Tag Archives: estetica

Ni a cuento

1 Jul

Me pasa que trato de imaginar cómo fueron las cosas, y cómo serían de ser diferentes. Pedirle que esto no sea así a cualquier aficionado a la literatura sería absurdo, el primer gesto de una imaginación narrativa es desbaratar cualquier objeto absoluto y sensato en una colección de microcuentos. Luego uno hace el amenagement, se suponen hipótesis, se arma una estructura correcta y se vuelve al instante presente (a la lectura) con la pregunta tranquila de “dónde estamos”.

Este tipo de pregunta, la dónde-estamos, la quiénes-somos, la por-qué-así y la cuándo-soy no son sino estas preguntas estilo refresh, como el navegador que reestablece conexión con el servidor de determinada página web. Nosotros no somos ni la página ni el navegador, pero nuestras preguntas tienen ese caracter exploratorio y tentativo, pretenden algo, seguramente, más es idiota presumir que se sabe de lo que se trata.

Entonces decía que como a todos nosotros -porque si me han tolerado ya, por fuerza tienen alguna vena literaria, aunque sea un vaso-, la situación del hipotético es necesaria. Fatigosa tal vez, inútil seguramente, pero del todo natural. Yo a veces me pongo a balbucear argumentos que apenas tienen sentido para mí y supongo que otros podrán hallarlos acaso más sensatos. Me pregunto por ejemplo, con quién ando, y a veces también, por qué elegí la belleza.

Si queremos hacer cualquier cosa con nuestro pasado y nuestras creencias no podemos suponer un órden inmediato. Las cosas no tienen sentido por sí mismas, alterar el universo es volverlo banal, tacharlo de innecesario y por lo tanto aceptarlo como tentativo. Si yo quiero que el universo exista solo tengo que suponer que no existe, entonces se dibuja como una figura ideal que podemos tratar. Quizás no existe el universo, pero la idea de un universo que podría existir definitivamente es cierta. El presente que seguramente existe necesita un mundo hipotético que igual podría existir para no entrar a un órden inmediato y necesario. Porque lo necesario, lo siempre presente y lo evidente no pueden medirse sino en tanto que mentiras. Medimos la mentira contra la realidad, por absurdo que parezca, para discernirnos a nosotros mismos.

O sea yo elegí la belleza, y postulándolo como una elección, y en toda evidencia, podría haber logrado otra cosa. ¿Qué sería? Tal vez no tiene sentido para mí, sería más válido preguntarse en qué consistió mi elección de la belleza que en listar todas las posibilidades con las que compite. Pienso que la belleza es primeramente, un estado donde la felicidad es accesible, donde el riesgo a muerto. Son los que han humillado sus cuerpos los que pueden alcanzar cualquier felicidad duradera. Sin hambre, sin miedo, sin estrés, la felicidad nos parece más bien evidente. Existe una barrera mental después, un poco más arriba de la esfera del estrés, donde la nostalgia, la duda, la identidad, la imposibilidad, lo indecible, la muerte, el olvido, los demonios, las fuerzas celestes y de la tierra, la magia, las brujas, el verdadero azar y el talento hacen su nido. Cualquier número de ideas que también podrían oponerse a la felicidad, ¿no? Pero si no lo hacen la belleza nos es accesible.

Antes no era yo tan feliz, o mejor dicho, mi felicidad no bastaba para hacer de esta elección a la felicidad una actitud verdadera. Pienso también que simplemente podría ser que entonces no la escogí, en otro tiempo en que no permití que me importaran cosas de apariencia o de sensación y me justifiqué en ideales juveniles que me parecían todo. Los ideales también son elegidos por ser bellos, pero en su demencia absoluta nos hunden en un abismo donde la felicidad no es casual. La belleza es común y podemos encontrarla, no se gana por medio de la guerra ni representa en realidad un mérito. Si nos acercamos a ella es un objeto como es y ya está.

Sé del mismo modo, que la elección de la Soledad, tiene algo de irónica o cansada. El gusto por la soledad, por el desamor, es algo que sin duda se halla en la más sencilla sicología, en el hombre que se ha dado por abandonado. Se trata de un probable error, pero admito que hay cierta ceguera en mi propósito: ¿cómo se puede abogar por una vida llena de la vida de los demás si uno se empeña en escribir textos en la soledad de su cráneo? ¿se puede la literatura sin una pretensa de ejercicio aislado y de la generación de un yo-íntimo que se anima por estar aislado?

Las preguntas son, por supuesto, literarias. En realidad estas ficciones no se trasladan a la realidad en un valor de hecho, sino en una simple negligencia mental. Mi arrogancia y el azar me han lanzado con frecuencias a lugares donde puedo estar, sin añorar el grupo o la felicidad. Los hechos están ahí, casuales como la belleza, abundantes. Si uno no los cuestiona ¿a qué cuento vienen no?

Anuncios

Propio o prestado

21 May

Cuando estaba más animado en este tema general de la palabra oral y mis podcasts me sucedió un problema técnico que me mandó a seguir con otros planes tradicionales, valdría decir que es interesante como el error inmediato y lo inesperado se asemeja a la palabra hablada mientras que en la escritura hablamos de un plan, de una presentación y un artificio.

Es curioso precisamente porque evaluamos al orador en la medida de lo contrario, la ejecución perfecta de un texto es el trabajo de un actor, pero la improvisación, la verbosidad inmediata y la respuesta nos parecen las más genuinas muestras de inteligencia. Lo improvisado, lo accidental, no se planea. Nos habla de un subconsiente que es poderoso y cuya influencia no pocas veces nos parece magia.

La inteligencia, sin embargo, no consiste en el dominio de las palabras y la fácil secuencia elaborada de ideas. Todo esto contribuye pero difícilmente se trata de una medida del alma genuina. Es fácil aceptar esta descalificación general, pero de todos modos se conserva cierta veneración al buen hablador, porque hablar bien es una fuente constante de dos cosas que no pueden faltarle al ente moderno: exterioridad y envidia.

Pienso en un género altamente artificial que supone la palabra: el debate político. De entrada, suponiendo que uno admite que lo política vale algo -para fines del argumento-, debería reconecerse sin dificultad una primacía de las ideas. No es importante tanto la personalidad sino un proyecto conceptual. Pero cuando hablamos de comunicación la diferencia no existe, y los políticos son comunicadores. Esto no se puede discutir, actualmente la utilidad social del político presupone la representación: una suerte de personificación de los intereses de las personas que el político representa. Si no es mejor para defender y argumentar sobre los deseos de los cuidadanos que le han confiado su misión, el político no es nada. Entonces por fuerza la importancia de la representación y la forma es básica en el debate, presupone una correcta concepción de la función política. Por supuesto, en el caso concerniente a las elecciónes directas el debate no es de ningún modo una discusión.

¿Por qué la maestría del habla parece inclinarse al empleo de fórmulas y se asemeja a la expresión escrita que tanto presumen los literatos? Pues la falta de variación, la eternidad, un discurso que tiene un impacto perfecto, eso solo viene de la palabra como objeto, del texto pues. Mientras que la estética del texto busca la fugacidad, intenta, como poesía, recuperar el valor que marca el momento, la fugacidad que solo viene de una reacción genuina y no preparada. ¿No he mencionado antes que no soy de los que espera ser sorprendido? Sin embargo admito que la poesía tiene belleza porque se reproduce de una manera performativa, no por hallarse en estado de letra muerta. Una situación que permitiría la cohabitación de estos valores es bastante sencilla y se reproduce en la más sencilla estética: buscamos los valores que complementan naturalmente nuestro arte, lo diferente, lo que falta, es una fuerza de belleza. Así el discurso querrá ser texto y el texto palabra, ambas búsquedas se admitirían legítimas.

Una contradicción directa de estos valores no desmantelaría del todo nuestro argumento, hay muchos elementos en que la palabra viva o muerta puede suponerse idéntica, no hay una negación absoluta entre ambas y su aproximación puede también prestarles nuevas evaluaciones estéticas. Yo digo que un discurso puede ser bello por sus pausas y cómo suena, del mismo modo un texto solo puede alcanzar esto por una suerte de imitación, sea tipográfica o enunciada. Al acercarnos a otro objeto consideramos de nuevo una escala de valores ajena. Se me ocurre por ejemplo la belleza de la mujer africana, cuyas facciones tienen formas variadas y no se nos figuran tan definidas como las de regiones más “blancas”. Si uno aproxima la fisionomía de una negra a la fisionomía blanca, uno empieza a valorarla en una escala de parecidos y no “por lo que es”, entiéndase, “por la experiencia que le es propia”. Llamaremos sistela, la experiencia que le es propia a cualquier objeto, por el simple hecho de ser tal. Cualquier otra experiencia por fuerza le viene de un sentir de lo exterior, de una consecuencia.

Establecido esto, tal vez no haya sistelas puras, pero nuestro objetivo aún no consiste en probar una existencia, sino sencillamente -por lo pronto-, ganar una palabra. Ya luego podemos preocuparnos por lo demás que en apariencia estamos discutiendo.

Falibilidad

5 Mar

http://arrowni.podbean.com/mf/web/hntbbv/Falibilidad.mp3

La belleza del sistema

20 Ene

La historieta, particularmente sobre su forma designada bajo la etiqueta de “comic” tiene una fama bastante negativa. Ni siquiera puede encasillarse en una apreciación negativa de la cultura popular, el prejuicio va mucho más allá, se le considera un entretenimiento juvenil, véase, infantil. Y para un grupo de personas de mente cerrada esta grosera acumulación de adjetivos deleznables solo parece transformar al comic en una forma de expresión del todo mundana y banal.

Y si esta dimensión de rechazo generalizado es desproporcionada en el comic, ni siguiera podemos compararla justamente con un caso del todo peor: el de los juegos de video.

Los videojuegos son sin embargo una expresión estética, un trabajo finamente balanceado y una manera privilegiada de generar nuevas sensaciones y aspiraciones en cuanto a la comunicación y el arte respectan. Acaso por este potencial tan grande, el juego será aún más detestado -aunque me permito dudarlo-.

Tal vez nos encontramos de nuevo con un problema que toca la maduración tecnológica tardía que tenemos como especie. Dije antes que si el cine hubiese sido técnicamente alcanzable desde temprano en nuestra historia la literatura ni se parecería a lo que concebimos. Del mismo modo, no pienso que el juego de video sea visto con condescendencia más que en una sociedad entrada a un modo desenfrenado de consumación masiva. Porque incluso en lo que concierne al factor de entretenimiento los juegos sufren sin duda por la necesidad de ser comprados. Un juego perfecto no puede concebirse ni trabajarse cuando lo que se requiere es vender el siguiente. Piénselo un momento: la música y el cine tienen difusión, no se venden una sola vez, se considera que su exposición pública, su concierto pues, es una parte fundamental de estos. Los videojuegos en respuesta a este gesto han logrado ciertas interacciones por conectividad y torneos.

Lo que me hace pensar que un torneo de juegos de video no serán considerados en la manera que los concursos de poesía en los que participaba Lope de Vega. Inevitablemente los concursos literarios se han vuelto un poco así también, son gestos colectivos que sirven en parte para promocionar la práctica, en parte por espectáculo. Y pienso en esta dimensión de espectáculo, de que ver a otra persona jugar un juego puede tener un fin estético. ¿No es del todo diferente bailar y ver una danza o idear una coreografía?

El problema para aceptar los juegos como arte es puramente cultural, voluntariamente se aceptará que un juego pueda ser útil antes de aceptar que pueda ser hermoso. Tecnológicamente los juegos nuevos logran un nivel de detalle visual bastante convincente y creo que pueden ser calificados como bellos para el observador casual. Expresan también una estética que nos recuerda a la función visual del cine en la construcción del plano y el ambiente, en este nivel técnico el cine y el juego se confunden. Pero sería erróneo calificar al juego de un goce estético puramente visual, pues en realidad no es su esencia. Un juego es primeramente una interacción, un sistema cerrado en que se filtran las acciones del jugador para una suerte de resultados. Y en estas limitaciones se conforma cierta estética.

Tomemos un ejemplo de otro tipo de juego: el futbol -es muy conocido, nos conviene-. Las capacidades mostradas por los atletas son espectaculares gracias a que existe para nosotros una concepción de juego bien definida, alguien con gran control de una pelota puede también montar un acto de circo, pero fuera del marco narrativo/sistemático del deporte, los logros de un juegador o un equipo parecen minimizados. Hay en el deporte una dimensión performativa que la supone irrepetible e inmediata. El videojuego comparte esta característica, y si analizamos de cerca, contiene bastantes otras que estéticamente nos pueden enseñar cosas interesantes.

Sobre todo este medio parece cumplirse una promesa compleja que otros artes han tratado de reproducir virtualmente: que el arte interrogue al espectador y pida de este una respuesta. Este tipo de interacción privilegiada parece incomprendida en su potencial, pero al menos ilustra una cosa: que la interacción del arte tradicional es en parte rica por suponerse trunca, y ha obligado a los artistas a buscar nuevas maneras de explotar y redefinir ese intercambio en ansia de novedad y de mayor efecto. El videojuego acaso no se ha interrogado en este respecto pues su potencial de respuestas parece infinito y no hay urgencia en sus transformaciones.

Si hay alguna inferioridad en este medio de expresión que le sea explícita debe ser que se trata de un medio muy amplio: el arte utiliza sus características buscando el mayor impacto, y su elegancia se define por sus limitaciones. Cuando estas no existen, y el sistema es arbitrariamente amplio, la expresión misma parece ahogarse en tanto potencial. Acaso el genio necesario para mantener todas estas variables sea sobre humano.

Sin título

17 Oct

Se dio el extraño caso de fui a ver una película reciente, y por consecuencia regresé con varias meditaciones sobre el cine. Es algo más o menos sintomático en mi modo de vida, cualquier azar y salida de lo cotidiano me provee de una relflexión automática -no pocas veces vacía de interés-. Uno diría que el salir de la rutina se asemeja a redescubrir el mundo. Pero estoy divagando, volvamos al primer punto del a cuestión.

Viendo The Artist, constaté primeramente algo muy extraño: que me gusta el cine cinéfilo. Poniéndome a pensarlo me dije, no tiene razón de ser, apenas veo películas y fuera de un desatinado propósito de ver cine hace dos años y medio, nunca lo he colocado en modo alguno como prioridad. Mas entre el cine que he llegado a ver, se encuentran no pocas gemas cinematográficas que cayeron en mi regazo a fuerza de recomendaciones y clases de cine. Cabe decir que a Cécile le pasa más o menos igual, y tiene también dichos gustos. Entonces, lo raro es que, siendo yo absolutamente casual en mi gusto cinematográfico, tenga gustos de educado. Sí, he tomado clases de cine, pero eso no quiere decir mucho.

El caso me intriga de igual manera para con Cécile que ha estudiado menos cine que yo y a quien le disgustan más visiblemente los intelectualismos que yo me cargo. Entiendo que hay personas que infieren por mi modo de hablar que considero el arte como un trabajo de reflexión y la lectura como una experiencia docta. Eso es simplemente mentira, creo que mucho de lo bueno es popular e irreflexivo, pero ante todo simple. No hablo simplemente de la elegancia, hablo de las expresiones humanas vanales, que gracias a su abundancia expresan más completamente lo que somos y lo que queremos ser. No sé si esto sonara menos intelectualizado, pero si fallé, tomense el lujo de creerme bajo palabra.

