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La ruina de Woody

7 Ago

Vengo saliendo de la proyección de una película de Woody Allen y me burbujean algunos comentarios. No sé exactamente que tipo de novedad o mérito puede tener su servidor para discutir no solo de cine, sino también de un director que tengo tan abandonado como este señor, lo más cierto es que por este lado o por otro, mi opinión no le interesa, lector. Me obligo siempre a añadir alguna reflexión que puede ser de valor para los distraídos o los solitarios, como les vaya conveniendo.

Primeramente, señalar que este comentario es algo metatextual, Woody Allen se ha prestado a varios escenarios, aparentemente con cierta afición a las ciudades europeas más eminentes de la cultura popular. Tenemos una en Barcelona, otra en Paris y recientemente, también en Roma. Me avocaré a esta última que es la que de cierto modo me ha gustado, aunque haré un par de paralelos con Midnight in Paris, en parte para señalar aciertos y desencuentros entre ambas obras. Chútense de perdido la romana si quieren entender un pelo de lo que estoy por argumentar.

No he agotado el catálogo de películas de Allen, pero lo poco que he visto no me ha gustado. Vamos aclarando esto. Las he disfrutado y convengo que son piezas mayoritariamente de entretenimiento, en esto ya variando la calidad de cómo están logradas. Triunfan un poco por el lado irreverente y caen más bien cierta simpleza narrativa. Si uno ve suficientes películas, al principio de cada escena sabe exactamente que va a pasar al final. Woody es popular hasta la médula, en este sentido. Me parece sin embargo que en la mayoría de los casos la irreverencia no convence al ingenio, y siendo francos si hay un atractivo en ver a este director en lugar de a muchos otros de los que dirigen comedias románticas, es para alcanzar ciertos momentos de ilusión cinematográfica. En esos donde la película se reconoce como una pieza fundamental, cuando descubrimos una historia que hemos conocido siempre. The Bop Decameron me ha parecido atinada en este sentido, por respetar vagamente el sentido del decameron.

Gracias a que modula varias historias simultáneas, la narrativa sencilla y conocida del cine popular clásico gana cierto dinamismo. No es vano que mucho del cine moderno se dedique a contar “varias historias”, este tipo de narración ha probado ser entretenida desde que los cuentistas la comenzaron a prodigar en la prehistoria. La calidad de las partes es diversa, y la que nos concierne es la actuada por Alec Baldwin que concierne a un hombre que recuerda un amor de juventud.

Bueno, no, esto comienza de un modo muchísimo más literario. El hombre comienza a vagar por Roma, o la ciudad eterna, como apropiadamente le dicen en el film mismo, llena de ruinas, y nos va a contar la historia pues, de un amor ruina. Esto es el asunto y la columna vertebral de la película aunque el tiempo de film se pase en las otras. Se encuentra en la esquina de un cruce donde vivió hace tiempo con un joven, que lo reconoce y lo interpela. Intuímos en este momento que se trata de él mismo en su juventud -aunque la escena lo borra y progresivamente esto se hace más evidente, en realidad desde que se encuentran los personajes salta a evidencia algún parentezco-. Como envueltos en un destino que ambos quisieran evitarse, terminan por compartir juntos lo que en apariencia serán los días consiguientes. El viejo más sabio presencia y comienza la fatídica relación. Hasta aquí lo que nos importa del contexto.

Esta idea de una coincidencia temporal me recordó un poco a la escena de viaje en el tiempo de Midnight in Paris (el plano es diagonal, como un cruce), probablemente es una referencia fílmica que ignoro, aunque a mí me recordó a Borges y yo, un poco por la insegura interacción de los personajes al principio. Digno de la referencia borgiana, todo se vuelve un juego metatextual, donde el viejo mayor presencia, predice y explica la forma en que el joven se va enamorando. Pero para el espectador, está describiendo la “puesta en escena”, del enamoramiento, refiriendo a diálogos y apariencias, deshilando el recuerdo precisamente en su ficcionalidad. Entonces vemos a Woody Allen burlándose de los clichés, de que un personaje para lucir erudito solo tiene que hacer una frase en referencia a tal o cual poeta, que una breve mención pasa por un intelectualismo trunco, un juego de seducción del intelecto genuino. Recuerdo al mismo Woody Allen mostrado a Paris lleno de escritores famosos de Estados Unidos, tirados generosamente como referencias sin gran profundidad -la obra de los autores se mantiene ausente de estos encuentros, como si se tratase de superficiales referencias cuales las tratadas en Bop-. Es verdaderamente el maestro analizando su método, un momento de sinceridad que me parece, consigue hacer que el filme esté mejor logrado.

¿Habría que decir que Woody es una ruina del que fue? No concibo comentar esto sin algún pensamiento de fondo, así que lo dejaré en el aire. Disfruté sin duda la visita.

 

Digestión del tiempo

4 Dic

La literatura está hecha de viajes en el tiempo (evidente, siendo una extensión de la memoria). No nos remite a una existencia particular de este concepto, sino a la amalgama de tiempos que hemos experimentado. El tiempo relativo, el tiempo pleno, el tiempo histórico o incluso el cíclico, todos han recibido expresión en menor o mayor parte por la capacidad de narrar y describir que el hombre aprecia sin duda. Existen mas versiones del fin que verdaderos fines, y aún hoy día, impreso en nuestra mente se haya el tiempo apocalíptico.

La digestión del tiempo no es posible en su esencia inivisible y su falta de peso, requiere forzosamente lo que llamamos una narración -y en cuya manera disjunta podemos hallar el poema o el análisis-, una expresión de formas y secuencias que responde simplemente a la necesidad de dar cuerpo al tiempo y expresarlo de manera perceptible. De esto nos resulta, por ejemplo, la simple concepción de la vejez, pero también el crecimiento de una planta. Los procesos, a los cuales no destinamos tarea en particular otra que la inflamación del concepto de cambio, se han vuelto imagenes y representaciones de la vida. Porque la vida se nos figura también memoria y tiempo, tan frágil y flotante que es.

Ahora bien, el viaje en el tiempo como es presentado por la ciencia ficción no representa siquiera una inflexión significativa de lo que es la narración. Incluso ciertas paradojas (yo nunca he leído de paradojas) son fácilmente expresables, si no explicables por apenas unas líneas (yo sé todo sobre las paradojas). Y es que en este sentido el tiempo mismo es una parte del lenguaje, capaz de expresar incluso cuando no se puede entender. Esto no supera al texto literario, sino es fácilmente contenido por él y practicamente esperado. También por la vía del texto creamos viajes en el tiempo.

La eternidad es sin duda uno de los temas que se ha resuelto inevitablemente en una tarea textual. Básicamente ha engendrado viajes en el tiempo que no pocas veces se tornan en pesadillas. Ya no es original la reflexión de que el inmortal ve morir a todos los que ha amado, y con la invención del futuro, la sociedad misma que lo engendró consigue su propia muerte. A la manera de una argumentación de improviso, el concepto mismo de eternidad va acumulando características definitorias e implicaciones drásticas. La eternidad no existe, pero su ficción ha respondido a nuestra necesidad de contar usando el tiempo. De otra forma, podríamos quedarnos en lo eternamente dichoso.

San Agustin propone otra eternidad que es también un viaje en el tiempo. Para él, nuestra experiencia de la vida es apenas un remedo de la creación de Dios -no sé si para señalar el desmérito del universo para compararse con la divinidad absoluta, o sencillamente para completar un tipo de reflexión que merecía ponerse en papel-, y la eternidad se encuentra en la experimentación del tiempo de vida, con todos sus momentos vividos ya no en la distracción y el embebimiento de las necesidades, sino en una magnificación de todas sus experiencias. Un mundo de lo sensible, de lo sublime. Acá se concentra otro fenómeno de la memoria que es simplemente la falta de olvido, porque no puede existir tampoco -siguiendo rigurosamente la validez de nuestros viajes en el tiempo y sus implicaciones- una verdadera eternidad si hay el olvido. Entendemos que un eterno que ha olvidado todo, ya no es el mismo. Por ende -o por introducir iteraciones novedosas en el argumento- alguien inmortal no experimentaría la vida como nosotros. Acaso su expresión sería varia o fatalmente constante.

Si lo nuevo, lo desconocido o lo inventado se remite tan fatalmente al tiempo, es porque la memoria es la moneda de intercambio que usa toda narración. Proust reinventa la memoria y de cierto modo revoluciona la literatura que lo rodea. Pero la revolución histórica de la literatura no es tan importante en todos los tiempos, podemos pensar con libertad que el Popol Vuh se asemeja a la escritura surrealista, pese a los siglos que separa ambas. La literatura es comprendida como una cronología intilegible de tiempos en empleo, un manual de la comprensión del universo por un método invisible. Mucho más que el universo mismo, los literatos se han enamorado de esa invisibilidad.

Estos fenómenos que trato, son también parte de los que engolosinaban a Borges. Tiempo, eternidad, repetición. Entiendo que se debe simplemente al empecinamiento al que he llevado este blog: tratar la lectura y la narración desde muchos putos de vista. La obra del argentino es una colección de la metafísica y la narración de la lectura misma, del arte de leer, y sus temas circundan necesariamente lo mismo que yo trato. Y por fuerza es un método fantástico, pues el tiempo es un valor que nos hipnotiza y se sigue sobre todo muy de cerca en lo ficticio, lo imaginado, lo divino.

Diccionario judío

19 Oct

Nada menos que en una revista literaria, me encontré con la reciente publicación de un diccionario enciclopédico del judaísmo, con una reseña indicando sus incógnitas -¿cuándo se es judío?-, sus personalidades y sus controversias. El artículo, más o menos promocional, me pareció curioso, y por lo mismo lo hallé estimulante para el pensamiento -hacer algo con la curiosidad aparte de tenerla-. Me interrogué sobre la necesidad de dicha publicación, y tras unos minutos de reflexión la encontré sencillamente brillante. Y luego pensé en wikipedia.

Imagino que a estas alturas todo el mundo tiene suficiente pensamiento crítico para cuestionar el funcionamiento y la práctica que se han desencadenado con la enciclopedia de internet, en este caso echar fuego a la controversia no se me figura importante, mas he de admitir que los puntos son válidos. Se teme, por ejemplo, la homogeneización de las fuentes de información, particularmente la inválida reflexión de que el conocimiento es uno, y que la wikipedia representa una visión válida de algo –aunque fuese la cultura dicha, occidental-. Nosotros sabemos que cada cultura es excepción y por lo tanto las reglas puestas por wikipedia ni nos van ni nos vienen.

Una enciclopedia propone porypor definición una visión consolidada del catálogo de objetos que contiene. Se requiere un mínimo de legitimidad, de fuentes, de conocimiento dicho histórico. Ninguna enciclopedia, por lo mismo, busca ser exhaustiva; el saber probado y reprobado es de una suerte que escapa siempre al discurso y en cierto momento, lo legítimo deja de tener no solo validez sino sentido. El enciclopedista por extrapolación es una suerte de Adan moderno, que trata de reencontrarle nombres a las cosas que ya son, y por esos nombres contener la cosa misma en un fenómeno seudo-mágico. La enciclopedia es una suerte de posesión y de dominio, su discurso, cuando no riguroso porypor definición, tiene siempre tintes de poder.

La tecnología de esta enciclopedia/diccionario del judaísmo, no es ni nueva ni tampoco profundamente artística, pero con la vacuidad que sufre la información de hoy día por el fenómeno de internet, acaso su relevancia se ha incrementado por ende. Un dato cualquiera es nada en el abismo que es internet, su sentido está comprometido con su fuente y su lugar de enunciación. Con la cuestión del anonimato uno no sabe, simplemente, de dónde vienen las cosas, incluso este blog pudiera ser una sucesión de plagios, si no lo abordase con un género que expusiera por su gratuidad y abundancia, una continuidad evidente. Las enciclopedias clásicas, eran para bien o para mal, tarea de individuos bien definidos anclados para bien o para mal, en un modelo discursivo bien limitado. Nuestra obra judía no hace sino incrementar aún cuan particular es el contenido, cuan irreparablemente límitado es con respecto al tsunami de información que la actualidad nos presenta. Y ya lo decía Gide, de lo particular a lo general, solo dentro de un cuadro debidamente limitado, la información misma recobra su gravedad y su sentido. Solo en contexto el azar importa.

Todo ejercicio de poder tiene su lado arbitrario, así también las enciclopedias, la pretensión de universalidad solo las vuelve objetos extraños y nebulosos que no sirven bien a los proyectos inventivos. Borges regresa asiduamente a su Enciclopedia Britannica no buscando simplemente méritos y referencias, sino menoscabos y anécdotas. La enciclopedia -sugiere Borges-, es a la manera de la teología, una excelente fuente de ficción; un género del todo depurado por su seriedad y su temática, que no son menos arbitrarias que el tipo de discurso que emplean. Habría que producir enciclopedias marginales, pues solo aquellas reconocen y reproducen los objetos con la misma voluntad recreadora que lo hace la literatura. Admitiblemente, podrían perder parte de su absurda ficcionalidad, pero su capacidad referencial y contextual las volvería ejercicios interesantísimos del punto de vista estético y sensible.

Imagine por ejemplo que todas mis definiciones -o ausencia de estas- se aglomeraran en una suerte de enciclopedia del presente blog, llamémosle índice si uno requiere tales precisiones. Esto ya sería una ficción enorme, desde que partiría del principio de la contradicción, y podría ser una lectura entretenida. La búsqueda de totalidad o la retórica del embrollo que sufren las literaturas secundarias del estilo son encantadoras, como ya hemos notado -los ejemplos pueden verse en 2666 o en Rayuela. Vislumbre en esta práctica una válidez literaria de la enciclopedia y el diccionario, que acaso es la única que le queda a cualquier ejemplar de este género, hoy que la información no vale el bit donde se guarda.

El arte, si se quiere, está en las pequeñas controversias que el mediador trata de evitar, y que en nosotros son reconocidas como prueba del caos humano que representa la visión del mundo. No lo achaco a la pura subjetividad, sino a la voluntad primaria que tenemos de hacer de los discursos algo más increíble que las cosas que los producen. Existen también valores que exaltan la imaginación de tal objeto, como la fatiga y el error. La belleza del hombre mismo detrás de la palabra, que es finalmente, la belleza de la palabra.

Migraciones imaginables

23 Sep

Sobre la mudanza tengo una anécdota personal que me parece bastante paradoxal y me permito el capricho de compartirla. Comprende varios elementos: mi padre, los sueños, una discusión metafísica. Entiendo que los tres, resultan prácticamente evidentes cada vez que escribo en este blog, mas la redundancia a veces es comprensible repetición.

En ciertas ocasiones sufro de trastornos nocturnos. Casi siempre se trata de una opresión en el pecho, terrible y sedante, cuyo resultado no suele ser mi muerte. El segundo, acaso más horroroso, me toca personalmente en el nervio de mi imaginación. Consta de un estado de entre sueño en que las imágenes pasean frente a mis ojos y yo las percibo en cuanto cambian, seguramente usted padecerá la misma experiencia.

Mi primer encuentro con el fenómeno me sobresaltó. La imagen proyectada en mis párpados me era detestable fuese lo que fuese, imprimía, o mejor dicho expresaba, un temor, una inquietud. Luego, a modo de un terrible milagro, se transformaba en forma logrando un idéntico malestar pese a recrearse por completo. La mente jugaba acaso a dictarse a sí misma un diccionario de miedos.

La repetición no me inclinó por el aprecio de dichas apariciones, mas permitió la digestión de su terror a nivel conceptual. Me presumo seguro en mi propio espíritu y entiendo que el subconsciente nunca busca destruirme (un hombre más atormentado podría, justificado, elegir otro camino), lo que me empujó a desafiar la brutalidad formal que la mente programaba. De ahí que me obligué a la exposición continua de dichos horrores uno tras otro, hasta que su novedad desapareció y pude apreciarlos tan solo en sus rasgos abstractos y no en la aterradora sensación que me granjeaban. Así pues, vi las formas de mi alma.

Vale decir que no fueron observadas en ningún verdadero sentido, más bien diría que alcanzaba a percibirlas. Eran extrañas. Como impresiones que eran tenían profundo detalle y eran cómodamente contradictorias, o al menos arbitrarias. Una planta podía ser una mujer, y luego un cuadro podía ser plástico y animales. La cosa es que la sensación desaparecía y sobrevenía otra, cuya figura resultaba tan presente que efectivamente borraba a la otra. Y obligarse a conservar aquella causaba perder la sucesiva. Demasiada conciencia me inclinaba a despertar, y este es el fin de los sueños. Concebí que con un sistema correcto, la escritura automática podría recrearlos mientras pasaban (nunca llevé acabo esta experiencia).

Explicando esto a mi padre (quien aclaro, tiene mis respetos como pensador y poeta, más allá del título familiar que le confiero), él hizo una improbable observación que me parece, confirma mi evaluación sobre sus reflexiones. Dijo que al viajar y mudarse vuelve a la mente un objeto predispuesto a generar sueños más variables y frecuentes. Que la vida común y corriente endormece el músculo soñador. Vale observar que las implicaciones serían un tanto extrañas.

Si los sueños se fatigan ante la cotidianeidad, entonces son un llover sobre mojado. No hay revuelta posible en el espíritu, a fuerza de descuidos caemos en la inercia. Aunque si uno es móvil, osado y aventurero, tenemos toda la inclinación a continuar por engrandecer nuestras visiones. La inquietud se mantiene a sí misma y proyecta otro tipo de inercia, los sueños persiguen por fuerza algotros sueños.

Esta lectura tiene algo de terrible aunque también de lógico. Es contraintuitivo pensar que si la conciencia de uno se resigna a un cotidiano, el subconsciente y la musa respondan al mismo estímulo. El argumento tiene su falsedad. Me parece de más tino encontrar en esto otro orden, una lectura que si se quiere, resulta todavía más obvia: El que sueña con frecuencia tiene sus inquietudes, y respondiendo a estas mismas, se inclina al viaje. La misma paz del sedentario, se expresa en sus dos facetas: lo escondido y lo visible.

Lo que no hace la deducción de mi padre un producto desechable, es una experiencia de lo real, una deducción poética. Su sentido no busca simplemente la definición de un objeto, sino su superación por medio de la multiplicidad. Que el viaje implique la riqueza es la expresión de una abundancia que en su momento es real, sin buscar ser regla. El sueño mismo es esto.

Aquellas perturbantes visiones que he tenido no son, verdaderamente, entes terribles. Veo en ellas la belleza que viene de la mezcla, la coexistencia del terror con lo común, de lo sensible y lo imposible. La intuición es un sueño, y no requiere consistencia argumental.

Si puedo pensar algo que no puedo decir, entonces siento (cerré los ojos y ví la figura de varios pájaros, pero no eran 2, ni 3, ni 4 y sin embargo eran menos de seis y más de uno, la inexpresividad de dicha imagen es una prueba de existencia) y puedo por consecuencia interpretar, leer. La interpretación de sueños fue la primera literatura. El texto y el argumento fueron creados después para satisfacer el ego.

Y curiosamente, hay quien ha mencionado una importante correspondencia entre el leer, y el viajar.

Novelist

20 Ago

Debo admitir que no soy un lector aficionado a las novelas gringas, al menos en lo que refiere al placer generado e interés duradero que a esta literatura puede referirse. Hay grandes cuentistas y poetas en Estados Unidos que a mi parecer se sostienen contra todo tipo de literaturas, hay críticos e intelectuales que hacen buenos trabajos y publican ensayos que no resultan redundantes y a los que se puede adjudicar interés. Pero las novelas suelen adolescer de un no-sé-qué que no termina de convencerme, que me hace agradecer cuando hallo alguna que me agrada de veras.

Ahora, hay que reivindicar un poco mi propósito y explicar que la literatura gringa es un hecho reciente. Tal como no se puede hallar una marea de escritores de primera línea en un país latamericano cualquiera, no debería esperarse que EUA estuviera revestido de genios durante el transcurso de dos siglos. Por supuesto que poseen una tradición literaria robusta y medios de distribución que han dado fama a muchos creadores al rededor del mundo. Sin embargo, la fama no se traduce en calidad y por sí misma esta riqueza no garantiza genialidad alguna. Genios en EUA no ha habido en cantidad, y no podía esperarse otra cosa.

Ya he citado mucho a Piglia -debo estar sufriendo una regresión a mi tiempo en Buenos Aires-, pero esta ocasión me parece que su observación es la más adecuada: No se puede esperar que haya un Borges cada generación. Cortázar no fue un Borges, ni Vargas Llosa, ni Bolaño, ni Asturias, ni Arguedas. En efecto, esta óptica transforma a Borges en el campeón máximo de las letras hispanas, mas dicha predilección no nos interesa en su primer sentido, sino como molde. Uno puede querer siempre hacer una selección de los más grandes, mas no todos son igual de grandes, e incluso se puede decir que unos no pueden ser grandes si se toman los criterios que engrandecen a otros.

Todo para decir que entre las obras gringas de gran prestigio, no todas habrían de tocar nuestra sensibilidad, ni alcanzar estándares de calidad casi incontrovertibles. Algunos autores han sido elevados por la necesidad de que se erija un panteón literario nacional, que parezca viña productora de grandos hombres y creadores. Siendo francos, una lista de dos tipos no bastaría para el país más poderoso del mundo.

Faulkner por su parte, es grande a mérito propio. Solo otro novelista -¿novela?- que he leído me ha parecido igual de grande, y se trata de Herman Meville. Los estilos entre ambos no podrías ser más diferentes: Faulkner desafía la narración convencional en tiempo, lenguaje y ritmo, esto último permite que Abaslom! abaslom! sea constantemente tensa e intensa. Viajando de los personajes desde el exterior, marcando esta suerte de juego de visiones que caracterizará al Nouveau Roman -y que se ha inspirado precisamente en Faulkner, que es un autor anterior-, logra establecer un velo entre los personajes y sus intenciones, sus vidas internas tan torturadas al grado de ser indecibles, al grado de ser dichas por sus acciones. Estas fórmulas efectuadas con maestría hacen que Abaslom! sea una novela hermosa,

En esta obra se transmite una suerte de fatalismo, que funciona a través de esta abolición del tiempo que parece real dentro de lo que sucede en la historia. El tiempo de lo narrado y el narrador se mezclan y se multiplican, hay varios narradores y discursos que les fueron transmitidos indirectamente, de suerte que la atmósfera toma una irrealidad -no solo lo narrado, sino el ambiente que rodea al narrador, y todo-. Ahora, según entiendo estos juegos temporales pueden parecer una novela complicada, yo respondería simplemente que no se trata de un texto fácil. No es que sea un texto críptico ni mucho menos, sino que tiene que ver con el ritmo de lectura -que es a la vez lo más logrado y más particular del texto, en cierta forma-, con el hecho de que se debe leer como se piensa. Por esto quiero decir que imita a cierto desorden del pensamiento, a desvíos, a consideraciones adjuntas y aparentemente no secuenciales que responden a una respuesta, o si se quiere a un tema común. De nuevo vemos que esto inspiró al Nouveau Roman, pienso en uno de los más logrados, que es Claude Simon.

No pienso que mis observaciones lleguen a profundisar en sí la obra que es Abaslom en lo que a crítica se refiere. Ensayos que no he leído deben desarrollar sus aspectos con mayor detalle y extensión, solo que me pareció que no referir un mínimo a la obra sería incurrir en un error grave.

Lo que puedo añadir, y que mi propia posición como creador me permite o acaso me obliga a hacer, es expresar con sinceridad  que Faulkner es muy probablemente el mejor novelista gringo del siglo XX. Entiendo que quienes deploren una obra poco convencional podrán tratar de restarle este mérito. Esto le pasa en parte a Borges también. Debo tal vez explayarme respecto a este tipo de juicios, pero por el momento quedará para otra ocasión.

Los propios dioses

12 Ago

No siempre se cumple la igualdad de que lo cierto es bello, sin duda uno pude justificar una reflexión así desde el seno del arte que crearía mucho de su mérito en la ficción. La ficción que es mentira y cuyo valor de mentira es un verdadero valor. Me he cansado oyendo apologías de como el arte literario no miente, pues mentir, en su conotación de pecado, no se considera valor libre de la divina literatura. Helas, la ciencia de la ficción puede entrever una realidad más compleja que esto, simple y sencillamente que la mentira no es siempre un faux pas social, o que no se trata sencillamente de un gesto superficial. La mentira es una elección metafísica, es artera y precisa, no requiere justificaciones moralizadoras para realizar su propio valor. El futuro también es una mentira, y por supuesto, ninguna mentira es el futuro.

Entonces el problema está que en la verdad no está necesariamente la estética, que las religiones han creado acaso más adornos que verdades en el mundo, aunque admitamos la voluntad sincera de discernir la verdad en esta. No hay forma y fondo, todo es una misma maraña. El hombre ha querido siempre que la verdad sea un gesto hermoso para poder compartirla con amor, la ciencia del arte reside en esta voluntad feliz. ¿Qué es mejor que una verdad que es hermosa? Probablemente que la verdad sea cierta, y en esto reside parte de la elegancia de su propósito. Si lo bueno es bello, lo malo trata de ser bello también para emparentársele; así la verdad necesita adornarse de mentiras para encontrar su justo valor: no hay realidad en la geometría que conjuga nuestro universo -no hay círculos en ninguna parte-, pero hay sin duda muchas bellezas y sin estas es imposible abarcar con nuestro mundo el pensamiento. Porque lo bello es aquello que puede ser digerido por nosotros, y lo horripilante lo que ni siquiera podemos mirar; Borges hizo algún cuento -creo que tres versiones de Judas-, concibiendo a un Dios cristiano humillado y púdico, de ahí su deseo de no ser visto.

No necesitamos ni idealizar a la verdad ni volverla brutalmente física para que esta reflexión guarde algo de su validez, me parece que en el fondo la literatura moderna tira conclusiones similares a las mías. Decir lo evidente, volver de lo que es cotidiano una búsqueda de todos los días, es obsesionarse con la verdad. Pongo un ejemplo moralizador: el matrimonio de amor. Sabemos que los matrimonios arreglados no pertenecen al imaginario “occidental”, no forman parte de sus valores y se figuran atroces. Escribir una apología por el matrimonio de amor, que es un valor moralmente predominante, resulta un ejercicio intelectual gastado. Por supuesto, se puede conseguir revolucionar el pensamiento de esta idea por mil méritos, mas partimos desde una suposición terrible de que desempeñaremos un papel de descriptores de la verdad, de una autoexplicación de nuestros puntos de vista. Algo de políticamente correcto y de excesivamente convencional que adolece de no poseer más un gusto estético. Tan inmediato y lógico resulta que no podemos verlo.

No hay literatura más tóxica que aquella que es necesaria, porque pierde su valor de literatura y se vuelve otra cosa: una suerte de libro divino, una crónica histórica, u otro objeto. Al que llamamos intelectual comunmente es en verdad una suerte de esteta, aquel que distribuye los méritos no a las ideas que se expresan a través del discurso sino a la belleza que pueden poseer, a su existencia como ficción. Se explica pues que no se esté más cerca o más lejos de develar el universo por una medida simple de inteligencia: la capacidad de abstraer no nos acerca en ningún modo a la realidad, sencillamente nos plantea ficciones intrincadas para redescubrirla. Por esto veremos que los conformistas o conservadores del pensamiento son menos aplaudidos que los provocadores: confundimos una verdad válida con un gesto bello. Desconozco si podemos decir que la inteligencia acerca a lo cierto, me consuelo en saber que no nos aleja tampoco.

La convicción y el partidismo siempre se asimilarán a una falta de ingenio, nuestro propósito de inteligencia no es el por-siempre ni el hoy, es el cambio. La condición de la absoluta imposibilidad es cotidiana, nuestra suerte mortal es una balada de inciertos que se moja en el plano de lugares comunes que somos incapaces de ver. Se muere con frecuencia de regreso a casa y en caminos conocidos. El intelecto muere igual así, estrellándose con una verdad que acaso ya no es capaz de encontrar.

Muros y senderos

2 Ago

Los laberintos de la literatura son verdaderos y las personas son sus paredes. Las mercantiles exigencias editoriales, por ejemplo, remiten a un a priori, no queremos esta literatura, nuestra estrategia de venta -lo que creemos que vende-, es esto otro. Y hay un compromiso. En disgustos se conciben géneros. Dígase lo que se diga de estas políticas, no son barreras invisibles y abstractas concebidas por un modelo de marketing rígido y predefinido, sino la decisión de algún hombre, pues pasa que solo los animales toman decisiones, y el hombre es el más animal para esto. Además, la palabra política en sí ya reivindica la peuplización del tema que tratamos, una suerte de manera discurtiva que vuelve un asunto humanotendiente.

Nota mental: Utilizar menos neologismos.

¿Conoce usted a Ricardo Piglia?

Aquí presento una bifurcación, o podríamos conocerlo y se acabó el asunto, o podríamos no conocerlo e interrogarnos -de inmediato, sin quererlo, como consecuencia presupuesta de la pregunta- quién será este Piglia. Ahora, no nos faltarán ejemplos de razonamiento laberíntico en el camino, de obstrucciones absolutas que postulamos sin decir ni sugerir. La pregunta que formulé es un pasaje, mas puede ser una distracción por un montón de cosas -hablar de Piglia en vez de su obra, en vez de alguien más, etc.-, o puede derivar en caminos incomprensibles -¿qué es conocer? ¿qué es ser? ¿de dónde viene la palabra Piglia?-, que no son, a mí entender, menos laberínticos, pues tanto los muros como las bifurcaciones, como las trampas progresivas se nos figuran propias del laberinto. El lenguaje es un laberinto sisentelante. Esto es extenso y no quiero hablar del laberinto en su extensión, sino del camino concreto qué propongo: ¿Conoce usted a Ricardo Piglia?

Yo lo conocí durante un curso de literatura -nada más y nada menos- en la Universidad de Buenos Aires donde estudié brevemente, mientras Panesi discurría en un análisis literario, y yo, como de costumbre, pasaba mi tiempo más bien escribiendo. Más precisamente, yo lo conocía al tiempo que un joven alumno trataba de comprender este muro crítico del que he hablado, trataba de entender cómo en vida, Borges fue mal apreciado y cómo la posición crítica en su respecto -pensabe el muchacho, por tratarse de un Argentino y de la crítica bien entendidamente argentina-, había lentamente comenzado a ceder a la imponente obra labrada durante un siglo. Y diciendo, muy concretamente, que si había dos tipos de escritor argentino, dos escuelas de crítica, una para Borges y otra para Arlt, entonces entre esos discursos se iban dicerniendo sombras que iban a juzgarse con la mentalidad maliciosa de estos críticos ya cimentados en el prejuicio, cuya necedad los impediría cambiar o moverse para recibir a justo precio, otra obra de peso importante. Y que si había un escritor contemporáneo discutido frecuentemente en los círculos que hablaban sobre Borges, y cuya obra sin duda -para el joven- estaba ganando relevancia y probablemente prosperaría, esa debía ser la de Ricardo Piglia. Piglia sería pues, una suerte de Borges.

Ahora, tal afirmación -de la cual el propio Piglia y yo mismo nos burlaríamos- fue deshechada rápidamente por Panesi. Casi diciendo “ese es otra cosa”, o más bien, a Piglia no le hemos hecho injusticias, estamos en este momento, viéndolo más o menos como lo que es, como un autor que si bien no es del montón, no llega tampoco a ser una eminencia que construya campos enfrentados en torno a su obra, o tal vez, que técnicamente era un escritor y un crítico apreciable solo que no tiene una obra escrita para perdurar. El problema, pudo responder Panesi, es esa falta de obra. Aunque la respuesta que comunicaba tanto, fue casi un silencio, dos palabras o una, o tal vez ninguna; pero comprendí ese conjunto de posibilidades presentadas por la viva voz del profesor, que acaso no hubieran podido expresarse por el mismo discurso escrito en ausencia de su mirada, sus gestos, su deferencia hacia el muchacho, su prisa por completar su clase, etc. etc.

No digo que el camino hacia la discusión de Piglia no exista, pudo explicar Panesi, es que iremos a esta otra dirección.

Yo por mi parte no conozco a Piglia. No hubiera tenido sentido -lo habrá entendido usted desde el principio- escribir de la manera que lo he hecho si tuviera alguna lectura válida que pudiera darle a ese autor. Este camino solo puede tomarse, si no se ha tomado otro, solo puede interrogarse genuinamente sobre Piglia -o sobre Uhart, o Lampedusa- el que no lo conoce. La pregunta por lo tanto, no es vana, y puede repetirse, y reflexionarse genuinamente en ella.

Otras nuevas inquisiciones

27 Jun

Podemos sentarnos aquí todo el día pretendiendo que mi blog no toma mucha de su inspiración en Borges, pero estaríamos haciéndonos -perdonarán la palabrota, pues sencillamente creo en la justeza de determinadas palabras en determinados momentos, sean estas tan antisonantes como sean, existen ya por la misma inercia para determinados casos, y la digo sin afán de herir sensibilidades:- pendejos. Por lo general evito mencionarlo porque determinados temas que me parecen tan groseros y evidentes tienden a causarme cierto desasosiego a la hora de hablar: cuando uno gira sobre una evidencia no puede evitar parecer un imbécil -y sin embargo muchos libros de detectives funcionan así ¿no? la evidencia está por lo general en el final-. Y no hablemos del asunto de los plagios y las inspiraciones con la que luego lo fastidian algunos por admitir,cualesquierinspiración.

Pour le reste, je m’en tape. Se me figura un momento propicio para abordar el tema. Seguídme que hay que decir.

Borges no es el escritor que más he disfrutado, y ni siquiera es el argentino que ha escrito en mi opinión, la obra más conmovedora. Supongo que hablar de Borges y de emoción puede parecer a muchos eruditos una injusticia, pero se quiera o no, la literatura de Borges es bella tanto más por sus momentos patéticos y sinceros que proceden de la lucidez del autor, que por cualquier barullo teóriquero que se quiera mostrar. Es una bella obra, y cualquiera que busque valorar su sentido sin su forma, es un reverendo imbécil que ofendería al mismo autor. Pero bueno, sobran y sobramos obtusos en esta vida, no le puedo dar gusto a todos. Valga decir que son acaso estas emociones proporcionadas por la obra del argentino que me permitieron descubrir cuanto aprovaba la sensibilidad del poeta, y cómo coincidía con los planteamientos de sus proposiciones como pensador. Borges escribió una carta de amor hacia la lectura con una sinceridad que acaso yo no podría reproducir. Mas el asunto en cuestión nos une: la lectura. La diferencia entre el hombre y Dios, si se quiere.

Los temas que usted habrá tenido la paciencia de leer en este blog, son una emulación o una reformulación de las muchas cosas que Borges dijo. Más turbias o más claras, no me parece que propongan mayor novedad. Dicen que ya todo está hecho. Mi primer enfrentamiento al discutir sobre los temas que Borges trató era de no ser un copión, un borgiano. Y no que me moleste el plagio, simplemente creo que no le haría un favor al maestro superándolo en todo nivel y haciendo redundante su obra. Además realmente yo no escribo como Borges, y la forma tiene tanto más de importancia que la reflexión. En un conjunto de ideas no creo que pueda disociarme del maestro, tan benéfico o perjudicial que esto sea, al tiempo presente. Abogado de la defensa del lector, desertor del valor del texto escrito por sí mismo, soy de los que trata de demístificar el “decir lo imposible”. Y si quiero hablar de esto, ¿debería hacerme el adolescente y pretender ser y decir todo lo contrario a mí (y a Borges por extensión) por el simple motivo de la novedad? Soluciones insatisfactorias. Si hay una vigencia en las ideas su resurrección presente no debe resultar atróz. De haber un órden en el universo, no hay que temer, y si no lo hay, un buen lector lo inventará.

Para los marginales que descartan de antemano una obra por el simple hecho que tome inspiración de otro hombre, les recomiendo la lectura de Alan Moore. Hay pocos autores de fama que tengan una inspiración tan borgiana dentro de sus deconstrucciones, y aunque se trate prominentemente de otro género -la historieta-, su impacto e influencia se mantienen hasta nuestros días, y definitivamente es un maestro de la narración a su propia manera. Moore tampoco me gusta tanto como Borges, aunque los artistas que colaboran con él han logrado hacer más de una obra maestra, ventaja que Jorgito no tuvo -qué sería mejor que un ciego evaluando dibujos de historietas ¿no?-. Pero el tema es el mismo y la sensibilidad es muy similar, aunque Moore y yo tengamos un gusto mayor por la violencia y a Jorge le gustara la limpieza. No creo que mi obra gane favores  metódicamente sobre algunos de ellos, pero acepto la inevitable comparación.

Si por algún motivo a usted le gusta lo que lee en mi blog, lea a Borges, lea a Macedonio, a Alan Moore; no puedo donar recomendaciones tan sinceras como mi práctica misma. Acaso un día yo mismo dejaré de gravitar en estos temas y me inclinaré por asimilarme a otros grupos y maneras. Pero son personas y textos completamente diferentes, creo que hasta su misma similitud, algunos le serán menos atractivos que los otros. No lo piense cronológicamente, invéntenos precursores. Es usted el lector, más poder a usted, genio.

La promesa

23 Jun

El acto de prometer definitivamente está ligado con la capacidad humana de abstraer los futuros posibles, que nosotros frecuentemente ligamos con la inteligencia. Pienso que es necesario atribuirle un cierto caracter imaginado, algo que corresponde estrictamente al dominio de la ficción, al menos en el sentido de la oportunidad. La promesa existe y es autónoma respecto al hecho de que se cumpla, solo que contempla en todo momento su concretización que puede ser constante en el tiempo y debe imaginarse en algún futuro -de otra forma, no tiene sentido-.

Aunque contemple siempre un porvenir, la promesa remite a más de un momento verbal. Se promete desde un hoy, en vista muy probablemente de un ayer, para un futuro. Se trata pues, de una garantía que no podemos verdaderamente proponer en la finitud de nuestra identidad, pues sabemos que en la vida un hombre se transforma varias ocasiones, y que la promesa no es sostenida estrictamente por la misma persona por quien fue enunciada. La promesa en este sentido cambia aunque no se transforma cómo fue dicha ni se cuestione su validez, a cada momento se reinventa en torno a un fondo cambiante entre aquellos elementos que la crearon. Como el arte, la promesa genera una vida propia interior y exterior.

Borges menciona alguna vez que la promesa tiene algo de inmortal. Podemos pensar que es uno de sus discursos que corresponden a la naturaleza del tiempo, mas una convicción intuitiva me lleva a pensar que todo se relaciona de nuevo con la materia ficticia que envuelve la posibilidad de un futuro, posiblemente, experto en la ficción, Borges nos sugiere un funcionamiento de la palabra, del discurso como posibilidad. De aquí que nos interese pensar en esta promesa eterna.

Si admitimos que el hombre se transforma durante toda su vida, se borra la noción de identidad. Recordemos que la unidad es ambos un fenómeno estético y una necesidad práctica. No se puede encerrar a Rodion Raskolnikov por asesinato si ha dejado de ser el hombre que perpetuó un brutal homicidio, no puede tampoco percibirse así la redención que tiene en la culpa. La noción de continuidad absoluta en una vida es mucho menos lineal que la conservación, muchas actividades son destructendientes. Luego, la propia secuencia es una hipótesis más o menos improbable y la promesa básicamente infundada.

Existe el dativo de nuestra promesa, aquel a quien prometemos. Debe resultar evidente que la identidad del susodicho es tan éterea como la propia, incluso cuando la promesa se efectúe hacia sí mismo. Se puede prometer a alguien o por alguien ausente, no carece este concepto de cierto valor imaginario y flotante pues el ausente es por definición quien no puede darse por concreto. ¿Dónde radicaría pues esta eternidad dentro de un sistema donde todo es fundamentalmente improbable, ficticio o pasajero?

La promesa siempre resulta sometida a un juicio de valor, y siempre responde si a una rigidez estoica con respecto a la espectativa futura. En la enunciación de la promesa siempre conviven el “a pesar de” y el “si nunca”, contra los cuales se alza una afirmación necia y consecuente. No somos nosotros, sino ella la que se opone al sinúmero de ficciones que el futuro puede deparar y que encara con certeza alguna realidad. Básicamente, el discurso es de la continuidad, su cumplimiento implícito, la única verdadera inclinación por un complimiento concreto. La promesa misma permite un momento inmóvil, una capacidad invariante que permite su propia enunciación. Una promesa para toda la vida es, solo en su valor de discurso, la identidad que puede responder por sí misma. La promesa se autogesta, lo que explica por qué se le adjudica a la figura de los divinos creadores.

¿Habrá seguido mi razonamiento Borges al decir que solo los dioses pueden prometer pues son inmortales? Finalmente, gestarse a sí mismo es la actividad primaria de cualquier divinidad, actuar en la autodefinición definitiva. Recordemos que la muerte para él y para nosotros, no es un concepto final, sino el que atraviesa la vida constantemente, la inmortalidad es por ende, eternidad. Dejamos constantes de ser constantes. Mi imagino, a veces, que el mensaje de Borges era el que menciono, acaso por que yo deduje lo mismo por mi lado, al decidir casarme.

Aunque por supuesto, lo que quisiera decir o no un muerto -cualquier muerto, usted, o yo-, no es lo importante; es el prometer y la entrega de dicha promesa en donde se reconoce la inmortalidad, y si llegamos a tenerla, hallaremos de algún modo lo que los antiguos consideraban Dios, que ciertamente falta un poco en nuestro tiempo. Hablo de la promesa  -nos falta morir menos, o por lo menos morir de mejores formas.

I found some Gould!

24 Abr

Aqui subo una reseña de un autor que acabo de descubrir, sancionen y castiguen cualquier inexactitud:

http://arrowni.podbean.com/mf/web/rbr3q8/Quiriny.mp3

 

Y noto que este servicio de podcasts está en su límite, si alguien conoce alguno mejor avise, buscaré para la próxima entrada.

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