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El conflicto no es malo

11 Jun

Esta semana salgo a Paris para una acción administrativa, si algún lector curioso se halla por ahí en estas fechas, puede mandarme un mensaje mañana para poder vernos y discutir ¿no? ¿Qué tiene de malo? Pero si ustedes son de los distraídos y se dicen algo como “pero usted de todos modos apenas postea en este blog”… Pues, supongo que es ahora que pierdo la sutilidad y les explico qué está pasando ultimamente.

Recordemos uno de los problemas del artificio: la inteligibilidad. Podemos doblar los códigos de lectura pero luego se rompen, la secuencia, el lenguaje, los neologismos… El lector necesita ponerse al día con estas nuevas reglas que acaso suceden al momento mismo que leen. ¿Nunca han llegado a un texto y sentido que algo les falta? Bueno, eso es lo que busco aquí, en parte. Y que no les moleste, que sean mis lectores, los de sangre fría, que llegan a un texto no esperando nada y esperándolo todo. Si ustedes son así, y prestan atención al detalle habrán notado una reciente adición a la presentación de la página.

(Dejo que en este momento la busquen)

Cortazar empieza Rayuela con una propuesta, con el “manual de uso” del libro. La entrada que están leyendo también es una suerte de manual de uso. Explicaré el por qué y el cómo, de lo que hace que el concepto que empleo funcione y al mismo tiempo falle miserablemente, y que sencillamente vuelven el acceso a este blog practicamente imposible.

Como dirían mis amigos de la facultad, I’m a jerk.

Entonces, les recuerdo que hace unas entradas dije que empezaría a borrar mi blog, porque el sistema que busco tiene que ver con la temporalidad y la caducidad del discurso escrito. Esto lo descubrí buscando en Yahoo -en una época pre-Google-, cuando buscando determinado poema o frase, llegaba a una página que el triste servidor de Geocities había evacuado. Entendemos que conforme los servidores se vuelven progresivamente más baratos se vuelve menos fastidioso mantenerlos funcionando. Pero la verdad es que todos desaparecerán, lo que se escribe en internet no se queda, tiene fecha de caducidad escrita. Esta lección la expandí hacia mi blog, aceptando que su final estaba escrito en su principio aunque la voluntad de WordPress fuera conservarlo. Mi paso poco sutil y a veces exagerado fue sencillamente borrar.

Por supuesto, borrar por borrar es una práctica extraña, no una cuya estética pueda interesarnos. Opté entonces por el reemplazo, en escribir sobre viejas entradas. ¿Elegante? ¿triste? Ni idea, a ustedes de juzgar. Supongo que el efecto es sencillamente desafiar un poco el sistema cronístico que de todas maneras nos parece evidente al usar internet, que el pasado ha permanecido y no puede cambiar activamente. Y si acepto que usted puede llegar a mi blog sin leer las entradas en orden, espero también que pueda por accidente describir una novedad que para usted no tenga nada de nuevo. Una construcción temporal del todo extraña.

Esta es la primera de las Eras de este blog, las que pueden seguir de manera más o menos fiel, en la categoría de “Era”. Hallarán ahí los que han leído todo el archivo, sus respectivas novedades, como una segunda línea de nuevas entradas que se van añadiendo a esas que ya se consideran nuevas y aparecen en la página de entrada. Puedo considerarlos por este medio advertidos: Las Eras cambian la manera en que este blog debe leerse. Tenemos una sola Era -por lo pronto-.

No se enfurezca si el juego le parece ridículo, recuerde que también Arguedas expresó su disgusto a la entrada de Cortázar. Considero que este blog es innecesario, y por lo tanto puede e incluso debe transformarse. Luego añado una página para que futuros lectores tengan la oportunidad de verificarla y entiendan como leer esta era, tan solo para que el movimiento no sea alienante para los recién llegados. No espero que haya un orden en este blog: ni índice, ni instrucciones. Ya he planeado esto también en otras medidas que luego comentaré, cosas que digo y ya presupongo sin que crea que requieran explicación. Porque el tiempo, aquí, no existe.

Espero que la nueva convención les convenga.

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…y sin embargo asumo…

9 Mar

Una parte que me aburre de la discusión érudita sobre las letras es su tendencia fatigosa a la referencialidad, como si cualquier texto serio tuviera que volverse wikipedia. Por ejemplo, la frase con la que quería iniciar esta entrada sería más literatuosa, si la pudiera acompañar de un “dijo Borges” o “cómo argumentó Calvino”, y si se puede añadir una nota de pie de página con la fuente precisa a lo mejor hasta te lo publica una revista científica. La cosa es, que si no me gusta este detalle, es que soy pésimo en ello. Decía pues:

Un hombre de letras comentó alguna vez que no se podía ser escritor en el siglo veinte, sin sentir un profundo interés por el cinematógrafo. O por las películas, ya justifiqué penosamente mis inexactitudes (este blog, como el otro que alguna vez hice, requiere una clásula sobre mi voluntad de ser increíble), tanto abusar de ese penoso efecto. Me parece que el argumento no puede ser tomado literalmente, pero tiene muchísimo de cierto: si no te interesas por el género de tu tiempo, te encuentras siempre desfasado con la realidad. Mi sentir respecto al internet es análogo: así fue como decidí bloguear y discutir sobre la web durante multiples de las entradas que he publicado. Temo ser de la opinión que no se ha agotado dicho tema.

Ana Montes, que ya he citado, me dijo una vez la fiaca que era chutarse en Twitter la vida de los demás. Como si fuera importante. Citando a Sophie, citando a Dostoievski decía que hablar de la propia vida era de las personas grandes, no de los simples mortales. Aquí entreveo una deriva fatal que estigmatiza(rá) los blogs y los canales de videos web por generaciones a venir. Uno los emplea para mostrarse a sí, frente a todos los otros, y no por ello se es una gran persona.

He tratado mi posición: Twitter es espacio literario, no se puede abandonar el barco sin zarparlo. No se puede gratuitamente malhablar de los poetuiteros, sin admitir que igual el poeta de barrio suele tocar los mismos techos razos con sus letras disminuídas. El medio aquí no es el problema y hoy quiero en cierto modo, subir la apuesta. La ciencia sufre de lo mismo, porque ciertos científicos no encuentran en Twitter la herramienta de vulgarización masiva que este puede ser. La incomprensión de estos hechos fabrican, por los prejuicios, la mejor sopa de miedo al medio que conlleva por fuerza su propio deshecho.

Ahora me voy a tomar la molestia de tratar el género. Me he ensayado a los experimentos literarios por internet, sé que el tiempo es por mucho la variable que cuenta. Va de la mano con todo: estoy empezando un blog de cero, porque sé que objetivamente mi blog anterior murió al ser abandonado por un tiempo determinado. Esto no responde a una lógica de visibilidad, es una finalidad estética como prácticamente toda mi producción actual. La variable del tiempo, del cambio, de la transformación de identidad, son cosas que conforman el corazón de la web. El primer problema es la asiduidad: en un blog o en twitter, uno no puede escribir la gran obra de una vida y esperar que así dure, esto es desconocer la materia del medio que se utiliza, la volatilidad de internet es un hecho.

¿Con qué autoridad me permito hablar de que internet no cambiará y que twitter no se volverá el archivo de las futuras letras? Una noción así de optimista lleva mucho en su contra. Ya se ha perdido mucho de los primeros sitios web que existieron, twitter como lo conocemos ahora, es apenas uno de los abuelos prehistóricos de los medios de comunicación masivos basados en la informática. Tan vertiginosas son las transformaciones y los usos de estos cuerpos masivos de información, que la evidencia que nos presentan hoy estas formas pueden desvanecerse en el paso de apenas unos años. La tecnología restringe el uso de la palabra. La restricción no es de órden de espacio o incluso de formato: ahora nuestros textos son información y en esto difieren para siempre de la noción de obra. Una obra, lo sabrá cualquier universitario paisano, es algo muy distinto a tan solo datos.

En el tiempo nuestras obras van perdiendo la identidad, acaso compensamos esta formalidad casando al usuario con su obra en un grado que va más allá de la simple autoría literaria. En twitter, se viven las palabras, nuestros datos son más de la vida que de la ficción. La volición es su virtud, el momento es su medio. Y como el órden es externo todo nos suena a una inconsistencia. La seriedad de una comunicación tal, es nula. Más aún, el desdibujarse del propietario de cada discurso es un problema para la comunicación en sí. Al gorjear -usar twitter- recibimos información de nadie: todo está en lo que se envió. Ni es sorprendente que el principio de transmitir los datos con regorjeos se trate de una práctica común.

Felices los que creen sin haber visto

8 Feb

He tenido una semana especialmente productiva en cuanto lecturas, lo cual es relativamente extraño ¿no? Al menos lo ha sido para mí y la indisposición arbirtaria de estas lecturas me toma un poco desprevenido. ¿Cambiaría mis aficiones si tuviera la oportunidad por arte de magia? No lo creo, el cerebro tiene demasiadas relaciones para imponerse radicalmente una simple actividad, ya es suficientemente problemático tener un trabajo…

Mis lecturas han sido variadas, algo de Tezuka, de (Terry) Moore, Quiriny, Monterroso y Sepulveda. Además del ritmo de lectura tan prodigioso también ha sido mucho de mi gusto, a sabiendas además, pues aunque no he leído extensivamente a ninguno, me sospechaba todas estas afinidades de antemano. Lo que toca el tema incansable de la prelectura: saber que una obra te gustará antes de leerla.

Esto me pasa razonablemente seguido, por ejemplo, con Strangers in Paradise sabía que me embarcaba en una lectura partisana. Solo conocía superficialmente el estilo de Terry Moore, y de una distancia razonable sus temas, pero sabía que garantizaban mi interés. Y esto, no sabiendo nada, ni nombres de personajes, ni historia, ni habiendo leyendo fatigosos análisis, simplemente una hojeada o un comentario al pasar. Requiere la confianza en los comentarios de los otros, determinados lectores son tan leales a nuestras afinidades como podemos llegar a serlo nosotros mismos.

No puedo poner más énfasis en cuan importante es conocer la literatura sin haberla leído, poder hablar e intercambiar sobre textos que uno no ha experimentado de primera mano.  Porque nunca leerá alguien todo, pero sin conocimientos se halla en un espacio ciego. Además, gracias a que el lenguaje es un objeto estructurado podemos abstraer fácilmente una obra, no es del todo arduo. No toda manera es legítima para leer un texto, por consecuencia, tampoco cualquier tipo de “lectura ajena” es convincente. Haga confianza a los demás, confirme que no buscan sabotearlo e intercambie con ellos. Me gusta que me recomenden libros aunque nunca los vaya a leer, es enriquecedor y enseña mucho de la literatura.

Del mismo modo que no debe alterarnos el creer sin conocer, no debemos temer a que preferamos algo que no conocemos. Somos animales capaces de predecir, sabemos lo que nos agrada con más facilidad de lo desconocido, unos simples trazos bastan para abstraer nuestro gusto. En Strangers, sabía que la óptica femenina era algo de lo mío, de esas cosas que precio bastante en un modo personal, me gustaba el arte como lo había visto y tenía mucho de lo que yo mismo había intentado avanzar en mis propuestas -nunca publicadas- de historieta. Son cosas muy sencillas y muy naturales en realidad, pero por eso mismo soy parcial para con ellas. El niño tiene este tipo de genialidad, de saber qué cosas le pueden gustar de inmediato y rechazar tajantemente las que no. Por supuesto, él no se espera la transformación, pues aún no se ha resignado, pero la descubre con frecuencia y se reinventa. La invención requiere la proyección, por eso también somos capaces de ver una obra que apenas hemos rozado: es lo mismo que hacemos nosotros cuando escribimos, un texto se nos vuelve la proyección que ideamos de inicio. Como el niño, también cambia.

