De la literatura, obviamente

11 Dic

Voy a abordar un tema del discurso religioso que en toda evidencia envía ciertos ecos a la literatura y a su historia. El punto del comentario es simplemente permitir dichas reflexiones, tratar de transponer el discurso que voy a discutir con aquello del ámbito de las letras. Usted probablemente puede lograrlo sin mi ayuda.

Esta polémica remite a una de mis partes predilectas del antiguo testamento, que coinciden con el momento en que Moises obtiene las tablas de la Ley y se dirige a entregarlas a su pueblo. Aaron, que era el sacerdote principal de la tribu, a erigido un becerro de oro para que la gente le entregue sus sacrificios: recordemos que el sacrificio ritual es la manera en que los pueblos pagan por sus pecados, por lo que presumimos que los israelitas buscan entrar en penitencia y se reconocen como pecadores. Moises regresa, regaña a su pueblo, destroza el libro y establece el predominio del decalogo.

Aunque primordial y fundamentalmente los israelitas se encuentran en el monoteísmo, este acto de violencia efectuado por Moises no es el celo del profeta contra otro dios. En este tiempo es casi seguro que el judaísmo fuese una religión de fertilidad, entre las cuales la figura del toro era central y casi siempre se le ligaba a una divinidad mayor. El Cristianismo tomará prestada también la noción de resurrección que se encuentra con frecuencia en estas mismas religiones taurinas. Entiéndase pues, que el becerro dorado puede ser Yavhe, solo que explícitamente se prohibe la creación y adoración de ídolos dentro de la ley semita. Aquí tenemos pues un episodio grande del problema de la representación, de los iconodulas y los iconoclastas.

Ahora, la razón por la que la ley judía prohibía los ídolos tiene poco de metafísica y resulta bastante banal. Si la estatua se considera un objeto sagrado, es su posesión y su distribución -el cómo se permite que se le ofrezcan sacrificios, el dónde- un elemento importante de la práctica religiosa. Aquel que posee los ídolos acapara el poder religioso y por lo tanto le roba a la casta rabínica el poder que le corresponde. No se trata simplemente de un poder político sino también de una influencia económica. Los sacerdotes judíos tuvieron en su tiempo muchas discusiones sobre la manera en que debían ejercer sus actividades públicas, al grado que parte de esas discusiones, al ser contadas en el Torah y la Biblia, nos resultan incomprensibles. No era pues cuestión de permitir a un sacerdote cualesquiera clamar el derecho de bendecir o patrocinar a determinado escultor para que este tuviera los beneficios netos de una práctica sagrada. Hay una busqueda de centralismo y control en la universalidad que la doctrina en cuestión, en la época del Gran Templo, su visita es mandatoria y no puede ser remplazado por un templo distinto y ajeno. Los semitas de la Meca efectuarán una práctica parecida.

Esto tampoco quiere decir que el control de los ídolos puedan reducirse a una madera física, definitivamente el control de los sitios de culto tiene un poder intangible que aún hoy día perturba incluso a los más poderosos. Si Osama Bin Laden no tiene tumba, se debe en parte a que un templo tangible a su persona remitiría a una práctica peligrosa para un cierto gobierno dominante. El sitio sagrado y el ídolo, son valores espacio-temporales que permiten a una cierta ideología o una experiencia sobrevivir a través de la historia, incontrolada y salvaje -por lo tanto convertible, Bin Laden fácilmente se volvería la bandera de movimientos que están enteramente distanciados de aquellos que el guerrillero representara en vida-. Cuando el ídolo en cuestión representa una amenaza para el orden, debe ser suprimido, debe dejar de existir y presentarse simplemente como un ideal. Su realidad es ofensiva y peligrosa, pues se mantiene en el tiempo y altera la memoria.

No en todas las religiones monoteístas triunfa abismalmente lo iconoclasta. Esta problemática forma parte de dos divisiones importantes de las iglesias cristianas, una en Constantinopla y otra con los protestantes. La presencia de los íconos -ya no ídolos, sino una mezcla casi arbitraria entre objetos santos y las ideas que representan- va a ser de nuevo un vaivén de conflictos políticos y económicos entre clases privilegiadas. Los íconodulas van a entender el poder de estos símbolos y los utilizarán como una herramienta de influencia, haciendo algo que la religión pagana -griega, romana, egipcia- ya ha practicado: absorber los dioses y valores del enemigo, confundiéndolos con los tuyos. La invasión europea sobre el territorio mesoamericano incluye un interesante colorido en que se confunden prácticas nuevas y antiguas. Los lugares en vez de ser simplemente destruídos -se hallará que la supresión física de una población no se logra absoluta y sigue practicándose siglos después- han sido renombrados, reinventados y recubiertos. Se les ha convertido, pues precisamente esa suerte de conversión es a lo que tiende un ídolo cuando se ha despreciado su materia concreta. Pero esta práctica no satisface el dominio absoluto de quienes búscan el control, el sincretismo vital es demasiado cambiante para ser suprimido si no es absorbido y ahogado por un feróz combate en su contra desde que nace.

De otra forma, la multiplicidad casi es inherente. El cristianismo de distintas partes del mundo se figura tan diferente a otras que podrían pensarse distintas religiones. Y esto no es casual.

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