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Taza de té

22 Mar

Se habrán dado cuenta que desde que tengo una computadora para el trabajo estoy un poco menos consistente en subir entradas al blog, la cosa es apenas a medias voluntarias, dos de cada tres días pasa que se me olvida sencillamente subir entrada y otras veces juego a engañarme diciendo que he subido alguna recientemente. Es penoso pero así suelen ser los proyectos personales, uno hace conjeturas sobre el tiempo que va a tener y basa sus expectativas acorde a eso, juzgando por medio de esa ficción extraña la inmediata realidad. Digamos que en el caso del blog está medio mal realizada, pero al menos sirve de ejemplo a nuestros automatismos de organización.

Hay muchos juegos de tiempo que pertenecen a la palabra. Sé que hablo mucho del lenguaje y a veces poco de la literatura, ya corregiré el rumbo proximamente y groseramente, con ejemplos más bien concretos. Para las funciones literarias es mejor entender que antes de hablar se razona, que antes de razonar se piensa, antes de pensar se cree y antes de aquello se siente, antes de sentir se disiente, antes de disentir se espera, antes de esperar se exaspera y antes de exasperarse se sabe. En estas transformaciones entran una voluntad de tiempo y espacio que está implícita en lo dicho y que altera la percepción misma de la verdad. Y esto es parte del lenguaje, porque todo orden necesita forzosamente perspectivas de tiempo y espacio para construirse, y el lenguaje a fuerza de repetirse sugiere el órden.

Regresemos al ejemplo de la organización: se me permite procastinar gracias a que mi concepción de la realidad entra en tensión con una ficción que potencialmente puede suceder. Por algún motivo no hay urgencia y hay importancia relativa de mis actividades -el blog- con respecto a otras. Tenemos aquí todo un orden concebido, que incluso al momento de reconocerlo convierto en un enunciado que se conjuga en presente, futuro, condicional y con una secuencia definida. Sabemos también que la expectativa concreta de mi suposición nunca se realizará. El lenguaje produce ficciones constantemente, pues si uno toma por ejemplo una característica simple como los tiempos verbales se encuentra que producen una contradicción inmediata con el tiempo dicho real. O sea, al hablar del presente ya ha pasado dicho presente, y siempre una acción presente presupondría el discurso que está enunciado en dicha acción. Toda acción supondría representación, todo fenómeno físico sería respaldado por un modelo matemático que lo describe y luego terminaríamos por pensar que la matemática es una característica intrínsica del universo y que el modelo existe pues su descripción es algo legítimo. Suena a una manera muy humana de vivir ¿no?

Tal vez lo que no es evidente ante dichas expectativas es que no solo la palabra es una manera humana. Nosotros somos mucho más que lo que ponemos efectivamente en términos, la experiencia humana es mucho más que la verbalización, la cual se admite inútil hasta para hallarse a sí misma. Se omite al hablar lo que no es dicho, en el mismo sentido que se evita la libertad de otra manera de vivir por determinado tipo sedentario de planeación. Hay riesgos en la razón y la palabra, deben ser por lo menos lo suficientemente claros para que podamos asumirlos.

El determinismo sugiere que las cosas no pueden ser diferentes a lo que son, en el sentido de que todos los efectos y causas están definidos a un tiempo dado y la consecuencia será siempre la misma. No me parece terrorífico por dos razones: se trata de una manera rigurosamente racional y lenguajera de ver el asunto, por lo mismo reducirá y fallará en describir la esencia verdadera de tal; y por supuesto, incluso para causas idénticas se pueden leer interpretaciones y ficciones múltiples y sobre puestas. ¿No pensamos a veces que es el arte una especie de reflejo de la realidad? ¿o que su riqueza es la capacidad de ser interpretado de muchas maneras? Creo que las conjeturas no buscan describir el arte, cuya definición finalmente a nadie le importa, sino que necesitan decir algo del arte para tratar de palparlo con la palabra, que las frases mismas buscan describirse y hacer del arte otra voz que pueda pertenecerles. Ni el arte ni la ficción están limitadas a jugar con la palabra, a reproducir la palabra y a confirmar el redundante hecho de la comunicación: nuestra manera de concebir el universo ya reproduce la palabra lo suficiente, los juegos verbales tienen algo de fatigado, de redundante y de adictivo que los ha vuelto parte del arte, pero no son su fuente, sino un apartado que les otorgamos.

No confundamos el lenguaje con la acción de hablar, ni el planear con hacer. Suficientes errores gratuitos hacemos todos los días para imponérselos a expresiones otras que pueden tener resultados mucho más felices. Tener esperanza, no preocuparse por en qué se tiene la esperanza. Valgan los valores por lo que valen.

Tira y habla

8 Nov

Un idioma es, como la distancia y la experiencia, una manera de abordar el arte. Hablamos, o por lo menos leemos, en español, esto sin duda nos fabrica una manera superficial de relacionarlos con los objetos en el mundo. Hay quien dice que los hispanohablantes tienen una especie de complejo de inferioridad cuando se trata de la razón, como si el idioma mismo los privara de una capacidad fidedigna de reflexionar, cual si dificultara el aprendizaje. Y sin duda le damos demasiada razón a este argumento y demasiada poca forma, se nos ocurre neciamente que el lenguaje es algo dado, que dictar un pensamiento es como escribir.

No voy a arrancarme a discutir historicismos en valde, sobre que el idioma español se nos impuso -asentirá el basco o el coya-, por lo pronto reflexionaré sanamente en lenguaje y cultura, en su problemática dual y que pensamos terrestre cuado pudiera ser acuática. Porque dije bien, el idioma es una manera de abordar el arte, sin limitarme al literario.

Podría sugerirse que no es casual el lugar marginal que se le receta a la historieta dentro del panorama intelectual de latamerica. Existen sus excepciones, los grandes trabajos del género que cada país se reparte a cuenta-gotas y precisamente, sin terminar de fundar escuela en ello. El comic no se considera tanto la expresión ligada a la nación como el esfuerzo fructífero de unos cuantos autores emblemáticos, como Jodorowsky o Quino. En otro lugar, en otro idioma, podemos aceptar que Bélgica haya fundado una escuela de la historieta que no depende ni imita las lecciones de otras grandes culturas de la tira, como Estados Unidos o Japón. Estos tres ejemplos son acaso rigurosos en nuestra acción de recobrar el sentido de la tira dentro de un espacio lingüístico particular, al comprobar de antemano que los respectivos idiomas permiten y fomentan el uso de un término y formato preciso (comic, BD o manga, ciertos atributos genéricos los unen y los separan), mientras que la historieta se encuentra en una posición incómoda en la lengua cervantina, no tiene este peso semántico que suelen contener los objetos representativos y populares, aquellos que generan sinónimos, abreviaciones y analogías múltiples y constantes. Por supuesto, hasta aquí solo estamos comprobando que el lenguaje como hecho cultural imita de cierto modo las características persistentes de la especie artística dominante, con sus carencias y sus prejuicios. Sería una emulación a posteriori. Habemos de recorrer el camino inverso.

Lejos de la tradición occidental, el manga viene de un sitio de expresión en el que no solo la distracción y el humor son legítimos, sino que los temas adultos y el drama pueden tratarse con impiedad. Hay, géneros de comics dramáticos, fantásticos y pornográficos, un mangaka no tiene tan solo un modelo al que referirse. Y no es vano notar que el lenguaje en Japón aumenta la presencia de la imagen, como forma, dentro de cualquier idea. La vista imaginada comunica enteramente, y la palabra escrita no es sino variante de una visión arquetipal. El manga es un estilo artístico válido para un lector de cualquier edad porque la imágen tiene la capacidad de tomar un sitio dentro del circuito de las palabras establecidas, porque ruptura con herramientas semánticas el esquema rígido de símbolo y representación, para enfrentarnos con la noción de experiencia. El saber un idioma nos predispone a estar abiertos a ciertos conflictos y abstracciones que el mundo arguye en pos nuestro. El lenguaje en Japón les ha permitido remitirle a la imágen toda la solemnidad que le es propia y que fuimos perdiendo nosotros, por descuido y por exceso de lo que mencionamos al principio: poner cualquier problema en términos de la razón.

El símbolo aleph, que precede a la creación de nuestra letra “A”, quiere decir toro. Su forma, es literalmente la de una cabeza toril con sus cuernos -se asemeja a nuestra letra actual de cabeza-, y comunicaba a manera de un símbolo original, la presencia divina del rumeante como ente alrededor del cual se fundaban las sociedades agrícolas. A dios lo que es de dios. Si tan solo hubieramos logrado mantener esta simple analogía tal vez nuestra proximidad a lo natural hubiera podido mantenerse, y acaso nuestras prácticas sociales y culturales responderían a ello. El lenguaje, sin embargo, varía con el tiempo, casí siempre se desordena y crea ficciones de sentidos. Nuestro mensaje actual ya se presenta muy opaco, y toda nuestra capacidad de corregirlo es inexistente. Compusimos por esto lenguajes alternativos que nos expresan de cierta manera, que son parte del mismo sistema como es el manga, o es la BD y que representan no solo nuestro raciocinio artístico sino el vigor desesperado por recuperar espacios en que la palabra no ahoga nuestra visión del mundo.

(Acaso el teclado deviera por lo menos tener una textura rugosa sobre él, para poder expresarnos sensiblemente)

No existe una manera de ver lo mismo que acabo de decir, y sería tan inocente como falso pensar que el lenguaje voluntariamente se encajona a sí mismo en callejones sin salida. Así también, creo que el arte latinoamericano es mucho más que una cuestión de invasión y apertura -como solemos usar al hablar de lenguajes-, sino también de conciencia y de (re)creación.

Los dejo que completen lo que sigue de aquí.

Que la canción…

11 Ago

Se necesitarían muchos blogs con muchos conocedores para siquiera comenzar a dar cuenta del fenómeno musical. No soy, en evidencia, ningún experto del tema, mas no descarto el interés de acercarse a él.

Vale la duda metafísica: ¿Por qué hablar de música en un blog esencialmente literario? Y es que tratamos cosas varias desde un punto de vista de lenguaje, algo que al menos tenemos la pretensión ed mantener por interés generalizado, ilusión de orden o gusto por la mentira. Es bastante falacioso creer que todo tiene que ver con el lenguaje, sin embargo, confesaré humildemente que el lenguaje hoy día es una forma privilegiada de interactuar por todo, si acaso por eso -y que el blog permite más fácilmente el transporte de este tipo de comunicación- mantendremos esto mismo medio como el predilecto.

**- La música puede o no tener “verdadero sentido”, eso no lo haría más o menos válida, solo que ese sentido no se requiere para fundar la música como nuestra comprensión no se requiere para la existencia del universo -escapemos a esta charla metafísica-.

La música, si acaso, es similar a la literatura por el concepto ambiguo de arte. Uno puede discutir si el arte es un concepto real o una selección arbitraria de nuestro lenguaje, o si es un fenómeno de lenguaje en el sentido argumental del término; en este caso tales precisiones no nos interesan. ¿Por qué hablo del sistema “arte”? Me parece adecuado acaso emplearlo, no solo por su valor convencional -aceptamos sin reservas que la literatura o la música se digan artes, aunque el músico y el escritor no sean necesariamente artistas-, y también por su valor “literario”.

Un texto es artístico más o menos al momento de perder su sentido de comunicar. Aplicar un valor exterior -estético*-, ya no nos importa tan solo lo dicho sino cómo es dicho. Claro, me dirán que esto va entrínsico en la semántica y que entonces, se trata de algo no artístico sino del lenguaje. Yo discutiría que la parte semántica actualmente puede concebirse como algo sicológico/estético. Y es que irse a definiciones estrictas en este caso vencería nuestro propósito, la idea se encuentra precisamente en ese estado de duda semántico, en donde el sentido literal no es el sentido literal. El arte lo conforma, aunque algo distinto al arte podría conformarlo.

Entonces, decíamos que la literatura y la música tienen esa noción de lo extra-comunicativo. Admitimos pues, que la música puede comunicar y que no hace, propiamente, solo comunicar un sentido. Pero entonces cometemos un error incierto, suponer que la música puede ser otra cosa que no-comunicar una sola cosa. Francamente, la noción suena imposible, la música no puede -contrario a algunas escuelas místico-poéticas-, tener un sentido propio. La música, propiamente, es un cierto tipo de ruido. El orden y el sentido son cosas distintas ¿no?

Si la música tuviese sentido propio, una célula animal tendría también uno. El fenómeno que se observa en la música es el órden, no necesariamente el sentido**. Aunque como la música se admite como producto explícito de una mente orgánica, se introduce un valor de creación, algo que le permite una fuerza comunicable. Se nos desvalija el concepto, se nos encomplica, cuando pensamos en esta noción de arte, creación y conjunción voluntaria. Sería que la música puede ser música solo en un ejercicio de libertad. Por supuesto, admitimos que la música animal es por fuerza también música, pues no se trata de algo menos voluntario, ni menos ordenado, ni menos potencialmente comunicatendiente. ¿Sería música pues el orden vocal entre las estrellas?

*- O si se quiere extético, una suerte de valor que media para diferenciar un objeto de sí mismo por un juicio exterioritendiente.

En fin, toda esta problemática que he montado artificialmente sobre la música, ya debe ilustrar mi propósito respecto a la literatura. La música no sería en ningún modo convencional. No diré que es natural, pues la sociedad humana en sí misma se explica por fuerza de la naturaleza y teorizar lo contrario es a la larga insostenible. Yo puedo hacer música para mí mismo, como una suerte de estado cero de la reflexión, antes incluso de desarrollarme un lenguaje que moldee mis ideas -sin duda, los animales pueden hacerlo-. ¿Es verdaderamente así de grande y especial la música que anteceda lo natural de la sociedad? ¿Estará entre los pocos y verdaderos valores individuales?

Y sin embargo la música podría ser vista como un lenguaje, hay una suerte de sistema al interior de esta que podría sostenerse de muchas maneras gramáticas muy coherentes; hay quien dice, sabrán ustedes, que la música es matemáticas -y la matemática es lenguaje-. Esta visión, mal empleada, solo hará que limitemos el arte sonoro, lo que en realidad debemos hacer, es mirar de tal manera para extender el lenguaje.

Si confiásemos en la argumentación aquí montada, se debería entender que la música es más que el arte, y anterior al arte. Probablemente -me permito dar el salto de fe- es como las cosas ocultas que crean al arte.

Color según Ponge

9 Jul

(La iniciativa poética difícilmente intenta tener la razón, tal vez discutiría que quiere “una razón”, mas incluso entonces se siente superpuesta, como las calcamonias encima de la ropa. Lo que no vuelve a la poesía un sinsentido, ni tampoco la vuelve falsa. El poema entiende que su origen está en la realidad, mas no pretende acercarse a ella para ser real. Ello, entiende Ponge, sería un método contraproducente.

Entre muchos de los poetas a los que podemos referir, es Francis Ponge el que decide abordar sin pena la poesía de los objetos. Digo bien poesía de objetos, entiéndase, una que busca pertenecerles. El propósito es fundamental porque los objetos son más que los hombres y la exigencia cuantitativa los haría presentes siempre en la palabra. Para el hombre, cualquier palabra es del hombre ya Ponge lo interrogaron confusos de esa aparente ausencia.

Leo las conferencias de Ponge y descubro un discurso que me sorprende por su modo de reflexionar, no por tratar de un pensamiento intrincado, sino precisamente por la elegancia en el mejor sentido: En hacer parecer natural la actividad de pensar -nuestra sociedad quiere que el pensamiento sea valioso por cuan intrincado pueda ser-. La reflexión de Ponge no es poética, pero es de poeta. Llena de pequeñas alegrías, de invitaciones a pasear sus jardines libremente.

Siento pues, que los menoscabos y logros que salen a reducir en el seminario de Ponge, provienen precisamente de su carácter de poeta. Es confuso, pues siento que he leído pocas reflexiones de verdaderos poetas. No puedo explicar prosaicamente lo que quiero decir, es una suerte de convicción que me dice que la acción poética es fundamentalmente una fórmula de sentir más que de expresar. La buena poesía se situaría pues, antes de la buena literatura. Y si tengo esta convicción es por la lectura de prosas como esa de Michaux y ahora, de Ponge. No comento seguido en ello, pues es difícil de describir esta prosa que viene de poeta -que no hay que confundir con prosa poética-.

Es de mencionar que el propósito de Ponge se inscribe en una lucha mas o menos reciente que la literatura ha embarcado para recuperar una cosa que la sociedad moderna ha ido perdiendo: El espacio físico. Aunque a esta misión se suscriben Bellatín, Simon y otros, la tarea ha probado ser enorme y diversa. Se trata de varias maneras de enfrentar al universo, que se opone a una exclusiva que se limita a la abstracción platónica. Entonces recordamos que pese a todo, el arte literario es el reino de la abstracción, que dominar los objetos y los cuerpos que carecen de un lenguaje como el nuestro, suele ser violento.

El poeta que escribe ante todo no busca la forma retórica del ensayo, en cierto modo no dice sino lo que le parece y se guía por la construcción de esta intuición que lo guía. No seremos convencidos de que el autor piensa o sabe algo concreto, mas veremos en su texto que como nosotros sospecha una realidad, y acaso la intuímos en sus palabras. Creo que precisamente en la prosa de este estilo descubrimos con facilidad imágenes que no parecen ser perseguidas con la insistencia del artífice, sino producidas espontáneamente por un hombre cuya manera de ver el mundo permite coloridas analogías.

Precisamente hace una que quiero compartir, con respecto al color. Ponge dice que el color viene de algo que el objeto excluye, lo verde por ejemplo, tiene su tono por rechazar la luz verde, por reflejarla en vez de absorberla. A esto lo llama una imperfección, mas sería genuino preguntarse qué es imperfecto: El objeto, o la percepción que impone una propiedad a un objeto que rechaza la misma. Esta especie de mirada transformada hacia el color me parece una intuición legítima sobre el lenguaje. Al hablar, damos los objetos a quien no pertenecen. Ponge no hace énfasis en dicha analogía, acaso no planeándola como tal, sino incluyéndola intuitivamente en su método de poesía. Un positivo haría un esfuerzo para dar evidencia de cualquier imagen que trata, proponiéndola como no arbitraria. Si Ponge no hace esto, es porque su propósito reivindica el objeto y no el símbolo, la palabra en tanto que cosa y no como significado.

Creo que dicha inocencia o malicia extrema, es también del poeta.)

Suyo

30 Jun

**- La teología va a sugerir que Dios siempre rebasa cualquier criterio lingüistico, expresar sus características por el lenguaje es no referirse verdaderamente a Dios.

Si uno es responsable de un objeto, ¿qué es lo que se admite realmente? Vamos a pensar en este valor de titular, de dar un nombre, de definir por un sustantivo argumento la relación que tenemos con algo. Es una idea artificial, bastante metafísica y muy complicada, entonces…

¿Entonces por qué nuestro idioma -digamos el español- expresa de manera tan sencilla -un pronombre posesivo, un artículo- esta visión contextual tan impresionante y apabullante que un jurista tardaría algunas sesiones en poder explicar “brevemente”?

Cuando digo tranquilamente “mío”, entiendo no una noción concreta, sino una relación contextual. Mi relación con mi padre, no es aquella con mi coche o mi oreja. Se sostiene sobre el objeto apropriado, cierta forma de título, cierto trabajo. Tampoco suponemos la exclusividad, mi escuela puede ser tu escuela, mi dia de nacimiento, el tuyo. En ciertos casos -mi alma, mi memoria-, se entiende una esencialidad personal. Habría que interrogarse de antemano la presencia del “yo” en el “mi”, provenimos de cierto modo en nuestra madre y actuamos de algún modo en nuestro oficio. Pasar de actor a objeto -aunque sea objeto de un objeto-, es bastante drástico en el diálogo. La idea de posesión, el título, es una variable lingüistica que permite confusas interpretaciones.

Aunque redujiesemos la noción del posesivo simplemente a la posesión, esto no es sencillo. La pregunta de “qué es lo propio de mí”, es ya una imposibilidad pues postula la pregunta de la identidad -¿qué es la identidad?-. Explicamos previamente* que el ejercicio es arbitrario o al menos engañoso. Será acaso por esto que la propiedad y el pronombre son problemas. Aunque bueno, el dilema incluiría cualquier tipo de pronombre, cualquier sustitución o analogía -un problema sencillamente de lenguaje-. Y tal vez es el caso, podría tratarse de una imposibilidad discursiva -hay montones-, aunque por el momento no identifico con intuición a cual se refiere. Será acaso que el sujeto es arbitrario y la propiedad, no puede ser menos.

De un modo u otro, el posesivo no indica tan solo la posesión, indica verdaderamente la cosmogonía del yo. A nivel del lenguaje, todo lo que corresponde a la identidad, parece expresarse por el posesivo, habría que buscar alguna excepción**. Voy a relacionar esta extraña característica con el principio del lenguaje de la auto-referencia, de la idea que un lenguaje puede razonar en cierto modo dentro de sí mismo logrando un ciclo infinito de descripción dentro de sí mismo, probando que no puede describirse justamente.

Más interesante que buscar agujeros en un montón de conceptos, podria ser interrogarse precisamente por qué una noción tan estirada y difícil nos resulta muy natural y sobre todo, útil. Quiero decir, el lenguaje evoluciona por sus formas utilitarias, y en su mismo oficio, permite emplear conceptos fácil y rápidamente, es una economía pedagógica enorme. Tomemos las matemáticas por ejemplo: Es mucho más difícil inventar las matemáticas que comprender los conceptos que contienen, esta facilidad viene el aprovechamiento correcto de nuestro material semántico, el hombre está programado para ser gramático, una puesta en lenguaje facilita en nosotros un montón de abstracciones -como la dificultad de poseer o la identidad o la auto-referencia-.

Las concepciones contenidas en esta facilidad de ser “mío”, son cosas que se encuentran en la sociedad humana, es una economía que sirve a la función. Entiendo que podemos remitir por ella a la propiedad privada, al matrimonio o a la tribu. Creo que al paso del tiempo en el posesivo se ha acumulado la vida social del individuo, se es hijo de alguien, padre de alguien, usuario de algo, total de algos. Contemplamos en un vocablo muy sencillo, para una relación que es complicada pero eminentemente casual. La posesión como la identidad presuponen una función social, una necesidad para la interacción humana en su forma más básica. Al tratarse de un concepto tan amplio, encontraremos frecuentemente contradicciones, hablar de mi comunidad es algo que de cierto modo borra la posesión y la identidad, muchos ejemplos inclinarían a los otro.

Lo que no podemos suponer es que sea sencillo por ser casual, es, me parece, ejemplo perfecto de los abusos y arbitrarios del lenguaje.

Porque si digo que este es mi blog, ¿no lo podrán poseer mis lectores?

Pagina dibujada

28 Jun

Ahora que reflexiono sobre la ilustración es sospechoso que guste especialmente a los niños, o más bien, que deje de gustarnos envejecidos reconociendo el impacto visual que poseen. ¿Por qué no aceptar la imagen como una herramienta de entendimiento al nivel de la palabra? ¿por qué se reduce la ilustración a los libros infantiles?

Sobre esta cuestión de la edad, hay que recordar lo paradigmático de los libros infantiles, el hecho de que no son niños sino adultos que los conciben. Si uno mantuviera la mentalidad de un infante, los libros como los conocemos no existirían. Muchos empleos de la imagen se quieren como una variante pedagógica de la información, mas se quiere siempre que funcione como una introducción al texto. El arte, en sí, no pareciera tampoco responder al mismo afan que las ilustraciones tienen en los libros mencionados, pues las estéticas adultas son enteramente distintas a las ahí mostradas.

Mi deducción -bruta- es considerar que el niño emplea la imagen con una finalidad distinta y prácticamente opuesta a la que el arte de la pintura encarna. Por varias razones no vale la pena intentar concretar el argumento, mas la hipótesis sería que para el niño el objeto es una manera de enteder -supercede al lenguaje-, mientras que para el arte es un objeto-en-sí-mismo o una experiencia. Estoy bastante seguro de que aún entonces, la visión infantil no excluye las espectativas puestas por el arte, sino que sencillamente no las favorece. Mi conclusión sería, que la visión infantil por ser múltiple es más rica, y por esto permite al niño gustar de la ilustración.

Históricamente, el vínculo estrecho entre la imagen y la palabra han sido los conceptos de símbolo y ornamento. Una ilustración podía integrarse a un relato para aumentar su valor de objeto -libro- y embellecerlo de tal manera de que la posesión de este fuese más grata. Entendemos que conforme la producción en masa ha ido dominando los medios de producción menos visiones artesanales del libro y la imagen ha podido constituirse. En este sentido la ilustración no distaría de la caligrafía, que aún en nuestra visión parcial del libro, propone un cierto valor añadido y estético que podemos intuir.

La función símbolo es un tanto más problemática, sugiere en realidad, una sustitución analógica de un objeto por otro, mas no se trata de una función de lenguaje. Digo que no se constituye como un lenguaje pues carece de un poder de auto-referencia, el símbolo envía a un objeto pero el conjunto de ilustraciones no envían a la totalidad del libro, son un apartado, son símbolos adjuntos y no símbolos íntegros del texto en sí. Tal vez encontremos como excepción textos esencialmente antiguos como se puede tratar de la biblia, que si uno se lo permite, puede ser leída como una colección de imágenes que refieren a un objeto de fe, y a su vez constituyen juntas la totalidad del relato enunciado. La función simbólica de la imagen pues, no parece concretarse en los textos de ficción, pues su manera de conjugarse resulta incapaz de dar cuenta de dicho valor analógico que inclina al lenguaje.

Podría sin duda, tenerse alguna edición de tal o cual texto conocido -digamos la Comedia-, que recorriendo con ilustraciones toda la narración, imitara la forma simbólica que mencioné arriba, en la cual la totalidad de imágenes remite a todo el texto, como cada imagen es símbolo de un valor abstracto. Intuyo que aún en este caso valiente, nos quedaríamos en la parcialidad del valor visual. Esto tal vez se deba en que el artificio en cuestión consistiría en montar unos cuadros a partir de un texto ya existente, en el rigor de que siempre el texto será anterior a la ilustración. En esta subordinación, me parece, no puede hallarse el valor total de comunicación de la imagen, que ya en otra ocasión, mencionaremos dentro de su función vichiana.

Los libros para niños también contienen ese grado de artificialidad que mencioné en el ejemplo anterior, mas la lectura típicamente niña sobre pasa las espectativas de creación, y supone que la imagen antecede al texto, pues muestra al objeto real que el texto refiere, y dado que el texto se debió recopilar después de los eventos enunciados, la imagen es anterior a él. Este tipo de ficción es empleada por Antoine de Saint-Exupery en su Petit Prince, cuando cuenta la anecdota de los dibujos, entre ellos aquel del la boa que come al elefante. Esa imagen, dentro del contexto de la historia, antecede al relato mismo del encuentro con el principio y remite en la ilustración, la referencia primera al objeto real, superando la relevancia del texto.

Lo que no quiere decir que la imagen deba luchar tan solo por recuperar su calidad de discurso dentro de los libros, podríamos también querer, por ejemplo, que el texto recupere su calidad de imagen. En cierto sentido, los caligramas de Apollinaire persiguen estos efectos. Y se le ocurrirán a usted, otras transgresiones acaso más reales.

Desentendido

17 Jun

A uno como autor a veces le interesan cosas absurdas como la hegemonía de su lengua. Insisto, es casi risible viniendo de un escritor en español que tiene varias audiencias cautivas, incluyendo parte de la población de Estados Unidos, nosotros no tenemos tanto miedo. Mas me interrogo igual, de esta preminencia, de la interrogante que nos viene al concebir un trabajo en idioma original.

Incluso si yo fuese un autor realmente minoritario la hegemonía de la lengua no es una tragedia, mientras uno viva y la maneje, su permanencia está asegurada y después, uno está muerto así que no importa. Aunque bueno, muchos literatos son románticos, probablemente habría discusiones acaloradas y opiniones de pasión sobre el patrimonio cultural que cada lengua es. De acuerdo, eso por un lado, no estoy diciendo que las palabras desaparezcan sino que ganen importancia y lugar dentro del mundo moderno.

Típico, mientras más gente lo lea a uno, va a creer que escribe mejor. Con esta mentalidad nadie escribiría blogs o poesía gente, la lectura es bastante más que un consenso cuantitativo entre gente del mismo idioma. Además, el sueño de la hegemonía del lenguaje es menos un objeto personal que la sensación de pertenencia que nuestra lengua misma nos sugiere. Al menos en mí, que excecro el sentimiento nacionalista, siento una genuina admiración por mi lengua*.

Aunque también hay algo del idioma que es un objeto y al que tenemos cerca como un apéndice, un tipo de fuerza cotidiana consoladora de algún modo. Si existiera un providencial planeta con un idioma original, la gente terminaría por hablar distinto, pues la palabra expresa demasiados deseos fundamentales del ser -y a la vez es tan compleja- que no va a desaparecer por fines pragmáticos. El idioma no es tan solo porque es propio ni patrio, simplemente le prestamos una atención particular y nos relacionamos con él. Como cualquier relación importante, esperamos de algún modo su prosperidad a futuro.

O tan solo exteriorizamos la frustración de no entender. Cuando uno es niño se acostumbra a no poder explicarse ni comprender las acciones de los otros, y en eso se nos pasa la infancia, tranquila y del todo zen. Luego encontramos una resistencia, asumimos pesadamente que no hay excusas para que en este mundo de comodidades, la palabra no nos sea accesible; debe simplificarse todo, incluso el habla. Aprovechando esto me gustaría corregir la mal fundada y risible noción de que aprendiendo el inglés uno puede comunicarse con gente por todo el mundo, admitimos que el inglés es abundante, pero no se ha vuelto un pelo más fácil de aprender desde los tiempos antiguos y no podemos comunicarnos sin esa comprensión que tanto no queremos hacer entrar en nuestras cabezas.

*- Claro, tenía que ser escritor.

Entonces una mezcla de amor algo propio e impotencia, bonitas razones para justificar la cultura.  Un apologista de la variedad que soy, asumiría que alguna concesión debe lograrse en vista de que los idiomas agracian el mundo con distintos modos de habla; más rápidamente la modernidad y sus jeans de mezclilla arrojan mis buenos instintos por tierra. Nop, parece que nos estamos quedando en la identificación del hombre con su idioma, y que nos reivindica la capacidad céntrica en que esta identificación nos coloca frente al canon “occidental”.

A menos claro, que cambiaramos nuestra relación tradicional con el lenguaje a algo que va más lejos de la simple comprensión de sentido, y sospecho que el arte puede sugerir un par de maneras de lograrlo. Pensemos en la traducción -forma principal de interacción entre idiomas ante cierto menoscabo canónico-, y que parte de dos paradigmas igualmente considerables, como la traducción literal y la más libre. Este simple sistema que parece un cambio de idiomas básico, no puede sino reconocerse también una visión del idioma como un elemento productor. Pensar que un idioma expresa cierta cosa de tal o cual manera, encontrar maneras ricas de discutir, ya es algo que se acerca al propósito del arte.