Cambiando de tema (para terminar), oí que un cineasta mexicano -Carlos Reygadas- dijo que el cine no es para narrar, y que esperar que le cuenten a uno historias al ver películas “no es el cine”. Naturalmente estoy de acuerdo. Por otro lado luego dice que para el que quiera historias, están los libros,  lo tomo como una ofensa: ¿por qué? La literatura tampoco es para contar historias, ni hacer poemas, si uno quiere que le cuenten un cuento, se va con un cuentista, no comete el mismo error de juzgar otro arte como el propio es mal juzgado. Supongo que es un argumento lanzado en el calor de la discusión, o que la gente no lee mucho en México, pero me dan ganas de corregirlo, ¿por qué? Pues porque puedo.

Sin ver la película de este muchacho, me digo que tiene todo el potencial de agradarme.

Séptimo mandamiento

27 Ene

Leyendo por ahí me topé con un comentario sobre la artesanía del cuento, uno sobre economía literaria, uno que admitiría el estilista. Sencillo concepto: no describir objetos sin importancia, no insistir en la limpieza de la mesa, que seguirá limpia la próxima vez que se lea, como acumulando palabras y perdiendo el tiempo del lector. Yo soy un gran repetidor, también es un vicio de estilista. De algún modo he llegado hasta donde estamos sin publicar por completo el decálogo de Quiroga, así que atraigo uno de sus argumentos para referir al asunto:

“Toma a tus personajes de la mano y llévalos firmemente hasta el final, sin ver otra cosa que el camino que les trataste. No te distraigas viendo tú lo que ellos pueden o no les importa ver. No abuses del lector. Un cuento es una novela depurada de ripios. Ten esto por una verdad absoluta, aunque no lo sea.”

Wow, yo tenía ganas de perder el tiempo con una frase muy sencilla pero aparentemente Quiroga escribió una guía para kamizazes cuentistas o estaba hablando solo. ¿Seguir con mi plan original o desarmar la misteriosa maraña que Quiroga ha armado?

Naturalmente, seguir a Quiroga.

Lo raro de esta frase no es tanto la interpretación sino la caricatural manera en que las frases introducen elementos nuevos. Empezamos hablando de personajes y decimos apenas después “su camino trazado” ¿no? Luego no te distraigas “viendo tú” -se entiende el escritor- y luego invade el poder ver de ellos los personajes. Parece que una dicotomía personaje/escritor trabajará nuestro reglamento. Luego “no abuses del lector”, eh, está bien ¿no? Lector y escritor no son conceptos realmente tan lejanos como el lenguaje convencional nos podría hacer pensar. “Un cuento es una nov-” ¿estamos entrando de lleno en la definición de géneros literarios? Creí que trabajábamos una dificultad estilística mínima y ahora me hallo con un desbordamiento secuencial de nuevos conceptos, de complejidad creciente, para algo que además yo no relacionaría de entrada al primer concepto evocado “personaje”. ¿Esta construcción es de veras extraña o la escalada se halla en mi mente? En fin, no importa, nuestras posibilidades inmediatas exigen elección:

1) o Quiroga tiene tal dominio de la forma corta que está presumiendo y estratificando el pensamiento con su estilo

2) o Quiroga está lanzando ideas a lo loco y en evidencia no nos es posible ponernos a leer su mente

Va sin decir que trataremos el problema suponiendo que Quiroga sabe de lo que habla… Por comodidad. La frase final ilustra acaso su voluntad, contaremos con su palabra como dogma excepto que no; tratamos pues con la ficción.

Los elementos narrativos de la frase juegan parte del asunto “lleva a tus personajes de la mano” y sobre todo “no te distraigas”. Es interesante pedir que uno no se distraiga cuando uno juega a citar la estructura de la novela por puro goce. La idea de llevar a los personajes de la mano no es discordante, Quiroga los admite en caracter fundador del cuento y argumenta que uno debe trabajar a su nivel, no escapar de ellos. En eso la mención de la novela puede obtener cierto sentido, en que en ella la exploración de los personajes suele darse en extensión. Más mémorables son los personajes en la novela que en el cuento. Quiroga en realidad no parece favorecer a la novela, la diferencia entre géneros le parece tan accesoria como la distancia entre personaje/escritor. Escribir “tu cuento será novela sin ripios” no resuelve el asunto de cómo escribir una novela.

Tal vez el caracter personal de Quiroga le exija el vocabulario visual empleado. Insiste en que el atributo del escritor es la vista, él puede ver más allá del personaje, él es quien debe discernir la verdad -me gustaría pensar que Quiroga usa la palabra ligada con su vocablo “ver”-. Toda esta construcción es de apariencia, el cuento no es una novela, debe asimilarse a esta. No estamos con el personaje, nos ponemos a su nivel. El cuentista trabaja la economía del texto, y sería una traición describir este trabajo desde un punto de vista objetivo, como decir “rasura los elementos superfluos” que es probablemente lo que yo, como atrofiado de la teoría literaria, diría. El asunto es guardar en todo momento la ilusión. “Aunque no lo sea”, ese es précisamente su punto. No es un énfasis que persigue el estilo biblico, la necesidad de una ilusión proporcionada a la mentira se incluye en el raro texto de Quiroga.

Los elementos diversos que se introducen en la frase tal vez buscan sugerir al lector que no debe caer en la ilusión y al mismo tiempo evidenciar que en la variedad se encuentra el dote de un cuentista verdadero. Las cosas “pueden aparecer porque sí”, la práctica aquí lo sugiere. El texto se me vuelve entonces, un poco más inaccesible mas lo compensa por el sugerido rigor. Incluso en el análisis literario, volcarse a la ilusión nos garantiza un resultado más feliz que el machacaje de términos que académicos con más tiempo libre podrían emplear. Que los guarde Dios con salud.

 

El juego

2 Ene

Si decidimos introducir al discurso como una acción que es contenida en nuestro típico modelo de causa y consecuencia, caeremos en cuenta de unas implicaciones sencillas y a su vez absurdas. Por ejemplo, la protección del distante y del débil parece incluir forzosamente una dimensión de reevaluación de nuestro sistema actual, uno que valore al ajeno como propio, básicamente deformando el sistema por donde la debilidad misma se consigue. Declarar que los juicios son absurdos no parece sino engendrar otro juicio absurdo, los sentidos contienen a sus contradicciones y son descartados de ante-mano. Nada se puede ganar con palabras, porque sus consecuencias siguen siendo la palabra y no la acción.

Pero no excluyo la posibilidad de una palabra precisa y un razonamiento válido detrás de estos cuestionamientos, incluyo una suerte de juego en lo que concierne, por ejemplo, a mi noción de que el premio literario es un objeto de marketing y que no representa ni pretende justificarse como la expresión de un acierto estético o moral. Vaya, que el premio lo dan porque quieren darlo y no porque una obra u autor tenga un algo externo al sistema. El juicio no es juicio, pero lo parece. Rigor de explicar: ¿cuál sería una aproximación más coherente al asunto de la premiación? Yo me he ensoñado un tanto en ello por no tener nada mejor que hacer.

Primeramente hay que tener conciencia de lo arbitrario y no temerle. Yo digo por ejemplo, que un premio literario no puede concebir tener más de cinco ganadores que hablen la misma lengua, sin importar sus países o expresión de orígen. ¿La voz objetiva? Aquella que concibe la estética y la expresión como características de un sistema propio de cada lenguaje, ¿la conjetura arbitraria? Que las obras se asemejan o son codependientes de una lengua más que de un orígen, y que debemos restringirlas a un número cualesquiera (cinco) para balancear el problema estadístico que la predominancia de tal o cual lengua sugiere (¿por qué cinco? podríamos decir 10, podríamos decir 1). Al hablar de cantidades obviamente presuponemos un límite que no puede ser sino arbitrario, nuestras divisiones geográficas y económicas son análogas a las temporales, escogemos el principio y el final de un lugar para expresar con precisión y facilidad, aunque los objetos no sean ciertos. ¿Qué nos queda? Pues remitirnos a un carácter temporal de lo pasado, lo inmediato o lo futuro, por ejemplo, la mayoría de los premios ya producen elecciones anuales que están en consideración con las anteriores y construirán las futuras, y en la anualidad se define la permanencia de ciertos posibles candidatos, sea por sus funciones biológicas -su práctica continua de la literatura, el hecho de estar vivos-, o por sus funciones ideológicas (como representantes abstractos de determinada ideología o como parte de un contingente mayor de autores). Son decisiones que son arbitrarias pero innevitables, si uno no quiere entrar en paradigmas tal vez complicados.

Tomo un ejemplo del basto acervo popular que nos propone la cultura de masas. Cada año o cada ciertos años, los sitios web proponen una lista -recordemos que la lista y el premio son expresiones de nuestra mente narrativizada, nuestro ánimo secuencial- de los “más grandes héroes”, o los “más grandes villanos”, en lo que refiere al comic gringo. Y aunque existe la revelación y la creación de personajes nunca antes explorados, los portadores emblemáticos de estos premios se apoyan en una historia y una popularidad para con los fans. Es el circulo vicioso de la popularidad, como el personaje en cuestión es aceptado y deseado por los lectores, tiene la mayor posibilidad de aparecer en más y mejores historias. Tenemos pues que la lista es algo estática y sugiere ya de por sí un caracter definitivo. Aquí se introduce un elemento de crónica, para tratar de reducir esta importancia al grupo de acciones que el personaje ficticio ha efectuado en el transcurso del año, o cómo los eventos recientes lo capacitan para reevaluarse en el nivel de la grande historia. Sería como si hicieramos un premio literario donde cada año ganara el primer lugar la Divina Comedia de Dante, pero que ciertos años en que las Mil y una Noches se ponen de moda, logran usurpar momentáneamente ese lugar. Son los extraños caprichos de lo inmediato, que me parece para hablar de estética, vale la pena reducir a un mínimo para no caer en el fenómeno de la moda. (La moda en sí es un fenómeno genial, pero es también algo que nos coloca frente a un número inocuo de anti-literaturas, que vale desarrollar más bien por su lado en vez de empalmarlas en nuestro premio)

El juego pues, tendría unas reglas arbitrarias por fuerza, que habría que lograr balancear para que tuviera por lo mismo algo de coherencia. Esto es lo que más se le puede criticar a una competencia, la incoherencia, o en su defecto: la incomprensión. Desarrollaremos esto proximamente.

Caragenda

6 Dic

Hemos hablado de Twitter, pero, ¿por qué no Facebook?

Creo que incluso ya expliqué por qué Twitter, la parte de la palabra, del género, de su popularidad inmediata. Facebook es más como el internet y menos como el discurso, entiéndase, la extraña información irrelevante que entretiene en lugar que la expresión torpe de uno mismo, por torpe que sea.

Discutiendo con Henri me sorprendí sosteniendo un propósito que me pareció sensato, casi reflexionado y tal vez vivido. Que el internet nunca tendría éxito fuera de un sistema unificado que lo haga estúpido para que sea accesible a cualquiera, y que Facebook se prestaba a ese fin: mostrando noticias, videos o fotos en una misma plataforma, que más que nada era única entre todo aunque no particularmente buena para nada.

