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Ni a cuento

1 Jul

Me pasa que trato de imaginar cómo fueron las cosas, y cómo serían de ser diferentes. Pedirle que esto no sea así a cualquier aficionado a la literatura sería absurdo, el primer gesto de una imaginación narrativa es desbaratar cualquier objeto absoluto y sensato en una colección de microcuentos. Luego uno hace el amenagement, se suponen hipótesis, se arma una estructura correcta y se vuelve al instante presente (a la lectura) con la pregunta tranquila de “dónde estamos”.

Este tipo de pregunta, la dónde-estamos, la quiénes-somos, la por-qué-así y la cuándo-soy no son sino estas preguntas estilo refresh, como el navegador que reestablece conexión con el servidor de determinada página web. Nosotros no somos ni la página ni el navegador, pero nuestras preguntas tienen ese caracter exploratorio y tentativo, pretenden algo, seguramente, más es idiota presumir que se sabe de lo que se trata.

Entonces decía que como a todos nosotros -porque si me han tolerado ya, por fuerza tienen alguna vena literaria, aunque sea un vaso-, la situación del hipotético es necesaria. Fatigosa tal vez, inútil seguramente, pero del todo natural. Yo a veces me pongo a balbucear argumentos que apenas tienen sentido para mí y supongo que otros podrán hallarlos acaso más sensatos. Me pregunto por ejemplo, con quién ando, y a veces también, por qué elegí la belleza.

Si queremos hacer cualquier cosa con nuestro pasado y nuestras creencias no podemos suponer un órden inmediato. Las cosas no tienen sentido por sí mismas, alterar el universo es volverlo banal, tacharlo de innecesario y por lo tanto aceptarlo como tentativo. Si yo quiero que el universo exista solo tengo que suponer que no existe, entonces se dibuja como una figura ideal que podemos tratar. Quizás no existe el universo, pero la idea de un universo que podría existir definitivamente es cierta. El presente que seguramente existe necesita un mundo hipotético que igual podría existir para no entrar a un órden inmediato y necesario. Porque lo necesario, lo siempre presente y lo evidente no pueden medirse sino en tanto que mentiras. Medimos la mentira contra la realidad, por absurdo que parezca, para discernirnos a nosotros mismos.

O sea yo elegí la belleza, y postulándolo como una elección, y en toda evidencia, podría haber logrado otra cosa. ¿Qué sería? Tal vez no tiene sentido para mí, sería más válido preguntarse en qué consistió mi elección de la belleza que en listar todas las posibilidades con las que compite. Pienso que la belleza es primeramente, un estado donde la felicidad es accesible, donde el riesgo a muerto. Son los que han humillado sus cuerpos los que pueden alcanzar cualquier felicidad duradera. Sin hambre, sin miedo, sin estrés, la felicidad nos parece más bien evidente. Existe una barrera mental después, un poco más arriba de la esfera del estrés, donde la nostalgia, la duda, la identidad, la imposibilidad, lo indecible, la muerte, el olvido, los demonios, las fuerzas celestes y de la tierra, la magia, las brujas, el verdadero azar y el talento hacen su nido. Cualquier número de ideas que también podrían oponerse a la felicidad, ¿no? Pero si no lo hacen la belleza nos es accesible.

Antes no era yo tan feliz, o mejor dicho, mi felicidad no bastaba para hacer de esta elección a la felicidad una actitud verdadera. Pienso también que simplemente podría ser que entonces no la escogí, en otro tiempo en que no permití que me importaran cosas de apariencia o de sensación y me justifiqué en ideales juveniles que me parecían todo. Los ideales también son elegidos por ser bellos, pero en su demencia absoluta nos hunden en un abismo donde la felicidad no es casual. La belleza es común y podemos encontrarla, no se gana por medio de la guerra ni representa en realidad un mérito. Si nos acercamos a ella es un objeto como es y ya está.

Sé del mismo modo, que la elección de la Soledad, tiene algo de irónica o cansada. El gusto por la soledad, por el desamor, es algo que sin duda se halla en la más sencilla sicología, en el hombre que se ha dado por abandonado. Se trata de un probable error, pero admito que hay cierta ceguera en mi propósito: ¿cómo se puede abogar por una vida llena de la vida de los demás si uno se empeña en escribir textos en la soledad de su cráneo? ¿se puede la literatura sin una pretensa de ejercicio aislado y de la generación de un yo-íntimo que se anima por estar aislado?

Las preguntas son, por supuesto, literarias. En realidad estas ficciones no se trasladan a la realidad en un valor de hecho, sino en una simple negligencia mental. Mi arrogancia y el azar me han lanzado con frecuencias a lugares donde puedo estar, sin añorar el grupo o la felicidad. Los hechos están ahí, casuales como la belleza, abundantes. Si uno no los cuestiona ¿a qué cuento vienen no?

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¿Algo civilizado?

17 Feb

Dijimos que formalmente se le pueden reputar a Quo Vadis numerosas carencias técnicas que nos meten a distancia con el texto hoy día. Tales divergencias estéticas son a veces la confirmación de un cambio de oficio, entiéndase, de un verdadero distanciamiento entre la narrativa de la novela del XIX y la del siglo anterior. La exigencia técnica del maestro escritor, así como del lector que consume obras, que ambiciona de cierto modo que estas tengan una eficacia y optimización de recursos, el escritor de poca-palabra y mucho-efecto. La obra nos resulta a veces tendida, si bien no cae en verbosismos la tensión es mantenida de manera dispar, y no pocas veces algunas disertaciones sobre la cultura o la situación pueden descomprimir la trama, al punto de resultar confuso al lector moderno. Pero admitiré que a cierto grado pueden tratarse de descuidos y torpezas del autor, que achacaría sobre todo a la inesperada volición que el tema exige a quien ha debido documentarse en él extensamente y debe tratar de enfrentar la claridad a la estética. En fin, no es una obra de proeza técnica, sino que examinará sus propósitos en la trama y la óptica de esta.

Tampoco creo que inclinarse por la narración facilite la comprensión del texto. He escuchado hasta el cansancio personas que evalúan que detrás de una gran novela debe haber una buena historia, pero en realidad la narración no pocas veces es presa de los diversos gustos y las momentáneas impresiones que la estética personal de cada autor supone. Rara vez importa la trama en el primer sentido, pero la ejecución reinventa la importancia de dicha trama hasta transformarla en un símbolo, en una proposición estimulante, o por lo menos un arquetipo. Quo Vadis conforma una trama predecible, y romántica hasta la falta, si se trata de resumir. Mas el trasfondo ético y filosófico del relato son elementos tangibles, como podría encontrarse en las obras de Pío Baroja o León Tolstoi. ¿A dónde lleva reflexión de Quo Vadis? Tal vez aquí podamos encontrar la primera evaluación mayor respecto a la historia: Se trata de un testimonio de decadencia y de atemporalidad, un conflicto entre dos elementos que se imaginan eternos -el Imperio Romano, la religión cristiana-, en una suerte de relevo que sufre de una cierta inevitabilidad histórica. Y es que se sabe la suerte final del imperio y el advenimiento de la religión vaticana, pero no asumimos de inmediato la naturalidad con que tal proposición podría haberle parecido a una persona en medio del tiempo de la transición. Hoy, más o menos, estamos en otros tiempos apocalípticos, ¿nos sorprendería encontrar la proposición de un futuro distinto como un agente inevitable de cambio? Parte del idealismo inescapable que el critianismo encuentra en la obra proviene de este elemento determinado: la fatalidad ha derribado al Imperio, pero la eternidad de Roma sigue firme en la realidad, la novela de Sienkiewicz hace prueba de esa misma continuidad inmortal y validez perpetua. Sin una imagen ideal tanto de Roma como del cristianismo, la incoherencia de estos propósitos imposibles y coincidentes resultaría inexpresable.

Algo debe sufrir la obra del desprecio que le granjearán los ateos, o mejor dicho, los anti-religiosos. El cristianismo se presenta en una luz que pareciera confirmar su divinidad, ¿cómo admitir tal afirmación sin considerarlo una falta sentimental por parte del autor, o una confesión de fé? Sus detractores serán prontos a confirmar un sin fin de conflictos futuros y contemporáneos que rompen el caracter idílico de esta confesión. Y sin embargo, parte del sentido que debemos comprender se halla en la diferencia y no en nuestra pretendida continuidad. Habría que imaginar, que si en alguna óptica la religión cristiana ha podido brillar por sus valores éticos es bajo el martirio, en un tiempo histórico donde su mayor mancha es el pacifismo probablemente se caería en una discusión de moralidad relativa que no conviene exactamente a la dimensión moral que históricamente, para la obra, tiene algún sentido. De hecho dentro del texto este cristianismo perseguido se presenta como inexplicable, y al ponerlo en duda o criticarlo, el lector solo confirmaría dicha expresión. Yo solo señalo que precisamente Roma y el cristianismo funcionan en estas imágenes de objetos que pensamos conocer, pero que dentro de Quo Vadis son notablemenet distintos a aquellos que nos granjea nuestra experiencia. Por momentos nos sentimos más próximos de la moral cristiana que de los romanos, otras veces veremos que la sensibilidad pragmática de los paganos se nos aproximará más. La conclusión evidente es que ni unos ni otros pertenecen a nuestro mismo tiempo, logramos despegarnos de la literatura que mira el ombligo de nuestra sociedad y reconocemos en nosotros mismos formas de pensar enfrentadas, en las cuales la alteridad es admitible y provocadora.

Porque nuestros valores más modernos y razonables no la conforman, esta obra estimula nuestro propio escépticismo ante la sociedad que conformamos. Solo cuando se estima y se ensalza a dos sociedades distintas con similar esfuerzo es concebible la alteridad entre sus valores ¿podemos atacar este idealismo por lograr lo igualitario?

Influnciancia

25 Mar

El control mental es un concepto literario. La levitación también, pertenece a los métodos mágicos que se encuentran en casi cualquier narración sin verdaderamente rendir cuentas a la realidad, por esto se vuelve un símbolo. Puede parecer absurdo que la libertad de la realidad transforme a las cosas en símbolos, aunque con toda certeza los conceptos son próximos: el símbolo trata de comunicar y tener valor independientemente de la materia, es una idea libre de su cuerpo por excelencia. Por analogías llegaremos rápidamente a la conclusión de que el control mental es también propiamente hablando un símbolo.

Muchos fenómenos religiosos, metafísicos y espirituales vienen originalmente de algunos fenómenos de la química cerebral. Sabemos que el uso de ciertos alucinógenos formaba parte de los ritos que se ligaban a los dioses y a la profecía. Los sueños que son pese a su influencia terrible en nuestra memoria, se clasificarían cómodamente en este tipo de fenómenos físicos fundadores. El control mental se asimila al trance hypnótico, entièndase, el estado de trance en el que un individuo es especialmente vulnerable a la sugestión. No tiene por qué tratarse de una hypnósis clínica, por supuesto, el método positivo de reproducción científica es innecesario para el fenómeno universal de la observación, el hombre antiguo pudo hallarse en un estado de transe por un sinúmero de razones incidentales, podemos remitirnos simplemente a ciertas variedades de sonambulismo donde uno puede interactuar con el sueño del durmiente.

El estado mismo del sueño tiene mucho que ver con la sugestión mental, uno llega a pensar que los aspectos del sueño realmente existen, y reacciona a ellos como si así fuera. No es sorpresivo que el sueño se relacione con la lectura y la formulación de símbolos, pues la abolición del espacio físico se halla aquí, y los valores están sobreentendidos para el que sueña, de modo a que con ellos puede interactuar.

Controlar la mente de un individuo es conjugar dos tipos de sueño simultáneamente: aquel que duerme sueña que se trata de nosotros y que sigue nuestra voluntad como si de la suya se tratase, o análogamente nosotros soñamos que nuestro espíritu se halla en el cuerpo de la otra persona y que podemos afectar la realidad a nuestro favor desde esa posición. El control mental supone, para empezar, que uno tiene control sobre la propia mente. Por eso la idea de la autosugestión o la hypnósis clínica es mucho menos transformables en símbolos universales, parten del hecho comprobable de que nuestra mente es una ilusión fracturada y no puede relacionarse con sí misma sin ciertos estímulos exteriores.

El control absoluto de la mente consistiría en algo similar a colocar el pensamiento de otra persona sobre la estructura física de un cuerpo, efectivamente “borrando” la mente de la víctima de manera provisional. ¿Dónde reside esta mente invasora si sabemos que el órgano cerebral no sufre transformaciones físicas? La lógica nos forzaría a ver este agente alojado en un sitio interior, sea etereo o en una comunicación constante con el cerebro -la comunicación sería por fuerza eterea, pues el cerebro no posee receptores síquicos y la información presumiblemente enviada a ella no tendría por donde interpretarse-. Básicamente, en un modelo materialista del universo el control mental es insaldable, pues la mente se encuentra alojada en la materia gris, que es frágil y está aislada.

Pero la supresión temporal de la voluntad es un fenómeno literario, la acción misma de leer supone la suspensión de cierta naturaleza del cerébro lector para acoplarse al hecho objetivo que se halla frente a él: la obra. Un escritor intentaría pues, controlar la mente del lector para que se transmute hacia su mismo pensamiento, como si el lenguaje pudiera verdaderamente constituir en sí mismo una mente. Algunos escritores, más pragmáticos, juegan simplemente a influenciar por medio de la sugestión, los cuentistas tienen en el arte de sus palabras, arte para suspender la voluntad del escucha.

Otra evidencia de la voluntad de suprimir la voluntad mostrada por el escritor es para con sus personajes, uno presenta ciertos individuos hipotéticos cuyo destinos y actividades supervisa y controla. Una escuela de escritores más inclinados por la realidad de lo ficcional, admite que el escritor catártico permite que sus personajes lo controlen y él les presta su pluma para comunicar la voz original de cada personaje.

Hemos evitado voluntariamente la cuestión ética del tema en cuestión, primeramente porque la ética de un acto imposible propone un sistema precario que necesitaría ser fundamentado propiamente, luego porque me parece un buen ejemplo a futuro, de una discusión primaria entre la ética y la estética, lo que me lleva a interpelarlo lector a saber: ¿el bello el control mental?

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