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Rica carne deja hueso

16 Nov

La cocina es la primera de las ciencias. Y bueno, entrados en gastos podemos admitirlo también: la más hermosa.

Se presenta acaso como la prueba de un pensamiento que supere la razón artículada, pues el gesto culinario se efectúa por medio de un objeto que le es propio y tiene sentido: el método. Hablamos frecuentemente de la tradición oral, de la manera en que la historia humana sobrevivió varios miles de años. Podemos hablar igualmente de la tradición de las recetas.

Una condición biológica, como puede haber cualquier número, hace que el hombre no pueda consumir todo tipo de alimentos. Algunas serpientes utilizan su propio veneno para hacer lo devorado más sencillo a digerir, otros animales sostienen en sus cuerpos colonias de bacterias, otros comen podrido. El hombre utilizando sus propios recursos biológicos hizo de las herramientas una cultura. Efectivamente extendiendo su universo, estas combinaciones y circunstancias le permitieron comenzar una manera de vida nueva, basada en la experiencia y lo experimentable. Y como toda buena ciencia, puede encontrar su lugar en los actos de todos los días.

Resulta más sencillo si no justificable, igualar a la practica culinaria a una ciencia humana. Existe un valor estético, una ética y la búsqueda de función. En la ciencia del sabor encontramos la parte subjetiva que viene de la experiencia humano, por esto habríamos tal vez de aproximarla a la sicología. Y sin embargo, el problema de su subjetividad no está limitado a la noción de sabor, también se introduce en la noción ética de la comida. Dos valores éticos del sistema: la nutrición y la presencia. Recordemos para futuras referencias este problema de la presencia, que ahora voy a desarrollar.

La noción de una presencia nos sugiere que no se puede cocinar sino con los elementos que se encuentran presentes. La abundancia o escacez de un ingrediente en una dieta, en un plato. Afecta forzosamente la nutrición y obviamente, se trata de justificar la presencia también por que nos permita sobrevivir -y no esclusivamente por ser rico-. Y esta mezcla de proporciones que es interna en la receta y el almacen van a crear todo un modo de pensar, lo que podemos llamar economía sedentaria. Son fundamentalmente nociones en la cocina que son también inevitables, y se postulan desde incluso el gesto anterior a comer. Entendemos que la cocina va a transformarse conforme la cultura humana se desarrolle -entendamos este valor de cultura como la experiencia transmisible que no está resumida en el código genético y que comprende los conocimientos adquiridos, sea las tradiciones y las costumbres pero también (a modo análogo) la tecnología y la ciencia-. La idea de presencia se ha alterado drásticamente desde el advenimiento del capitalismo, ahora el territorio que se habita y los productos locales son puestos más de lado -como lo fue puesto el ecosistema cuando la caza fue desplazada saliendo a la creación del sedentarismo-. La cocina también funda, por medio de la exigencia de la ganadería, lo que vendría a ser la religión como fuente de divinidad y de fiesta. Pero el alimento siempre será demasiado de todos los días para ser por si mismo algo que domine la razón.

Y es que la cocina antecede al capitalismo, a la economía y al lenguaje mismo. Es una ciencia, pero distinta a todas porque su subjetividad no se encuentra en un ejercicio de la palabra mal empleado ni del punto de vista. En lo culinario encontraremos la figura del método, de la acumulación de ejercicios temporales, secuenciales o simultáneos, que logren una consecuencia variable pero predecible, positiva al menos para nuestros fines experimentales. El método no solo antecede a la inteligencia artículada, sino que probablemente es uno de los elementos que ayudaron a crearla. Podemos contar historias porque pudimos contar recetas. Inversamente, todas nuestras ciencias buscan encontrar recetas de algún tipo, buscan reducir al universo al libro definitivo de la búsqueda suculenta. Como en la cocina, nuestra percepción del conocimiento no está en la perfección de nuestros modelos -que ya es gastarse en lenguaje, alejarse de nuestra concepción científica fundadora-, sino en el sazón que pueden llegar a tener. Este empeño de perseverancia y flexibilidad que se dedica a obtener los resultados. Esa es la perfección. La verdadera. Existe. Si uno trata de encontrar lo perfecto en los ejercicios argumentales se topa de inmediato con un aglomerado espejismo insustancial. La sustancia, lo gustoso, es el sabor.

Finalmente, el sazón va a revelarnos otra realidad genética de nuestras ciencias: su percepción de necesidad. A veces ensombrecida, esta concepción no es fácilmente reducible como suele ser en nuestra comida, al hambre. Valdría señalar que la nutrición y el hambre están relacionadas y no son la misma cosa, que el placer es otro factor necesario en la existencia, y que la manera de consumir hoy día está ligada a modelos ecologicos o económicos. Podemos buscar funciones, necesidades complejas -y no necesariamente falsas- para nuestras enseñanzas. El mundo vivo es finalmente uno de versatilidad, donde una sola cosa sirve a muchas. Cada ciencia tiene en su orígen al menos una necesidad bien concreta, y esto sobrepasa y antecede el discurso que proponen. Igual que la cocina, el ejercicio de estos métodos e inteligencia, es evidentemente biológico, o como los que se ponen a subjetivizar la ciencia tratan de explicar: síquico.

La ciencia sería, pese a los pensadores pretensiosos, algo de carne y hueso.

Explicacion de lo oculto

10 Oct

La magia es un objeto de controversia.

¿O no?

Convencionalmente, la magia resulta un elemento exterior a los racionalismos que constituyen nuestro (actual) entendimiento del universo. Decir magia es tanto como decir irrealidad, desviación, imaginado. Uno de los sitios donde existe cimentada la noción de los hechizos es aquella del género fantástico que ha sido poco privilegiado en cuanto a su capacidad total como arte mismo remite. Hay un escépticismo fundamental hacia la magia aún cuando se encuentra en el género literario.

Por otro lado, ambiciones que no tacharíamos de alto arte, siempre han prestado un grado de interés al fenómeno mágico que resulta fácilmente corroborable. Básteme citar las multiples sagas épicas y caballerescas que la incluyen (o Harry Potter). La presencia de la magia es un catalizador que se identifica con el arte masivo, al grado que los géneros épicos modernos -exitosos y visibles en la historieta del cine-, no dudan frecuentemente en introducir su propio concepto de magia. Aquí valdría mencionar a Star Trek y a Q, o a Star Wars y los midiclorianos, básteme decir que ciertos modelos de ciencia ficción, al encontrarse con la inspiración épico reinventan lo que comunmente llamaríamos un fenómeno mágico para adaptarla a la nueva narrativa. Y es que la magia siempre se ha tratado de una cuestión de fe.

Hoy tachada de necia superstición o droga suave, la práctica de la magia se considera marginal dentro de un grupo de gente típificada como desesperados. Quienes requieren ir con un vidente o un saorí para solucionar sus problemas han llegado al límite de la insolubilidad del sólido de sus dilemas. La magia, desde un punto de vista sicológico, serviría para transportar esa confusión e impotencia a un plano donde el ser humano es capaz de lidiar con él. Ceder el control por medio del control sobre el universo mismo, una tarea que solo puede resultar en relativisar los mismos fenómenos del universo. Esta magia, la sicológica, será acaso la única comprobable que el mundo nos provee.

Porque parece ser que nuestra nueva definición de magia es aquello que no puede demostrarse, lo que por su inestabilidad o azar, desafía al entendimiento científico pero presenta muy verdaderos resultados, casi pues, la definición misma de un milagro. Tal vez esto ya explica la razón de nuestra condena a los hechizos, que deben pertenecer a universos alternos en los cuales la física misma responde a objetos otros, esto no vuelve la magia más excepcional, sino más científicamente correcta. Acaso tenemos el cientificismo tan arraigado que necesitamos justificar lo inexplicable.

Aquellos que creen en los sistemas mágicos no difieren del filósofo moderno en sus rasgos de causalidad y competencia, creen en funciones argumentales y deductibles, acaso centradas en distintas experiencias, que prefiguran un universo en su totalidad, no uno que pretende basarse en milagrosas excepciones. En el catolicismo el milagro no es excepción, porque es muestra del amor de Dios, que es constante y nunca se detiene. El gesto de poder, el aparente imposible, no son sino expresiones de algo latente en el mundo. La magia así mismo, desafía las concepciones materialistas de la existencia, mediándolas por medio de una construcción argumental de modo metafísico, por otro punto de vista y de comprensión.

Parece ser además, que la mayoría del a magia requiere la presencia de un creyente. Supongamos que un charlatán pretende poderes mágicos y hace una consulta para resucitar a un muerto, y la persona que lo llama presencia esta resurección. ¿Qué van a pensar el charlatán y quien revive sobre el asunto? En este modelo mágico entendemos que lo excepcional no es equivalente en cada modelo de visión, el milagro que se obtiene sin credenciales es acaso más perturbador que desde el punto de vista del creyente, que acaso lo permite. Si no se cree en una magia, la magia no existe, solo se halla lo inexplicable. Porque la magia no es sino eso: una explicación. ¿Mejor? ¿peor? solo se pueden tomar estas decisiones desde un punto de vista.

La ciencia naturalmente, reconocerá como un fracaso cualquier método mágico que requiera formalmente la cooperación del observador. La física cree en un modelo impersonal, donde el observador trata o se dice ajeno al sistema observado. Como si esta distancia imposible fuera también una especie de magia a la que hay que creer argumentalmente, por dar crédito a las experiencias. El sistema mágico por otro lado, necesita la inversión de un elemento fundamentalmente humano, de una fe. ¿Y es que si se logran milagros solo creyendo en ellos, estos elementos son menos imposibles?

El problema se reduce a una cuestión de fe. Si la magia habla a las capas menos educadas o a los desesperados, es que se encuentran en una disposición sicológica y espiritual que permite dichas seducciones. Acaso solo entrados en dicho trance hallaríamos la dósis de fe correcta. Alguien que cree, perdona la inconsistencia, entiende que los milagros no se exigen, pero que uno de ellos basta para volver un objeto de infinito poder. Esta creencia se admite una suerte de condena, en caso de ampliarse al total de la raza humano, por las consecuencias que podría tener dentro de su actividad conjunta. Así bien, el gobierno del pasado es una magia.

Nosotros entendemos pues, que el arte se limite a algunos marginales.

Sin título

13 Sep

Hoy me propongo continuar con las analogías de ciencia ficción y literatura.

Escribir el futuro en el presente es un lugar típico de la ciencia ficción, especialmente tratandose de los futuros galácticos e interdimensionales. Si uno remite a nuestro concepto de realidad, podemos adjudicar esta mirada en el porvenir a la naturaleza indecifrable de la invención y el descubrimiento. La ciencia es uno de los portadores de cambio mayores que concibe nuestra sociedad, por ella hemos renegado el legado de tiempo circular que los antiguos sostuvieron miles de años.

Por supuesto, el género no excluye la constitución de un mundo temporal, conjugado por paradojas temporales o eventos de creación predestinados, porque al hablar de futuro o de desarrollo científico, no podemos limitarnos a tratar con una simple variable temporal: por fuerza un cambio cognitivo cualesquiera altera nuestra manera de ver al mundo. Estas historias que tratan de mitificar el universo por medio de orígenes posibles -pero improbables- no hacen otra cosa que leer nuestra existencia bajo una óptica generadora que difiere de la convencional. El objetivo no es tanto describir un mundo futuro como un mundo otro, estamos dentro del caracter especulativo/ficticio de la literatura, no dentro de una concepción de tiempo lineal.

La ciencia ficción propone pues, un elemento de otredad que por fuerza es definido en torno de la realidad en la que la ficción se crea. No tratamos de ciencia ficción si el universo persigue un realismo, aunque el realismo en ficción sea también una forma de otredad, pues tal paso es inevitable en los artificios. Este género rompe la ilusión dejada por otras literaturas, siempre estamos en el otro, en el devenir, como dice Deleuze, en el que la literatura busca transformar. Los futuros y alteridades de la ciencia ficción son abundantes en anacronismos. Lo que hace que su estética sea interesantísima.

Anteriormente declaré que la ciencia ficción más que ser un género literario, se presta al cine y a la historieta. No creo que este menoscabo se encuentre en el uso problemático de la descripción para expresar la otredad, sino más bien en los implícitos que la vista comunica. Si uno lee algo de ciencia ficción -digamos l984-, dentro del texto busca encontrar lo universal de algo que viene de una época y sangra elementos de su tiempo histórico. Podemos analizar un texto por su tiempo de producción, mas tratamos de valores extratextuales que a primera instancia no se encuentran a nuestro alcance. Cuando la otredad de la ciencia ficción toma forma, toda su figura nos comunica el tiempo en que se concibe con una efectividad magnífica y emotiva. Esta estética, tan inesperada como genial, ya ha tenido éxito en desarrollar algunos estilos nuevos -el steam punk sería uno de ellos-. Que la estética de Star Trek sea setentera es absolutamente coincidental, pero le da a la franquicia una visibilidad particular que la vuelve facilmente identificable. Una estética visual resalta más que el uso de tal o cual palabra.

Debemos entender pues, que la ciencia ficción es un género rico en expresividad, uno que crece en magnitud cuando extendemos sus símbolos a todas las dimensiones sensibles. Tengo la impresión de que la ciencia ficción es un género demasiado bello para la literatura, que intenta debatirse entre lo sutil y lo duramente emotivo. La ciencia ficción tiene la predisposición inevitable de ser feliz, pues se encuentra claramente en el espacio otro, cuya inexistencia justifica cualquiera de nuestros secretos goces. Es además, producto del genio creativo, y no del rigor de la palabra. El espacio de libre creación de un autor, es también para el lector, permiso de ser un creador desgarrado. La alta literatura, por su lado, se justifica por la imposibilidad del lector de reproducir sus logros, es un elitismo glorificado.

Pero esta aparente diferencia no es sino otro engaño que los artífices de la palabra han elaborado. Toda la literatura es libre y puro ingenio creativo, las vidas y el sufrimiento de sus creadores, al igual que los menoscabos que pasaron por escribirlas, no son sino el momento histórico en que se escribe, son objetos que incrementan la belleza del objeto y que no deben volverla distante en nosotros. La belleza de que los lectores hacemos la literatura sobre pasa el extraño valor de creerla improbable. La improbabilidad de la ciencia ficción es lo que menos importa para su goce.

Que haya varias ciencia ficción no imita a la especulación o a la hipótesis, sino a la multiplicidad misma de nuestro presente y de nuestra visión del pasado. La palabra es siempre especulativa, pero al expresar la ciencia de una manera evidente, la ciencia ficción logra el proceso estético privilegiado de toda arte: recuperar el valor sensorial. Por ese mismo medio, nos enteramos de la gran satisfacción que puede venir de encontrar la otredad.

Sin título

9 Jun

Siempre he querido tener un robot.

Es una de esas cosas raras, sin mucha profundidad que van de una época, como ciertas personas soñaban con carros voladores y ciudades en el espacio cuando cayó la práctica de una industria. No siendo japonés, en toda evidencia soy ajeno a la experiencia real del robot, y naturalmente esto solo ha acentuado la romántica.

Ahora, mi gusto por los robots aunque antiguo, nunca ha sido particularmente marcado. Los jardines y las bestias ganan con consistencia mis afectos infantiles, hasta el día de hoy. Entendemos precisamente el gusto por lo imaginario, a las bestias y las plantas solo se les puede tener así, imaginando. Ellas nunca buscan complacer, no tienen esas inclinaciones sumisas que los aparatos hechos por el hombre logran, acaso eso hace menos fantástico al robot a mis ojos.

No creo en la inteligencia artificial, mas me interesa bastante. ¿A qué se debe mi escepticismo general sobre el tema? Básicamente que no se es inteligente por el lenguaje, y que un robot reflexiona precisamente así. El robot es pura palabra, pura literatura y de cierto modo nos concierne. Parte del fracaso de replicar una actitud humana -no hablemos de verdadera inteligencia-, es en realidad, la complejidad del proceso de discurso en su fase menos abstracta. Pensemos en el discurso como una acción, y siempre como una repercusión que nos llevará a otra acción, tan inmediata e implicada como el discurso mismo. El robot es el actor primario, aquel donde acción y discurso son sinónimos textuales, sirviendo a una idéntica función.

Uno no es estrictamente inteligente por sus procesos verbales, parte de nuestra dificultad con abstraer la inteligencia es que consiste más en procesos mudos y en elecciones invisibles que verdaderos discursos enunciados. Mudo e invisible, esas son palabras que por sí mismas, nos dibujan a un ente inteligente. Dios se presume así, como una agente que no requiere su acción directa -la palabra-, ni puede volverse objeto de nadie -es invisible-. La figura del subconsciente se asemeja a aquella de la divinidad, a un ente intratable -en la idea de tratado, de covenant si se quiere, de convención- y por lo mismo, absoluto. Bueno, no absoluto, tan solo impermeable al discurso, solo que al nivel de la razón las dos ideas se parecen.

El robot es todo lo contrario, es la manifestación física de lo explicado, un objeto que de tanto ser visto parece reflejarnos a nosotros mismos. Sospechosamente nos suena al arte, a la literatura. Porque precisamente existe un proceso original que remite al arte en esta esencialización de acciones, para transformar el pensamiento en acción, un juego del discurso con un poder creador -o actor, que en este caso vendría siendo lo mismo-. Tenemos pues, al autómata magnífico que por sí mismo representa no solo el arte -que no es poco-, sino además nuestra comprensión del arte y de nosotros mismos -por medio del arte, se entiende-.

Supongo que bajo esta luz, entendemos que el robot es esencialmente romántico. La noción puede sonar ajena. Y es que hay muchas personas que presumen que el dominio de la razón corresponde a lo objetivo en lugar de a la mas grande subjetividad, evidentemente tratamos de una reflexión cientificista que se incomoda con la ambigüedad que pretende. Un robot debe ser, no pretender, y sin embargo solo es capaz de imitar. Eso es, una réplica, una imitación. Para mantener a un robot en su calidad de objeto, de verdadera figura final, de discurso “sin ambigüedad”, hay que reducirlo a un ambiente tan artificial como el robot mismo -pienso en una fábrica de autos, o en un área bien mantenida-. Sigue tratándose de una palabra materializada, solo que en este caso no es el robot que la personifica, sino la conjunción del determinado robot y su ambiente, que juntos forman un discurso con un objeto y una acción controlada, apenas dialectal, casi nada inteligente.

Yo presumo gustar del robot inteligente, que si bien sé que no será verdaderamente un hombre, ni entenderá en el sentido que nosotros entendemos -ya de entrada, el cerebro es biológicamente incompatible con las tecnologías binarias en las que hemos basado la informática moderna, una traducción del cerebro a una computadora es más ficción que ciencia-. Solo que sigue siendo algo construído por un inmenso ingenio, una cosa que se vuelve humana por el hecho de haber sido construída por los hombres, como cualquier buena pieza de arte.

Y sigo gustando del robot, no por las argumentaciones y desvaríos que he esgrimido hasta este momento, es una afición mucho más intangible, mucho más infantil y fundamental que acepto sin interrogar. La compañía del objeto inanimado siempre me alegra un poco, discuto con mi mate, con mi ropa y así con cualquier auto o máquina que suelo nombrar. Un complejo de Adan tal vez, nombrar y discutir con los objetos. Me gustaría simplemente, que aunque fuese sin malicia, encuentre alguno que responda.

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