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Critica emocional

12 Sep

Cuando uno se mete a analizar toma prestadas herramientas que no son propias al pensamiento crítico. Podría admitirse que hay una genealogía de las ideas y de las estéticas que no se presta a justificar que cualquier diferencia que pueda atribuirse a un arte se considere un elemento crítico. Y bueno, entrando en distinciones y genealogías en realidad uno no sale, pero me parece que la distinción es un paso adecuado para aclarar la posición del arte popular en medio de lo que el análisis considera.

Una definición que he usado de vez en cuando es que el arte popular es aquel que no requiere sostenerse frente a la crítica. La idea está sacada de un razonamiento del-huevo-y-de-la-gallina, porque no es el arte popular quien es incapaz de ajustarse a la crítica, sino que la crítica se inventó para desestimar el arte popular. Lo popular es casi intuitivamente, lo no intelectual, lo que si se sostiene, debe pasar por unas intuiciones y sensaciones que van ajenas al razonamiento excesivo y a las justificaciones argumentativas. Se puede argumentar por qué nos gusta lo popular, pero será un a posteriori, lo que en realidad nos gusta es algo experimentado e indecible.

Cualquier expresión popular puede estar bañadas de elementos propicios a la crítica, pues de hecho, ser popular no es una naturaleza que excluya la obra de arte genuina y de alto valor. Si hay algún valor estético que se maneje en academias y discusiones filológicas que verdaderamente se pueda oponer a lo popular será seguramente lo experimental. El experimento es aquello que rehuye a los géneros como la sombra se escapa de la luz, y lo popular en general abraza y desarrolla sus características genéricas para volverse accesible a un lector/espectador mínimamente educado. El culto a la novedad ha hecho que se desprecie mucho esta naturaleza genérica, pero si todo está hecho de antemano, resulta una queja vacía.

Y decía: hay cosas que la crítica toma prestada y no son del razonador sino del sentimental. La parte de la crítica que podemos aplicar prestamente al juzgar a un entretenimiento popular no es verdaderamente lo propio del pensamiento crítico, sino una estructura ajena que tomamos prestados para evaluar ciertos juicios y formular nuevas categorías. Muchos pensamientos han sido anteriores a la crítica moderna, y su uso debe ser entendido como un préstamo del nuevo crítico y no como un ejercicio estéril fuera de la práctica de este. Por ejemplo, el análisis narrativo no tiene nada que pedir a la crítica: la narración ha estado allí más o menos siempre, sin enredarnos en el pensamiento elevado.

Recordaremos además el gesto de Esquilo, que introdujo un segundo actor. Explico la referencia casi-mítica: el teatro antiguo constaba de un actor que representaba una pieza y todos los personajes de esta, Esquilo mete en escena un segundo actor para representar varios roles. Aquí nace el teatro moderno para los griegos. Lo que nos interesa a nosotros es la proximidad del arte narrativo por excelencia -contar cuentos-, y el arte teatral propiamente dicho. Una actuación cualquiera es un gesto de narración, y por lo tanto al efectuar una crítica cinematográfica que se focalice sobre los actores o los ritmos de narración, no estamos utilizando gestos propios del pensamiento crítico, sino antiguas tradiciones prehistóricas de toda civilización humana. Actuar es narrar simplemente, la mayoría de la comunicación humana, según dicen algunos antropólogos, no pasa por la palabra sino los gestos, silencios y demás expresiones que la presencia directa permite y que la esterilidad de un texto es incapaz de comunicar en sí misma. Narrar y actuar preceden al tiempo crítico, son de una genialidad convencional y popular, los teatros de variedades muchas veces requirieron los actores más versátiles y dotados, mientras que las películas alternativas pueden conformarse con actores menos dotados -compensarán, se supone, con elementos de tipos distintos pertenecientes a una estética de la tradición fílmica u otros-.

Ligar la narración y el actor -en tanto que personaje-, con el arte popular no podría ser una tarea más sencilla. Ambas características reconocen géneros ampliamente establecidos, personajes como la enamorada, el villano o el viejo sabio, narraciones como el amor prohibido, la misión del héroe o el misterio que se debe resolver. Estas herramientas, que no son propias a la crítica resultan propias y adecuadas para juzgar la valía del arte popular, y pueden aplicarse a este. Hay que mediar entre ellas el humor, que tergiversa también las corrientes estéticas, pues una belleza graciosa y una que se toma demasiado en serio son de una diferencia rotunda.

Nos vemos en otra ocasión.

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