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Falibilidad

5 Mar

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Danzante

13 Oct

Aunque me hizo pensar de inmediato a Stendhal -la similitud no me parece casual, se puede entablar un diálogo franco entre las dos obras sin verdaderamente jugar al juego de las influencias, que finalmente están en todas partes y en ninguna, entiendo que algún crítico ha jugado este mismo parentezco-, la lectura reflexiva debió inclinarme por Proust, al juzgar a qué escritor francés suena el texto de di Lampedusa. Si puedo decir bien el texto, es que il Gattopardo -cuyo título en doble t, si se me permite decirlo, lo hace infinitamente más noble que la simple traducción en español- es la única obra que dicho escritor nos lega, o al menos la única que le granjea legítimamente y sin controversia el título de escritor.

Entiendo que tratándose de un clásico universal de la cultura italiana, la discusión sobre este texto se debe haber fatigado en cierta medida. Como es mi costumbre no me propongo la soberbia de ilustrar o completar los análisis de mis congéneres, sino asentir y mostrar un texto que me parece en cierta medida humana y artística una obra fundamental. Por esto mismo, recuerdo nuevamente a Marcel Proust.

Seguramente me equivoco al suponer que todos conocemos a Proust, y certeramente caería en omisiones al tratar de definir su obra. Válgame decir que Proust propone un texto descomunal, con aires biográficos, que habla de una experiencia y de una época, de una manera que revolucionó la narrativa europea que vendría tras de él. El alcance y la dimensión de la obra de Proust es probablemente lo menos proustiano de su texto, en sendos tomos el autor despacha con maestría una historia que no es menos que una tésis fundamental de la memoria y la literatura, hecha con suficiente sensatez para no parecerlo. Una especie de truísmo, sería decir que la llegada de Proust, termina con el realismo en un sentido clásico. Los géneros no mueren, pero al volverse sensiblemente más memoria que actualidad, su artificialidad -dígase literaturidad- hace practicamente imposible su subsistencia. No creemos en ellos. Il Gattopardo con respecto a Proust, es una especie de divergencia.

Tenemos cosas muy similares: vida y obra, obra única y mayor. Sería muy inocente no darse cuenta que Il Gattopardo es también memoria y literatura, que también trata la transacción entre dos generaciones cuyo límite se encuentra diluído en la falsa impresión del tiempo. Solo que di Lampedusa obtiene una conclusión que pareciera no plantear el futuro, sino simplemente condenar el pasado. Tenemos un texto que podría decirse más de abandono que de construcción, ¿pero no es el misterio de este libro cómo se consacra y se construye ese mismo abandono? Al discutir este texto construído en las ausencias, se le escapa al lector casual la presencia de toda modernidad, de pensar que di Lampedusa se permite ser infinitamente más sutil por medio de la ausencia que del objeto. Y tal vez por eso lo primero que resalta para nosotros es ese desgarre de un libro tardío, el único de la vida de un hombre. Percibimos el abandono: aquel de Giuseppe que se permite desaparecer con su texto.

Ahora, la inmensidad de Proust no se debe precisamente a su monumentalidad, sino a su capacidad de experimentación y su riqueza de expresión para dar lugar al espacio de la sensación y el recuerdo. Expresamos en esta idea de experimentación, una novedad, que es de cierto modo lo que se ha vacticinado desde la lectura de Proust. Aunque el estilo de Marcel hace prueba de una gran maestría, difícilmente es de lo más envidiable. Creo que a Proust se llegaría solo por la imitación, su estilo tiene mucho de su persona. Di Lampedusa por su lado es por mérito propio un genio del estilo, pocos libros me han mostrado una prosa tan hermosa y lírica como este. Confieso haber atravesado los primeros capítulos con un goce que no me ha provocado casi ningún escritor. Es un texto admirable, béllamente construído, visual, emotivo y gracioso. Esta capacidad estilística a mi parecer no le depara un sitio en el panteón de la literatura realista, por eso me parece que Il Gattopardo es una divergencia, más que una expresión anterior a à la Recherche du temps perdu. Este texto es épico. Tal vez el término trágico en el sentido del teatro clásico sería un adjetivo instintivo, pero mi elección es fortuita. Esta es una historia fundadora, arquetípica y de proporciones históricas, es por mérito propio no la historia del destino de un individuo sino de un pueblo, es el canto épico no del comienzo sino de la desaparición. Por esto el texto no puede ser sencillamente realista: es una oda.

Otro par de oposiciones flagrantes requieren mención: el texto italiano tiene dimensiones escuetas en comparación con los tomos infinitos de la Recherche, e incluso del le Rouge et le Noir, dos textos que podemos considerar temáticamente afines. Esta curiosa brevedad, solo hace a mi parecer que se vuelva mucho más fácil de recomendar a un lector más o menos casual, recomendación que en toda evidencia sería secundada por la calidad evidente del trabajo, y el igualmente encantador mito construido detrás del autor. Moderno y anti-moderno hasta el exceso.

Entrados en gastos, difícil hallar un texto más fácil de recomendar.

El árbol del bien

1 Jul

La historia de la literatura es como una lámpara que permite estudiar los movimientos y excepcionalidades del escritor leído en su contexto, tanto puede sonarnos vano mas es comienzo para un estudio menos erudito. El movimiento del naturalismo con sus tantos detractores actualmente, fue bastante importante a principios de siglo XX y finales del XIX, se sabe además que tocó España.

Unamuno era uno de los que se oponía al fundamento realista, de que los cuadros de sociedad construían la historia y al personaje. El concepto de realismo tiene un problema técnico bastante esencial, vuelve a cierto tipo de relatos efectivamente predecible. El naturalismo lleva más lejos este asunto, haciendo que el final sea por fuerza biológica algo malo.

La introducción es en parte para considerar a Pío Baroja dentro de estos cánones naturalistas, de pensar que El árbol de la ciencia contiene en parte esta idea de cuadro y esta fatalidad, cosas que en dicho caso no pueden limitarse a la forma. Baroja se escucha sencillamente como un fatalista, como alguien que ha suficientes cosas para ver en el esquema trágico alguna convicción. Lo va a apartar de los españoles de esta escuela, su genuino intento por una producción propia, su amplia superación del paradigma imitador que suele llegar a los países europeos que no desarrollan tecnología literaria a gran velocidad -entre los cuales, el siglo pasado, hallamos a España-.

Un elemento que pienso siempre presente para discutir en esta obra es su facilidad de lectura y su inmensa economía. Economía en la frase, economía en el parrafo. Lectura de capítulos que resulta la envidia de un libro de cuentos cortos. Es un libro muy portatil para leer a ratos, con un concepto de autocontención por capítulo que se sostiene bastante bien. Esto, insisto, es muy importante en el contexto del realismo. Si uno comienza a leer obras naturalistas puede sufrir de una falta de dirección, de un gusto por el exceso de descripciones en los cuadros, en general, de una falsa profundidad, de una evidencia. La economía providencial para un autor esencialmente realista, tiene algo de ingenioso. El ya mencionado Unamuno tenía también, en su narrativa, una manera bastante corta, y lo hace de tal manera que -él mismo insiste- no es contenido en el realismo decimonónico. Baroja no hace olas sobre esta curiosa elección, se mantiene en ella con eficiencia digna de su propia escritura.

El protagonista del árbol de la ciencia, es un moralista e ingenioso, mas no nos resulta muy empático. Finalmente, es un personaje algo idealista y un poco romántico, en el universo del realismo es una víctima como Madame Bovary, alguien condenado a fracasar. En nuestra cultura moderna, no entendemos del todo los castigos auto-impuestos por el personaje, su especie de moral nihilista que muestra todas las grietas de esa misma definición. Desarrolla en nosotros un sobrio respeto, mas su actitud de estar encima de todo y su sumisión final al sistema, termina por hacerlo lucir exterior y ajeno. Baroja va a ser materialista y vaciar un poco a Andrés de rasgos evidentes de sicología, el resultado es una apuesta nihilista que se nos figura exterior a la novela, mas es finalmente interesante.

Hay violencia sicológica en la novela, pero contrario al caso de Crimen y castigo, uno no la sufre e primera mano, se nos halla distante, e incomprensible, sin volverse un caso satírico como el de Emma en Flaubert. El texto no releva sino apenas el humor más agrio, y combinado con lo anterior, me parece un firme desertor del realismo clásico y de la novela española en general. Hay muy pocos textos salidos de la península que logren mantener la solemnidad y la seriedad, sin inclinarse por la grosera imitación de textos extranjeros. Hay periferia en las letras españolas, y parte de ella se expresa por descreer de las fórmulas filosóficas convencionales y permitir la entrada a un volúmen importante de caos en el recito. Baroja no va por ese lado, mas la dirección que toma está muy bien tomada.

En un texto plagado de personajes fugaces y que no causan afecto, Baroja introduce una pequeña gema en el personaje de Lulu. Hay un idealismo trunco que trabaja en él, como en pocos personajes femeninos dentro de la literatura que conozco. Entiendo que ningún otro personaje, sin contar el protagonista, dirige y moldea el texto tanto como aquel. No puedo decir que sea un personaje nuevo, ni que logre aproximarse a la visión genuina de una mujer sin quedarse en el exterior, mas la propuesta contiene algo interesante, es posbile que el personaje de Lulu sea el único que nos gane de los presentes, por y a pesar de ese estado de particularidad.

Dicho a modo de insulto: El árbol de la ciencia es un texto tan bien escrito que uno no lo creería español. Dicho sinceramente: Es un buen texto.

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