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Rulfo llano

6 Ene

Si mi confesor me dijese que debo rezar seis padres nuestros, y durante esta penitencia me inspiro en la oración para escribir el texto más genial de todos los tiempos, esto no hará que el padre nuestro sea un excelente texto literario. Tampoco implica que sea un texto deplorable, pero mi ejemplo solo señala la insensatez de cierta recrudecencia entre la genealogía literaria que busca establecer poderosos precursores para justificar una literatura más joven que ha crecido admirándolo. Todo para decir que la obra de Juan Rulfo está destinada al seguro olvido, salvo por sus legiones obstinadas que la exhumen como un objeto de estudio academicista.

Podemos tal vez culpar al duro paso de la historia. Imagino que el adolecente mexicano, más versado en el manga, la ropa de marca y los celulares, no responde ni puede identificarse a la realidad escrita por este autor. Probablemente ni siquiera sepan lo que las palabras páramo o llano significan. Y mis desertores arguyirán que esta penosa ausencia de cultura es una decadencia y no implica de modo alguno que la obra de Rulfo adolezca. Ahora, incluso en la época de Rulfo la sociedad era iletrada y la ausencia de cultura moneda de intercambio, pero otro tipo de distancia se ha establecido. Pocos pueden nombrar diez pueblos de menos de 2000 habitantes -sin que sea una cartografía imaginariad de puros nombres-, y que sería más fácil hallar en muchos casos, el nombre de diez actrices pornográficas. Este argumento que nos puede parecer pobre, mas marca ya una distancia real entre la supuesta inmortalidad del prócer y las lecturas que se harán sobre él.

Igualmente podríamos interrogarnos sobre las presuntas cualidades que enviarían a Rulfo a la permanencia de ser un clásico. Una significativa es que la generación del Boom lo ha evocado como una de sus inspiraciones sin jamás implicar una dependencia completa en su obra, y alejándose de sus conceptos y estilos con toda libertad. Ha sido un modelo que han evitado como una plaga, acaso porque a ellos tampoco lograron inspirarse en él del todo. Incluso el mexicano citadino no puede leer el Llano en Llamas sin transportarse a otro sitio por un arte fantástica, le es ajeno y extraño, más que las tragedias de apartamento y los cuentos folclóricos cocidos que novelistas posteriores publicaron. Y esta identificación poco importaría si no se tratase de una obra fundamentalmente vivida. Rulfo no es de ninguna manera un prosista mediocre, pero los hay muchos iguales o mejores con quienes el tiempo ha sido menos piadoso. El gesto es político. Otros escritores latinoamericanos de la marginalidad ya han sufrido el desengaño de los tiempos después de haber sido aplaudidos en Europa, Asturias y Arguedas fueron devaluados hasta lo fundamental, y gracias a ello recobraron la dimensión original que sus obras -imperfectas como son- alcanzan por mérito propio. Para justipreciar a Rulfo se requiere que su obra caiga de gracia de una manera total y deje de pretenderse que es bastión de los prosistas que han de producirse en el siglo actual. Esto no es así, tanto es evidente.

Pensando esta entrada me interrogué sobre quién podría haber denunciado ya la fantasmagoría sobre Rulfo entre los escritores actuales. De inmediato supuse (haga el ejercicio usted mismo y su conclusión probablemente sea la mía) que Cesar Aira sería de dicha opinion. Dicho y hecho: Aira no titubea en juzgar a Rulfo de mediocre. No desarrolla más este argumento, argumentando que es una opinión personal, mas probablemente tenga que ver más con una lucidez de su parte, de saber que justificar un ataque es injustificable y que al final del día el autor debe ensalsar a otros autores y abstenerse de derribarlos. En fin, nada nos impide usarlo como material de reflexión.

Algunos méritos que favorecen la permanencia de Rulfo: su obra es de formato corto y los lectores modernos son impacientes. Para su desgracia el estilo innecesariamente oscuro de Pedro Páramo, así como la impopularidad genérica de las antologías de cuentos trabajan en su contra. Como material histórico-pedagógico este libro continuará una larga serie de lecturas obligadas, pues la genealogía quiere que no haya espacio sin su respectivo autor, y a Rulfo se le tiene por una época. El texto no suscitará las relecturas necesarias que hacen la devoción de esos libros considerados verdaderamente clásicos, sino que será visto como un mero trámite, acaso porque la fama de gran autor continuará buen tiempo después de que la obra haya perdido su importancia -acaso ya está perdida-.

En fin, podría ser peor. Rulfo podría haber escrito siete libros más y terminar por ahogarse con la misma recrudecencia en el olvido, sin el favor piadoso que tienen los devotos lectores por las obras fugaces y apantallantes. En el contexto, un libro más o menos válido no está mal.

Tira y habla

8 Nov

Un idioma es, como la distancia y la experiencia, una manera de abordar el arte. Hablamos, o por lo menos leemos, en español, esto sin duda nos fabrica una manera superficial de relacionarlos con los objetos en el mundo. Hay quien dice que los hispanohablantes tienen una especie de complejo de inferioridad cuando se trata de la razón, como si el idioma mismo los privara de una capacidad fidedigna de reflexionar, cual si dificultara el aprendizaje. Y sin duda le damos demasiada razón a este argumento y demasiada poca forma, se nos ocurre neciamente que el lenguaje es algo dado, que dictar un pensamiento es como escribir.

No voy a arrancarme a discutir historicismos en valde, sobre que el idioma español se nos impuso -asentirá el basco o el coya-, por lo pronto reflexionaré sanamente en lenguaje y cultura, en su problemática dual y que pensamos terrestre cuado pudiera ser acuática. Porque dije bien, el idioma es una manera de abordar el arte, sin limitarme al literario.

Podría sugerirse que no es casual el lugar marginal que se le receta a la historieta dentro del panorama intelectual de latamerica. Existen sus excepciones, los grandes trabajos del género que cada país se reparte a cuenta-gotas y precisamente, sin terminar de fundar escuela en ello. El comic no se considera tanto la expresión ligada a la nación como el esfuerzo fructífero de unos cuantos autores emblemáticos, como Jodorowsky o Quino. En otro lugar, en otro idioma, podemos aceptar que Bélgica haya fundado una escuela de la historieta que no depende ni imita las lecciones de otras grandes culturas de la tira, como Estados Unidos o Japón. Estos tres ejemplos son acaso rigurosos en nuestra acción de recobrar el sentido de la tira dentro de un espacio lingüístico particular, al comprobar de antemano que los respectivos idiomas permiten y fomentan el uso de un término y formato preciso (comic, BD o manga, ciertos atributos genéricos los unen y los separan), mientras que la historieta se encuentra en una posición incómoda en la lengua cervantina, no tiene este peso semántico que suelen contener los objetos representativos y populares, aquellos que generan sinónimos, abreviaciones y analogías múltiples y constantes. Por supuesto, hasta aquí solo estamos comprobando que el lenguaje como hecho cultural imita de cierto modo las características persistentes de la especie artística dominante, con sus carencias y sus prejuicios. Sería una emulación a posteriori. Habemos de recorrer el camino inverso.

Lejos de la tradición occidental, el manga viene de un sitio de expresión en el que no solo la distracción y el humor son legítimos, sino que los temas adultos y el drama pueden tratarse con impiedad. Hay, géneros de comics dramáticos, fantásticos y pornográficos, un mangaka no tiene tan solo un modelo al que referirse. Y no es vano notar que el lenguaje en Japón aumenta la presencia de la imagen, como forma, dentro de cualquier idea. La vista imaginada comunica enteramente, y la palabra escrita no es sino variante de una visión arquetipal. El manga es un estilo artístico válido para un lector de cualquier edad porque la imágen tiene la capacidad de tomar un sitio dentro del circuito de las palabras establecidas, porque ruptura con herramientas semánticas el esquema rígido de símbolo y representación, para enfrentarnos con la noción de experiencia. El saber un idioma nos predispone a estar abiertos a ciertos conflictos y abstracciones que el mundo arguye en pos nuestro. El lenguaje en Japón les ha permitido remitirle a la imágen toda la solemnidad que le es propia y que fuimos perdiendo nosotros, por descuido y por exceso de lo que mencionamos al principio: poner cualquier problema en términos de la razón.

El símbolo aleph, que precede a la creación de nuestra letra “A”, quiere decir toro. Su forma, es literalmente la de una cabeza toril con sus cuernos -se asemeja a nuestra letra actual de cabeza-, y comunicaba a manera de un símbolo original, la presencia divina del rumeante como ente alrededor del cual se fundaban las sociedades agrícolas. A dios lo que es de dios. Si tan solo hubieramos logrado mantener esta simple analogía tal vez nuestra proximidad a lo natural hubiera podido mantenerse, y acaso nuestras prácticas sociales y culturales responderían a ello. El lenguaje, sin embargo, varía con el tiempo, casí siempre se desordena y crea ficciones de sentidos. Nuestro mensaje actual ya se presenta muy opaco, y toda nuestra capacidad de corregirlo es inexistente. Compusimos por esto lenguajes alternativos que nos expresan de cierta manera, que son parte del mismo sistema como es el manga, o es la BD y que representan no solo nuestro raciocinio artístico sino el vigor desesperado por recuperar espacios en que la palabra no ahoga nuestra visión del mundo.

(Acaso el teclado deviera por lo menos tener una textura rugosa sobre él, para poder expresarnos sensiblemente)

No existe una manera de ver lo mismo que acabo de decir, y sería tan inocente como falso pensar que el lenguaje voluntariamente se encajona a sí mismo en callejones sin salida. Así también, creo que el arte latinoamericano es mucho más que una cuestión de invasión y apertura -como solemos usar al hablar de lenguajes-, sino también de conciencia y de (re)creación.

Los dejo que completen lo que sigue de aquí.

Del corazón

30 Ago

En esta era informática es sencillo toparse con declaraciones que se suponen personales pero que llevan el ánimo genérico. Pienso que esto es un fundamento literario que no deja de tener sentido, y que se debe acaso más a la comunicación social de nuestros tiempos, que a una verdadera búsqueda estética. Hablar de algo en general y casi justificable, es un gesto de empatía, es que se reconozca de cierto modo, que bajo el mismo yugo, todos reconocemos a la injusticia, y en ese momento de igualdad de lenguaje, todos nos volvemos uno. El internet está infestado de esos truncos milagros, de un yo que se vuelve todos.

Al hizo un comentario hace poco, que me dije, no puede ser del todo suyo. La cuestión era una reflexión bastante conocida sobre si uno se guía o no por el corazón o la mente, al elegir un amor o un trabajo. El contenido, me parece, no debería ponernos mayor interrogante que el reconocimiento en sí, de que en cierto modo lo reconocemos como truísmo. Sería una reflexión de modelo social, tanto en modo y contenido de lo dicho.

