Moneda de poeta

3 Feb

Cuando pasa que leo poesía latinoamericana de principios del siglo pasado -y vaya que no es todos los días-, me sorprende un poco la extraña dimensión social que ella sugiere. Valga comentar que no soy un crítico lo bastante historicisma para deleitarme en las ambiciones populares, nacionales u otras que muchas de estas obras sugieren, pero que sí me interroga, que no puedo evitar en cierto momento verme interrogado por ella, y es en parte lo que hace que esta literatura funcione (puesto en palabras de un compañero: leer Marti te da ganas de hacer la revolución latinoamericana).

En estos tiempos uno pensaría que la novela y la poesía servían legítimamente como un ejercicio de identidad, como una suerte de comunicación que elucidaba para mucha gente los problemas que ellos vivían en lo inmediato. Es una proposición ridícula. Pero este reconocimiento, que hemos identificado antes como una suerte de sabiduría popular, es un sentimiento verdadero, digamos que esta literatura tiene legítimamente una dimensión social, pues quienes la producían finalmente creían en ello. Y esta creencia misma resulta menos plausible bajo la situación actual, donde es irreconocible hasta donde llega la dimensión promocional de una obra artística cualesquiera, cuando se confunde la legítima denuncia con los múltiples ejercicios de propaganda que hallamos en los medios masivos. Una poesía, una literatura que fueron sufriendo, con el paso de un solo siglo, de una transformación convencional grotesca. Antes habían tristes géneros, pero eran propios. Luego al quitarse la venda y dejar de mirar esta literatura con inocencia, el autor la desacraliza y esta dimensión de catársis expresada ni siquiera llega al papel. Acaso el escritor no podría reconocerla si la leyera.

He dicho un número de veces que la música es el arte masivo, aquel que confirma el saber tanto técnico como espiritual del público. Por esto me sorprende de la poesía pretender un valor de esta dimensión, porque se asemeja a la música, y definitivamente su tino es más probable entre las multitudes que el de la fatigada prosa. En una cuyuntura personal pasamos de una poesía genuina a una prosa genérica y todo se pierde. La poesía no ha muerto, su dimensión popular es ausente. Los refranes y los dichos eran aún la moneda corriente cuando era jóven, y su presencia puede comprobarse por ejemplo en el trabajo de Roberto Gómez Bolaño en Chespirito. Es el regreso de cierta palabra a la capa popular. No podríamos esperar que se asemejara a las discordancias intelectuales que los poetas más intrincados llegaron a representar.

Entre la música y la poesía existe el género popular por excelencia que se redescubrió durante este siglo. O mejor dicho, las disqueras lo redescubrieron, el rap. Entendemos que es una forma de expresión que antecede y funda el canto, así como también la poesía, es un estado intermedio entre la palabra con sentido y el puro ritmo. Sin duda también representa lo que esa poesía social, acaso tan imaginada entonces como ahora, presumía ser. Es solo esperable que el éxito del hip hop en las capas populares sea inédito, y que desafíe las nociones intelectualosas del academista de domingo. ¿Cuántos habrá que piensan que el rap es un primer sentido en lugar de una parodia? la ironía es una expresión popular muy arraigada, y la representación de la riqueza de una manera paradoxal es un topos. No soy un experto en hip hop -ni en ningún tipo de música, si en eso estamos-, pero no me es contrario reconocer la inherente riqueza y el valor infinitamente justificado que mantiene este género en el gusto de tanta gente. Es un tipo de arte a parte entera. Un puente entre el principio de este siglo y del pasado, de un arte que confusamente se expresa y se consume como un producto, y una expresión inocente, barata, primaria.

Nos parece arduo consumir poesía, y tal es la razón por la que no es despreciada por tantos como suele ser el rap. Es la diferencia. Por eso que también se venda más fácilmente la imagen de un poeta miserable. Una inocencia barata que sobrevivió sin alterarse casi un siglo.

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