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Debout

26 Mar

El ateísmo es un concepto radical. No tratamos pues, con la permisiva sensación de vacío frente a la muerte, la desesperanza o el filosófico deslate, sino una fuente intelectuar por la que fluye la convicción, una suerte de enunciaciones abstractas que tienen más sentido para un creyente que las palabras que las constituyen. Todo aparato de destrucción metódica pertenece a la categoría de lo iconoclasta, de reconocer una figura virtual como un objeto trascendente para proceder a destruirlo.

¿Podría haber ateísmo sin religión? Creo que sí, del mismo modo en que el budismo no requiere la religión Shinto para ser concebida, la noción ideológica detrás del verdadero ateísmo no es una simple negación de cualesquier y todas las divinidades, sino una problemática relación con el universo. No se es ateo ante ninguna divinidad, ni ante la sociedad, ni siquiera ante sí mismo, pero se abstrae un agente impersonal al que se le dedica un espacio en blanco de suma significación: es significativa la ausencia de dios, la revalorización de la consecuencia y las fuerzas naturales como motores del universo viviente y muerto. Se necesita el pensamiento y la razón para concebir el ateísmo, pues no se trata simplemente de un abandono o una ausencia, sino de una construcción formal de las ideas. Es y será siempre rádical, pues así sucede con la transformación de las ideas en hechos trágicos y reales.

Lo mismo puede decirse del pensamiento apolítico. No presupone la simple tibieza de los poco convencidos, o de la distracción, sino que propone una profunda hostilidad y un desacato de las leyes que la política propone. No consiste, como ya expliqué, de la simple desvalorización metódica de toda idea política -las ideologías radicales suelen tratar de falsas otras ideologías-, sino que integra un cuerpo formal de ideas consistentes y rebuscadas que pretenden explicar un funcionamiento social. Finalmente hay pocos hombres más interesados en la política que el apolítico, pues este se ha dado a la tarea de examinar y descartar todas las corrientes políticas para justificar el orden de sus ideas. En este sentido, no hay nadie más enamorado de su gobierno que un anarquista, no porque requiera del gobierno para existir, sino porque su proposición de superación de un ente gubernamental presupone el empleo de un gobierno preexistente. Pues, justifica y desarrolla la expande las ideas políticas, pero las posiciona en otra dirección. No es muy diferente a la destrucción del catolicismo por las primeras esferas protestantes, como en el caso del ateísmo parecemos entrar en un círculo que presupone la causa y consecuencia como elementos motores principales de la idea.

¿Quiénes son pues los verdaderos desertores de la política y la religión? ¿las legiones de abtensionistas y musulmanes no practicantes? ¿los políticos profesionales que cambian de partido como de calcetines? Diría primero que nada, los incapaces de hablar y de hacer política. He explicado antes que la periferia se encuentra en un estado privilegiado donde no solo se está privado del discurso, sino que se haya enfrente de la muy real circunstancia de que esa imposibilidad de hablar sea parte de su propia definición. Uno no aprende de los indígenas saqueando sus tumbas y metiendo momias en los museos, el gesto mismo ha destruído todo valor indígena que la tumba podía representar. Del mismo modo, no se invita o no se puede invitar a los niños a escribir cuentos y dictar lecciones en la universidad, pues tan solo al dar formato a la palabra de un niño para introducirlo al circuito universitario ya se ha despreciado la validez de su infancia y devaluado todo discurso suyo. Aquellos que no tienen política o religión, pueden entablar actos que podemos catalogar de rituales o de partisanos sin que esto tenga efecto en su comportamiento o en su forma de pensar. El obrero es un ejemplo magnífico. No se deja de ser un trabajador al momento de participar en una marcha, de discutir con un sidicalista o de dormir al lado de su mujer. No se deja de ser un obrero ni siquiera al ser despedido. Pero si uno integra el sindicato y se inclina por la palabra pública deja inmediatamente de ser obrero y se vuelve sindicalista. Porque por excelencia el trabajador sisintelea en la fábrica, es un ente cuya acción precede a cualquier instrumentalización y producción de discurso en su pos.

Como resulta evidente, se trata de la mayor parte del mundo. Podría catalogarse en la ignorancia de una masa de personas mudas y sin opinion, los tibios de este mundo. ¿No son también por fuerza los excluídos y menos comprendidos? ¿aquellos que la política y la religión -o si uno permite humanismos, los hombres– más debieran intentar salvar?

¿Sí? ¿no? Tiene razón, no.

Ladrido

10 Sep

Hay al menos cinco posiciones filosóficas por medio de las cuales el hombre se relaciona con los animales. De ellas podemos derivar distintas interacciones completas y crear una moralidad en nuestras interacciones, mas incluso entonces nuestro juicio resulta un tanto limitado, sin hablar de su arbitrariedad. Toda interacción de los hombres con las bestias se mide en parte, por estos mismos métodos de evaluación moral, excepto una: la clasificación del idioma.

Podríamos empezar por decir que los animales tienen comunicación, y que a veces esta es engañosamente rica. El código genético es una suerte de discusión inter-generacional, cuyo significado va siendo interpretado durante la duración de la vida (que es una lectura). Mas la parte de los animales en el discurso articulado humano, suele presentarse como un sinsentido, pues si hay algo que el hombre hace y los animales ignoran, es la argumentación.

Si usted me ha seguido desde el comienzo de este blog, habrá notado que no me canso en exponer los puntos frágiles que podemos hallar en nuestro propio lenguaje. Me desgasto en estos esfuerzos porque mucho de lo que decimos se nos figura la manera única de pensar, entiendo que hay quienes incluso definen el pensamiento como la actividad mental cuando toma forma de un discurso. Mas incluso entonces esta no es la actividad mental que más nos engaña, pues sigue existiendo el sueño, que no es argumental.

Parte de mi elección en esta tarea tan infame -en un escritor desacrar el lenguaje debe ser algo infame-, viene de la falta de respeto que esta predilección lingüística implica contra los animales. Cualquier animal no piensa ni produce, pues es incapaz de reafirmarse por la palabra, entonces no lo tenemos por individualidad. Más aún, cuando respondemos al llamado de dirigirnos a la bestia, la personificamos, le damos un nombre y de cierta manera, la volvemos humana. En realidad los personajes literarios u otros no tienen sexo, ni raza, ni nombre; son acumulaciones de verbos y adjetivos, pura apariencia, puro “quedar bien”. Es la lectura la que puede transformar estas palabras en algo con mayor trascendencia, pero en nuestro sistema cultural, el animal no se quiere trascendente, así que cualquier lectura benigna termina por desanimalizarlo. Podríamos decir que el problema es sobre todo ideológico, mas también es de lenguaje.

Me gustaría escribir una novela para perros. La frase es absurda, incluso un perro se reiría de ella si lograra comprenderla. Una novela para perros, sería una novela forzosamente del autor ¿no? pues un perro no puede desear una novela de ningún tipo, solo un hombre puede quererla. Aunque por supuesto, una bestia puede gozar un objeto, puede apreciar una actitud que se tiene para con él. ¿Puede apreciar una actitud literaria? ¿aprecia el perro que uno le ponga nombre?

Dado que somos incapaces de lidear con las bestias en un plano abstracto, las volvemos directamente al plano sensible. Ellas son todo sentimiento, todo sufrir. Sufrir en realidad es una manera moderada de sentir. Esto hace de las bestias víctimas privilegiadas, o mejor dicho, esponjas que se llenan con todo aquello que les llega. Receptores puros. No lectores (que presumiblemente seríamos nosotros)

El hombre adulto es un animal obtuso que desea por fuerza no cambiar, pero la capacidad de variación de una bestia suele ser enorme. Se le podría reprochar a un hombre tener una mascota o un animal en cautiverio, porque habrá de tomar todo tipo de decisiones fundamentales en su nombre, y efectivamente dictar el caracter de su vida. En realidad hacemos también esto con los infantes, que también suelen tener un carácter receptivo mucho más alto y depender muchísimo menos de la argumentación. En cierta medida, al aprender del animal, aprendemos del hombre (que es un niño).

Una novela de perros sería probablemente insabora para los hombres, una suerte de tortura contínua, de colecciones sensoriales y ausente de fines que lo designen todo. Me gustaría poder leer como un ave, y tratar de figurar el valor de las cosas por cómo se sienten y no por el colorido de sus palabras o sus especulaciones. No habría, tal vez, personajes.

Proust, es considerablemente más animal que Shakespeare, por extraño que parezca -si han leído Proust, tal vez no sientan sino la increíble maraña argumental que precisamente deploro en lo arriba escrito-. Marcel de cierto modo trata de atravesar esta selva de argumentos imposibles, de carácteres imposibles, con una voluntad que acaso se querría reduccionista si se tratase de un propósito humano. Su propósito -y usted puede diferir de mi opinión- tiene algo de sobrehumano, es sensiblemente animal.

Entiendo que encontraremos al animal implícito en nuestros libros, como algo más que humano, cuando la vida del hombre no se nos reduzca a su caracter argumental. Deben haber muchos más pasos para este fin, lo presiento. Igual vale la pena recorrerlos.

La niña pintada

5 Jul

…dilema, este es un problema que tienen todas las definiciones. Es algo futil tratar de discutir un objeto usando distintas definiciones, ahora que acabo de ilustrar alguna característica de lo que a mi parecer es lo femenino, no puedo pretender reductoramente que daré cuenta concreta del objeto real y experimentado al que la palabra refiere. Trataré sinembargo, de mostrar como lo discutivo se aproxima intuitivamente a la feminidad que encontraremos en nuestra vida.

Mi visión de lo femenino, siguiendo el molde de la edad adulta, presupone un propósito formal, un devenir que se ancla en la cultura.La importancia de ser adulto se encuentra en la practicidad, en el mundo cultural y visible. Más que nada lo adulto debe lograr un efecto de ilusión. En este tratamiento que se requiere para lograr una apariencia encontramos la esencia femenina.

Trataré un ejemplo convencional, el de la niña que se maquilla. El empleo del maquillaje, altamente femenino, parece transponerse a la niña como una especie de deber futuro, como asumir de antemano la transformación de la feminidad. Pero el maquillaje no es propio del infante, más de un padre lo deplora. Aquí podemos ilustrar como se acompaña la analogía entre lo femenino y la edad adulta, la niña está excluída del circuito de lo que se define femenino mas en su empeño ayuda a encontrar las características de la esencia mujer. Lo que no quiere decir que el rol infante no posea también una dimensión que remita al sexo, un niño y una niña son entes básicamente independientes. Si vemos el objeto desde nuestra sociedad actual -capitalista/consumista-,vamos a hallar que los bienes de consumo que se producen para la niña tienen alguna estética. Tenemos pues, una diferencia fundamental entre lo femenino y lo adulto, y es que se admite la parcialidad de lo primero en lo que remite al discurso, mientras que el adulto se pretende universal. Existen productos femeninos porque la categoría feminitendiente existe. Se admite que la mujer no es propiamente un adulto.

Esta absurdidad puede encontrarse en un fenómeno masivo del siglo pasado: La inclusión de la mujer a la esfera laboral. La práctica de que la mujer se “masculinice” para formar parte del circuito del trabajo enfatiza la competencia entre el mundo femenino y la sociedad moderna. En el universo del trabajo, el adulto es un individuo privilegiado que debe borrar sus funciones para volverse esencialmente nada más que un adulto. Se nos sugiere con fuerza que la feminidad también debe perderse. Las actividades que se quieren “propias a la mujer” se han constituído como partes centrales de la lucha por la igualdad de los sexos, en una paradoxal actividad que busca contrarrestar la homogeneidad del trabajo -un tipo de igualdad-, por la puntualidad del discurso de derecho. Solo que el adulto es una ilusión, una materia que se empeña simplemente en detener los problemas a la puerta del trabajo, no de solucionarlos. No se puede alterar fundamentalmente la relación de los sexos sin desartícular la identidad del individuo adulto en la sociedad. El adulto afrenta las otras prácticas humanas.

Entonces decimos que lo femenino remite a algo similar a lo adulto pero carente de verdadera universalidad. Aquí uso la palabra universal como una pretensión que pretende valía al interior de una cultura, contrario a aquella que busca valer en todas las culturas*. Al tratarse de algo que supera la simple vida orgánica y que se define por la impresión, sabemos que su distancia con la niña no puede venir de la edad. Voy a sugerir, como suena bastante intuitivo, que lo femenino tiene cierta relación con la sexualidad personal, y que existiendo en una sociedad donde el sexo infantil es suprimido con fanática devoción, la noción no puede emplearse en una niña. Sin embargo insisto en que la noción no es biológica, no se trata verdaderamente de la edad que una niña pueda poseer, la persona física en su feminidad depende más bien de la aparienica. Una niña puede admitirse femenina si parece más bien adulta y se ignora su edad, una adulta puede luchar por ser femenina si aparenta situaciones distintas al canon estético fijo -sea por vejez o complexión, por ejemplo-.

Pero como la feminidad es un perpetuo devenir y además no se presenta como normal en contraste con el canon adulto, siempre existe la feminidad en potencia. No se requiere ser femenino, basta con tomar medidas para poder aproximarse a ello. Entonces, el lado femenino existe en cierto modo, solo que la noción de lado no es personal, sino más bien geométrica. Uno se encuentra de lado, en una periferia de la verdadera feminidad. Es imposible tener un lado femenino, pues lo femenino no se tiene, sino que se busca. Lo que, si uno se pone a pensarlo, no nos ha dejado un pelo más cerca de entender qué es femenino finalmente.

 

Pagina dibujada

28 Jun

Ahora que reflexiono sobre la ilustración es sospechoso que guste especialmente a los niños, o más bien, que deje de gustarnos envejecidos reconociendo el impacto visual que poseen. ¿Por qué no aceptar la imagen como una herramienta de entendimiento al nivel de la palabra? ¿por qué se reduce la ilustración a los libros infantiles?

Sobre esta cuestión de la edad, hay que recordar lo paradigmático de los libros infantiles, el hecho de que no son niños sino adultos que los conciben. Si uno mantuviera la mentalidad de un infante, los libros como los conocemos no existirían. Muchos empleos de la imagen se quieren como una variante pedagógica de la información, mas se quiere siempre que funcione como una introducción al texto. El arte, en sí, no pareciera tampoco responder al mismo afan que las ilustraciones tienen en los libros mencionados, pues las estéticas adultas son enteramente distintas a las ahí mostradas.

Mi deducción -bruta- es considerar que el niño emplea la imagen con una finalidad distinta y prácticamente opuesta a la que el arte de la pintura encarna. Por varias razones no vale la pena intentar concretar el argumento, mas la hipótesis sería que para el niño el objeto es una manera de enteder -supercede al lenguaje-, mientras que para el arte es un objeto-en-sí-mismo o una experiencia. Estoy bastante seguro de que aún entonces, la visión infantil no excluye las espectativas puestas por el arte, sino que sencillamente no las favorece. Mi conclusión sería, que la visión infantil por ser múltiple es más rica, y por esto permite al niño gustar de la ilustración.

Históricamente, el vínculo estrecho entre la imagen y la palabra han sido los conceptos de símbolo y ornamento. Una ilustración podía integrarse a un relato para aumentar su valor de objeto -libro- y embellecerlo de tal manera de que la posesión de este fuese más grata. Entendemos que conforme la producción en masa ha ido dominando los medios de producción menos visiones artesanales del libro y la imagen ha podido constituirse. En este sentido la ilustración no distaría de la caligrafía, que aún en nuestra visión parcial del libro, propone un cierto valor añadido y estético que podemos intuir.

La función símbolo es un tanto más problemática, sugiere en realidad, una sustitución analógica de un objeto por otro, mas no se trata de una función de lenguaje. Digo que no se constituye como un lenguaje pues carece de un poder de auto-referencia, el símbolo envía a un objeto pero el conjunto de ilustraciones no envían a la totalidad del libro, son un apartado, son símbolos adjuntos y no símbolos íntegros del texto en sí. Tal vez encontremos como excepción textos esencialmente antiguos como se puede tratar de la biblia, que si uno se lo permite, puede ser leída como una colección de imágenes que refieren a un objeto de fe, y a su vez constituyen juntas la totalidad del relato enunciado. La función simbólica de la imagen pues, no parece concretarse en los textos de ficción, pues su manera de conjugarse resulta incapaz de dar cuenta de dicho valor analógico que inclina al lenguaje.

Podría sin duda, tenerse alguna edición de tal o cual texto conocido -digamos la Comedia-, que recorriendo con ilustraciones toda la narración, imitara la forma simbólica que mencioné arriba, en la cual la totalidad de imágenes remite a todo el texto, como cada imagen es símbolo de un valor abstracto. Intuyo que aún en este caso valiente, nos quedaríamos en la parcialidad del valor visual. Esto tal vez se deba en que el artificio en cuestión consistiría en montar unos cuadros a partir de un texto ya existente, en el rigor de que siempre el texto será anterior a la ilustración. En esta subordinación, me parece, no puede hallarse el valor total de comunicación de la imagen, que ya en otra ocasión, mencionaremos dentro de su función vichiana.

Los libros para niños también contienen ese grado de artificialidad que mencioné en el ejemplo anterior, mas la lectura típicamente niña sobre pasa las espectativas de creación, y supone que la imagen antecede al texto, pues muestra al objeto real que el texto refiere, y dado que el texto se debió recopilar después de los eventos enunciados, la imagen es anterior a él. Este tipo de ficción es empleada por Antoine de Saint-Exupery en su Petit Prince, cuando cuenta la anecdota de los dibujos, entre ellos aquel del la boa que come al elefante. Esa imagen, dentro del contexto de la historia, antecede al relato mismo del encuentro con el principio y remite en la ilustración, la referencia primera al objeto real, superando la relevancia del texto.

Lo que no quiere decir que la imagen deba luchar tan solo por recuperar su calidad de discurso dentro de los libros, podríamos también querer, por ejemplo, que el texto recupere su calidad de imagen. En cierto sentido, los caligramas de Apollinaire persiguen estos efectos. Y se le ocurrirán a usted, otras transgresiones acaso más reales.

Real

24 May

(Encontré durante uno de mis paseos al Jardin des plantes a uno de estos pavo reales que vagan por el lugar, con sus breves cuellos de ídilico color, y su extraño porte que uno diría humano*. Irrumpe con violencia en mi lectura de Canto General, pues casi por fuerza, el poema escrito está suspendido en el tiempo esperando, mientras el poema animal no espera ni emite pausas. Suele tener este efecto en mí, el jardín. Su sensorialidad se sobrepone a la ya rutinaria mirada que lanzo a los textos, que los persigue, como si nada hubiera más que ellos.

El ave demuestra lo contrario -iba decir el pájaro, cosa que un pavo real no es**-, impone su orgánica presencia sobre el orden de mi artificial costumbre, entiendo que el espectáculo de su vitalidad es más vigente y su acción me merece tanto afecto y atención como el tiempo me lo permita. Redundante reconocer cuán hermoso es un pavo real, especialmente ahora, extendiendo sus plumas

Estos pavo reales no son aquel que vi

majestuosamente. Como si se tratase de una interacción que tuviera conmigo, o con el necio animal anónimo que menea las hojas en un árbol cercano.

*- Cabría mejor decir, que el porte humano parece pavo real. No olvidemos que por genealogía las aves descienden de aquellos que patentaron el caminar en dos patas con el éxito mundial: Los dinosaurios. Nosotros, más o menos exitosos, tenemos el mismo don. Podría ser un eco de la historia o de la vida.

Su actitud debe responder a algún capricho fastuoso que soy incapaz de percibir, entiendo que se colocan así para impresionar a sus hembras y a sus rivales, que ganan dimensiones para transformarse en un multiforme ente de muchos ojos, cuyo volumen puede sorprendernos. He de pensar que para nosotros, animales exteriores, en efecto se nos figuró una especie de deidad avasalladora, con una soberanía que se figura incluso en su nombre español -pavo real-.

Pienso de nuevo en el capricho de la adaptación, en lo increíble que es el pavo real, y en la sonaja que suena al mover sus plumas. Me doy cuenta que ya estoy impresionado por sus dimensiones, pues semejante a un perro mediano, supera a aquella de los patos y gallos, a quienes tengo por estándar en el género de bípedos emplumados.

***- Si es una interacción, si está dominandome discursivamente. Se ha vuelto arte, me ha obligado a contemplarlo, me ha impuesto si dialecto animal en el que algunas posiciones -correr tras él, pretender que los dos no estamos ahí, fingir indiferencia-, son siempre naturales. Y yo le respondo sin resolverme a enunciar palabra, hasta que de nuevo comienzo con Neruda, pensando que le cuento a este bípedo el conflicto del comunismo cuyo final pienso saber, ahora con décadas de por medio.

He visto a otro, o a este muchacho, paséandose sin reverencia, comiendo botones de oro, como si el jardín le presentara una vida cómoda que a su raza le sentara tan bien. Entiendo que de cierta manera es como un eden, este sitio sin predación en cuyas cerradas puertas solo cruza el ocasional niño con su hostilidad. El diálogo del niño y el animal, más sincero que el que entablo yo con él*** -pese a mis esfuerzos, aunque yo también me pretenda niño para parecerme al pequeño, o al pavo real, para encontrarme en esa extraña naturaleza-, donde uno persigue al otro, o lo mira con extrañeza. Donde la vida, que es de todos los días, se les figura extraña y a la vez común.

**- Que a final de cuentas un pavo real no sea ninguna palabra, no hace mella en mi sensación. Si he querido decirle pájaro, es porque la palabra, estdrújula y gutural como es, extrañamente española en su estética y forma -al menos los franceses no la pronuncian-, se me figura una palabra hermosa, y este animal es hermoso. Pienso precisamente, que en todo es hermoso, incluso en su encarnizada búsqueda por comida, su hostilidad a la domesticación y a los turistas, su indiferencia total al recoger las migajas que le tiran. Veo que él, contrario a los gansos que viven un poco más lejos, no se cree domesticado, él tan solo aprovecha los dones que el universo le brindan, con esa pasividad aparente que tengo yo mismo al mirar al pavo real, y levantar la mirada de esa página confundido, donde Neruda trataba en vano de escribir la revolución, la que yo mismo enunciaba fingiendo voces que a mí me eran extranjeras.

Finalmente, absorbiendo todo lo que puedo del animal, me retiro a seguir con mis divagaciones intelectuales, he visto un gallo pasando, y me ha encantado también. Y lo que no dije, esa bella voz del pavo real, que a su vez me maravilla y…)