condición que la hace distinta, y aunque a algunos les duela la confesión, Latinoamérica es antes que todo, periferia. Pero cada periferia tiene un lugar propio de enunciación, o en el caso de las complejas sociedades de distintos paíse, muchísimos sitios. Construir un absoluto que englobe tantas particularidades y realidades con colores distintos es azaroso. Es un desgarrador deseo de comunidad, y una fuerza en la que se lucha por conservar una cierta esencia latinoamericana. No tiene sentido pensar que esta literatura sea una cosa, pero sensorialmente nos parece que debe serlo. Esta similitud de facto, esta evidencia, fundamenta la voluntad de construir una literatura juntos. Y sin esta convicción mucho se pierde.

Viviendo en Buenos Aires tuve la experiencia de recobrar algo perdido de mi identidad. En ese momento, la digestión de mi exilio voluntario en Francia había exigido que reconociera algo de lo que había perdido. Me sentí de nuevo latinoamericano habiendo abandonado la particularidad nacional que mi nacimiento podía suponer. No podía reivindicar solamente una nación por razones en las que no vale la pena ahondar, pero me parecía digno recobrar esta identidad común que me parecía entonces, latía en todos los latinoamericanos indistintamente. O no en todos, pero yo en el extranjero, sintiéndome extranjero a recordatorios frecuentes, no podía sino encontrar en esa visión cierto consuelo. Ahora, extranjero entre gente que hablaba mi idioma, agrupado de nuevo entre nombres de países que nunca viví, podría haberme interrogado si formaba parte de aquello, aún entonces, y si el perder dicha identidad vendría después, o si era una especie de luto que ya se anunciaba en mi deseo incandescente de formar parte de ello. La última flama que brilla antes de consumirse. El fin de mi literatura latinoamericana.

Uno nunca deja del todo el lugar donde nació, pero es igual de cierto que uno no pertenece en nada al mismo lugar después de un prolongado exilio. No pocas veces me he burlado de ciertos escritores que distantes de sus países de origen siguen portando el título de escritor nacional. No faltan los críticos que deploren esa posición. Y es algo válido. Vargas Llosa no es un escritor peruano, Roberto Bolaño no es un escritor chileno. Se les cede por consecuencia al menos el poder integrarse al pantéon de escritores latinoamericanos, pues en esos términos no pierden del todo sus derechos. Pero del mismo modo, es enteramente justo llamarlos europeos. Y enteramente injusto usar ambos términos, en otro sentido. No tiene razón geográfica de ser, tampoco es que la literatura de un continente vaya a empobrecerse por no rescatar un par de nombres entre otros.

Una literatura se escribe en el tiempo. Es un sitio geográfico, que puede, si se quiere, coincidir con abstracciones como latinoamerica. No es extraño que a dos tiempos distintos, un mismo autor deje de ser americano, deje de ser hombre, deje de ser él mismo. La identidad es fatalmente discontínua, y sufrimos con frecuencia muertes varias. Yo he sufrido ya durante el año el luto de esta identidad, de la ilusión de la que aún me agarraba, de pertenecer a algo. Tal vez no lo he perdido del todo, pero ya siento cómo la perderé. Y conociéndome, al momento que esté muerta, no me ha de importar mucho más. Igual será triste que no pueda escribir como si fuera de allá. O que pueda, pero sea un vil artificio. ¿Debí burlarme tan rápido?

Y entiendo por este medio que si existe una literatura que encuentra su sitio, otras vienen fatalmente de aquellos que se sangran en muchos lugares. Formo parte de esta variedad, y tal vez se requiera en un futuro que la literatura de nosotros no tenga ese estigma de inadecuación. Sí tengo un lugar y sí tengo una literatura. El resto son adjetivos, y por oficio sé muy bien cuánto crédito hay que darles.

La promesa

23 Jun

El acto de prometer definitivamente está ligado con la capacidad humana de abstraer los futuros posibles, que nosotros frecuentemente ligamos con la inteligencia. Pienso que es necesario atribuirle un cierto caracter imaginado, algo que corresponde estrictamente al dominio de la ficción, al menos en el sentido de la oportunidad. La promesa existe y es autónoma respecto al hecho de que se cumpla, solo que contempla en todo momento su concretización que puede ser constante en el tiempo y debe imaginarse en algún futuro -de otra forma, no tiene sentido-.

