Tag Archives: tolstoi

Falibilidad

5 Mar

http://arrowni.podbean.com/mf/web/hntbbv/Falibilidad.mp3

Anuncios

Ver vida

11 Feb

(Con cariño a los actores de carrera, vivos o muertos)

Alguna vez dije que el cine nos ha cambiado la manera de mirar, pues distintivamente ha generado planos que el simple ojo humano no puede reproducir. Decimos que las herramientas extienden nuestros sentidos y que la memoria misma es una manera de interactuar con el universo. Toda extensión de los sentidos modificaría sin duda nuestro imaginario, de ahí que muchas sensaciones que se nos han reservado fueran ajenas o raras para una persona de otras épocas.

Un ejemplo bastante sencillo que sucedió entre la conversación de una cena: el testimonio. Tenemos que entre todo lo comunicado a través de una obra cualesquiera se filtra una cantidad involuntaria de información que va ilustrando ciertos cambios en la historia de una vida. El ejemplo literario es sin duda la obra de un autor cuya secuencia vital e intelectual puede perseguirse a través de sus lecturas, un ejemplo claro es Tolstoi -otro que me parece digno de mención y que es latinoamericano sería José María Arguedas-. Además de los volúmenes que tienen un contenido eminentemente autobiográfico, podemos notar la sensibilidad y el interés detrás de cada texto, no pocas veces identificaremos también la fatiga. Borges la cita en alguna de sus obras, arguye que la vejez inclina a los autores consumados a recurrir a las formas breves, limitación que del mismo modo puede atribuirse a un escritor ciego. En sí las carencias espirituales y las físicas suelen acompañarse, más acaso en el caso de las artes cuya aplicación es física más que en cualquier otro.

La figura del autor tiene algo de privilegiado en este universo de envejecimientos, pues no solo se trata de la figura identificable y corporal que solemos atribuir a la obra fílmica, sino que además presenta en un sentido muy literal la transformación personal de un hombre a través del tiempo. Sean o no la mayoría, un gran número de autores de profesión han enunciado carreras que nos permiten presenciarlos en distintas edades, con la extraña transformación y decadencia que los años suelen achacar en el cuerpo humano. Por supuesto, los discretos saltos entre cada película y la facilidad con la que podemos hallar una edad u otra intercambiando el órden de las ficciones pueden ser lugares comunes hoy día. Pero entre más intrincado volvemos la fantasía de esta extrañeza con más facilidad ponemos una pantalla de imaginario que no nos permite hallar una virtud innegable dentro de estos viajes temporales. Tal vez el impacto llegaría a nosotros solo si viésemos cada película el año de su salida y tratásemos de recordar la impresión que el protagonista nos causó en su momento determinado, o emplear una distancia análoga a la sugerida con una cantidad amplia de años de diferencia, podría intentar seguir la trayectoria de Charles Chaplin con la misma distancia temporal entre cada una de sus obras e intentar redescubrir en esa novedad mi propia impresión, un ritmo vital que entienda.

Es excepcional esta posición en que podemos presenciar la vida biológica de una persona en frente de la pantalla, conforme los años actúan con ellos y aprendemos a no reconocerlos. Si uno conjuga además a ciertos actores que han comenzado sus carreras desde sus años más pequeños, entramos en una dimensión de familiaridad visual que acaso sería posible ver tan solo para con nuestros hijos o nuestros hermanos. Y un fenómeno que podría tan solo ser tratado de detalle ilustra que nuestra manera de digerir el universo ya ha cambiado, que la noción de la distancia y la reproductibilidad no se asemeja a lo que generaciones anteriores a la nuestra pudieron concebir en los mismos objetos.

Puede ser también una cuestión de detalle, pero el internet ya ha obrado ciertas magias similares en nuestra memoria, nuestra mirada e incluso nuestra intimidad. Vale la pena interrogar de vez en cuando lo que uno sabe, y no lo que cree que sabe.

El fin de la literatura latinoamericana

22 Dic

Aunque cronológicamente existen muchos escritores que anteriores al movimiento, el Moderismo latinoamericano trae la novedad de querer inventar alguna literatura. La idea original es colocar a la lengua española como productora digna de “literatura universal”, como referencia cultural en otros países, entiéndase, grande a los ojos de Europa. El movimiento, luchando dos campañas a la vez (una americana, otra ibérica), toma prestadas estrategias poéticas que se han usado principalmente en el francés, pero la influencia inglesa es evidente.

Detrás de esta meta ambiciosa -o contradictoria, si uno considera los índices de analfabetismo de ciertos países-, se encuentra un gran rasgo de imitación. Darío y Jímenez quieren lograr el éxito que Dostoievski y Tolstoi dieron a la literatura rusa. La idea de universalismo literario concebida de este modo consiste en dos cosas: ser reconocido en europa occidental y no ser de esta europa. Y a esto adjudicamos también un modo de lectura: el escritor establecido debe ser asimilado al corpus literario de los países “iluminados” y no ser llevado a estos como una simple curiosidad o un azar. Para existir la literatura latinoamericana debe ser como la europea, sin serlo. Y es que por regla general no tiene sentido sobre-europar a los europeos, la imitación suele ser remedo pálido, si se pudiera, probablemente los modernistas lo hubieran intentado -acaso lo hicieron-.

Como es natural, un movimiento tan totalizante como el modernismo suele generar una reacción contraria también grande. Mientras se crece “hacia afuera” también se trata de desarrollar una literatura hacia adentro, empieza una producción general de novelas nacionales por todo el continente. Aparece la Novela Latinoamericana. En este momento sucede un cambio entre un movimiento que empezó como poesía y termina por adaptarse a la prosa. Esto pasó exactamente del mismo modo en Rusia, que como mencioné antes, va a ser nuestro mejor referente. Una parte importante de las novelas nacionales fracasará por su exceso de romanticismos o por su trivialidad estética. Pero esta apuesta de crear una identidad nacional por medio del texto les granjeará una breve inmortalidad, serán consideradas de ahí en delante como novelas emblemas de sus respectivos países. Novelas a veces consideradas clásicos latinoamericanos, aunque no por su calidad, y mucho menos por completar el sueño modernista de una literatura universal. Casi diría que mucha de esta fama se debe a una voluntad política de progresismo. Retengamos el hecho de que serán textos referentes para las generaciones futuras.

Suceden las vanguardias cuya fugacidad refleja el problema identitario heredado por la generación anterior. Otros escritores tienen éxito donde los regionalismos de principio de siglo fallaron y conciben una literatura de la marginalidad, que actualmente funciona. Escritores excepcionales y verdaderamente universales, que podemos tachar incluso de genios, logran grandes obras y reconocimiento durante estas épocas. Pero el paisaje intelectual durante las guerras europeas resulta difícil de divisar, el sueño europeo de los literatos iberoamericanos queda por ello trunco. Tomemos en cuenta también estos éxitos poco frecuentes, y aquellos que fueron logro de una periferia bien concebida.

Entonces llega el llamado Boom literario. Un grupo mesiánico de autores citadinos va a apostar por una estrategia editorial, y presentar su literatura como un frente unido de literatos que representa al continente -varios viven en Europa-. Y vale mencionar que lograrán el objetivo propuesto por Darío: vender en Europa, ser leídos y escribir como occidentales, sugerir que la gran literatura puede escribirse en español. Que somos referencia cultural.

El éxito sugerido es también una reescritura histórica. Este grupo de profesionales va a declararse como huérfano de las generaciones literarias anteriores, como un milagro ex-nihilo, o si se toma literalmente mi sugerencia mesiánica, como obra del Espíritu Santo. Harán los siguientes ajustes: las conocidas -y malas- literaturas nacionales, eran clásicas pero bastamente inferiores, no se pone en duda que el Boom las ha superado; los escritores periféricos son un grupo de marginales sin talento: el Boom apuesta por el desprestigio -a Asturias se le negará su lugar como padre del Realismo Mágico, a Arguedas se le derribará-; las literaturas intermedias, menos logradas, serán tomadas como una suerte de media, como para notar que hay una progresión directa de calidad que llega a su climax con el Boom; y finalmente los genios -aquellos que rivalizan o superan cómodamente al Boom y que lograron la fama sin tanto marketing- serán tachados de casos aislados, de rarezas fenomenales y no representativas de latinoamerica. No se admitirá, por supuesto, que los reales genios son siempre escazos, pues tal afirmación correría el riesgo de desprestigiar la genialidad del Boom. También se niega la proximidad fatal entre la literatura ibérica y la americana, que irán juntas por casi cada paso -de este hecho aún existen desertores-.

Podemos ver pues, que esta historia latinoamericana cruza desde el modernismo hasta el llamado Boom, y tiene sus ojos en Europa. La promesa que el Boom cumple es la misma que se propuso Darío. Se cierra el círculo.

La tarde

9 Abr

En los objetos del mundo reconocemos frecuentemente rastros de sentir humano. Cual si contagiáramos nuestros alrededores con preocupaciones e inquietud, el planeta se presenta inverosímil al quererse familiar. Esos sentires que escapan de la mirada y se pegan al objeto visto.

Por eso no es arduo ver que la tarde es una forma inquieta. Los colores que dudan, entre rojos, naranjas, amarillos o azules; el círculo perfecto que se desbarata entre el vapor, o de donde sea que vienen los espejismos visuales que se trepan a las montañas para rasguñar el astro sol. Se nos llena la cabeza de vacío, para tener esa contemplación, esa necedad de sentir empatía contra la estrella que a algún momento nos recuerda. Ese mismo atardecer, se repite perpetuamente en otra parte del mundo y yo solo soy uno de sus espectadores. Es por fuerza cierto, que alguno de los otros pensará como yo.

Si nos apasiona la vida, es por fuerza de observarla lentamente. Un libro es a veces como volver a un pasado que no vivimos, pero que dejó de ser, un hecho cumplido una obra terminada. Trataré de recordar a mis amigos Andrei y Piotr, el campo ruso que jamás he visto, la efigie petrificada de Napoléon. Ordenaré como un juego de cartas trucho, las ideas que no he tenido. Como el sol, se parecerán en un momento a mí, y a todos los hombres de los cuales al menos alguno, seguro lee al tiempo que yo, con la misma diligencia de un hombre que se toma su tiempo para parar el tiempo. Tuvimos pasado, ganamos la guerra.

Si usted escribe, entenderá la sólida desconfianza que suele tener el propio texto. Turbio como un pantano, se figura un espacio lleno de trampas, de desidias y encubrimientos. O tal vez es usted más irreflexible y menos azaroso, creerá que las palabras no terminan por azar entre las otras y que se ha determinado una obra tan definida como la trayectoria del sol. No hay solo una manera de escribir, ni dos atardeceres iguales aunque pasen todo el tiempo y sean el mismo.

Cuando fracasamos, cuando el texto fracasa, y debemos volver a revisarlo, a preguntarnos como la madre violada si nuestro niño va a nacer, o si es nuestro, si acaso no pertenece a la violencia que efectuaron en nosotros, como el sol rasguñado o Andrei en la batalla. En esos momentos a veces parece evidente que nos hemos rendido, una derrota a la que duele regresar. Siempre en la duda, pues inevitablemente el texto se hizo de algo nuestro, y matarlo ahí sería…

Mi lo figuro un poco como un tabú. Rodear al mismo texto, cada vez más tiempo, eligiendo su primacía ante nosotros y nuestros demás textos, reescribiendo incomprensibles amenazas, que probablemente no podrán transformar tanto su esencia ¿o sí?

Bulgakov me mira como si pensara llevármelo conmigo, su mirada perdida oyendo los movimientos fuera de su cuarto, y su chimenea fatigada enmedio del frío ruso. Sabe tan bien como yo, que inevitablemente lanzará su manuscrito al fuego y aquel instante se incribirá entre las cenizas como parte del relato, entre suicidio y terror.

De veras, que si al menos destruyera el texto por completo, lo volvería a contemplar y cotejar hasta transformarlo en otra cosa. Sin embargo, sigue siendo el mismo texto que cambiamos, combinamos y saboteamos; sigue compartiendo aquella historia con su primer cuerpo, como nosotros compartimos la de Andrei y Bulgakov, como damos parte a todos de la puesta del sol. En algún lugar del mundo, la corrección contiene al original intacto, sus defectos como el esqueleto de un dinosaurio que algún día lo sostuvo aunque en lo concreto sea un pálido reflejo sin vida.

La imperfección nos atormenta. Por eso se nos parece a la persecución, cuando Kafka pidió que destruyeran sus textos, mas no los deshizo él mismo -tantas veces habrá querido deshacerlos y falló-. El regreso a nuestros temores, al error inexplicable que cometimos como un pecado original, sin explicarnos como llegó a nosotros, nos arroja a la pena. Aunque me parece, sinceramente que regresar a reeditar no es sino una irreflexiva técnica del lenguaje, como hablar varios idiomas, o escribir acrósticos o sugerir secuelas.

Puede que no entendamos el motivo de esos regresos. Cuando el autor, sin destruir y sin temor, regresa sobre un texto publicado para reeditar, añadir y reconstruir cosas. Volver a un texto que hemos hecho, otro texto. Vislumbro en este gesto, no un arrojo suicida ni abortivo, sino otra forma de amor. La realidad física de que el texto se publica porque nosotros somos escritores, y hay editoriales y maneras de publicar, porque no siempre se puede presumir que lo esencial es lo impreso, y por lo tanto está terminado. O por poner en duda ese mismo mecanismo, por sugerir simplemente, que por más veces que salga el sol, siempre puede suceder que el atardecer sea otro, que lo dicho puede ser recordado de otra manera y puede repetirse.

Aunque pareciese que no pueda desdecirse. Tal vez en esta evidencia, se funde el principio de la inquietud.

A %d blogueros les gusta esto: