La biblioteca

21 Jun

Gran apologista que soy de tantas cosas gratuitas, siendo igual afecto a instituciones azarosas y extrañas como suele ser la biblioteca. Antes que nada una precisión de orden comparatista/morfológica: En inglés la palabra biblioteca se dice library, mientras que la librería tiene el instintivo nombre de bookstore, esta divergencia curiosa -un falso amigo, como diría un traductor-, es cuanto más curiosa por usar una palabra como library, que remite a nuestra palabra libro, que en inglés tiene otra fuente morfológica bastante distinta. Una biblioteca abarcaría estrictamente un concepto más amplio que una library, pues biblia -como en la sagrada escritura- remite simplemente a “cosa escrita”, y hay en sentido estricto, cosas escritas que no son libros. En fin, era nadamás una probadita del sabor de ciertas palabras caprichosas, hablemos de la institución que por el momento nos atañe de manera más concreta.

Primeramente, una triste historia personal: No hice muchas bibliotecas en mi juventud. Culpemos a las carencias culturales mías y de mi entorno, o sencillamente a un desconocimiento generalizado de todo el universo bibliotecario, pero mi encuentro con la institución a la que me refiero fue tan tardío como mi llegada a Francia. Acá es donde aprendí a leer seriamente, bajo la guía de ese monumental edifico al que yo debía parecer tan extraño como me era a mí. Distinta a otras que conocería más tarde, esta biblioteca permitía pasearse entre los estantes de libros, explorando y percibiendo con intuición ese orden mantenido por códigos numéricos y letras, entre autores, épocas y temas. Esto ya me mistificaba antes de buscar la practicidad del buscador informático, pues la presencia física de dichos tomos invitaba a recorderlos como una geografía, con la arbitrariedad de los paseos casuales bajo el sol, en sitios donde la calma aprende a reinar.

Sin el préstamo me hubiera vuelto partisano de este edificio, mas hubiera tomado tiempo. Curiosa esta actividad de poseer un libro tan solo un tiempo, de cierta forma imponerse un plazo de lectura aunque fuese imposible, bajo el servicio de la biblioteca misma. Entiendo que pueda parecer molesto, no obstante, esencializa bastante lo que realmente importa en la lectura, lo que uno tiene al alcance por ella y en ella. ¿Cómo es esto? Pues bien, almacenado al lado nuestro, un tomo cualesquiera puede parecernos como una información al alcance, de cierto modo, un archivo de conocimiento que podemos extraer. La biblioteca incrementa radicalmente el volúmen de información a la mano, de un modo que puede competir con el mismo internet, y por ello mismo revela la limitación de esta información “en potencia”. No me sirve estar inscrito en una biblioteca si no me apresto a leer, no me sirve comprar libros para coleccionarlos. Incluso al atravesar una primera lectura superficial, puede que un tomo buscado regrese a su estado de potencia y borre su rostro de nuestra experiencia, podemos sencillamente, perder ese conocimiento y regresarlo al estado esencial. Una lección que he sentido en este respecto, es el tan solo comprar libros que me sienta obligado a referir multiples ocasiones, que verdaderamente me ilustren a la larga. No es que me prohiba la compra de libros, es que por primera vez la interrogo.

Esta posibilidad de recibir y prestar además me refleja algo presente en la caridad, en mi propia biblioteca, en el empleo de los propios libros. ¿Vale la pena acumular textos sin compartirlos con nadie? Creo que los libros digitales tan difundidos hoy día -al punto de intimidar las editoriales-, tan solo nos revelan el casi infinito potencial del préstamo. Un libro compartido por la red es un préstamo, el medio solo es un recurso para tener al alcance textos que uno decide alcanzar no por convicción, sino por simple curiosidad o ánimo de algo nuevo. Si uno tuviese escrúpulos, compartiría enérgicamente los libros que tiene, incluídos los de formatos digitales. Porque finalmente es un acto en el que se gana mucho, en el que se redescubre no solo la obra sino la práctica de la lectura y de su misma difusión. Las bibliotecas estuvieron ahí antes y espero bien que allí continúen.

He desarrollado esta convicción precisa, que tal vez suene opuesta a la ideología del consumo, en la cuál es imposible que escritor alguno haya producido sus obras poseyendo todos los libros que ha leído. Me parece una imposibilidad entrar a un círculo de lectores sin recomendaciones y transformando la lectura en una función ligada siempre a la economía. No tengo una hostilidad fija acontra el mercado de la palabra, mas tengo un afecto enorme a las bibliotecas, que siento muy sinceramente, serán las primeras fundadoras de cualquier literatura que sea capaz de escribir.

No es falso decir que en ellas aprendí a leer.

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