Tag Archives: relectura

Desordorantes

15 Ene

No sé si la literatura sufre de tendencias puristas o esencialistas más que otras actividades humanas, aunque la presencia de argumentaciones de este estilo marcó bastante mi reflexión crítica durante varios años, fui comprendiendo al final que poner demasiada atención al purismo es también caer en su juego. Personalmente mi gusto por el arte viene mucho por su carga estética y por los elementos que encuentro estimulantes, no es tanto, por su valor como entretenimiento ni mucho menos por el respeto a un determinado canon que halle por demás encantador. Pero puedo razonar y entender que el gesto que los puristas intentan demostrar con sus observaciones es una suerte de amor al género, un amor que en términos cristianos podría pensarse pecador: desordenado o mal dirigido.

¿Pero esa caracterización de un afecto con determinada carga moral no es contradictorio con mi propio sentido de la estética? Básicamente me forzaría a defender una posición que no sería otra que “lo bueno es bello”, lo cual si bien se sostiene mucho el tiempo es bastante pobre como término general. En realidad mi comparación con el pecado no tiene un sentido moral, sino señala precisamente un orden-otro, que es finalmente inconveniente. Uno peca con la convicción de que determinada lógica se lo dicta, esto se puede concebir como un desorden o una falta de razón. Por supuesto, el argumento general podría presentarse como “contra qué se peca”, evidentemente no tenemos un elemento objetivo universal que nos sugiera el valor no-divino del pecado, del mismo modo que lo encontramos en la arena de lo defensible y de lo falso. El orden al que me refiero es una sencilla convicción, que se resume en la creencia de que ciertas secuencias debocan en la devaluación y la destrucción final de los valores, y si esta definición matemática se sostiene, podría identificarse fácilmente con el purismo. Lo que no reduce el arte producido por el purismo a una suerte de mecánica inferior, mas eso se abordará luego.

Primeramente cabe señalar que el purismo es una tendencia popular. Tómese el ejemplo de las películas culto y de sus secuelas, pienso en Halloween,  una serie de films slasher, con un órden estético simple y bien definido. Si desconocen el concepto se trata simplemente de un asesino que masacra secuencialmente a un grupo de personajes por medio de una suerte de persecusión o asedio constante, no pocas veces dicha caza pareciera sobrenatural -hallaremos su origen en otra expresión popular: el cuento folclórico-. En el caso de Halloween el tercer film de la serie se separa de la receta original postulando otra historia de terror que no responde al género slasher, la respuesta del público fue un rechazo brutal: el que seguía una serie de películas no esperaba una variación miscelánea de historias de terror, sino una continuación fiel al concepto ya enunciado. Se puede hacer un paralelo entre el éxito estrepitoso de series de novelas -tales como Harry Potter-, frente a la aceptación siempre tibia que tienen las antologías de cuentos en cualesquier mercado: la variedad y las disonancias son elementos indeseables en lo que respecta a la lectura de masas.

La ortodoxia genérica no es sino una variante de esta respuesta popular, en que la novedad es vista con desconfianza. Entendemos que una progresión de historias semejantes respetando un mismo canon genérico no producirá todos los tipos de arte, corre el riesgo casi seguro de fatigar incluso a los más grandes admiradores de esta expresión pura. Y esta secuencia tan literalmente ordenada, encontramos una afrenta contra un orden de expectativas, que responde tanto a la similitud como a la variedad. Su capacidad de reproducción es limitada, pero esto no resta un ápice a su capacidad de producir.

Ambos el purismo personal y el popular sugieren una misma posición intelectual -los niños responden de manera favorable a la repetición-: la validez de la relectura y el goce obtenido de una obra dentro de su unicidad. En el fondo deseamos releer el mismo libro, ver el mismo film, multiples ocasiones y que nos siga estimulando, pues en alguna ocasión ya lo ha hecho. Y queremos del mismo modo que la obra sea ella misma, y no pretenda robar ni tomar prestados elementos que la vuelvan demasiado “como las demás”. Solo que cualquier proposición de identidad, de unidad, no es sino una selección de elementos dispares que se hallan en todas partes y que solo suspenden nuestra capacidad de identificar. Todo es contínuo y está junto, sin duda Halloween es también los cuentos folclóricos que la contienen y los ascépticos goces intelectuales que pretenden devaluarla. Negar arbitrariamente el purismo también es una forma de purismo, una obsesión por la novedad que históricamente no ha hecho sino repetirse sin realmente entregarnos nunca la novedad. Creo que por lo menos, el lector puede asumir esta importancia de la relectura y la sabiduría que de otro modo restamos a los niños, a los ortodoxos y a los numerosos.

Encontrarse con el desorden tal como es, sin asombro y sin ira.

Anuncios

Signos conocidos

29 Nov

Se aborda cualquier obra con una espectativa. Y esta espectativa propone una calificación de modo comparativo, si estamos respetando las reglas propuestas por el género de la obra o no. Esto admite, a lo largo de la historia literaria -que puede ser vista como una genealogía o puntualmente-, como algo que tiene influencias muy diversas ya que el género no es algo tan definido. El siglo oro español, el teatro victoriano y el teatro clásico francés tienen conceptos similares de teoría teatral, cuyos orígenes son en parte compartidos, y cada uno va a alterar el mismo concepto genérico. Las fórmulas que se repiten y vuelven son aquellas que son existosas. El romanticismo lírico va a aniquilar por un buen tiempo diversos conceptos de poesía, al grado que aún hoy miramos con ojos románticos muchas de las obras literarias que siguieron -Shakespeare siendo un ejemplo mayor-. Entonces la espectativa y el género son objetos de recepción que aplicamos para contemplar objetos completamente distantes del mismo modo que recientes, es un código de entrada, acaso trunco, para cualquier lectura que podamos aplicar. Naturalmente, no todos los objetos permiten el mismo tipo de entradas y un arte completamente válido puede parecer vano desde otro punto de vista.

Mencioné la entrada anterior que el arte “experimental” es aquel que busca transgredir voluntariamente el género. Podemos decir que se trata también de crear otro género, pero a mi parecer se trata de una función distinta. Uno siempre transgrede las espectativas, es lo natural que nos sucede desde que cualquier arte no está basado en su predictibilidad, no tratamos de asimilarnos a algo fuese lo que fuese. Aún cuando uno emplea un Ars poetica y trata de construir su obra alrededor de un set de reglas -pensemos el teatro inspirado-quiché de Asturias, por ejemplo-, no está simplemente en un trabajo de manifestación de lo dicho, sino forzosamente de transformación. Y como uno no llega a la creación sin un conocimiento al que podamos compararnos, siempre hay un género que estamos rompiendo, sea este imaginario o no dicho.

Porque en realidad la forma del género no es del todo definida. Hallarán sin duda muchos libros simplemente alrededor del tema “qué es la novela”, eso sin siquiera considerar sus variantes (qué es la novela latinoamericana/post-moderna/realista). Son cosas que se saben intuitivamente sin necesidad de rígidaz definiciones, por lo mismo se puede seguir un género con pequeñas transgresiones secuenciales al conformar el texto. Y si bien la obra experimental busca una transgresión mayor, se encuentra ella misma en un juego de tira-afloja, entablando tensión con el canon existente para provocar, y logrando una forma que no deje de ser accesible al lector. Aunque cabe decir que las obras experimentales pueden resultarnos opacas, no solo porque nuestras espectativas las malinterpretan, sino porque incluso tras haberlas leído, no comprendemos el género que las conforma.

Y esto pasa, siempre.

El género es algo que parece manifestarse por medio de nuestra respuesta misma hacia la obra. Podemos pensar que la novela es un género del todo abierto hasta que abordamos una que nos parece inaceptable. El Nouveau Roman no es nuevo en el momento que adviene, pero tira su inspiración de transgresines que otro tiempo no eran permisibles en el texto. Pero el género se renueva perdiendo y ganando cosas incluso al momento que se lee. Esto nos trasluce la existencia de la espectativa fuera del momento en que es tensión. El suspenso juega con la espectativa, pero aún cuando sentimos que no hay tensión, la espectativa sigue flotando en nosotros cual si fuese lo más natural. Las transgresiones tampoco dejan de afectarla ni la ablandan. Porque en el reconocimiento de un objeto, en la comprensión de su espectativa potencial -si se quiere- hay parte del goce que se libera.

Por lo mismo, el gusto de un género suele suceder en el único objeto en el que podemos tener conciencia sólida: aquel que conocemos, el que hemos leído. La relectura pues, nos produce un placer también en base a su espectativa, en algo que viene de dónde mismo que la fabricación de los géneros originales. No podemos decir que la relectura no es un goce genérico, al contrario: no hay goce más dependiente de lo esperado, más sincero en la sorpresa y más ingenuo que el esperar lo que ya se conoce.

(Sería, tomando el ejemplo ya usado de qué esperar de un desconocido, el de reunirse con una amistad. No se sabe ni se resume el tipo de relaciones potenciales que se tiene con el camarada, quiero decir que no se reduce a un goce simplemente genérico. Pero a su vez, tenemos una disposición distinta al visitar a un ser querido, vemos en él algo que se nos figura de antemano imposible fuera de un cierto plano de intimidad, hay practicamente una garantía de intercambio concreto que se realiza para beneficio de los dos. Y al mismo tiempo, es un gesto mucho menos grave y solemne que una primera impresión, que suele tener más violencia)

Uno puede preguntarse sinceramente si no es más básico el goce de lo “nuevo” u “original” pues resulta automáticamente de un juicio sobre el género que a final de cuentas es comparativo. La comprensión puede hallarse en el paso siguiente -meter en duda al género- o el siguiente -meter en duda lo que ya hemos leído- y en la sucesión de intercambios que de ahí pueden proponerse. ¿Qué esperar pues? La respuesta se me figura oriental: esperar todo, esperar nada. Nada menos que eso.

 

A %d blogueros les gusta esto: