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Sin título

20 Jun

Chiste local: Mientras tenga más visitas que etiquetas en este blog, vamos bien.

Aprovecho el anuncio metatextual para decir que probablemente en el curso de este mes, reduzca la frecuencia de mis aportes a raíz de otras exigencias personales que se me van presentando. Seguiré, no obstante, fiel a mi criterio de aglutinamiento feróz de información, reflexión irreflexiva y ventilación de misceláneas ideas framento.

Esto de la aglutinación, de la que he hablado, de algún modo siempre me lleva a internet, porque puede considerarse que la web se ha ido volviendo un aglutinamiento constante de palabras. Para eso tenemos el buscador, pues hay textos donde sin el buscador no osaríamos saltar. Me pregunto si esto se debe a una cuestión de formato, o si hay un órden implantable que baste para economizar el miedo de dichas cantidades de información.

Elaboro: Si yo tengo un montón de tomos y libros, casualmente puedo hojearlos o remitirme a un índice para encontrar un tema en particular. Sondando títulos e índices estoy hablando de un asunto de formato. En un bloque de texto uniforme al puro estilo Proust, no dan ganas de meterse ni a patadas. Mas tampoco me da gana ir dando click por click en las cientos de páginas que conformarían un foro web, por la inferioridad probable respecto al simple hojear un libro, cuya velocidad y eficacia tiene incluso algún encanto físico. Esta variable de formato ha sido mencionada por varios apologistas del libro en papel, como un motivo bastante a conservar el formato en cuestión.

El aglutinamiento solo puede manejarse, mas si además se emplea una variedad de temas enorme, se vuelve como un mar innavegable. Me temo mucho que es lo que estoy haciendo aquí, en mi blog; y que los órdenes probables que he empleado son magra defensa para sondar correctamente los textos que publico. Faltaba más, no me paso la vida corrigiendo mis propios apuntes y no espero tampoco seguirlos ordenando. Es incómodo para el lector, y aunque me encante incomodar me parece que en alguna falta me encuentro.

El índice es un formato taxonómico al puro estilo del resumen, y presupone una obscena definición de los elementos que contiene. Mi formato no es de ayuda, ignoro tanto lo ya escrito al punto de que puede sorprenderme repitiendo lo dicho antes. Y bueno, soy un apologista de la repetición, mas no ayuda para el orden. Veo pues, que mi gusto por lo gordo y desproporcionado es la pesadilla de cualquier editor, y dado que en este caso soy mi propio editor, me da algo de rabia.

Me gusta pensar que un método ingenioso para organizar todo me caerá del cielo, aunque esto fatalmente me recuerde mis listas irrealizables sobre temas literarios que no relevan sino poca cosa. No he querido ser artista inabordable, quisiera que a mi blog pudiera llegarse de improviso, sin mirar para atrás a mis penosas entradas tercas. Ya toda proporción guardada, me doy cuenta que no es bastante la información que ha acá, y que probablemente sea el formato opaco de la web lo que indispondrá a los que lleguen a futuro. Vislumbro una salida: Acomodar en .pdf mis primeras ventilaciones y poner en este blog un sitio donde se puedan bajar las colecciones completas. Esta idea es tan arbitraria que corre el éxito de funcionar, si algún día me presto a la tarea que requiere.

No quiero ser como los tipos del roman precieux  y sus textos estirados de 30,000 páginas, hay que hacer del potencial infinito de este blog -en su duración y el tiempo, al menos hasta mi muerte-, una suerte de texto legible. Y pienso también, ya que estamos en el asunto, que serviría como forma de conservar el contenido, aunque la conservación no me importe gran cosa, pues de aquí no espero posteridad.

Ahora me figuro que dicha sugerencia no dista del teatro para ser leído en vez de visto. Mi blog cotidiano es como la puesta en escena, mientras que guardo el resto a suerte de posteridad y obra de arte separada, como una experiencia menos vivencial, más letra muerta. Si fuese un purista del teatro clásico, hallaría le idea horrorosa. A como estamos, hoy por hoy, solo me provoca una inmensa pereza. ¿Los blogs que sí son famosos tienen gente que construya los índices por uno?

Ahora me pregunto si el tener más etiquetas me haría tener más lectores, conservando la relación entre ambos elementos una constante dentro del blog. En ese caso las cosas se conservarían perpetuamente bien por el axioma enunciado al principio. Viento en popa, pues.

esto, esto, esto, esto…

19 Jun

Una de las incorporaciones al estilo que se han vuelto prácticamente generalizadas es evitar la repetición de la misma palabra.

No estoy inventando la rueda. Esta incorporación tan vanal debe provenir de un sencillo sentido de elegancia en la palabra, de un extrañamiento menor*, aplicable incluso a géneros poco artísticos. ¿De donde proviene y a qué se opone? Voy a especular al respecto, guardando la coherencia de nuestro género**, que es tratar de estimular el pensamiento en vez de postular una realidad.

Ahora, recordemos como veremos en el futuro, la importancia que la repetición tiene en los infantes y en la oralidad. No tratamos aquí de cualquier tipo de repetición: Estamos en una que se juega particularmente en la evidencia y la cacofonía, dos palabras iguales en secuencia son importantes por un lado, dentro de su evidencia, y por el otro, en su arbitrariedad. Notemos que nos estamos rigiendo en el concepto de la poesía, pues el fenómeno remite a la palabra en sí -no se limita por significados o contextos, sino lo contrario, se refiere al vocablo como elemento genérico, en su estado de abundancia-, en su sonoridad así como en su volúmen dentro de la frase. Reconocer una repetición vanal es reencontrarse con la palabra como objeto y esto nos representa alguna molestia. Creo que en la narrativa nos encontramos en una ruptura de la ilusión, en una materialidad que corrompe el curso de un recito. Y precisamente tenemos que considerar esta idea de curso al referirnos a un error tan casual como el doblón sencillo.

Dije en la primera entrada de este diario que trataría de explicarme sobre el error voluntario, que no puede considerarse propiamente un error sino una ruptura a un flujo ya establecido. En el lenguaje no tratamos propiamente con errores, sino con rupturas. La noción de error es semántica más que gramática o física, es un punto de vista; aquí estamos tratando con algo bastante más esencial, pues no podemos decir que en el habla hay error a menos de que le otorguemos también un fin –uno clásico es la comunicación, incluso en el arte-. La repetición va a funcionar como una controversia en el flujo normal de un texto bajo el supuesto de que su incursión es involuntaria e innecesaria. Repetir se nos figura una insistencia, un símbolo. Cuándo este está vacío genera la ruptura a la que nos referimos. Este “error” voluntario, permitiría que el doblón fuera ruptura y no fuera vacío.

Dos ejemplos ya mostrados que analizan profundamente nuestro fenómeno de doblón, y precisamente creo, demasiado analíticamente. Lo interesante de este rechazo a la repetición es que se juega en círculos más casuales que en el arte, pero que se trata de un valor eminentemente estético. No veo como explicar el rechazo si no es por la idea de belleza. Tomo el ejemplo jurídico o el matemático, donde el discurso se genera por una practicidad y una voluntad de claridad; ahí la repetición no solo se tolera sino incluso se busca, el sentido de las palabras quiere ser tan propio como sea posible al menos a la base. Lo estético parece corregir a lo práctico, pues es más sencillo usar el mismo término repetido que usar sinónimos o paráfrasis.

**- Me refiero al tipo de texto que están leyendo, que desatinadamente nombré la ventilación.

Y no obstante, una de mis reflexiones anteriores me refiere igualmente a una practicidad, o mejor dicho, a una práctica. Se requiere para emplear un discurso tan analógico, un dominio más completo del lenguaje; y si no me equivoco, una esfera que privilegia el corregir este tipo de doblones, es el laboral o el educativo. Las escuelas quieren probar la capacidad del alumno y es solo natural -en su torcido modo de abordar la educación- que exijan el empleo de un discurso académico, como solo ellas generan. En la esfera laboral, donde se suelen exigir convenciones abstractas y arbitrarias como usar corbatas, tenemos esta máscara adulta de pulcritud que mantener, y el error aunque superficial y mínimo, se nos figura una exposición al rídiculo. El notar el doblón es reconocer que vivimos siempre metidos a la prueba del que lee, reflejo de vivir en una sociedad que censura o al menos manipula el discurso social de manera notoria. Obvio, el literato está sometido también a un tipo de juicio.

Y aunque el doblón es fundamentalmente un objeto textual en su sentido más escrito, se exige su ausencia también en la oralidad. Admito que hay razones a favor y en contra de ello: Por un lado, la voz nos pide una insistencia constante al no permitir la revisión constante de los contenidos, entiendo completamente que un concepto hablado se diga tanto como sea posible para incrementar su presencia en una cátedra -del mismo modo deploro los términos fundamentales que aparecen una sola vez en cualquier pedagogía-; por el otro, la dimensión fluída del lenguaje, esa que repudia estéticamente la repetición, es mucho más visible al hablar. Para corregir el doblón a veces se incurre en otro tipo de repetición, como la frase hecha (“válgame la redundancia”), lo que yo creo, solo llega a acentuar la tolerancia de las insistencias en la viva voz.

Hemos discutido… de la identidad…

2 Jun

Hemos discutido en otra entrada diferente, de la identidad, del proceso de suponerse “el mismo” en varios tiempos libremente determinados. Expliqué brevemente por qué es un fenómeno de lenguaje, trataré de continuar el razonamiento.

Si un adulto se mirara de niño, no sería raro que se interrogase que tienen en común él y el infante en cuestión, pues apenas conservarán rasgos comunes. Sí, claro, tenemos el código genético, mas al remitir a lo sensorial la forma y dimensiones cambian tan drásticamente que podrían pensarse hasta razas distintas. La manera de razonar ha sufrido un cambio acaso más radical, el cerebro ya no aprende de manera tan presta, y al cabo de los años se han acumulado miedos y vicios. A veces, nuestro gusto dialéctico encontraría en tal infante nuestro mundo potencial, o sea, todo lo que el pequeño niño pudiera haber logrado en circunstancias determinadas. Veremos que es un vicio común remitirse a hechos hipotéticos de este estilo, nos basta decir que ya es sorprendente como cambia aquel infante con el hombre concreto que se volverá.

Al, un amigo mío, tuvo por un tiempo una mirada bastante nostálgica a cierta épocoa de su juventud. Trazó por él mismo las divisiones, una vida no tan grata en la secundaria, y luego una felicidad eufórica en la preparatoria, para llegar a una menos gloriosa mas bastante libre edad universitaria. Me dijo el otro día que en esta última, gozaba de una libertad que ahora aprovecharía de modo distinto. Todas estas múltiples visiones que parecieran confeccionar una historia, nos remiten a un fenómeno de identidad.

Debe resultar dolorosamente claro a qué me refiero en la narrativa, finalmente los dos ejemplos utilizados fueron narrados por un servidor -y al tiempo por Al-, con una intención fuerte de continuidad entre los tiempos e identidades de sus protagonistas. La narración no transmite precisamente bien estas diferencias de la identidad, se nos vuelve un problema. Un cierto tipo de novela suele remitir fuertemente a la identidad, no será vano -tal vez-, que la citemos brevemente.

La novela de maduración suele acompañar un personaje desde su infancia hasta la vida adulta, partiendo normalmente desde su nacimiento hasta ir constituyendo su caracter. Podemos vislumbrar en esta simple narrativa, parte del error: La construcción de una identidad por medio de partes, en secuencia, de cierta manera llegando a un tipo de conclusión. No es que cronológicamente el sentido esté equivocado, sino que un personaje ficticio no responde realmente a la experiencia y no recuerda realmente, mientras que nosotros lo hacemos sin desearlo, en una forma compleja que nos resulta indeterminable. De cierta forma, la manera de crecer de un personaje que madura, es un ejemplo que existe para que lo interpretemos, un grupo de acciones determinadas y descritas con el que confeccionamos una identidad. Y es que el proceso de formación de nuestra propia identidad es, desde un punto de vista dialéctico, algo relativamente parecido: Podemos recordar los momentos de nuestra vida que en cierta medida nos han “definido”, como una suerte de biografía sensorial.

No obstante, se sabe que el género biográfico no logra transmitir de manera nítida la experiencia vital de un ser humano, y aunque mucho puede darse por la cuestión del formato -a veces las biografías se quieren parte del género “enciclopédico”, y en el afán de ser claras se deshumanizan-, o simplemente por verdadera incapacidad de entrar en la autoreflexión que siempre acompaña la creación de la identidad. Somos entonces, no solo el discurso que compone los eventos que hemos vivido, sino además la reflexión sobre este discurso. Una reflexión que no es fiel a la realidad: Vemos frecuentemente nuestro pasado en vista de los valores presentes que tenemos por vigentes, sin poder realmente regresar al estado pasado de identidad que hemos vivido.

Y esto es porque la vida en sí no se repite, no volvemos a atravesar la misma experiencia por más que recordemos o imitemos el pasado, un punto de vista y la misma consciencia del a repetición, nos coloca a una distancia insaldable con la verdadera repetición, con la verdadera afirmación de una identidad concreta y discursiva. Esta asimilación de la repetición con la identidad constante no es vana, el lenguaje mismo, exige una presencia constante de repeticiones tanto de vocablos como de reglas, y en su abstracción racional impone sus reglas a nuestras ideas. Porque el lenguaje se repite, creemos que el universo hace lo propio.

Ya profundizaremos en su momento dos de los temas evidentes que salen a reducir tras el breve análisis que hemos efectuado, por esto me refiero al valor de la repetición dentro de la literatura y a la concepción de las identidades ficticias con sus respectivas problemáticas.

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