Entiendo que José María Arguedas escribió su poesía en quechua, pues consideraba que la importancia de la oralidad en la cultura andina era muchísimo más central que en la propiamente “peruana”. Redefinir la manera de usar la palabra, de ver el propio idioma. Yo creo que lo que trabaja Arguedas no es sino consecuencia inevitable de ser políglota, hay un principio fundamental que te sugiere el empleo distinto de un idioma y otro, entiéndase, considerar cierta excepcionalidad al objeto más allá de su valor puramente discursivo.

Luego, he oído frecuentemente esta pregunta: ¿Piensas en español o en francés?

Leve como puede parecer, creo que dicha interrogante permite algún sentimiento poético y no pocas reflexiones.

Del decir atenuado…

21 May

Pienso en el eufemismo, en su fácilidad para sembrar descontento y en su extraña renuencia contagiosa. Se trata de un decir-correcto, que se nos ha vuelto cada día más presente y absurdo, algo que difícilmente se vislumbra como una solución a los problemas, y que pese a su uso sigue siendo incomprendido.

Descubriremos rápidamente cuantos desazones se pueden ocultar tras un cambio “adecuado” de palabras, se me ocurre por ejemplo “persona de color”, para decir negro; se me ocurre gente humilde, para decir pobre; de buena familia, para decir rico. Hablamos del descanso eterno para decir muerte. ¿Qué tienen en común los temas tratados? La incomodidad, la presencia/ausencia discursiva que tienen en nuestras vidas, su irracionalidad sin solución.

Y es que son cosas que no queremos decir. Argumenté hace poco que el racismo se calla bastante porque causa fascinación: En secreto los hombres son racistas, mas esta inclinación les apena. Entonces en la esencia misma del racismo, en ese intentar no discutir alrespecto, encontraremos una fuente probable de eufemismos, para quitar la fraqueza que le quede a cualquier discurso. Hablar del racismo sin decir racismo: Tratar de borrarlo.

Discutía el otro día sobre las tendencias hipócritas que tiene la gente en público. Hay que considerar que la hipocresía es algo que entendemos como un discurso, como un ente rico en sentido: No se puede ser hipócrita sin la voluntad de serlo. Claro, desde el punto de vista del que habla, la hipocresía no es sino una manera de saldar la demanda social, aquello que es correcto, el discurso correcto. El eufemismo pues, se presupone parte de la esfera de lo público, parte de un modelo social basado fuertemente en la imágen, en el cual los hombres mienten. Porque el eufemismo es fundamentalmente -también, como la literatura-, una mentira.

El primer reflejo de un buen moralista podría tratarse sencillamente de abolir el eufemismo, de enunciar tan solo en lengua franca. No descansa en paz, está muerto. Esta reflexión nos hace ingresar en una especie de culto de la verdad, un desgarre que en su falta de artificio -imágen, un eufemismo es imágen-, corre el riesgo de ser tomado más en serio. Y sería peor, entonces, decifrar la mentira que contiene, porque todos los enunciados presuponen parcialmente una mentira.

He hablado de la periferia ampliamente, y he dicho que el proceso de asimilación de esta periferia, debe comenzar por identificar los objetos que nuestra precariedad contiene. Lo periférico suele ser común, en realidad no se puede no-ser racista, sin convivir con pueblos y culturas ajenas. Lo periférico se encuentra en la mirada de conflicto privilegiada en la que el conflicto no se evita, no se esconde. Contrario a la versión moralista que juzga negativo el eufemismo, yo opino que se trata de una manera de encarar la precariedad, no de resolverla, su pretensión no va más allá de un arreglo estético creado por el lenguaje, mas es, de algún modo, un arreglo. La literatura también busca arreglar lo periférico, incluirlo, por medio de un discurso que se quiere mucho más complicado y que, en oposición al eufemismo en sí, no está constituído por lugares comunes. El eufemismo es casi un insulto, una burla, mas el humor suele ocultar un terror intrínsico en nuestro ser, lo que hace del eufemismo una cierta manera de aceptar e incluir el temor. En nuestro caso, por supuesto, eso no basta. Pero al hallar el eufemismo hallaremos incluída la periferia.

Hay muchos eufemismos de la muerte y del sexo, del cuerpo como objeto biológico, de la vida personal de la mujer. Han sido cosas que evitamos como plagas, durante tantos años, y en que los eufemismos resonaban como plegarias, perpetuamente repetidas, y ya borradas de sentido. Existe un mismo, en eufemismo, un objeto que se descubre y se propone, al menos por la broma del discurso, reintegrar a sí mismo. Es evidente que la palabra -también la palabra artística o la literaria-, no es sino un paso para la incorporación de estos objetos. No es castigando el lenguaje que dirigiremos nuestras vidas.

