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El conflicto no es malo

11 Jun

Esta semana salgo a Paris para una acción administrativa, si algún lector curioso se halla por ahí en estas fechas, puede mandarme un mensaje mañana para poder vernos y discutir ¿no? ¿Qué tiene de malo? Pero si ustedes son de los distraídos y se dicen algo como “pero usted de todos modos apenas postea en este blog”… Pues, supongo que es ahora que pierdo la sutilidad y les explico qué está pasando ultimamente.

Recordemos uno de los problemas del artificio: la inteligibilidad. Podemos doblar los códigos de lectura pero luego se rompen, la secuencia, el lenguaje, los neologismos… El lector necesita ponerse al día con estas nuevas reglas que acaso suceden al momento mismo que leen. ¿Nunca han llegado a un texto y sentido que algo les falta? Bueno, eso es lo que busco aquí, en parte. Y que no les moleste, que sean mis lectores, los de sangre fría, que llegan a un texto no esperando nada y esperándolo todo. Si ustedes son así, y prestan atención al detalle habrán notado una reciente adición a la presentación de la página.

(Dejo que en este momento la busquen)

Cortazar empieza Rayuela con una propuesta, con el “manual de uso” del libro. La entrada que están leyendo también es una suerte de manual de uso. Explicaré el por qué y el cómo, de lo que hace que el concepto que empleo funcione y al mismo tiempo falle miserablemente, y que sencillamente vuelven el acceso a este blog practicamente imposible.

Como dirían mis amigos de la facultad, I’m a jerk.

Entonces, les recuerdo que hace unas entradas dije que empezaría a borrar mi blog, porque el sistema que busco tiene que ver con la temporalidad y la caducidad del discurso escrito. Esto lo descubrí buscando en Yahoo -en una época pre-Google-, cuando buscando determinado poema o frase, llegaba a una página que el triste servidor de Geocities había evacuado. Entendemos que conforme los servidores se vuelven progresivamente más baratos se vuelve menos fastidioso mantenerlos funcionando. Pero la verdad es que todos desaparecerán, lo que se escribe en internet no se queda, tiene fecha de caducidad escrita. Esta lección la expandí hacia mi blog, aceptando que su final estaba escrito en su principio aunque la voluntad de WordPress fuera conservarlo. Mi paso poco sutil y a veces exagerado fue sencillamente borrar.

Por supuesto, borrar por borrar es una práctica extraña, no una cuya estética pueda interesarnos. Opté entonces por el reemplazo, en escribir sobre viejas entradas. ¿Elegante? ¿triste? Ni idea, a ustedes de juzgar. Supongo que el efecto es sencillamente desafiar un poco el sistema cronístico que de todas maneras nos parece evidente al usar internet, que el pasado ha permanecido y no puede cambiar activamente. Y si acepto que usted puede llegar a mi blog sin leer las entradas en orden, espero también que pueda por accidente describir una novedad que para usted no tenga nada de nuevo. Una construcción temporal del todo extraña.

Esta es la primera de las Eras de este blog, las que pueden seguir de manera más o menos fiel, en la categoría de “Era”. Hallarán ahí los que han leído todo el archivo, sus respectivas novedades, como una segunda línea de nuevas entradas que se van añadiendo a esas que ya se consideran nuevas y aparecen en la página de entrada. Puedo considerarlos por este medio advertidos: Las Eras cambian la manera en que este blog debe leerse. Tenemos una sola Era -por lo pronto-.

No se enfurezca si el juego le parece ridículo, recuerde que también Arguedas expresó su disgusto a la entrada de Cortázar. Considero que este blog es innecesario, y por lo tanto puede e incluso debe transformarse. Luego añado una página para que futuros lectores tengan la oportunidad de verificarla y entiendan como leer esta era, tan solo para que el movimiento no sea alienante para los recién llegados. No espero que haya un orden en este blog: ni índice, ni instrucciones. Ya he planeado esto también en otras medidas que luego comentaré, cosas que digo y ya presupongo sin que crea que requieran explicación. Porque el tiempo, aquí, no existe.

Espero que la nueva convención les convenga.

Ver vida

11 Feb

(Con cariño a los actores de carrera, vivos o muertos)

Alguna vez dije que el cine nos ha cambiado la manera de mirar, pues distintivamente ha generado planos que el simple ojo humano no puede reproducir. Decimos que las herramientas extienden nuestros sentidos y que la memoria misma es una manera de interactuar con el universo. Toda extensión de los sentidos modificaría sin duda nuestro imaginario, de ahí que muchas sensaciones que se nos han reservado fueran ajenas o raras para una persona de otras épocas.

Un ejemplo bastante sencillo que sucedió entre la conversación de una cena: el testimonio. Tenemos que entre todo lo comunicado a través de una obra cualesquiera se filtra una cantidad involuntaria de información que va ilustrando ciertos cambios en la historia de una vida. El ejemplo literario es sin duda la obra de un autor cuya secuencia vital e intelectual puede perseguirse a través de sus lecturas, un ejemplo claro es Tolstoi -otro que me parece digno de mención y que es latinoamericano sería José María Arguedas-. Además de los volúmenes que tienen un contenido eminentemente autobiográfico, podemos notar la sensibilidad y el interés detrás de cada texto, no pocas veces identificaremos también la fatiga. Borges la cita en alguna de sus obras, arguye que la vejez inclina a los autores consumados a recurrir a las formas breves, limitación que del mismo modo puede atribuirse a un escritor ciego. En sí las carencias espirituales y las físicas suelen acompañarse, más acaso en el caso de las artes cuya aplicación es física más que en cualquier otro.

La figura del autor tiene algo de privilegiado en este universo de envejecimientos, pues no solo se trata de la figura identificable y corporal que solemos atribuir a la obra fílmica, sino que además presenta en un sentido muy literal la transformación personal de un hombre a través del tiempo. Sean o no la mayoría, un gran número de autores de profesión han enunciado carreras que nos permiten presenciarlos en distintas edades, con la extraña transformación y decadencia que los años suelen achacar en el cuerpo humano. Por supuesto, los discretos saltos entre cada película y la facilidad con la que podemos hallar una edad u otra intercambiando el órden de las ficciones pueden ser lugares comunes hoy día. Pero entre más intrincado volvemos la fantasía de esta extrañeza con más facilidad ponemos una pantalla de imaginario que no nos permite hallar una virtud innegable dentro de estos viajes temporales. Tal vez el impacto llegaría a nosotros solo si viésemos cada película el año de su salida y tratásemos de recordar la impresión que el protagonista nos causó en su momento determinado, o emplear una distancia análoga a la sugerida con una cantidad amplia de años de diferencia, podría intentar seguir la trayectoria de Charles Chaplin con la misma distancia temporal entre cada una de sus obras e intentar redescubrir en esa novedad mi propia impresión, un ritmo vital que entienda.

Es excepcional esta posición en que podemos presenciar la vida biológica de una persona en frente de la pantalla, conforme los años actúan con ellos y aprendemos a no reconocerlos. Si uno conjuga además a ciertos actores que han comenzado sus carreras desde sus años más pequeños, entramos en una dimensión de familiaridad visual que acaso sería posible ver tan solo para con nuestros hijos o nuestros hermanos. Y un fenómeno que podría tan solo ser tratado de detalle ilustra que nuestra manera de digerir el universo ya ha cambiado, que la noción de la distancia y la reproductibilidad no se asemeja a lo que generaciones anteriores a la nuestra pudieron concebir en los mismos objetos.

Puede ser también una cuestión de detalle, pero el internet ya ha obrado ciertas magias similares en nuestra memoria, nuestra mirada e incluso nuestra intimidad. Vale la pena interrogar de vez en cuando lo que uno sabe, y no lo que cree que sabe.

Rulfo llano

6 Ene

Si mi confesor me dijese que debo rezar seis padres nuestros, y durante esta penitencia me inspiro en la oración para escribir el texto más genial de todos los tiempos, esto no hará que el padre nuestro sea un excelente texto literario. Tampoco implica que sea un texto deplorable, pero mi ejemplo solo señala la insensatez de cierta recrudecencia entre la genealogía literaria que busca establecer poderosos precursores para justificar una literatura más joven que ha crecido admirándolo. Todo para decir que la obra de Juan Rulfo está destinada al seguro olvido, salvo por sus legiones obstinadas que la exhumen como un objeto de estudio academicista.

Podemos tal vez culpar al duro paso de la historia. Imagino que el adolecente mexicano, más versado en el manga, la ropa de marca y los celulares, no responde ni puede identificarse a la realidad escrita por este autor. Probablemente ni siquiera sepan lo que las palabras páramo o llano significan. Y mis desertores arguyirán que esta penosa ausencia de cultura es una decadencia y no implica de modo alguno que la obra de Rulfo adolezca. Ahora, incluso en la época de Rulfo la sociedad era iletrada y la ausencia de cultura moneda de intercambio, pero otro tipo de distancia se ha establecido. Pocos pueden nombrar diez pueblos de menos de 2000 habitantes -sin que sea una cartografía imaginariad de puros nombres-, y que sería más fácil hallar en muchos casos, el nombre de diez actrices pornográficas. Este argumento que nos puede parecer pobre, mas marca ya una distancia real entre la supuesta inmortalidad del prócer y las lecturas que se harán sobre él.

Igualmente podríamos interrogarnos sobre las presuntas cualidades que enviarían a Rulfo a la permanencia de ser un clásico. Una significativa es que la generación del Boom lo ha evocado como una de sus inspiraciones sin jamás implicar una dependencia completa en su obra, y alejándose de sus conceptos y estilos con toda libertad. Ha sido un modelo que han evitado como una plaga, acaso porque a ellos tampoco lograron inspirarse en él del todo. Incluso el mexicano citadino no puede leer el Llano en Llamas sin transportarse a otro sitio por un arte fantástica, le es ajeno y extraño, más que las tragedias de apartamento y los cuentos folclóricos cocidos que novelistas posteriores publicaron. Y esta identificación poco importaría si no se tratase de una obra fundamentalmente vivida. Rulfo no es de ninguna manera un prosista mediocre, pero los hay muchos iguales o mejores con quienes el tiempo ha sido menos piadoso. El gesto es político. Otros escritores latinoamericanos de la marginalidad ya han sufrido el desengaño de los tiempos después de haber sido aplaudidos en Europa, Asturias y Arguedas fueron devaluados hasta lo fundamental, y gracias a ello recobraron la dimensión original que sus obras -imperfectas como son- alcanzan por mérito propio. Para justipreciar a Rulfo se requiere que su obra caiga de gracia de una manera total y deje de pretenderse que es bastión de los prosistas que han de producirse en el siglo actual. Esto no es así, tanto es evidente.

Pensando esta entrada me interrogué sobre quién podría haber denunciado ya la fantasmagoría sobre Rulfo entre los escritores actuales. De inmediato supuse (haga el ejercicio usted mismo y su conclusión probablemente sea la mía) que Cesar Aira sería de dicha opinion. Dicho y hecho: Aira no titubea en juzgar a Rulfo de mediocre. No desarrolla más este argumento, argumentando que es una opinión personal, mas probablemente tenga que ver más con una lucidez de su parte, de saber que justificar un ataque es injustificable y que al final del día el autor debe ensalsar a otros autores y abstenerse de derribarlos. En fin, nada nos impide usarlo como material de reflexión.

Algunos méritos que favorecen la permanencia de Rulfo: su obra es de formato corto y los lectores modernos son impacientes. Para su desgracia el estilo innecesariamente oscuro de Pedro Páramo, así como la impopularidad genérica de las antologías de cuentos trabajan en su contra. Como material histórico-pedagógico este libro continuará una larga serie de lecturas obligadas, pues la genealogía quiere que no haya espacio sin su respectivo autor, y a Rulfo se le tiene por una época. El texto no suscitará las relecturas necesarias que hacen la devoción de esos libros considerados verdaderamente clásicos, sino que será visto como un mero trámite, acaso porque la fama de gran autor continuará buen tiempo después de que la obra haya perdido su importancia -acaso ya está perdida-.

En fin, podría ser peor. Rulfo podría haber escrito siete libros más y terminar por ahogarse con la misma recrudecencia en el olvido, sin el favor piadoso que tienen los devotos lectores por las obras fugaces y apantallantes. En el contexto, un libro más o menos válido no está mal.

El fin de la literatura latinoamericana

22 Dic

Aunque cronológicamente existen muchos escritores que anteriores al movimiento, el Moderismo latinoamericano trae la novedad de querer inventar alguna literatura. La idea original es colocar a la lengua española como productora digna de “literatura universal”, como referencia cultural en otros países, entiéndase, grande a los ojos de Europa. El movimiento, luchando dos campañas a la vez (una americana, otra ibérica), toma prestadas estrategias poéticas que se han usado principalmente en el francés, pero la influencia inglesa es evidente.

Detrás de esta meta ambiciosa -o contradictoria, si uno considera los índices de analfabetismo de ciertos países-, se encuentra un gran rasgo de imitación. Darío y Jímenez quieren lograr el éxito que Dostoievski y Tolstoi dieron a la literatura rusa. La idea de universalismo literario concebida de este modo consiste en dos cosas: ser reconocido en europa occidental y no ser de esta europa. Y a esto adjudicamos también un modo de lectura: el escritor establecido debe ser asimilado al corpus literario de los países “iluminados” y no ser llevado a estos como una simple curiosidad o un azar. Para existir la literatura latinoamericana debe ser como la europea, sin serlo. Y es que por regla general no tiene sentido sobre-europar a los europeos, la imitación suele ser remedo pálido, si se pudiera, probablemente los modernistas lo hubieran intentado -acaso lo hicieron-.

Como es natural, un movimiento tan totalizante como el modernismo suele generar una reacción contraria también grande. Mientras se crece “hacia afuera” también se trata de desarrollar una literatura hacia adentro, empieza una producción general de novelas nacionales por todo el continente. Aparece la Novela Latinoamericana. En este momento sucede un cambio entre un movimiento que empezó como poesía y termina por adaptarse a la prosa. Esto pasó exactamente del mismo modo en Rusia, que como mencioné antes, va a ser nuestro mejor referente. Una parte importante de las novelas nacionales fracasará por su exceso de romanticismos o por su trivialidad estética. Pero esta apuesta de crear una identidad nacional por medio del texto les granjeará una breve inmortalidad, serán consideradas de ahí en delante como novelas emblemas de sus respectivos países. Novelas a veces consideradas clásicos latinoamericanos, aunque no por su calidad, y mucho menos por completar el sueño modernista de una literatura universal. Casi diría que mucha de esta fama se debe a una voluntad política de progresismo. Retengamos el hecho de que serán textos referentes para las generaciones futuras.

Suceden las vanguardias cuya fugacidad refleja el problema identitario heredado por la generación anterior. Otros escritores tienen éxito donde los regionalismos de principio de siglo fallaron y conciben una literatura de la marginalidad, que actualmente funciona. Escritores excepcionales y verdaderamente universales, que podemos tachar incluso de genios, logran grandes obras y reconocimiento durante estas épocas. Pero el paisaje intelectual durante las guerras europeas resulta difícil de divisar, el sueño europeo de los literatos iberoamericanos queda por ello trunco. Tomemos en cuenta también estos éxitos poco frecuentes, y aquellos que fueron logro de una periferia bien concebida.

Entonces llega el llamado Boom literario. Un grupo mesiánico de autores citadinos va a apostar por una estrategia editorial, y presentar su literatura como un frente unido de literatos que representa al continente -varios viven en Europa-. Y vale mencionar que lograrán el objetivo propuesto por Darío: vender en Europa, ser leídos y escribir como occidentales, sugerir que la gran literatura puede escribirse en español. Que somos referencia cultural.

El éxito sugerido es también una reescritura histórica. Este grupo de profesionales va a declararse como huérfano de las generaciones literarias anteriores, como un milagro ex-nihilo, o si se toma literalmente mi sugerencia mesiánica, como obra del Espíritu Santo. Harán los siguientes ajustes: las conocidas -y malas- literaturas nacionales, eran clásicas pero bastamente inferiores, no se pone en duda que el Boom las ha superado; los escritores periféricos son un grupo de marginales sin talento: el Boom apuesta por el desprestigio -a Asturias se le negará su lugar como padre del Realismo Mágico, a Arguedas se le derribará-; las literaturas intermedias, menos logradas, serán tomadas como una suerte de media, como para notar que hay una progresión directa de calidad que llega a su climax con el Boom; y finalmente los genios -aquellos que rivalizan o superan cómodamente al Boom y que lograron la fama sin tanto marketing- serán tachados de casos aislados, de rarezas fenomenales y no representativas de latinoamerica. No se admitirá, por supuesto, que los reales genios son siempre escazos, pues tal afirmación correría el riesgo de desprestigiar la genialidad del Boom. También se niega la proximidad fatal entre la literatura ibérica y la americana, que irán juntas por casi cada paso -de este hecho aún existen desertores-.

Podemos ver pues, que esta historia latinoamericana cruza desde el modernismo hasta el llamado Boom, y tiene sus ojos en Europa. La promesa que el Boom cumple es la misma que se propuso Darío. Se cierra el círculo.

Te doy una canción y digo patria

8 Dic

Voy a enunciar una forzosa obviedad para podernos en el camino de lo extraño o en determinados casos no menos tristes, de lo propio. El hombre sensible, prosista o poeta en potencia, ese que practica la literatura como un lamento o un goce cotidiano, sin duda está sometido a la fuerza de sus propias emociones. Y tal vez más que cualquier otro, por su capacidad de orden arbitrario, por sus juegos de palabras, encuentra consuelo especialmente encantador en las artes que pueson artificio. Por lo tanto, se pueden tirar de esta admiración algunas conclusiones lógicas. Empezando con que no hay ningún arte que interesa más al hombre de letras, que la música.

Es sin duda posible señalar alguna anomalía a esta regla general. Sabiendo de antemano que en general la generalidad no genera conclusiones correctas. De hecho cada vez que uno encuentra el vocablo “genos, gene” uno debe ponerse en guardia, es una palabra que podría pasar por maldita en las sectas paganas. La más sospechosa e importuna puede ser la generosidad. Pero en fin, nos estamos desviando de un tema que por sí mismo se presta a los deslates. El autor que admire pintura o escultura o cine o -lo que me parece mucho más excepcional- la danza, más que la música, es acaso un impostor o un músico frustrado. No digamos nada del triste hombre que admire la literatura, ese no es un escritor.

Y es que la música tiene algo de inevitable. Las ciudades son una elaborada canción, los días y las noches se deslizan a ritmo de silencios fortuitos y desventurados gemidos. Encontramos la música en el momento proto-genérico, cuando no se nos ha dictado aún la tela de juicio con la que fabricamos las cosas -o las entendemos fabricadas-. Si uno tiene la suerte de aceptar los goces sensibles tarde o temprano descubre que la música ha estado sometiéndolo a su poder desde el principio de la vida, y tal vez entonces -si se tiene sinceridad, y conste que en el artista esto es indecente- se encuentra la posición verdadera que se tiene para ella. A veces, como los traumas de la niñez, no la encontramos.

Es natural también que el literato no se maraville por la literatura, aunque las razones de esta tibieza son varias y a veces absurdas. Una intuitiva sería decir que no hay una creación que pueda llevarse acabo satisfactoriamente si se teme a lo creado. El monstruo de Frankenstein es una experiencia literaria, y el resultado trágico de esta resurrección/nacimiento es un topos del vacío que encara cada autor. Bello es notar que la identificación de la creatura en general, es análoga a la del autor y su respectivo texto, ambos se confunden. ¿Quién efectúa la tarea horripilante y transgresora en el libro de Mary Shelley? ¿el asesino hecho de cuerpos resurrectos? ¿el científico blasfemo que le proporciona la vida? ¿o la autora que concibe el horror?

Ahora el ejemplo puede parecer torpe por sonar moderno -querer leer a Frankenstein como un juego metatexual-, o simplemente por tomar la salida fácil hacia el género de horror. Mas otro ejemplo sencillo podría ser el poeta divino Dante, que crea un Infierno donde él mismo recrea los momentos que parecen arrastrarlo a la locura. Existe esta realidad en donde el escritor es arrastrado por su oficio y no puede, por razones que derivan de su cordura, sencillamente dejarse llevar. El miedo es a veces el significado de la obra, la palabra mágica en el sentido más arcaico, que nos desarme, nos contenga y exprese nuestras propias imposibilidades. No es metafísico este temor, o todos lo son, simplemente trato de expresar que la relación del autor con su obra no es cordial, descree de la harmonía. Es un asunto que ante todo, lo obliga a tener un cierto pudor.

¿Y la música? Ella pareciera hallarse en el lado de la vida, del goce, de la insignificancia llena de sentido. Cuando es nuestra miseria es el goce de nuestra miseria. Como los huaynos tristes de José María Arguedas -los cuales siempre me parecen tristes, como si se tratase de una evidencia física, de una cicatriz dejada por la tristeza-, que son acaso más la encarnación de una pena vital que Frankenstein o incluso el poema de poemas pueden llegar a ser. Y es que no están en el texto, están afuera. Arguedas no se suicida nunca en el texto, se suicida en el huayno.

No nos atrae la música porque borre los rigores de la palabra, ni porque nos hechice ni se halle distante de nuestras creaciones, ni porque seamos o no capaces de lograrla o reproducirla, ni porque sea de nuestros padres. La música es un lugar, como la memoria, son trozos de tiempo distruibuídos como si fuese la carne del universo. Y la literatura sí es una extensión de la memoria, un addendum de lo vivido. Se entiende pues, que ese recuerdo incluye músicas que acaso no hemos escuchado.

He dicho varias veces que de ser técnicamente posible desde la antigüedad, el cine hubiese reemplazado nuestra necesidad de literatura. Y no es vano, que nunca haya existido el cine verdaderamente mudo -siempre tuvo música-. Por lo demás, estas sutileza escapan a nuestro cerebro tras la vigilia, y se nos vuelve todo una cosa, al soñar vivir.

Desentendido

17 Jun

A uno como autor a veces le interesan cosas absurdas como la hegemonía de su lengua. Insisto, es casi risible viniendo de un escritor en español que tiene varias audiencias cautivas, incluyendo parte de la población de Estados Unidos, nosotros no tenemos tanto miedo. Mas me interrogo igual, de esta preminencia, de la interrogante que nos viene al concebir un trabajo en idioma original.

Incluso si yo fuese un autor realmente minoritario la hegemonía de la lengua no es una tragedia, mientras uno viva y la maneje, su permanencia está asegurada y después, uno está muerto así que no importa. Aunque bueno, muchos literatos son románticos, probablemente habría discusiones acaloradas y opiniones de pasión sobre el patrimonio cultural que cada lengua es. De acuerdo, eso por un lado, no estoy diciendo que las palabras desaparezcan sino que ganen importancia y lugar dentro del mundo moderno.

Típico, mientras más gente lo lea a uno, va a creer que escribe mejor. Con esta mentalidad nadie escribiría blogs o poesía gente, la lectura es bastante más que un consenso cuantitativo entre gente del mismo idioma. Además, el sueño de la hegemonía del lenguaje es menos un objeto personal que la sensación de pertenencia que nuestra lengua misma nos sugiere. Al menos en mí, que excecro el sentimiento nacionalista, siento una genuina admiración por mi lengua*.

Aunque también hay algo del idioma que es un objeto y al que tenemos cerca como un apéndice, un tipo de fuerza cotidiana consoladora de algún modo. Si existiera un providencial planeta con un idioma original, la gente terminaría por hablar distinto, pues la palabra expresa demasiados deseos fundamentales del ser -y a la vez es tan compleja- que no va a desaparecer por fines pragmáticos. El idioma no es tan solo porque es propio ni patrio, simplemente le prestamos una atención particular y nos relacionamos con él. Como cualquier relación importante, esperamos de algún modo su prosperidad a futuro.

O tan solo exteriorizamos la frustración de no entender. Cuando uno es niño se acostumbra a no poder explicarse ni comprender las acciones de los otros, y en eso se nos pasa la infancia, tranquila y del todo zen. Luego encontramos una resistencia, asumimos pesadamente que no hay excusas para que en este mundo de comodidades, la palabra no nos sea accesible; debe simplificarse todo, incluso el habla. Aprovechando esto me gustaría corregir la mal fundada y risible noción de que aprendiendo el inglés uno puede comunicarse con gente por todo el mundo, admitimos que el inglés es abundante, pero no se ha vuelto un pelo más fácil de aprender desde los tiempos antiguos y no podemos comunicarnos sin esa comprensión que tanto no queremos hacer entrar en nuestras cabezas.

*- Claro, tenía que ser escritor.

Entonces una mezcla de amor algo propio e impotencia, bonitas razones para justificar la cultura.  Un apologista de la variedad que soy, asumiría que alguna concesión debe lograrse en vista de que los idiomas agracian el mundo con distintos modos de habla; más rápidamente la modernidad y sus jeans de mezclilla arrojan mis buenos instintos por tierra. Nop, parece que nos estamos quedando en la identificación del hombre con su idioma, y que nos reivindica la capacidad céntrica en que esta identificación nos coloca frente al canon “occidental”.

A menos claro, que cambiaramos nuestra relación tradicional con el lenguaje a algo que va más lejos de la simple comprensión de sentido, y sospecho que el arte puede sugerir un par de maneras de lograrlo. Pensemos en la traducción -forma principal de interacción entre idiomas ante cierto menoscabo canónico-, y que parte de dos paradigmas igualmente considerables, como la traducción literal y la más libre. Este simple sistema que parece un cambio de idiomas básico, no puede sino reconocerse también una visión del idioma como un elemento productor. Pensar que un idioma expresa cierta cosa de tal o cual manera, encontrar maneras ricas de discutir, ya es algo que se acerca al propósito del arte.

Entiendo que José María Arguedas escribió su poesía en quechua, pues consideraba que la importancia de la oralidad en la cultura andina era muchísimo más central que en la propiamente “peruana”. Redefinir la manera de usar la palabra, de ver el propio idioma. Yo creo que lo que trabaja Arguedas no es sino consecuencia inevitable de ser políglota, hay un principio fundamental que te sugiere el empleo distinto de un idioma y otro, entiéndase, considerar cierta excepcionalidad al objeto más allá de su valor puramente discursivo.

Luego, he oído frecuentemente esta pregunta: ¿Piensas en español o en francés?

Leve como puede parecer, creo que dicha interrogante permite algún sentimiento poético y no pocas reflexiones.

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