Sobre A***i*** N**a***

21 Jul

No compro muchos libros. Hay muchas sensaciones inmediatas que me guían en esta renuencia, al grado que hallaré difícil explicarla mientras avanzo en esta entrada. Naturalmente, ni quién se interese en mi sensación, intentaré simplemente enunciarla para que usted presuma una generalización que pueda aplicar con mayor libertad que las fuerzas que me manipulan, aunque en dicha generalización quede yo como un imbécil.

Primeramente, con el lugar de la biblioteca que brevemente he discutido, el conocimiento de un autor no se liga directamente con la compra. Esto es a la vez bueno y malo. Un punto fundamental de la lectura crítica es aproximarse a obras que no se encuentran dentro de los circuitos académicos usuales. Lo que pasa es que tampoco la librería es un sitio ameno para los descubrimientos, pues el acceso limitado a las obras. O tal vez, yo lo siento así, nunca he pasado tiempo en una librería para asumirlo un verdadero ambiente, siento hacia ella lo que tal vez sentía hacia la biblioteca ya hace tanto.

Y es que se me figura a una prisión. Cuando discuti el asunto con Jaime M Quantz expliqué precisamente cómo esto venía por la incapacidad de liberar todos esos libros sometidos, tantos tomos que solo mostraban mi incapacidad de leerlos. Aunque también el libro mismo se me figura una suerte de prisión, de la cual ni siquiera la lectura es capaz de liberar. Termina seguramente, cuando el libro es destruído y de cierta suerte, olvidado.

Jaime no compartía exactamente esta analogía, no le parecía tampoco, que fuese -la librería-, una suerte de cementerio. Era como un lugar donde visitar amigos. De mi parte -cosa que tal vez no supe explicar, o tal vez desvié distraído el tema-, esta complicidad con el autor estaba también presente, solo que me parecía intuir un favor implícito a ellos o quizás a mí, liberando aquellas obras. Incluso fuera del circuito autor-lector, este escenario lleno de tomos le daba mal a mi consciencia.

Para mi mérito, en ese circuito carceral inventado, no presuponía las nociones peyorativas que la prisión generaba, sino simplemente el encierro y el catálogo de estos criminales del discurso. Un diccionario o una enciclopedia, son de manera análoga prisiones. Excepto que no existe prisión sin el concepto de libertad o por lo menos de fuga, sin algún método de liberarse. Para mí esto es el olvido. Los diccionarios, que suelen ser colecciones de arcaísmos, tienden a transformar en objetos los cadáveres del lenguaje, mas por sus limitaciones físicas el catálogo no es exhaustivo, y no creo que lo debiera ser. Aborrezco en cierto modo dicho completismo científicista.

Entiendo que en la biblioteca se podría aplicar mi extraña repulsión por la librería. El pago de la fianza no es total, y el domicilio en dicho edificio es arbitrariamente largo. La tienda libera una vez y para siempre, al menos, en cierto punto de vista.

Yo más bien entiendo, que siendo el arte solo libre al momento de ejecutarse,  en cierta acción performativa que viene de la lectura, el libro escapa de sí mismo, y toda inclinación que lo acerque a este fin, es un ejemplo de libertad. Siendo así, me parecería que el libro en la biblioteca, está menos aislado que aquel que uno compra o que permanece en el anaquel. Ciertamente la difusión en una biblioteca no es metódica, mas se basa en cierta esperanza de futuras lecturas. La acción de comprar un libro y proceder a leerlo una sola vez se consideraría más bien un trámite, un intercambio de jaulas.

El libro comprado, en mi visión de las cosas, exige dos compromisos aceptables para permitir un mínimo de libertad: La relectura comprometida y el préstamo o regalo filial. Si el libro, en nuestras manos, se mueve a lectores subsecuentes, si alguien los hereda o los hojea bajo nuestra vigilia, guardamos con ellos el compromiso que es nuestra responsabilidad. El escritor que comparte una historia o un poema de su confección, hace el mismo favor a ese arquetipo mental.

Entonces para mí, comprar un libro es una acción posterior a la lectura, una afirmación de un gusto en el tiempo, una preferencia no solo azarosa, sino en parte consecuente. Mi biblioteca ideal, la mía, se iría vaciando poco a poco, liberando aquellos libros que no habré de releer nunca más, hasta que el día de mi muerte, pueda confirmar la partida de todos esos hijos míos, esos amigos a quienes no someto a mi mismo fatal destino. Quedarse sin libros, se me figura un ideal.

A lo mejor me pasa que como decía Jaime son mis amigos, y como decía yo, hay una cárcel, y esta amistad que me tiene compañía, me hace pensar que yo también soy prisionero y que ellos me visitan hasta el día que también he de ser libre.

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