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Sedice

24 Oct

La seducción no tiene por vocación el pensamiento, casi diremos lo contrario. Hace poco hice un gorjeo en esa dirección precisa: Hacer pensar, paradoxalmente, se opone a pensar. Quedan las aclaraciones pero también las intuiciones que en esta dirección se sigan.

Establecer el sentido sería tener la seducción por un hacer pensar. Entendamos que en la vida real, conceptos como pensar, creer o resentir son verdaderas transformaciones de la realidad y no simplemente vagas ideas. Creer es el más alto experimento que le aplicamos a la realidad. Decimos pues, que hacer pensar es una inclinación a exponer un cierto mundo, viene por la parte de la experiencia y la deducción inmediata de la realidad, y no de lo que sería el pensamiento crítico convencional: la digestión de algo inmediato.

Tomemos algo prosaico: la publicidad. Yo no compro autos, pero la publicidad me mantiene informado de las marcas y modelos de autos recientes. Por consecuencia los autos existen, no necesito deducir su existencia ni justificarlos, menos digamos juzgarlos o experimentarlos. Me han hecho pensar que Volvo, Renault y Audi se justifican, que son consecuencias naturales de mi experiencia y no productos de mi sensibilidad crítica. Lo evidente no puede buscarse, y mi relación con estas empresas multinacionales se pretende de antemano resuelta: sabiendo lo que sé de los autos (nada en absoluto), pretendo saber “suficiente”. Porque el pensamiento inmediato, prestado, suele satisfacer sus propios límites y se prentende resuelto. Vence, aunque en realidad (diría Unamuno), no convence.

¿Por qué hacer pensar sería prohibir el pensamiento? Al menos verbalmente parece una absurdidad. Si mi cerebro en efecto hace el trabajo de reconocer el logo de Volvo, por ejemplo, estoy en cierto nivel subconsiente, expresando un verdadero pensamiento. No podemos decir que el cerebro exprese o recibe activamente, sus relaciones con los objetos son más completos que eso: los cerebros no hablan. O sea, cuando yo concibo Volvo en realidad hay un universo de esta marca que se forma en mi ser, que es un modo de creación -probablemente ficticio, pero este es un blog de literatura, lo ficticio nos atañe-. ¿Por qué censurar este pensamiento? Me parece sencillamente que es una economía, pero como suele ser el caso con los procesos utilitarios: un riesgo se presenta en ellos, obvian voluntariamente el análisis.

El internet es otra economía, ¿por qué conocer los autores del modernismo si puedo conectarme a internet y buscar sus nombres? La pregunta no tiene mucho sentido, si uno se pone a razonarla, y sin embargo, nuestro cerebro hace la economía de estas consecuencias. Es importante ahorrar trabajo, ¿qué tanto? lo suficiente para volvernos absolutos ignorantes y máquinas de referenciar, pero no de saber. El arte de los retóricos sugiere un método tranquilo para convencer, acompañar al lector/espectador a través de un razonamiento para que este asimile la idea por sus orígenes y consecuencias, ¿será posible convencer por pensamiento crítico a personas que son incapaces de sostener la atención por un periodo de tiempo significativo? ¿no queremos tener de antemano todas las respuestas quizás en 140 caracteres o en una búsqueda de un par de palabras? ¿no es esto finalmente el objetivo del lenguaje?

Regresamos a un viejo método: el extrañamieto, descubrir el pensamiento como si nunca hubiera estado así, escribir Ovidio como si no estuviera escrito. En fin, hacer la tarea que nos corresponde como si no fuera una repetición. Anhelar la repetición, como los niños, que son finalmente los que tienen la mayor capacidad de aprendizaje. Que uno sea viejo no lo hace incapaz de pensar, pero pensar no es la tarea de los que se seducen o que ya están convencidos. Si uno busca simplemente la emoción en el arte… ¿no?

¿Y si todos quieren hacer arte pero ya no pueden? La creación en un mundo sin pensamiento podría bien volverse el desafío del siglo que viene. A lo mejor el chiste es no querer crear, hacer que crear sea una actividad repugnante e indigna, o mejor: aburrida, notoriamente aburrida, tardada, infinita, pero incapaz de empujarnos a la enajenación.

Tareas

9 May

Soy, como probablemente sea su caso, heredero de una cultura en la cual la lectura es promovida como una actividad benéfica y de interés general para el ser humano.  Yo no sé a quién se le ocurriría tal cosa.

No me tome a mal, está más que claro que leer y escribir son actividades a las que yo tengo un aprecio enorme y que llenan mi vida de una benéfica claridad como pocas cosas pueden. Si, esto efectivamente me basta a mí, mas no me ilusiono pensando que le baste a a usted. Voy a concebir un argumento -si bien tipicamente mis defensas argumentales caen en lo futil-.

Me parece en toda evidencia que leer no es bueno. La sociedad presta un valor solo a aquello que produce o disciplina al ser humano, la lectura por sí misma, no hace ni una cosa ni otra. Mi análisis, que puede parecer superficial, ilustra gran parte del fracaso estrategico en algunos sistemas de educación. Por sí mismo, leer no sirve para gran cosa, es un gesto alienador y distractor que ni siquiera se digna a distraer o alienar bien. Ni hablemos de a qué punto leer no es un negocio, si entiendo bien se hace grátis.

Luego nos lanzamos en la tétrica noción de enseñar un cánon literario a un grupo de jóvenes -por lo regular se educa a jóvenes, si bien los adultos iletrados presentan otras dificultades en lo particular-, libros de esos que conocemos como “clásicos”. No sé si habrán leído un clásico. Por lo general no son libros que fáciliten el goce de la lectura. Hay muchos ejemplos que prueban lo contrario, pero si le pasa Pedro Páramo a un chiquillo que no ha leído, lo mirará de modo extraño (a usted, a Pedro Páramo). La ejemplaridad de los libros más famosos, es en realidad, una suerte de ejemplo que funciona sobre todo en los leídos. Uno se puede volver un leído sin leer, pero asumir que todos lo harán, es un fatal error de táctica.

Sigo sin estar muy convencido de que leer sea bueno. Se pueden sacar cosas benéficas de la lectura, eso es innegable. Se pueden sacar beneficios de la trepanación. Solo que no podemos andar cargando con mitos de que leer es para todos, y que siempre es bueno, castigando a jovencitos que nunca serán apasionados lectores por una costumbre cultural que nos parece adecuada. Y lo digo así, bien consiente de que si se borra a la literatura de nuestra educación nacional, bien puede ser el final de su práctica. Los libros viven de sus lectores, tanto es evidente, los lectores se educan, se desarrollan y se cumplen. Aún esos que nacen siendo geniales lectores necesitan haber tenido un libro a la mano, volúmenes empolvados o en saldos, robar de bibliotecas. Me da un poco de miedo pensar que cuando haya más libros en internet que impresos, ya no tendremos felices coincidencias de este estilo (una cosa triste de internet es cuando se pierden los felices accidentes de hallar algo que nos acomoda, que nos alegre o nos consuele, y no tengamos sino esa falta de dirección como guía para clamar que el azar nos ha brindado un espectáculo deseable que de otro modo no podíamos haber alcanzado, guardar pues, ese milagro del tiempo y el espacio, del mundo casi instantáneo que es la web, para no perderse, ¿qué habrá sido de Aracely?). El riesgo me parece válido, creo que tratar las cosas como son tal vez sea más benéfico que el ritual acostumbrado que tenemos, si bien sé que los rituales no acabarán en mí. No es leer lo que te hace culto, sino la mirada crítica y la sensibilidad que a veces se descubren al leer. Si enseñaramos esto en vez de obligar a leer, seguro que mas gente leería. Entonces la escuela si podría ser sin miedo, un tipo de educación.

Repongo el propósito. Leer es efectuar una mirada, tirar algo, entender algo. Pero es también el marco de la lectura, su forma, su límite, su malcia. Leer es saber que se lee, y olvidar que se lee. Por sí misma, la mejor de las lecturas se vislumbra como un proceso que no se ha terminado, como si no tuviese fin ni nociones. Eso la lectura completa, la que puede recrearse y es única. Ser capaz de mirar de varios modos y cambiar de opinión, arriesgar a equivocarse y redefinir un concepto, todas son nociones que acompañan muy bien el aprendizaje. Solo que se tiene, para llegar a esto, una práctica metódica de la lectura y el lenguaje que hasta ahora no está resultando simple presentar. Entonces esperamos que la lectura de algún modo haga el trabajo.

A veces, excepcionalmente, funciona. Creo firmemente que podría mejorarse bastante el concepto del arte en la escuela. Creo también que la dimensión feliz del arte no debe menospreciarse.

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