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¿Algo civilizado?

17 Feb

Dijimos que formalmente se le pueden reputar a Quo Vadis numerosas carencias técnicas que nos meten a distancia con el texto hoy día. Tales divergencias estéticas son a veces la confirmación de un cambio de oficio, entiéndase, de un verdadero distanciamiento entre la narrativa de la novela del XIX y la del siglo anterior. La exigencia técnica del maestro escritor, así como del lector que consume obras, que ambiciona de cierto modo que estas tengan una eficacia y optimización de recursos, el escritor de poca-palabra y mucho-efecto. La obra nos resulta a veces tendida, si bien no cae en verbosismos la tensión es mantenida de manera dispar, y no pocas veces algunas disertaciones sobre la cultura o la situación pueden descomprimir la trama, al punto de resultar confuso al lector moderno. Pero admitiré que a cierto grado pueden tratarse de descuidos y torpezas del autor, que achacaría sobre todo a la inesperada volición que el tema exige a quien ha debido documentarse en él extensamente y debe tratar de enfrentar la claridad a la estética. En fin, no es una obra de proeza técnica, sino que examinará sus propósitos en la trama y la óptica de esta.

Tampoco creo que inclinarse por la narración facilite la comprensión del texto. He escuchado hasta el cansancio personas que evalúan que detrás de una gran novela debe haber una buena historia, pero en realidad la narración no pocas veces es presa de los diversos gustos y las momentáneas impresiones que la estética personal de cada autor supone. Rara vez importa la trama en el primer sentido, pero la ejecución reinventa la importancia de dicha trama hasta transformarla en un símbolo, en una proposición estimulante, o por lo menos un arquetipo. Quo Vadis conforma una trama predecible, y romántica hasta la falta, si se trata de resumir. Mas el trasfondo ético y filosófico del relato son elementos tangibles, como podría encontrarse en las obras de Pío Baroja o León Tolstoi. ¿A dónde lleva reflexión de Quo Vadis? Tal vez aquí podamos encontrar la primera evaluación mayor respecto a la historia: Se trata de un testimonio de decadencia y de atemporalidad, un conflicto entre dos elementos que se imaginan eternos -el Imperio Romano, la religión cristiana-, en una suerte de relevo que sufre de una cierta inevitabilidad histórica. Y es que se sabe la suerte final del imperio y el advenimiento de la religión vaticana, pero no asumimos de inmediato la naturalidad con que tal proposición podría haberle parecido a una persona en medio del tiempo de la transición. Hoy, más o menos, estamos en otros tiempos apocalípticos, ¿nos sorprendería encontrar la proposición de un futuro distinto como un agente inevitable de cambio? Parte del idealismo inescapable que el critianismo encuentra en la obra proviene de este elemento determinado: la fatalidad ha derribado al Imperio, pero la eternidad de Roma sigue firme en la realidad, la novela de Sienkiewicz hace prueba de esa misma continuidad inmortal y validez perpetua. Sin una imagen ideal tanto de Roma como del cristianismo, la incoherencia de estos propósitos imposibles y coincidentes resultaría inexpresable.

Algo debe sufrir la obra del desprecio que le granjearán los ateos, o mejor dicho, los anti-religiosos. El cristianismo se presenta en una luz que pareciera confirmar su divinidad, ¿cómo admitir tal afirmación sin considerarlo una falta sentimental por parte del autor, o una confesión de fé? Sus detractores serán prontos a confirmar un sin fin de conflictos futuros y contemporáneos que rompen el caracter idílico de esta confesión. Y sin embargo, parte del sentido que debemos comprender se halla en la diferencia y no en nuestra pretendida continuidad. Habría que imaginar, que si en alguna óptica la religión cristiana ha podido brillar por sus valores éticos es bajo el martirio, en un tiempo histórico donde su mayor mancha es el pacifismo probablemente se caería en una discusión de moralidad relativa que no conviene exactamente a la dimensión moral que históricamente, para la obra, tiene algún sentido. De hecho dentro del texto este cristianismo perseguido se presenta como inexplicable, y al ponerlo en duda o criticarlo, el lector solo confirmaría dicha expresión. Yo solo señalo que precisamente Roma y el cristianismo funcionan en estas imágenes de objetos que pensamos conocer, pero que dentro de Quo Vadis son notablemenet distintos a aquellos que nos granjea nuestra experiencia. Por momentos nos sentimos más próximos de la moral cristiana que de los romanos, otras veces veremos que la sensibilidad pragmática de los paganos se nos aproximará más. La conclusión evidente es que ni unos ni otros pertenecen a nuestro mismo tiempo, logramos despegarnos de la literatura que mira el ombligo de nuestra sociedad y reconocemos en nosotros mismos formas de pensar enfrentadas, en las cuales la alteridad es admitible y provocadora.

Porque nuestros valores más modernos y razonables no la conforman, esta obra estimula nuestro propio escépticismo ante la sociedad que conformamos. Solo cuando se estima y se ensalza a dos sociedades distintas con similar esfuerzo es concebible la alteridad entre sus valores ¿podemos atacar este idealismo por lograr lo igualitario?

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¿A dónde vamos?

14 Feb

Esperaba destinar esta reseña a un podcast, pero una logística web de lo más pragmática exige que las palabras claves sean más visibles en la forma de texto y no del sonido documentado. La observación superficial que acabo de hacer podría granjearnos una excelente reflexión sobre la materia inmaterial que constituye el internet, pero al menos hoy evadiré el propósito pues mi reseña actual exige atención inmediata. En un futuro inmediato las entradas correspondientes a algún autor o una obra serán escritas, y ya cuando me sienta seguro de la futilidad de mis esfuerzos por atraer gente a este blog, pues mi estrategia seguro cambiará. Aunque soy un hombre terco…

El caso de hoy es una novela ya clásica que según entiendo tuvo un recibimiento muy cálido en su tiempo de salida, y cuya continuidad ha sido dada en parte por el premio nobel otorgado a su autor. Por supuesto, se puede discurrir en la capacidad que tiene dicho galardón para convocar lecturas de obras de hace un siglo, no digamos de la variedad de autores que el siglo anterior ha otorgado, entre las preciosidades que el premio noruego atina o falla en contener. No creo que la exhaustiva lectura de la lista del nobel sea pertinente, si no por las carencias y los desatinos que tiene, por su longitud. Pero esto no nos incumbe directamente, pues si bien sabía que Sienkiewicz era uno de los ganadores poloneses de dicho premio, mi decisión de abordar este libro vino de toda una dirección otra.

Incluso tras una lectura distraía de Quo Vadis, uno puede encontrar los temas que han fascinado a Henry de Montherlant a lo largo de su vida. Y la lectura viniendo desde ahí me pareció más interesante, tal vez esperando este afán arcaizante y fortuito que hizo de Montherlant un alter-modernista toda su carrera, sin dejar de ser un devoto de lo clásico. En esta dualidad creo que se juega el placer que tiene uno al leer esta novela, definitivamente nos encontramos en un texto que recuerda a lo clásico de la manera más cuadrada que se puede concebir, y por el otro está hablándonos de un mundo otro que sabemos a ciencia cierta, existió. Allí se juega para mí toda la importancia del historicismo cargado en Quo Vadis: justifica la alteridad, explica que otro mundo es posible, porque lo fue.

Esta novela es la que más he disfrutado desde el Gattopardo, y admito que se halla entre un grupo privilegiado de textos largos que han ganado mi favor muy personal. No voy a justificar las argumentaciones del nobel diciendo que esta es una obra mayor de su época o de todos los tiempos, pienso que los defectos flagrantes que puedo recitar sin dificultad no disminuyen el placer que me ha propiciado leerla. Montherlant tiene la óptica correcta: definitivamente es una novela romana antes que católica, diría incluso que la religión tiene un papel sorprendentemente secundario en todo lo que es la estética y la narración de este texto. Todo lo grande en ello es Roma, con apenas un par de momentos hermosos del lado cristiano.

Ya expliqué cómo imagino que esta obra se hace de desertores independientemente de su hermosa calidad, es como una colección de vicios literarios y géneros problemáticos balanceados en un mismo paquete, cuya funcionalidad no me deja de sorprender por ello mismo. Es una novela histórica, con una intriga de novela romántica de capa y espada, que prominentemente trata del ideal de amor cristiano, escrita por un autor institucionalizado por el Nobel, sin un personaje principal que cargue con la historia y con frecuentes lapsos en los que la intriga afloja. Todas las condiciones provistas, el fracaso parece inminente. Todo menos eso. El resultado es una novela que te lanza en un universo desconocido sin desconcierto ni confusión, utilizando la Historia como hilo conductor para facilitar nuestra aproximación a lo desconocido.  Sienkiewicz se expresa como una apasionado de Roma, de la Historia antigua y se percibe el trabajo de investigación detrás de esta obra. Pero estos elementos son solo objetos de los que se sirve para conseguir un relato cohesivo, inteligente y extrañamente seductor.

Mi experiencia de lectura tiene algo en común con la del Quijote, quiero decir, el libro me ha parecido físicamente más largo de lo que leo con comodidad para mi entretenimiento superficial. La historia de cierto modo no es una narrativa de tensión, permite que el lector la aborde en partes y por capítulos, pero gracias a la virtud de su universo bien constituído uno regresa voluntariamente sin que detrás de esto haya una jugarreta ni un falso efecto por parte del autor, es una lectura que seguí con breves interrupciones y mi afición por ella no dejó de ser constantemente feliz.

Me quedan algunas cosas más que decir. Las abordaré en la entrada próxima.

De la literatura, obviamente

11 Dic

Voy a abordar un tema del discurso religioso que en toda evidencia envía ciertos ecos a la literatura y a su historia. El punto del comentario es simplemente permitir dichas reflexiones, tratar de transponer el discurso que voy a discutir con aquello del ámbito de las letras. Usted probablemente puede lograrlo sin mi ayuda.

Esta polémica remite a una de mis partes predilectas del antiguo testamento, que coinciden con el momento en que Moises obtiene las tablas de la Ley y se dirige a entregarlas a su pueblo. Aaron, que era el sacerdote principal de la tribu, a erigido un becerro de oro para que la gente le entregue sus sacrificios: recordemos que el sacrificio ritual es la manera en que los pueblos pagan por sus pecados, por lo que presumimos que los israelitas buscan entrar en penitencia y se reconocen como pecadores. Moises regresa, regaña a su pueblo, destroza el libro y establece el predominio del decalogo.

Aunque primordial y fundamentalmente los israelitas se encuentran en el monoteísmo, este acto de violencia efectuado por Moises no es el celo del profeta contra otro dios. En este tiempo es casi seguro que el judaísmo fuese una religión de fertilidad, entre las cuales la figura del toro era central y casi siempre se le ligaba a una divinidad mayor. El Cristianismo tomará prestada también la noción de resurrección que se encuentra con frecuencia en estas mismas religiones taurinas. Entiéndase pues, que el becerro dorado puede ser Yavhe, solo que explícitamente se prohibe la creación y adoración de ídolos dentro de la ley semita. Aquí tenemos pues un episodio grande del problema de la representación, de los iconodulas y los iconoclastas.

Ahora, la razón por la que la ley judía prohibía los ídolos tiene poco de metafísica y resulta bastante banal. Si la estatua se considera un objeto sagrado, es su posesión y su distribución -el cómo se permite que se le ofrezcan sacrificios, el dónde- un elemento importante de la práctica religiosa. Aquel que posee los ídolos acapara el poder religioso y por lo tanto le roba a la casta rabínica el poder que le corresponde. No se trata simplemente de un poder político sino también de una influencia económica. Los sacerdotes judíos tuvieron en su tiempo muchas discusiones sobre la manera en que debían ejercer sus actividades públicas, al grado que parte de esas discusiones, al ser contadas en el Torah y la Biblia, nos resultan incomprensibles. No era pues cuestión de permitir a un sacerdote cualesquiera clamar el derecho de bendecir o patrocinar a determinado escultor para que este tuviera los beneficios netos de una práctica sagrada. Hay una busqueda de centralismo y control en la universalidad que la doctrina en cuestión, en la época del Gran Templo, su visita es mandatoria y no puede ser remplazado por un templo distinto y ajeno. Los semitas de la Meca efectuarán una práctica parecida.

Esto tampoco quiere decir que el control de los ídolos puedan reducirse a una madera física, definitivamente el control de los sitios de culto tiene un poder intangible que aún hoy día perturba incluso a los más poderosos. Si Osama Bin Laden no tiene tumba, se debe en parte a que un templo tangible a su persona remitiría a una práctica peligrosa para un cierto gobierno dominante. El sitio sagrado y el ídolo, son valores espacio-temporales que permiten a una cierta ideología o una experiencia sobrevivir a través de la historia, incontrolada y salvaje -por lo tanto convertible, Bin Laden fácilmente se volvería la bandera de movimientos que están enteramente distanciados de aquellos que el guerrillero representara en vida-. Cuando el ídolo en cuestión representa una amenaza para el orden, debe ser suprimido, debe dejar de existir y presentarse simplemente como un ideal. Su realidad es ofensiva y peligrosa, pues se mantiene en el tiempo y altera la memoria.

No en todas las religiones monoteístas triunfa abismalmente lo iconoclasta. Esta problemática forma parte de dos divisiones importantes de las iglesias cristianas, una en Constantinopla y otra con los protestantes. La presencia de los íconos -ya no ídolos, sino una mezcla casi arbitraria entre objetos santos y las ideas que representan- va a ser de nuevo un vaivén de conflictos políticos y económicos entre clases privilegiadas. Los íconodulas van a entender el poder de estos símbolos y los utilizarán como una herramienta de influencia, haciendo algo que la religión pagana -griega, romana, egipcia- ya ha practicado: absorber los dioses y valores del enemigo, confundiéndolos con los tuyos. La invasión europea sobre el territorio mesoamericano incluye un interesante colorido en que se confunden prácticas nuevas y antiguas. Los lugares en vez de ser simplemente destruídos -se hallará que la supresión física de una población no se logra absoluta y sigue practicándose siglos después- han sido renombrados, reinventados y recubiertos. Se les ha convertido, pues precisamente esa suerte de conversión es a lo que tiende un ídolo cuando se ha despreciado su materia concreta. Pero esta práctica no satisface el dominio absoluto de quienes búscan el control, el sincretismo vital es demasiado cambiante para ser suprimido si no es absorbido y ahogado por un feróz combate en su contra desde que nace.

De otra forma, la multiplicidad casi es inherente. El cristianismo de distintas partes del mundo se figura tan diferente a otras que podrían pensarse distintas religiones. Y esto no es casual.

Polémica

31 Ago

Los avances científicos y nuestra búsqueda constante del conocimiento tiene sus puntos flacos, que pueden encontrarse al medirnos directamente con los hombres grandes de las viejas sociedades. Esta reducción crítica ha dado por sentado que ciertos tabúes sociales no deben ser perseguidos, pues la moral debe invadir el ámbito de la ciencia, pues la ética persigue al poder. La dificultad se presenta al reconocer que los moralistas son personas fundamentalmente conservadoras y que uno de los roles que presenta el avance científico es especular el avance del pensamiento abstracto de nuestra raza. Que un hombre pueda aparearse con un orangután puede parecernos atróz, mas eso no lo vuelve falso.

Hemos pues, decidido dejar por las buenas ciertas reflexiones que en alguna época eran válidas interrogantes, y nuestra visión cultural termina por defraudar. Me parece que la tradición humana merece un poco más de afecto de nuestra parte, y no tan solo robar un par de estatuas por la deuda griega ni robarles filósofos para no decir que nuestros estados son constantinos. Quiero pues, proponer un esfuerzo por solucionar las interrogantes que importan, esas que en el pasado lograron angustiar el pensamiento humano y que por motivos que algún paranoico tacharía de conspiracionistas, no deseamos responder pese a tener la capacidad. ¡Utilicemos el conocimiento serio y superior que la ciencia nos granjea para liberar las almas de nuestros antepasados!

La figura de Alejandro el Grande presenta una de estas increíbles polémicas. Su figura histórica -investigada con fascinación por nuestros eruditos historiadores- merece nuestra atención por su difusión de la cultura griega en el norte de África y su sorprendente hilo de victorias consecutivas en lo referente a la guerra. Además es una figura bachiana entre las más relevantes de la cultura antigua, y fue estudiante bajo Aristóteles -entonces joven-, lo que hace de su leyenda una de las más ancladas en el mito de la cultura occidental, representa una totalidad de un espacio histórico dentro de los planes de civilización que terminan por fundar nuestra suerte presente. Muchos han querido ligar esta causalidad, pero pocos se han inclinado en usar nuestro conocimiento para resolver la interrogante que consumió al propio Alejandro hasta el final de sus días. Trataré de aligerar nuestra conciencia colectiva al tratar de responder a los deseos de este hombre ilustre.

¿Fue Alejandro el Grande un dios?

Esta proposición es interesante primeramente porque pone al discurso histórico en una cierta perspectiva metatextual: Alejandro quiere ser un dios o un héroe mítico, y a su vez ha leído la Iliada y busca ser Aquiles. Es como Don Quijote cuando lee el Quijote, como si entendiera que en el discurso poético se ciernen las hazañas de los grandes hombres, y que la poesía tiene algo de divino. Tal noción podría inclinarnos a pensar que Alejandro solo fue un hombre, ¿qué clase de dios busca transformarse en uno a través del esfuerzo?

Aunque por otro lado, el heroísmo de Alejandro se exacerba porque falló. Victorioso sin medida en el campo de batalla, no logra que la posteridad lo lleve a los altares. En esta medida, ser el mejor de los hombres no era lo suficiente, debía volverse un símbolo de la fuerza como lo fue el toro ancestral Yaveh, o la serpiente emplumada de los mayas -cuyo calendario ha logrado hasta el año próximo, cierta divinización-. No obstante al conquistar Egipto, sucede una transformación importante, pues esta civilización reconoce al gobernador como una verdadera divinidad que gobierna a su vez la tierra.

Desde este punto de vista, Alejandro logra la posición transitoria de dios, y ama tanto más a Egipto por reconocerle este mérito de su nacimiento, que quiere que le edifiquen una pirámide y descanse en aquel valle del Nilo con los demás inmortales. Sin embargo sus soldados lo defraudan y abandonan su cuerpo en la campaña, el fracaso de llegar a su justo estatus se repite en la muerte.

Alejandro tiene que abandonar Grecia para ser reconocido, pues como diría Jesús más tarde -otra divinidad humanizada- no se puede ser profeta en su tierra. Creo que la invencibilidad en el campo de lo física y el fracaso rotundo en ser reconocido como el dios que pudo ser, añaden bastantes elementos a la capacidad mítica de Alejandro. Dirán que su posteridad también flaquea porque no vivió para mantener su gigantezco imperio, que tampoco dirigió con avidez. Alejandro, creo yo, ha logrado algo que las figuras míticas y las divinidades deben lograr: extender su figura por varios lugares de la antigüedad, y personificar en ellos diversos elementos heroicos, ¡la iglesia ortodoxa lo ha canonizado! ¿no es esto signo tradicional de una transformación de un símbolo pagano a uno cristiano? ¿esta inclusión no puede verse como la permisividad ante la corrida de toros y los ritos de fertilización transformados en fiestas religiosas?

Creo que entre el aval del cristianismo y las hazañas desgarradas así como el error de su muerte final -¿no es una depresión en una borrachera una muerte hérculea en muchos sentidos?-, su presencia en sociedades distintas, la fascinación con su efigie y sus calamidades, su capacidad de error, lo validan como la medida heroica que lo volverían un dios héroe antiguo. Me parece que la sociología avalaría su caso como una divinidad antigua, pues esto es lo que logra constituirlas etnológicamente. Una sociedad antigua, bajo sus criterios, lo reconocería. La nuestra, con este objetivo conocimiento, también debe hacerlo.

Propongo pues, comenzar el culto de Alejandro, pues para luego es tarde.

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