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Obra toda

18 Jul

Siempre he sido, y espero siempre ser en cierto grado, un lector propenso al error. Pero hay errores indeseables y hay otros que no solo se esperan, sino dan esperanza. El error de la ortodoxia es uno que me gustaría evitar, porque me supondría tener un método para abordar cualquier obra, y no solo suena a pedantería sino que es el equivalente a jugar a los dardos con los ojos cerrados. Me dirán que dominar el tiro de flechettes a ciegas requiere maestría, por supuesto que sí, pero la lectura es como tirar la flecha de Guillaume Tell, la parte sorprendente no es el espectáculo, sino el riesgo personal. Sin riesgo personal, ¿cuál error importa? Pues a final de cuentas si la lectura no es propia, si no lo concierne a uno, pues no es lectura todo simplemente. El que viste una lectura critica para venderla no actúa como un verdadero lector, ya sabrá Dios y su prójimo si de veras lee -no nos lancemos en generalidades que sean más torpes que lo estricto necesario-.

Entonces, decía que la experiencia de fallar una lectura, o no fallarla -no es una competencia, leer- sino mejor dicho mediarla por otra, ponerla en duda, reinventarla; esa experiencia es una satisfacción necesaria que debe llegar cada cierto tiempo. Ya saben que soy desertor de los que se agarran de los valores como excusa para no aceptar el cambio. Otra persona así, Ana Montes, me mostró algún objeto que acaso yo banalizaba il y a deja quelque temps. La obra de Ana Montes, fragmentaria y varia, se extiende sobre todo en lo audiovisual, la poesía y algo de teatro. Yo la he presenciado poquísimo. Tal vez precisamente por mi mirada a migajas me hallé un poco empecinado en hallar un hilo conductor del todo, ¿ya ven? Inventarle una identidad al corpus, en eso consiste. Pero nunca antes había tenido la experiencia interpersonal con un autor, un tipo de intercambio que siendo yo principalmente y antes de todo un purista de las letras -habrá notado el lector que llevo cientos de entradas sobre todo teóricas, divagando en distintos temas casi siempre desencarnados-, me llegaba de lo desconocido. ¿Cuánto importa la persona del autor en su obra? Yo le atribuía un falso valor fantasma, en algún momento. Luego visto del otro lado, la obra hacia al autor, fui hallando tal vez relaciones más sustanciales.

Para decir que lo mágico y lo inexplicable si forman parte de la obra. Uno las escupe un poco dada la densidad de su alma, la necesidad de producir algo, de crear. Tienen partes de uno que ni siquiera son de uno, predicen el futuro, son como el sueño de Jung. Me acuerdo que comenté algo sobre la lucidez que sugería Chirbes en una de sus novelas, la lucidez como valor del autor: no ser sincero sino presentir. Creo que esta lucidez puede cómodamente tener algo de autismo, tener un espacio cortado como los agujeros que tenían otros hermanos lectores que eran finalmente, también suicidas. Que el suicidio forma parte también de una lucidez que se nos figura a veces macabra, pero tiene bastante de natural. La obra también es un suicidio simbólico, porque si uno tuviera que bancarse sus obras tal vez se moriría, aunque sea de pena, aunque sea de misterio. Igual no siempre es el caso, lo fundamental es que la obra y el autor, es una relación difícil de simplificar, yo no hubiera entendido esto, la relación a veces no me ha importado gran cosa, pero en mi última novela fui entendiendo que podía ser parte del todo pues, que la relación es parte del mensaje.

Es curioso, por no decir otra cosa. Si les parece evidente, acaso he fallado en expresar mi estupefacción respecto a la significación de todo esto, tal vez necesiten vivir ustedes mismos la experiencia. En sí ver el futuro no me sorprende ni me intimida, la profecía y los oráculos son uno de los primeros géneros literarios del alma humana. Ana ha obrado tal vez en la psicohistoria de Asimov por tanto trabajar en los géneros populares, o simplemente los astros y Jung le han permitido traspasar ese velo que divide la adivinación fraudulenta de la verdadera predicción. Esta característica a nivel personal tiene poco o acaso nada de artístico, como las señoras que controlan a sus hijos con la mente ¿no? Pero es elocuente sobre lo que puede ser nuestra alma. Es forzosamente otra posibilidad de leer, un objeto que nos aproxima al gesto místico y a la verdadera lucidez, como de los escritores suicidas o moribundos. La obra total tiene algo que escapa a la explicación racional, y esto no pocas veces es la muerte. Ignoro si vale la pena hacer obras totales, pero si me experiencia puede comprobar su existencia, y si el lector es tan generoso que me puede creer por palabra lo que le estoy relatando ¿no es esto una revolución suficiente en la forma de leer? ¿no escapa en cierto modo a la ortodoxia del escépticismo como valor primero de la posición crítica?

Me lleva a pensar que errar es sagrado.

Serie de preguntas

10 Jul

El cuestionario o test es un género sumamente popular que supone el uso rudimentario de la estadística para cierto fin, que regularmente resulta imposible calificar con estadística. Su dimensión es lúdica y colorida, debemos pensarlo como un valor estético antes de preguntarse si tiene resultado, o si los resultados que tiene son pertinentes. Ya por ésto debería bastar para llamarlo literatura.

Es interesante notar que el cuestionario es un género basado en la crónica, entiéndase, que se liga al tiempo en el que es efectuado. Lo que no impide por supuesto tratar ciertos valores existenciales por medio de esto, y estos pueden ser siempre alterados por otro test aplicado a futuro. En esto si se parece a la estadística, existe un márgen de error o rectificación que depende de la información. Gracias a esta característica temporal el cuestionario habita las revistas mensuales y semi mensuales, además del medio escrito temporal por excelencia: internet.

Además ayuda la dimensión lírica que muchos de estos textos sugieren. Recordemos que a la suerte de las novelas interactivas un cuestionario siempre exige la respuesta directa del lector en parámetros controlados, y se vuelve practicamente una entrevista auto aplicada. Un placebo para los hipocondriacos de la intimidad. Lo que es genial cuando la práctica del internet tiene mucho que ver con mirar detenidamente el propio ombligo, aunque admito que las capacidades estéticas del género superan por mucho esta práctica casual. Muchos cuentistas experimentados se han adentrado en este género, casi siempre recurriendo al humor. La narrativa parece haber absorbido toda esta dimensión popular del cuestionario para volverlo casi un género de humor, incluso los comediantes hacen uso de este.

Sin duda la poesía se ha apropiado de esta forma con objetivos menos bromistas. Un mínimo de lucidez revela hasta que punto el propósito lírico del cuestionario es una tragedia: por medio de preguntas consecutivas se va revelando una faceta presuntamente oculta de uno mismo, con una suerte de narrativa propia que hace que conforme uno se aproxima al final la cuestión se establece de una manera sólida y que el lector ya puede preveer. Pero también tiene algo de verdad dialógica, porque si bien los interrogatorios regulares suponen al menos dos personas el cuestionario sucede en un momento, y solo uno lo ejecuta. Encontramos en este interrogarse una búsqueda de la verdad, una consecuente formación de las condiciones propicias para lo cierto. Muy filosóficamente hemos deshebrado un universo y lo hemos reconstituído en un grupo de formulas mágicas que lo definen y que el joven alquimista debe sortear por sí mismo persiguiendo acaso finales diversos.

Y hablando del final del cuestionario, muchas veces parece la moral de un fabulista. Se ha establecido una circunstancia, se ha narrado su proceso fundador que atina en ser una suerte de mitología ficticia de su propia cuestión, y finalmente llega un veredicto totalizante que intenta responder a lo que el aventurero busca al emprender su viaje. No todos los cuestionarios buscan ser igual de aleccionadores, mas proponer un resultado presupone determinada comparación, y finalmente se deriva entre la condenación y la distribución metódica de premios para cada persona. Varios tests tienen este modo, como aquellos que asemejan al lector a determinado arquetipo, personaje u oficio; simplemente se expresa por ellos la idea de la variedad, definida de antemano y necesaria para que el cuestionario mismo pueda ser compuesto. Es una suerte de engaño: diríamos que las preguntas forman el resultado final del cuestionario, mas la mayoría del tiempo estos resultados existen a priori y hay que llegar hasta ellos por algún camino. Son finalmente métodos de escritura, todo cuestionario presupone no solo determinada narrativa sino cierta dinámica de la creación literaria que es la producción de principios parciales y de finales. Todo cuestionario es en realidad antología de cuentos.

Seguramente la compulsión inmediata de algunos lectores será: quiero un cuestionario literario. Mi intención inicial era en efecto, armar un cuestionario directo sobre la escritura, solo que ya ven que me extendí de lo que debía ser un párrafo introductorio a toda una explicación genérica. Me disculpo por esta reacción, suelo tener este ánimo de completud de vez en cuando y me dejo ir en este blog. El punto de cuestión siendo: ¿qué podríamos esperar de un cuestionario literario? ¿no sería una explicitación del tipo de preguntas que cualquier libro nos postula cuando volteamos sus páginas? De hecho ha de poderse emplear de manera ejemplar y lograr un efecto propio muy directo, creo que la interacción con el lector es una variable siempre interesante, tal vez demasiado simplificada en el concepto lírico del test. Pero a su vez, si leemos un cuestionario como si se tratase simplemente de otro cuestionario, ¿no vence esto el propósito de la revolución de sus formas? ¿deberíamos leerlo como a una novela o un poema? ¿no se requiere de antemano una estrategia y una capacidad para abordarlo y hacerlo una experiencia única?

Por algún motivo presiento que es el lector y no el escritor que se encuentra en ese texto. Entonces la ausencia de género definido me desarma, la idea de una pregunta que no presuponga su respuesta supera un poco, me parece, al lenguaje convencional.

Suena árduo, mas lo pensaré, ¿por qué no? Hacer cosas imposibles es parte del trabajo.

Pas propre

19 Jun

Si uno creció en los mismos años que yo, la idea de la propiedad privada le estará anclada en el fondo del alma. Ya decían en la revolución francesa ¿no? Libertad, Igualdad, Fraternidad y Propiedad. Uno tiene lo que tiene ¿no? Este principio inalienable parece violentar un montón de bellos proyectos humanos, y sin embargo es algo fundamental en los animales territoriales que somos, en fin…

Usarlo en la literatura se me hace atróz, normalmente refiero a la poesía primero porque finalmente tenemos un primado de la lírica ante la narración, es la más literaria de las literaturas. Nuestras mejores narraciones no carecen de valor poético, así que uso esta arbitrariedad para justificarme ¿no? -¿necesito justificarme?-.  Por esto mismo digo que en la poesía no tiene sentido la propiedad, porque las palabras aunque muy íntimas y todo, jamás serán del poeta. No hay poeta. El que lee la poesía, en voz alta o para sí, se transmuta en la figura poética, en el verdadero ente divino que los que consacraron esta actividad concebían. La palabra de otro te vuelve el otro, la palabra de nadie te magnifica a un vacío inhumano/sobre humano. Trucos de lenguaje, el nadie que es más que cualquiera aunque no más que todos. ¿Raro? Sí, ¿propicio a la posesión? Solo si se trata de la demoniaca o la divina, aquella donde uno es de alguien y no tiene cosas propias.

Ahora, usted me escucha y si por inocencia se inclina a creerme ciegamente -no lo recomiendo, entre mis votos de pobreza intelectual se encuentra la necesidad de mentir, el engaño y la procastinación-, me preparo a completar mi posición. A usted se le hace que un texto le pertenece a alguien, no le faltará la noción fantasma de la propiedad intelectual, un valor legal que brindamos a los culturadores para que mueran menos de hambre. Es parte del discurso y el recurso legal, que tiene su poesía según algunos, pero que hoy no reivindicaremos. ¿Es una verdadera propiedad? ¿se supone que las ideas y las palabras pertenecen a alguien? Nos hallamos sobre todo en la convivencia y la convención, nada trascendente que ver, ni necesariamente cierto. Yo robo los libros de Paulo Coehlo, pero no su ingenio*. La protección legal está ahí para no generar abusos y mentiras que puedan ternir la imagen del susodicho o susodichos. Para que alguien sin mérito no plagie los títulos válidos de un artista más dedicado.

Entonces le decía que no hay verdad efectiva en esta propiedad poética, pero que hay un perjuicio para aquel que “se apropia” de las palabras de otro, se considera una literatura inferior, cuando no un plagio deshonesto. Y tenemos géneros como los ensayos y otros que viven de transformar la palabra, pero no de imitarla, nuestra experiencia adulta nos exige la fantasmagórica originalidad para no caer en las limitaciones interpersonales. Si usted admite que leer un libro más o menos copiado tiene algo de fraudulento es porque nació hace pocas generaciones y esta idea de propiedad privada ya se ha plantado en su mente. No esta listo para hacer revoluciones más agresivamente concebidas que la francesa, se halla usted en el historicismo puro, es un hombre de su tiempo.

No me voy a meter en debates legales sobre el internet, pues finalmente todo esto es un asunto de convencionalidad y de saber vivir entre congéneres, y no pretende la verdad. A mí me gusta pretender la verdad aunque sea a través de la mentira, y revindico el valor profundamente poético y necesario de la imitación y el plagio. No voy a llamarlo con un nombre de mas virtud, el plagio es una palabra que comunica a mi parecer la idea necesaria.

Quiero hacer una antología con poemas míos y de otros, mitad y mitad si se puede, finalmente hablará mucho más de mi poética personal que cualquier ejemplo que contenga solo frases propias. La poesía se constituye de palabras ajenas, la propiedad en ella es impostura. Claro, esto no se puede vender, pero no veo una multitud de vates que escriban por la plata (para eso es la novela, como diría Bolaño). Siento que la pequeña transgresión es todo menos inútil, pero me temo que imponga una dificultad de comprensión: ¿falsa intertextualidad? ¿deben entenderse afinidades de un texto a otro? ¿sería tan confuso como proferir poemas en diversos idiomas y alienar por fuerza un lector? No es ciertamente mi primera preocupación, mas la mencione en caso de que mi divagación le sugiera a alguien un proyecto genuino. Me encantaría leer un poemario así, libre de la identidad y llena de la personalidad.

Vaya ahora que lo pienso estoy abogando por algo más individualista que lo que ya existe. Borrar al otro.

A veces soy atróz.

*- ¿Debe leer demasiado en la personalidad que he elegido como ejemplo? ¿no puede suponerme inocente? Que lector tan malicioso es usted.

La literatura y sus precursores

26 Sep

Me quedaba pendiente decir que los generos literarios son importantes porque de ellos nace la lectura. No todas las lecturas -no hay que confundirse-, pues para concebir tales arbitrariedades no bastaría contar con todos los generos literarios, sino además con todos los géneros vitales. Hablamos de la lectura como una manera de mirar, una consideración: todos los artes producen lecturas.

En el caso de la pintura creo que se puede ser más explícito. El cubismo puede ser considerado como una forma de mirar, no ver los objetos como lucen, sino como son. Encontrar el objeto escondido que está finalmente en el mismo objeto. La consideración no es extravagante si uno considera que nuestro cerebro reproduce esa misma tarea a cada momento: Cécile sabe que tiene las uñas pintadas sin verlas, pues las ha pintado previamente. Esto funciona a nivel subconsciente: Cécile no se muerde las uñas si se puso barniz coloreado, pero si el barniz es transparente puede morderlas, pues aunque no las vea, no las ve pintadas. El impresionismo también es simplemente volver a mirar, pues si sus imágenes se componen solo por manchas fragmentarias de luz, es porque las imágenes efectivamente son así. Estas maneras de mirar son enteramente legítimas, pero en el arte no son irreflexivas.

La literatura, basada en abstracciones semánticas, es una manera de mirar en sentido figurado, o sea, de cierto punto de vista es un punto de vista. El objeto a considerar no sería la vista sino el discurso, lo cual es amplio si consideramos que es tan natural concebir argumentalmente el mundo, como hacerlo con la vista. Podemos decir que el hombre, más que un animal visual es un animal imaginatendiente. Que nuestra interacción con el universo en la imagenación. Y como los medios tecnológicos y materiales apenas permitieron el cine el siglo pasado, la escritura es preminentemente la manera de aproximarse a esas lecturas.

Ahora, si el cine no terminó por enterrar a la literatura, no es solo por las limitaciones materiales, sino además porque la literatura ya es un género. Uno puede sospechar pues, que es posible leer la vida a través de la literatura, igual con otros objetos ficticios -ver la literatura comparada-. Pero por supuesto, los géneros literarios son también maneras de leer, son limitadas comprensiones.

Ponemos el ejemplo de las comedias de Lope de Vega. Decimos que la comedia de por sí es un género, pero leyendo la cuantiosa obra de Lope, uno puede encontrar cuales de entre sus 400 obras son las más “lopezcas”. El género de Lope es el grado común entre sus obras, otras reglas seguiría su poesía. ¿No podemos juzgar que las obras de teatro que hizo Cervantes son también novelas lopezcas? Sabemos que son contemporáneos, y que sus influencias son similares, podemos tratar de evaluar a uno con respecto al otro. Por supuesto, caeremos en la conclusión de que muchas obras de Cervantes son menos lopezcas que las de Lope. Entonces tenemos un género.

