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5 Dic

Si amas a Dios, amas el desórden fundamental de su obra

 

Del mismo modo, si gustan de mí (por imagen y semejanza) tolerarán o apreciarán en diversas medidas mi dispersión. Y entonces, estamos aquí, en el artículado desórden de mis expresiones, en este obligado preámbula al problema que ocasionalmente (aquí), nos atañe. Un trozo de letras.

El asunto en general, para mí es uno, y como están frente a mi texto para ustedes es doble. Ahora lo haremos triple. De aquí el interés de la introducción ¿no? Proponer la dimensión adecuada para resolver un problema. Ojo: es usted quien lo resuelve, nadie más, yo soy testigo.

La verdad, en el fondo, no deseo que usted piense, requiero que escriba. La concepción con la que las ventilaciones son propuestas se cimenta en un concepto de veracidad dialogal, solo es válida hasta que la réplica del lector se propone. Jugamos con la temporalidad porque de otra forma los conceptos serían lineales y las argumentaciones entre lector y escritor de cierto modo respondarían a la misma predictibilidad. Descreo bastante del valor de novedad, yo quiero recuperar algo consistente de todos estos propósitos, una realidad dispersa que responda por lo menos a lo que yo puedo nombrar como mis Conceptos. Y tienen que ser dispersos, casi no ser, porque tengo la convicción de que así son los mejores conceptos, los de verdad.

Piense al respecto, escriba al respecto. No tiene que ser hoy ni mañana, puedo estar muerto ya, hágase el favor a usted mismo de entrar en este triple esfuerzo que hace de su asunto, el que le atañe (¿nos atañe?) un objeto que sea más que papel. En fin, saque algo de aquí, y no lo saque para guardarlo en su cabeza, literalmente dele algún apartado en el mundo, confirme por lo menos su existencia (no la del Concepto, sino la suya, lector, demuestre que es)

Ahora a trabajar.

 

Si bien cualquier regla contiene su negación, he desechado de antemano dos actitudes en la reflexión: no puedo justificarme y no puedo dejar de justificarme. Lo primero es un pecado de la arrogancia y lo segundo es un gesto de honestidad para con ustedes. El escritor no es un mago que guarda sus secretos para sí, su discurso es evidente, superficial. Pregunte y yo le responderé con lo mejor de mi carácter, no estoy escribiendo en público para pretender que mi conocimiento está privatizado, esto me parece sería un error de tacto.

Y me doy cuenta entonces que la honestidad se busca, no puedo permitirme una arbitrariedad. Me las permito todas, mas dejar vivir una es inválido. Entonces debo decorticar esta sinceridad que me es propia, tratar de, si no desentrañar una razón de mi verdad, por lo menos inventarla, fabricarla, falsificarla. Yo quiero eso: verdades falsas. La mentira es una tarea de gran monta, siempre y cuando uno no se la permita para todo, sino para una sola cosa.

Por consecuencia ilustraré un disgusto y en esto formularé tres opiniones, tres realidades falsificadas que pueden dar cuenta de una verdad probablemente irracional. Voy a inventarme una personalidad específicamente para la novela, para juzgar, anular y distraer mi disgusto extremo hacia el género novelezco. Condensaré esta repugnancia visceral, este aburrimiento sincero, en tres ensayos, y se los propondré a continuación. Bueno, a continuación a sabiendas de las reglas establecidas. Igual me parece que todavía se las estoy dejando fácil.

Entonces, la novela, en tres capítulos, tres maneras de reprocharle a la novela ser lo que es, tres maneras que además podemos tachar parcial o totalmente de inválidas, que puedo o no compartir. Si tratara de ser transparente erraría en el lado de la falsa humildad, en realidad tampoco es un camino decente. Para ser visible -se sabe-, no basta ser visible, sino además hay que ser opaco, tiene que haber una materia que podamos agredir para verdaderamente confiar a nuestra vista. El escritor no es ilusionista.

En cierto modo, los amo, y necesito darles y que me den lo mejor de ustedes. Por eso, no una vez, ni dos, sino tres.

 

Propósito para el año que viene: que la mitad de mi obra sea la introducción al resto de mi obra. Toda proporción guardada.

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Obra toda

18 Jul

Siempre he sido, y espero siempre ser en cierto grado, un lector propenso al error. Pero hay errores indeseables y hay otros que no solo se esperan, sino dan esperanza. El error de la ortodoxia es uno que me gustaría evitar, porque me supondría tener un método para abordar cualquier obra, y no solo suena a pedantería sino que es el equivalente a jugar a los dardos con los ojos cerrados. Me dirán que dominar el tiro de flechettes a ciegas requiere maestría, por supuesto que sí, pero la lectura es como tirar la flecha de Guillaume Tell, la parte sorprendente no es el espectáculo, sino el riesgo personal. Sin riesgo personal, ¿cuál error importa? Pues a final de cuentas si la lectura no es propia, si no lo concierne a uno, pues no es lectura todo simplemente. El que viste una lectura critica para venderla no actúa como un verdadero lector, ya sabrá Dios y su prójimo si de veras lee -no nos lancemos en generalidades que sean más torpes que lo estricto necesario-.

Entonces, decía que la experiencia de fallar una lectura, o no fallarla -no es una competencia, leer- sino mejor dicho mediarla por otra, ponerla en duda, reinventarla; esa experiencia es una satisfacción necesaria que debe llegar cada cierto tiempo. Ya saben que soy desertor de los que se agarran de los valores como excusa para no aceptar el cambio. Otra persona así, Ana Montes, me mostró algún objeto que acaso yo banalizaba il y a deja quelque temps. La obra de Ana Montes, fragmentaria y varia, se extiende sobre todo en lo audiovisual, la poesía y algo de teatro. Yo la he presenciado poquísimo. Tal vez precisamente por mi mirada a migajas me hallé un poco empecinado en hallar un hilo conductor del todo, ¿ya ven? Inventarle una identidad al corpus, en eso consiste. Pero nunca antes había tenido la experiencia interpersonal con un autor, un tipo de intercambio que siendo yo principalmente y antes de todo un purista de las letras -habrá notado el lector que llevo cientos de entradas sobre todo teóricas, divagando en distintos temas casi siempre desencarnados-, me llegaba de lo desconocido. ¿Cuánto importa la persona del autor en su obra? Yo le atribuía un falso valor fantasma, en algún momento. Luego visto del otro lado, la obra hacia al autor, fui hallando tal vez relaciones más sustanciales.

Para decir que lo mágico y lo inexplicable si forman parte de la obra. Uno las escupe un poco dada la densidad de su alma, la necesidad de producir algo, de crear. Tienen partes de uno que ni siquiera son de uno, predicen el futuro, son como el sueño de Jung. Me acuerdo que comenté algo sobre la lucidez que sugería Chirbes en una de sus novelas, la lucidez como valor del autor: no ser sincero sino presentir. Creo que esta lucidez puede cómodamente tener algo de autismo, tener un espacio cortado como los agujeros que tenían otros hermanos lectores que eran finalmente, también suicidas. Que el suicidio forma parte también de una lucidez que se nos figura a veces macabra, pero tiene bastante de natural. La obra también es un suicidio simbólico, porque si uno tuviera que bancarse sus obras tal vez se moriría, aunque sea de pena, aunque sea de misterio. Igual no siempre es el caso, lo fundamental es que la obra y el autor, es una relación difícil de simplificar, yo no hubiera entendido esto, la relación a veces no me ha importado gran cosa, pero en mi última novela fui entendiendo que podía ser parte del todo pues, que la relación es parte del mensaje.

Es curioso, por no decir otra cosa. Si les parece evidente, acaso he fallado en expresar mi estupefacción respecto a la significación de todo esto, tal vez necesiten vivir ustedes mismos la experiencia. En sí ver el futuro no me sorprende ni me intimida, la profecía y los oráculos son uno de los primeros géneros literarios del alma humana. Ana ha obrado tal vez en la psicohistoria de Asimov por tanto trabajar en los géneros populares, o simplemente los astros y Jung le han permitido traspasar ese velo que divide la adivinación fraudulenta de la verdadera predicción. Esta característica a nivel personal tiene poco o acaso nada de artístico, como las señoras que controlan a sus hijos con la mente ¿no? Pero es elocuente sobre lo que puede ser nuestra alma. Es forzosamente otra posibilidad de leer, un objeto que nos aproxima al gesto místico y a la verdadera lucidez, como de los escritores suicidas o moribundos. La obra total tiene algo que escapa a la explicación racional, y esto no pocas veces es la muerte. Ignoro si vale la pena hacer obras totales, pero si me experiencia puede comprobar su existencia, y si el lector es tan generoso que me puede creer por palabra lo que le estoy relatando ¿no es esto una revolución suficiente en la forma de leer? ¿no escapa en cierto modo a la ortodoxia del escépticismo como valor primero de la posición crítica?

Me lleva a pensar que errar es sagrado.

Serie de preguntas

10 Jul

El cuestionario o test es un género sumamente popular que supone el uso rudimentario de la estadística para cierto fin, que regularmente resulta imposible calificar con estadística. Su dimensión es lúdica y colorida, debemos pensarlo como un valor estético antes de preguntarse si tiene resultado, o si los resultados que tiene son pertinentes. Ya por ésto debería bastar para llamarlo literatura.

Es interesante notar que el cuestionario es un género basado en la crónica, entiéndase, que se liga al tiempo en el que es efectuado. Lo que no impide por supuesto tratar ciertos valores existenciales por medio de esto, y estos pueden ser siempre alterados por otro test aplicado a futuro. En esto si se parece a la estadística, existe un márgen de error o rectificación que depende de la información. Gracias a esta característica temporal el cuestionario habita las revistas mensuales y semi mensuales, además del medio escrito temporal por excelencia: internet.

Además ayuda la dimensión lírica que muchos de estos textos sugieren. Recordemos que a la suerte de las novelas interactivas un cuestionario siempre exige la respuesta directa del lector en parámetros controlados, y se vuelve practicamente una entrevista auto aplicada. Un placebo para los hipocondriacos de la intimidad. Lo que es genial cuando la práctica del internet tiene mucho que ver con mirar detenidamente el propio ombligo, aunque admito que las capacidades estéticas del género superan por mucho esta práctica casual. Muchos cuentistas experimentados se han adentrado en este género, casi siempre recurriendo al humor. La narrativa parece haber absorbido toda esta dimensión popular del cuestionario para volverlo casi un género de humor, incluso los comediantes hacen uso de este.

Sin duda la poesía se ha apropiado de esta forma con objetivos menos bromistas. Un mínimo de lucidez revela hasta que punto el propósito lírico del cuestionario es una tragedia: por medio de preguntas consecutivas se va revelando una faceta presuntamente oculta de uno mismo, con una suerte de narrativa propia que hace que conforme uno se aproxima al final la cuestión se establece de una manera sólida y que el lector ya puede preveer. Pero también tiene algo de verdad dialógica, porque si bien los interrogatorios regulares suponen al menos dos personas el cuestionario sucede en un momento, y solo uno lo ejecuta. Encontramos en este interrogarse una búsqueda de la verdad, una consecuente formación de las condiciones propicias para lo cierto. Muy filosóficamente hemos deshebrado un universo y lo hemos reconstituído en un grupo de formulas mágicas que lo definen y que el joven alquimista debe sortear por sí mismo persiguiendo acaso finales diversos.

Y hablando del final del cuestionario, muchas veces parece la moral de un fabulista. Se ha establecido una circunstancia, se ha narrado su proceso fundador que atina en ser una suerte de mitología ficticia de su propia cuestión, y finalmente llega un veredicto totalizante que intenta responder a lo que el aventurero busca al emprender su viaje. No todos los cuestionarios buscan ser igual de aleccionadores, mas proponer un resultado presupone determinada comparación, y finalmente se deriva entre la condenación y la distribución metódica de premios para cada persona. Varios tests tienen este modo, como aquellos que asemejan al lector a determinado arquetipo, personaje u oficio; simplemente se expresa por ellos la idea de la variedad, definida de antemano y necesaria para que el cuestionario mismo pueda ser compuesto. Es una suerte de engaño: diríamos que las preguntas forman el resultado final del cuestionario, mas la mayoría del tiempo estos resultados existen a priori y hay que llegar hasta ellos por algún camino. Son finalmente métodos de escritura, todo cuestionario presupone no solo determinada narrativa sino cierta dinámica de la creación literaria que es la producción de principios parciales y de finales. Todo cuestionario es en realidad antología de cuentos.

Seguramente la compulsión inmediata de algunos lectores será: quiero un cuestionario literario. Mi intención inicial era en efecto, armar un cuestionario directo sobre la escritura, solo que ya ven que me extendí de lo que debía ser un párrafo introductorio a toda una explicación genérica. Me disculpo por esta reacción, suelo tener este ánimo de completud de vez en cuando y me dejo ir en este blog. El punto de cuestión siendo: ¿qué podríamos esperar de un cuestionario literario? ¿no sería una explicitación del tipo de preguntas que cualquier libro nos postula cuando volteamos sus páginas? De hecho ha de poderse emplear de manera ejemplar y lograr un efecto propio muy directo, creo que la interacción con el lector es una variable siempre interesante, tal vez demasiado simplificada en el concepto lírico del test. Pero a su vez, si leemos un cuestionario como si se tratase simplemente de otro cuestionario, ¿no vence esto el propósito de la revolución de sus formas? ¿deberíamos leerlo como a una novela o un poema? ¿no se requiere de antemano una estrategia y una capacidad para abordarlo y hacerlo una experiencia única?

Por algún motivo presiento que es el lector y no el escritor que se encuentra en ese texto. Entonces la ausencia de género definido me desarma, la idea de una pregunta que no presuponga su respuesta supera un poco, me parece, al lenguaje convencional.

Suena árduo, mas lo pensaré, ¿por qué no? Hacer cosas imposibles es parte del trabajo.

Caragenda

6 Dic

Hemos hablado de Twitter, pero, ¿por qué no Facebook?

Creo que incluso ya expliqué por qué Twitter, la parte de la palabra, del género, de su popularidad inmediata. Facebook es más como el internet y menos como el discurso, entiéndase, la extraña información irrelevante que entretiene en lugar que la expresión torpe de uno mismo, por torpe que sea.

Discutiendo con Henri me sorprendí sosteniendo un propósito que me pareció sensato, casi reflexionado y tal vez vivido. Que el internet nunca tendría éxito fuera de un sistema unificado que lo haga estúpido para que sea accesible a cualquiera, y que Facebook se prestaba a ese fin: mostrando noticias, videos o fotos en una misma plataforma, que más que nada era única entre todo aunque no particularmente buena para nada.

La existencia web en un solo lugar solo parece sencillo, aunque sabemos y hemos discutido ya que la experiencia de la web -y de la vida-, es por fueza variada. Que usted y yo no usamos la misma internet, porque usted no escribe este blog y yo no lo leo perezosamente en su lugar. Pero cuando decimos experiencia decimos por mucho apariencia y me parece que en esta lógica puedo inscribir mucho del éxito de la plataforma virtual. Al hallarnos en una imagen repetida como la página principal de Facebook nada nos distrae, entendemos su platitud, y la información recobra su existencia abstracta. No caemos en la violencia que implicaría enfrentar lo desconocido o lo colorido. Comodidad pues, un esfuerzo del cerebro que presuponemos innecesario.

Encontraremos tal vez que en Facebook ciertas cosas se fácilitan. No me refiero a ninguna actividad en particular, pero mucho de lo referente a la comunicación es evidente. Ya no hablaríamos por teléfono a los amigos sino que les dejaríamos comentarios en Facebook, no haríamos esfuerzos de imaginación tienendo fotografías de nuestras queridas al alcance, y perderíamos el tiempo en lo mismo que nuestros compañeros antes incluso de que compartan el vicio con nosotros. La rapidez solo es tan increíble como lo gratuito de nuestro esfuerzo, empezamos pues a obviar muchas actividades y por fuerza a dejar de poner el empeño en expresiones distintas. Este es el riesgo general de Facebook, que nos olvidemos de lo que no hace por considerar todo lo que hace.

Pienso a veces que comienza por estos medios una suerte de división que me dejará como un anticuado usuario de la web más burda, de esos que se acuerdan que es un directorio web y que de vez en cuando se inscribe en uno. El arte de darse cita en un lugar y respetar este encuentro se perdió con la llegada del celular, me consuela un poco saber que seguiré teniendo muchísimas habilidades trogloditas cuando mi vida termine pues no aprendiendo tampoco desaprendí.

Seguramente lo mejor de una plataforma virtual es usarla para algo que no sirve, y volverla eso. Por ejemplo, me pondré a revisar lo que dicen todos mis “amigos” y escribiré un poema. Le dedicaré a cada cosa superficial que encuentre en la plataforma algún halago. Intentaré que una sola cosa que vea conjugue todas mis reflexiones por varias horas. Me obsesionaré hasta que todo se vuelva banal, pues, trataré de hacer lo contrario al olvido sino enfrentarme al encuentro.

Francamente, cuando me veo cerca de Facebook no solo me llega la vejez que me desconecta de esta moda, y otras como el smartfón, sino además soy un hombre asocial y esta incomodidad virtual se me presenta. Porque sería fácil enfrentar las ridículas proposiciones de un sinúmero de likes o de invitaciones, infinitamente más sencillo que la incomodidad profunda de atravesar las conversaciones monolíticas, la plática filosófica y las compras dominicales, que hallamos en la verdadera amistad, la presencia, un cuerpo que está ahí y que te causa toda la pena de la ausencia cuando te sabes distinto al que está. Y la facilidad pareciera alejarme de mi mismo, invitarme a volverme otro y a payasear como el anonimato -aunque nada menos anónimo que eso ¿no?- que internet ya daba.

Y ahora que lo pienso ¿por québook? entiendo la idea de la cara, aunque máscara quede notoriamente mejor, yo sé que la máscara es un elemento que perturba y atemoriza a nuestra sociedad, admitamos que se requiere ser luchador o superhéroe para portarla. Por otro lado, la parte de libro me interpela y se me requiere casi como un insulto, debe seguramente referir a una agenda en vez de a nuestro amado libro, aunque aclaro que el insulto no se debe a que tenga al tomo en buen concepto sino todo lo contrario. Facebook es tan múltiple y desproporcionado que es superior a cualquier libro. Su experiencia es un desorden y no una narración, un cuadro y no un discurso. Claro, me dirán que si se trata de calidad… Yo responderé que he leído textos atroces, y que una obra nace de su manera de hilarse, y que la creación comunitaria de Facebook es una riqueza y una complejidad. Pero tal vez que nos endormece y lo olvidamos se nos figura a pobreza. El rigor nos exigiría leer mejor, incluso en estos extraños casos.

Desenlaces

30 Oct

Los ejemplos que el arte nos presta permiten que uno tenga cierto excepticismo en el valor de la comunicación cuando se trata de establecer una claridad y un sentido único. El cerebro humano es una máquina que distingue, procesa información y la acomoda por sus características fundamentales, mas la información procede principalmente de un objeto real, como suele ser así mismo el arte. Entiendo que cuando hablamos de una obra literaria no nos referimos a su estructura física, su texto estricto, pues el cerebro admite rápidamente más de una inflexión que hacen la palabra válida.

Hace apenas dos años hubiera tenido problemas en digerir esta idea tan sencilla, me parecía que descubriendo el cuerpo de la literatura, lograría explicarla, o explicármela de una manera más tangible, dar respuestas verdaderas al objeto que buscaba referir. Porque cuando estudié literatura en Francia trabajamos muy cerca del texto, y esto me permitió extraer todo un mundo de sentidos que me hicieron por primera vez sentirme próximo a la lectura. Y el error tal vez radicaba en encontrar una lectura, una sola. ¿Qué podía saber yo entonces sino aquello que experimenté? Un logro estético no puede ser tal, si a uno se lo mastican y lo explican, tiene que ganarlo por medio de un genuino esfuerzo, o no es propio. Eso era también arte, mas yo lo ignoraba.

Esta lectura a la francesa me alejó de otra escuela igualmente parcial, una que muchas veces es vendida como el fundamento de la literatura en inglés, y que se encuentra en el romanticismo. No sé por qué, pero muchos conceptos de literatura giran sobre el concepto de personaje, será simplemente una inflexión de la sociedad enajenada, o de el enfoque al lector silencioso contra la lectura en voz alta, o no sé. Estos historicismos se explican muy fácilmente y suenan falsos. En cierto momento, el libro se volvió un sitio privilegiado de intimidad, y acaso por eso no ha muerto aún -el cine, mas accesible, se nos figura un placer compartido-. Pero esta timidez hereditaria ha hecho que el texto se reserve a una soledad marginal, uno ve ciertas partes de su realización individual como voluntades adolescentes. Algunos escritores adolescentes -véase Rimbaud-, habrán perpetrado esta imagen.

Como oposición tal vez a esta idolatría del personaje, acepté que el texto era un objeto fijo y valioso, hace poco comenté en el blog de Cecilia E. recordando que la lección de forma y fondo era una que entendí hace tiempo, entonces remonto a este momento donde mi teoría de lectura era imperfecta y pensaba que la forma de un objeto literario era fija, y se remitía a marcas en papel. Un solo texto y una sola forma. ¿Qué es un personaje sino descripciones y acciones? Ficción, artificialidad. Puras palabras. Una lectura esencialista que durante un tiempo me consoló y me dio la tendencia de ver el arte como algo abordable.

En algún momento, por azares del destino empecé la literatura comparada. Podría decirse acaso la alquimia, porque estos estudios son un arte dispar y contradictorio. Se explica, a través de todo, más o menos nada. Se buscan reglas que son amplias y concisas a la vez, en un esquema de casos particulares casi infinitos, vistos uno por uno, por unos cuantos especialistas apenas a cada combinación de temas. Debí notar de inmediato lo imposible del propósito. Lo grandioso del mismo, lo indefiniblemente necesario.

Porque los objetos del arte nunca son de verdad un solo objeto. Ni un hombre es un hombre, ni una lectura lectura. Obviamente el texto no es un objeto fijo y terminado. Y la evidencia es, pues, evidente. ¿No leemos traducciones para juzgar un trabajo literario? Entiendo que una traducción no puede ligarse al mismo objeto impreso que el original, que un mismo texto no es en verdad, en lectura, él mismo. Sin llegar a la transformación, ¿no decimos que “en un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” es el Quijote? Solo que sabemos que el Quijote son dos libros -¿o uno?- de cientos de páginas, ¿no podríamos remover párrafos y que siguiera siendo en esencia el Quijote? Por supuesto, el cerebro le presta al arte la unidad, y con la misma comodidad la deshace. Regla general de los razonamientos: la división se respeta cuando sirve, el resto del tiempo estorba.

No fue el estudiar comparatismo que me enseñó esto, pero entiendo que los comparatistas existen como consecuencia de esta evidencia, de que no se puede encerrar a la literatura -ni a ningún tipo de comunicación-, en un único mensaje. Es algo que cotidianamente aceptamos, que el cerebro mismo acepta pues finalmente, a unir y deshacer aprendimos, antes de darnos cuenta. Darse cuenta es lo de menos. El arte, si es uno, va un paso adelante que el simple contenido o que la forma, es una evidencia.

El camino que tiene que tomarse, no se cuenta.

La literatura y sus precursores

26 Sep

Me quedaba pendiente decir que los generos literarios son importantes porque de ellos nace la lectura. No todas las lecturas -no hay que confundirse-, pues para concebir tales arbitrariedades no bastaría contar con todos los generos literarios, sino además con todos los géneros vitales. Hablamos de la lectura como una manera de mirar, una consideración: todos los artes producen lecturas.

En el caso de la pintura creo que se puede ser más explícito. El cubismo puede ser considerado como una forma de mirar, no ver los objetos como lucen, sino como son. Encontrar el objeto escondido que está finalmente en el mismo objeto. La consideración no es extravagante si uno considera que nuestro cerebro reproduce esa misma tarea a cada momento: Cécile sabe que tiene las uñas pintadas sin verlas, pues las ha pintado previamente. Esto funciona a nivel subconsciente: Cécile no se muerde las uñas si se puso barniz coloreado, pero si el barniz es transparente puede morderlas, pues aunque no las vea, no las ve pintadas. El impresionismo también es simplemente volver a mirar, pues si sus imágenes se componen solo por manchas fragmentarias de luz, es porque las imágenes efectivamente son así. Estas maneras de mirar son enteramente legítimas, pero en el arte no son irreflexivas.

La literatura, basada en abstracciones semánticas, es una manera de mirar en sentido figurado, o sea, de cierto punto de vista es un punto de vista. El objeto a considerar no sería la vista sino el discurso, lo cual es amplio si consideramos que es tan natural concebir argumentalmente el mundo, como hacerlo con la vista. Podemos decir que el hombre, más que un animal visual es un animal imaginatendiente. Que nuestra interacción con el universo en la imagenación. Y como los medios tecnológicos y materiales apenas permitieron el cine el siglo pasado, la escritura es preminentemente la manera de aproximarse a esas lecturas.

Ahora, si el cine no terminó por enterrar a la literatura, no es solo por las limitaciones materiales, sino además porque la literatura ya es un género. Uno puede sospechar pues, que es posible leer la vida a través de la literatura, igual con otros objetos ficticios -ver la literatura comparada-. Pero por supuesto, los géneros literarios son también maneras de leer, son limitadas comprensiones.

Ponemos el ejemplo de las comedias de Lope de Vega. Decimos que la comedia de por sí es un género, pero leyendo la cuantiosa obra de Lope, uno puede encontrar cuales de entre sus 400 obras son las más “lopezcas”. El género de Lope es el grado común entre sus obras, otras reglas seguiría su poesía. ¿No podemos juzgar que las obras de teatro que hizo Cervantes son también novelas lopezcas? Sabemos que son contemporáneos, y que sus influencias son similares, podemos tratar de evaluar a uno con respecto al otro. Por supuesto, caeremos en la conclusión de que muchas obras de Cervantes son menos lopezcas que las de Lope. Entonces tenemos un género.

Para que lo sepan, esto pasó en la vida real, Lope fue tan exitoso que la gente que leía las obras de Cervantes, no las hubiera juzgado “suficientemente lopezcas”, del mismo modo que el teatro tardío de Lope no fue visto “suficientemente calderoniano”, por seguir en los ejemplos de lo clásico español. Una obra literaria produce lecturas y (re)produce géneros. Por eso siempre volvemos al género aunque pretendamos haberlo superado: el lector inevitable, regresa a la lectura.

Otro ejemplo sería (¿de Piglia? entre la mudanza no tengo el tiempo ni el gusto de verificar la fuente) el género de detectives. Se sugiere leer a Shakespeare como una obra de detectives y no como una tragedia, ¿quién es el sospechoso en la obra de Macbeth? ¿quién saca ventaja del crimen? No el asesino ciertamente. Si uno puede releer una tragedia como policial, o un policial como tragedia, es que ambos han producido lecturas que aún siguen con nosotros y son moneda de intercambio en las ideas. Kafka creó a sus precursores, porque ahora podemos leer varios textos usando a Kafka como una llave, como un método. Considerando a Kafka.

Entonces cuando se discuta de la contaminación de los géneros, o la degeneración de estos, uno debe recordar que son nuestras guías de acceso al saber, al sentir. La literatura siempre ha sido marginal, en parte porque no es inmediatamente accesible. Para volver a un ejemplo del cine, mucho de lo que pertenece a la película experimental puede considerarse como otra entrada de acceso a la experiencia casual del espectador, ya no como una simple reproducción de las fórmulas existentes, sino como una renovación, ver el cine como una legítima novedad. Algunas de estas películas por fuerza dificultan su acceso a cualquier público.

El género es pues, experiencia, memoria, es el conocimiento que antecede y funda la lectura. El vocablo no es génesis por ser un principio, sino por ser un orígen del conocimiento. Uno no elíge el género que utiliza al escribir/leer: ese nos elige a nosotros.

Otras nuevas inquisiciones

27 Jun

Podemos sentarnos aquí todo el día pretendiendo que mi blog no toma mucha de su inspiración en Borges, pero estaríamos haciéndonos -perdonarán la palabrota, pues sencillamente creo en la justeza de determinadas palabras en determinados momentos, sean estas tan antisonantes como sean, existen ya por la misma inercia para determinados casos, y la digo sin afán de herir sensibilidades:- pendejos. Por lo general evito mencionarlo porque determinados temas que me parecen tan groseros y evidentes tienden a causarme cierto desasosiego a la hora de hablar: cuando uno gira sobre una evidencia no puede evitar parecer un imbécil -y sin embargo muchos libros de detectives funcionan así ¿no? la evidencia está por lo general en el final-. Y no hablemos del asunto de los plagios y las inspiraciones con la que luego lo fastidian algunos por admitir,cualesquierinspiración.

Pour le reste, je m’en tape. Se me figura un momento propicio para abordar el tema. Seguídme que hay que decir.

Borges no es el escritor que más he disfrutado, y ni siquiera es el argentino que ha escrito en mi opinión, la obra más conmovedora. Supongo que hablar de Borges y de emoción puede parecer a muchos eruditos una injusticia, pero se quiera o no, la literatura de Borges es bella tanto más por sus momentos patéticos y sinceros que proceden de la lucidez del autor, que por cualquier barullo teóriquero que se quiera mostrar. Es una bella obra, y cualquiera que busque valorar su sentido sin su forma, es un reverendo imbécil que ofendería al mismo autor. Pero bueno, sobran y sobramos obtusos en esta vida, no le puedo dar gusto a todos. Valga decir que son acaso estas emociones proporcionadas por la obra del argentino que me permitieron descubrir cuanto aprovaba la sensibilidad del poeta, y cómo coincidía con los planteamientos de sus proposiciones como pensador. Borges escribió una carta de amor hacia la lectura con una sinceridad que acaso yo no podría reproducir. Mas el asunto en cuestión nos une: la lectura. La diferencia entre el hombre y Dios, si se quiere.

Los temas que usted habrá tenido la paciencia de leer en este blog, son una emulación o una reformulación de las muchas cosas que Borges dijo. Más turbias o más claras, no me parece que propongan mayor novedad. Dicen que ya todo está hecho. Mi primer enfrentamiento al discutir sobre los temas que Borges trató era de no ser un copión, un borgiano. Y no que me moleste el plagio, simplemente creo que no le haría un favor al maestro superándolo en todo nivel y haciendo redundante su obra. Además realmente yo no escribo como Borges, y la forma tiene tanto más de importancia que la reflexión. En un conjunto de ideas no creo que pueda disociarme del maestro, tan benéfico o perjudicial que esto sea, al tiempo presente. Abogado de la defensa del lector, desertor del valor del texto escrito por sí mismo, soy de los que trata de demístificar el “decir lo imposible”. Y si quiero hablar de esto, ¿debería hacerme el adolescente y pretender ser y decir todo lo contrario a mí (y a Borges por extensión) por el simple motivo de la novedad? Soluciones insatisfactorias. Si hay una vigencia en las ideas su resurrección presente no debe resultar atróz. De haber un órden en el universo, no hay que temer, y si no lo hay, un buen lector lo inventará.

Para los marginales que descartan de antemano una obra por el simple hecho que tome inspiración de otro hombre, les recomiendo la lectura de Alan Moore. Hay pocos autores de fama que tengan una inspiración tan borgiana dentro de sus deconstrucciones, y aunque se trate prominentemente de otro género -la historieta-, su impacto e influencia se mantienen hasta nuestros días, y definitivamente es un maestro de la narración a su propia manera. Moore tampoco me gusta tanto como Borges, aunque los artistas que colaboran con él han logrado hacer más de una obra maestra, ventaja que Jorgito no tuvo -qué sería mejor que un ciego evaluando dibujos de historietas ¿no?-. Pero el tema es el mismo y la sensibilidad es muy similar, aunque Moore y yo tengamos un gusto mayor por la violencia y a Jorge le gustara la limpieza. No creo que mi obra gane favores  metódicamente sobre algunos de ellos, pero acepto la inevitable comparación.

Si por algún motivo a usted le gusta lo que lee en mi blog, lea a Borges, lea a Macedonio, a Alan Moore; no puedo donar recomendaciones tan sinceras como mi práctica misma. Acaso un día yo mismo dejaré de gravitar en estos temas y me inclinaré por asimilarme a otros grupos y maneras. Pero son personas y textos completamente diferentes, creo que hasta su misma similitud, algunos le serán menos atractivos que los otros. No lo piense cronológicamente, invéntenos precursores. Es usted el lector, más poder a usted, genio.

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