Ahora me interesaré particularmente por el modo, de nuevo, no porque espere generar alguna genuina novedad, sino en el afán de esclarecer algo de este objeto del lenguaje. Primeramente las oposiciones de trabajo/amor y mente/corazón resultan curiosas, pues no se deben a un verdadero antagonismo fundamental, sino que son más bien objetos ligados en nuestro imaginario. El amor representaría la vida personal, mientras que el trabajo sería la enajenación, la desencarnación del objeto personal -se deja de ser individuo y se vuelve adulto-. El amor se supone una suerte de cima del individualismo, como si el mérito de esta capacidad amorosa se encontrara exclusivamente en uno, y no fuera una suerte de reconocimiento social. Del mismo modo, en el trabajo tampoco se encuentra un verdadero yo, sino que voluntariamente se le coloca de un lado. Ambos objetos se reconocen importantes.

Tanto la oposición como la importancia o incluso la existencia de dichos objetos, está encerrada en los términos abstractos manejados por nuestra sociedad. El amor y el trabajo quieren decir cosas muy diferentes para la esposa de un hombre medieval que en su conceptualidad moderna. Lo mismo se puede decir de la oposición de corazón y mente, que desde un objetivismo cientificista no pueden siquiera considerarse objetos separados. La razón y la sentimentalidad proceden de sendos fenómenos mentales que finalmente constituyen un mismo circuito mental íntimamente relacionado, incluso asimilarlos como procesos independientes del cerebro puede presentarse como una falacia. Y entonces reflexiono que por un motivo u otro, el corazón es un objeto brillante para describir esta parte de nuestro imaginario que remite a lo sensorial y que en nuestra época moderna reenvía inevitable a lo emotivo.

La evolución de la palabra corazón es algo interesante, antes de que la mente le robara ese privilegio, el corazón se consideraba el sitio de la memoria y el recuerdo. Una suerte de deducción metafísica debió concluir que todas nuestras sensaciones son memoria, o que sentir es lo más cercano al momento certero de recordar. Entonces este pensamiento animalizado, este reflejo mental -mecanizado como los golpecitos del médico en la rodilla-, se convirtió en un órgano de nuestro cuerpo que bombea sangre precisamente sin pedirnos permiso alguno. Además cuando sentimos alguna congoja tremenda es un sitio entre el pecho y la boca del estómago que nos induce un mareo terrorífico, acaso antes terrorífico por ser mareo que al sentido inverso. Que una sensación remita al sentir tiene algo de elegante.

Lo que se constituye en la crítica de Al no va a ser finalmente muy distinto a lo que estoy haciendo yo, si va a ser un análisis menos centrado en la lengua, mas seguirá cierto rigor crítico del objeto. Reconocer que los conceptos de nuestra sociedad no están empleados a nuestro favor es algo que intuitivamente se sabe, aunque esto no cambie nuestras actitudes. La conclusión sigue estando un poco enmarañada por nuestras redes conceptuales pero es brillante: dosíficar lo que sea de la razón estricta y la sensibilidad, entiéndase, sentir la razón y reflexionar sobre como sentimos. En lo que refiere a nuestros conceptos, el sentir no se considera algo útil para la reflexión, sirven en espacios separados. Sin embargo son objetos que pueden analizarse discretamente el uno al otro, lo que atravesaría a ciencia suerta las fallas que nuestras abstracciones suelen tener.

El último elemento de la ecuación es una suerte de pragmatismo que constituye tal vez el problema mayor de cualquier sistema de sabiduría popular: ¿cómo aplicar lo que se sabe y todo el mundo conoce? ¿cómo ser lo que se quiere ser y no lo que se es? Entiendo que el lenguaje y el análisis no bastan ni nos aproximan a ninguna victoria en este sentido, aparte de una reducida victoria moral. Esta misma visión pragmática de las cosas parece venir a atacar esta crítica que escribo y cualquier otra crítica. ¿Para qué puede servir probablemente saber cuán inútil es la razón? ¿hay otra opción?

Como el totem

13 Jun

Uno de mis intereses al abordar la dualidad hombre-bestia es desmitificar la excepcionalidad del hombre.

Esto nos suena a un propósito arbitrario, desde que el trabajo de los autores trata más de mitificar –contemplar en la densa formulación de un lenguaje que se preste a la imaginación-, que de deshacer algunos mitos. No es tanto así. El lector es un desmitificador, alguien que trata de descubrir la riqueza del lenguaje como el científico la del universo, el lector hace la función desmitificadora sin permanecer inocente en el encanto simple de la palabra. Debe principalmente sentir esa diferencia. Como el escritor es primero y antes que nada, lector; por supuesto que parte de su tarea es borrar el mito.

A lo que me refiero con la excepcionalidad del hombre es en actuar dentro de la dualidad del universo donde existe lo natural y lo artificial, como si esta división fuera algo claro. Muchos argumentos se han armado para concretizar esta división, y no nos interesa. Quiero, por el momento, alzar la hipótesis contraria, de que cualquier animal que tomase el lugar dominante del hombre, sería esencialmente como él, en todas sus relaciones con la naturaleza.

En el dominio de lo artificial tenemos elementos como los nano-materiales, la literatura y los robots; entidades existentes en parte, por la relación dialógica que tenemos en el universo. No voy a suponer que esta relación es esencialmente lo que nos define como raza particular, simplemente señalo que la artificialidad existe de facto, ante todo como consecuencia histórica. Si uno se lo piensa sinceramente, todas las razas animales forman parte de la excepción, no hay dos organismos que por función o carácter sean exactamente iguales. El hombre se concentra en esta diferencia y la emplea dentro de sí, supone que está lo suyo –lo humano-, y lo otro. Este es un proceso dialógico bastante sencillo, y es probable que las razas animales ya lo conciban así –funciona entre otras cosas, para respetar las características sexuales de la propia raza, y reproducirse con los individuos correctos para la perpetuación de la especie, el yo y el otro, existen dentro de un discurso de doble sentido-.

Ya vislumbra el lector que la sicología releva de este descubrimiento del animal. Todos los juicios humanos parecerían partir de reacciones fundamentales que podemos referir a comportamientos animales –el placer, el dolor, el miedo-, en esa instancia, nada de lo que existimos corresponde al dominio de la razón. La razón funciona, para nosotros, como el símbolo que esconde esa relación muda, por medio de una función de lenguaje que nos relaciona con el universo. No hay un nosotros y un ellos distinto en el universo, si no es por un proceso de lenguaje. Para decir que los animales también tienen procesos de lenguaje muy sencillos, y que el idioma no nos formula de manera alguna, la excepcionalidad de este conocimiento.

Lo que llamamos sociedad, incluyendo construcciones como la ley y la moral –que podemos pensar artificios, aunque en realidad deberíamos decir representaciones, pues tienen esta relación simbólica entre el objeto real de nuestra sensación y la convicción verbal de mantenerlo-, están lejos de volvernos bestias excepcionales. La sociedad es inspirada por el instinto. Instinto e inspiración. Si se confunden en el silencio de nuestra naturaleza no verbal, es porque funcionan en un nivel similar. Lo que nos inspira es instintivo, en parte. El artista pues, responde a una necesidad animal particular, a una de comunicar y de transformar por medio del lenguaje, y a su vez, deducir cada proceso del universo. Una parte de la literatura viene de nuestra voluntad de saberlo todo, del conocimiento íntimo de lo que no se puede conocer.

Decía entonces que nuestras instituciones sociales son una forma de actividad animal, como son las abejas. Deleuze sugiere que la literatura es un devenir periférico, una distancia con el lenguaje dominante –el del varón humano, burgués-, que desea transformarse en otra cosa –mujer, animal-. Ahora, si bien Deleuze no se equivoca, me interroga particularmente si acaso pensaba justificar la presencia dominante del hombre en la literatura, contrario a la mujer –o al niño-. Yo justificaría este propósito remitiendo al animal, a la idea de que el varón humano cumple la función de seductor, lo que lo inclina –biológicamente, los perros también son presumidos-, a esta búsqueda de mostrarse de manera exhibicionista, por medio de la palabra. El varón tiende a ser más presumido, desde un carácter instintivo. La ambición de poder del hombre en las sociedades machistas, se explica en buena parte por la biología; el sicólogo no se aleja tampoco de estas relaciones.

Si extraemos al hombre y a la bestia de estas consideraciones excepcionales que hemos construido, de tratar de equivocarnos al enunciar “lo propio del hombre”, generamos dos temas nuevos de discurso –tres, más bien generamos tres-. Aquel del verdadero artificio, lo que el hombre no extrae del mundo, sino que trae al mundo; lo de lo propio animal y natural, de un poder que viene de asumir estas ideas combinadas y más ricas, no solo de lo que somos –animales-, sino de lo que podemos ser –animales dentro de su variedad-; para terminar suponiendo el tercer elemento –lo que no se encuentra en el discurso, lo que queda de lado, como el derecho de las herramientas-.

Lógica positiva

26 May

…tanto en el sentido material como en el espiritual; vamos a presuponer que la experiencia del hombre -aquella de su actividad, vital, laboral y discursiva, la cual asemejamos frecuentemente a la duración de la vida, mas no es tanto así- se figura como una riqueza que caracteriza al adulto. El adulto debe poseer experiencia para abordar sus responsabilidades sociales, suponiendo esta capacidad, la sociedad lo asumirá capaz de encarar los problemas individuales que su exigencia personal le exija. Este rol de ser capaz de dar herencia, es también una espectativa típica que se tiene del adulto y la asimilamos con la noción de padre. Si el adulto no tiene experiencia, es la falta de la-sociedad/los-padres, lo que ciertamnete sitúa la incapacidad de ser adulto, fuera de un valor individual. Entonces no se juzga a nadie personalmente por ser incapaz de desarrollarse como un adulto, pues se asume -desde la era de la sicología-, que el error fundamental viene de afuera. Por lo tanto, si una persona se arruina por consumir, no es su culpa.

¿Cómo puede coincidir esta idea de dejar herencia y proteger con la naturaleza fugaz del consumo*? Se deberá probablemente, a la relación que la sociedad tiene con los objetos materiales, la implicación seudo-lógica que al consumir, se obtiene un bien duradero, que la misma acción de gastar dinero sirve para enriquecerse. El consumismo va a partir de la ilusión de que el dinero es para intercambiarse por bienes, como el trabajo es para ganar plata. Desde la sociedad consumista, el trabajo es visto como una carga y el dinero en sí solo vale en la medida que pueda comprar lujos. Note que hablamos de un nivel de discurso que arteramente ignora las nociones económicas de inversión y acumulación en favor de los gestos exigidos a los “simples mortales”. El dinero es para hacer la vida fácil, el trabajo hace la vida difícil, luego el trabajo hace la vida fácil (con dinero). Nos encontramos en un sistema de paradigmas discursivos que responden a la sensación y no ha la razón, a principios del siglo pasado sería llamado la lógica de las masas.

Lo que hay que entender de estos sistemas discursivos es que trabajan con generalizaciones. Toda la teoría que he enunciado -al remitir a la explicación de qué es un adulto, de qué espera la sociedad de un adulto-, no consiste en una verdadera aplicación práctica en lo cotidiano, sino que se implica por unas reglas que nadie conoce y que se asumen. Ya expliqué alguna vez que el discurso social no es un verdadero discurso -nadie nos lo dice, literalmente-, sino la transformación de una sensación de experiencia a la forma de un discurso. Y entonces estas generalizaciones no puedes obtenerse directamente del individuo, ciudadano, adulto, pues se trata de un género de no-dicho. Esto quiere decir que el adulto no puede comunicar con su sociedad, que el adulto, dentro de la definición social que le corresponde, no posee, como exigencia, la capacidad de efectuar un discurso. El adulto sigue el ejemplo del plebeyo, y se asume sumiso.

*- Digo bien la palabra fugaz, refiriendo al orígen del fuego, pues consumir es precisamente la acción efectuada por las flamas. Entiéndase que consumir se adscribe a la imagen de “quemar dinero”, viniéndo implícita por ella la noción de pérdida.

Naturalmente, cabe interrogarse si la sumision por parte del adulto no es, por sí mismo, un problema de discurso. Expliqué previamente que la sociedad no comprueba sus sensaciones generales activamente, de cierta forma, tiene dos tolerancias hacia el error: 1) Cuando no lo ve, 2) cuando abiertamente lo niega. El funcionamiento de la sociedad es declarativo, necesita de cierta forma, comenzar una declaración hacia un individuo para verificar si su respuesta es en sí, una respuesta adulta. Recordemos que un adulto es un ente ideal, y que su respuesta se supone óptima, pienso por ejemplo en su existencia como “trabajador”, si la sociedad lo mira “desempleado”, porque la sociedad misma ha devaluado el trabajo local o ha sacrificado puestos de empleo u oficios en favor de otras variables económicas, seguirá teniendo al desempleado como “no adulto” aunque no considere inicialmente que es culpable. La sociedad solo puede reconocer al individuo no adulto como un culpable o una víctima -aunque fuese potencial-, pero si tan solo asume al individuo, siempre asumirá que es un adulto. Se trata de un discurso que debe afirmar, que debe calificar al individuo más de descalificarlo.

Luego, podemos nosotros efectuar una lectura desde la sociedad -calificadora, mas no crítica-, o una desde el individuo como productor de discurso -y entre estas, avanzo yo alguna para inspirarlos-. Los prejuicios, suelen responder al primer grupo de opiniones, con gusto las tendremos por precarias.

Quiero regresar brevemente a una noción que ya toqué…

Los primeros años

23 May

hace del individuo social un ente que debe adaptarse a la circunstancia en que vive. Vale aclarar que la adaptación, como proceso biológico, puede considerarse “desmentida” en ciertos casos, por la teoría moderna de la evolución. Esto es un discurso científico en que no podemos adentrarnos profundamente, mas entender el concepto de adaptación puede ilustrar que queremos decir al hablar de un adulto.

Decimos que un individuo está adaptado cuando no muere, coloquialmente, se supone que el personaje en cuestión se ha adaptado a sus circunstancias, con ciertas ventajas que le permiten sobrevivir. Por sí misma, la adaptación no presupone la necesidad por parte del organismo de servirse del ambiente al que se ha adaptado para su continua existencia, en este caso, hablaríamos de una limitante que nos recuerda más a la domesticación, en el sentido de dependencia biológica desarrollada a un objeto. Tenemos pues, que en la teoría de la evolución, se enuncia con anterioridad la supervivencia de las especies como línea de continuidad: Una supervivencia del más apto*. Solo que la aptitud, como todo fenómeno físico, es relativa. Que las jirafas tengan cuellos largos, es una adaptación, un cambio biológico que obró y permitió la supervivencia de los antepasados de la jirafa actual. Solo que la jirafa no sobrevive por tener un cuello largo, sigue teniendo un largo cuello porque sobrevive. ¿Cómo es esto? Que una mutación termina por resultar benéfica -por un cambio exterior, una sequía, la aparición de un depredador nuevo-, y predominar en toda una especie, siendo desarrollada por herencia en generaciones futuras. O sea que la jirafa tenía el cuello largo antes de “adaptarse”, y fue por ese cuello largo que se adaptó. Entonces, el cambio biológico fue arbitrario, pero coincidió con un cambio de ambiente, logrando que la jirafa se adapte. La adaptación sería pues, proactiva.

Por supuesto, hemos descubierto que el concepto de hombre adulto se ha redefinido a través del tiempo, y de cierta forma ha generado este cambio de ambiente que se presupone que halla adaptación. El hombre pues, se adapta a sí mismo -mejor dicho, a su propio discurso, como las abejas se subyugan ante su propia bioquímica-, y en la medida de su adaptación, se transformará en lo que conocemos como un adulto. El adulto es el individuo perfectamente domesticado por sí mismo, cuando el hombre se adapta a su propia sociedad y a su vez, pierde todo tipo de adaptaciones fuera de ella. Mas como las adaptaciones no son entidades puramente biológicas sino ambientales, el hombre no puede estar, en cualquier lugar o momento, perfectamente adaptado. La sociedad ha ido cerrado su discurso para tratar de contener simultáneamente, hombres adultos de diversos tiempos, que respondan a lo que ella considera adulto.

Se preguntará genuinamente usted, lector, por qué no simplemente delimitar la edad adulta por su criterio más básico, que se encuentra al discutir el término mismo diciendo “edad”. La primera noción que tenemos al hablar de un adulto es una persona de determinada edad, sea por criterios jurídicos o temporales; no nos inclinamos por la adaptación. Y sin embargo no nos extraña utilizar el adjetivo “infantil” cuando tratamos con un adulto cualquiera, ni tampoco, pensar en gente que se comporta “cómo adolescentes” a pesar de su edad. Se puede remitir a una edad adulta primariamente biológica, mas en nuestra sociedad en la que el cuerpo físico se menosprecia o se silencia, tenemos una referencia artificial que resulta dominante. El adulto es aquel que toma responsabilidad discursiva de sí mismo, permitiéndose la sobrevivencia social de sí mismo y de un número de personas que lo rodeen. Digo bien supervivencia social, porque modelado en un sistema casi del todo artificial, el adulto está más claramente domesticado que verdaderamente adaptado. Como ser social, el hombre está subordonado a los discursos, entiéndase, a las abstracciones que refieren a objetos poco concretos como el gobierno o las buenas costumbres. El adulto es pues, el más adaptado y más domesticado de los hombres.

*- Al hablar de la supervivencia del más apto, en lo referente al animal genealogía biológica, se reconoce hoy día la noción no de “fuerza” sino también de “capacidad sexual”, entonces tendríamos que las adaptaciones de pretender, mentir o adornarse a sí mismo -evoluciones estéticas-, figuran también en la noción de selección natural, en una versión que se extiende sobre la de Darwin.

Podemos decir entonces, a sabiendas que existen hombres de todas edades que no funcionan como adultos, que la adultez es un género de persona. El género funciona como una espectativa, como un molde o modelo en que colocamos la figura adulta actual. El adulto modelo es responsable de su discurso ante la ley, también es trabajador y autónomo. Volvemos pues a la idea de un hombre libre y trabajador, a saber que estas dos características no se conjugan necesariamente en el mismo individuo, porque el adulto puede ser más que una persona. Esto se debe a que el discurso social, se asume, pero se ignora -discutiré esto cuando abordemos los seminarios de Derrida-.

Al figurar una comunidad adulta…

Libertad bajo palabra

10 May

Con la comunicación en masa, la humanidad fue dándose cuenta el poder que viene de manejar un discurso. Esto ha logrado que de algún modo, tengamos -algunas sociedades citadinas- terror a la palabra misma.

Para probar que no exagero, me referiré a los propósitos racistas. Creo sinceramente que determinados sitios tienen un pavor viceral al referir racial. Muchos discutirán que por ejemplo, en Estados Unidos, la historia tétrica de un pasado reciente aún asoma su rostro -Alemania podrá decir tanto-. Mas en la época de las justificaciones, nos sobran razonamientos piadosos que justifiquen todo, estas medidas absurdas no me interesan, quiero realmente pensar en el miedo. Por ejemplo: Una razón de temer es el horror a lo desconocido, y se me ocurre de algún modo, que tememos también a las palabras que no entendemos.

El racismo en toda evidencia no es una sola cosa, incluso si generalizamos en clasificar actitudes y juicios como racistas pese a ser enteramente diferentes (dígamos racismo positivo o negativo, por adjetivar de forma gratuita); lo que no evita que la persona promedio, no se interrogue jamás de los tipos de racismos que existen, ni que dude en usar la palabra. Tal vez lo que si tienen claro es que el racismo es malo, y por eso no hay que entenderlo, hay que despreciarlo. El racista también es diferente, y no queremos entenderlo, pues siempre debe estar aparte.

Excepto que el racista no está aparte, si fuera el caso, no hablaríamos de él -la periferia se construye excluyendo al marginal de su discurso-, el problema del racismo es que aún hoy, es capaz de fascinar a las personas, lo que no puede pertenecer al discurso oficial, pero es una verdad de facto. Muchos lugares son racistas porque ni siquiera contienen varias culturas ni etnias. Hay bastantes indicios que apoyan la noción de un racismo como una reacción natural al hallarse frente a alguien que luce diferente, una reacción cultural también -pues naturaleza y cultura están más cerca de lo que la sociedad nos dice-, pero el tema no es discutible pues aceptar el racismo, dialécticamente, nos parece cercano a pensarlo moral.

Y bueno, esto es simplemente porque adeptos a la justificación, nos parece natural transformar cualquier razonamiento en una excusa. Discutir una palabra es arriesgarse a que nos venza, entregar la palabra a otro es una debilidad, sobre todo el racismo no debe hablarse. Tal vez a nadie se le haya ocurrido que el silencio también puede ser racista. La lección de la literatura, si hay alguna, es que cuenta lo que se calla como si se dijera, en las Mil y Una Noches no se mencionan a los camellos, pues son parte de la vida cotidiana y el texto trata de coleccionar maravillas. A veces me parezca que todo el tabú de abordar las palabras es el miedo a descubrir en nosotros mismos un racista -o cualquier otro epiteto villano-, que no deseamos aceptar.

El experto sociólogo tal vez ilustre algo que parece oponerse a mi propósito argumental, ha de tal vez mencionar, como solo los grupos más radicales desean abordar los temas turbios, como el fascismo hizo sin duda el siglo pasado. Un método efectivo de justificar el miedo que he aludido anteriormente, el de la tentación de liberar esa parte instintiva de recelo que se tiene contra los otros -sean mujeres, niños, criminales-. El temor a las palabras, no es sino el temor a uno mismo, porque las palabras destruyen el objeto al que nos referimos, y nos dejan en cara a nosotros mismos al momento de proferirlas. Es una razón legítima para detestar el habla, que nos meta en cara a nuestra propia carencia.

Señalo la evidencia de que una palabra no carga por sí misma, un sentido que deba sorprendernos o atemorizarlos, son simples elecciones de discurso que la sociedad adopta. Ser fascista, en Italia no suena atróz, ser socialista en Estados Unidos es extremismo. Y si bien podemos seguir poniéndonos historicistas al respecto -que se vuelve más o menos, explicar el orígen mitológico de las palabras que usamos, como si fueran dioses pues las entendemos igual de intuitiva y vagamente, nos son igual de distantes y presentes a la vez-, cuando en realidad la visión es un poco más animal. Sicologista si a uno le gusta ese otro adjetivo. La palabra no tiene en nosotros un efecto neutro, ni nada siquiera cercano a uniforme, es un montón de experiencias arrastradas, de incomprensiones y de sentimientos censurados.

