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Juicios numéricos

30 Jul

Bueno, para que lo sepan, estoy efectuando una reducción de ritmo de entradas debido a algunas necesidades “profesionales” -pueden sustituir este por otro adjetivo- que se me han ido presentando. No voy a decretar un ritmo concreto para este fin, solo digamos que será tal que no sentiré estar abandonando mi tarea de bloguero de una manera apreciable -si necesitan, por ser de esos que creen en la meteorología, tener un indicio más tangible, diré que espero por lo menos tres entradas por semana-.

Ahora bien, vale decir que pocos dudan la existencia de las matemáticas como lenguaje, aunque sin duda muchos las excluirán -por comodidad- del acervo exigido a los literatos. En caso de que necesite aclararse, la ciencia formal conocida como matemáticas emplea criterios que pueden remitir al lenguaje, pues consiste en una convención de signos arbitrarios cuyo propósito es la transmisión de ideas. En ese sentido, podemos decir que tratamos con un lenguaje.

Habría que ficcionalizar mi propia indecisión al abordar -aún someramente y en forma general- las matemáticas como un rol literario. El discurso de la ciencia es una cosa, el hecho de la ciencia en sí parece muy abstracto. Podemos abordar el hecho de la ciencia, mas sin poesía parece extra literario. En esta visión de las cosas, yo me interrogaría sinceramente en si vale la pena el trabajo, si acaso conozco lo suficiente de matemáticas para dar un juicio que no suene parcial y confuso. Acaso nadie sabe mucho de matemáticas.

Aunque vale decir que personalmente se trata de una convicción. Sinceramente opino que esta ciencia permite una conciencia extendida del lenguaje, aunque fuese para tener una mirada analítica de qué supone la palabra. La semántica y la ambigüedad matemática tratan de ser reducidas a una cantidad manejable, eligiendo claridad sobre poesía. Si esta fuese nuestra elección cotidiana, la palabra se parecería tanto más a la matemática que a lo que puede percibirse hoy realmente.

Desde mi entender la matemática y la lógica misma tienen funcionamientos de lenguaje, son, en cierto modo, idiomas. Hay que deducir la hermenéutica de mi argumento, con la misma facilidad puede decirse que la matemática y el lenguaje son lógicos, o que la lógica y la palabra son matemáticas. Mi enunciación busca entender algo de la palabra, lograr que se extienda en nuestra manera de argumentar la limitante que imponen nuestros métodos dialectales cotidianos. No es, por supuesto, una novedad en dicho respecto, a lo mucho estoy enunciando de otro modo cosas que hemos repetido obstinadamente los que discutimos sobre el habla.

Si emprendo el osado camino de atacar la lógica y al grupo de ciencias mas nobles que existe, no es por el afán gratuito de desvalorizar la palabra. Este blog puede servir de testimonio, atacar el idioma es una afrenta sencilla de montar y no necesita excusas. Simplemente se trata de poner en perspectiva la razón misma, que incluso en sus más nobles términos sigue trabajando del mismo modo tangencial. Las herramientas descriptivas no representan el fenómeno observado, sino que establecen una relación con él, la cual no deja de ser arbitraria. Es un proceso de revalorización del pensamiento no argumental.

Pienso que las doctrinas cientificistas de principio del siglo XX harán difícil la comprensión de lo que trato de expresar. Hay personas que erróneamente creen que la ciencia es verdad. Esto es estrictamente falso. El hombre no puede manejar la verdad, mas en ausencia de esta, lo comprobable es un buen remplazo. El pensamiento científico es inmensamente útil y necesario para la continuidad de nuestra raza, es una realidad de facto, que tiene que ver más con su pragmatismo que con su estado de verdad. Si la ciencia fuese falsa -y en cierto modo lo es- ¿qué nos importa? Funciona. Pero estoy saliéndome del tema, hay que centrarse en las matemáticas, en aquellas que escapan constantemente el dominio de lo pragmático.

