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Segunda entrada

27 Jul

Discutir de literatura, o de arte en general se vuelve frecuentemente falacioso. No me crean. Esto lo dije en nuestra primera entrada y lo reescribo ahora.

Tampoco intento reducir el valor de toda discusión dado que la palabra es reducida: El hombre decripta la palabra y concibe órdenes por su propia naturaleza, debe ser capaz de encontrar dichos órdenes e intuirlos sin limitarse a la literalidad de la forma verbal. Entiendo que en mis errores y complascencias se hallará para usted algún brillo de verdad, en eso fundamento mi ejercicio.

Ahora bien, también al principio dije que en la literatura el error no es error, o más bien, que errar propone un problema (¿cómo errar?). Pues para que exista algo malo necesitamos forzosamente un juicio de valor, que en este caso existe -podemos concebir literatura genuinamente mala-, mas no tiene una frontera fácil de definir. No sé si deberíamos ser particularmente estricto con esta frontera, que es imaginaria y puede demostrar ser inútil. No estoy convencido de que dividir los textos en alta literatura y literatura menor nos haga precisamente un servicio. Considerando esto, tal vez sea mejor condicionar la discusión y calcular la idea de error en un tema limitado.

Se dice que para escribir de barcos hay que saber su vocabulario, o sea, no cambiaremos babor por proa, ni mástil a la vela, ni tampoco juzgaremos la navegación sin el espacio intrínsico que le corresponde. La argumentación es coherente, antes de ser cierta. Entiendo que la existencia de un lenguaje propio sugiera cómo debe armarse un tema sobre barcos, mas suena verosímil escribir una obra maestra sin vocabulario técnico. Me parece en parte que en el ejemplo, literatura de barcos se utiliza como una suerte de término comodín, estilo “alta literatura”, como estableciendo una definición de que para hablar de barcos hay que hablar así. En este caso tenemos nuestro tema, nuestro arquetipo “bueno”, se arma una definición -digamos mejor un género– y de él se tira una suerte de constitución ley por ley, que se utilizará para juzgar las obras. Si ataca a la ley, se considera un error.

Intuitivamente, este tipo de errores no nos resulta necesariamente atróz, es verdad que puede ir contra nuestras expectativas y causarnos alguna incomodidad, mas por lo general, el arte no se supone siempre la altérnativa más cómoda al entretenimiento. Se presume que la obra romperá de manera excepcional las reglas genéricas, aunque dichas agresiones se consideren siempre excepcionales. Estamos tratando la obra como se trata al soberano dentro de los seminarios de Derrida, su característica es poseer la capacidad excepcional de superar a la ley, mas dicha capacidad debe presuponerse excepcional y ser ejercida raras ocasiones.

Por supuesto, como en el caso del soberano, todo parece depender del móbil detrás de dicho error. La literatura, que se sueña un arte dedicada del detalle, deplora las omisiones, las inexactitudes y la contradicción. Desea creer -nos desea hacer creer- que dado suficiente tiempo, el genio del autor cubrirá cualquier abismo y que en todo caso, el riesgo de equivocarse no vale en el papel en que uno escribe. No carecen de celebridad los muchos errores que pueblan el Quijote de Cervantes, estos llaman de atención más de lo que algunos flojos capítulos logran. El error literario, antes incluso de ser error, se supone eso: Notorio. Los rebuscadísimos errores de referencias son juguete de los académicos, el error que se nos hace un agravio es aquel desafiador de la lógica interna, desintegrador de lo que en cierta forma construye la obra en su argumento.

Aquí irrumpe el móbil de la voluntad, la idea de que un error puede ser menor si el autor lo quiso. Discutiblemente un error puede no ser, si el autor lo emplea como debe. Pues si bien, hay errores menos elegantes que la transgresión a un género, la categoría de error sigue existiendo dentro de cierto grado involuntario. No todo error es una afrenta estética ni tampoco cualquier voluntad funciona dentro del sistema escrito. ¿Qué lugar tiene una falta de cualquier estilo cuándo sabemos que el lector -principal protagonista del arte escrito- no lo obra? ¿No existen ya célebres errores de lectura?

Si problematizo tanto el error literario, es precisamente por su inevitabilidad, por lo que me permito decir de antemano que todos mis propósitos conllevan alguna falta o mentira. Quiero llevar el sistema más lejos incluso que la simple imposibilidad del lenguaje de hacer un propósito perfecto. El error va más allá. Equivocarse es lo que hace crecer al hombre, su mejor garantía de éxito y la importancia de cada generación que nace. Si no hay error, nada es completo, pues mientras que lo correcto solo puede ser posible, el error es ambos: Posible e imposible. No sin dejar ser siempre posible de algún modo.

Equivocarse correctamente es la perfección. En literatura intrigan más los escritores que pueden equivocarse que aquellos que personifican simplemente lo correcto.

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Entre los individuos como…

5 Jun

Derrida nos señala que Hobbes comete una interesante afrenta en lo que corresponde a la soberanía: No se puede efectuar un contrato con Dios, ni tampoco con las bestias. Ya el buen Jacques va a problematizar la ausencia de respuesta asumida de los animales, y sobre la ficticia ausencia de Dios en la propuesta de Hobbes*.

Voy a partir de la reflexión de Derrida acaso para encontrarme con él en otro seminario. Entiendo primeramente, que la soberanía alza un problema de doble estándar fundamental: Dios no responde porque es muy superior, y la bestia porque es muy baja; el Rey supera excepcionalmente la ley -por lo alto- como -por lo bajo- el criminal. Ambos, Dios y la bestia, han recibido el don del silencio.

Se debe entender, por lo tanto, que el individuo que existe dentro de un reino soberano, reside en el universo de la palabra. Forma parte del contrato y se presupone bajo sus respectivas leyes. Hay excepciones que, como las bestias, burlan esta responsabilidad por lo baje -el loco, el homo sacer-. Cruzaremos ahora nuestra reflexión con un artículo de Benedict Anderson, llamado Imagined Communities.

*- No que Hobbes pretendiera borrar la sacralidad del gobierno, esto no es sino una interpretación, un a posteriori, una lectura. Porque la visión parcial en la que el pensamiento religioso es negativo, debe venir por fuerza de nuestro laico presente.

Anderson va a hablarnos del país, de la invención de una comunidad imaginaria en la que: Todos los hombres se suponen pero no pueden conocerse. Esta es su definición de nación como concepto moderno, que ejemplifica y a su vez problematiza la noción de nacionalismo que aún prevalece en muchos estados actuales. La idea de un estado nación que se consolida, ya no por su predilección frente a Dios, sino por su verdadera identidad dentro de un espacio predefinido, puede considerarse una validación fantasma. No hay humanos concretos en las naciones, solo ciudadanos -sometidos a la ley, asumidos por sus compatriotas-.

Conservemos pues la noción de que Dios y los animales están excluídos por su incapacidad de “responder”, Hobbes caracteriza estas incomprensiones como elementos distintos, Dios que no puede sino escucharse por un cuerpo -alguien-, y el animal que es incapaz de discurso o comprensión. Esto es falto naturalmente, pero es su razonamiento.

La idea de soberanía nos recuerda que se supone la presencia de la ley, de un estado protector que presta determinadas garantías a los individuos, en un proceso que a su vez somete a cada persona al yugo de la ley. Excepto, por supuesto, que la ley se enuncia por medio de un discurso nacional. El ciudadano, asume que las leyes existen, pero no las conoce. Cuando se le expone a un proceso legal, el individuo promedio se transforma en una entidad vulnerable, indefendible y muda, que no puede asumir el lenguaje de la ley, no puede responder. Cuando estamos en un proceso -pienso sin duda a la escena final de Joseph K-, nos transformamos en animales, perdemos la capacidad de discurso que nos supone agentes válidos para ejecutar un contrato con los demás hombres. Rebasamos la legalidad por abajo.

Hobbes-por-Derrida explica que el miedo es la única manera de inclinar a la protección, y la única manera de mantener la ley contra el crimen. El criminal debe ser víctima de un miedo por la ley, un miedo que no proviene simplemente del castigo, sino de la opacidad de la ley misma. Un criminal es un ente supuesto, un cualesquiera, no un hombre que ha negociado su lugar en la sociedad. Se le somete, considerándolo un animal, como un animal. Su transgresión se puede ilustrar política, simplemente suponer que en su autoridad existe el desafío de la soberanía -un pacto directo con Dios-.

Anderson nos explica que la noción de frontera no tenía sentido para las civilizaciones feudales. Cuando hablábamos de periferia, los espacios controlados por cada soberano estaban libremente definidos y poseían alguna elasticidad. La idea de nación, va a definir una frontera, dentro de la cual se dictará el mismo tipo de poder, y tratará de crearse una identidad discursiva nacional. El derecho moderno, parte de los estados que parecen contornos, de un espacio físico en que la ley actúa, lo que llamamos jurisdicción, el lugar de la ley. Como los ciudadanos de la nación son anónimos, también su relación con la legalidad se mantiene anónima, hasta el momento en que se transforman en criminales. La determinación de una frontera física y legal, no ha saldado la verdadera distancia cultural, social e ideológica que causaba de antemano, la flexibilidad en las fronteras. Tenemos una legalidad que viene desde el centro, que pinta fronteras, las cuales en lugar de incluir, definen lo que hoy día se puede considerar como periferia, lo que es potencialmente criminal -y que no lo es aún, por su anonimidad-.

El ciudadano pues, solo es capaz de responder a la ley, solo existe como ciudadano en el momento que enuncia una respuesta a la legalidad que el contrato presupuesto levanta sobre él. Solo que la respuesta no existe jurídicamente, salvo cuando el individuo se ha vuelto un criminal -en términos de Hobbes-: O porque ha transgredido por la ley y se le obliga a responder por sus  actos, o porque ha descubierto un contrato con Dios, y quiere doblegar la ley existente desde el sistema. El primer tipo de respuesta queda mudo por ser periférico, el segundo, no se propicia por la ignorancia.

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