Para que lo sepan, esto pasó en la vida real, Lope fue tan exitoso que la gente que leía las obras de Cervantes, no las hubiera juzgado “suficientemente lopezcas”, del mismo modo que el teatro tardío de Lope no fue visto “suficientemente calderoniano”, por seguir en los ejemplos de lo clásico español. Una obra literaria produce lecturas y (re)produce géneros. Por eso siempre volvemos al género aunque pretendamos haberlo superado: el lector inevitable, regresa a la lectura.

Otro ejemplo sería (¿de Piglia? entre la mudanza no tengo el tiempo ni el gusto de verificar la fuente) el género de detectives. Se sugiere leer a Shakespeare como una obra de detectives y no como una tragedia, ¿quién es el sospechoso en la obra de Macbeth? ¿quién saca ventaja del crimen? No el asesino ciertamente. Si uno puede releer una tragedia como policial, o un policial como tragedia, es que ambos han producido lecturas que aún siguen con nosotros y son moneda de intercambio en las ideas. Kafka creó a sus precursores, porque ahora podemos leer varios textos usando a Kafka como una llave, como un método. Considerando a Kafka.

Entonces cuando se discuta de la contaminación de los géneros, o la degeneración de estos, uno debe recordar que son nuestras guías de acceso al saber, al sentir. La literatura siempre ha sido marginal, en parte porque no es inmediatamente accesible. Para volver a un ejemplo del cine, mucho de lo que pertenece a la película experimental puede considerarse como otra entrada de acceso a la experiencia casual del espectador, ya no como una simple reproducción de las fórmulas existentes, sino como una renovación, ver el cine como una legítima novedad. Algunas de estas películas por fuerza dificultan su acceso a cualquier público.

El género es pues, experiencia, memoria, es el conocimiento que antecede y funda la lectura. El vocablo no es génesis por ser un principio, sino por ser un orígen del conocimiento. Uno no elíge el género que utiliza al escribir/leer: ese nos elige a nosotros.

Viajeros

2 Sep

La ciencia ficción es un arte figurativa, donde las formas son remedos aparentes de las leyes de la ciencia. Para entenderla hay que aceptar que la ciencia contiene un valor estético y que no hay una ciencia ficción sino muchas. Es, en cierta medida, un género que tiene como premisa el ingenio. Por sí misma la estética científica carece de varios elementos que permitan su fácil narración, la tenemos como una forma de lenguaje abstracto y su transposición con la realidad nos es en términos analógico-simbólicos. Probablemente por esto se le excluye con frecuencia de la alta literatura, una transformación lenguage-realidad-lenguage no carece de su complejidad, pues sacrificará muchos elementos para mantenerse consistente con el espíritu del texto original. Tristemente, este tipo de esfuerzos no son justipreciados por los criticos literarios en general, que solo admiten a la ciencia ficción como una cierta alegoría.

No pensaba partir en una divagación sobre este género, cuya presencia es mucho más significativa -acaso por las razones ya mencionadas- en el cine o en la historieta. Entiendo que la literatura puede incluirla remitiendo a fórmulas visuales. Sin embargo, mi intención original era utilizar uno de sus típicos temas para expresar una voluntad fundamentalmente literaria: el viaje en el tiempo.

Creo que toda historia sobre viaje temporal es en el fondo una literatura sobre la literatura. Hay un paralelísmo directo: el tiempo de lectura no es el de la vida, el abrir y cerrar un libro transporta de inmediato a tiempos y espacios dispares, alternos. Este viaje en el tiempo, que es a su vez la capacidad de paralizar el tiempo, no es verdaderamente solo eso. Nuestro tiempo también la afecta. Si yo paro de leer Tom Sawyer y regreso seis años después ya el tiempo de la novela, ese tiempo a marcapáginas, no se detuvo. La lectura de deforma, se diluye y se renueva. O sea que no solo el tiempo de la novela, sino también el tiempo de la literatura se desdobla. Leer es viajar en el tiempo.

Esto explica, entre otras cosas, que acólitos de la lectura como Borges le den un papel central a las teorías sobre el tiempo, también explica que no requieran mayor elucidación. En todo caso, no habría que reducir las historias de viaje temporal a simples reflexiones literarias, pero por medio de estas historias esclarecemos la literatura.

Una paradoja temporal clásica es el futuro que genera su propio pasado, el típico viajero que viaja al pasado y que pensando cambiar la historia, la crea. Nuestros juicios lectores ya han ejercido este tipo de transformación al desenterrar en su vida personal, o en la historia, algún autor obscuro. Porque es, si se ve correctamente, la recreación del pasado por una acción futura, con una redefinción de lo antiguo por el pos de lo moderno. Kafka crea a sus precursores, Shakespeare no era Shakespeare en la era victoriana. Igualmente se podría pues, viajar al pasado y destruir algo que ha existido alterando el futuro, no solo por el ejemplo de las destrucciones y reconstrucciones históricas que más de un gobierno ha intentado de efectuar, pero se podría hallar por ejemplo, en la muerte de un servidor informático que consume un escrito virtual. Un buen golpe a WordPress borraría este blog de la historia.

Los futuros alternativos se juegan a cada momento y a cada descubrimiento de un nuevo autor. Aunque su texto exista solo lo concebimos en su potencialidad de lecturas, en su variedad interna. Incluso tenemos una tendencia a temer a esta variedad casi prohibiendo la extensión explícita de historias ya existentes -nos parecería terrible reproducir y continuar las obras de Dostoievski-. Además existe la simultaneidad y la ausencia del tiempo, pues cuando se lee un libro se leen aquellos que ya se han leído, al punto que el pasado convive con el futuro de una manera inteligible. La inmortalidad misma está enteramente problematizada en el texto, cuya longevidad amenaza con sobrevivir a todos sus seres queridos, incluso -o especialmente- al autor.

Leer un libro que hemos cursado es como reencontrarse en el tiempo, hallarse a sí mismo suspendido e interactuar con esa figura imperceptiblemente, nuestra memoria es finalmente, esta suerte de viajes en el tiempo que suceden en uno mismo y que el lenguaje, pese a su inadecuación, no puede evitar tratar de describir.

Pero aún más que la literatura, me parece que el teatro es un viajero en el tiempo mayor. Dígamos que el escenario es el tiempo, y en ninguna parte el espacio y la acción nos parecen tan fugaces y efectivamente predeterminados, ¿el actor se vuelve alguien verdaderamente o solo el tiempo nos confunde dicha verdad? ¿el espectador deja de ser o no al reducirse a ser espectador?

Nos vemos un mañana.

Femme

5 Jul

Es interesante notar a veces las implicaciones que algunas frases que usamos. El ejercicio*, efectuado de un modo correcto, es una guía del pensamiento, pues incluso el lenguaje, tan dado a limitar nuestras ideas, puede saber multiplicarlas.

Yo pensaba en esta frase hecha que utilizamos, la que refiere al “lado femenino”, que ya de por sí se nos vuelve turbia lanzando la noción de feminidad. Soy un abogado de las frases que causan problemas, de la noción de que la limpieza en el lenguaje es una afrenta para el lenguaje, y que nuestro peor error ha sido pensar que se puede decir algo objetivamente. Estoy, naturalmente, mintiendo, pero es parte del funcionamiento de este blog. Por otro lado hay palabras que llevan su dominio más allá del mero sentido y que llegan a construir en ellas sistemas complejos de significado que actualmente atemorizan a quien las menciona. A mi parecer, también estas palabras intimidadoras, las que no deben ser dicha, son mas parte del problema que de la solución. No requerimos vacas sagradas**.

Y si menciono esto, es que lo femenino forma parte de estas palabras terribles.

Porque en una cultura del humanismo se desea que lo femenino remita a lo humano, he de pensar que el vocablo remitirá a la mujer, en vez de la hembra animal o a un género de discurso. Ser femenino es asimilar la figura cultural y arquetípica de la mujer, lo cual poner problemas en tantos términos que ni siquiera da risa. Ahora, hablamos antes del racismo***,explicando cómo las palabras dogma pretenden darse por entendidas, cuando en realidad solo se trata de un método para evitar la interrogación. La experiencia de un lenguaje que no entendemos, o que entendemos sin poder argumentarlo razonablemente, nos desequilibra. Entonces, tenemos este objeto abstracto que todos saben que es pero nadie puede decir qué, ¿en tal caso podemos decir que es real?

**-Soy de la opinion de que lo sagrado hace más falta en la vida del hombre de lo que la modernidad le da crédito, mas no doy la espalda a los múltiples problema que proceden del dogma. Hay una parte de lo sacro que proviene de la voluntad de inspiración y explicitación de los objetos del mundo, en ello logramos entender las cosas como más que palabras o experiencias olvidables, este volver a poner en juego un determinado número de lugares e instantes es sumamente valioso. La parte del dogma en lo sacro es en realidad algo que nunca hemos abandonado y que más o menos convive con nuestras constumbres diariamente. No es el dogma que quiero ganar en el argumento lanzado.

De entrada se sabe que la feminidad no es universal. Ser una mujer parece ser un estado que se expresa por mucho más que tan solo abordar el estado de “ser hembra”, ser femenina precisa exactamente enriquecer el animal mujer con una cama de decoraciones o ausencias que la transformen en el “ente social-humano mujer” -siguiendo la detestable tradición que separa el estado humano y el animal. Ahora, si la feminidad consiste no en la dimensión de distinción alcanzada, sino en la constatación de dicha búsqueda, entonces estamos más cerca de la universalidad, mas nos alejamos de lo estrictamente femenino. No es arduo notar que el varón, dominante en la mayoría de las sociedades que aún hoy sobreviven, también ha gozado de un montón de ritos que lo vuelven varonil. Ha oposición entre lo femenino y lo masculino, solo que no es una anulación de facto como si se tratase de la negación matemática, es tan solo un modelo cultural.

Hago un escalón para lograr entender la feminidad en su contexto social, refiriendo al objeto ya largamente desarrollado que definimos como la edad adulta. La adultez escapa a la definición biológica, es una función cultural. Se entiende que el adulto es el varón ampliamente adaptado a su ambiente social, en el mismo sentido, la entidad asimilada y femenina cumple la misma función. Podríamos decir, pues, que lo femenino es aquella hembra plenamente aceptada por el canon social que busca representar -como el adulto trabajador busca ser representante de la modernidad-, de esta manera permitimos igualmente que la burka y el vestido de noche convivan en ese espacio que podemos proponer femenino.

*-Se trata de un ejemplo de lo subjetivo actuando, encontrarse con la palabra y buscar en ella algo que no exude de su literalidad se extiende hacia su literaturidad. El ejercicio es una lectura.

Aunque este trato utilitario no va a resolver nuestro…

Pagina dibujada

28 Jun

Ahora que reflexiono sobre la ilustración es sospechoso que guste especialmente a los niños, o más bien, que deje de gustarnos envejecidos reconociendo el impacto visual que poseen. ¿Por qué no aceptar la imagen como una herramienta de entendimiento al nivel de la palabra? ¿por qué se reduce la ilustración a los libros infantiles?

Sobre esta cuestión de la edad, hay que recordar lo paradigmático de los libros infantiles, el hecho de que no son niños sino adultos que los conciben. Si uno mantuviera la mentalidad de un infante, los libros como los conocemos no existirían. Muchos empleos de la imagen se quieren como una variante pedagógica de la información, mas se quiere siempre que funcione como una introducción al texto. El arte, en sí, no pareciera tampoco responder al mismo afan que las ilustraciones tienen en los libros mencionados, pues las estéticas adultas son enteramente distintas a las ahí mostradas.

Mi deducción -bruta- es considerar que el niño emplea la imagen con una finalidad distinta y prácticamente opuesta a la que el arte de la pintura encarna. Por varias razones no vale la pena intentar concretar el argumento, mas la hipótesis sería que para el niño el objeto es una manera de enteder -supercede al lenguaje-, mientras que para el arte es un objeto-en-sí-mismo o una experiencia. Estoy bastante seguro de que aún entonces, la visión infantil no excluye las espectativas puestas por el arte, sino que sencillamente no las favorece. Mi conclusión sería, que la visión infantil por ser múltiple es más rica, y por esto permite al niño gustar de la ilustración.

Históricamente, el vínculo estrecho entre la imagen y la palabra han sido los conceptos de símbolo y ornamento. Una ilustración podía integrarse a un relato para aumentar su valor de objeto -libro- y embellecerlo de tal manera de que la posesión de este fuese más grata. Entendemos que conforme la producción en masa ha ido dominando los medios de producción menos visiones artesanales del libro y la imagen ha podido constituirse. En este sentido la ilustración no distaría de la caligrafía, que aún en nuestra visión parcial del libro, propone un cierto valor añadido y estético que podemos intuir.

La función símbolo es un tanto más problemática, sugiere en realidad, una sustitución analógica de un objeto por otro, mas no se trata de una función de lenguaje. Digo que no se constituye como un lenguaje pues carece de un poder de auto-referencia, el símbolo envía a un objeto pero el conjunto de ilustraciones no envían a la totalidad del libro, son un apartado, son símbolos adjuntos y no símbolos íntegros del texto en sí. Tal vez encontremos como excepción textos esencialmente antiguos como se puede tratar de la biblia, que si uno se lo permite, puede ser leída como una colección de imágenes que refieren a un objeto de fe, y a su vez constituyen juntas la totalidad del relato enunciado. La función simbólica de la imagen pues, no parece concretarse en los textos de ficción, pues su manera de conjugarse resulta incapaz de dar cuenta de dicho valor analógico que inclina al lenguaje.

Podría sin duda, tenerse alguna edición de tal o cual texto conocido -digamos la Comedia-, que recorriendo con ilustraciones toda la narración, imitara la forma simbólica que mencioné arriba, en la cual la totalidad de imágenes remite a todo el texto, como cada imagen es símbolo de un valor abstracto. Intuyo que aún en este caso valiente, nos quedaríamos en la parcialidad del valor visual. Esto tal vez se deba en que el artificio en cuestión consistiría en montar unos cuadros a partir de un texto ya existente, en el rigor de que siempre el texto será anterior a la ilustración. En esta subordinación, me parece, no puede hallarse el valor total de comunicación de la imagen, que ya en otra ocasión, mencionaremos dentro de su función vichiana.

Los libros para niños también contienen ese grado de artificialidad que mencioné en el ejemplo anterior, mas la lectura típicamente niña sobre pasa las espectativas de creación, y supone que la imagen antecede al texto, pues muestra al objeto real que el texto refiere, y dado que el texto se debió recopilar después de los eventos enunciados, la imagen es anterior a él. Este tipo de ficción es empleada por Antoine de Saint-Exupery en su Petit Prince, cuando cuenta la anecdota de los dibujos, entre ellos aquel del la boa que come al elefante. Esa imagen, dentro del contexto de la historia, antecede al relato mismo del encuentro con el principio y remite en la ilustración, la referencia primera al objeto real, superando la relevancia del texto.

Lo que no quiere decir que la imagen deba luchar tan solo por recuperar su calidad de discurso dentro de los libros, podríamos también querer, por ejemplo, que el texto recupere su calidad de imagen. En cierto sentido, los caligramas de Apollinaire persiguen estos efectos. Y se le ocurrirán a usted, otras transgresiones acaso más reales.

Desreducciones y redobles

22 Jun

Cuando nos podemos dramáticos y nos agarramos de la noción cientificista de que se puede reducir el universo para comprenderlo mejor, el relato mismo puede ser objeto de una desintegración bastante casual.

Destruir los relatos es útil y divertido para el autor, se me figura como mi tío Químico desarmando una radio para entender como funciona, sin interrogarse del todo si puede rearmarla ya entrado en gastos. Es más fácil sondar un texto con una lectura superficial que destruirlo, especialmente cuando descubrimos la riqueza y elegancia con la que se puede abordar este proceso de absoluta destrucción. Y no, no hay una sola manera de desarmar un texto, de ahí que el reduccionismo termine por ser pobre como herramienta literaria, pese al principio interesante que puede lanzar.

Una cosa interesante que obtenemos de la disección de un texto es su fragmentación. Al menos a mí me parece un proceso bastante discreto, una de las especialidades que se fraguan en el oficio literario. Una novela, dicen algunos maestros, no es sino una secuencia de cuentos que se ordenan de específica manera para servir a un sentido común. Muchas colecciones de relatos populares funcionan de manera análoga y un tanto literal, se tiene un ciclo que reúne varios cuentos que se presuponen ejemplares y de ahí se parte.

La novela, como género largo, funciona ocultando dicha taxonomía. La reunión entre Mme. de Renal y Julian Sorel es, propiamente, un relato; que puede funcionar separado de la relación con Mlle. de la Mole, o la vida de Julian en casa de su padre. Dentro de la lógica del realismo balzaciano tenemos esta misma idea de distancia, se conforma la sociedad por observaciones separadas y puntuales de la vida, y luego se documentan juntas constituyendo con ellas una secuencia que algo busca ilustrar. Este pega y corta es un funcionamiento básico de la narrativa, uno pega y corta verbos, adjetivos, sujetos, secuencias, escenas, descripciones, acciones, elipses y colecciones generales de palabras. Uno puede conectar su texto con textos que ni siquiera están presentes, uno se halla realmente en esta lógica de hacer collages a base de cuentos.

Lo interesante de la función taxonómica de estos minirelatos, no es exactamente la manera en que los organizamos -estos modos existen en muchas teorías literarias, los topos literarios refieren a relatos tipo en modelos clásicos-, sino la discreción con que se constituyen. A veces la tarea es literal, se me ocurre por ejemplo, la constitución de la Kalevala. Otras veces existe este estado de hibridación, el caso por ejemplo de Hombres de Maíz. Casi siempre el novelista trabaja con un número de escenas sueltas que pueden haberse escrito en desorden ya con una intención de liarlas de tal o cual manera, otras veces su constitución es posterior a planear concretamente el modo de su creación. De nuevo, no nos interesa como una función estrictamente constructora, sino también del cómo se refleja esta taxonomía, evidente o disimulada, frente a una potencial lectura.

Cortázar va a explorar en la narrativa con la falta de cohesión entre las partes, no será sin duda, ni el primero ni el más importante, aunque sus propósitos consigan sin duda algún éxito. No puede abordarse este dilema de cohesión simplemente pensando en la cronología y la comprehensión, sino literalmente interrogándose en cómo funciona cada escena como si se tratase de una narración propia. En la novela suele tratarse de unidades casi sin sentido, pero ojo, autores de categoría como Kafka hacen de sus episodios complejas imágenes con verdadera autonomía. La falta de sentido tampoco es por sí misma una pobreza, recordemos que el texto es fundamentalmente la forma que toma, entonces si un texto solo tiene sentido en su completud y en sí mismo, cuando sus partes están vacías de autonomía hay que admitir que se ha logrado un enorme triunfo económico. Quiero decir: Si se requiere cada parte del texto junto a las demás para lograr un sentido, estamos diciendo exactamente cuántas palabras se requiere decir para lograr esa historia. Sigue siendo acción de algún mérito.

Esta atención a la fracción es especialmente evidente en géneros limitados como el microcuento, aquel donde se persigue un mayor sentido por unidad, o una función total del conjunto para lograr la economía. Nada tampoco prohibe transgredir la noción de sentido, si esto se realiza de manera elegante -es difícil para mi encontrar un adjetivo adecuado para este vacío de sentido, conviene decir que suele lograrse en la poesía, pues no tener un sentido suele remitir a tener cualquier número de sentidos-. Cualquier trabajo que se hace al total, puede efectuarse en la unidad y viceversa.

La limitante de estas divisiones taxonómicas se halla en la multitud, en efectivamente combinar las anteriores opciones en algún modo que las conjugue o las excluya alternativa o definitivamente. Tampoco estamos limitados a mirar el valor del sentido, habiendo tantos otros observables. La reflexión, naturalmente, se las dejo de tarea.

Desentendido

17 Jun

A uno como autor a veces le interesan cosas absurdas como la hegemonía de su lengua. Insisto, es casi risible viniendo de un escritor en español que tiene varias audiencias cautivas, incluyendo parte de la población de Estados Unidos, nosotros no tenemos tanto miedo. Mas me interrogo igual, de esta preminencia, de la interrogante que nos viene al concebir un trabajo en idioma original.

Incluso si yo fuese un autor realmente minoritario la hegemonía de la lengua no es una tragedia, mientras uno viva y la maneje, su permanencia está asegurada y después, uno está muerto así que no importa. Aunque bueno, muchos literatos son románticos, probablemente habría discusiones acaloradas y opiniones de pasión sobre el patrimonio cultural que cada lengua es. De acuerdo, eso por un lado, no estoy diciendo que las palabras desaparezcan sino que ganen importancia y lugar dentro del mundo moderno.

Típico, mientras más gente lo lea a uno, va a creer que escribe mejor. Con esta mentalidad nadie escribiría blogs o poesía gente, la lectura es bastante más que un consenso cuantitativo entre gente del mismo idioma. Además, el sueño de la hegemonía del lenguaje es menos un objeto personal que la sensación de pertenencia que nuestra lengua misma nos sugiere. Al menos en mí, que excecro el sentimiento nacionalista, siento una genuina admiración por mi lengua*.

Aunque también hay algo del idioma que es un objeto y al que tenemos cerca como un apéndice, un tipo de fuerza cotidiana consoladora de algún modo. Si existiera un providencial planeta con un idioma original, la gente terminaría por hablar distinto, pues la palabra expresa demasiados deseos fundamentales del ser -y a la vez es tan compleja- que no va a desaparecer por fines pragmáticos. El idioma no es tan solo porque es propio ni patrio, simplemente le prestamos una atención particular y nos relacionamos con él. Como cualquier relación importante, esperamos de algún modo su prosperidad a futuro.

O tan solo exteriorizamos la frustración de no entender. Cuando uno es niño se acostumbra a no poder explicarse ni comprender las acciones de los otros, y en eso se nos pasa la infancia, tranquila y del todo zen. Luego encontramos una resistencia, asumimos pesadamente que no hay excusas para que en este mundo de comodidades, la palabra no nos sea accesible; debe simplificarse todo, incluso el habla. Aprovechando esto me gustaría corregir la mal fundada y risible noción de que aprendiendo el inglés uno puede comunicarse con gente por todo el mundo, admitimos que el inglés es abundante, pero no se ha vuelto un pelo más fácil de aprender desde los tiempos antiguos y no podemos comunicarnos sin esa comprensión que tanto no queremos hacer entrar en nuestras cabezas.

*- Claro, tenía que ser escritor.

Entonces una mezcla de amor algo propio e impotencia, bonitas razones para justificar la cultura.  Un apologista de la variedad que soy, asumiría que alguna concesión debe lograrse en vista de que los idiomas agracian el mundo con distintos modos de habla; más rápidamente la modernidad y sus jeans de mezclilla arrojan mis buenos instintos por tierra. Nop, parece que nos estamos quedando en la identificación del hombre con su idioma, y que nos reivindica la capacidad céntrica en que esta identificación nos coloca frente al canon “occidental”.

A menos claro, que cambiaramos nuestra relación tradicional con el lenguaje a algo que va más lejos de la simple comprensión de sentido, y sospecho que el arte puede sugerir un par de maneras de lograrlo. Pensemos en la traducción -forma principal de interacción entre idiomas ante cierto menoscabo canónico-, y que parte de dos paradigmas igualmente considerables, como la traducción literal y la más libre. Este simple sistema que parece un cambio de idiomas básico, no puede sino reconocerse también una visión del idioma como un elemento productor. Pensar que un idioma expresa cierta cosa de tal o cual manera, encontrar maneras ricas de discutir, ya es algo que se acerca al propósito del arte.

Entiendo que José María Arguedas escribió su poesía en quechua, pues consideraba que la importancia de la oralidad en la cultura andina era muchísimo más central que en la propiamente “peruana”. Redefinir la manera de usar la palabra, de ver el propio idioma. Yo creo que lo que trabaja Arguedas no es sino consecuencia inevitable de ser políglota, hay un principio fundamental que te sugiere el empleo distinto de un idioma y otro, entiéndase, considerar cierta excepcionalidad al objeto más allá de su valor puramente discursivo.

Luego, he oído frecuentemente esta pregunta: ¿Piensas en español o en francés?

Leve como puede parecer, creo que dicha interrogante permite algún sentimiento poético y no pocas reflexiones.

Al explorar la idea de…

29 Abr

Al explorar la idea de cualquier legitimidad, uno debe reconocer la razón fundante de este valor. Que se requiera legitimidad, es algo que cualquiera acepta aunque el objeto legitimador no sea sino una patraña. Si uno no se interroga el por qué, probablemente no pueda tomar en serio su propia interpretación de este asunto.

El problema de la legitimidad debe enunciarse antes que nada como una paradoja: Para conocer el universo debemos creer en el discurso de otros y la experiencia que proponen, para que el universo sea consistente, no podemos creer cualquier cosa que sea dicha. Para colmo existe la ambigüedad, que no nos simplificará el asunto, mas como de costumbre en este blog, sobre entenderemos que la ambigüedad en el asunto es voluntaria, y la ignoraremos.

Entonces, para resolver este dilema sobre el conocimiento -cualquier conocimiento, especialmente el más banal-,  se aglutina un cuerpo de información con alguna consistencia interna, un grupo de palabras e ideas que en realidad nunca estamos vigilando pero tácitamente admitimos en lo cotidiano. Digo bien que se aglutina, pues cualquier ilusión de órden en el asunto es precisamente, tan solo una ilusión. Luego se sobrepone, en la medida de lo necesario, una ficticia relación entre cada idea. Ahora veo que me estoy saliendo por abstracto, trataré mejor algún ejemplo.

Cada persona aprende una lengua como se le presenta en la vida, los inmigrantes como inmigrantes, los naturales como tales y los mudos con los dedos. El proceso de la gramática está impreso en nuestros cerebros, cambiar de orden y tono las frases para alterar sus sentidos, nos viene y nos va como si la transformación tuviera sentido propio. No obstante, cualquier sonido y cualquier sentido se presenta arbitrario al aprendizaje, uno lo aprende tristemente de a uno a la vez.

Entonces, esta manera rústica de aprender, responde precisamente al hecho de que nos colocamos en lo arbitrario, y lo inventado o se sabe o se reinventa. Yo puedo aprender mal una palabra, y que en la vida se me corrija sobre la comprensión que conlleva. Puedo leer mal, puedo interpretar pobremente un concepto, y no es solo algo posible, sino probable. Nuestros conocimientos no se verifican por sí solos. El arte va a tratar incluso, con lo inverificable. Lo que no ha evitado que el hombre trate de regular todos los asuntos estéticos, pues si hay algo que incomoda y confunde a cualquier hombre, es lo desconocido.

Un ejemplo interesante sería del lenguaje, el triste uso de cualquier diccionario. No he visto pocos juegos literarios que sugieren la compañía o herramienta del diccionario para funcionar, si algo se debe saber es que el enorme tomo alfabético, es un elemento de azar. Es también, sin duda, la representación absurda de la legitimidad y lo que en ella esperamos. El diccionario no está fuera de control, tan pesado es que flotar se le niega. Detrás de la pila de papel, debe haber una academia, cuyo poder radica exclusivamente en su legitimidad tácita. Cualquier prueba científica demostrará que el idioma español -por tomar nuestro ejemplo-, no es uno, sino varios. La convención es una ficción elevada al grado de verdad, porque de la legitimización siempre hemos tirado y distinguido verdad y mentira.

De ahí la competencia entre legítimo y verdadero, que resaltamos ya otra vez. Una academia -en el sentido que estoy usando, el cual puede distinguirse del diccionario-, es un grupo dedicado a vigilar las ramas de sentido que cualquier conocimiento aglutinado genera para darse razón. Toda academia persigue mantener la vigencia de su propia ortodoxia, aunque con el tiempo traicione sus principios. En este sentido, la academia se reinventa, como el lenguaje; mira hacia atrás y redefine los sistemas a su conveniencia, en la medida que su objeto lo permita. Este tipo de academias, cuando rige un objeto como el lenguaje, afecta directamente la manera en que lo concebimos; el espacio del español en este asunto es interesantísimo, porque la “Real Academia”, es un organismo extranjero para muchos países. Hoy en día no diría que hablamos de una imposición, aunque sin duda el idioma alguna vz se nos ha impuesto. El conocimiento no se acopla a la academia, sino la academia al conocimiento. La legitimidad es tradición hereditaria.

La literatura ha peleado por su legitimidad, y las escuelas literarias han sido cicatrices de tales batallas. Aunque el realismo nos parezca normal -aunque la lectura realista se nos ha vuelto una triste costumbre-, no se trata sino de una búsqueda de legitimidad respecto a cierto discurso dominante que el siglo pasado se nos hacía la panacea: El discurso de la ciencia. La literatura, desde la ilustración, ha querido pedir prestadas herramientas científicas, al menos en el afán de sonar oficial y de algún modo merecer el respeto social, que no se diga que los literatos son vagabundos sin quehacer, aunque de esto se trate.

Poner en duda lo que se ha legitimado es una herramienta que le costó caro en ideas al siglo veinte, piense en ella para empezar, antes de abordar un arbitrario.

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