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Serie de preguntas

10 Jul

El cuestionario o test es un género sumamente popular que supone el uso rudimentario de la estadística para cierto fin, que regularmente resulta imposible calificar con estadística. Su dimensión es lúdica y colorida, debemos pensarlo como un valor estético antes de preguntarse si tiene resultado, o si los resultados que tiene son pertinentes. Ya por ésto debería bastar para llamarlo literatura.

Es interesante notar que el cuestionario es un género basado en la crónica, entiéndase, que se liga al tiempo en el que es efectuado. Lo que no impide por supuesto tratar ciertos valores existenciales por medio de esto, y estos pueden ser siempre alterados por otro test aplicado a futuro. En esto si se parece a la estadística, existe un márgen de error o rectificación que depende de la información. Gracias a esta característica temporal el cuestionario habita las revistas mensuales y semi mensuales, además del medio escrito temporal por excelencia: internet.

Además ayuda la dimensión lírica que muchos de estos textos sugieren. Recordemos que a la suerte de las novelas interactivas un cuestionario siempre exige la respuesta directa del lector en parámetros controlados, y se vuelve practicamente una entrevista auto aplicada. Un placebo para los hipocondriacos de la intimidad. Lo que es genial cuando la práctica del internet tiene mucho que ver con mirar detenidamente el propio ombligo, aunque admito que las capacidades estéticas del género superan por mucho esta práctica casual. Muchos cuentistas experimentados se han adentrado en este género, casi siempre recurriendo al humor. La narrativa parece haber absorbido toda esta dimensión popular del cuestionario para volverlo casi un género de humor, incluso los comediantes hacen uso de este.

Sin duda la poesía se ha apropiado de esta forma con objetivos menos bromistas. Un mínimo de lucidez revela hasta que punto el propósito lírico del cuestionario es una tragedia: por medio de preguntas consecutivas se va revelando una faceta presuntamente oculta de uno mismo, con una suerte de narrativa propia que hace que conforme uno se aproxima al final la cuestión se establece de una manera sólida y que el lector ya puede preveer. Pero también tiene algo de verdad dialógica, porque si bien los interrogatorios regulares suponen al menos dos personas el cuestionario sucede en un momento, y solo uno lo ejecuta. Encontramos en este interrogarse una búsqueda de la verdad, una consecuente formación de las condiciones propicias para lo cierto. Muy filosóficamente hemos deshebrado un universo y lo hemos reconstituído en un grupo de formulas mágicas que lo definen y que el joven alquimista debe sortear por sí mismo persiguiendo acaso finales diversos.

Y hablando del final del cuestionario, muchas veces parece la moral de un fabulista. Se ha establecido una circunstancia, se ha narrado su proceso fundador que atina en ser una suerte de mitología ficticia de su propia cuestión, y finalmente llega un veredicto totalizante que intenta responder a lo que el aventurero busca al emprender su viaje. No todos los cuestionarios buscan ser igual de aleccionadores, mas proponer un resultado presupone determinada comparación, y finalmente se deriva entre la condenación y la distribución metódica de premios para cada persona. Varios tests tienen este modo, como aquellos que asemejan al lector a determinado arquetipo, personaje u oficio; simplemente se expresa por ellos la idea de la variedad, definida de antemano y necesaria para que el cuestionario mismo pueda ser compuesto. Es una suerte de engaño: diríamos que las preguntas forman el resultado final del cuestionario, mas la mayoría del tiempo estos resultados existen a priori y hay que llegar hasta ellos por algún camino. Son finalmente métodos de escritura, todo cuestionario presupone no solo determinada narrativa sino cierta dinámica de la creación literaria que es la producción de principios parciales y de finales. Todo cuestionario es en realidad antología de cuentos.

Seguramente la compulsión inmediata de algunos lectores será: quiero un cuestionario literario. Mi intención inicial era en efecto, armar un cuestionario directo sobre la escritura, solo que ya ven que me extendí de lo que debía ser un párrafo introductorio a toda una explicación genérica. Me disculpo por esta reacción, suelo tener este ánimo de completud de vez en cuando y me dejo ir en este blog. El punto de cuestión siendo: ¿qué podríamos esperar de un cuestionario literario? ¿no sería una explicitación del tipo de preguntas que cualquier libro nos postula cuando volteamos sus páginas? De hecho ha de poderse emplear de manera ejemplar y lograr un efecto propio muy directo, creo que la interacción con el lector es una variable siempre interesante, tal vez demasiado simplificada en el concepto lírico del test. Pero a su vez, si leemos un cuestionario como si se tratase simplemente de otro cuestionario, ¿no vence esto el propósito de la revolución de sus formas? ¿deberíamos leerlo como a una novela o un poema? ¿no se requiere de antemano una estrategia y una capacidad para abordarlo y hacerlo una experiencia única?

Por algún motivo presiento que es el lector y no el escritor que se encuentra en ese texto. Entonces la ausencia de género definido me desarma, la idea de una pregunta que no presuponga su respuesta supera un poco, me parece, al lenguaje convencional.

Suena árduo, mas lo pensaré, ¿por qué no? Hacer cosas imposibles es parte del trabajo.

Hay un par de maneras bastante…

28 Abr

¿Quién fue el último genio de la literatura?

Hay un par de maneras bastante pedantes de tomar mal esto pregunta (sin cambiar fundamentalmente la pregunta, quiero decir), y pueden ilustrar que nos molesta en el asunto. La primera se ofende por el “fue”, más o menos supone que descreemos, o no nos importa, la vigencia del genio literario que “es”. De alguna manera juega con la noción de que “nadie es profeta en su tierra” (ni en su tiempo), mientras más reciente es un personaje, más difícil es juzgar su genio ¿no?

La segunda pregunta naturalmente juega con esa misma noción atróz que liga al genio con el tiempo, ¿quién fue el último genio? No en el sentido del más reciente, sino el de finalidad, presentando la convicción de que el genio literario es algo pasado y sin vigencia. Pese a que evidentemente me encuentro jugando con los términos, no tiene nada de osado argumentar que el genio literario ya no existe: Acaso nunca existió.

Porque de hecho, pese a vivir en un estado de individualismo rampante, la noción de un hombre genial que nos supere, parece no ser más la moda de nuestro siglo. La corporación de algún modo lo ha borrado,  y el poder -creativo e intelectual- se queda sin rostro.  No es tampoco como si por método ligaramos a cada artista competente a cierta ideología, multinacional o concepto político, pero no negaremos que el concepto tiene alguna vigengia. Puede que desconozcamos el sponsor de tal o cual creador simplemente porque en el fondo desconocemos también al artista.

Tomemos nuestra pregunta con un valor algo más propio, ¿cuándo consideramos a alguien un genio verdadero? Yo por ejemplo, no estoy seguro de que podamos decir que Pigila, sea a valor propio, un genio. Naturalmente no lo excluyo de un circulo de escritores inteligentes y trabajadores -aunque sobre todo, exigentes-, solo que al hablar de genios tratamos con un elemento que se supone excluyente. Ni siquiera entre los grandes literatos de toda la historia podríamos considerar a todos genios.

El argumento puede sonar arbitrario y malicioso, pues claro, si hay un valor mayor que historicismos o mitos personales, las obras parece ser un buen candidato. Y concuerdo con el razonamiento aunque cuestiono la conclusión. Si bien solo a través la obra podemos comentar un éxito literario, no es el éxito de esta, que conlleva la genialidad de su respectivo creador. Porque la obra es un producto autónomo y terminado, mientras que el individuo es infinito tanto en su multiplicidad como en su limitación. Quiero decir que adscribo a la teoría de que no se puede juzgar a un hombre por sus obras pues pueden ser peores o mejores. No voy a citar hoy varios casos para seguir discutiendo sobre el genio, voy a más bien concentrarme en uno que puede validar mis argumentaciones.

Uno de los genios literarios cuya obra no ha sido agraciada con la posteridad, es Edgar Allan Poe. Por supuesto, lanzando improperios me corregirán diciendo que la obra de Poe es inmortal, a lo que yo asentiré con una sonrisa y no poco desdén. No es la permanencia de Poe que discuto, sino que la noción de que la obra de Poe es meritoria de elogios encima de tantas otras. En realidad si uno la recorre, carece algo de chispa y es bastante seca. Lo que no evita que su influencia haya sido importante ni que se le considere padre de dos géneros literarios modernos.

Entonces me dirán que reivindico criterios historicistas, lo que no es cierto, solo señalo que vista desde dentro, la obra de Poe no se sostiene frente a “los grandes”. Se sostiene en una medida aceptable para nuestra estética, pero sería falso decir que esta calidad que lo inmortaliza. Si me hago el ingenuo y pretendo que no sé, lo único que me atrae de este gringo es que hace cuentos de miedo, menos malos que la mayoría de los recientes. Hay economía y dirección en Poe, que son dos de las razones menos estéticas del arte literario.

Ahora, quiero reivindicar realmente la figura del genio. Aunque requiere creatividad, fundar dos géneros (terror y detectives), no es muestra necesaria de lo que yo llamaría un genio. Es un comienzo excelente, pero es mejor crear y a la vez dominar los géneros propuestos. Recordemos finalmente que un texto solo “prueba” que uno ha sido el primero que ha escrito una idea, no el primero que la formuló, por lo tanto, la novedad como fórmula historicista del talento es engañosa. Podemos enunciar la grandeza de Poe en relación a estas dos creaciones, mas no en términos de su novedad. Nuestro gringo no creó dos géneros cualesquieras, ambos, por su estructura, son evidencia de la manera de pensar del tiempo en que Poe logró vivir. Los detectives y el terror, nos hablan de la sociedad alienada donde cualquier vecino se convierte en un criminal potencial, en un miedo que nos asecha. Poe utilizó su sensibilidad para trasponer las ideas de su tiempo en su obra, y este es el valor histórico (no la novedad), que podemos reivindicar.

Poe y su influencia son acaso más grandes que el contenido de su obra, lo que por sí mismo, lo acerca de manera peligrosa a la estatura de genio.

Unos cuantos hechos por demás…

23 Abr

Una de las típicas cuestiones de la literatura son los géneros literarios, que por tradición de la crítica se me figura obligatorio dedicarle algunas líneas a esta infructífera discusión.

Como suele ser con prácticamente todos los objetos de la realidad -y la ficción-, los géneros son cosas más fáciles de comprender que de explicar. La mayoría de las definiciones que se respeten van a sacar a la luz unos cuantos hechos por demás evidentes: Se trata de una herramienta de juicio convencional, entiéndase, no hay género si la gente no se pone de acuerdo en que puede haber género; podemos considerarlo un concepto que busca organizar y -por supuesto- dividir la literatura (dar cuenta de la útilidad de esta disección es cosa aparte); se acepta que los géneros no constituyen toda la práctica artística, más o menos por lo ya enunciado.

Usando solo esta información los géneros pueden construirse como una gráfica, en la cual se divide el total de la literatura y se le marca bajo distintos nombres, habrá sitios sin nombre o con varios nombres porque los géneros, según algunos, pueden cruzarse. Los apologistas de los géneros consideran que todo escrito es genérico, haciendo de cualquier experimentación un objeto nada menos que mal definido y borroso, pero delimitado de facto por esta división teórica que se quiere total. Lamento confesar que por su naturaleza convencional, el alcance de los géneros no puede ser universal, simplemente porque todos los textos no pertenecen al canon convencional. Se me discutirá entonces que el género es un valor intrínsico de cada obra y la convención viene después, yo me permito disentir de la manera siguiente:

¿Es válido hablar de género policial, de novela o comedia romántica? ¿Lírica o ensayo? Notará sin duda, mi ágil lector, la distinta esencia de los ejemplos que se tratan, no solo hablamos de forma sino también contenido e intención. La biografía sería un género y de algún modo, la autobiografía sería otro. Se me criticará tal vez, la aceptación de un criterio muy abierto en lo que al género refiere. Yo señalaré por mi parte que estoy fundamentalmente en contra de las divisiones gratuitas y sin útilidad, por lo menos hablar de comedia romántica esclarece puntos en una discusión con economía de lenguaje y ejemplos concretos. Si existieran géneros universales, no tendrían sentido ni utilidad, lo que sería, en todo lo que respecta a la práctica literaria, sinónimo de no existir.

Se me puede críticar de todos modos aceptar rápidamente el modo de género que la comunicación masiva nos ha avanzado. Los géneros clásicos del teatro y la poesía (pienso en la epopeya, el drama o la comedia), siguen siendo referentes literarios sin que su utilidad práctica pueda señalarse en la esfera de la lectura. Decir drama quiere decir mucho o muy poco. No quiere decir esta falta, que los géneros clásicos no remitieran a una verdadera práctica literaria de cierto tiempo, simplemente que remitir a esa práctica ha perdido su actualidad en lo útil. Entonces, si aceptamos que los géneros son convencionales, habría que imaginarlos convencionales en el tiempo. Los prácticas de géneros antiguos existirían solo como referencia a una época pasada y el estudio histórico, lo que les daría validez en cuanto a la historia literaria.

Otra interrogante legítima sería cuestionar si hay verdadera útilidad en los géneros que nos propone, por ejemplo, la crítica de cine. Las dichas películas de acción, las comedias románticas, los thrillers o los films de terror me parecen todas realidades legítimas de una práctica de producción y escritura concreta a la que puede remitirse. Pertenecen también a la manera más comercial y sobre expuesta del cine. Guardo la interrogante sobre sí hablar de cine comercial es idéntico a refererse a cine popular, pregunta análoga en la literatura y digna de reflexión.

Decía: Nos acercamos al cine de autor -y admitimos este término como un género-, cuando perseguimos la estimulación espiritual o cinéfila que nos puede proponer el séptimo arte. Y no obstante, el cine de cinéfilo podría ser otro género que no sería necesariamente el cine de autor, como la buena literatura no es necesariamente literatura para literatos.  A la vez entendemos que difícilmente este tipo de cine producirá fielmente una comedia romántica o una película de acción estilo hollywood. Por otro lado, es válido reconocer que el cine de terror contiene su versión comercial y desechable, como también la búsqueda de una verdadera estética.

Solo que el cine, al ser una industria millonaria, dictarse en salas y formatos predeterminados, tiene una facilidad para definir cuándo algo ya comienza a ser cine. Por supuesto, existen los cortosmetrajes, la documentación en video o el último éxito de youtube, existe análogamente la publicidad y la televisión que reconocen influencias del cine y a su vez actúan sobre este. La literatura de cierta manera no limita así su producción, tenemos libros de cocina y de horóscopos. Estos no son géneros literarios, también por convención, porque el género de cierta manera se hace con el libro y acompaña el sentido que habemos de darle.

Que estas dudas sirvan a comenzar a calentar motores para interrogarse que creemos de los géneros y si los géneros creen en nosotros.

https://otrasbentilaciones.wordpress.com/2011/04/16/alistarse/

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