La existencia web en un solo lugar solo parece sencillo, aunque sabemos y hemos discutido ya que la experiencia de la web -y de la vida-, es por fueza variada. Que usted y yo no usamos la misma internet, porque usted no escribe este blog y yo no lo leo perezosamente en su lugar. Pero cuando decimos experiencia decimos por mucho apariencia y me parece que en esta lógica puedo inscribir mucho del éxito de la plataforma virtual. Al hallarnos en una imagen repetida como la página principal de Facebook nada nos distrae, entendemos su platitud, y la información recobra su existencia abstracta. No caemos en la violencia que implicaría enfrentar lo desconocido o lo colorido. Comodidad pues, un esfuerzo del cerebro que presuponemos innecesario.

Encontraremos tal vez que en Facebook ciertas cosas se fácilitan. No me refiero a ninguna actividad en particular, pero mucho de lo referente a la comunicación es evidente. Ya no hablaríamos por teléfono a los amigos sino que les dejaríamos comentarios en Facebook, no haríamos esfuerzos de imaginación tienendo fotografías de nuestras queridas al alcance, y perderíamos el tiempo en lo mismo que nuestros compañeros antes incluso de que compartan el vicio con nosotros. La rapidez solo es tan increíble como lo gratuito de nuestro esfuerzo, empezamos pues a obviar muchas actividades y por fuerza a dejar de poner el empeño en expresiones distintas. Este es el riesgo general de Facebook, que nos olvidemos de lo que no hace por considerar todo lo que hace.

Pienso a veces que comienza por estos medios una suerte de división que me dejará como un anticuado usuario de la web más burda, de esos que se acuerdan que es un directorio web y que de vez en cuando se inscribe en uno. El arte de darse cita en un lugar y respetar este encuentro se perdió con la llegada del celular, me consuela un poco saber que seguiré teniendo muchísimas habilidades trogloditas cuando mi vida termine pues no aprendiendo tampoco desaprendí.

Seguramente lo mejor de una plataforma virtual es usarla para algo que no sirve, y volverla eso. Por ejemplo, me pondré a revisar lo que dicen todos mis “amigos” y escribiré un poema. Le dedicaré a cada cosa superficial que encuentre en la plataforma algún halago. Intentaré que una sola cosa que vea conjugue todas mis reflexiones por varias horas. Me obsesionaré hasta que todo se vuelva banal, pues, trataré de hacer lo contrario al olvido sino enfrentarme al encuentro.

Francamente, cuando me veo cerca de Facebook no solo me llega la vejez que me desconecta de esta moda, y otras como el smartfón, sino además soy un hombre asocial y esta incomodidad virtual se me presenta. Porque sería fácil enfrentar las ridículas proposiciones de un sinúmero de likes o de invitaciones, infinitamente más sencillo que la incomodidad profunda de atravesar las conversaciones monolíticas, la plática filosófica y las compras dominicales, que hallamos en la verdadera amistad, la presencia, un cuerpo que está ahí y que te causa toda la pena de la ausencia cuando te sabes distinto al que está. Y la facilidad pareciera alejarme de mi mismo, invitarme a volverme otro y a payasear como el anonimato -aunque nada menos anónimo que eso ¿no?- que internet ya daba.

Y ahora que lo pienso ¿por québook? entiendo la idea de la cara, aunque máscara quede notoriamente mejor, yo sé que la máscara es un elemento que perturba y atemoriza a nuestra sociedad, admitamos que se requiere ser luchador o superhéroe para portarla. Por otro lado, la parte de libro me interpela y se me requiere casi como un insulto, debe seguramente referir a una agenda en vez de a nuestro amado libro, aunque aclaro que el insulto no se debe a que tenga al tomo en buen concepto sino todo lo contrario. Facebook es tan múltiple y desproporcionado que es superior a cualquier libro. Su experiencia es un desorden y no una narración, un cuadro y no un discurso. Claro, me dirán que si se trata de calidad… Yo responderé que he leído textos atroces, y que una obra nace de su manera de hilarse, y que la creación comunitaria de Facebook es una riqueza y una complejidad. Pero tal vez que nos endormece y lo olvidamos se nos figura a pobreza. El rigor nos exigiría leer mejor, incluso en estos extraños casos.

Brevedades

5 Oct

Leyendo los cuentos de amor de Bioy Caseres -no pretendo ni deseo leerlos todos-, me doy cuenta cómo batallo en separar cierto momento histórico de esta noción tan ciudadana del amor. Nada o casi nada presenta idealismo en estos relatos, como suele ser en las historias de Bioy es necesario experimentar por medio del humor para realmente comunicar, hay su belleza pero antes veremos la jocosidad. No nos comunica nada esta variedad, de la obra del autor, acaso su justificación temática por tratar del amor en un término tan amplio y para alimentar distintos géneros de cuento. Un detalle pues, sin duda algo delator.

E insisto que tengo que hacer un esfuerzo revoltoso para no caer en la definición histórica y los sicologismos baratos, el autor siendo un hombre de mundo y muy de su época si se inclina por un retrato de su sociedad. Resulta un poco distractor, lo admito, cuando se viene de un sitio tan distante como los principios del siglo 21 en los cuales las convenciones son muy similares pero se miran muy distinto. Tampoco puedo tratar de volcarme en un asunto de técnica porque los cuentos que leí, no participan de fórmulas extrañas ni pretendida innovación, pertenecen a sus géneros acaso con una comodida exagerada. Los he disfrutado, más no los he hallado muy bueno y alguno me inclinó a voltear las páginas más rápidamente. Bioy me ha granjeado lecturas muy placenteras, aunque no pocas veces van acompañadas de alguna salida de la realidad, de un elemento organizador que deforma la narración y la aleja de lo convencional. La visión del amor de los cuentos verifica y justifica el tachar los amorías de absolutamente convencionales, ¿cómo podrían ser de otra forma si se efectúan entre personas diversas que solo se ponen de acuerdo en la convención?

Este último comentario me ha despertado una excepción, una historia precisamente donde el asunto parece confundir por la situación extraña de la relación, las exigencias fuera de lo común, más exageradas que propiamente definidas, que en un momento rozaba para mí el vértigo que supera la auto-confesión: la posición en que no se entiende en lo más mínimo cómo amar. No me marcó de otra forma, entiendo que se mantenía como uno de los ejemplares sólidos que leí, pero no al grado que me pareciera remarcable. Odioso es en los cuentos deberse memorables.

No es finalmente Bioy que ha fracasado exclusivamente en hacer este libro, y conste que literalmente no le atribuyo un fracaso. No he sido el lector adecuado para este libro que tiene sus encantos y sus diversiones, no me ha parecido ingenioso y abundante en el concepto que tengo yo de otros tantos libros que he leído, y aunque identifiqué varias gracias no puedo sino sentir que lo juzgo en toda consiencia de mediocridad. Los objetos que no nos gustan son fácilmente deformables, pero los que podrían gustarnos confirman la decepción de la espectativa propia y ajena, precisamente como el amor. Tenemos por amor los instantes de inclinarse por alguien y el reconocimiento mutuo de las atenciones, pero definitivamente el disgusto o la indiferencia no son nada. Un amor trunco, algo que “podría ser”, es indistintamente generadora de amargas nostalgias. ¿No terminamos por hacer que los sentimientos no correspondidos se nos vuelvan olvidables e indiferentes? Digo, los seres vivos, no me refiero a los amantes figurantes que pese al despecho aman a dimensiones invencibles por lo que bien podría pretenderse eterno. Nosotros empujamos lo mediocre al disgusto porque si no el error bien podría ser nuestro. Así me siento yo, que comparto esta extraña falta.

El amor es también apariencia, es tratar de justificarse, que nuestra otredad pretendida parezca por lo menos justa si no cierta. Creo que cuando Bioy une textos humorísticos y dramáticos de manera temática, diciendo directamente que se trata de cuentos de amor, emplea una de estas burdas distracciones, para expresar de manera más ordenada y justificable su identidad literaria. Porque malo como puede ser, Bioy es a su vez el autor que requiere la belleza, como en La invención de Morel y el que vive del humor, no es una expresión menos feliz de su vocación que la otra.

Selva citadina

22 Ago

Pienso que nunca lo perdemos todo, que si fuera así la vanidad nos duraría poco tiempo. Imagino la cara del individuo vacío, acaso seguidor del nirvana, que busca un hueco y piensa “en el hueco no puede haber nada”, siendo que el hueco es algo, acaso algo más inmenso que las fébriles emociones con las que nos contentamos, o será simplemente que sin reducir nuestro contenido a un simple objeto decible somos habitados por todos los demás, esos que nos sobran, o mejor dicho de los cuales sobramos, y que se nos figuran perdidos.

Y en este juego de preguntarse qué es la cosa que puede estar perdida, si es uno o si es lo que uno tenía, se nos pasan penosamente los días. En sí perderse requiere la inclinación a buscarse, de otro modo el sitio no importa, en este sentido los nirvanosos del deseo, vacíos de este no han perdido nada -pues no lo buscan-. No perder nada es como no jugar nada, a veces, a veces simplemente se reconoce en ello el instante perpetuamente encontrado. Porque lo evidente no se puede buscar, y cuando la búsqueda no existe más -cuando nada está perdido- entonces decimos que todo es evidente, y que somos.

Después se me figura que somos muchos los que perdemos, o los que nos perdemos adrede. Veo las asfixiantes calles de París como un laberinto citadino, uno hecho para que como ratones se aproxime a la marcha, en este lugar no pienso, no me doy el lujo de desviar mi experiencia de la contemplación más pasiva posible, me permito el extravío pues entonces obra acaso el tipo de descubrimiento más raro: ese de encontrarse, de realizar en lo evidente aquello que pensábamos oculto, y así con los objetos que perdemos, al verlos ahí, inmediatos, estamos en una renovación de la existencia, en una (re)creación. El extravío se opone al aburrimiento.

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Qué es lo que uno siente no es una pregunta legítima. Todo argumento presupone un contra-argumento y así nuestras expresiones de desasosiego entretienen nuestra mente para no mirar hacia el vacío -lo extraviado que no debe buscarse-. Uno simplemente siente, no hay un qué, no hay una formulación superior que le permita a uno hacer sentido de las sensaciones, estas simplemente existen en nuestro ser, nos existen, nos son.

Me equivoco acaso al acusar las explicaciones de un modo absolutamente categórico, de desvariarlas, hacerlas ignorantes, mera convención. Tiene determinado sentido la búsqueda de palabras, la elocución como acción, del objeto verbal que regresa a la realidad, que invoca a la realidad del mismo modo que cierto panecito memotécnico, estamos lejos del sistema conceptual de símbolo y sentido, todo es sentimiento/sentido/sensación. Y el decir es también sentir, porque carga con el valor emotivo que solemos llamar poesía, aunque la poesía -se sabe- sea una compuesta de palabras comunes y corrientes. No hemos necesitado nunca palabras mágicas para sentir, pero igual las creamos.

A veces pienso que todo es un asunto de magia, una hechicería que censuro categóricamente por motivos religiosos y morales. O tal vez por miedo ¿no?

—–

No debería responderles nada aunque me pregunten. No tengo lecciones ni garantías que dar, yo mismo suelo ver con determinada tristeza las palabras con las que mi pensar se describe, no soy sino una ecuación de longitud, alguien de periferia y distancia. Esta reducción, idiota como pueda parecer, me atormenta con recurrencia.

Mi padre decía que el universo es uno, y uno lo explica de muchas maneras, o mejor dicho, inventamos objetos que no existen para dar cuentas del universo y luego creemos que son el universo. Justificamos siempre cosas que no tienen sentido, que son insensibles, contra-intuitivas. La justicia es contra-intuitiva, la corporación y la convención también. Mi padre insistía frecuentemente que cargaramos con la felicidad, en caso de que algún día se ocupara. Esta es una cuestión de distancia otra vez, lo que tengo cerca, lo dichoso, lo próximo -yo, mi padre-, y pienso que acaso esta sola variable me importa mucho, porque si hablaramos de nuevo de poesía estaríamos empecinados en una cuestión de métrica.

Por supuesto, la métrica ha tenido demasiados crueles detractores, es un objeto en sí mismo hermoso. Acaso soy simplemente una víctima de mis anhelos estéticos, amo lo que es bueno porque es bello, la felicidad es bella así que la resiento. Hay también algo de geométrico en la estética, pues finalmente la simetría y la harmonía trabajan con la distancia. No creo que podamos dar cuenta de la realidad de una manera bella, y a lo mejor por eso ya la descarto. Pero la idea de explicar el universo es hermosa y acaso nunca la abandonaré, acaso por eso lo que nunca hemos tenido también se figura sencillamente como un objeto perdido, y así con todo, pues lo que hacemos al final del día es buscar palabras justas que expliquen el universo.

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¿Qué tengo que ver probablemente con Paris?

El argumento teológico

19 Ago

Ahora les voy a presentar un fragmento de la entrevista que el señor Laroche me hizo para un magazine literario de por acá, para mi fue una sorpresa por varias razones, primeramente porque no veo a quién le pueda importar mi opinión en cualesquier cosa, siendo yo una entidad menor en el panteón de los desdichados escritores novicios; la segunda siendo la autoconfesión del señor Laroche -muy ameno por cierto-, sobre que probablemente no sería publicada proximamente, o tal vez nunca, pues su iniciativa de verme era más para tener “un respaldo”, en caso de que faltasen escritores para futuras publicaciones. Ignoraba que se practicaran entrevistas por la nada de este estilo, y aunque no tenía por qué rehusarme, pedí como condición que me facilitase una copia de la misma porque soy un poco maniático de ese modo con mis presentaciones públicas.

Luego, teniendo la entrevista en mano, fui a descubrir que su publicación integral era impracticable –Lire apenas dedica a este tipo de entrevistas unas seis hojas-, especialmente por el modo divagatorio que empleamos durante esta sesión, hablando con bastante libertad y de todo un poco. Acaso por esto me pidieron también la posibilidad de parafrasear ciertos comentarios para ajustar las respuestas a una longitud más cohesiva y cortar aquí o allá, el trabajo de un escritor pues. Y es también por estas posibles correcciones que decidí a avanzar esta pregunta y esta respuesta, que no pienso que sean publicadas en su integralidad por cuestiones de longitud que resultarán evidentes. Aunque cabe mencionar que tuve que seccionarla también porque en cierto momento me pongo a hablar sobre un poema de Maiakovski donde se habla de la invención del pavorreal, lo cual me recordó místicamente a mi blog y partí hacia muchas direcciones que para variar no vienen ni al caso.

Aquí vamos:

“Laroche: ¿Cuáles es son sus poetas predilectos?

Yo: Vaya pregunta, es un argumento un poco metafísico. Un buen enciclopedista haría la lista, muy probablemente, de criterios geográficos, alfabéticos u otros para que sus elecciones fueran coherentes. ¿Puedo responder por un modelo teológico?

Laroche: Adelante. ¿Cuál es su modelo teológico?*

Yo: Verá, existe este personaje más o menos filósofo, creo que estoy tomando prestado de algún escritor pero no conozco la referencia -si se enteran háganme saber-, pero el hombre en cuestión se halla respondiendo una pregunta igual de inverosímil que la que usted me plantea: ¿a quién prefiere usted? ¿a Yavhé, a Cristo o a Alláh?

Laroche: ¿Así es mi pregunta?

Yo: Un poco, sí. Obviamente es un contexto un poco extraño porque el personaje vacila entre estas religiones por que tiene un fondo diverso o ajeno a ellas, pero ha vivido expuesto a las tres durante su vida -me acordé de un personaje de Daniel Katz que habla con un padre y un rabino para tratar de elegir su religión mientras estaba completamente borracho-. En fin, decía que en estas circunstancias, él no tenía una respuesta evidente pero tampoco le molestaba ninguna, hay que entender, la pregunta era injusta y la respuesta tenía que ser injusta. […]

Laroche: ¿Entonces mi pregunta es injusta?

Yo: Déjeme explicar. El filósofo improvisado responde “creo en el que existe”, y bajo la misma lógica contundente, formulo la misma respuesta respecto a mis poetas favoritos: creo en los que existen.

Laroche: ¿Cuál sería la teología del argumento?

Yo: Aquel que tiene fe, experimenta a Dios sin tener que asignarle un nombre, la teología y la religión que se alínean a esa fuerza sobrenatural son aparte, como sería la crítica literaria o el órden poético que uno puede proferir. Las religiones se prestan pues, a dar mayor conocimiento respecto a Dios de aquel que el creyente tiene desde el principio, y por lo tanto una religión que aleja a la persona de Dios, no es una verdadera religión. Un poeta verdadero es aquel que nos acerca a la poesía.

Laroche: ¿Y todas las religiones tienen que ver con Dios?

Yo: Bueno, ahí estamos jugando otra vez con la terminología, porque si Dios o la poesía existen como tales en realidad no cambia nada en nuestro argumento, la cosa que existe es el sentir lo espiritual y lo que uno hace con eso -como por ejemplo volverse loco y renegar a Dios, matárlo-, eso ya es el asunto de uno. Es enteramente válido hacer con ese sentir una cosa que no se vive como un teísmo, como podemos hacer pintura o jogging usando nuestro sentimiento estético que va de la poesía. Ese es precisamente el asunto, hay poesía pero no hay reglas para la poesía.

Laroche: ¿Finalmente quiénes son estos poetas que usted admira?

Yo: Ya lo dejé tan claro como puede ser, son los que existen, ¿qué es más fácil que separar una cosa que existe de otra que no es nada? Estoy seguro que para usted salta a la evidencia cuando lee algo -aunque sea un panfleto o una revista en el baño- y se puede decir con seguridad “esto es poesía”. ¿Para que ir a buscar en los otros algo que uno encuentra tan al alcance en uno?”

Luego de un par de réplicas creo que abandonó la pregunta, mas he de admitir desde el principio que todo mi juego era bastante deshonesto.

*- Los franceses tienen una relación curiosa con la religión y la fe, es como tener una metralleta y haber leído el manual, pero nunca haberlo disparado, por eso es un poco desleal de mi parte abordar cualquier idea teológica de este estilo. No sé por qué lo hice, un reflejo de niño malo, una rebeldía menor.

 

Los propios dioses

12 Ago

No siempre se cumple la igualdad de que lo cierto es bello, sin duda uno pude justificar una reflexión así desde el seno del arte que crearía mucho de su mérito en la ficción. La ficción que es mentira y cuyo valor de mentira es un verdadero valor. Me he cansado oyendo apologías de como el arte literario no miente, pues mentir, en su conotación de pecado, no se considera valor libre de la divina literatura. Helas, la ciencia de la ficción puede entrever una realidad más compleja que esto, simple y sencillamente que la mentira no es siempre un faux pas social, o que no se trata sencillamente de un gesto superficial. La mentira es una elección metafísica, es artera y precisa, no requiere justificaciones moralizadoras para realizar su propio valor. El futuro también es una mentira, y por supuesto, ninguna mentira es el futuro.

Entonces el problema está que en la verdad no está necesariamente la estética, que las religiones han creado acaso más adornos que verdades en el mundo, aunque admitamos la voluntad sincera de discernir la verdad en esta. No hay forma y fondo, todo es una misma maraña. El hombre ha querido siempre que la verdad sea un gesto hermoso para poder compartirla con amor, la ciencia del arte reside en esta voluntad feliz. ¿Qué es mejor que una verdad que es hermosa? Probablemente que la verdad sea cierta, y en esto reside parte de la elegancia de su propósito. Si lo bueno es bello, lo malo trata de ser bello también para emparentársele; así la verdad necesita adornarse de mentiras para encontrar su justo valor: no hay realidad en la geometría que conjuga nuestro universo -no hay círculos en ninguna parte-, pero hay sin duda muchas bellezas y sin estas es imposible abarcar con nuestro mundo el pensamiento. Porque lo bello es aquello que puede ser digerido por nosotros, y lo horripilante lo que ni siquiera podemos mirar; Borges hizo algún cuento -creo que tres versiones de Judas-, concibiendo a un Dios cristiano humillado y púdico, de ahí su deseo de no ser visto.

No necesitamos ni idealizar a la verdad ni volverla brutalmente física para que esta reflexión guarde algo de su validez, me parece que en el fondo la literatura moderna tira conclusiones similares a las mías. Decir lo evidente, volver de lo que es cotidiano una búsqueda de todos los días, es obsesionarse con la verdad. Pongo un ejemplo moralizador: el matrimonio de amor. Sabemos que los matrimonios arreglados no pertenecen al imaginario “occidental”, no forman parte de sus valores y se figuran atroces. Escribir una apología por el matrimonio de amor, que es un valor moralmente predominante, resulta un ejercicio intelectual gastado. Por supuesto, se puede conseguir revolucionar el pensamiento de esta idea por mil méritos, mas partimos desde una suposición terrible de que desempeñaremos un papel de descriptores de la verdad, de una autoexplicación de nuestros puntos de vista. Algo de políticamente correcto y de excesivamente convencional que adolece de no poseer más un gusto estético. Tan inmediato y lógico resulta que no podemos verlo.

No hay literatura más tóxica que aquella que es necesaria, porque pierde su valor de literatura y se vuelve otra cosa: una suerte de libro divino, una crónica histórica, u otro objeto. Al que llamamos intelectual comunmente es en verdad una suerte de esteta, aquel que distribuye los méritos no a las ideas que se expresan a través del discurso sino a la belleza que pueden poseer, a su existencia como ficción. Se explica pues que no se esté más cerca o más lejos de develar el universo por una medida simple de inteligencia: la capacidad de abstraer no nos acerca en ningún modo a la realidad, sencillamente nos plantea ficciones intrincadas para redescubrirla. Por esto veremos que los conformistas o conservadores del pensamiento son menos aplaudidos que los provocadores: confundimos una verdad válida con un gesto bello. Desconozco si podemos decir que la inteligencia acerca a lo cierto, me consuelo en saber que no nos aleja tampoco.

La convicción y el partidismo siempre se asimilarán a una falta de ingenio, nuestro propósito de inteligencia no es el por-siempre ni el hoy, es el cambio. La condición de la absoluta imposibilidad es cotidiana, nuestra suerte mortal es una balada de inciertos que se moja en el plano de lugares comunes que somos incapaces de ver. Se muere con frecuencia de regreso a casa y en caminos conocidos. El intelecto muere igual así, estrellándose con una verdad que acaso ya no es capaz de encontrar.

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