No es razonable pedir a los literatos que sepan matemáticas. La aprensión puede venir desde el sistema educativo que neciamente opone las humanidades y las ciencias exactas, aunque me gusta pensar que ser matemáticamente incapaz no te vuelve escritor. Hay algo de talento en esta noble ciencia, mas parte de lo que la vuelve inaccesible es que, como cualquier lenguaje, requiere una infalible asiduidad y una curiosidad sincera del oyente. Recomiendo las matemáticas a quien las tenga a la mano, como recomiendo del mismo modo saber más idiomas, y con la misma voluntad literaria detrás. Los conocimientos científicos son útiles a la literatura y la vida en general, mas pocos están tan íntimamente ligados con ella como las mates.

Me quedan un par de cosas medio útiles por decir que será mejor abordar en otra ocasión. Hasta entonces, traten de dejar los traumas infantiles de lado: Veamos las matemáticas con ojos de lector.

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esto, esto, esto, esto…

19 Jun

Una de las incorporaciones al estilo que se han vuelto prácticamente generalizadas es evitar la repetición de la misma palabra.

No estoy inventando la rueda. Esta incorporación tan vanal debe provenir de un sencillo sentido de elegancia en la palabra, de un extrañamiento menor*, aplicable incluso a géneros poco artísticos. ¿De donde proviene y a qué se opone? Voy a especular al respecto, guardando la coherencia de nuestro género**, que es tratar de estimular el pensamiento en vez de postular una realidad.

Ahora, recordemos como veremos en el futuro, la importancia que la repetición tiene en los infantes y en la oralidad. No tratamos aquí de cualquier tipo de repetición: Estamos en una que se juega particularmente en la evidencia y la cacofonía, dos palabras iguales en secuencia son importantes por un lado, dentro de su evidencia, y por el otro, en su arbitrariedad. Notemos que nos estamos rigiendo en el concepto de la poesía, pues el fenómeno remite a la palabra en sí -no se limita por significados o contextos, sino lo contrario, se refiere al vocablo como elemento genérico, en su estado de abundancia-, en su sonoridad así como en su volúmen dentro de la frase. Reconocer una repetición vanal es reencontrarse con la palabra como objeto y esto nos representa alguna molestia. Creo que en la narrativa nos encontramos en una ruptura de la ilusión, en una materialidad que corrompe el curso de un recito. Y precisamente tenemos que considerar esta idea de curso al referirnos a un error tan casual como el doblón sencillo.

Dije en la primera entrada de este diario que trataría de explicarme sobre el error voluntario, que no puede considerarse propiamente un error sino una ruptura a un flujo ya establecido. En el lenguaje no tratamos propiamente con errores, sino con rupturas. La noción de error es semántica más que gramática o física, es un punto de vista; aquí estamos tratando con algo bastante más esencial, pues no podemos decir que en el habla hay error a menos de que le otorguemos también un fin –uno clásico es la comunicación, incluso en el arte-. La repetición va a funcionar como una controversia en el flujo normal de un texto bajo el supuesto de que su incursión es involuntaria e innecesaria. Repetir se nos figura una insistencia, un símbolo. Cuándo este está vacío genera la ruptura a la que nos referimos. Este “error” voluntario, permitiría que el doblón fuera ruptura y no fuera vacío.

Dos ejemplos ya mostrados que analizan profundamente nuestro fenómeno de doblón, y precisamente creo, demasiado analíticamente. Lo interesante de este rechazo a la repetición es que se juega en círculos más casuales que en el arte, pero que se trata de un valor eminentemente estético. No veo como explicar el rechazo si no es por la idea de belleza. Tomo el ejemplo jurídico o el matemático, donde el discurso se genera por una practicidad y una voluntad de claridad; ahí la repetición no solo se tolera sino incluso se busca, el sentido de las palabras quiere ser tan propio como sea posible al menos a la base. Lo estético parece corregir a lo práctico, pues es más sencillo usar el mismo término repetido que usar sinónimos o paráfrasis.

**- Me refiero al tipo de texto que están leyendo, que desatinadamente nombré la ventilación.

Y no obstante, una de mis reflexiones anteriores me refiere igualmente a una practicidad, o mejor dicho, a una práctica. Se requiere para emplear un discurso tan analógico, un dominio más completo del lenguaje; y si no me equivoco, una esfera que privilegia el corregir este tipo de doblones, es el laboral o el educativo. Las escuelas quieren probar la capacidad del alumno y es solo natural -en su torcido modo de abordar la educación- que exijan el empleo de un discurso académico, como solo ellas generan. En la esfera laboral, donde se suelen exigir convenciones abstractas y arbitrarias como usar corbatas, tenemos esta máscara adulta de pulcritud que mantener, y el error aunque superficial y mínimo, se nos figura una exposición al rídiculo. El notar el doblón es reconocer que vivimos siempre metidos a la prueba del que lee, reflejo de vivir en una sociedad que censura o al menos manipula el discurso social de manera notoria. Obvio, el literato está sometido también a un tipo de juicio.

Y aunque el doblón es fundamentalmente un objeto textual en su sentido más escrito, se exige su ausencia también en la oralidad. Admito que hay razones a favor y en contra de ello: Por un lado, la voz nos pide una insistencia constante al no permitir la revisión constante de los contenidos, entiendo completamente que un concepto hablado se diga tanto como sea posible para incrementar su presencia en una cátedra -del mismo modo deploro los términos fundamentales que aparecen una sola vez en cualquier pedagogía-; por el otro, la dimensión fluída del lenguaje, esa que repudia estéticamente la repetición, es mucho más visible al hablar. Para corregir el doblón a veces se incurre en otro tipo de repetición, como la frase hecha (“válgame la redundancia”), lo que yo creo, solo llega a acentuar la tolerancia de las insistencias en la viva voz.

El blog de manual

12 Jun

(Tuve una dificultad con la función para publicar automáticamente de WordPress y la entrada de ayer solo pudo ser publicada hoy en la mañana, si quieren verla se encuentra justo antes de la presente)

Buscar información por internet para educarse es una hazaña. Podemos imaginar una herramienta de lenguaje -un robot- que facilite la tarea de enseñar de una manera automática, de la cual pudiera sacarse cierto éxito: Un manual glorificado. Sin embargo, la web está lejos de responder a la espectativa de un manual de vida.

No me parece exagerada la necesidad de un manual de internet. Necesitaría ser casi por fuerza una publicación periódica -en línea tal vez-, pues la actualidad de internet cambia caprichosamente y con un vértigo terrible, trataría simplemente, de una organización más o menos inteligente, una suerte de directorio que ayudara a los internautas con determinado interés a perseguir más información que les pueda servir dentro de un contexto de discurso del cual se pueda extraer provecho. Desgraciadamente la idea de directorio presupone el conocimiento de lo que se quiere, y obvia a su vez, la entrada de distintos elementos nuevos a dicho sistema -ambos problemas que relevan del uso y la producción actual de internet, a su vez problemas como potencial de grandeza-.

Estas reflexiones nos pueden llevar a una reflexión sobre la palabra aprender. Con el acceso que tenemos a este medio masivo que es internet, la noción de extraer conocimiento que uno ignora no puede considerarse verdadero aprendizaje, ni siquiera, creo yo, cumple los requisitos de considerarse fundamento para ser una persona informada en tal o cual tema. Simplemente absorber información no tiene valor pedagógico.

Los que venimos de sistemas educativos descendientes del siglo pasado, tenemos por fuerza el recuerdo de varios ejercicios de memoria que no se consideran veradera “educación”. Al estudiar la historia nos enfrentábamos a una franca lista de fechas y eventos, más listados que analizados, como una especie de mapa vagamente trazado para la memoria temporal. La geografía misma, se manejaba en abstractos esquemas memotécnicos -un país con su capital, o con su continente, una lista de lo más grande, lo más rico, lo más largo-. El hombre gusta del catálogo porque mantiene su memoria ejercitada, y esto es una parte del apredizaje. El valor del contenido en este constento es nulo, o debería decir arbitrario. No es que sea malo conocer la fecha de las revoluciones; es simplemente que el signo del año no tiene valor por sí mismo, incluso el historiador profesional se interesa por el contexto y no el índico/símbolo que apunta al contexto. Internet es una red, no tanto de información sino de símbolos, de referencias superficiales y de órdenes estrictamente contextuales; lo que hace precisamente que sea una pobre herramienta de aprendizaje.

Además, a sabiendas de que internet “estará ahí” para proveernos de los datos que requiramos, pierde su interés como ejercicio de memoria y se vuelve simplemente una masa aglutinante de información. Buscamos información no por el contenido sino por el “signo” lo que es como buscar un libro por su nombre y no por su tema; en muchos sentidos este nominalismo al que estamos acostumbrados viene de la comodidad de pensar y no por servir a una función superior. También podemos caer en la falacia de pensar que al abordar el concepto de tema nuestra búsqueda perderá su superficialidad, que el nombre del tema no es también por sí mismo, otro símbolo.

Depurar este tipo de búsqueda vendría a suponer que podemos enunciar al buscador una pregunta superficial pero efectiva, vamos a decir “¿qué libro es similar a El barón rampante?” De esta interrogante podemos extraer una respuesta más o menos objetiva -o lo suficiente para no sonar arbitraria-, y sugerir una respuesta. Dependemos para estos fines de la inteligencia de razonamiento verbal del buscador, del orden efectuado por los hombres para clasificar sus propias páginas y de la capacidad del internauta de usar ambas herramientas -la clasificación y la búsqueda- correctamente. Entonces para siquiera extraer información válida para nuestro aprendizaje, debemos haber atravesado un determinado modelo de aprendizaje.

Me intriga en este modelo seudo-futurista, la preocupación de que el usuario -que es lector y productor a la vez-, asuma sus capacidades correctamente y se integre sin dificultad a un circuito virtual. Facebook puede parecernos una pavada, pero básicamente su gran logro es introducir fácilmente a un circuito o formato, el resto viene de los usuarios. Solo que la información de Facebook es tanto más degenerada que muchas cosas en internet, precisamente por la inherente libertad que propone. Además ¿clasificar fotos o comentarios tiene de verdad sentido?

Me parece que el problema viene de la dirección, de este manual de internet que por desatino aún no hemos sabido concebir. Podría enseñarse en las escuelas si existiera, mas los magros conocimientos de los profesores -la mayoría asistentes tardíos al fenómeno web- no facilitan esta transición que de por sí ya tiene algo de virtual.

¿Quién podrá enseñarnos a aprender?

Dobleces

11 May

Una paradoja sobre que la sociedad considere a la lectura una buena costumbre, es que simplemente no es para todos. Estos juicios de valor generalizados apenas son aptos para referirse al arte como un objeto limitado, pues se sabe que las expresiones diversas por lo general no se consideran buenas en una sociedad. La música puede ser buena, y no por ello se pensarán buenos los narcocorridos.

Yo, pese a ser sin duda apologista de la lectura, soy de los que piensa que no es una actividad para todos. Empecemos admitiendo que el lector sufre una cierta enajenación al dedicar su tiempo a un pasatiempo solitario -ya desde este punto podemos interrogarnos si queremos de verdad, fomentar este tipo de individualismos en la columna vertebral de nuestros valores educativos-, no es sencillo volver la lectura una actividad compartida por la variedad de títulos que existen y el sinúmero de caminos que se pueden seguir para leer los mismos tomos. Existen intentos de socializar la práctica literaria -pienso en los talleres de lectura o de producción-, solo que si participan en ellos, notarán que la diferencia de ritmo entre los participantes suele enmáscarar la verdadera individualidad que esos círculos se fomentan. Pareciera que o se escoge lo social o se escoge lo literario.

Otra de las dificultades reside en la irrealidad realista del proceder educativo en la literatura. No se puede enseñar a escribir, pero se puede aprender a escribir. Entiendo que en cierto grado esta característica aplica a cualquier arte. Del mismo modo, se pueden enseñar maneras concretas de leer, mas no maneras nuevas de leer; lo que hace prácticamente inútil todo intento de traspasar la lectura como práctica, pues su gracia se encuentra en su innovación y multiplicidad. Leer está entre las prácticas que no se gozan por sí mismas, me temo que la música y la pintura aventajan grándemente ese poder seductor. Ante todo, uno debe interrogarse por qué la capacidad de leer es vista de manera buena, si todos los artes de algún modo superan su valor.

Luego recordamos que nuestra sociedad repudia el arte a menos de que este te permita ganar cómodamente la vida, somos de lo individual y lo pragmático. Me parece adivinar que la importancia de la lectura no viene de lo artístico, sino de la pura pragmaticidad de almacenar y distribuir correctamente gran cantidad de información para tratarla de manera más efectiva. Muy probablemente, cuando se nos dice que busca enseñársenos a leer, lo que se sugiere en realidad es la voluntad de estudiar. Lo que no evita que se enseñe literatura desde un punto de vista nacional en las escuelas.

Yo me pregunto si la escuela no comete un error metodológico en lo que concierne a enseñar a estudiar -suponiendo que este es el caso-. Elevar a la lectura como medio de aprendizaje, sugiere que nuestra experiencia debe fomentar la consulta de información escrita y catalogada, básicamente volvernos lectores de índices. Tal vez al limitar nuestra capacidad en este respecto, mínimizamos nuestras cualidades de absorber experiencia de otros tipos, como por ejemplo, la capacidad analítica de darse cuenta de un problema por medio de los síntomas prácticos que encontramos frente a él. Quiero decir, enseñar a estudiar textos y discursos, proviene de creer fundamentalmente en los textos y aplicarles un método de extracción de información, esto no solo no es artístico, sino que es ciencia bastante pobre. Al volver la lectura una tarea de simple estracción de información, estamos limitando la capacidad crítica de solucionar problemas de los individuos y comprometiendo su manera de interactuar con sus semejantes.

Hay, por supuesto, métodos de organizar la información, como hay bien maneras de escribir. Expliqué por anteriormente, el concepto detrás del resumen y la economía textual, mencionando que el resumen se sustenta en una lectura inocente, y procede de un tipo de escrito que busca tan solo proveer información. Estos abundan en nuestras vidas, y acaso internet los ha multiplicado. No sirven, por ejemplo, a resolver o interpretar los pasos de un problema, como habrán remarcado quienes traten de armar un mueble siguiendo una resumida manera de construirlo. Tome un ejemplo un poco más sano y sensorial, trate de ver un video que le muestre cómo construir una figura de origami, y en este movimiento, identifique cada uno de los pasos a seguir. No ejercita de este modo el mismo tipo de conocimiento, y tal vez por desuso, halle usted el propósito complicado.

Se me dirá que al utilizar métodos superficiales, se priva al estudiante en cuestión, de entender la complejidad técnica y conceptual de las ideas detrás del objeto que estudia. Yo le responderé sencillamente que esta ignorancia existe ya hoy día, que los alunmos son incapaces de decifrar los textos matemáticos y darles un valor conceptual, que el erudito es auto-didacta. Le aseguro que ahogar a los alumnos con metodologías no los volverá ni más sensibles ni más creativos para aprender mejor los conceptos.p

Tareas

9 May

Soy, como probablemente sea su caso, heredero de una cultura en la cual la lectura es promovida como una actividad benéfica y de interés general para el ser humano.  Yo no sé a quién se le ocurriría tal cosa.

No me tome a mal, está más que claro que leer y escribir son actividades a las que yo tengo un aprecio enorme y que llenan mi vida de una benéfica claridad como pocas cosas pueden. Si, esto efectivamente me basta a mí, mas no me ilusiono pensando que le baste a a usted. Voy a concebir un argumento -si bien tipicamente mis defensas argumentales caen en lo futil-.

