Te doy una canción y digo patria

8 Dic

Voy a enunciar una forzosa obviedad para podernos en el camino de lo extraño o en determinados casos no menos tristes, de lo propio. El hombre sensible, prosista o poeta en potencia, ese que practica la literatura como un lamento o un goce cotidiano, sin duda está sometido a la fuerza de sus propias emociones. Y tal vez más que cualquier otro, por su capacidad de orden arbitrario, por sus juegos de palabras, encuentra consuelo especialmente encantador en las artes que pueson artificio. Por lo tanto, se pueden tirar de esta admiración algunas conclusiones lógicas. Empezando con que no hay ningún arte que interesa más al hombre de letras, que la música.

Es sin duda posible señalar alguna anomalía a esta regla general. Sabiendo de antemano que en general la generalidad no genera conclusiones correctas. De hecho cada vez que uno encuentra el vocablo “genos, gene” uno debe ponerse en guardia, es una palabra que podría pasar por maldita en las sectas paganas. La más sospechosa e importuna puede ser la generosidad. Pero en fin, nos estamos desviando de un tema que por sí mismo se presta a los deslates. El autor que admire pintura o escultura o cine o -lo que me parece mucho más excepcional- la danza, más que la música, es acaso un impostor o un músico frustrado. No digamos nada del triste hombre que admire la literatura, ese no es un escritor.

Y es que la música tiene algo de inevitable. Las ciudades son una elaborada canción, los días y las noches se deslizan a ritmo de silencios fortuitos y desventurados gemidos. Encontramos la música en el momento proto-genérico, cuando no se nos ha dictado aún la tela de juicio con la que fabricamos las cosas -o las entendemos fabricadas-. Si uno tiene la suerte de aceptar los goces sensibles tarde o temprano descubre que la música ha estado sometiéndolo a su poder desde el principio de la vida, y tal vez entonces -si se tiene sinceridad, y conste que en el artista esto es indecente- se encuentra la posición verdadera que se tiene para ella. A veces, como los traumas de la niñez, no la encontramos.

Es natural también que el literato no se maraville por la literatura, aunque las razones de esta tibieza son varias y a veces absurdas. Una intuitiva sería decir que no hay una creación que pueda llevarse acabo satisfactoriamente si se teme a lo creado. El monstruo de Frankenstein es una experiencia literaria, y el resultado trágico de esta resurrección/nacimiento es un topos del vacío que encara cada autor. Bello es notar que la identificación de la creatura en general, es análoga a la del autor y su respectivo texto, ambos se confunden. ¿Quién efectúa la tarea horripilante y transgresora en el libro de Mary Shelley? ¿el asesino hecho de cuerpos resurrectos? ¿el científico blasfemo que le proporciona la vida? ¿o la autora que concibe el horror?

Ahora el ejemplo puede parecer torpe por sonar moderno -querer leer a Frankenstein como un juego metatexual-, o simplemente por tomar la salida fácil hacia el género de horror. Mas otro ejemplo sencillo podría ser el poeta divino Dante, que crea un Infierno donde él mismo recrea los momentos que parecen arrastrarlo a la locura. Existe esta realidad en donde el escritor es arrastrado por su oficio y no puede, por razones que derivan de su cordura, sencillamente dejarse llevar. El miedo es a veces el significado de la obra, la palabra mágica en el sentido más arcaico, que nos desarme, nos contenga y exprese nuestras propias imposibilidades. No es metafísico este temor, o todos lo son, simplemente trato de expresar que la relación del autor con su obra no es cordial, descree de la harmonía. Es un asunto que ante todo, lo obliga a tener un cierto pudor.

¿Y la música? Ella pareciera hallarse en el lado de la vida, del goce, de la insignificancia llena de sentido. Cuando es nuestra miseria es el goce de nuestra miseria. Como los huaynos tristes de José María Arguedas -los cuales siempre me parecen tristes, como si se tratase de una evidencia física, de una cicatriz dejada por la tristeza-, que son acaso más la encarnación de una pena vital que Frankenstein o incluso el poema de poemas pueden llegar a ser. Y es que no están en el texto, están afuera. Arguedas no se suicida nunca en el texto, se suicida en el huayno.

No nos atrae la música porque borre los rigores de la palabra, ni porque nos hechice ni se halle distante de nuestras creaciones, ni porque seamos o no capaces de lograrla o reproducirla, ni porque sea de nuestros padres. La música es un lugar, como la memoria, son trozos de tiempo distruibuídos como si fuese la carne del universo. Y la literatura sí es una extensión de la memoria, un addendum de lo vivido. Se entiende pues, que ese recuerdo incluye músicas que acaso no hemos escuchado.

He dicho varias veces que de ser técnicamente posible desde la antigüedad, el cine hubiese reemplazado nuestra necesidad de literatura. Y no es vano, que nunca haya existido el cine verdaderamente mudo -siempre tuvo música-. Por lo demás, estas sutileza escapan a nuestro cerebro tras la vigilia, y se nos vuelve todo una cosa, al soñar vivir.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: