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Pas propre

19 Jun

Si uno creció en los mismos años que yo, la idea de la propiedad privada le estará anclada en el fondo del alma. Ya decían en la revolución francesa ¿no? Libertad, Igualdad, Fraternidad y Propiedad. Uno tiene lo que tiene ¿no? Este principio inalienable parece violentar un montón de bellos proyectos humanos, y sin embargo es algo fundamental en los animales territoriales que somos, en fin…

Usarlo en la literatura se me hace atróz, normalmente refiero a la poesía primero porque finalmente tenemos un primado de la lírica ante la narración, es la más literaria de las literaturas. Nuestras mejores narraciones no carecen de valor poético, así que uso esta arbitrariedad para justificarme ¿no? -¿necesito justificarme?-.  Por esto mismo digo que en la poesía no tiene sentido la propiedad, porque las palabras aunque muy íntimas y todo, jamás serán del poeta. No hay poeta. El que lee la poesía, en voz alta o para sí, se transmuta en la figura poética, en el verdadero ente divino que los que consacraron esta actividad concebían. La palabra de otro te vuelve el otro, la palabra de nadie te magnifica a un vacío inhumano/sobre humano. Trucos de lenguaje, el nadie que es más que cualquiera aunque no más que todos. ¿Raro? Sí, ¿propicio a la posesión? Solo si se trata de la demoniaca o la divina, aquella donde uno es de alguien y no tiene cosas propias.

Ahora, usted me escucha y si por inocencia se inclina a creerme ciegamente -no lo recomiendo, entre mis votos de pobreza intelectual se encuentra la necesidad de mentir, el engaño y la procastinación-, me preparo a completar mi posición. A usted se le hace que un texto le pertenece a alguien, no le faltará la noción fantasma de la propiedad intelectual, un valor legal que brindamos a los culturadores para que mueran menos de hambre. Es parte del discurso y el recurso legal, que tiene su poesía según algunos, pero que hoy no reivindicaremos. ¿Es una verdadera propiedad? ¿se supone que las ideas y las palabras pertenecen a alguien? Nos hallamos sobre todo en la convivencia y la convención, nada trascendente que ver, ni necesariamente cierto. Yo robo los libros de Paulo Coehlo, pero no su ingenio*. La protección legal está ahí para no generar abusos y mentiras que puedan ternir la imagen del susodicho o susodichos. Para que alguien sin mérito no plagie los títulos válidos de un artista más dedicado.

Entonces le decía que no hay verdad efectiva en esta propiedad poética, pero que hay un perjuicio para aquel que “se apropia” de las palabras de otro, se considera una literatura inferior, cuando no un plagio deshonesto. Y tenemos géneros como los ensayos y otros que viven de transformar la palabra, pero no de imitarla, nuestra experiencia adulta nos exige la fantasmagórica originalidad para no caer en las limitaciones interpersonales. Si usted admite que leer un libro más o menos copiado tiene algo de fraudulento es porque nació hace pocas generaciones y esta idea de propiedad privada ya se ha plantado en su mente. No esta listo para hacer revoluciones más agresivamente concebidas que la francesa, se halla usted en el historicismo puro, es un hombre de su tiempo.

No me voy a meter en debates legales sobre el internet, pues finalmente todo esto es un asunto de convencionalidad y de saber vivir entre congéneres, y no pretende la verdad. A mí me gusta pretender la verdad aunque sea a través de la mentira, y revindico el valor profundamente poético y necesario de la imitación y el plagio. No voy a llamarlo con un nombre de mas virtud, el plagio es una palabra que comunica a mi parecer la idea necesaria.

Quiero hacer una antología con poemas míos y de otros, mitad y mitad si se puede, finalmente hablará mucho más de mi poética personal que cualquier ejemplo que contenga solo frases propias. La poesía se constituye de palabras ajenas, la propiedad en ella es impostura. Claro, esto no se puede vender, pero no veo una multitud de vates que escriban por la plata (para eso es la novela, como diría Bolaño). Siento que la pequeña transgresión es todo menos inútil, pero me temo que imponga una dificultad de comprensión: ¿falsa intertextualidad? ¿deben entenderse afinidades de un texto a otro? ¿sería tan confuso como proferir poemas en diversos idiomas y alienar por fuerza un lector? No es ciertamente mi primera preocupación, mas la mencione en caso de que mi divagación le sugiera a alguien un proyecto genuino. Me encantaría leer un poemario así, libre de la identidad y llena de la personalidad.

Vaya ahora que lo pienso estoy abogando por algo más individualista que lo que ya existe. Borrar al otro.

A veces soy atróz.

*- ¿Debe leer demasiado en la personalidad que he elegido como ejemplo? ¿no puede suponerme inocente? Que lector tan malicioso es usted.

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La parte de Fate

28 Feb

Hoy me puse a pensar en uno de los ánimos latinoamericanos que siempre me ha parecido un poco extraño, y que sin el recurso narrativo resulta incluso un poco difícil de describir. Ahora, al decir latinoamericano podemos bien incluir y extender esta noción a la personalidad del español, porque sin duda existen aspectos comunes, aunque no lo podamos extender a todo -entiendo, sin embargo, que este ánimo en particular puede fácilmente compartirse entre estas sociedades, como igualmente pasa con otras tan diversas como la paraguaya o nicaragüense-.

Bolaño emplea la narración para introducir la secuencia que sin duda todos los hispanos podrán rememorar, en su libro 2666, durante la parte de Fate. Voy a hacer el intento de describir este ánimo sin recurrir al cuento: se trata de una convicción farucha y desatinada sobre la cualidad intrínsica de un competidor que comparte la nacionalidad o el orígen de uno, exaltando sus valores hasta el descrédito antes de la competencia, para que, tras su eventual y evidente derrota, hallemos la pretensión de que el partidario que tomábamos como representante avatar del patriotismo/orígen/valor, no nos amerita la menor contrariedad, como si su destino funesto se tratase de un desenlace consabido e inevitable. Aquí el drama: la aventajada y veloz manera de inclinarse por un partidario de manera desproporcionada y abandonarlo desentendido en el momento de la catástrofe. Dos momentos críticos: la negación absoluta de la derrota -antecede a esta, evidente- y el desencanto natural y templado, que se asemeja a la indiferencia en contraste con la pasión vocal que la primera parte de esta actitud expresa. El ejemplo de Bolaño: Un boxeador mexicano va a enfrentarse con un gringo, el combate se lleva a cabo en México y quienes trabajan con el boxeador parecen seguros de la derrota, hasta hacer dudar a Fate del descenlace precognizado del combate en cuestión. El mexicano cae derrotado rápidamente, y esta evidencia aplastante deja a los personajes con indiferencia, Fate no parece comprender ni el sentir de la primera ni la segunda parte. Para Bolaño la explicación de esta desconexión es bastante clara: Fate es un gringo.

Pocas características tan notorias del latinoamericano alcanzan la dimensión de su post-modernismo*. Su constante desengaño, su fatiga ante la novedad y el clasicismo, su estoicismo mártir. Probablemente en ninguna forma de pensar el rechazo de lo establecido tenga tanto eco en las mentes, las sociedades latinoaméricanas han practicado constantemente el repudio hacia el ganador y la apología del miserable. Esto, creo que es gutural, un concepto de sociedad perdedora que subyace debajo de cualquier ideología predicada, triunfadora ante el progresismo antes de que este mismo sembrara su raíz en el corazón de las tierras latinas. El derrotismo que ensalza al perdedor a través de su derrota, pero borrando su derrota: aquí el fenómeno ilustrado en lo anterior.

*- Otra notoria es el recurso al humor como efecto en sí mismo, fabricado sin una agenda o voluntad, el humor parece un elemento inequívoco de la vida que si se asimila a lo terrible, es tan solo porque lo terrible resulta avasalladoramente abundante.

¿Las sociedades latinoaméricanas son post-modernas? Difícilmente. El pensamiento postmoderno es una manera argumental de enfrentar la realidad desde ángulos ideológicos diversos, y aunque las sociedades latinoamericanas tienen una inclinación hacia la visión precaria y desvalida de sus voluntades propias, siguen expresando un sentir en pos a la realidad y no una lógica enunciativa que ensalse lo cognitivo. Ahora, no es tan absurdo: Atacar a lo moderno por medio de las herramientas verbales que ayudaron a su fundamento no es tampoco una estrategia del todo creíble, pero coloca al postmodernismo en cierto espacio de permisión que lo vuelve casi impracticable y borroso, establecido como una suerte de panacea del pensamiento y a su vez como simple pérdida de tiempo. Son los dos momentos de este diálogo, cuando el pensamiento parece acompasar todo cuanto existe, y cuando caemos en cuenta de su soez realidad: simplemente se trata de palabras. No hay contradicción. Se trata de una manera genuina de existir que se practica desde hace siglos. Más valdría interrogarse sobre la lógica que busca descalificar esta pretensiosa maraña de apariencias, el orgullo de pertenecer a un grupo victorioso secreto, que sea tan secreto que probablemente nunca haya existido.

La confusión de este sentir tan desarraigado e inconexo ha creado un par de atroces interpretaciones abortivas, que no son parte de la ideosincracia “del pueblo”, sino que forman parte del aparato bienpensante que supone crear ciudadanos ejemplares. Una de estas interpretaciones es el nacionalismo, la idea de que la euforia previa al encuentro está fundada en una competencia real, en una capacidad y ambición gigantes que pueden, por ellas mismas, devorar el universo. La segunda es el pesimismo nacional, aquel que admite y reconoce este fenómeno, suponiendo que el constante error que se presenta ante el resultado es solo un ejemplo de laxismo del pueblo, que es incapaz de prestar su verdadero respeto a un representante competente. La parte verdadera es que no sabríamos tratar a nuestros ganadores, pues resulta inconcebible que existan. Se han alejado de la experiencia que hace vivir como latamericano, ya son de los otros.

No a lugar

25 Dic

Habemos de admitir que si hay alguna literatura latinoamericana por fuerza habrá otras que no lo son. Esto puede llevarnos al delirio de concebir listas llenas de propiedades que funden y expliquen lo que es de esta literatura, o incluso que jueguen a pensar que Latinoamerica es una cosa y que puede ser explicada por los textos que produce. Tratando de concebir un concepto amplio, he pensado que la literatura latinoamericana responde a todo el corpus de todo lo escrito en un conjunto de países, tan poco representativo y extranjero como pueda presuponer tal limitante. ¿Y la literatura de los exiliados? Esa tal vez nos pone un problema particular, pues en el fondo es también extranjera.

A veces pienso que la riqueza de cualquier literatura particular está en su sentido único. Si queremos expanderla y universalizarla, cometemos el error de devaluar sus conceptos principales, su credo más profundo. La periferia funciona particularmente bien cuando tiene conciencia de la condición que la hace distinta, y aunque a algunos les duela la confesión, Latinoamérica es antes que todo, periferia. Pero cada periferia tiene un lugar propio de enunciación, o en el caso de las complejas sociedades de distintos paíse, muchísimos sitios. Construir un absoluto que englobe tantas particularidades y realidades con colores distintos es azaroso. Es un desgarrador deseo de comunidad, y una fuerza en la que se lucha por conservar una cierta esencia latinoamericana. No tiene sentido pensar que esta literatura sea una cosa, pero sensorialmente nos parece que debe serlo. Esta similitud de facto, esta evidencia, fundamenta la voluntad de construir una literatura juntos. Y sin esta convicción mucho se pierde.

Viviendo en Buenos Aires tuve la experiencia de recobrar algo perdido de mi identidad. En ese momento, la digestión de mi exilio voluntario en Francia había exigido que reconociera algo de lo que había perdido. Me sentí de nuevo latinoamericano habiendo abandonado la particularidad nacional que mi nacimiento podía suponer. No podía reivindicar solamente una nación por razones en las que no vale la pena ahondar, pero me parecía digno recobrar esta identidad común que me parecía entonces, latía en todos los latinoamericanos indistintamente. O no en todos, pero yo en el extranjero, sintiéndome extranjero a recordatorios frecuentes, no podía sino encontrar en esa visión cierto consuelo. Ahora, extranjero entre gente que hablaba mi idioma, agrupado de nuevo entre nombres de países que nunca viví, podría haberme interrogado si formaba parte de aquello, aún entonces, y si el perder dicha identidad vendría después, o si era una especie de luto que ya se anunciaba en mi deseo incandescente de formar parte de ello. La última flama que brilla antes de consumirse. El fin de mi literatura latinoamericana.

Uno nunca deja del todo el lugar donde nació, pero es igual de cierto que uno no pertenece en nada al mismo lugar después de un prolongado exilio. No pocas veces me he burlado de ciertos escritores que distantes de sus países de origen siguen portando el título de escritor nacional. No faltan los críticos que deploren esa posición. Y es algo válido. Vargas Llosa no es un escritor peruano, Roberto Bolaño no es un escritor chileno. Se les cede por consecuencia al menos el poder integrarse al pantéon de escritores latinoamericanos, pues en esos términos no pierden del todo sus derechos. Pero del mismo modo, es enteramente justo llamarlos europeos. Y enteramente injusto usar ambos términos, en otro sentido. No tiene razón geográfica de ser, tampoco es que la literatura de un continente vaya a empobrecerse por no rescatar un par de nombres entre otros.

Una literatura se escribe en el tiempo. Es un sitio geográfico, que puede, si se quiere, coincidir con abstracciones como latinoamerica. No es extraño que a dos tiempos distintos, un mismo autor deje de ser americano, deje de ser hombre, deje de ser él mismo. La identidad es fatalmente discontínua, y sufrimos con frecuencia muertes varias. Yo he sufrido ya durante el año el luto de esta identidad, de la ilusión de la que aún me agarraba, de pertenecer a algo. Tal vez no lo he perdido del todo, pero ya siento cómo la perderé. Y conociéndome, al momento que esté muerta, no me ha de importar mucho más. Igual será triste que no pueda escribir como si fuera de allá. O que pueda, pero sea un vil artificio. ¿Debí burlarme tan rápido?

Y entiendo por este medio que si existe una literatura que encuentra su sitio, otras vienen fatalmente de aquellos que se sangran en muchos lugares. Formo parte de esta variedad, y tal vez se requiera en un futuro que la literatura de nosotros no tenga ese estigma de inadecuación. Sí tengo un lugar y sí tengo una literatura. El resto son adjetivos, y por oficio sé muy bien cuánto crédito hay que darles.

Diccionario judío

19 Oct

Nada menos que en una revista literaria, me encontré con la reciente publicación de un diccionario enciclopédico del judaísmo, con una reseña indicando sus incógnitas -¿cuándo se es judío?-, sus personalidades y sus controversias. El artículo, más o menos promocional, me pareció curioso, y por lo mismo lo hallé estimulante para el pensamiento -hacer algo con la curiosidad aparte de tenerla-. Me interrogué sobre la necesidad de dicha publicación, y tras unos minutos de reflexión la encontré sencillamente brillante. Y luego pensé en wikipedia.

Imagino que a estas alturas todo el mundo tiene suficiente pensamiento crítico para cuestionar el funcionamiento y la práctica que se han desencadenado con la enciclopedia de internet, en este caso echar fuego a la controversia no se me figura importante, mas he de admitir que los puntos son válidos. Se teme, por ejemplo, la homogeneización de las fuentes de información, particularmente la inválida reflexión de que el conocimiento es uno, y que la wikipedia representa una visión válida de algo –aunque fuese la cultura dicha, occidental-. Nosotros sabemos que cada cultura es excepción y por lo tanto las reglas puestas por wikipedia ni nos van ni nos vienen.

Una enciclopedia propone porypor definición una visión consolidada del catálogo de objetos que contiene. Se requiere un mínimo de legitimidad, de fuentes, de conocimiento dicho histórico. Ninguna enciclopedia, por lo mismo, busca ser exhaustiva; el saber probado y reprobado es de una suerte que escapa siempre al discurso y en cierto momento, lo legítimo deja de tener no solo validez sino sentido. El enciclopedista por extrapolación es una suerte de Adan moderno, que trata de reencontrarle nombres a las cosas que ya son, y por esos nombres contener la cosa misma en un fenómeno seudo-mágico. La enciclopedia es una suerte de posesión y de dominio, su discurso, cuando no riguroso porypor definición, tiene siempre tintes de poder.

La tecnología de esta enciclopedia/diccionario del judaísmo, no es ni nueva ni tampoco profundamente artística, pero con la vacuidad que sufre la información de hoy día por el fenómeno de internet, acaso su relevancia se ha incrementado por ende. Un dato cualquiera es nada en el abismo que es internet, su sentido está comprometido con su fuente y su lugar de enunciación. Con la cuestión del anonimato uno no sabe, simplemente, de dónde vienen las cosas, incluso este blog pudiera ser una sucesión de plagios, si no lo abordase con un género que expusiera por su gratuidad y abundancia, una continuidad evidente. Las enciclopedias clásicas, eran para bien o para mal, tarea de individuos bien definidos anclados para bien o para mal, en un modelo discursivo bien limitado. Nuestra obra judía no hace sino incrementar aún cuan particular es el contenido, cuan irreparablemente límitado es con respecto al tsunami de información que la actualidad nos presenta. Y ya lo decía Gide, de lo particular a lo general, solo dentro de un cuadro debidamente limitado, la información misma recobra su gravedad y su sentido. Solo en contexto el azar importa.

Todo ejercicio de poder tiene su lado arbitrario, así también las enciclopedias, la pretensión de universalidad solo las vuelve objetos extraños y nebulosos que no sirven bien a los proyectos inventivos. Borges regresa asiduamente a su Enciclopedia Britannica no buscando simplemente méritos y referencias, sino menoscabos y anécdotas. La enciclopedia -sugiere Borges-, es a la manera de la teología, una excelente fuente de ficción; un género del todo depurado por su seriedad y su temática, que no son menos arbitrarias que el tipo de discurso que emplean. Habría que producir enciclopedias marginales, pues solo aquellas reconocen y reproducen los objetos con la misma voluntad recreadora que lo hace la literatura. Admitiblemente, podrían perder parte de su absurda ficcionalidad, pero su capacidad referencial y contextual las volvería ejercicios interesantísimos del punto de vista estético y sensible.

Imagine por ejemplo que todas mis definiciones -o ausencia de estas- se aglomeraran en una suerte de enciclopedia del presente blog, llamémosle índice si uno requiere tales precisiones. Esto ya sería una ficción enorme, desde que partiría del principio de la contradicción, y podría ser una lectura entretenida. La búsqueda de totalidad o la retórica del embrollo que sufren las literaturas secundarias del estilo son encantadoras, como ya hemos notado -los ejemplos pueden verse en 2666 o en Rayuela. Vislumbre en esta práctica una válidez literaria de la enciclopedia y el diccionario, que acaso es la única que le queda a cualquier ejemplar de este género, hoy que la información no vale el bit donde se guarda.

El arte, si se quiere, está en las pequeñas controversias que el mediador trata de evitar, y que en nosotros son reconocidas como prueba del caos humano que representa la visión del mundo. No lo achaco a la pura subjetividad, sino a la voluntad primaria que tenemos de hacer de los discursos algo más increíble que las cosas que los producen. Existen también valores que exaltan la imaginación de tal objeto, como la fatiga y el error. La belleza del hombre mismo detrás de la palabra, que es finalmente, la belleza de la palabra.

Sobre la violencia

18 Sep

Hace rato que tengo entre los dientes ganas de hablar de la violencia. Cabe decir que no es por mi impopular opinion, ni ninguna serie de consecuencias que espere, que me he detenido, sino por una simple tibieza en las ganas, un natural titubeo. Entiendo que la violencia, pese a su brutalidad, es un tema bastante polémico y lleno de sutilezas. Vale aclarar el principio base de cualquier diálogo: cuando se tiene una opinión fija e inamovible del objeto no hay verdadero diálogo. Si usted cree saber todo de la violencia, se entiende que no estamos discutiendo.

Por lo mismo, para discutir la violencia se necesita estar abierto a ella, se necesita considerarla, lo que no está de moda. No quiero decir que usted sea necesariamente pacifista o un alma que no hiere una mosca, trato de sugerir que la sociedad ha tratado de desechar la violencia como si no se hallase ahí, cual si fuese improbable. Esto no es del todo cierto, mas mi advertencia se dirigía principalmente a esta consideración.

Si uno se niega a aceptar la violencia entonces no puede hablarla, esto puede resultar algo macabro. Empecé a considerar este tema la última vez que leí a Bolaño, quien no evita las heridas escabrosas. Para Bolaño la violencia es como el tremendo impacto entre dos autos, en la primera instancia -el hombre normal-, uno evita mirar el choque tan solo entiende que se va a producir. En el estupor somnoliento del instante, puede pasar que no se logre evitar esa imagen, y para quién no esta preparado, se vuelve indescriptible y fuente de nueva violencia interior. Luego tenemos toda una categoría de magistrados del dolor, cuya exigencia profesional es hallarse delante de los sucesos estrepitosos y mirarlos hasta su triste desenlace, pero cual si un torero, el magistrado se despega al último momento, como evitando de manera flexible las consecuencias de la violencia que enfrenta. Una manera de evitar tal suceso es la insensibilidad -la trataremos más adelante-. En Bolaño esta categoría suele ser reservada a figuras públicas como policías, periodistas y otros detectives. Luego están quienes presencian en impacto y encaran la violencia. Esto merece un apartado porque Bolaño hace cierto trabajo en la palabra para clarificar precisamente nuestro punto -la discusión de la violencia-.

Existe por un lado, el que engendra la violencia. Tal vez cuando pensamos en un choque entre dos autos se nos ocurre primeramente la idea de accidente, pero para mí el impacto es premeditado. El ejemplo no es baladí: la violencia que el atacante ejerce sobre su semejante de cierta manera se refleja en un daño a sí mismo, una cicatriz de la cual quizás no se salva. Bolaño admite el daño mutuo aunque no lo empuje la piedad, sabe que esta desgracia compartida va a fundamentar su visión del testigo. Quien sufre la violencia -llamarle víctima sería desatinado- va a hallarse para nosotros en un espacio de cesura para quien fabrica el discurso, en el meollo del problema está la desaparición de la violencia, por medio del borrar a quien la sufre. 2666 va a sugerir que el objeto de la violencia era tal incluso antes de que la violencia se ejerza, las personas precarias y las poblaciones periféricas que ya están alejadas de nuestro discurso social son personas privilegiadas de esta desaparición. Si mi comentario tiene algún tino, las macabras listas de la dictadura serían una manera privilegiada de optar por la desaparición de alguien que antes no era precario, encasillándolo en una categoría de perseguido y paria. Vale decir que Bolaño problematiza -en lo discutido- la violencia como construcción social, como método.

Luego alza la pregunta legítima sobre cómo contrarrestar el silencio impuesto por la sociedad respecto a la violencia. Evoca al artista como figura providencial que mira el terrible choque de principio a fin, y le da voz. Alguien, finalmente, debe dar suficiente continuidad al dolor para que se reconozca y entonces pueda corregirse. Bolaño no le da descanso a este propósito tan poco convencional y nada inocente, entiende que la reproducción de la violencia la reengendra necesariamente, discutiendo una y otra vez las relaciones entre arte y daño, cual si la problemática fuera fundamental -para el propósito de Bolaño lo era-. El reencuentro con esta violencia enmáscarada tiene cierto potencial de novedad y a su vez transforma al artista en un recipiente de la violencia. Aunque suene un poco cínico, Bolaño entiende que la violencia está en un lugar periférico del discurso social y del discurso literario, y que por lo tanto es parte de la riqueza que el arte puede explotar. De vez en cuando, el caso es extremo, como en Estrella Distante.

Este es uno de los puntos en los que no estoy precisamente de acuerdo con Bolaño, y que valdría la pena recombinar y elucidar en alguna otra ocasión, mas definitivamente el argumento tiene algo de cierto y es elegante. Pero cuando el propósito se vuelve la inclusión de la violencia, temo que como anuncié desde el principio, la batalle esté perdida de antemano.

Del recurso al error

16 Sep

A veces voy leyendo un libro con la sorpresa constante de ver cuan malo puede llegar a ser. No sé si esto se discuta mucho en la literatura, pero los libros fallidos son muchísimos y descubren a cada paso maneras nuevas de ser tan malos. Esto suele volverlos, de cierto modo, divertidos.

Entre los aciertos remarcables de Rayuela (presumo que hay por lo menos dos), se encuentra su sentido del humor, y lo recuerdo precisamente ahora, por los catálogos que son dictados entre los “extras” que se cuentan en los fragmentos del libro. Incidentalmente hace poco, en otra obra monumental que es en español, me encontré otro relato sobre el libro nefasto que incluía el origen de algún pueblo andino. Las circunstancias muestran, con ayuda de los narradores, que más que tratarse de malos libros, estos textos contienen en sí mismos un delirio, una aberrante contradicción interna que solo puede resultar ridícula para cualquiera que dislumbre en ellas algún texto serio. Se juega con la espectativa, algo que es de la vida y del arte -tal vez de alguno antes que del otro-, pero el humor mismo es la mirada.

Un argumento muy esgrimido por los literatos amateur es aquello de que el arte es subjetivo. Por un montón de razones, deploro dicha constatación, menos por su vigencia que por su razonamiento. Diciendo que algo es subjetivo, se puede justificar más o menos cualquier cosa, valdría decir “el arte es subjetivo y por ello no habemos nunca de hablar de ello” o igualmente -dicho por el mismo tipo quince minutos después- “el arte es subjetivo, por eso debemos hablarlo”. El punto es que sobre los libros malos uno puede sentido inclinado a hacerse el estúpido y decir que no hay libros ni buenos ni malos, que todo es relativo porque -repitan conmigo- el arte es subjetivo. Eso es ser un babas, se esté equivocado o no.

Hoy yo voy a ser ese babas.

Como el arte es subjetivo, decir bueno o malo, no es decir mucho. Stendhal y Michaux son buenos y no se parecen. Para decir que, del mismo modo que existen diferentes calidades y cantidades de ciertas buenas literaturas, podemos reconocer en las malas, variedades autónomas y vivientes de error. Una de nuestras discusiones fundamentales es el error, creo que porque puede ser voluntario. Lo que solo muestra precisamente cuan extraño puede ser errar si se le puede tener por algo que se disfruta y algo voluntario, si ambas cosas llegan a conjugarse ¿dónde está el error?

En fin, ese no es precisamente nuestro interés, por lo pronto nos basta con saber que decir simplemente bueno o malo no es un valor descriptivo. Lo que en mi opinión no quiere decir que las cosas no sean buenas, ni sean malas, esta observación precisamente no es descriptiva porque se encuentra en la etapa sensorial de la experiencia: es más fácil decir “no me gusta” que explicar el por qué. Pero precisamente, saber que lo malo no debe ser reducido simplemente a su circunstancial fracaso ha logrado que se vuelva para más de una escritor, una fuente de inspiración genuina. No se trata de evitar el error sino más bien de corregirlo, un éxito y un fracaso pueden ser simplemente circunstanciales.

Los principios literarios que podríamos llamar básicos -que hemos aclarado como siete u ocho sin fatigarnos en nombrarlos-, funcionan como los principios morales: respetables en la generalidad pero engañosos en lo concreto. La experiencia lo confirma: Los errores típicos e intrincados son alimento para la literatura y esta se enriquece de ellos. Una lectura puede posicionarse estratégicamente para hacer algo bueno de el error. Por contrariante que pueda parecer.

No sería arduo imaginar la tarea contraria: hacer de todo éxito literario, de toda genialidad estilística y de cualquier belleza, una tarea de un azar indiferente que al destartalarse pruebe ser mundana. Shakespeare puede ser simplemente un compendio de tramas y predestinaciones en rima, pues el hecho de que la versificación y el desarrollo temático sea una fuerza en Shakespeare, implica de inmediato sus menoscabos. Todo escritor es primordialmente exitoso en la medida que rodea o mejor dicho que corrige sus achaques. Solo que un error también puede ser un éxito ¿no? Y sin embargo las cosas son buenas.

Mi reflexión no busca ilustrar simplemente lo parcial que la idea del bien y del mal, así como el error, pueden ser cuando uno los toma como medida; creo que es necesario señalar el recurso al error como una verdadera estrategia literaria, y no solo eso, sino además como un punto de producción de nuevas lecturas.

Un error que se repite no es necesariamente un error. Lo mismo vale para el éxito.

Lucidez y honestidad

16 Ago

Con cierta perspicacia hereda Rafael Chirbes -¿de Valery?- una falsa controversia entre estos dos términos aplicados a la literatura. Heredar una controversia o una querella, no es distinto a tener un acento o una forma de hablar, forma la identidad y condiciona un par de reflejos futuros, sea o no ficticia la filiación que constituímos -cualquier identidad, para ser justos, es más o menos ficticia-. Retomo este discurso pues estas últimas semanas estuve musitando sobre la importancia de la identidad y esta coincidencia -de leer a Chirbes tras mis declaraciones- solo se me presenta como una oportunidad de rectificación o ejemplo. Me siento pues, interpelado.

No quiero competir con Chirbes aunque su libro -En la lucha final- proponga varios conflictos y discurrencias que valdría la pena explorar. Efectivamente, mi opinion es por lo general opuesta a aquella mostrada en el texto. No voy a desarrollar este “antagonismo ideológico” por algunas razones, entre ellas que ya estoy enfrentado con Bolaño en este respecto, y sostener ambos conflictos aminoraría mi efectividad para encontrarlos y acaso terminaría por confundirlos -esto especialmente porque hasta lo que he leído, Bolaño y Chirbes no se interpelan en el plano temático, haciendo difícil este triple intercambio que podría ser provechoso-. También me ha parecido que mis enfrentamientos con el español -por esto me refiero a Chirbes- son más o menos inevitables, leo cotidianamente escritores que discrepan en mis opiniones, pues leer solo los que coinciden conmigo o antagonizar terriblemente a todos los que no, terminaría por hacer de mí un espantapájaros. Creo que los que solo escriben para los convencidos o los que tratan de politizar toda forma de arte, restan mérito a la felicidad que una lectura sin maleficios puede prestarle a cualquiera. También se podría notar, que nuestra oposición es más formal que ética, por lo cual habría que aceptar simplemente que discrepar en la estética es lo más natural para dos creadores, y dichos conflictos apenas ameritan atención.

Y es que la lucidez y la honestidad son objetos próximos. Alquien que siendo lúcido no es honesto, o no puede existir o se deplora a sí mismo. Por otro lado, la sinceridad del embobado por la apariencia no “sirve”. Diría pues, que la idea de lucidez está implícita en cualquier admiración de un lector que hace valer la honestidad como valor literario, no se trata de una definición adolescente y cotidiana de la honestidad, sino una relevada de la sensibilidad artística, de suerte que atraviesa la realidad evidente. Si Chirbes excluye la honestidad como elemento de la columna vertebral de la literatura, lo hace por el gusto del artesano que busca la palabra justa, el motivo perfecto para enfrentar dicha precisión ante el jurado de otros hombres igual de artesanos, con la misma vocación específicista, que gozan en cierto modo las correcciones y adiciones que al lenguaje se le pueda prestar.

No voy a decir que lo específico es un vicio, ni que carece de elementos para enriquecer una reflexión, simplemente señalo que hablar de honestidad en vez de lucidez también nos aporta algo en comprender el arte. Sin la honestidad la lucidez nos propone laberintos, pues ocultar explícitamente y con voluntad lo que se sabe es una suerte de artificio que deforma lo que se sabe. No quiero decir que un escritor deshonesto es peor, quiero decir que por naturaleza se retiene. La honestidad pues, logra algo que no sucede solo al nivel de la expresión -como sería el caso de la lucidez-, sino además es una manera de portar el precio de su propia piel. ¿Es esto un objeto especialmente social? Sí, y no. Un escritor que es deshonesto con los demás, por más lúcido que sea, será despreciado. Pero alguien que es deshonesto consigo mismo no puede tirar una lección de su lúcidez, a menos que el subconsciente le preste un regalo, en cuyo caso, pues genial -literalmente-.

La lúcidez cuenta, y cuenta mucho. No estoy del todo seguro si se supone nosotros debemos tirar cierta entidad moral de dicha lúcidez, como por ejemplo si el escritor nihilista requiere que se reconozca lo cruel o maldito del mundo, o si el poeta busca la belleza. Si uno lo piensa así, entonces se trata de una herramienta para descalificar lo que no nos gusta, y sería entonces esperado que descalificara a Chirbes por su argumentación, que no me parecería lúcida en el sentido de conveniencia que yo le aplico. Ahora bien, creo que Bolaño efectivamente coincidiría conmigo en este aspecto, tal vez pensaría, que un escritor lúcido, conociendo su propio límite no se arriesgaría en el ejercicio de la honestidad, en la confección sacrificial que representa una obra menor, sentido en el cual, si bien desacuerdo con Bolaño -ya lo exploraremos próximamente- en ciertos puntos, vale acordar que la obra menor es crucial para la literatura y mayor a cualquier conocimiento, personal u otro -en lo que al arte refiere-.

No pienso que  Chirbes se oponga a estas nociones, creo simplemente que su definición busca ilustrar otros conflictos. Yo tampoco negaré esas conveniencias pues de caer en ello, nuestro diálogo sería subyugado por un simple desacuerdo de términos, y este tipo de conflictos son los que no se resuelven. Lo digo honestamente.

Sabor a vivo

8 Ago

Por falta de ingenio, fatiga o lo que se puede pensar como un vicio literario, pocos hombres faltamos en adjudicar una cierta universalidad a la naturaleza de nuestras vidas. Son los escritores quienes tienen el desatino de declararlo públicamente. No voy a depreciar esta calaña de la cual formo parte ni sustentar argumentalmente sus desvaríos, me baste decir que recrear un concepto a través de la vida tan sensible y tan pocas veces argumental suena al desafío de un loco. Mas hemos de señalar esta extraña característica para reencontrar en ella una situación no sin interés: La oposición.

Se pueden notar mis marcadas filiaciones con determinados temas relativamente mundanos. La periferia, el animal, la sensación -en fin, si han puesto atención los conocen-. No niego ni corrijo estos gustos generalizados, que me permiten participar de algún modo del banquete de los juiciosos. Entiendo que mi carácter me permite esta hazaña pública, no tanto por mi anonimidad -que es prominente-, sino por la misma teoría vital que sostengo hoy en día. No me sorprenderé en el momento en que mis gustos cambien y sostenga lecciones distintas radicalmente a las que hoy predico: Sería raro lo contrario.

Ahora pues, recuerdo haber leído en un blog compañero, que la gente suele fascinarse con aquellos autores que no se arrepienten, que siguen sus teorías de la vida por toda su existencia y hasta la última consecuencia. La masa lectora, somos aparentemente románticos. Queremos genios incorruptibles decididos y totales, cosa que se presta bien en la ficción, mas suele tener desastrozos resultados. Bolaño, que vamos a mencionar bastante en los proximos días, me parece construído como una de estas figuras mítico-públicas, más o menos a la suerte de su éxito y la vida que llevó. Si en su vida se transformó la manera de contemplar el mundo, por lo menos hoy, no nos interesa.

Pasando por Bolaño, creo que iré descubriendo en los meses siguientes, cuán fuertemente se opone a mi propia comprensión de la vida. Presento el fenómeno de antemano para luego justificarlo y desarrollarlo. Esto no quiere decir que el muerto o yo tengamos alguna primacía en lo que es verdad, creo con bastante convicción que por lo menos yo debo estar equivocado… El caso es que al mismo fenómeno le otorgamos diferentes valores, y esto, con la medidad de la vida de cada uno, no podría ser más común y corriente.

Lo interesante tal vez sea este estado de verdad que me parece, no puede ser sino evidente. Hablaremos de una forma u otra, del mismo hecho, sacando conclusiones distintas y contradictorias, pero el hecho está ahí. Si la sensibilidad es distinta es que la misma cosa siempre se vive en momentos y con razones distintas, no podemos situarnos en ella, cual si se tratase de un tiempo determinado. No, realmente, sería más raro estar tan de acuerdo, aunque el caso se dé.

La sensación de antagonismo no quiere decir que no valore ni aprecie la obra de Bolaño, cuyo interés no voy a negar, aunque admita que mucho viene de su reconocimiento. Me gusta pensar que si los autores hacen un buen trabajo saliendo al mundo, más lectores aprenderán a leer con ambición. Yo no pediría mucho más. Mi aprecio por dicha obra, menguante o difuso como puede ser, no contradirá de ningún modo mi desacuerdo con dicha visión. Ningún autor presupone que el amable lector estará de acuerdo con él, a menos de que se haga un poco el idiota. Tal vez Bolaño hable así, o exprese así esta visión del mundo con sinceridad y convicción, o tal vez es simple provocación. Hallo que la visión es consistente y que se expresa con maestría, ¿no sería esto ya un logro?

Para no romper la regla de la preterición, no entraré en detalles en que consiste nuestra oposición “ideológica”, básteme decir que soy un hombre jóven y Bolaño fue un novelista tardío, cuyas visiones tal vez son evidentes por cuestiones de edad que cualquier crítico relevaría. Quiero pensar, no obstante, que nunca llegaré a compartir dicha visión del mundo, aunque fuese por restar original. La originalidad es, en el caso de estos desatinos extenuantes, no una medida de novedad, sino de honestidad. Nadie es estrictamente original, mas se puede ser estrictamente humilde al respecto.

Estoy leyendo 2666 y me gustan las obras inconclusas.

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