Me parece en toda evidencia que leer no es bueno. La sociedad presta un valor solo a aquello que produce o disciplina al ser humano, la lectura por sí misma, no hace ni una cosa ni otra. Mi análisis, que puede parecer superficial, ilustra gran parte del fracaso estrategico en algunos sistemas de educación. Por sí mismo, leer no sirve para gran cosa, es un gesto alienador y distractor que ni siquiera se digna a distraer o alienar bien. Ni hablemos de a qué punto leer no es un negocio, si entiendo bien se hace grátis.

Luego nos lanzamos en la tétrica noción de enseñar un cánon literario a un grupo de jóvenes -por lo regular se educa a jóvenes, si bien los adultos iletrados presentan otras dificultades en lo particular-, libros de esos que conocemos como “clásicos”. No sé si habrán leído un clásico. Por lo general no son libros que fáciliten el goce de la lectura. Hay muchos ejemplos que prueban lo contrario, pero si le pasa Pedro Páramo a un chiquillo que no ha leído, lo mirará de modo extraño (a usted, a Pedro Páramo). La ejemplaridad de los libros más famosos, es en realidad, una suerte de ejemplo que funciona sobre todo en los leídos. Uno se puede volver un leído sin leer, pero asumir que todos lo harán, es un fatal error de táctica.

Sigo sin estar muy convencido de que leer sea bueno. Se pueden sacar cosas benéficas de la lectura, eso es innegable. Se pueden sacar beneficios de la trepanación. Solo que no podemos andar cargando con mitos de que leer es para todos, y que siempre es bueno, castigando a jovencitos que nunca serán apasionados lectores por una costumbre cultural que nos parece adecuada. Y lo digo así, bien consiente de que si se borra a la literatura de nuestra educación nacional, bien puede ser el final de su práctica. Los libros viven de sus lectores, tanto es evidente, los lectores se educan, se desarrollan y se cumplen. Aún esos que nacen siendo geniales lectores necesitan haber tenido un libro a la mano, volúmenes empolvados o en saldos, robar de bibliotecas. Me da un poco de miedo pensar que cuando haya más libros en internet que impresos, ya no tendremos felices coincidencias de este estilo (una cosa triste de internet es cuando se pierden los felices accidentes de hallar algo que nos acomoda, que nos alegre o nos consuele, y no tengamos sino esa falta de dirección como guía para clamar que el azar nos ha brindado un espectáculo deseable que de otro modo no podíamos haber alcanzado, guardar pues, ese milagro del tiempo y el espacio, del mundo casi instantáneo que es la web, para no perderse, ¿qué habrá sido de Aracely?). El riesgo me parece válido, creo que tratar las cosas como son tal vez sea más benéfico que el ritual acostumbrado que tenemos, si bien sé que los rituales no acabarán en mí. No es leer lo que te hace culto, sino la mirada crítica y la sensibilidad que a veces se descubren al leer. Si enseñaramos esto en vez de obligar a leer, seguro que mas gente leería. Entonces la escuela si podría ser sin miedo, un tipo de educación.

Repongo el propósito. Leer es efectuar una mirada, tirar algo, entender algo. Pero es también el marco de la lectura, su forma, su límite, su malcia. Leer es saber que se lee, y olvidar que se lee. Por sí misma, la mejor de las lecturas se vislumbra como un proceso que no se ha terminado, como si no tuviese fin ni nociones. Eso la lectura completa, la que puede recrearse y es única. Ser capaz de mirar de varios modos y cambiar de opinión, arriesgar a equivocarse y redefinir un concepto, todas son nociones que acompañan muy bien el aprendizaje. Solo que se tiene, para llegar a esto, una práctica metódica de la lectura y el lenguaje que hasta ahora no está resultando simple presentar. Entonces esperamos que la lectura de algún modo haga el trabajo.

A veces, excepcionalmente, funciona. Creo firmemente que podría mejorarse bastante el concepto del arte en la escuela. Creo también que la dimensión feliz del arte no debe menospreciarse.

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