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Critica emocional

12 Sep

Cuando uno se mete a analizar toma prestadas herramientas que no son propias al pensamiento crítico. Podría admitirse que hay una genealogía de las ideas y de las estéticas que no se presta a justificar que cualquier diferencia que pueda atribuirse a un arte se considere un elemento crítico. Y bueno, entrando en distinciones y genealogías en realidad uno no sale, pero me parece que la distinción es un paso adecuado para aclarar la posición del arte popular en medio de lo que el análisis considera.

Una definición que he usado de vez en cuando es que el arte popular es aquel que no requiere sostenerse frente a la crítica. La idea está sacada de un razonamiento del-huevo-y-de-la-gallina, porque no es el arte popular quien es incapaz de ajustarse a la crítica, sino que la crítica se inventó para desestimar el arte popular. Lo popular es casi intuitivamente, lo no intelectual, lo que si se sostiene, debe pasar por unas intuiciones y sensaciones que van ajenas al razonamiento excesivo y a las justificaciones argumentativas. Se puede argumentar por qué nos gusta lo popular, pero será un a posteriori, lo que en realidad nos gusta es algo experimentado e indecible.

Cualquier expresión popular puede estar bañadas de elementos propicios a la crítica, pues de hecho, ser popular no es una naturaleza que excluya la obra de arte genuina y de alto valor. Si hay algún valor estético que se maneje en academias y discusiones filológicas que verdaderamente se pueda oponer a lo popular será seguramente lo experimental. El experimento es aquello que rehuye a los géneros como la sombra se escapa de la luz, y lo popular en general abraza y desarrolla sus características genéricas para volverse accesible a un lector/espectador mínimamente educado. El culto a la novedad ha hecho que se desprecie mucho esta naturaleza genérica, pero si todo está hecho de antemano, resulta una queja vacía.

Y decía: hay cosas que la crítica toma prestada y no son del razonador sino del sentimental. La parte de la crítica que podemos aplicar prestamente al juzgar a un entretenimiento popular no es verdaderamente lo propio del pensamiento crítico, sino una estructura ajena que tomamos prestados para evaluar ciertos juicios y formular nuevas categorías. Muchos pensamientos han sido anteriores a la crítica moderna, y su uso debe ser entendido como un préstamo del nuevo crítico y no como un ejercicio estéril fuera de la práctica de este. Por ejemplo, el análisis narrativo no tiene nada que pedir a la crítica: la narración ha estado allí más o menos siempre, sin enredarnos en el pensamiento elevado.

Recordaremos además el gesto de Esquilo, que introdujo un segundo actor. Explico la referencia casi-mítica: el teatro antiguo constaba de un actor que representaba una pieza y todos los personajes de esta, Esquilo mete en escena un segundo actor para representar varios roles. Aquí nace el teatro moderno para los griegos. Lo que nos interesa a nosotros es la proximidad del arte narrativo por excelencia -contar cuentos-, y el arte teatral propiamente dicho. Una actuación cualquiera es un gesto de narración, y por lo tanto al efectuar una crítica cinematográfica que se focalice sobre los actores o los ritmos de narración, no estamos utilizando gestos propios del pensamiento crítico, sino antiguas tradiciones prehistóricas de toda civilización humana. Actuar es narrar simplemente, la mayoría de la comunicación humana, según dicen algunos antropólogos, no pasa por la palabra sino los gestos, silencios y demás expresiones que la presencia directa permite y que la esterilidad de un texto es incapaz de comunicar en sí misma. Narrar y actuar preceden al tiempo crítico, son de una genialidad convencional y popular, los teatros de variedades muchas veces requirieron los actores más versátiles y dotados, mientras que las películas alternativas pueden conformarse con actores menos dotados -compensarán, se supone, con elementos de tipos distintos pertenecientes a una estética de la tradición fílmica u otros-.

Ligar la narración y el actor -en tanto que personaje-, con el arte popular no podría ser una tarea más sencilla. Ambas características reconocen géneros ampliamente establecidos, personajes como la enamorada, el villano o el viejo sabio, narraciones como el amor prohibido, la misión del héroe o el misterio que se debe resolver. Estas herramientas, que no son propias a la crítica resultan propias y adecuadas para juzgar la valía del arte popular, y pueden aplicarse a este. Hay que mediar entre ellas el humor, que tergiversa también las corrientes estéticas, pues una belleza graciosa y una que se toma demasiado en serio son de una diferencia rotunda.

Nos vemos en otra ocasión.

De coludos y rabones

12 Mar

de ella como nunca antes. ¿Y en qué? Pues en la medida de su fragilidad y su simetría, lo que sin duda debe interpretarse a su vez como belleza (y nada más peligroso y encantador que lo bello, baste el ejemplo de la colorida serpiente, de la vagina dentata o de los terrores que son por fuerza de lo invisible, que nos remite de nuevo a esta ausencia seudo-lógica con la que estamos tratando, en la que el exceso y la magnitud solo se pueden lograr en la imperceptible desmesura, la sutilidad: lo que no es evidente) lo que no lo hace, valga la aclaración, menos real, menos concreta y veráz, pues finalmente no hay nada en equilibrio más precario que lo irrefutable, eso que se debe conceder. Entiendo que el error es también el igualar los opuestos y que negarse a conceder del todo un gesto suele ser el riesgo que la penumbra crítica nos suele vislumbrar.

Y lo que podría ser un perfecto cimiento en otras instancias se nos vuelve rigurosamente frágil ante la órbita incesante que es la hermenéutica. Cambiar de opinion se nos figura una expresión de debilidad aunque la sepamos, en todo el rigor discursivo, una muestra de poder. La impotencia como poder, la concesión como acto de violencia. Como sin duda elevamos al que trágicamente se empecina en ser él mismo una idea, solemos confundir la situación de cuestionamiento -que suele ser propia-, con una equivocada noción de duda, falta de contundencia o lo que es peor: de fe. Credo.

La palabra es una herramienta que confeccionamos especialmente para las certidumbres, creo que el lenguaje notorio de la ciencia nos permitió un feliz catálogo de dichos que explican el universo y nos consuelan del resto de la ceguera. Que la ciencia exista basta, aunque no la comprendamos, pues entabla un número de certidumbres suficientes para que la vida pueda seguir su caótico e inexplicable curso, que no deja en momento alguno de ser igualmente fatal. Ignoremos voluntariamente la ruptura, el punto en que la incesante realidad se nos figura inédita, y concentrémonos en esta necesidad de suficiencia que el universo guarda para con nosotros. La idea como método de la (auto)suficiencia, aquella que nos tiene bien anclados en el quién-soy/qué-estoy-haciendo-aquí. Sin palabra no hay idea, y por ende, no hay consuelo.

El cambio de bases, el cuestionamiento, no es sino otro hijo del espíritu del discurso -llámese Espiritu Santo, por ejemplo-, no desafía en realidad la noción de estabilidad de la palabra pues se alcanza por una misma lógica discursiva, ante la evidencia de una verdadera incertidumbre. Allí radica toda la diferencia: dicha experiencia, el sentir que vuelve un decir, una palabra crítica, el gesto del todo poético que contextualiza nuestras ideas y les permite un grado de elasticidad y de realidad del todo mayor. Cambiar de opinion es una suerte de prueba, es el rigor que se exige a la Idea en sí para incorporarse al campo de lo estable y lo constante. La Idea buena no es permanente, sino recurrente. Se reproduce en el objeto. Entiendo que no hay mayor paz que tal evidencia, del descubrimiento personal de una lógica piadosa (para con nosotros).

Clamo haber sentido, y temido provocar en otros, cierta ilusión de lasitud. Sabemos que el ríguroso se cree como la piedra: fijo, y existente. La vivacidad no consiste en pruebas de inmovilidad, aunque entiendo que el cambio de paradigma entre lo vivo y lo muerto es tan rádical que desespera. Y la sensación de pérdida es solo humana.

En testimonio personal de confusión, de dolencia, recuerdo haber escrito “gané lo que tengo, perdí lo que tuve”. Ahora siento que el ejercitarme encontrando sentidos alternativos a esta expresión es acaso su punto más importante, ejercitar mi pensamiento, confirmar que no he limitado la vida al resultado de varias ecuaciones, que la lógica vital nunca se reduce a un simple sí o un simple no. Entiendo que la oposición, incluso la mía propia contra las contradicciones que los malos días me aterran, son más ilusión que verdadero agravio.

No deseo que el lector herede por mi causa estas pesadillas, ni sienta vértigo de tanto pensar. Sería injusto y deshonesto de mi parte, pero lo que es más grave, pienso que sería deshonesto para con usted mismo. El desbalance es una certeza, es el efecto mismo que la palabra empleada tiene con nosotros. Ha descubierto una evolución humana que viene de donde mismo, que es ella misma el don en que se fundamenta toda la civilización, solo que usted ha llegado a ella ya, no como un inocente o una víctima, sino como su productor, el que frente a la justicia de esta tierra y las otras, se las carga.

Le presento al gesto que ningún otro rigor puede describir tan bien como el ejercer cualquier palabra: la mentira.

De tigres y de reflejos

13 Ene

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Todo se vale

9 Oct

A veces se descubre en el arte una cuyuntura generalizada de gustos y géneros, un sistema de aceptación bien definido que va a denunciar lo que es correcto. Se señala en estos casos, algún elemento moralizante como la presencia de una religión que domina, o del juicio políticamente correcto, ambos tipificados como ejemplo de la falta de reflexión y el retardatismo. Valdría la pena interrogarse precisamente si dichos juicios no esconden acaso un temor mayor a otra cosa. No lo exploraremos hoy.

Lo que vine a decir, es que fuera de estos prejuicios, el arte se halla en una aceptación genearalizada y sin dirección. Hemos oído todos de los artistas revolucionarios y polémicos, mas hoy día no son precisamente un elemento de moda. Nos queda poca polémica como sociedad, y es triste de varias maneras. Por un lado, la polémica así como la moral han sido históricamente temas literarios de gran importancia, no por las vaguedades metafísicas que generan, sino por la opresión tan real que un código moral tiene sobre un lector. Los valores personales se experimentan, no simplemente se saben. Tampoco tendremos la polémica como elemento generador, pues cuando todo se acepta, entonces poco se saca de los valores temáticos que pudieron alimentar muchas literaturas antiguas. El que intenta hacer polémica se nos figura el hombre que discute exclusivamente de un fait divers del periódico de la mañana, ¿no funciona el universo como es? ¿no solucionaremos cada problema?

Ahora, por esto no quiero decir que se nos ha agotado el trabajo con la marginalidad, simplemente que la polémica en sí misma es una droga suave que funciona por un tiempo y cuyo efecto va degradandose conforme se usa. Los autores alguna vez polémicos como Houellebecq son aceptados a tal grado que se les premia con el Goncourt, y es el premio quien se equivocaba por no premiarlos antes. Están, como cualquier otro texto, en el circuito de ventas literario, pues lo chocante, como el sexo y la violencia, se considera un argumento de ventas. Y de allí mismo decimos, que la labor del arte deja de lado esta parte de la marginalidad y de lo oculto, porque el punto de señalar la perferie se pierde cuando se asimila a la sociedad en tanto que simple objeto de consumo. Se requiere la labor crítica.

Excepto, naturalmente, que la crítica es por mucho la herramienta que predica a convencidos. Puedo escribir cinco ensayos sobre Stendhal para explicar su buen trabajo textual y su caracterización, pero se sabe que Stendhal es una figura emblemática de la literatura y allí no hay pierde. En la arena mediática, es distinto. Los autores contemporáneos no son discutidos con asidiuidad y cuando la crítica sucede, se entabla tímida y precabida, pues implica riesgos no solo económicos sino de prestigio. ¿Qué pasa si uno se equivoca al juzgar groseramente a un autor nuevo? Perderá su título como profeta de las artes venideras, se irán sus credenciales imaginarias. Estoy haciendo eco a varios escritores al decir que cada vez menos escritores efectúan una verdadera labor crítica, que sea no sólo de análisis de texto sino que intenten trabajar un nuevo ángulo de una problemática, que hagan una polémica verdadera. Porque en cierto momento el lector poco aguzado se ha convencido de que el fondo funda la literatura, que hablar simplemente del objeto conllevará la reflexión. El fondo está equivocadamente glorificado como lo está un hecho de actualidad, como un estrepitoso accidente aéreo que tiene muertos pero del que no se produce nada más.

Oliver dijo no sin tino hace poco “Se cae un niño a un pozo y se analizan los pozos, se caen los bancos y se analizan los bancos, se corrompe la policía y se analiza la policía, es fácil ser gobierno, ¿no?”.

El arte se encuentra en un circuito de pensamiento demasiado abierto, si tal cosa existe. Yo diría casi al punto de que el pensamiento se ha abandonado, que legítimamente la crítica se considera de más. Haga usted el arte más repulsivo que pueda conseguir y encontrará quien levante la bandera de vuestra causa sin titubeos. Lejos de los juicios demagogicos y morales, todo se permite, no hay barreras que delimiten lo que puede gustar. Nos reencontramos de nuevo con Bolaño y su mirada crítica de lo violencia, del arte que imita a una vida que todo se permite, sin barreras que se derrumban a base de poder. Se trata de un circuito donde alguien siempre podrá decir bien de cualquier atrocidad.

Más valor requiere entablar una crítica negativa, tratar de por una vez, incluir elementos antitéticos en una proposición de un autor, aunque en esto parezca que nos juzgamos el prestigio y que proponemos un ataque. Los literatos siempre han sido un grupo marginal, que me parece flexible al cambio y la adaptación, la polémica genérica es un objeto de venta para las masas, y la crítica de halagos una mera manera de gastar papel o bytes. La crítica negativa se usa simplemente para entrar cierta polémica que se sugiera a este sistema de aceptación implícito, a esta devaluación del arte que pasa los devaluadores del arte.

Pero quedarse solo ahí no basta.

Mitología crítica

20 May

A veces uno debe entrar en el pantano lodoso que es la crítica de los artes populares. Algo que se practica muchísimo por internet, pero que no reconoce de cierto modo, los valores ciertos del academismo. El arte popular, decimos, se sostiene precisamente por un caracter de entretenimiento, que no solo le requiere una decente difusión sino que además apela a un sistema de diálogo común que podemos asimilar -por qué no-, a los arquetipos jungianos. Porque a final de cuentas las grandes historias, las que todo el mundo conoce, se cuentan gracias a ciertos arquetipos “universales”, lo que podemos llamar personajes, cuando el término es pertinente, y que no pocas veces ha guiado los estilos narrativos que han existido en las más remotas partes del mundo.

Ya podríamos emplear una crítica vanguardista para repudiar a los arquetipos como una repetición constante de los mismos métodos y fórmulas. Este es solo uno de los primeros tipos de crítica que descartará cualquier arte popular por razones fundamentales. En sí, casi he sentido la tentación de argumentar que el arte popular no es otra cosa que el arte que no se sostiene frente a la crítica. Dirán: una crítica enteramente voráz corroe hasta las mejores expresiones del género humano, pero toda crítica es también una expresión humana y es falible. La crítica es tanto un discurso hipotético como uno factual, pues al suponer que la expresión popular no se sostiene ante la crítica, estoy implicando que conozco de cierto modo todas las críticas existentes, y por ende, todas las que pueden existir. La crítica es un elemento de lenguaje y es convencional, sin embargo, intenta por medio de esta herramienta -la palabra-, borrar lo previsible de su mirada, ponerse antes del lenguaje y variar.

Si pudieramos retroceder en el tiempo para fundar un mito de la crítica, y vale decir, un mito de la crítica no tiene sentido porque su trabajo primero consiste en la desmitificación, por lo cual repudiaría de antemano estas metáforas antes de volver apenada a recuperarlas; en fin, decíamos que si pudiésemos concebir un mito de la crítica, muy probablemente ella hubiera nacido para atacar al género popular. La crítica no sería sino una herramienta de pensamiento que descartaría todos los artes posibles que se diésen por populares y permitiera establecer “otra cosa”. El arte que conocemos, nuestra noción de arte, sería una de las múltiples hijas de una crítica que ha fracturado por medio de la reflexión, la columna vertebral de la cultura, que consiste en mitos, y por ello engendrado los sistemas “de pensamiento” y ya no “de narración”, que toman el lugar de una manera de relacionarse con el mundo que bien podría ser esa que Vitto Giambattista inventa en su Scienza Nouva, y que no sería equivoco llamar el “mito de la razón”, en una época donde el pensamiento medieval ya nos dejaba de parecer nítido.

Mas cometo ya el pecado de ser exageradamente verboso y meterme a una crítica de la crítica que no requiere tanto nuestra atención, y que francamente me recuerda el gesto natural de tratar he mirar en el interior del propio ombligo. Creo que el arte popular, ya va dicho en su nombre, no es menos indigno por sus fórmulas y sus teorías que por la carencia de privilegios de clase que conlleva. El arte popular toca a un grupo más abierto y no es elitista, hiere de cierto modo al intelectual que por sentirse abandonado e incomprendido pretende fundar naciones imaginarias donde su intelectualismo sea ley. Estamos aquí en el límite en que los gozos más intelectuales de la literatura se encuentran con Godzilla, James Bond y el señor Barriga. Porque tras haber efectuado un proceso de individualización, ya no estamos en un constante careo con los arquetipos a los cuales tenemos que criticar y borrar para poder lidear con ellos, atravesando ese corto umbral entre lo cerebral y lo que entretiene, llegamos a un cierto punto de reinvención. Cuando el creador deja de ser el arquetipo del creador y se vuelve simplemente un tipo.

El chiste sería tragarse todos los siglos de crítica, digerirlos, dejarlos y encontrar la lucidez total que la crítica nos provee a cuenta gotas: lo que está más allá del análisis. Es probable que entonces la palabra sobre el arte popular recobre en todo su sentido y nos presente sus verdaderas dimensiones, no excluyo cierta reconciliación con el cuerpo bruto de la raza humana, que pasa cuando el hombre iluminado se abandona a sus congéneres en vez de al onanismo. Entretanto, la lección extraña se halla en ese no-sostenerse-ante-la-crítica, el otro, el arte popular que se define en la constante decepción de nuestras espectativas divisorias y que se redefine constantemente como un solo objeto, el mismo objeto en una transformación estética permanete. Como diría otro, el sol dando vueltas alrededor de la tierra.

Siento que a mis observaciones…

26 Mar

Siento que a mis observaciones de ayer rodeando el asunto referente a la falta de humildad del lector, pueden añadirse algunas precisiones.

La mejor manera de abordar el tema es una advertencia preventiva: Muchas palabras y conceptos que empleamos comunmente están cargados de conotaciones positivas y negativas, debido a su función social. La arrogancia y la humildad, además de quererse opuestos, se evalúan “buenos” o “malos”. Es contradictorio y engañoso tratar de sacar un concepto fuera de sus consideraciones sociales, pero un mínimo de voluntad de no categorizar dichas actitudes con prejuicios existentes, permitirá que la discusión tenga un mayor efecto. Evitaré todo intento de lanzar definiciones que solo siembran malentendidos y confusión, nos remitiremos al conocimiento convencional.

Discutí anteriormente que cualquier conocimiento literario permite una oportunidad de compartir con los demás opiniones controversiales. Pensemos que existe y es válida la sana controversia, ciertas instituciones como el periodismo y la política podrían -teóricamente- emplearla bien. He justificado la controversia clamando que la convención es arbitraria. Creo que la estética puede justificarse y no es falsa. Creo también que es abundante.

Argumenté que exigimos de cualquier “crítico literario”, un mínimo de credibilidad para lanzar sus gustos. Esta es un arma que actualmente ahoga y doblega a la crítica. La legitimidad es precisamente lo que sesga los clásicos de las obras, que en calidad y sentido, son igual de buenas o mejores. La literatura pierde más años legitimándose que produciéndose. Es evidente que la calidad de la reflexión es más importante que la fuente que la produce, excepto en el caso de la simple convención. Existen dos críticos arquetípicos que fallan en discutir suficiente las obras que existen: La academia y el escritor.

La justificación de un escritor para legitimar sus opiniones es evidente aunque cuestionable. Un literato puede ser un teórico absurdo e inconsistente, pero siempre esgrimir el argumento de que la calidad de su obra respalda su cuestionamiento. El artesano de la palabra suele ser un crítico creativo y entregado, su teoría se persigue en las propias obras, salvo en asombrosas inconsistencias -a veces estas dicen más del autor que su discurso mismo-. Pero por definición este tipo de crítico se la pasa más bien produciendo obras que ha su vez deben ser leídas, lo que es su función más pertinente y principal. Si la crítica depende solo de los escritores, la producción literaria “primaria” queda un poco defraudada. Luego están las academias.

Contrario al caso del individuo literato, la licencia de la academia procede de una tradición histórica y en cierto grado de una ortodoxia. Es por fuerza menos ligera y menos genial: el discurso académico responde muchas veces a voluntades científicas y de documentación que no son siempre sorteadas logradamente. Por supuesto, construída por grupos heterogéneos que no pocas veces compiten entre sí, nada garantiza la calidad sostenida de una academia. Dejemos de lado los tristes intereses monetarios y agendas políticas que representan; las academias rara vez dirigen la crítica con la libertad y sencillez que un taller literario lo hace. Una ventaja genuina de estos grupos seudo-intelectuales es la búsqueda de continuidad con pensamientos anteriores, y de cierta manera, forman una comunidad que pocas veces los escritores solitarios logran. Esta última característica nos interesa en el contexto principal que hemos discutido: La comunicación masiva hoy al alcance de muchos.

Un grupo extenso de lectores, educado y sincero casi por principio -no se gana nada mintiendo por internet-, es muy buen germen de discusión. Más que otros admiradores del arte, el adepto a la lectura suele ser una persona de cultura, respetuosa y abierta a lo nuevo. Hay sus excepciones, pero la lectura suele desarrollar un “yo” pasivo, que se presta a la escucha sensible. Sufre este tercer tipo de crítico, de una inútil humildad. Sin objeto o grupo que de por válido su ejemplo, rara vez propone controversias en la esfera pública, ni realmente objeta contra los juicios a veces brutales que los otros se permiten. No nos sirve esa humildad, la arrogancia da más frutos.

A un escritor, uno de veras no le exige la humildad. Nuestra comunicación con él, siendo ante todo textual, sale fuera de la mayoría de las convenciones sociales que existen. No esperamos leer un “buenos días lector”, antes de cada texto a leer. Una generalidad así, fuese la que fuese, no merecería existir. El lector que comparte su opinión, pasa a ser a su vez literato, y no puede gastar economías en simples convenciones. Porque será leído por lectores, que a su vez son verdaderas personas abiertas a juzgar un texto por su calidad, no por las vestiduras rasgadas en el proceso. Son la mejor audiencia cautiva, los buenos lectores. Eso nos legitimiza.

Por supuesto que todo vicio puede defenderse retóricamente, cualquier error justificarse. El objeto está, más bien, en si uno es grosero y arrogante sencillamente por serlo, o lo brutal viene de alguna honestidad. Quién es humilde, pese a que internet presta anonimidad, va por buen camino en ser sincero. Piense solo usted, que el paso consecuente del respeto, es creer en el respeto que recibiremos. Yo no le pediría que mienta, para eso, ya tenemos profesionales.

Partido inutil

16 Mar

Cuando uno es joven por fuerza se encuentra con debates que han sido ya agotados de antemano. Tanto se ha dicho en estas sempiternas discusiones que nuestras voces y opiniones no resuenan con fuerza, dentro de sus vacíos en apariencia intemporales. Uno de estos temas es, por excelencia, la relación entre lo escrito y la realidad. No podría en cien entradas de este blog, agotar las cientos de falacias que rodean este debate. También aseguro y afirmo que el debate continúa hoy día, tomando nuevas formas que hacen eco a las antiguas. Por tomar alguno comenzaré a hablar del mito del autor. Según la tradición popular las historias no tienen autor, o mejor dicho no tienen uno solo. Los cuentos, que tal vez existen antes que nosotros, son redescubiertos con los aportes de diversos hombres de letras. La ficción del autor se cimenta con el mecenazgo y las campañas de los nobles por combatir la pobreza y el aburrimiento. Ser un escritor no era un estatus profesional, sino un pasatiempo, la libertad de retomar y deformar mitos existentes seguía siendo prácticamente total, pero la versión definitiva, pertenecía contradictoriamente al autor. Después de estos inicios la idea de un texto y un autor se nos ha vuelto indisociable. Por la acción del furioso realismo, se quiso tener a un texto y a un autor por verdaderos objetos en el mundo. Balzac era un gordo, la Comedie Humaine un montón de letras y hojas. La ficción por otro lado, quería que el autor y el texto, ellos mismos no fueran sido ideas: Balzac es todas las operaciones creativas y experiencias que dan como resultado la Comedie Humaine, la Comedie Humaine es todas las lecturas posibles que se pueden atribuir en algún grado semi-sensato, al texto. Pero bueno, la división radical entre real y ficticio ha sido más una voluntad moral o sicológica que una herramienta para el gusto y entendimiento generalizado de los libros. Que me gustan mucho. Usted se dirá que las visiones ficticias de Balzac y la Comedie Humaine se escuchan como argumentos mucho más pertinentes y disuasivos que sus contrapartes realistas. El problema es que son ficciones, son engaños lógicos que uno concibe para facilitar una idea difícil de describir. Nosotros inventamos esos conceptos para tratar de buscarlos en la realidad, pero no existen.  Una ficción no existente, como de costumbre, es más hermosa que la realidad. La diferenciación es un método concreto del cual el hombre saca una utilidad. Dividimos una mesa de su entorno para poder evitarla, moverla o reproducirla abstractamente. Diferenciamos la realidad de la ficción por razones evidentes e igualmente prácticas, Madame Bovary y Don Quijote son abstracciones de esa practicidad. Pero como hemos ilustrado, no siempre hay utilidad en estas divisiones; poner la realidad y la ficción en lados diferentes de la literatura, no cumple ningún fin, de hecho, trunca nuestra comprehensión. La diferencia entre ficción y realidad, sea cierta o falsa, no reproduce sino un debate estéril. No voy a alegar si tengo razón en este juicio porque no importa la razón que pueda yo tener. No obstante creo que al menos les debo un vago ejemplo -me remito sin embargo, a decir que no aclarará gran cosa-. Tuvimos a los formalistas, tipos que decían que había que ver al texto -las manchitas impresas- en vez de tratar de ver otras cosas -por ejemplo, su autor-. Con el desarrollo de la sicología y una buena dósis de culto a la personalidad, se comenzó a considerar que si el texto es como es, se debe indisociablemente a que un tipo lo escribió. Un tipo que nació en cierto tiempo, de cierta manera. Si Cervantes no hubiera escrito el Quijote, otro texto similar hubiera sido escrito por alguien más en aquel momento histórico. No importaría tanto pues la persona del autor, sino el momento de la escritura -un momento mítico, pregnante, de coordenadas historicistas-. Luego la sociedad mercantil empezó a postular un nuevo dilema: La audiencia. No es que Balzac escribiera porque se le rascaba un huevo, escribía a alguien. Y cuando se pone la pregunta abiertamente, siempre que se escribe hay un lector -aunque el lector sea el propio autor-, y es inescapable. Este lector es receptor único de la lectura, mientras que puede haber más de un escritor, más de un productor. (Por el lector ser único, quiere comunicar lo que ha leído). Nadie escribe solo por comunicar, hay un lector implícito en cualquier texto. Incluso para la escritura más depurada el lector es inescapable. Y el lector no está ni en Balzac, ni en las letras solas, ni en la función autor, ni es tan volador como un conjunto matemático de decodificaciones que se puedan hacer a un texto. El lector siempre es usted. Habrá notado que de mi lado, usted puede ser cualquiera o nadie. Así de futil es a veces la discusión de la crítica literaria. A usted -el único real en esta discusión- le toca decidir si mi persona, como autor, es más bien como el ficticio o como el real. Yo espero que usted concuerde conmigo, en que no importa gran cosa. Y es que toda esta discusión no importa gran cosa. ¿Para qué escribir cosas que no importan?

La carne del árbol

15 Mar

Una buena parte del placer otorgado por la literatura -usted lo ha de saber-, es compartir nuestra experiencia con otras personas. Yo lo ubico en un rol de papel seudo-intelectual, pero hay opiniones válidas que pueden diferir de mis observaciones. Entablemos pues una discusión que no tenga el afán de convencer.

Ya se han fatigado varios siglos con discusiones sobre la estética, tratando de limitar la belleza como si la tarea fuera a enriquecer a la humanidad con un mejor reemplazo. Creo que ante todas estas futilidades siempre admitimos finalmente que en el arte se persigue, al menos parcialmente, un concepto de lo bello. Raskolnikov sufre de un ansia atróz, pero gozamos su sufrimiento. De hecho en el arte se goza el sufrimiento, mas no conviene tomar aquel rumbo si queremos concluir el tema en cuestión.

Decíamos, que cualquier arte, describe alguna belleza. Lo dejaré con esta vaguedad porque los artes son diversos y su gracia busca confundir. La literatura en particular, puede pensarse como un catálogo de experiencias estéticas y de reglas en que la belleza puede decirse. Esta lista, que podemos pensar como la ciencia literaria, es experimental. Me refiero a que uno debe sentirla para que tenga su efecto. Contrario a lo que he aseverado antes, la literatura es una experiencia sensorial.

Me justificaré con un ejemplo: Las páginas del Quijote, o aquellas de Cien Años de Soledad, nos permiten experimentar cierta felicidad. Esto es un hecho. Tanto como puede serlo una empresa subjetiva como es el arte. Basta interrogar a sus lectores y confirmar que se trata de un par de lecturas felices, sin caer en un análisis cerebral e inclinado a la disecciòn, hay una diversión y un goce en estas simples páginas, un goce que se replica en cualquier lector, de cierta sensibilidad, que las aborde. La condición no es arbitraria, se requiere sensibilidad física para experimentar el arte, un ciego de nacimiento está vedado a  un sinúmero de goces visuales. En el lenguaje hay algo de carnal.

Pero el goce literario es un placer adulterado. No es menos literario el goce de Faulkner que el de Stephen King -pese a lo que los academistas y universitarios argullan-, pero hay un proceso distinto detrás de su valoración. El gusto de la literatura se aprende, el lenguaje se aprende, la sociedad igual. Se requiere fabricar un artificio de algún tipo para sentir la literatura como algo carnal, no obstante, saldado este paso de adiestramiento, el goce se experimenta como la puesta de sol, o el roce de la lluvia o el beso en un suave vientre infantil.

Si admitimos que la sociedad, el lenguaje y la literatura son animales, me refiero a que son simples instintos, voluntades raciales del hombre como bestia cualquiera en el cosmos zoológico; entonces no podrían tacharse de intelectuales ¿o sí? Porque si no el perro que orina es intelectual, porque no orina de cualquier forma. Es una experiencia y un aprendizaje, todo perro es un artista. Y sin embargo, la mente humana traza el camino de regreso en toda esta codificación, porque no se conforma con gozar personalmente las experiencias; desea con empeño compartirlas. De ahí viene el arte, de ahí, la cultura. (Los elefantes también tienen cultura)

Volvemos pues a mi proposición inicial: Un goce fundamental en la literatura es compartirla. Y es que todo lector se encuentra aislado en su lectura, pero está disuadido que todos los lectores experimentaron su mismo sentir. Esta magnífica multiplicación de la experiencia permite saldar la timidez de muchos, pues es algo objetivo, el texto está ahí y lo que sentí, de alguna forma, también. Un texto literario no puede resumirse. Si se resumiera, sería otro texto literario. Pero la experiencia de la lectura siempre se desborda y quiere ser discutida, eso es una lectura, y como tal -ya lo habrá usted deducido- es la descripción y codificación de una experiencia. Compartir la literatura también es, por fuerza, literatura.

Cualquier estudiante de letras sabrá, esto es a veces un poco deprimente, que se escriben más libros sobre literatura que sobre otras cosas. No es broma, esto lo dijo Aristóteles cuando apenas había libros. Y Aristóteles hizo también tratados de literatura -como los críticos que no escuchan su propia crítica-.

Hay quien piensa que el verdadero arte de escribir, es la capacidad de volver carne con elegancia, un goce que primero es intelecto. No diré que es falso. Si diré que la buena escritura hace del lector un cómplice genial y le proporciona las herramientas intelectuales para que sea él mismo, el autor de su goce. Los textos intelectuales existen porque hay lectores intelectuales. Y estos cuestionables adeptos toman cualquier texto y lo diseminan, para discutir lo que acaso no está en el.

Sea como fuere, los comentadores de cualquier escrito son más literarios que el texto mismo. O sea que, gente como usted da continuidad al mundo librezco, mucho más que el autor que añade alguna rama a un árbol ¡Albricias a usted!

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