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Desencadenado

22 Ene

La última película de Tarantino es una película defectuosa.

El concepto mismo de defecto es bastante importante para nuestra concepción del arte, no es, me parece, ajeno de todo al principio de perfección que hoy día conoce tantos desertores por ser desengaño de ilusiones -literalmente- sin fin. Al decir defecto quiero hablar de algo efectivamente malo, no de la piedad virtual que se le concede a lo parcial, estoy hablando de una desfiguración, un problema estético. El argumento de que las películas de Tarantino siempre tienen defectos es válido, sin embargo no contiene la reflexión que busco defender.

Me ha gustado Django Unchained, contiene a mi parecer exactamente lo que se espera de una película del autor en cuestión, con uno o dos detalles históricos -por llamarlos de algún modo-, que se añaden a la consagrada fórmula. Tarantino es un cinéfilo que revisita sus propias obras favoritas, hallarlo en un western es algo esperado y al mismo tiempo tenso. Porque apropiarse de un género tan multifascético y tan cercano a la cultura del autor es engañoso, todo es western en los westerns y a la vez nada lo es. Parte del dilema podría venir tal vez de un desengaño en pos de tal expectativa, mas creo que hay argumentos de otro género que podemos sostener.

Mi crítica mayor, la que casi me ofende al punto de motivar esta entrada, es el ritmo de la película. Es un ritmo que se pierde por momentos, variando entre escénas excelentes y momentos genéricos en el sentido más vago de la palabra. A la mitad del film hay un abismo de exposición ininterrumpida, y la historia carece de una buena chute. Hay un delirio de exceso y de venganza en las escenas de violencia de Tarantino, es un placer primeramente estético, cuenta bastante la coreografía, el órden del diálogo, la tensión propia a la escena. Por lo general el estilo característico de este director se manifiesta en explotar este sistema de manera muy inteligente, hallamos dos bastante buenas incluso en este film. La confrontación entre el personaje de Di Caprio y de Cristoph Waltz es excelente.

Pero de en un movimiento poco característico de su parte, Tarantino economiza la tensión en un número de escenas. Primero presenta la tortura sufrida por Django y su mujer de la parte de los hermanos criminales, luego los confronta y aniquila. En este momento, el espectador ya sabe exactamente que es lo que va a suceder, toda duda levantada al conocer la naturaleza de la relación entre los personajes. Porque Tarantino escribe un entretenimiento popular, y en realidad uno conoce más o menos siempre lo que sucederá, pero la ausencia de detalles presenta un fondo de tensión que sencillamente mejora las escenas. Cuando los personajes de de Samuel L. Jackson y el de Di Caprio se entrevistan en privado, uno desconoce exactamente la relación entre ambos, y esto es parte del placer de ver las cosas evidentes desencadenarse.

Excepcionalmente, la película también carece de personajes femeninos de monta. Tarantino históricamente es del género a prestar roles importantes a las mujeres aunque el contexto histórico no los facilite, viene de sus raíces de artista popular. En Django los personajes femeninos son típicos y son casi una comodidad en una historia que se sirve del argumento de “salvar a la chica”. Y Tarantino tiene un gusto por las historias relativamente simples, pero compensa estas carencias por lo general en el uso de elipses que economizan espacio narrativo y presentan oportunidades de exposición menos simplistas. Aquí uno se interroga si el director no ha llegado a depender de esas elipses para completar un estilo narrativo que de otra forma se halla trunco.

El verdadero climax de la película sucede varias escenas antes del final en el que Django se enfrenta a muchos sirvientes de la estancia en una bien coreografiado y largo tiroteo. El estilo de Tarantino en muchas ocasiones se contenta de la violencia casi instantánea y confusa, de los típicos stand off donde se pone en duda el resultado final del enfrentamiento. Por lo general la tensión de estos conflictos se magnifica con una discusión anterior durante la que uno espera -previsiblemente- que todo explote. Son excepcionales escenas como este tiroteo que verdaderamente están sacadas de una película de acción, que tienen un homenaje a dicha estética en su exceso, en su duración literal. Las hay en otros filmes del director, esta está bien realizada. El asunto es que los tiroteos consecuentes quedan tan pequeños contra este que podrían condensarse en un epílogo, son innecesarios del punto de vista narrativo, nada pasa, Django los mata a todos -sabemos que lo hará, mas se espera que pase algo-. Justo antes de acabar con la estirpe de sus enemigos y arrasar con sus últimos antagonistas Django pasa por una casa llena de personajes menores y simplemente los masacra, sin diálogo, sin resistencia. Es una violencia gratuita que pudieramos haber aceptado en retrospectiva, complementando otra cosa y no como una simple fuente de cameos o en el afán de completud. Cambia el ritmo habitual del director, pero lo cambia para mal.

Ahora tal vez entienden por qué mi argumento respecto a esta película son sus defectos, no se trata de una mala película, es sencillamente que erra en el lado de la pereza, de cosas que se han logrado tantas veces antes que ya hoy día ni cuestionamos el orígen de su magia, y cuya presencia no solo se justifica sino se exige. Muchas veces la narración es economía, y los defectos aquí compilados solo muestran como una falta de esta puede verse como una dificultad, o incluso una pereza.

Por suerte soy de los afortunados que pueden haber disfrutado el film por sus cameos azarosos, la presencia de los Tamblyn definitivamente me dio gusto como espectador nicho al su presencia podía dirigirse. Acaso por esto quisiera poder decir que no hallé mayor defecto en este film, y que nada en su constitución me molestó. Seguro mis quejas vienen de un respeto casi sintomático al director que me agrada lo suficiente como para que parte de mi lo considere encima de estas mundanas perezas.

Quien quite y el señor nomás se está haciendo viejo o intenta otra cosa, ambas cosas me parecen dignas razones para decepcionar y errar sin desvirtuar al susodicho.

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Orejas cortadas

31 Dic

Decir que Makbara es un libro perfecto probablemente solo le granjearía enemigos. Contiene sin embargo esa aura de perfección que solo consiguen los libros multifacéticos y estímulantes, que nos disuaden de inmediato que son obras únicas. Acaso esta unicidad ya los aleja del concepto de perfección que muchos críticos tienen.

Makbara tiene una prosa minimalista y libre, llena de oralidad, contiene también una fuerte propulsión de imágenes que desmienten la noción de que la descripción es un arte muerto. El texto no escatima en amenizar su producto, sino que más bien se permite exagerar las visiones, las analogías y las líneas. No se busca por este medio simplemente inflar el texto o extender las escenas, sino precisamente, romper la unicidad temporal que las obras narrativas suelen prestar a la noción misma de escena, lograr por medio de la decoración. ¿Cómo puede tratarse pues de una decoración? Lo llamo así por no decir simplemente que estamos tratando de una prosa poética, pues en realidad hay tantas maneras de hacer prosas poéticas como de decir una misma frase. Goytisolo no está precisamente formando su prosa por medio de valores poéticos, uno diría casi que el sistema está invertido y que la imágen nace antes y la narración simplemente la confirma y la completa.

Se entenderá que al decir que el texto es minimalista no me refiero a su riqueza verbal, en realidad se trata de el uso de la puntuación, de la temporalidad reducida entre párrafos y de la falta de diálogos o marcas de diálogo. Esto es un gesto mucho menos experimental de lo que podría parecer, pues si hay algo revolucionario en la proposición de esta obra es más bien su contenido. La forma imita lo oral, pero también rompe las marcas visuales predictivas que se nos han vuelto la puntuación y la distribución en la página. Esto permite acentuar que no en pocas ocasiones el texto trata de llegarnos de la manera más directa posible y de forma rauda, por ejemplo lanzando frases de una sola palabra para cimentar dicho sentido. Economía. Precisamente es extraño pensar que un texto que se encuentra tanto en la reducción aprecie la enumeración, los adornos y los desvíos integrados en su contenido. El español, que se presta con fácilidad a las frases largas o cortas, admite bien esta extraña convivencia de sentido y forma, que termina por formar un estilo bastante peculiar. Esta unión sólida de obra y estilo también podría permitir jugar con una concepción de Makbara como obra perfecta.

Existe un tema que asimilaremos al extranjerismo y que nos permite concluir que la obra es mucho más que un simple ejercicio de estilo, que la rareza que confrontamos no es otra cosa que la misma extrañeza que el texto nos pone de frente: el encuentro de una sociedad que consume incluso el texto, frente a un discurso que calificaríamos rápidamente de arcaisante y tradicional, pero que igualmente se intuye revolucionario y lógico. La idea de periferia es brutal y a la vez incomprensible, se ilustra en sus múltiples dimensiones obsesivas, incluyendo la visión del turista, del académico y de los medios masivos. Si hay una falta posible en esta obra solo puede venir de abordar un tema tan gigante y universal por medio de herramientas que nos son -a los que hablamos español- culturalmente fundamentales: el humor, la imaginación. El mundo en Makbara podría concebirse como una pintura grotesca del mundo occidental frente a una imagen enigmática del extranjero africano, que no deja de tener algo de incomprensible frente a su familiaridad. Lo africano tiene una influencia innegable en España*, y este acercamiento no es sino la expresión de esa necesidad de comunicar algo que forma parte del mundo cotidiano, pero que se desgarra en el occidentalismo no pocas veces buscado, por ser socialmente aceptable. Aquí seguimos en los muchos aciertos del texto, lo cuestionable más bien, sería que la caricatura del occidental puede resultar zocarrona a veces, o ya agotada en otras -me recuerda también a los cuentos de Zepulveda por este tono popular de sátira que se mantiene en ambos casos-, logrando en parte la pérdida de la originalidad hipnótica que el texto logra por medio de su tono tan particular y atinado. No estoy diciendo tampoco que la pretensión de originalidad o que el borramiento del humor sean estrategias deseables para “arreglar” este texto, simplemente se me sugieren como los sitios donde el balance matemático que logra el autor resultan menos evidentes.

*- Lo africano tiene una influencia innegable, también, en Latinoamerica.

Todos estos aciertos no harán que el texto pase como magnífico a los ojos del lector cualquiera, ninguna cantidad de trabajo logra gustar a todos. Entiendo, no obstante, que es fácil reconocer las muchas virtudes de este texto y que sugiera, como lo ha hecho para mí, el interés futuro en la obra de Goytisolo,  que es sin duda uno de los maestros de la prosa en español.

Inter(ludio)net

25 Nov

Como antecedentes puedo presentar mi discurso sobre el Manual de Internet y una de mis entradas de la legitimidad. Sencillamente si es cuestión de justificar mi decisión de cambiar al menos en apariencia, la función de esta plataforma internet.

Ahora pues, no es como si hubiera una idea rigurosa a la que me estuviera aferrando al construir estos escritos, simplemente he tratado de mantener una atmósfera estimulante para la discusión, la mía con ustedes, de realizarse, y en todo caso, la mía con mí mismo. Pero casi por fuerza entrar a un círculo intrínsicamente social -por contados que sean ustedes, mis generosos lectores- exige alguna responsabilidad hacia el exterior. No me gustan tampoco los ejercicios masturbatorios que se disfrazan de análisis para entrar en sí mismos, en fin, he considerado dar algo…

Esto es algo que puede mantenerse en un nivel estrictamente teórico pues mis preocupaciones en este blog no han sido precisamente utilitarias. Y no sé si deberían serlo, tomando en cuenta el alcance que tengo y mi propia renuencia a posicionarme en el nivel de autoridad o de poder, que… Bueno, prefiero que usted decida si sigue leyendo o no, pero la acción bien concreta que quiero seguir -que puede quedarse en buenas intenciones-, requiere una cierta exigencia. Todo para decir que pienso reseñar e-books.

Pero por supuesto, la idea es reseñar libros que llegan directamente al formato en línea, sin que sean antes que nada hechos de mercado. Esto puede ser una idea aparatosa pues descalifica un montón de sistemas de e-book que permiten alguna ganancia, sea esta marginal u oscura, así como presentar una manifesta oposición a cualesquier tipo de editorial. No busca antagonizar editoriales, pero ante todo no busco volverme una ni reemplazarlas. Creo que si algún día me lanzo en el territorio de la edición tengo que hacer algunos experimentos y ver las cosas en cara, por lo que son y no por el mercado que representan -o incluso que pueden representar-. Seguro no valgo mierdas como editor pero esta experiencia no necesariamente queda descartada, y la lectura de estos textos publicados en línea puede prestarse valiosa para encarar un cuerpo de textos menos “filtrado”, y abordar el problema que viene por ello.

El juego aquí es tratar de no efectuar todos los pasos evidentes de una reseña literaria. No se trata de hacer promoción a los trabajos que busco, y mucho menos de buscarlos para darles promoción. No persigo tampoco el descubrimiento de nuevos talentos y libros que puedan lograr alguna fama, si bien es lo que deseo con mayor sinceridad. Sería inocente de mi parte emprender este experimento de una manera absolutamente convencional y esperar ser sorprendido por los resultados. Para mí el mundo del e-book es desconocido, y me propongo descubrirlo en la práctica. Por medio de esta reseña, tal vez pueda reconstituir el camino y que usted después de mí ponga las experiencias a mejor uso, tenga un mejor juicio -uno más suyo- frente a lo desconocido.

No se tratará de un formato de bentilaciones necesariamente, aunque sería lo óptimo. Las lecturas requieren un mínimo de anticipación y no tengo garantía de que ningún libro que halle me inspirará algún comentario. Hay un balance muy sútil y desagradable entre hacer una reseña o un análisis y escribir activamente al lado del libro, en este caso no puedo garantizar que encontraré gemas, o que tendré ganas siquiera de mencionarlas. Mas no es mi intención quedar en la buena intención, eso es lo molesto de la declaración pública, que frecuentemente es politizada en una suerte de compromiso, o mejor dicho en una responsabilidad. Ni me interesa esa legitimidad ni pretendo dar respuestas a aquellos que se interrogan todo del e-book o que quieren aventarse ellos mismos a esa travesía. Solo confirmo el hecho de que hay continuidad entre mis propósitos y lo que sigue, es la consecuencia lógica de una posición intelectual, moral o como se diga. Es la práctica de algunas teorías que hemos hablado.

Espero por este medio, por lo menos probarlas falaciosas. Pero en el fondo de mí, espero leer versos buenos, interesantes relatos y sorprenderme aunque sea de manera superficial. Así podré pensar en los que vuelven la literatura un asunto de control de calidad, en el producto “bruto” que no existe y del que acaso el e-book es un mal representante. Y finalmente -tal vez de ahí parte toda mi iniciativa- tener el amor propio para darle un justo título a un texto sin necesidad de cotar su contenido en papel.

Incluído este blog o lo que sea que llegue a publicarse virtualmente.

 

El alma en Buenos Aires

15 Abr

Juguete Rabioso es el libro canónico de Roberto Arlt, quien no siempre ha sido visto como un escritor canónico. Escucho de vez en cuando comentarios que señalan cómo los críticos han explotado y magnificado los menoscabos de la escritura del argentino. Todo escritor es sus defectos, y lo que logra por medio de estos.

Leí esta obra de Arlt con mirada distraída. A veces mis lecturas van viciadas de un serio desinterés por lo que el libro dice. Si digo que mi desinterés es serio es que lo interrogo. ¿Puedo achacar a Arlt las escépticas páginas que aparto en cada movimiento? Esta es mi primera interrogante. No me aburro en a lectura, encuentro a cada rato señales genuinas de la felicidad que el texto da. Mas bien se me figura un ser extraño, algo que espero comprender tal vez cuando algo explote y el texto se me revele. Esto no me sucedió con Juguete Rabioso, abarqué el texto con mi decrepitud impotente de lector dubitativo, no sin montones de inquietud.

Para ser franco, este es el tipo de libro del que preferiría no leer los análisis críticos. Ya se habrán dado cuenta por mi práctica y formulación, que las críticas se me figuran valiosas gemas. Pensar la literatura es mostrar interés genuino aunque la idea misma que nos hacemos sea redundante. Eso es lo que pienso al leer sobre Cien Años de Soledad, que el comentario es redundante, que se ha dicho hasta el cansancio lo que el libro nos puede dar. Y sin embargo Arlt no es un escritor agotado.

Mi estancia en Buenos Aires fue también la cercanía con las instituciones del país, pero más importante: Su literatura. La tradición literaria se expresa difusamente como una geografía, y en latinoamérica a Argentina se le presta alguna validez. Allí me acerqué a diferentes autores, y ninguno me marcó como Roberto Arlt -a quien entonces no leí-.

Me compré un Juguete Rabioso de ocasión, rompiendo la costumbre que me vuelve mas lector de bibliotecas. El día que me interroguen sobre si compro muchos libros, diré que siempre quise hacerlo y nunca lo hice. No tendré moral para criticar cualquier baja en una venta editorial, soy más de prestamo que de consumo. Creo que Arlt también era así. Me lo imagino como un hombre incomprendido, con un humor seco pero insistente, al cual algún prodigioso dios le entregó la literatura para que la usara como supiera. Seguirá siendo para la crítica, un hombre incomprendido.

El texto, al terminarlo, se me revela. Es una historia de hijo pródigo, del desencuentro en sí mismo, de la fracción. Me irrita el juicio superficial que hace del texto una historia de la identidad. Yo he hablado de identidades, como forma, y entiendo a dónde no va tal reducción. No tan solo la intención de Arlt, sino el texto, se me figuran destacando este fracaso de la identidad para volverse un alma. Darle identidad al alma y fracasar, no es tratar la identidad sino ese espíritu y ese fracaso. Arlt no juega a la metafísica, prosaicamente ha creado un zurco para bañar en él la inquietud material, como un proceso que atraviesa más que al cuerpo.

Me identifico mucho por Arlt, no solo por la A y por la T, no solo por Buenos Aires, o los gustos genéricos, o la prosa. Me gusta tanto su prosa, que dudo en recomendarla pues al verla muchos no verán la misma prosa (la propia). No encuentro ni tengo palabras con las que pedir misericordia. Baldía y fea como una rodilla desnuda es mi alma. Es la primera ocasión que una prosa me hace detenerme y embozar una sonrisa, así, de la nada (interrumpiendo mi lectura tan aparentemente distraída, tan pensando en otra cosa). Nunca hallé a un autor que siguiera la misma lengua que yo, lo achaco tal vez al siglo XIX y mi necia fe en la prosa poética. No menos lo achaco al genio de Arlt.

No quise abordar esta novela pensando en cosa alguna, porque algún profesor me dijo que Arlt es como el otro Borges, como una literatura argentina que ha pasado subterránea el siglo veinte, con incomprensiones y vacíos. Me dijeron que era muy bueno, y ese tipo de espectativas, puede causar decepciones. Lo hago igual seguido, abordar lecturas como si nada, sin respecto ni rito -asi pienso que espera cualquier escritor-. Como si el autor fuera mi amigo. La sensibilidad y el desgarro me los guardo a la relectura, donde se construyen las bellas ciudades. Me parece que hice bien, porque la fama de Arlt tiene mérito y se sostiene. Las características del erudismo de Arlt, o la crítica que presigue una tradición -como si la literatura fuera una genética y pudiera descubrirse que una adaptación tiene éxito por sus seguidores, lo que mataría a Chagall-, no son para llorarse ni hacer festejo. El autor es original y válido. Tanto dice el texto, el Juguete Rabioso.

Que se oiga más de Roberto en la escena latinoaméricana, que no es para menos su texto.

De cartas y tangos

24 Mar

Me informa Pamela Bacarisse que la obra de Manuel Puig se puede dividir en dos partes, una amena y popular, otra desesperante y terrible. Debo admitir que los cortantes adjetivos deben señalar algo que salta a la vista, pero ignorante voluntariamente trataré de discutir alguna cosa sobre el primer Puig y su obra -recién leída por mí- Boquitas Pintadas.

Imagino que hojas incontables se habrán empeñado en discutir el trabajo de este autor (lo opuesto me indispondría), por lo que trataré tan solo un punto de vista probablemente inconexo, pero igualmente válido para reflexionar. Nos interesaremos en la cuestión de lo popular y del formato.

Puig fue Argentino (y bastante argentino, en su ficción se encuentra la evidencia) y no duda en abordar una cultura popular que podemos definir como “tanguera” o melodramática. Boquitas Pintadas es un relato de melodrama, la secuencia de eventos narrada podría fácilmente adaptarse a cine o televisión, mete en juego a la juventud y el amor de maneras casi formulaicas y sencillas. Estas fórmulas van filtradas con un elemento que tampoco es ajeno a un cierto lector, la cultura “del qué dirán”, las espectativas que abuelos y padres tenían de sus hijos, la sociedad del saber-hacer entre ricos y pobres. Bastante presentes en el relato, estas visiones sociales son un fondo que el autor se permite simplemente mostrar, sin mayor condenación que la implícita de sus lectores. No habrá quien falte en tachar la obra de local.

La noción de lo popular sin duda se apoya en dicho “localismo”, si uno reflexiona, no podría ser de otra forma. Me voy a repetir como de costumbre: Cada cultura es escepcional, no hay dos iguales en el país o el tiempo. Nos importa para derrumbar de entrada cualquier argumentación que refiera a una cultura “mundial”, ilusion que sin duda trata de apoyar el intermundialismo (y otras tendencias con agresivos sufijos). Desde siempre ciertos artistas han perseguido la universalización del arte, pero invariablemente se apoyan en un elemento que se aleja de lo popular (sea la abstracción, la neutralidad o la utopía -en el sentido, sin lugar-), para tal fin.

Si uno reflexiona, Puig no sacrifica verdaderamente el aprecio universal que sus lectores pueden tenerle. Dos o diez citas de un tango no funcionan para desmembrar la novela a un garabato incomprensible de épocas y nostalgia. Pero sin nostalgia Boquitas Pintadas, no es Boquitas Pintadas. La sensación ajena trata de recordarnos la propia, alguna época bonita de la memoria, algo de romántico como las viejas novelas de detective y las fantasías de infancia. Se trata de hacer funcionar lo popular en un cuadro universalizante. Por fuerza el resultado es parcial.

Renegar de lo popular por principio, suele ser una necedad más que una necesidad. La “alta literatura” se supone universalizante, pero pareciera que descree de lo popular más por prejuicio intelectual que por este carácter local. Y bueno, todo depende de qué consideremos alta literatura, al menos dos previos nóbel latinoaméricano tienen tendencias regionalizantes (hablo de los que he leído, por la mayoría no puedo contarlos).  Borges escribió sobre las letras de los tangos, los aljibes de Buenos Aires y los compadritos de la esquina. Ignoro si JL estaba consiente de que extirpar artificialmente los colores locales no era menos absurdo que hablar todos en inglés por internet, porque “se entiende”. Tampoco dudó en adoptar sitios y tradiciones que no eran la suya y tratarlas sin dudar de esa universalidad -no son en realidad, sino elementos locales-. Los detractores del arte popular seguro ignorarán voluntarios que El Quijote y la Comedia fueron en su momento inspiraciones de las mismas tendencias locales.

Sin realmente enunciarla, Puig propone una pregunta. ¿La literatura debe incluir intentos legítimos de autores serios fundados en la fascinación popular? Esta pregunta se desdobla, pues al mismo tiempo la lectura de Puig no es tan solo sobre lo popular sino casi adolescente. Se admite que puede ser leída por un gran público. Y es verdad que muchos escritores consideran que el punto más grandioso de la literatura no es el artificio perfecto, sino el balance perfecto entre reflexión intelectual y facilidad de lectura. Yo puedo decir al menos que ese balance sin duda es literario y que su valor es prácticamente infinito. Manuel Puig ataca de frente esas convenciones, y se presenta como un escritor de oficio que logra montar una obra para todos y para todos los argentinos (de hace una década).

Mencioné un segundo interés que es el formato. Puig utiliza fórmulas epistolares y algo documentales (con fotos, y el lenguaje de invitaciones o anuarios) como un artificio para acercarse al lenguaje de la calle. A la vez las cartas fabricadas son objetos reales y tienen por sí mismas pertinencias. Entonces tenemos un juego con un tipo de mensaje, que se maneja, se altera y se estudia para anclarlo en lo literario, con grandes ánimos populares y no sin literaria ambición.

Internet requerirá después una transcripción así, pues tras la reflexión, internet es cultura popular.

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