Por cierto que se puede polemizar sobre en qué consiste un eufemismo, porque sencillamente, “estar muerto” tiene cierta inexactitud verbal: El verbo ser y estar no coinciden precisamente con el evento de la muerte. Hay definiciones también, que tienen aires de eufemismo, como diríamos del complejo de Edipo, cuya referencia mitoliteraria nos debe sonar, lanzada en el vacío, como una reverenda pavada. Tengamos consciencia de cuánto el sicoanálisis freudiano se desarrolló en un medio social, con pretensiones científicas, y coercionado por la sociedad en que nació, cuánto se le exigió originalmente, escribir en eufemismos. Porque el enfrentamiento consigo mismo también es una periferia, la noción de espiritualidad, de miedo personal, complejo o individuación; todo eso merece nuestro eufémico terror. Mostramos nuestro respeto y miedo por medio de las palabras.

El eufemismo es el título del horror.

El lector sabe

19 May

Suelo reconocer que la lengua se encuentra impotente a abordar verdaderamente muchos temas, pues por el simple hecho de ser un lenguaje se encuentra limitada por varias razones y formas, que el literato debe conocer. Entiendo en realidad, que las limitaciones en sí no basten para tener una comprensión de las lecciones que se pueden tirar del lenguaje. Y es que parte de nuestros problemas girará precisamente alrededor de la comprensión: Es complicado.

Uno de los siete -¿u ocho?- principios literarios que hemos trabajado es la economía, sin duda mencioné al abordarla, como toma en cuenta la comprensión. Debemos decir poco pero sin que el sentido se pierda. El lector sabe entonces, una noción muy superficial de la economía, carente de sutileza y también clara, este tipo de definición, propia del resumen o el diccionario, no enseña nada, pues no reflexiona ni se asimila. Tenemos entonces, la problemática de comprender, el lenguaje como herramienta de comunicación sugiere prestarse al intercambio de ideas. Solo que en este intercambio hay cambio, el lenguaje no mueve ideas, tan solo palabras -frases, sintagmas-, tan solo objetos de lenguaje que por ellos mismos son vacíos o arbitrarios. Además, el idioma es solo una de muchas maneras de intercambiar ideas.

La lección al escribir es mantener una relación positiva con el lenguaje, tratar de entender no solo cómo funcionan las cosas, sino más importante, por qué no funcionan. He de entender que la mayoría de los discursos son engañosos, tal evidencia nos remite a los componentes del lenguaje mismo. Muchos conceptos del lenguaje remiten a la economía, por ejemplo, la idea de hablar claramente. Hablar claramente es rasurar los significados superfluos o las complicaciones de un sistema y reducirlo a sus simples términos más funcionales. El cambio, se puede percibir de inmediato, estamos desvirtuando nuestro objeto para facilitar su comunicación o reducir el volúmen general de información por comunicar, y por ello mismo, la posibilidad de error, ¿no? -mientras más palabras se digan, más fácil es enviarlas más-.

Error. El silencio es un elemento expresivo por excelencia, él mismo no suprime, sino permite multiples interpetaciones y convenciones de las cosas, el silencio mismo, se nos personifica como la duda general que el hombre entiende para su entorno. Ante lo desconocido, no nos quedamos impávidos -finalmente nada conocemos-, en vez de esto imaginamos y teorizamos cómo las cosas podrían ser. Entonces una frase que dice poco, es una que permite mayores detalles y referencias que todas las demás. Esclapez dice que desde la primer frase de un libro, se limita el significado de todos sus elementos posteriores, lo que también implica, es que las frases y sentidos consiguientes solo limitarán aún más, este sentido potencial. Y sin embargo, al terminar la obra los sentidos no han muerto todos, pues finalmente el principio es mucho más real que el arbitrario final (otro día trataremos esto).

Hablar claramente, es pues, hablar de manera superficial, no comprometerse con un tema y sus sutilezas, considerar tan solo lo sencillo de describir. Esto no es una manera de pensar, sino de hablar; varias veces el hombre las ha confundido en su historia, porque solo puede referir a las ideas y al pensamiento por medio de la palabra, lo que no quiere decir que se trate de dos actividades adjuntas. El pensamiento genera la palabra ¿no? Esto no quiere decir que tenga sus mismas limitaciones, la verdad es que el discurso, literalmente, ha limitado mucho la manera de pensar de nuestros intelectuales, al no poder mirar más allá de ciertas ilusiones que la palabra envía. Como el hombre cotidiano no puede sino pensar que su artificiosa realidad remite a verdades universales que pueden constatarse pues un sistema argumentativo se encuentra detrás de él. Es por eso que ciertos pensamientos discursivos -como la democracia, o la política en general-, llegan a ciertos niveles de absurdidad que hay que destruir sin tener mucho cuidado en los detalles del discurso (de un lado, puede haber manipulación voluntaria, del otro, no cualquiera puede ser consciente de las limitaciones propias del lenguaje).

Voy a empezar describiendo dos procesos de discurso que no, deben confundirse con procesos de pensamiento, esto no es la misma cosa. El pensamiento es fluído y variable, puede sin duda ajustarse a nuestros modelos dialéctico-discursivos con un mínimo entrenamiento, pero el lenguaje es un objeto fijo, una lógica rígida que persiste pese a sus variantes inconsistencias. Quiero decir de nuevo, que el pensamiento puede parecer idiomático pero no está obligado a serlo. Estos dos procesos, que ni siquiera son opuestos, trazan su muy natural orígen en dos relaciones que estoy seguro, han sido evocadas por muchos filósofos a finales del siglo pasado -no nos importa, para este fin-: La noción de unir y desunir.

¿Cuál de estas dos nociones se emplea al “hablar claramente”?

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