Aunque contemple siempre un porvenir, la promesa remite a más de un momento verbal. Se promete desde un hoy, en vista muy probablemente de un ayer, para un futuro. Se trata pues, de una garantía que no podemos verdaderamente proponer en la finitud de nuestra identidad, pues sabemos que en la vida un hombre se transforma varias ocasiones, y que la promesa no es sostenida estrictamente por la misma persona por quien fue enunciada. La promesa en este sentido cambia aunque no se transforma cómo fue dicha ni se cuestione su validez, a cada momento se reinventa en torno a un fondo cambiante entre aquellos elementos que la crearon. Como el arte, la promesa genera una vida propia interior y exterior.

Borges menciona alguna vez que la promesa tiene algo de inmortal. Podemos pensar que es uno de sus discursos que corresponden a la naturaleza del tiempo, mas una convicción intuitiva me lleva a pensar que todo se relaciona de nuevo con la materia ficticia que envuelve la posibilidad de un futuro, posiblemente, experto en la ficción, Borges nos sugiere un funcionamiento de la palabra, del discurso como posibilidad. De aquí que nos interese pensar en esta promesa eterna.

Si admitimos que el hombre se transforma durante toda su vida, se borra la noción de identidad. Recordemos que la unidad es ambos un fenómeno estético y una necesidad práctica. No se puede encerrar a Rodion Raskolnikov por asesinato si ha dejado de ser el hombre que perpetuó un brutal homicidio, no puede tampoco percibirse así la redención que tiene en la culpa. La noción de continuidad absoluta en una vida es mucho menos lineal que la conservación, muchas actividades son destructendientes. Luego, la propia secuencia es una hipótesis más o menos improbable y la promesa básicamente infundada.

Existe el dativo de nuestra promesa, aquel a quien prometemos. Debe resultar evidente que la identidad del susodicho es tan éterea como la propia, incluso cuando la promesa se efectúe hacia sí mismo. Se puede prometer a alguien o por alguien ausente, no carece este concepto de cierto valor imaginario y flotante pues el ausente es por definición quien no puede darse por concreto. ¿Dónde radicaría pues esta eternidad dentro de un sistema donde todo es fundamentalmente improbable, ficticio o pasajero?

La promesa siempre resulta sometida a un juicio de valor, y siempre responde si a una rigidez estoica con respecto a la espectativa futura. En la enunciación de la promesa siempre conviven el “a pesar de” y el “si nunca”, contra los cuales se alza una afirmación necia y consecuente. No somos nosotros, sino ella la que se opone al sinúmero de ficciones que el futuro puede deparar y que encara con certeza alguna realidad. Básicamente, el discurso es de la continuidad, su cumplimiento implícito, la única verdadera inclinación por un complimiento concreto. La promesa misma permite un momento inmóvil, una capacidad invariante que permite su propia enunciación. Una promesa para toda la vida es, solo en su valor de discurso, la identidad que puede responder por sí misma. La promesa se autogesta, lo que explica por qué se le adjudica a la figura de los divinos creadores.

¿Habrá seguido mi razonamiento Borges al decir que solo los dioses pueden prometer pues son inmortales? Finalmente, gestarse a sí mismo es la actividad primaria de cualquier divinidad, actuar en la autodefinición definitiva. Recordemos que la muerte para él y para nosotros, no es un concepto final, sino el que atraviesa la vida constantemente, la inmortalidad es por ende, eternidad. Dejamos constantes de ser constantes. Mi imagino, a veces, que el mensaje de Borges era el que menciono, acaso por que yo deduje lo mismo por mi lado, al decidir casarme.

Aunque por supuesto, lo que quisiera decir o no un muerto -cualquier muerto, usted, o yo-, no es lo importante; es el prometer y la entrega de dicha promesa en donde se reconoce la inmortalidad, y si llegamos a tenerla, hallaremos de algún modo lo que los antiguos consideraban Dios, que ciertamente falta un poco en nuestro tiempo. Hablo de la promesa  -nos falta morir menos, o por lo menos morir de mejores formas.

La misma variedad

16 Jun

Sin adentrarnos a la pregunta de la estética (qué es la estética), vamos a abordar con un mínimo de consciencia un análisis científico que a esta responde, y tratar de reflexionar exactamente sus alcances.

Empecemos por la evidencia: Cuando nos interrogamos por una definición de un hecho dado –en este caso la belleza-, se sobre entiende que tratamos de una entidad sensible que precede a la idea del discurso. La belleza no se define por la palabra, sino que el verbo trata de adaptarse a una realidad concreta, que es la belleza. En la medida que el empirismo se lo permite, la ciencia ha tratado de dar un mínimo de objetividad a lo que consideramos bello, no como una abstracción puramente racional, sino respondiendo a principios constructivos que los animales compartimos todos.

Los resultados de estos experimentos –cuestionables tal vez, en su ejecución empírica, mas válidos para nuestros propósitos argumentativos- proponen dos elementos principales dentro de lo que es bello. La estética natural remite entonces, a los principios de unidad y simetría.

Como verán, se trata de dos procesos mentales que sin duda muchos animales, si no todos, son capaces de realizar. La idea de la unidad implica un principio de abstracción mínimo, pretende que los objetos en el espacio no son un solo objeto aglutinante y multiforme, sino que puede dividirse en fracciones discretas que poseerán ellas mismas valores distintos. Esto se opone al panteísmo, que paradoxalmente propondría otra visión de la belleza. No quiero complicar innecesariamente el principio de unidad, básicamente trata de separar un objeto de los demás, y pensar este objeto como algo solo*.

El principio de la simetría o divisibilidad prácticamente se opone al anterior. Consiste en la capacidad de dividir un objeto de tal forma que dicha división responda a una realidad observable o experimentable, por ejemplo, conocemos ciertas frutas que son dulces y las agrupamos como tales pese a su diferencia. Recordemos el principio geométrico del eje de simetría, que al sobreponerse a un objeto geométrico, separándolo por el uso de una línea imaginaria, se divide en partes iguales. La ciencia sugiere que hallamos más bellos los rostros simétricos. La simetría pues, no responde simplemente a la capacidad de dividir, sino también a la misma aptitud de unir que hemos expresado el párrafo anterior, quiero decir, suponer al interior de un objeto un cierto orden perceptible, que representa la unidad interna de una característica o sensación. La simetría sería pues, esta estructura probable de los objetos cuando son divididos, separados e identificados como conceptos aparte.

*- La soledad es un sinónimo de segundo grado de la libertad, un estado libre sobreentiende un dejo de individualidad, la acción permitida discretamente en un tiempo, y por medio de esa variable de tiempo, la separación absoluta de un individuo múltiple para favorecer a un estado particular. El proceso de la unidad presupone una consciencia libre.

Aplicamos estos dos aspectos con toda libertad de abstracción. Los conceptos elevados como la justicia y la igualdad nos parecen hermosos pues son ordenados y a la vez sencillos. Es como imaginar un círculo imaginario sorprendido frente a nosotros, estas formas geométricas tan difíciles de acomodar en la realidad que sin embargo nuestro espíritu asimila de inmediato e irreflexivamente. Estamos programados para pensar así, y el pensamiento mismo, por su orden y su menoscabo, se nos figura hermoso.

Dentro de la abstracción que es el tiempo, empleamos la unidad y simetría, para asimilar otro concepto que embellece e idealiza las cosas de manera que nos resulta –en la escala sensorial- bien concreta. Me refiero naturalmente a la memoria. La experiencia individual idoliza o excecra determinada figura u objeto. Proust no escatima esfuerzos en recordarnos esta memoria/estética de la sensorialidad, la cual, si uno lo piensa, no deja de ser la simetría con un objeto del pasado, que se sobre pone a una nueva experiencia a modo de imitación o por lo menos de rima. El verso, que además de ser medida de discurso es necesariamente, marca de tiempo, funciona en esta variable.

Dije que el panteísmo admite estos mismos completos en otro registro de belleza, igualmente demostrable, mas con ambición más metafísica. Presumimos al suponer que todo objeto es un mismo objeto y que Dios está en la creación, una suerte de imitación constante. Todo es de la misma esencia transubstanciada, y al encontrar simetrías y separaciones, no hacemos sino expresar maneras de reconocer nuestra propia individualidad –imaginaria- dentro de los demás objetos. No cabe sorprenderse que la idea misma de identidad repose en criterios de la estética, pues finalmente se trata de un principio organizador y personal, el cual probablemente persigue un fin biológico bien concreto. Hay que saber cómo es uno para poder reproducirse con sus semejantes, ¿qué belleza más sencilla que encontrarse en el ser amado?

Resumir la belleza a estos simples conceptos es algo reductor, mas vale la pena tenerlo en mente. Algún arte vanguardista intentó atentar contra estos básicos principios y sin duda esto lo coloca en lo intragable para el superficial instinto que nos guía hacia lo hermoso. No bastaba más, la búsqueda de la belleza no puede buscarse en lo evidente, pues en lo evidente solo pueden hallarse cosas –nunca buscar-.

Del año del pavo

12 Jun

La cultura latinoamericana es de viejas costumbres.

Esto no quiere realmente, decir nada. Podría aplicarlo a iberoamérica*, o extenderlo a un montón de naciones, que por error o por fortuna realmente desconozco. Vale decirlo, desconozco también la totalidad del continente, por más elegías totales que lea alrespecto o ideas de hermandad/filiación que cualquier sociedad quiera prestarme -o la mezcla, la extraña confusión que el europeo suele tener de las naciones, cual si fueran intercambiables o difusas, sin fronteras, geografía, espacio, gobierno**…

Determinantemente hablamos de un concepto conservador, no en el sentido que la política quiere prestar, sino en una especie de anhelo continuatorio que remite a nuestro mismo rostro. Típico del latino es fraguar una genealogía que le entregue el valioso cáliz del pasado, la copa cedrosa de dulce nectar. Una historia pues, queremos una historia (no con mayúscula, no la disciplina casi-científica -o cientificista- del discurso que involucra un pasado e ilustres nhombres, enfrentamientos y sangres derramadas cual si sacrificaramos al dios del pasado nuestras propias entrañas), una evidente mentira que nos justifique, un elaborado engaño.

Por eso, más que otra cosa, este grupo de naciones tan arbitrariamente formadas se presta a la ecuanimidad y a la ignorancia: Es como un grupo de estudiantes esperando calificación, quiere legitimarse como un mal texto enviado repetidamente a varios editores, quiere llegar a ser***. Y en ese frenético construirse, la sociedad olvida que ya es y que conforme a las reglas arbitrarias del tiempo humano, no puede evitar seguir siendo.

*- En detriment de Brasil, país que desconozco con humildad y posee características que se me figuran auténtica y peligrosamente originales -en esa extraña mezcla de culturas afroameuropeas, este enriquecimiento mutuo que no sugiere un “progreso”, sino precisamente, el florecimiento que viene de lo variado, de las diferencias que relacionan al hombre con otros hombres de maneras que el ciego moderno no puede imaginarse, confundiendo modernismo con su análogo post.

Nos queda, necesaria pero insuficiente, la ambición. Es uno de esos objetos que por si solos no logra nada, mas al momento de cambiar facilita todas las trasiciones y los pasos -érroneos, me presto a decir-. Y es que vemos con tanta maldad la ambición que nos resulta extraño ese que se avanza y se siente justificado por palabra u obra, ese que no teme afirmar -sería raro, en otras sociedades, no plantarse frente al resto, aunque fuese un teatro/mentira/ficción-. Si un niño se disfraza, entonces se le enrarece en vez de descubrírsele. La costumbre de la máscara tiene un proceso ritual, la mentira en un modo de vida más que un método. ¿De dónde tanta ficción? Tal vez de nuestra invención. Antes que nada hay que encontrar un orígen que sabemos ha de ser mentira, pues queremos ser vástagos de algo y bastardos de nada, aunque se nos vaya en esto la vida -y ser nosotros-. Et qui est en faute? Est-ce nous?

**- En esto podemos estar de acuerdo, no tenemos gobierno. O más bien, no tenemos gobierno humano, nuestra relación con el poder no es la que tienen seres humanos entre ellos, sino una especie de impersonal intercambio al que no puede medirse con los criterios usuales de la costumbre. El poder nos es tan distante o tan opresivo como un dios antiguo, nos disgusta y nos fascina como las malas fábulas.

En este repudio a la novedad y gusto por el artificio, nos aparece extraña la disyuntiva de vivir en un constante desprecio del arte. No un desprecio vaya, una incomprensión. La sociedad no se aleja del arte por simple gusto, no confía en él pues se le presenta como un escape de la ruda vida, como una alternativa peligrosa e inútil, o por lo menos improbable para sus propias soledades. Que el arte parezca ofrecer nada cuando se siente tener poco, nos aturde sin duda. Creer que construir la imagen de un arte sea válido cuando no se tiene el propio rostro…

***- Esta no es una elección de vida, sino un trabajo propio a la literatura, Deleuze considera que la escritura se juega en un constante  tratar de ser, una distancia transformadora sobre el propio ser hacia otro, donde el ser mismo es dado por el discurso dominante que aceptamos de antemano -y que sin reflexión a veces nos volvemos-.

Tal vez por eso se dio primero a la tarea -hablo del arte-, de concebir precisamente un espejo, no de crear la obra, no de buscar la construcción, sino de pintar el absoluto del rostro del latinoaméricano en esta típica novela americana del 19, este especie de mapa/panorama aún mal calibrado, que a mi parecer, atravesó todo un siglo de desajustes y transformaciones más o menos innecesarias, para llevarnos a lo que hoy podría considerarse *gasp* aún la post-modernidad.

Hemos discutido… de la identidad…

2 Jun

Hemos discutido en otra entrada diferente, de la identidad, del proceso de suponerse “el mismo” en varios tiempos libremente determinados. Expliqué brevemente por qué es un fenómeno de lenguaje, trataré de continuar el razonamiento.

Si un adulto se mirara de niño, no sería raro que se interrogase que tienen en común él y el infante en cuestión, pues apenas conservarán rasgos comunes. Sí, claro, tenemos el código genético, mas al remitir a lo sensorial la forma y dimensiones cambian tan drásticamente que podrían pensarse hasta razas distintas. La manera de razonar ha sufrido un cambio acaso más radical, el cerebro ya no aprende de manera tan presta, y al cabo de los años se han acumulado miedos y vicios. A veces, nuestro gusto dialéctico encontraría en tal infante nuestro mundo potencial, o sea, todo lo que el pequeño niño pudiera haber logrado en circunstancias determinadas. Veremos que es un vicio común remitirse a hechos hipotéticos de este estilo, nos basta decir que ya es sorprendente como cambia aquel infante con el hombre concreto que se volverá.

Al, un amigo mío, tuvo por un tiempo una mirada bastante nostálgica a cierta épocoa de su juventud. Trazó por él mismo las divisiones, una vida no tan grata en la secundaria, y luego una felicidad eufórica en la preparatoria, para llegar a una menos gloriosa mas bastante libre edad universitaria. Me dijo el otro día que en esta última, gozaba de una libertad que ahora aprovecharía de modo distinto. Todas estas múltiples visiones que parecieran confeccionar una historia, nos remiten a un fenómeno de identidad.

Debe resultar dolorosamente claro a qué me refiero en la narrativa, finalmente los dos ejemplos utilizados fueron narrados por un servidor -y al tiempo por Al-, con una intención fuerte de continuidad entre los tiempos e identidades de sus protagonistas. La narración no transmite precisamente bien estas diferencias de la identidad, se nos vuelve un problema. Un cierto tipo de novela suele remitir fuertemente a la identidad, no será vano -tal vez-, que la citemos brevemente.

La novela de maduración suele acompañar un personaje desde su infancia hasta la vida adulta, partiendo normalmente desde su nacimiento hasta ir constituyendo su caracter. Podemos vislumbrar en esta simple narrativa, parte del error: La construcción de una identidad por medio de partes, en secuencia, de cierta manera llegando a un tipo de conclusión. No es que cronológicamente el sentido esté equivocado, sino que un personaje ficticio no responde realmente a la experiencia y no recuerda realmente, mientras que nosotros lo hacemos sin desearlo, en una forma compleja que nos resulta indeterminable. De cierta forma, la manera de crecer de un personaje que madura, es un ejemplo que existe para que lo interpretemos, un grupo de acciones determinadas y descritas con el que confeccionamos una identidad. Y es que el proceso de formación de nuestra propia identidad es, desde un punto de vista dialéctico, algo relativamente parecido: Podemos recordar los momentos de nuestra vida que en cierta medida nos han “definido”, como una suerte de biografía sensorial.

No obstante, se sabe que el género biográfico no logra transmitir de manera nítida la experiencia vital de un ser humano, y aunque mucho puede darse por la cuestión del formato -a veces las biografías se quieren parte del género “enciclopédico”, y en el afán de ser claras se deshumanizan-, o simplemente por verdadera incapacidad de entrar en la autoreflexión que siempre acompaña la creación de la identidad. Somos entonces, no solo el discurso que compone los eventos que hemos vivido, sino además la reflexión sobre este discurso. Una reflexión que no es fiel a la realidad: Vemos frecuentemente nuestro pasado en vista de los valores presentes que tenemos por vigentes, sin poder realmente regresar al estado pasado de identidad que hemos vivido.

Y esto es porque la vida en sí no se repite, no volvemos a atravesar la misma experiencia por más que recordemos o imitemos el pasado, un punto de vista y la misma consciencia del a repetición, nos coloca a una distancia insaldable con la verdadera repetición, con la verdadera afirmación de una identidad concreta y discursiva. Esta asimilación de la repetición con la identidad constante no es vana, el lenguaje mismo, exige una presencia constante de repeticiones tanto de vocablos como de reglas, y en su abstracción racional impone sus reglas a nuestras ideas. Porque el lenguaje se repite, creemos que el universo hace lo propio.

Ya profundizaremos en su momento dos de los temas evidentes que salen a reducir tras el breve análisis que hemos efectuado, por esto me refiero al valor de la repetición dentro de la literatura y a la concepción de las identidades ficticias con sus respectivas problemáticas.

A %d blogueros les gusta esto: