Ars poetica felini

13 Nov

Mi gato me conoce como a un poema. Incluso, si un día, por alguna desventura inimaginable, el hombre se volviera incapaz de cualquier poesía, seguiría, mi gato, mirándome del mismo modo, en este anti-prosístico proceso entre el conocer y el reconocer.

Y es que en ese casi desdén distraído, en ese mirar pasajero en que se nos dice, el gato no puede reconocerse a sí mismo en el espejo, que finalmente tiene todo de lógico y consecuente pues las superficies reflejantes no huelen a gato, ni producen el calor de un gato, ni suenan como un gato, y más extraño sería imaginarse que hay alguna identidad que en ello puede reconocerse. Así de atinado es un poema. Quien construyera ensoñaciones pensando que un significado puede atribuirse a un objeto poético, se encuentra frente un espejo y solo puede ver lo que ha creado, y no lo que es evidente: que la identidad no puede existir pues es toda abstracta, y que en realidad, el gato del espejo no es un gato.

No que no exista para mi gato -al menos para el mío- una noción de identidad, no lo culpo de ser incapaz de reconocer. Ha sabido perfectamente quién es su madre y quiénes son sus dueños, se mantiene en proximidad mía o sobre mí en la medida que lo dicta su deseo. Del mismo modo me contraría o me obedece, pero estas oposiciones no provienen -todo el tiempo-, de la distracción abstraída que lo lleva a olvidar lo que es una presencia y otra, sino sencillamente el aceptar la subjetividad de su orden, de la existencia física del gato que al hombre puede darle ilusiones de libertad, si ha de seguir sus pulsiones internas o doblegarse ante la potencia del recuerdo, premio o castigo, igualmente físico y viceral que un estímulo corporal en ese tiempo. Extraño pero al mismo tiempo reconocible, integrado a sí mismo, formando parte de alguna cosa que el hombre podría suponer identidad, división.

Pero he notado que al tiempo que mi gato se sensibilizó a mi olor, a mi imposible y gigantesca complexión, que francamente pareciera por momentos volver a su estado indefinido, a una suerte de despersonalización de mi cuerpo como un espacio muerto, o por lo menos arborífico, algo que puede ser insensiblemente trepado con dispuestas garras y brincos agazapados. Esto sí, por un lado lo aprendido no está aprendido en el mismo sentido que yo -que el yo imaginario que he creado, como el dibujito de la familia de palitos y bolitas al lado de una caja casucha con indefinibles ventanas, ese de la primaria o del kinder-garden que se proponía como dibujo y que las películas han vuelto el lugar predestinado a comunicar las tendencias sicóticas del infante- lo he aprendido, pero no se trata de una simple sección del concepto, sino una implícita expansión. Ahora el gato, no sin cierta inteligencia, tiene una actitud distinta no solo hacia mí -y a mi olor reconocible aunque variable, con las texturas cambiantes de la vestimenta y su posición-, sino a los entes que se me asemejan, una tolerancia a sus intimidantes actitudes arbitrarias, de gestos que no expresan claramente voluntades de juego o cariño, de sensaciones desconocidas amontonadas en aquellos gigantes que lógicamente deberían presentar una amenaza consecuente a un cuerpo razonablemente menos desproporcionado.

Y esto me parece genuinamente poético, salir de un estado que se encuentra más en la (di)sección que en el hallar los objetos realmente. Un poema de lleva a otros poemas, y ese pasaje se requiere necesario para amaestrarse bajo el signo de la palabra, no pensar precisamente en la palabra como presición, como presión, sino en su existencia diforme y expansiva, en lo que solo puede hallarse en el intercambio cotidiano del gato con su dueño, de la experimentación física que nos comunica por medio de una realidad más allá de la abstracción. Mi gato sería poeta antes que yo, por necesidad, por facilidad, porque la poesía es fácil en muchos niveles, y hoy día no tenemos la capacidad de lidiar con lo fácil. La palabra se nos figura complicación, herramienta para desdecir en vez de decir, de análisis antes que de digestión.

No puedo presumir, en realidad, que comprendo a Aventura, porque no es verdad. Y la comprensión no ahoga ni contamina nuestra relación ni hace el vínculo que él ha forjado -acaso más que yo- y que se encuentra comprobado entre nosotros. Y no tendría sentido si Aventura no estuviera aquí, con sus extrañantes costumbres y tampoco si yo no aceptara que en su estado de gato, aventura está presente como gato, si pensara que debiera ser pensado y dominado por ese pensamiento en vez de por sus ausencias, distracciones y ejercicios. Gestos y movimientos felinos.

Un saber hacer, que cuando estoy distraído, me parece lo de un genuino artisano.

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