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Pagina dibujada

28 Jun

Ahora que reflexiono sobre la ilustración es sospechoso que guste especialmente a los niños, o más bien, que deje de gustarnos envejecidos reconociendo el impacto visual que poseen. ¿Por qué no aceptar la imagen como una herramienta de entendimiento al nivel de la palabra? ¿por qué se reduce la ilustración a los libros infantiles?

Sobre esta cuestión de la edad, hay que recordar lo paradigmático de los libros infantiles, el hecho de que no son niños sino adultos que los conciben. Si uno mantuviera la mentalidad de un infante, los libros como los conocemos no existirían. Muchos empleos de la imagen se quieren como una variante pedagógica de la información, mas se quiere siempre que funcione como una introducción al texto. El arte, en sí, no pareciera tampoco responder al mismo afan que las ilustraciones tienen en los libros mencionados, pues las estéticas adultas son enteramente distintas a las ahí mostradas.

Mi deducción -bruta- es considerar que el niño emplea la imagen con una finalidad distinta y prácticamente opuesta a la que el arte de la pintura encarna. Por varias razones no vale la pena intentar concretar el argumento, mas la hipótesis sería que para el niño el objeto es una manera de enteder -supercede al lenguaje-, mientras que para el arte es un objeto-en-sí-mismo o una experiencia. Estoy bastante seguro de que aún entonces, la visión infantil no excluye las espectativas puestas por el arte, sino que sencillamente no las favorece. Mi conclusión sería, que la visión infantil por ser múltiple es más rica, y por esto permite al niño gustar de la ilustración.

Históricamente, el vínculo estrecho entre la imagen y la palabra han sido los conceptos de símbolo y ornamento. Una ilustración podía integrarse a un relato para aumentar su valor de objeto -libro- y embellecerlo de tal manera de que la posesión de este fuese más grata. Entendemos que conforme la producción en masa ha ido dominando los medios de producción menos visiones artesanales del libro y la imagen ha podido constituirse. En este sentido la ilustración no distaría de la caligrafía, que aún en nuestra visión parcial del libro, propone un cierto valor añadido y estético que podemos intuir.

La función símbolo es un tanto más problemática, sugiere en realidad, una sustitución analógica de un objeto por otro, mas no se trata de una función de lenguaje. Digo que no se constituye como un lenguaje pues carece de un poder de auto-referencia, el símbolo envía a un objeto pero el conjunto de ilustraciones no envían a la totalidad del libro, son un apartado, son símbolos adjuntos y no símbolos íntegros del texto en sí. Tal vez encontremos como excepción textos esencialmente antiguos como se puede tratar de la biblia, que si uno se lo permite, puede ser leída como una colección de imágenes que refieren a un objeto de fe, y a su vez constituyen juntas la totalidad del relato enunciado. La función simbólica de la imagen pues, no parece concretarse en los textos de ficción, pues su manera de conjugarse resulta incapaz de dar cuenta de dicho valor analógico que inclina al lenguaje.

Podría sin duda, tenerse alguna edición de tal o cual texto conocido -digamos la Comedia-, que recorriendo con ilustraciones toda la narración, imitara la forma simbólica que mencioné arriba, en la cual la totalidad de imágenes remite a todo el texto, como cada imagen es símbolo de un valor abstracto. Intuyo que aún en este caso valiente, nos quedaríamos en la parcialidad del valor visual. Esto tal vez se deba en que el artificio en cuestión consistiría en montar unos cuadros a partir de un texto ya existente, en el rigor de que siempre el texto será anterior a la ilustración. En esta subordinación, me parece, no puede hallarse el valor total de comunicación de la imagen, que ya en otra ocasión, mencionaremos dentro de su función vichiana.

Los libros para niños también contienen ese grado de artificialidad que mencioné en el ejemplo anterior, mas la lectura típicamente niña sobre pasa las espectativas de creación, y supone que la imagen antecede al texto, pues muestra al objeto real que el texto refiere, y dado que el texto se debió recopilar después de los eventos enunciados, la imagen es anterior a él. Este tipo de ficción es empleada por Antoine de Saint-Exupery en su Petit Prince, cuando cuenta la anecdota de los dibujos, entre ellos aquel del la boa que come al elefante. Esa imagen, dentro del contexto de la historia, antecede al relato mismo del encuentro con el principio y remite en la ilustración, la referencia primera al objeto real, superando la relevancia del texto.

Lo que no quiere decir que la imagen deba luchar tan solo por recuperar su calidad de discurso dentro de los libros, podríamos también querer, por ejemplo, que el texto recupere su calidad de imagen. En cierto sentido, los caligramas de Apollinaire persiguen estos efectos. Y se le ocurrirán a usted, otras transgresiones acaso más reales.

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Plasmaciones

25 Jun

Antes de entrar en la discusión inevitable de la historieta, vale la pena recordar algunas bases de la relación imagen y palabra.

Hay muchas maneras de abordar este concepto, concretamente, voy a hablar de la imagen física en la literatura física, entiéndase, el libro que alterna con ilustraciones. Entiendo que las ilustraciones sufren el perjuicio de muchos tipos de lectores, aquellos que mantienen el mito de que la noción de texto puro se liga a la literatura de calidad. Esto sufre de bases muy inconsistentes y ha sido atacado con frecuencia durante el siglo XX, aunque el uso generalizado de la imagen -por razones que mencionaremos-, esté lejos de ser la norma hoy en día.

Los problemas que se relevan de la ilustración son múltiples, y parten casi de la pregunta de la esencia ilustración (¿qué ilustración -qué ilustrar-?). No hay una relación entre imagen y texto, este diálogo es muy rico. Uno de los primeros dilemas que tenemos es que al interior de un libro, es por demás genérico esperar que la ilustración esté subordonada al texto, que la palabra importe mas. Voy a sostener que este punto de vista es dominante para tratar de explicarlo, pues creo que responderá correctamente muchos errorres que pueden surgir al juzgar nuestro tema.

Ilustración y texto no son objetos que puedan reemplazar el uno al otro, su manera de ser entendidos es fundamentalmente muy diferente. Dije antes que la vista es una seductora más poderosa que la palabra, pienso que de ahí procede el nacimiento -o mejor dicho, renacimiento de la ilustración, la pintura antecede a la palabra-. Mientras que el niño entiende y adora la dimensión ilustrativa de la imagen contra la abstracción del texto, el adulto suele opinar que una imagen requiere explicación. Aunque no sean literatura, una pintura se nos figura mejor con una pequeña nota descriptiva. De cierta forma el fenómeno que hallamos es que el código para comprender lo visual nos es menos cotidiano, y por lo tanto hostil. La comunicación se nos vuelve fundamentalmente discursiva.

Y sin embargo, la ilustración sigue siendo bella, añade a todo sitio donde se emplea un cierto carácter ornamental. Un libro si tiene el potencial de volverse más bello añadiendo imágenes, y encuentro que esta lógica es la que persiguieron los editores de aquella versión del Quijote con litografías de Dalí. Esta visión estética del elemento visual no ha vuelto generalizado el empleo, y diré que parte del asunto es una cuestión económica. Otra es la noción de desinterés, la lectura cerrada que se tiene al abordar una obra y esperar solo encontrarse textos, casi pasar las imágenes saltando ¿hay algún ilustrador o autor que se sentiría halagado por ello?

En todo caso, no tenemos integrada una noción de unión funcional entre la imagen y el texto, podemos por ejemplo, concebir una imagen que ayude a clarificar el sentido de un libro, o un texto que explique una imagen, o incluso que se complementen, pero, ¿tiene que haber una relación solo en el significado? Entendemos de inmediato que parte del encanto de la imagen es su naturaleza sensorial, que se nos figura enigmática, es tanto más rica en su indefinición que en su puro uso protésico respecto al texto. La ilustración puede bien haber pasado de moda porque nunca se le valoró de una manera independiente al sentido -donde el texto se precia casi siempre, por razones que me escapan, la noción de sentido*-.

*- Opuesto inmediatamente a su plural, sentidos.

Ahora bien, hay un par de razones técnicas -además del precio- que limitan la producción de ilustraciones. Primeramente, la actividad solitaria que presupone la escritura y la conversación creativa que requiere el buen empleo de la imagen. Si hablamos de trazos, no siempre es fácil conjugar pintor y autor en la misma persona. Aquí será algún complejo de inferioridad o un recelo profesional, pero el autor no quiere arriesgarse al terreno de los lienzos. Existen naturalmente contraejemplos -se me ocurre Henri Michaux-, mas por lo general hay pobreza en el propósito visual de un autor. Tal vez ya es suficiente que la pintura entre por sí misma en otra escala de valores y otro código simbólico para que cualquier escritor ose acercarse a ella.

Mario Bellatín va a utilizar la fotografía como método de exploración de la imagen. Hay un juego de humor, de confusión de sentidos y de discurso sobre entendido que hace que la imagen aquí se vuelva un objeto perfectamente equipado para la novela moderna. Creo que lo más sorprendente se trata de la concretización que la ficción sufre por medio de esta puesta en escena del texto, por esta caracterización.

Ahora pienso que la analogía no es arbitraria, la ilustración puede parecerse, en muchos sentidos a la puesta en escena de un texto teatral. Uno no discutiría que el teatro en escena carece de valor frente al texto, ¿es normal tanto escépticismo frente a la imagen?

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