La palabra también es una muestra de impotencia hacia nosotros y los demás, como hay quienes tratan de callar lo que temen, hay quienes tratan de decirlo. Esto segundo funciona como una catarsis, porque acepta finalmente, cosas que siempre callamos por costubre o fuerza -educación-. Si otro término tabú, o absurdo y transformable, tuviera de veras sentido, me parece que podríamos ajustarle este. Me refiero por supuesto al concepto de “libertad de expresión”.

…más bonita

8 May

Calladita se ve más bonita.

La frase no va exenta de ironía, y sin embargo presupone una interpretación literal de la orden que sugiere. La ironía tal vez venga de ese asunto: sugerir una órden, estamos en el órden de lo moderno, sugerir en vez de explicar, aunque estemos explicando en toda evidencia; estamos de cierto modo insultando la inteligencia por medio de una ironía que requiere la inteligencia. En fin, estamos en el énfasis y en la autocomplacencia.

No hay nada de ingenioso en la fraso porque el insulto (¿es un insulto?), resulta puramente convencional, y esto acaso lo vuelve un gesto mucho más pobre. Es convencional no por el silencio, que puede en ciertos momentos probar ser revolucionario (las cosas rara vez se solucionan hablando, que es lo convencional por excelencia), sino por la belleza dicho de esta manera popular. No bella, no hermosa y ni siquiera bonita, sino “más bonita”. Una puede ser tener una cara asquerosa y volverse más bonita poniéndose una bolsa encima. Debemos entender pues, que por lo menos no estamos proponiendo algún halago.

¿Qué es lo convencional? Pues precisamente buscar ser “más bonita”, es de cierto modo la ganancia que tendría la sugerencia. Debe callarse porque lo único razonable es el deseo de más belleza, y aquí me parece que la palabra “más” revela su falta de reflexión. Lo “más bonito”, no es una progresión deseable en la mayoría de los casos, en el sentido más propio le tememos a un exceso de belleza, nos intimida o perturba, lo asociamos con lo peor en nuestra persona: la divinidad. Es además mucho más elocuente desear lo feo, o dicho de otro modo, desear ser lo que uno es y no “más”. No sé si podemos citar legítimamente el culto al progreso para criticar esta posición de desear siempre algo fuera de nuestro alcance, o si simplemente se debe a un espejismo del lenguaje o de la aritmética, de lo cuantitativo en nosotros que admite el “más” aunque en lo bonito se trate.

Ahora, los diminutivos son un asunto bastante propio de la lengua popular también, estamos aquí en el cariño o en la condescendencia, como uno pueda desearlo. Digo condescendencia porque la orden la sugiere y que finalmente el diminutivo puede referir a un infante, que pertenece al grupo de los subyugados por excelencia. A los animales uno no les habla, así que el yugo verbal de este género -que además admite la ironía-, no tiene sentido. Solo que debo insistir en la ironía, esta debe transmitirse hacia alguien para no caer en el vacío autocomplaciente, referirla a un niño en su sola presencia en realidad es algo relativamente pobre aunque practicable, admito que tampoco se debe efectuar este dicho persiguiendo un puro gusto estético, pues finalmente estamos en lo popular, y la práctica -léase la repetición-, son objetos necesarios para el desarrollo de este tipo de gesto.

Calladita pues, que no quiere decir en absoluto silencio, no quiere decir en realidad muda, sino que se inscribe en la temporalidad de la frase y de cierto modo se sobreentiende en la ironía ¿no? pues si el otro lo escucha a uno en principio no está hablando, pues en nuestro concepto del diálogo la cacofonía se es aberrante, y que las frases hechas pese a todo tienen una búsqueda estética aunque sea superficial -si no uno no las aprendería en primer lugar, ¿por qué las aprende uno en primer lugar?-. Estamos reformando en el énfasis la orden, con una sugerencia estética bajo la promesa de más belleza. ¿El habla contra la belleza? ¿la palabra que suprime la belleza? ¿no es precisamente el gesto que estamos practicando -el que practico yo y el lema que referimos- una suerte de palabra que mata la belleza?

Más bonita. Esto se supone deseable y jugando a lo genérico, la implicación es que la primera parte, lo “calladita” también es saber popular. ¿Me callo porque soy tonta? ¿me callo porque soy lista y suprimo a los otros con el lenguaje? De un modo u otro el juicio se halla en lo inmediato, en lo calladita, en lo que nos empuja a suprimir la palabra por fines estéticos, léase éticos, porque sea por torpeza, sagacidad, terquedad o lo que sea, se nos figura que la mujer en cuestión está mejor calladita. Porque uno quiere, porque convencionalmente le parece que el uso de la convención se justifica, aunque sea para reír ¿no?

¿Es un insulto? Me inclinaría a pensar, ex nihilo, que no. Que uno se halle suprimido, sujeto a esta autoridad implícita de la sabiduría popular -machista, si se le quiere caracterizar así ¿no?-, es una violencia que justifica sentir el gesto como afrenta, pero sin el silencio forzado, la constatación es solo eso: inofensivas palabras. Que haya derecho o no a exigir o sugerir sea lo que sea, eso en realidad no es sino de uno, al tamaño de sus fuerzas y de su ego.

Para mí la otra sugerencia del rol de la mujer -que a Ana Montes no le gustó en mis definiciones, pero bueno, tengo que sostener esto para que no se caiga cuando me lo tiran-, está precisamente en ser vista, en cómo “se ve” desde afuera, en apariencia. La discusión es toda apariencia y no palabra, ni símbolismo de la palabra, y ni siquiera se sugiere que la palabra libera lo interior y que el silencio es exterior. Todo es una cuestión de forzarnos a ser vistos y no a decir. Objeto y no sujeto.

Toda proporción perdida

5 Abr

Toda vida necesita contener al menos, un pensamiento inverosímil. Tal reflexión, me parece, no se aleja mucho de aquella que Calderón enuncia a través La vida es un sueño, pues si de algo se alimenta la ensoñación es de algún elemento discordante. De nuevo navegamos la ironía tan propia del discutir.

Hay alguna paradoja en el dogma de que se piensa como se habla. Nuestro lenguaje es, en efecto, reflejo de una estructura subyacente la cual desarrollamos para sobrevivir. Como muchos mamíferos, el hombre requiere su sociedad para abastecerse, y nuestra herramienta nativa es el lenguaje. Tratamos de ilustrar ayer cómo nuestra lengua está tan intrincadamente puesta en nosotros que se nos vuelve un indicio sensorial. De ahí a saltar directamente a que nuestras ideas dependen de nuestras palabras, hay al menos una falacia.

Interroguemos esta necesidad de desproporción en el pensamiento, si no me equivoco, cuando soñamos rozamos lo cierto de esa desproporción. Daré un ejemplo: Me encuentro en un autobus, con Borges y un colombiano alto y barbón -sé que se trata de un escritor-, parece ser que los tres estamos al tanto de hallarnos en un sueño y Borges dice: Puede que uno de nosotros esté despierto y los otros dormidos, soñándolo. Esto explicará en cierto momento, nuestro olvido mutuo. Yo pienso, sin dirigirme a los presentes, que Borges no está despierto pues yo sé que ya ha muerto, y por lo tanto debe estar soñando. La muerte prefigura entonces, un sueño aún mayor. El hilo de estos conceptos contradictorios sigue la enunciación de un montón de reglas, y su consecuente ruptura. Primeramente, estamos consientes de nuestra ficción -se consiente el sueño-, no obstante, se enuncia la posibilidad de una realidad que supere la expuesta en ese instante. En seguida ponemos en duda la concepción real, nadando hacia una amalgama de realidad-ficción, las cuales dependen a un punto, la una de la otra, pues la muerte en una parece acarrear consecuencias. Sin embargo, esta muerte tampoco es estrictamente “real”, pues forma parte del sueño dentro del sueño, y flexiona el músculo que construye nuestra ficción. (Este es un sueño que en verdad tuve)

La contradicción y desmesura en el sueño es bastante grosera, no significa que una menos agresiva no se halle en la realidad. Las pesadillas, como Kafka expone, responden a una cierta lógica incontestable, sobre la cual incluso la enunciación del absurdo, no logra cambiar nada. Es un vértigo cuyas raíces se encuentran en la experiencia vivida, con tanto rigor -o acaso aún más- como en el sueño. Nuestra sociedad está hecha de fantasmas.

Pienso por ejemplo, cómo el amor es una idea sacada de toda proporción. Basta leer los códigos de nuestras ficciones populares, casi desde el principio de los tiempos para encontrar la evidencia. No que la ficción valide una visión certera de la realidad por su simple enunciación, creo que la verdad del amor se encuentra mejor en la experiencia vivida que en los simulacros literarios -por desacrar algunos-. ¿No es la moral también una fuerza que nos emancipa de nuestra realidad inmediata? Y para no ir tan lejos, ¿no lo es también la muerte?

Tal vez es válida alguna metafísica cuyo origen venga de este deseo sin dimensiones, que domina nuestro imaginario. Nuestra inédita capacidad de pensar repercute poderosa en la experiencia. Tanto que sin duda menospreciamos a las personas por sus pensamientos “en grande”. Tomemos un ejemplo de personas atacadas: Los niños -podría haber dicho, los animales-. ¿Por qué ofenderse de la incoherencia y el desinterés histórico que poseen los infantes? ¿no es verdad que de algún modo son más creativos y de mejor aprendizaje que los adultos, y por lo tanto más inteligentes? Si ejercemos un juicio de valor sobre alguien en vista de sus intereses -o tal vez debo decir, de sus pasiones-, ¿no estamos construyendo ya unas reglas arbitrarias e insensibles como en los sueños? Lo que extraña es cómo la fantasía al dormir, desata y atraviesa nuestros códigos, porque allá todo no existe. Puedo ir de paseo por un tren, sin mi esposa, pues en mi sueño, mi esposa existe y no existe a la vez. En cualquier segundo puede manifestarse. Lo que no niega la existencia de una conmoción propia a su presencia, ni nos desata en absoluta libertad; solo que el sueño tiene herramientas para desarmarnos que en la realidad nos faltan. Tal vez aqui nace el arte.

Otro grupo atacado por sus pensamientos incoherentes son los obtusos. Me refiero a aquellos hombres cuya incoherencia está conforme al canon de su sociedad, los que viven la vida como se les sugiere y sueñan como se les dice. A la vez ningún hombre es así y todos somos así, por eso la diferencia es engañosa. Si se quiere desenredar al super-hombre del obtuso, se debe juzgar la válidez de cada uno, con una regla de forma, sea estética o moral. Esta fantasía ya es de por sí, otra forma desmedida de pensar, la obsesión de la diferencia sacada en vano, de toda dimensión. Y a su vez, ¿no partimos de la premisa de que todos tenemos una voluntad desastrosa y arbitraria? Que diferenciar nos maravilla y entonces actúa en nosotros. (Veremos también todo esto en Kafka)

El peligro es evidente: Confundir el sueño con la realidad, sin las armas para deshacer lo formulado con un deseo insensible. La práctica es cotidiana.

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