El objeto de mi gusto, no radica en una voluntad erudita. En el caso del cine no se puede justificar por conocimientos o prácticas que yo sea otra cosa que un superficial amateur. ¿Por qué tragar deliciosamente visiones sobre filmes antiguos, sobre el cine gringo de los 40 o sobre el cine mudo? Voy a conjeturar que como es el caso con Cécile se debe a que creo en la búsqueda estética de la imagen. No es porque una película sea buena, ni bestseller, ni independiente que una búsqueda estética no se puede proponer. Pero en dicho caso valdría la pena preguntarse si un cine menos inclinado a la erudición no es también, un ejercicio de belleza válido, y la inclinación mencionada es arbitraria.

Aquí vale la pena a lo mejor inventar un concepto de cinéfilo. El cine de aficionado no se muestra sino por la voluntad propia de designar una cierta tradición estética al reconocerla poseedora de una belleza particular. Sería como reconocer versos perfectos en una antología y lanzarlas durante otra obra completamente distinta. Por supuesto, el cine es aún más compacto pues una imagen es muchas cosas a la vez, y estos recordatorios voluntarios de una imagen existente, no hacen sino confirmarlo. ¿Puede ser bueno el cine de aficionado? Entiendo que sí, los recordatorios del pasado no son frases muertas sino un objeto que se revitaliza con la lectura. Una imagen también es la obra.

Hasta este momento creo que sostuve un razonamiento más o menos aceptable, mas luego reconocí la limitación. A veces abordo el cine como si se tratase de una extensión del fenómeno poético, pues me digo al fin, que su validez se juega en el poder de la imágen como tal y no simplemente en limitarla como un dispositivo de comunicación, que el cine no es sobre todo contar películas. Pero caigo rápidamente en cuenta de que la poesía como objeto no es una forma que me quede del todo clara, a final de cuentas no es la expresión genuina y clara de una imágen (el gesto, que es la unidad del cine mudo), que es poética por ser genuina, ni tampoco la ambigüedad de significaciones (el cine surrealista) que sustenta la evaluación lírica del objeto visto. No puedo dar cuenta de la sensibilidad mejor con palabras que con imágenes, los métodos y las escuelas se prueban insuficientes. Un cinéfilo pues, no está presente para explicar el funcionamiento de la obra sintetizada que reproduce en su trabajo, sino para reconocerlo. En el reconocimiento está el recuerdo, y en ello la experiencia de cierta felicidad.

Por esto mismo el reconocimiento de este tipo de cine por sí mismo, dice poco. Acaso decir mucho sería un error más aberrante. Yo supongo ahora que el tino de esos filmes que agrupo bajo el título de cine de aficionado y que me han encantado, son valiosos para mí por voluntades diversas y cambiantes. Es dolorosamente evidente que el arte no nos gusta por una sola cosa. De ahí lo desconcertante.

Selva citadina

22 Ago

Pienso que nunca lo perdemos todo, que si fuera así la vanidad nos duraría poco tiempo. Imagino la cara del individuo vacío, acaso seguidor del nirvana, que busca un hueco y piensa “en el hueco no puede haber nada”, siendo que el hueco es algo, acaso algo más inmenso que las fébriles emociones con las que nos contentamos, o será simplemente que sin reducir nuestro contenido a un simple objeto decible somos habitados por todos los demás, esos que nos sobran, o mejor dicho de los cuales sobramos, y que se nos figuran perdidos.

Y en este juego de preguntarse qué es la cosa que puede estar perdida, si es uno o si es lo que uno tenía, se nos pasan penosamente los días. En sí perderse requiere la inclinación a buscarse, de otro modo el sitio no importa, en este sentido los nirvanosos del deseo, vacíos de este no han perdido nada -pues no lo buscan-. No perder nada es como no jugar nada, a veces, a veces simplemente se reconoce en ello el instante perpetuamente encontrado. Porque lo evidente no se puede buscar, y cuando la búsqueda no existe más -cuando nada está perdido- entonces decimos que todo es evidente, y que somos.

Después se me figura que somos muchos los que perdemos, o los que nos perdemos adrede. Veo las asfixiantes calles de París como un laberinto citadino, uno hecho para que como ratones se aproxime a la marcha, en este lugar no pienso, no me doy el lujo de desviar mi experiencia de la contemplación más pasiva posible, me permito el extravío pues entonces obra acaso el tipo de descubrimiento más raro: ese de encontrarse, de realizar en lo evidente aquello que pensábamos oculto, y así con los objetos que perdemos, al verlos ahí, inmediatos, estamos en una renovación de la existencia, en una (re)creación. El extravío se opone al aburrimiento.

—–

Qué es lo que uno siente no es una pregunta legítima. Todo argumento presupone un contra-argumento y así nuestras expresiones de desasosiego entretienen nuestra mente para no mirar hacia el vacío -lo extraviado que no debe buscarse-. Uno simplemente siente, no hay un qué, no hay una formulación superior que le permita a uno hacer sentido de las sensaciones, estas simplemente existen en nuestro ser, nos existen, nos son.

Me equivoco acaso al acusar las explicaciones de un modo absolutamente categórico, de desvariarlas, hacerlas ignorantes, mera convención. Tiene determinado sentido la búsqueda de palabras, la elocución como acción, del objeto verbal que regresa a la realidad, que invoca a la realidad del mismo modo que cierto panecito memotécnico, estamos lejos del sistema conceptual de símbolo y sentido, todo es sentimiento/sentido/sensación. Y el decir es también sentir, porque carga con el valor emotivo que solemos llamar poesía, aunque la poesía -se sabe- sea una compuesta de palabras comunes y corrientes. No hemos necesitado nunca palabras mágicas para sentir, pero igual las creamos.

A veces pienso que todo es un asunto de magia, una hechicería que censuro categóricamente por motivos religiosos y morales. O tal vez por miedo ¿no?

—–

No debería responderles nada aunque me pregunten. No tengo lecciones ni garantías que dar, yo mismo suelo ver con determinada tristeza las palabras con las que mi pensar se describe, no soy sino una ecuación de longitud, alguien de periferia y distancia. Esta reducción, idiota como pueda parecer, me atormenta con recurrencia.

Mi padre decía que el universo es uno, y uno lo explica de muchas maneras, o mejor dicho, inventamos objetos que no existen para dar cuentas del universo y luego creemos que son el universo. Justificamos siempre cosas que no tienen sentido, que son insensibles, contra-intuitivas. La justicia es contra-intuitiva, la corporación y la convención también. Mi padre insistía frecuentemente que cargaramos con la felicidad, en caso de que algún día se ocupara. Esta es una cuestión de distancia otra vez, lo que tengo cerca, lo dichoso, lo próximo -yo, mi padre-, y pienso que acaso esta sola variable me importa mucho, porque si hablaramos de nuevo de poesía estaríamos empecinados en una cuestión de métrica.

Por supuesto, la métrica ha tenido demasiados crueles detractores, es un objeto en sí mismo hermoso. Acaso soy simplemente una víctima de mis anhelos estéticos, amo lo que es bueno porque es bello, la felicidad es bella así que la resiento. Hay también algo de geométrico en la estética, pues finalmente la simetría y la harmonía trabajan con la distancia. No creo que podamos dar cuenta de la realidad de una manera bella, y a lo mejor por eso ya la descarto. Pero la idea de explicar el universo es hermosa y acaso nunca la abandonaré, acaso por eso lo que nunca hemos tenido también se figura sencillamente como un objeto perdido, y así con todo, pues lo que hacemos al final del día es buscar palabras justas que expliquen el universo.

—–

¿Qué tengo que ver probablemente con Paris?

Sujetando el clima

5 Ago

Escuché en las noticias que cada vez más gente se abona a la información meteorológica. Hay un pequeño servicio para el celular, donde a uno lo informa de si llueve o no, si nieva o no. El incremento de este mercado al principio me sorprendió y luego caí en cuenta de que no habría de sorprenderme. Ignoremos la comodidad prestada al alcance del teléfono portatil -portador de polémicas a merito propio-, pensemos más bien en lo que dicha comodidad puede significar.

Porque podemos decir que saber el clima sirve para nada o muy pocos. No creo que el aumento sea por una emigración masiva a las zonas rurales donde la vida se juega por sequías o heladas. Pienso más bien en el control. Un control conjetural e inexistente. Pienso en la conjetura y entiendo que en esas presuposiciones se juega el valor oculto de todo nuestro lenguaje, el valor o el problema. Trabajamos sobre supuestos, y aparentemente, la gente está dispuesta a pagar por los supuestos de otras personas.

Y digo que no me extraña pues meses antes las mismas noticias avalaban el ascenso de las religiones sectarias, gurús y otros trabajadores de lo invisible. Característico de lo invisible es ser especulable. Lo concreto, ilusoriamente nos parece común, si bien podemos quererlo aparente, presupuesto, desvanecedor -no nos desviemos-. La dimensión resolutora de los que ejercen la tradición mística -pretendida o por convicción-, se extiende a problemas mucho más elaborados y más o menos igual de ficticios que el clima del mañana. Se quiere también adivinar el futuro y resolver literalmente, todos los problemas. ¿No es esto la naturaleza del control? ¿una suerte de síntoma sobre cuan asustados viven los hombres a caer en el caos?

Ahora, no es precisamente lo mismo. Un creyente lo tiene todo a la mano, incluso lo que no está; el meteorólogo se juega a las probabilidades y su propósito es casi siempre banal: No quiero mojarme, quiero preparar una fiesta etc. Y si uno se pone a pensar, no tiene mucho sentido. O sea, si creyera ciegamente en el control, si dicha voluntad se hallase en mis inclinaciones, me parecería natural querer controlarlo todo. O tal vez precisamente temería tener el control y por eso se lo doy a la figura seudo-religiosa; en fin, nos entendemos, la elección no puede ser arbitraria. Estos dos obsesivos son diferentes.

Porque precisamente, la manera de enfrentar el futuro de uno y otro, dista de la identidad. Unos de cierto modo desconfían y temen al futuro, mientras que los otros se maravillan. Quienes más temen, consideran al futuro un mínimo manejable, en el detalle; pues al minimizarlo de este modo, se vuelte tanto menos agresivo. Los que se místifican por el futuro, van a quererlo enorme, sin proporción, justo como la justicia misma. Y una convicción nos parece escéptica y otra creyente, cuando ambas simplemente son especulativas.

Muchas veces he llegado a una posición de inquietud al encarar una posibilidad respecto a este fenómeno que discutimos -el control-, al reconocerlo de algún modo, estético. Pienso que tanto quienes temen y quienes gozan la especulación, encuentran en ambas actividades una suerte de belleza. Tener el atino de escuchar una profecía bien lograda genera el placer de un matemático que resuelve un problema. El control, para ciertas personas es bonito. Y por esto creyentes y escépticos gozarían tener razón, simplemente por gusto al placer. La convicción de la verdad dentro del mundo invisible y meteorológico no tiene más relevancia que una consecuencia argumental. Si especulamos es que queremos sentirnos bien, con nosotros mismos. De ahí la economía. No bastan los bienes, se requiere forzosamente que los bienes nos hagan bien.

Deploro esta pasión por el control, adolece a mi parecer de una posición tímida, de cierta implicación espectadora con lo que respecta al futuro y lo deseado. Porque en este asunto, no es uno el que tiene el control, uno siente el control simultáneamente mientras es controlado. La evidencia es que no se construye a sí mismo como una víctima de las circunstancias, como el objeto de la acción de otros, del mundo, de un objeto impersonal. Y esto se le puede criticar a la sicología -que produjo esta teoría del control-, tanta victimización de los hombres por sus traumas, manipulables como títeres por el oleaje del destino.

No puedo probablemente pensar, que tantas ensoñaciones puedan pensarse objetivas y considerarse ciencia. No es tampoco, se entiende, la estética que profeso.

La belleza del luchador de sumo

18 Jun

Hace poco Al se opuso a una reinterpretación controversial propuesta por mí, de un personaje icónico del comic moderno. Mi crítica, natural y sensible, se refería tanto al plan ético como estético de los superhéroes gringos, particularmente -o en el caso que nos concierne-, criticaba su canon de belleza.

Se sabe que el superhéroe arquetípico viene a ser la perfección humana tanto en un sentido físico como moral, a imitación de las estatuas griegas presenta un cuerpo determinado como eje de la construcción de cada personaje, sépase de antemano: Hombres obscenamente fornidos y mujeres con físicos cuasi-pornográficos. También está el detalle de que los uniformes de dichos personajes hacen todo lo posible por exhibir sus formas, solo que nuestro afán no es tanto hacer crítica de género sino ilustrar esta divergencia que tuve con Al hace algunos días. Venga, más o menos quiero decir que yo tenía razón.

El personaje en cuestión, femenino, estaba construído sobre una base en todo ajena a la construcción popular de la heroína: Insensible, físicamente imponente. Para no volverla simplemente un hombre jugué algún valor matriarcal o autocomplaciente en la persona designada. Luego, para responder a esta presencia corporal en la que basaba mi concepto de personaje, decidí hacerla de una obesidad peculiar. He aquí el asunto: Era una gorda bella, no sentía precisamente estar tratando negar el sentido estético sino desafiarlo.

Aquí la discusión que tuvimos, Al -que tiene algún prejuicio contra el peso-, decía que una persona obesa, por definición no puede ser hermosa. Yo por mi parte aseveré que si bien la oposición al canon occidental de dicho volúmen era evidente, los conceptos de belleza fuera del canon son completamente aceptables. Yo pienso que se construye una hermosura que no es tan convencional.

*- El ejemplo de Mario Bellatín como autor que reivindica la presencia del cuerpo en la sociedad es bastante interesante, se opone, como hemos hablado en otra ocasión, al cuerpo-objeto que existe solo al momento de ser-visto y carece de función e interioridad.

La materia de discusión no es del todo sensible, vamos, el pudor no es bueno para discutir, nos pusimos a medir “qué tan gordo”. Al reivindicaba un tipo de cuerpo “llenito” -su palabra- que francamente era poco más que una mujer con curvas. El vientre, ausente o disimulado, fomentaba atributos estéticos que si bien no guardaban la proporción de la pornstar, seguían respondiendo a la misma voluntad curvilínea. Gordo, yo no quiero algo realmente gordo, donde el cuerpo realmente luzca pesado y tenga cierta cualidad redonda. Esto no le pareció. Hasta aquí la anécdota.

He tratado en varias ocasiones de definir algún tipo de belleza “personal” con ciertos aires de phisiognomía balzaciana, un cierto modo de expresión de la corporalidad en un sentido ético/estécito. Son propósitos inciertos y pre-modernos, mas remiten a una experiencia real que imagino, sigue siendo reproducida en muchos textos más “sicologistas”. La presencia del cuerpo que comunica por su exterioridad es un fenómeno válido, hay que prestarle un mínimo de atención si uno se cree realista. Ahora, no es del todo mi caso, pero la corporalidad es una de esas partes de la pre-modernidad que hoy me parece justificada*.

En fin, entre mis divagaciones carnales, llegué a la idea de que la gordura y la flaqueza pueden justificarse como instancias estéticas solo dentro de un rasgo biológico particular, y no como entidades generalizadas. O sea, un peso le va bien a alguien y a otro no. Si regresamos a nuestra idea de una estética “natural” -cuyas funciones son la estructura y la unidad-, podemos reconocer en cierto modo el valor estructural de la proporción. Una persona gorda llegaría a ser bella guardando una determinada razón entre las partes de su cuerpo, y una suficiente geometría de sus partes. Pienso inmediatamente en el sumo, en la extraña inmensidad y exposición de carnes que no puede reducirse a un conflicto entre “hombres feos” o “masas de carne”. Hay una estética bastante marcada en el sumo a la que sin duda se puede remitir sin temer invenciones.

¿Existe una atracción en el sentido sexual a estos elementos estéticos? Puede haberlo, mas es facultativo. La dimensión de la sexualidad no está ligada a nuestra primera vanguardia de valores estéticos, sino que construye su propio sistema de caractéres idiomáticos -si el cuerpo en un lenguaje- aparte, uno que por supuesto, puede coincidir con la estética general, pero que tiene repercusiones mucho más propias del subconsiente. No me siento del todo justificado en este respecto, aunque entiendo que cierta parte del erotismo consiste en ocultar y por lo mismo se asemeja a nuestras reacciones inconscientes, no deja de hacerme algo de ruido. Lo que sí creo, es que suponer todas las estéticas hermanadas es un error de control de registro en nuestros juicios de valor, y en cierto modo, un menoscabo de la parte del observador. Es mas sano admitir otras bellezas.

La misma variedad

16 Jun

Sin adentrarnos a la pregunta de la estética (qué es la estética), vamos a abordar con un mínimo de consciencia un análisis científico que a esta responde, y tratar de reflexionar exactamente sus alcances.

Empecemos por la evidencia: Cuando nos interrogamos por una definición de un hecho dado –en este caso la belleza-, se sobre entiende que tratamos de una entidad sensible que precede a la idea del discurso. La belleza no se define por la palabra, sino que el verbo trata de adaptarse a una realidad concreta, que es la belleza. En la medida que el empirismo se lo permite, la ciencia ha tratado de dar un mínimo de objetividad a lo que consideramos bello, no como una abstracción puramente racional, sino respondiendo a principios constructivos que los animales compartimos todos.

Los resultados de estos experimentos –cuestionables tal vez, en su ejecución empírica, mas válidos para nuestros propósitos argumentativos- proponen dos elementos principales dentro de lo que es bello. La estética natural remite entonces, a los principios de unidad y simetría.

Como verán, se trata de dos procesos mentales que sin duda muchos animales, si no todos, son capaces de realizar. La idea de la unidad implica un principio de abstracción mínimo, pretende que los objetos en el espacio no son un solo objeto aglutinante y multiforme, sino que puede dividirse en fracciones discretas que poseerán ellas mismas valores distintos. Esto se opone al panteísmo, que paradoxalmente propondría otra visión de la belleza. No quiero complicar innecesariamente el principio de unidad, básicamente trata de separar un objeto de los demás, y pensar este objeto como algo solo*.

El principio de la simetría o divisibilidad prácticamente se opone al anterior. Consiste en la capacidad de dividir un objeto de tal forma que dicha división responda a una realidad observable o experimentable, por ejemplo, conocemos ciertas frutas que son dulces y las agrupamos como tales pese a su diferencia. Recordemos el principio geométrico del eje de simetría, que al sobreponerse a un objeto geométrico, separándolo por el uso de una línea imaginaria, se divide en partes iguales. La ciencia sugiere que hallamos más bellos los rostros simétricos. La simetría pues, no responde simplemente a la capacidad de dividir, sino también a la misma aptitud de unir que hemos expresado el párrafo anterior, quiero decir, suponer al interior de un objeto un cierto orden perceptible, que representa la unidad interna de una característica o sensación. La simetría sería pues, esta estructura probable de los objetos cuando son divididos, separados e identificados como conceptos aparte.

*- La soledad es un sinónimo de segundo grado de la libertad, un estado libre sobreentiende un dejo de individualidad, la acción permitida discretamente en un tiempo, y por medio de esa variable de tiempo, la separación absoluta de un individuo múltiple para favorecer a un estado particular. El proceso de la unidad presupone una consciencia libre.

Aplicamos estos dos aspectos con toda libertad de abstracción. Los conceptos elevados como la justicia y la igualdad nos parecen hermosos pues son ordenados y a la vez sencillos. Es como imaginar un círculo imaginario sorprendido frente a nosotros, estas formas geométricas tan difíciles de acomodar en la realidad que sin embargo nuestro espíritu asimila de inmediato e irreflexivamente. Estamos programados para pensar así, y el pensamiento mismo, por su orden y su menoscabo, se nos figura hermoso.

Dentro de la abstracción que es el tiempo, empleamos la unidad y simetría, para asimilar otro concepto que embellece e idealiza las cosas de manera que nos resulta –en la escala sensorial- bien concreta. Me refiero naturalmente a la memoria. La experiencia individual idoliza o excecra determinada figura u objeto. Proust no escatima esfuerzos en recordarnos esta memoria/estética de la sensorialidad, la cual, si uno lo piensa, no deja de ser la simetría con un objeto del pasado, que se sobre pone a una nueva experiencia a modo de imitación o por lo menos de rima. El verso, que además de ser medida de discurso es necesariamente, marca de tiempo, funciona en esta variable.

Dije que el panteísmo admite estos mismos completos en otro registro de belleza, igualmente demostrable, mas con ambición más metafísica. Presumimos al suponer que todo objeto es un mismo objeto y que Dios está en la creación, una suerte de imitación constante. Todo es de la misma esencia transubstanciada, y al encontrar simetrías y separaciones, no hacemos sino expresar maneras de reconocer nuestra propia individualidad –imaginaria- dentro de los demás objetos. No cabe sorprenderse que la idea misma de identidad repose en criterios de la estética, pues finalmente se trata de un principio organizador y personal, el cual probablemente persigue un fin biológico bien concreto. Hay que saber cómo es uno para poder reproducirse con sus semejantes, ¿qué belleza más sencilla que encontrarse en el ser amado?

Resumir la belleza a estos simples conceptos es algo reductor, mas vale la pena tenerlo en mente. Algún arte vanguardista intentó atentar contra estos básicos principios y sin duda esto lo coloca en lo intragable para el superficial instinto que nos guía hacia lo hermoso. No bastaba más, la búsqueda de la belleza no puede buscarse en lo evidente, pues en lo evidente solo pueden hallarse cosas –nunca buscar-.

Influnciancia

25 Mar

El control mental es un concepto literario. La levitación también, pertenece a los métodos mágicos que se encuentran en casi cualquier narración sin verdaderamente rendir cuentas a la realidad, por esto se vuelve un símbolo. Puede parecer absurdo que la libertad de la realidad transforme a las cosas en símbolos, aunque con toda certeza los conceptos son próximos: el símbolo trata de comunicar y tener valor independientemente de la materia, es una idea libre de su cuerpo por excelencia. Por analogías llegaremos rápidamente a la conclusión de que el control mental es también propiamente hablando un símbolo.

Muchos fenómenos religiosos, metafísicos y espirituales vienen originalmente de algunos fenómenos de la química cerebral. Sabemos que el uso de ciertos alucinógenos formaba parte de los ritos que se ligaban a los dioses y a la profecía. Los sueños que son pese a su influencia terrible en nuestra memoria, se clasificarían cómodamente en este tipo de fenómenos físicos fundadores. El control mental se asimila al trance hypnótico, entièndase, el estado de trance en el que un individuo es especialmente vulnerable a la sugestión. No tiene por qué tratarse de una hypnósis clínica, por supuesto, el método positivo de reproducción científica es innecesario para el fenómeno universal de la observación, el hombre antiguo pudo hallarse en un estado de transe por un sinúmero de razones incidentales, podemos remitirnos simplemente a ciertas variedades de sonambulismo donde uno puede interactuar con el sueño del durmiente.

El estado mismo del sueño tiene mucho que ver con la sugestión mental, uno llega a pensar que los aspectos del sueño realmente existen, y reacciona a ellos como si así fuera. No es sorpresivo que el sueño se relacione con la lectura y la formulación de símbolos, pues la abolición del espacio físico se halla aquí, y los valores están sobreentendidos para el que sueña, de modo a que con ellos puede interactuar.

Controlar la mente de un individuo es conjugar dos tipos de sueño simultáneamente: aquel que duerme sueña que se trata de nosotros y que sigue nuestra voluntad como si de la suya se tratase, o análogamente nosotros soñamos que nuestro espíritu se halla en el cuerpo de la otra persona y que podemos afectar la realidad a nuestro favor desde esa posición. El control mental supone, para empezar, que uno tiene control sobre la propia mente. Por eso la idea de la autosugestión o la hypnósis clínica es mucho menos transformables en símbolos universales, parten del hecho comprobable de que nuestra mente es una ilusión fracturada y no puede relacionarse con sí misma sin ciertos estímulos exteriores.

El control absoluto de la mente consistiría en algo similar a colocar el pensamiento de otra persona sobre la estructura física de un cuerpo, efectivamente “borrando” la mente de la víctima de manera provisional. ¿Dónde reside esta mente invasora si sabemos que el órgano cerebral no sufre transformaciones físicas? La lógica nos forzaría a ver este agente alojado en un sitio interior, sea etereo o en una comunicación constante con el cerebro -la comunicación sería por fuerza eterea, pues el cerebro no posee receptores síquicos y la información presumiblemente enviada a ella no tendría por donde interpretarse-. Básicamente, en un modelo materialista del universo el control mental es insaldable, pues la mente se encuentra alojada en la materia gris, que es frágil y está aislada.

Pero la supresión temporal de la voluntad es un fenómeno literario, la acción misma de leer supone la suspensión de cierta naturaleza del cerébro lector para acoplarse al hecho objetivo que se halla frente a él: la obra. Un escritor intentaría pues, controlar la mente del lector para que se transmute hacia su mismo pensamiento, como si el lenguaje pudiera verdaderamente constituir en sí mismo una mente. Algunos escritores, más pragmáticos, juegan simplemente a influenciar por medio de la sugestión, los cuentistas tienen en el arte de sus palabras, arte para suspender la voluntad del escucha.

Otra evidencia de la voluntad de suprimir la voluntad mostrada por el escritor es para con sus personajes, uno presenta ciertos individuos hipotéticos cuyo destinos y actividades supervisa y controla. Una escuela de escritores más inclinados por la realidad de lo ficcional, admite que el escritor catártico permite que sus personajes lo controlen y él les presta su pluma para comunicar la voz original de cada personaje.

Hemos evitado voluntariamente la cuestión ética del tema en cuestión, primeramente porque la ética de un acto imposible propone un sistema precario que necesitaría ser fundamentado propiamente, luego porque me parece un buen ejemplo a futuro, de una discusión primaria entre la ética y la estética, lo que me lleva a interpelarlo lector a saber: ¿el bello el control mental?

A %d blogueros les gusta esto: