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Inter(ludio)net

25 Nov

Como antecedentes puedo presentar mi discurso sobre el Manual de Internet y una de mis entradas de la legitimidad. Sencillamente si es cuestión de justificar mi decisión de cambiar al menos en apariencia, la función de esta plataforma internet.

Ahora pues, no es como si hubiera una idea rigurosa a la que me estuviera aferrando al construir estos escritos, simplemente he tratado de mantener una atmósfera estimulante para la discusión, la mía con ustedes, de realizarse, y en todo caso, la mía con mí mismo. Pero casi por fuerza entrar a un círculo intrínsicamente social -por contados que sean ustedes, mis generosos lectores- exige alguna responsabilidad hacia el exterior. No me gustan tampoco los ejercicios masturbatorios que se disfrazan de análisis para entrar en sí mismos, en fin, he considerado dar algo…

Esto es algo que puede mantenerse en un nivel estrictamente teórico pues mis preocupaciones en este blog no han sido precisamente utilitarias. Y no sé si deberían serlo, tomando en cuenta el alcance que tengo y mi propia renuencia a posicionarme en el nivel de autoridad o de poder, que… Bueno, prefiero que usted decida si sigue leyendo o no, pero la acción bien concreta que quiero seguir -que puede quedarse en buenas intenciones-, requiere una cierta exigencia. Todo para decir que pienso reseñar e-books.

Pero por supuesto, la idea es reseñar libros que llegan directamente al formato en línea, sin que sean antes que nada hechos de mercado. Esto puede ser una idea aparatosa pues descalifica un montón de sistemas de e-book que permiten alguna ganancia, sea esta marginal u oscura, así como presentar una manifesta oposición a cualesquier tipo de editorial. No busca antagonizar editoriales, pero ante todo no busco volverme una ni reemplazarlas. Creo que si algún día me lanzo en el territorio de la edición tengo que hacer algunos experimentos y ver las cosas en cara, por lo que son y no por el mercado que representan -o incluso que pueden representar-. Seguro no valgo mierdas como editor pero esta experiencia no necesariamente queda descartada, y la lectura de estos textos publicados en línea puede prestarse valiosa para encarar un cuerpo de textos menos “filtrado”, y abordar el problema que viene por ello.

El juego aquí es tratar de no efectuar todos los pasos evidentes de una reseña literaria. No se trata de hacer promoción a los trabajos que busco, y mucho menos de buscarlos para darles promoción. No persigo tampoco el descubrimiento de nuevos talentos y libros que puedan lograr alguna fama, si bien es lo que deseo con mayor sinceridad. Sería inocente de mi parte emprender este experimento de una manera absolutamente convencional y esperar ser sorprendido por los resultados. Para mí el mundo del e-book es desconocido, y me propongo descubrirlo en la práctica. Por medio de esta reseña, tal vez pueda reconstituir el camino y que usted después de mí ponga las experiencias a mejor uso, tenga un mejor juicio -uno más suyo- frente a lo desconocido.

No se tratará de un formato de bentilaciones necesariamente, aunque sería lo óptimo. Las lecturas requieren un mínimo de anticipación y no tengo garantía de que ningún libro que halle me inspirará algún comentario. Hay un balance muy sútil y desagradable entre hacer una reseña o un análisis y escribir activamente al lado del libro, en este caso no puedo garantizar que encontraré gemas, o que tendré ganas siquiera de mencionarlas. Mas no es mi intención quedar en la buena intención, eso es lo molesto de la declaración pública, que frecuentemente es politizada en una suerte de compromiso, o mejor dicho en una responsabilidad. Ni me interesa esa legitimidad ni pretendo dar respuestas a aquellos que se interrogan todo del e-book o que quieren aventarse ellos mismos a esa travesía. Solo confirmo el hecho de que hay continuidad entre mis propósitos y lo que sigue, es la consecuencia lógica de una posición intelectual, moral o como se diga. Es la práctica de algunas teorías que hemos hablado.

Espero por este medio, por lo menos probarlas falaciosas. Pero en el fondo de mí, espero leer versos buenos, interesantes relatos y sorprenderme aunque sea de manera superficial. Así podré pensar en los que vuelven la literatura un asunto de control de calidad, en el producto “bruto” que no existe y del que acaso el e-book es un mal representante. Y finalmente -tal vez de ahí parte toda mi iniciativa- tener el amor propio para darle un justo título a un texto sin necesidad de cotar su contenido en papel.

Incluído este blog o lo que sea que llegue a publicarse virtualmente.

 

Segunda entrada

27 Jul

Discutir de literatura, o de arte en general se vuelve frecuentemente falacioso. No me crean. Esto lo dije en nuestra primera entrada y lo reescribo ahora.

Tampoco intento reducir el valor de toda discusión dado que la palabra es reducida: El hombre decripta la palabra y concibe órdenes por su propia naturaleza, debe ser capaz de encontrar dichos órdenes e intuirlos sin limitarse a la literalidad de la forma verbal. Entiendo que en mis errores y complascencias se hallará para usted algún brillo de verdad, en eso fundamento mi ejercicio.

Ahora bien, también al principio dije que en la literatura el error no es error, o más bien, que errar propone un problema (¿cómo errar?). Pues para que exista algo malo necesitamos forzosamente un juicio de valor, que en este caso existe -podemos concebir literatura genuinamente mala-, mas no tiene una frontera fácil de definir. No sé si deberíamos ser particularmente estricto con esta frontera, que es imaginaria y puede demostrar ser inútil. No estoy convencido de que dividir los textos en alta literatura y literatura menor nos haga precisamente un servicio. Considerando esto, tal vez sea mejor condicionar la discusión y calcular la idea de error en un tema limitado.

Se dice que para escribir de barcos hay que saber su vocabulario, o sea, no cambiaremos babor por proa, ni mástil a la vela, ni tampoco juzgaremos la navegación sin el espacio intrínsico que le corresponde. La argumentación es coherente, antes de ser cierta. Entiendo que la existencia de un lenguaje propio sugiera cómo debe armarse un tema sobre barcos, mas suena verosímil escribir una obra maestra sin vocabulario técnico. Me parece en parte que en el ejemplo, literatura de barcos se utiliza como una suerte de término comodín, estilo “alta literatura”, como estableciendo una definición de que para hablar de barcos hay que hablar así. En este caso tenemos nuestro tema, nuestro arquetipo “bueno”, se arma una definición -digamos mejor un género– y de él se tira una suerte de constitución ley por ley, que se utilizará para juzgar las obras. Si ataca a la ley, se considera un error.

Intuitivamente, este tipo de errores no nos resulta necesariamente atróz, es verdad que puede ir contra nuestras expectativas y causarnos alguna incomodidad, mas por lo general, el arte no se supone siempre la altérnativa más cómoda al entretenimiento. Se presume que la obra romperá de manera excepcional las reglas genéricas, aunque dichas agresiones se consideren siempre excepcionales. Estamos tratando la obra como se trata al soberano dentro de los seminarios de Derrida, su característica es poseer la capacidad excepcional de superar a la ley, mas dicha capacidad debe presuponerse excepcional y ser ejercida raras ocasiones.

Por supuesto, como en el caso del soberano, todo parece depender del móbil detrás de dicho error. La literatura, que se sueña un arte dedicada del detalle, deplora las omisiones, las inexactitudes y la contradicción. Desea creer -nos desea hacer creer- que dado suficiente tiempo, el genio del autor cubrirá cualquier abismo y que en todo caso, el riesgo de equivocarse no vale en el papel en que uno escribe. No carecen de celebridad los muchos errores que pueblan el Quijote de Cervantes, estos llaman de atención más de lo que algunos flojos capítulos logran. El error literario, antes incluso de ser error, se supone eso: Notorio. Los rebuscadísimos errores de referencias son juguete de los académicos, el error que se nos hace un agravio es aquel desafiador de la lógica interna, desintegrador de lo que en cierta forma construye la obra en su argumento.

Aquí irrumpe el móbil de la voluntad, la idea de que un error puede ser menor si el autor lo quiso. Discutiblemente un error puede no ser, si el autor lo emplea como debe. Pues si bien, hay errores menos elegantes que la transgresión a un género, la categoría de error sigue existiendo dentro de cierto grado involuntario. No todo error es una afrenta estética ni tampoco cualquier voluntad funciona dentro del sistema escrito. ¿Qué lugar tiene una falta de cualquier estilo cuándo sabemos que el lector -principal protagonista del arte escrito- no lo obra? ¿No existen ya célebres errores de lectura?

Si problematizo tanto el error literario, es precisamente por su inevitabilidad, por lo que me permito decir de antemano que todos mis propósitos conllevan alguna falta o mentira. Quiero llevar el sistema más lejos incluso que la simple imposibilidad del lenguaje de hacer un propósito perfecto. El error va más allá. Equivocarse es lo que hace crecer al hombre, su mejor garantía de éxito y la importancia de cada generación que nace. Si no hay error, nada es completo, pues mientras que lo correcto solo puede ser posible, el error es ambos: Posible e imposible. No sin dejar ser siempre posible de algún modo.

Equivocarse correctamente es la perfección. En literatura intrigan más los escritores que pueden equivocarse que aquellos que personifican simplemente lo correcto.

Otra bentilación

14 May

Haciendo una acotación para discutir sobre este blog, aceptando que su relación con la literatura es apenas vagamente metatextual, me he decidido de todas formas a compartir mis reflexiones al respecto. Aquí es donde el que no se interesa o el que quiere guardar un mistiscismo en lo desconocido sobre mi proceder, puede retirarse con tranquilidad.

La construcción de un blog, como de cualquier otro proyecto literario, responde a un montón de voluntades arbitrarias. De entrada me he suscrito al formato del blog, sin cuestionar ni corregir las pobrezas que se adjuntan a dicha práctica; no he siquiera -hasta ahora- explorado las distancias relativas que provee el formato de internet: Prácticamente me he limitado al uso resignado de muros de texto, ya de por sí no fáciles de decifrar por el ocasional verbosismo. Se puede decir que me he servido con comodidad de una herramienta, mas también se sospechará detrás de ello, alguna oscurecida y vaga voluntad.

Y es que no considero que si entramos en el género blog, podamos definir mi pequeño esfuerzo como una producción de calidad. No lo tomen a mal, supongo que accidentalemente habré atinado en brindar algún placer o inspirar a alguna idea a alguno de mis -¿cuántos?- tres lectores, pero sin duda no me cuento entre los blogs alta producción de Holywood. Mi propósito es bastante más modesto, no contaré pues, entre las celebridades de la web.

Naturalmente, encaré el proyecto de alzar un blog con un par de justificaciones azarosas, las que si vemos de cerca, probablemente suenen frágiles. Me interesa más que la función original o actual que este blog pueda servir, el ímpetu con el que me arrastra hacia el texto y hacia la reflexión, el ejercicio que me supone su continuidad vanal. Si podemos hablar de motivos tras mi práctica actual, el más vigente entre ellos -lo admito, para remitir a otro cuándo esta situación cambie- es el ímpetu de alcanzar un mínimo de expresión literaria, en un espacio que me resulte como un cuarto de eco -en el cual suelo escuchar de nuevo mi propia voz, deforme y absurda por la transformación que el escrito supone-. Y es que no es mi primera experiencia en internet, ni con la palabra, para que la aborde con la ingenuidad de una confesión.

Mencioné hace tiempo que he trabajado -por así decirlo- en tres páginas de internet distintas. Tal vez la cuenta llegue a cuatro, no importa. En cada una, hice prueba más o menos de una estrategia más o menos similar: Una escritura en prosa, larga, tendida, sobre temas del momento, sin una búsqueda más grande de universalidad. Las tres páginas comenzaron todas como aspectos distintos de mi ocio, y se volvieron, en cierto momento, más o menos lo mismo. Más o menos lo que estoy escribiendo hoy, sin la importura intelectual que proveo para fines jocosos. Básicamente dar alguna observación o un análisis y pretender que lanzado al ruedo de las ideas -que es internet-, estas se sostengan por sí mismas. Uno diría que debería ser más consiente del poder y la impotencia de la palabra, de cómo todos tenemos algo bueno y valioso que decir, mas no por eso importa.

Supongo que en parte por ello nunca me invertí de lleno en algún proyecto internáutico, parecían elegidos para fallar desde su nacimiento, juegos, curiosidades: Ocio. Y es que internet era eso para mí, incluso la acumulación de información, la curiosidad sincera, responde más correctamente a un ocio que la utilidad. Internet es un pobre compañero de colegio, no provee mayor disciplina que la simple observación pasiva de discursos exteriores, pocas veces a profundidad desarrollados. De una manera recurrente, me he fijado la obligación de encarar este paradigma volviéndome productor del discurso, me sale natural de todas formas. Pero siempre en negligencia de la gracia literaria que solo los años me permitiría aprender infinita, y que acaso no podría haber soñado antes: Mi lector.

He querido, vagamente, moldear un lector imaginario de mis textos, una incontable población de internáutas que los deduzcan y los aborden como si se tratase de más de lo que son. Sé que no es así como funciona y reniego de esas adolescencias. En lugar de eso he repetido el experimento con una sola consideración en mente: Esta vez será la mejor (la última).

De cierta forma, las tres páginas que ya hice -alguna vez-, se vuelven a hacer una en sus diferencias, y se manifiestan, como logro sentir entenderlas, en lo que ustedes leen en este momento: El monólogo de un hombre resignado, que ya descree de la palabra a fuerza de practicarla; sabiendo que no puede siquiera hablar de un mundo mejor. Y que de todas maneras, no permanece necio sin buscarlo.

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